Miami
Estados Unidos
Año X

Nº 59/60

Escríbanos    

 

Publicada por Ediciones Baquiana

Director Ejecutivo

Patricio E. Palacios

Directora de Redacción

Maricel Mayor Marsán

Consejo de Redacción

 Dra. Aida M. Beaupied

Chestnut Hills College

Pensilvania

 

 Dra. Niza Fabre

Ramapo College

Mahwah, Nueva Jersey

 

 Dr. René C. Izquierdo

Miami Dade College Recinto de Kendall

 

Dr. Humberto López Cruz

Universidad Central de la Florida en Orlando

 

Dra. Myra Medina

Miami Dade College

Recinto Norte

 

Dr. Gerardo Piña Rosales

Universidad de la Ciudad de Nueva York (CUNY)

Universidad de Columbia

Nueva York

 

Dra. Alicia E. Vadillo

Universidad Estatal de Nueva York en Oswego

 

Dra. Lidia Versón

Universidad de

Puerto Rico

 Recinto de Río Piedras

 

Asesor Técnico

Luis H. Beltrán

 

Asesor de Arte

Carlos Quevedo

 


 

MOHELI

por

Marcelo D. Ferrer

 

    

     La plaza Hidalgo es desierta a las tres de la tarde. Un aguacero torrencial  ―yerro inesperado en pleno diciembre― se suma furioso al caudal de la fuente de los coyotes. El entorno colonial de los alrededores se desvanece ante la pausa de colores que impone la lluvia.  Pero la pausa no lo invade todo, salvo mi presencia inanimada junto a la fuente, el resto es el compulsivo nerviosismo que caracteriza una zona a la que la gente asiste en tropel a toda hora del día y de la noche todos los días de la semana. Coyō-hua-cān, corazón cultural de la Ciudad de México, es famoso por su centro histórico, sus museos, sus teatros independientes y sus bares bohemios; a uno de ellos debía dirigirme.

 

     Mi permanencia en México era relativamente corta.  Los hechos que me condujeron allá se sucedieron de manera vertiginosa. Me encontraba voluntariamente anclado allí con los recursos apenas suficientes para mi supervivencia. El Sofoco del cuarto de pensión lo atenuaba andando por una ciudad ajena e inmensurable, habitada de gente en extremo cordial que se dirigía a mí con musicalidad. De manera habitual recalaba en distintos cafés para escribir cuento, ensayo y crítica literaria que vendía luego a escritores faltos de inspiración. Por ello estaba allí... junto a la fuente de los coyotes, decidiendo si cruzar la calle para deshacerme de un texto y junto con él, también de su personaje. No era sencillo. Tantas veces sentí como un karma que el destino me arrebatara una y otra vez lo más querido. Si profundos, desnudos, intelectuales y voraces nos abandonamos a su libre albedrío, complacido el destino de haber sofocado toda resistencia de nuestra parte, se convierte en la mansa expresión de cuanto aspiramos. Como el viento que lleva al garete un objeto sin peso, cuya suerte, es anterior al viento.

 

     La lluvia cesó con la impronta que la iniciara y la superficie comenzó a develar sin prisa el fondo de la fuente. El mismo efecto que provoca la serenidad sobre el agua, lo deseaba para mi mente.

 

―Siete señales, recuerda, siete.

 

     Dijo eso, y como si las siete señales guardaran un significado esotérico y místico, un collage de diminutas ondas, fue revelando sobre la superficie de la fuente, su imagen.

 

―¡Siete! 

 

    Lo repitió con énfasis confinándome a un misterio que posiblemente jamás develaría.

 

     La imagen (¿"Déjà vu"?)  reía con el cabello en tirabuzones chorreando a cada lado de su mueca sarcástica.  Su risa se ahogó tras el muro de bullicio que puso la calle Centenario luego de  que cruzó.  Quien la acompañaba permaneció inmóvil de este lado observándola en silencio; luego giró y se marchó en dirección opuesta con un gesto indiferente que no pude comprender. Tanta gracia reunida en la insignificante mueca de sus labios no debía ser indiferente para nadie. La vi dar saltos intermitentes bamboleando un estuche en uno de sus flancos.  Caminó treinta metros y entró en una cafetería. Moheli.  Me paré frente a la puerta con el cuidado de quien no quiere ser evidente. Bajo el alero de un comercio contiguo, un bien caracterizado mexicano ejecutaba un violín completamente desafinado. Tocaba un valsecito de esos que pueden oírse en cualquier esquina del DF. Aquel fue un encuentro con sabor a desencuentro, sesgado de un significado que bien podría no tenerlo. Sí tuvo el poder para que me alejara de Coyoacán sin ceder mi historia. 

 

--- o0o ---

 

     El hediondo ruso roncaba y de vez en vez tosía. Sólo se levantaba de su catre para ir a orinar o evacuar y la sensación era que regresaba a la inmundicia de sus sábanas sin que corriera una gota de agua por su cuerpo. Incluso comía allí mismo pedazos de un salamín enmohecido que guardaba bajo la almohada.

 

     Yo había pasado la noche en vela deambulando pensamientos sin lógica con la persistente impresión de ser jalado desde abajo hasta percibirme incrustado en el colchón. Este se arqueaba a los lados cerrándose y envolviéndome como si fuera yo el relleno de una empanada. La asfixia me hizo saltar de la cama.  A medio camino supe que mi instinto me dirigía hacia la ventana. La abrí para renovar el aire y permanecí parado junto a ella en estado de abstracción. Bastaron pocos segundos para descubrirme en un punto de inflexión, tan intenso y liminar como aquel que me arrojara lejos de Argentina. Al cabo de unos momentos el ruso se puso de pie. "¡Argentino cretino!" ―murmuró. La cerró y volvió a su cama dejando una estela fétida tras de sí. Ausente la saña de mi otrora temperamento porteño, volví a mi catre sin dar pelea.

 

     El tercer catre lo ocupaba un húngaro que no hablaba castellano. Se dirigía a mí diciendo "szia" por la mañana o al verme de regreso en la noche. Yo le respondía "hola" y esto lo conformaba.  Ni bien el ruso se tapó con sus malolientes cobijas, el húngaro se puso de pie, fue donde la diminuta ventana y la abrió de par en par soltándole al ruso algo así como: "¡gyűlöletes Orosz!". El ruso volteó hacia la humedad de la pared entendiendo que estaba en minoría.

 

     Todo el entorno tenía un patetismo dantesco. Acostado boca arriba podía ver cómo las cucarachas marchaban sobre las varillas de madera de un cielorraso ralo de mampostería ocre ennegrecida. Las paredes de color marrón chorreaban una humedad viscosa que obligaba a apartar los catres del borde. El piso con símbolos aztecas era lo más pasable de la habitación, obviando, claro, que los símbolos apenas se distinguían. La letrina: nauseabunda. La ducha estaba por sobre ella y el hilo de agua era tan delgado que el jabón nunca se te quitaba por completo. De más está decir que cuando éste, por descuido, caía dentro de ese agujero inmundo, era irrecuperable.

 

     En mi país poco se sabría de mí. Prefería pensar para mi soslayo que era un ser olvidado. El día que decidí alejarme de todo; de cometer suicidio social, simplemente retiré de mi cuenta una suma apenas mayor al costo de un pasaje a...

 

―¡México! ―Dije sin vacilar a la empleada del aeropuerto. Y otra vez un raro sortilegio en dominio de mis decisiones.

 

     Al principio de estar en México llevé la cuenta de los días. Luego, el tiempo, peregrino, se separó de mí o yo de él y deambulé anárquico las horas a la espera de una señal. Así fue que me aferré a una porción de espacio cuya vorágine transcurre sin ton ni son; que apila tras de sí infinitos minutos estériles y ausentes, convirtiéndome por momentos, en absoluta intuición. Mi hundimiento mexicano guardaba inconscientemente la posibilidad de no sobrevivir al naufragio. De permanecer indiferente e insustancial aguardando un significado que proviniera puramente del destino, pudiendo suceder que éste, nunca se ocupara de mí. No es cosa fácil. El dolor de incertidumbre es a menudo una agonía leve pero constante. Otras un abismo que insubordina del tal modo el ansia, que lastima, o crea fantasías que son ungüentos que calman o agudizan la desesperación. La amenaza, por insistente, es el tiempo con capucha de verdugo guillotinando cada minuto intrascendente.  Fue entonces que descubrí que lo equívoco frente a una ilusión que no se tiene, es pretender hallarle el sentido al tiempo que transcurre hasta alcanzarla. Pero: ¿Tendría alguna vez compensación suficiente por aquello que arrojara tan dispendiosamente a la desmemoria? Mi temor era que la apatía en que sumergía mi existencia en incontados momentos, fuera irredimible. Irredimible mi vista perdida junto al naufragio de mis pensamientos sobre la superficie cóncava de una taza de café por días sin solución de continuidad; irredimible mi vista fija en el alma profanada del cielorraso con mi cuerpo incrustado en un mohoso colchón del más pestilente de los cuartos. Pero no, un segundo puede tener un significado infinito; puede guardar la ecuación cuasi perfecta capaz de unir pasado con presente y futuro en un único espacio-tiempo de plenitud, donde todo, hasta lo irredimible, adquiere justificación.   Nunca sabremos si tal suceso es la manifestación pura del destino que aguardábamos, o un acto de arrojo de nuestro espíritu en rebelión   poniendo donde hace falta una sobredosis de heroísmo impostergable.

   

     La ventana abierta de par en par trajo la brisa y junto con ella las primeras voces del amanecer. En un hueco de mi abstracción, un diálogo que se desarrollaba cuatro metros por debajo de la ventana, en la calle, subió como un murmullo preclaro. Nítidamente escuché la palabra "siete". Las siete de la mañana, pensé, y tuve la sensación que de levantarme iba a comenzar demasiado temprano el día. Pero me agradó la idea de salir del hediondo cuarto y darme una ducha fresca y larga antes de que el húngaro ocupara el baño. Era de esperar que el ruso no lo hiciera.

 

     Mi cita con Paula era los domingos. Ella llegaba puntual.  Sin rodeos se dirigía a la escalera circular que conducía a la planta alta del local para ocupar una mesa junto a la baranda. Siempre la misma. Mi lugar era en planta baja frente a la vidriera; el vidrio me obsequiaba en perfecto ángulo la imagen de Paula. En el Moheli, resistiendo el modo impersonal en que lo fugaz convierte a los transeúntes en merodeadores banales, comenzó a gestarse la esperanza de converger, al menos por un momento cada domingo, en el mismo reflejo. Pero el tiempo, a menudo, tiene envidias y vengativo se empecina en dictarnos horas insípidas, ausentes. Ausencias de Ella y mías. De nosotros en el arriba y abajo de una mirada que se pierde largamente en el hastío.  El arriba de Ella subrayando mi abajo impreciso, ese perderme en el exilio cada día un poco, conservando el ansia de un rescate que con caricia de redención, me librara de la peor condena. Su arriba: inalcanzable; un borde de estrella; distante..., insustancial. Nuestro espacio común: el reflejo. Sin ser yo allí y sin ser Ella en el mismo lugar; ajenos ambos a las tribulaciones del arriba y abajo preciso y real, convergíamos en un plano de cortas distancias, de piadosas imprecisiones amparadas en la vaguedad construida para nosotros por el cristal. A veces las horas intrascendentes se convertían en domingos enteros sin el cruce casual de un diálogo que sucediera en ese interregno de ambos fusionándonos como ánimas inmunes a la gravedad. De tanto en tanto, Ella ponía su enfoque visual en un ángulo que parecía el indicado, y yo me movilizaba ajustando el mío a la dirección final que adquirirían los ojos de Paula. Pero su visión convergía siempre más allá, en un espacio neutral posterior al de la vidriera, en la calle, en el pasar presuroso de nunca jamases obedeciendo el mandato de su hora.

 

     Carecía de quién, cuál, dónde, cómo, por qué, adónde o cuándo; no me importaba. Mi desapego a sus referencias circunstanciales era un salto al abismo de los significados. Un paso mas acá o allá de la levedad que todo lo convierte en fechas, números o en una sustancia que no somos ni seremos hasta toparnos con el molde de nuestras compatibilidades. A la imagen sobre el cristal la llamé Paula; a quién estaba en la planta alta, tan distante, simplemente le decía: "Ella".

 

     Ahora que cuento esta historia, entiendo que para cualquier otro tenga en mucho actitudes obsesivas, desquiciadas y hasta misóginas. Debo admitir que sí, que hubo de ello hasta el punto que, el darme cuenta, fue parte de mi redención. Paula en el reflejo y Ella en el arriba circunstancial, no eran la misma cosa. A Ella la sentía cuando movía sus pies; cuando adelantaba o llevaba hacia atrás su silla; cuando apoyaba sus codos o antebrazos sobre la mesa y esta chillaba o trastabillaba por alguna descompensación de sus cuatro patas; cuando se quitaba o ponía el abrigo por el sonido que éste hacía al caer o ser recogido; cuando el silbido agudo, similar al gemido de un animal, de mayor a menor o de menor a mayor, me anunciaba que Ella había abierto su bolso o lo estaba cerrando; que tal vez tomaría de él su billetera y pediría la cuenta o, que extraería de allí un libro como habitualmente sucedía.   Los sonidos de Ella me decían de sus estados de ánimo: más cortos, más largos, más agudos, más forzados, más sonoros, más apagados… Paula era el completo silencio; un silencio jamás incómodo; una abstracción gnóstica e intuitiva.  En los silencios de Paula comprendí que el poder que alumbra el entendimiento, tiene como interlocutor la pausa. Ampl mi vocabulario para el diálogo silencioso con ella, advirtiendo que a la vez, ensanchaba mi alma.  

 

     Coyoacán no hace siesta a las tres de la tarde. Andaba en busca de un libro de Carlos Castañeda: “Viaje a Ixtlán” y seguro de estar en la librería correcta. A las siete de la mañana había saltado de mi catre para la ducha y desde ese momento se sucedieron lo que consideraba "coincidencias con significado". La noche en vela había dejado algo más que señales evidentes en mi cara. Explico mejor esto desde el principio. Hay cierta elección que todos hacemos en algún momento. Se trata de una elección que a menudo es inconsciente. Una opción consiste en apegarse a los cánones preestablecidos que tienen seguro de destino. Es decir: si usted cumple determinadas pautas, ocurrirán a usted cosas mayormente predecibles. La otra opción no sigue pautas preestablecidas, va detrás del conocimiento intuitivo; usted desconoce por completo a dónde éste lo llevará. Claro, también puede optar una variante mixta. Seguro se quedó pensando en eso. Pero no era mi caso. Mi decisión había sido, en estado de plena pureza, la segunda: dejarme llevar al garete por el libre albedrío de mi conocimiento intuitivo. Desear algo desde lo profundo hace que muchas cosas cambien su significado. Paradójicamente, no desear nada, también.  El rumbo en ambos sentidos no se define como un punto geográfico o una meta por alcanzar.  El rumbo lo establece la certeza de estar transitando el camino correcto. Ahora bien, ¿Cómo sabe usted que está en el camino correcto? Simplemente, bastaría con creer que lo es. Pues bien, ¿estaba yo en la librería correcta, buscando el libro correcto, detrás de las "coincidencias con significado", correctas? Detrás de mí oí la palabra "szia"; alguien hablaba desde su celular y el resto de lo que decía era incompresible. No me di vuelta y no puedo explicar por qué. Pero la curiosidad me indujo a levantar la vista porque intuitivamente supe que los espejos a ambos lados de la librería me devolverían su imagen. Mi sorpresa fue encontrarme con la mirada de Paula; mientras Ella, continuaba su diálogo telefónico. Claro que de inmediato desvió la vista para ponerla en el cajón de libros que tenía delante. Entonces pensé que Ella estaba en dominio y que tal vez Paula habría desaparecido para siempre. Que Paula había sido un simple destello inhibido por una conducta preestablecida de Ella para poner a salvo su ego, desobedeciendo su instinto. Algo muy común del yo superlativo que suele incluso poner en nuestros movimientos torpeza. ¡Salvo! Por un detalle: pudiera ser Paula la que jugaba nerviosa con el borde del cajón, porque Ella, había puesto a la conversación el ritmo que se impone cuando se le quiere dar fin. Si estaba en lo cierto, lo sabría. Ella o Paula salió de la librería con un libro de Carlos Castañeda aunque no precisamente el que yo buscaba. No es un autor popular y su temática importa una lectura trascendente. Lo interpreté como una señal. Fui discretamente tras ambas. Cuando puso rumbo a la plaza Hidalgo, intuí que Ella o Paula se detendría en algún café de la zona.

 

     Con el tiempo supe que Ella-Paula era violinista. Es fácil enterarse si alguien asiste por tanto tiempo al mismo café, a la misma hora y ocupa la misma mesa. Sin embargo, nunca pregunté su nombre; dudo que alguien en el café lo supiera tampoco. Ella Iba a Moheli después de dar su concierto de los domingos al mediodía. Interpreto que en busca de un lugar familiar cuando por equis circunstancia se está lejos de los afectos; quizá simplemente para matar el tiempo. En mi caso, Moheli fue el espacio de limbo necesario cuando ningún sitio es tu lugar. Revuelto el café, tantas veces nos sumergíamos en la piadosa distracción que nos proveía un libro. Ella parecía hundirse página tras página en cuestiones que sólo el tiempo es capaz de resolver con sabiduría. Paula me decía sobre la transición que atravesaba Ella. Entonces mis pensamientos volaban adonde Paula y se completaban de definiciones e historias fantásticas, o del arrojo y la resolución de un suicida dando un salto mas allá del precipicio de las letras. Para Paula, el precipitarse de Ella era el mal sueño al que sigue un despertar luminoso.  Ella y Paula me demostraron que la levedad absoluta es insustancial y que la carencia de sustancia inhibe las emociones; que sin emociones, no es posible la magia de una ilusión.   De esto me di cuenta la vez que fui a ver uno de sus conciertos. ¿Era Paula sobre el escenario y Ella cediéndole el espacio? ¿O era Ella dejando en libertad esa parte del uno mismo tan leve pero substancial, que es capaz de flotar en el éter y percibir la música como una caricia que proviene de algún sitio impreciso del reverso del cosmos? Estuve allí hasta el intermedio; los momentos suficientes para ver cómo su cabeza se inclinaba dulcemente sobre el violín, mientras su mirada, la de Paula, apresaba la levedad del instante.

 

     El invierno mexicano no tenía crudeza para mí acostumbrado a las temperaturas bajo cero de Buenos Aires, casi siempre impregnadas de la humedad del río de La Plata si el viento provenía del sudeste. El frío como un ánima vaporosa te calaba los huesos y ningún abrigo, por pesado que fuere, lo detenía. Esa noche luego del concierto, el cuarto estuvo más frío y maloliente que nunca. El ruso en su catre tenía olor a cadáver. La ventana completamente cerrada durante todo el día hizo que los gases hediondos abombaran el aire, y luego de permanecer breves minutos ahí, me dieron ganas de vomitar. Sin duda el ruso estaba peor que yo, allí, sepultado, esperando… Quién sabe qué. Pero así funciona cuando estamos tan carentes de aquello que sin saber qué es, resulta tan difícil de definir. O a lo mejor el ruso había podido lo que yo no y se encontraba a la espera de que su conocimiento intuitivo lo arrancara de la mierda y construyera para él algo parecido a una ilusión. Pero lo dudaba. ¿Cuál la fuerza capaz de torcer el destino? ¿Cómo saber en qué bazar de nuestra mente se encuentra la sabiduría jamás aprendida que todo lo esclarece? Aquellos con la suerte que yo tenía, reciben una ayuda externa a tiempo. No había nada en ese cuarto que tuviera que recoger, así que… sin mayores ceremonias, me marché.

 

     De significados y no significados; de hallazgos como encuentros que son desencuentros; de encuentros verdaderos que nuestra incredulidad basal convierte en hechos improbables, estuvieron sesgadas las tardes en el Moheli. No hay una fórmula qué imitar porque la clave es tal vez obra de la casualidad, de un hechizo ancestral, de un memorando de vidas pasadas o el resultado de una conjunción cósmica que mágicamente construye para nosotros esa ilusión tan necesaria y vital.

 

     En el intermedio del único concierto que presencié, ella desapareció tras las bambalinas para regresar adonde el público por una puerta lateral. Seguidamente se dirigió a una butaca en la platea principal y se sentó al lado de un hombre. Fue que vi a Ella y Paula tras la misma sonrisa y mirada inconfundible, propia de las personas enamoradas, y supe que estaba recibiendo una lección que en nada se relacionaba con el destino y su empecinamiento.

 

     Llueve, el gris del cielo acentúa las distancias, todo se siente más lejano. Por ello "El Moheli" está apacible. El arriba y abajo de nuestra imagen en el cristal, hoy más clara que nunca antes, me hace caer en la cuenta de que Paula nunca me dio la oportunidad. Que sus ojos jamás se detuvieron en el punto exacto de nuestro reflejo para que sintiera por breves instantes al menos, tener entidad. ¿Cómo tenerla para ella careciendo yo de sustancia? Mí abajo nefasto era una vaciedad carente de significados, y a la vez, mortalmente sedienta por tenerlos. Los necesitaba y necesitaba también de esa ilusión capaz de arrancar el ostracismo insalubre de mi frustración. Fue por ello que poco importó que mi intuición fallara rotundamente aquel día al salir de la librería en que ella debió detenerse en algún café de la zona. En cambio, subió a un taxi dejándome absorto porque el destino nuevamente decidía burlase de mí. Desesperado, regresé invariablemente a la librería a la misma hora cada día seguro de poseer la fuerza capaz de doblegar su capricho. Hasta que, una tarde, convencido ya de haber perdido la contienda y de que no volvería a verla jamás, se presentó en el Moheli. Entonces mis ideas sobre la predestinación regresaron con toda virulencia dando forma a una peligrosa obsesión. 

 

     Ella ha venido este domingo acompañada. Nuestros reflejos, el de Ella-Paula, su amigo y el mío, se mezclan con el del resto de los transeúntes tal y como merodeadores banales que somos; y está muy bien.

 

--- o0o ---

 

     Resulta preciso que diga en este momento que el impulso para volver fue el recuerdo de su imagen revelándose lentamente sobre la superficie de la fuente de los coyotes. Que también me impulsó el aroma de su piel a jardín recién regado por la lluvia, y que no menos, la gracia sutil de la forma de sus labios al soltar la risa. Pero mucho más la curiosidad por saber si mi historia, la que finalmente no entregara aquella tarde, encerraba premonitoriamente las siete señales que ella mencionó.

 

     Entré al Moheli precavido de no padecer las obsesiones del abstracto personaje de mi cuento, tan carente que no poseía nombre, edad ni descripción. Pero sabiendo que muchos rasgos nos asemejaban.

 

     Me senté en el lugar de mi personaje. Aguardé. El domingo avanzó con una multitud entrando y saliendo y otra aún mayor deambulando por la acera, mientras el mexicano caracterizado aporreaba, como aquella otra vez, su desafinado violín. La vi entrar al Moheli con aquel estuche que bamboleara la otra vez al dar saltos intermitentes, adivinando que en su interior habría un instrumento musical. Se dirigió a la escalera circular que conducía a la planta alta y para mi sorpresa, ocupó la mesa que esperaba. La luz exterior disfumaba en mucho su reflejo y sentí cierta tranquilidad de eso aún cuando descubriera que mi historia tuviera fallas, pero allí estaba. Luego, percibí sus movimientos encima de mí y el inconfundible sonido de la cremallera de su bolso, tal y como lo escuchara al escribir mi historia. No supe qué había sacado del bolso hasta que escuché la palabra “szia” y me percaté que su teléfono celular. Que fuera domingo; aquello que acarreaba en su estuche; la mesa en que estaba sentada; el sonido de la cremallera de su bolso; su imagen sobre el cristal y el saludo a quien estaba al otro lado de su celular, sumaba seis. La séptima, la séptima señal, era la que me obsesionaría por descubrir.

 

Marcelo D. Ferrer nació en la ciudad de La Plata, Capital de la Provincia de Buenos Aires, República Argentina (1957). Poeta y narrador. Es contador público y licenciado en Economía; ejerce su profesión en su ciudad natal.  Es miembro y ha presidido diversas ONG dedicadas a la educación y al servicio comunitario. Poemas, cuentos, reflexiones, ensayos y narraciones suyas han sido publicadas en diversos medios periodísticos de Argentina y en la Red Cibernética. Ha publicado, con el asesoramiento de Estudio Qubbus de La Plata: Poemas, historias y reflexiones (Centegraf, 2001).