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Rayo/Harper Collins
Publishers
Nueva York, EE.UU.
ISBN: 978-006-05863-5-5
(468 pp.)

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A quien conozca otros libros del autor, en los que se
codea con vampiros, íncubos y alimañas de toda índole,
podría sorprenderle encontrarse de pronto con una
novela de peripecias, con puntos de contacto con la
novela bizantina y una indisimulada deuda con
Petronio. Sin duda alguna, entre los relatos que
componen Querido Drácula (1989) y esta
narración media una distancia, que marca la maduración
intelectual y humana de Antonio Orlando Rodríguez y de
sus visiones y creaciones. Pero quizás también suceda
que las criaturas nocturnas asuman faces humanas y
jueguen a comportarse, al menos durante el día, como
ciudadanos más o menos normales de dos ciudades
que marcan las pautas de la novela: Bogotá y La
Habana.
Porque Lucho y Wen, los jóvenes
petimetres que protagonizan, desde una perspectiva,
esta historia, se toman la vida como un juego, sin
olvidar que a veces, por muy divertido que sea, puede
complicarse y acarrear muchos sinsabores. Como, por
suerte para ellos, no les falta dinero, y es sabido
que este allana los más variados inconvenientes,
logran librarse de todos aquellos que no proceden del
complicado mundo de las emociones propias y ajenas, de
las preferencias personales, y hasta consiguen evadir
los compromisos derivados de tradiciones y prejuicios
que no admiten –al menos de modo “oficial”– a personas
no heterosexuales.
Eso les resulta especialmente útil
cuando deciden viajar a La Habana para ver actuar a la
famosa Eleonora Duse. Ella también protagoniza la
historia desde otro extremo: el triste. Como símbolos
del teatro, la máscara riente de Talía, bajo la cual
afloran los dos jóvenes, y la máscara triste, a veces
trágica, de Melpómene, que cubre el rostro de Eleonora
Duse, cansada, envejecida, sin ilusiones. Entre ambos
extremos oscila la trama. Se alternan, se tocan sin
llegar a entrelazarse. La actriz está de regreso de
todos los caminos de la vida. Los jóvenes anhelan
recorrerlos todos, alegres y sin tomarse nada a pecho.
Porque la gran actriz no es la diva
caprichosa y grandilocuente que muchos quisieran. Es
una mujer decepcionada del amor, del teatro, de los
seres humanos, que, con una gran sabiduría, ha
acumulado también una gran paciencia, y sólo aspira a
terminar su carrera lo mejor posible y a vivir en paz.
Los monólogos de Eleonora Duse, que cuenta su historia
y revela su alma, dan paso a las andanzas de Lucho y
Wen, quienes, acostumbrados a Bogotá, ciudad
conservadora, culta, llena de distinción y de
convencionalismos, en la que la vida oficial y la
secreta están perfectamente separadas, descubren con
asombro La Habana. En ella encontrarán una ciudad de
personajes estrafalarios, de sucesos absurdos e
increíbles y de contrastes cuyos extremos se tocan.
Haciendo gala de sus sólidos
conocimientos acerca de la vida sociocultural de la
época en ambas ciudades, el autor recrea en cada una
de ellas figuras históricas y/o literarias de gran
curiosidad. En Colombia sobresalen Esmeralda Gallego,
bohemia y enamorada del amor; Ana Bolena, cuyo nombre
es una historia de por sí, o el escritor sefardí
Abraham Zacarías López-Penha. En La Habana, Rigoletto
y los Trebijo, personajes de las novelas de Miguel de
Carrión* que devienen piezas de los bajos fondos
habaneros, el conocido líder comunista Julio Antonio
Mella y un anónimo hacendado gallego, “instrumento de
Satán” según el autor. Dejamos a la imaginación y a
los valores humanos del lector conjeturar la causa,
que es la misma por la cual la vidente ordena su
asesinato.
Es notable el hecho de que el nivel de
la peripecia no decaiga. En novelas de este tipo, es
difícil impedir el cansancio del lector, pero aquí se
consigue. La multiplicidad de hechos encadenados que
marcan el “buscar y encontrar” –en este caso el
perseguir a la insigne actriz hasta La Habana, ganar
su confianza e intentar obtener de ella una
entrevista– se combina con otra búsqueda: la del tío
cabeza loca que un buen día partió de Bogotá hacia ese
país y no volvió a saberse gran cosa sobre él. El tío
asumirá el papel del “presente-ausente”, al que se
está a punto de hallar muchas veces, pero se esfuma,
parodia de la persecución mítica del amado, hasta que
el encuentro se produce cuando acaba de morir, y por
complicadas artes taoístas, aprendidas en el submundo
de los inmigrantes chinos, su alma se aposenta en el
cuerpo de un joven marinero para seguir viviendo con
renovados bríos.
De ambas búsquedas, escurridizas y
complicadas, cada una en su género, está tejida la
trama habanera de esta novela. Uno de los
descubrimientos que los jóvenes realizan es que en La
Habana el nivel en que se mueven las personas
oficialmente honestas, cultas y representantes de la
alta sociedad no está del todo separado del ámbito de
la picaresca, cuyos personajes pasan de una dimensión
a otra con la mayor naturalidad del mundo.
El tratamiento de la sexualidad dista
mucho, por fortuna, de lo que parece haberse
establecido como una moda, obligación casi, en cierta
narrativa. Las relaciones entre los protagonistas, las
orgías que llevan a cabo, sea con prostitutos, sea con
hombres machistas que alardean de virilidad, pero que
no le hacen ascos a jóvenes efebos, no resultan
hirientes ni tienen un tono grosero, sino lúdico, y
una vez más se observa la huella del Satiricón.
La picaresca lo inunda todo: los
extraños manejos del tío con la colonia china, la
búsqueda de aventuras en la ciudad, la exploración de
la feraz naturaleza en la breve excursión al campo,
los curiosos seres que rodean los teatros y acechan a
las grandes figuras, el acceso a la crónica social, la
vida de muchos encumbrados. Una élite, inteligente y
honesta, se salva: la familia Loynaz, José María
Chacón y Calvo, María Cay, cantada en sus versos por
Julián del Casal. También se salvan los practicantes
del sincretismo religioso, personas humildes y
acogedoras, con las que no vacila en alternar Eleonora
Duse, y Julio Antonio Mella, quien parece ejemplificar
la honestidad del convencido, una suerte de elegido de
los dioses, por su belleza y su carisma, que, como
tal, ha de morir temprano, y deviene objeto
inalcanzable del deseo de Lucho.
Los petimetres regresarán a Bogotá
después de haber aprendido mucho del ser humano, de
las posibilidades de la vida, de los esquemas que se
rompen. La inquietante visión de un tenebroso futuro,
que llegaría de la mano del hijo aún no engendrado del
hacendado gallego al que deberían haber asesinado en
aras del bien común, los hace abandonar con alivio una
ciudad que deja de ser alegre emporio de lo más
selecto de la cultura (a causa de su posición
geográfica como “llave del golfo”) y de lo más
pintoresco y agresivo de los bajos fondos (a causa de
la extraña síntesis de tipos humanos y sociales) para
convertirse en “inmensa prisión llena de zombies”
(p. 473). En Lucho y Wen se produce la catarsis del
retorno a casa, al ritmo feliz y calmo de la
existencia después de días de vértigo. El resto de sus
vidas transcurre apaciblemente, sin graves
contratiempos. El peor de todos los posibles lo han
dejado atrás, por el momento; porque en el futuro
tocará a la propia Colombia y a otras regiones
cercanas: el gallego no fue asesinado. Y
engendró al hijo.
*
Autor de las novelas Las honradas y Las
impuras, cuadros de La Habana de los primeros años
de la república.
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Lourdes Rensoli Laliga
nació en La Habana, Cuba, en 1952. Desde 1991 reside en España.
Graduada de Filología Hispánica en la Universidad de la Habana en
1976, se especializó en Literatura medieval española y en Historia
de la Filosofía. Trabajó como profesora de Historia de la Filosofía
en la Facultad de Filosofía e Historia de la mencionada universidad
hasta 1991 (desde 1982, fue catedrática de Historia de la Filosofía
en la misma Facultad de Filosofía e Historia). Profesora invitada en
la Universidad de Leipzig (1985) y en la Gottfried Wilhelm Leibniz
Gesellschaft de Hannover (1990). Es doctora en Filosofía por la
Universidad Complutense de Madrid con una tesis sobre el problema
del hombre en la filosofía de G. W. Leibniz, preparada en la
Universidad de Leipzig (no fue discutida en Leipzig porque esto le
fue prohibido por el Ministerio cubano de Educación y ciencia), y
actualizada más tarde y discutida en España. Su bibliografía
incluye, entre otros títulos, los poemarios Calenda del mes frío
(1987), Júpiter ante el pararrayos (1990) y Mester de
Trovadora (2002); el ensayo literario Lezama Lima: una
cosmología poética (en colaboración con I. Fuentes, 1990) y
obras sobre filosofía como Quimera y realidad de la razón: el
Racionalismo del siglo XVII (1987), Paracelso, alquimista y
filósofo (1990) e Historia de la filosofía e historia de la
ciencia (dos volúmenes, 1984 y 1985). |
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