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La
plaza Hidalgo es desierta a las tres de la tarde. Un aguacero
torrencial ―yerro inesperado en pleno diciembre―
se suma furioso al caudal de la fuente de los coyotes. El entorno
colonial de los alrededores se desvanece ante la
pausa de colores que impone la lluvia. Pero la pausa no lo invade
todo, salvo mi presencia inanimada junto a la fuente, el resto
es el compulsivo nerviosismo que caracteriza una zona a la que la
gente asiste en tropel a toda hora del día y de la noche todos los
días de la semana.
Coyō-hua-cān,
corazón cultural de la Ciudad
de México, es famoso por su centro histórico, sus museos, sus
teatros independientes y sus bares bohemios; a uno de ellos debía
dirigirme.
Mi permanencia en México era relativamente corta. Los hechos que me
condujeron allá se sucedieron de manera vertiginosa. Me encontraba
voluntariamente anclado allí con los recursos apenas suficientes
para mi supervivencia. El Sofoco del cuarto de pensión lo atenuaba
andando por una ciudad ajena e inmensurable, habitada de gente en
extremo cordial que se dirigía a mí con musicalidad. De manera
habitual recalaba en distintos cafés para escribir cuento, ensayo y
crítica literaria que vendía luego a escritores faltos de
inspiración. Por ello estaba allí... junto a la fuente de los
coyotes, decidiendo si cruzar la calle para deshacerme de un texto y
junto con él, también de su personaje. No era sencillo. Tantas veces
sentí como un karma que el destino me arrebatara una y otra vez lo
más querido. Si profundos, desnudos, intelectuales y voraces nos
abandonamos a su libre albedrío, complacido el destino de haber
sofocado toda resistencia de nuestra parte, se convierte en la mansa
expresión de cuanto aspiramos. Como el viento que lleva al garete un
objeto sin peso, cuya suerte, es anterior al viento.
La
lluvia cesó con la impronta que la iniciara y la superficie comenzó
a develar sin prisa el fondo de la fuente. El mismo efecto que
provoca la serenidad sobre el agua, lo deseaba para mi mente.
―Siete señales, recuerda, siete.
Dijo eso, y como si las siete señales guardaran un significado
esotérico y místico, un collage de diminutas ondas, fue revelando
sobre la superficie de la fuente, su imagen.
―¡Siete!
Lo repitió con énfasis confinándome a un misterio
que posiblemente jamás develaría.
La
imagen (¿"Déjà vu"?) reía con el cabello en tirabuzones chorreando
a cada lado de su mueca sarcástica. Su risa se ahogó tras el muro
de bullicio que puso la calle Centenario luego de que cruzó. Quien
la acompañaba permaneció inmóvil de este lado observándola en
silencio; luego giró y se marchó en dirección opuesta con un gesto
indiferente que no pude comprender. Tanta gracia reunida en la
insignificante mueca de sus labios no debía ser indiferente para
nadie. La vi dar saltos intermitentes bamboleando un estuche en uno
de sus flancos. Caminó treinta metros y entró en una cafetería.
Moheli. Me paré frente a la puerta con el cuidado de quien no
quiere ser evidente. Bajo el alero de un comercio contiguo, un bien
caracterizado mexicano ejecutaba un violín completamente desafinado.
Tocaba un valsecito de esos que pueden oírse en cualquier esquina
del DF. Aquel fue un encuentro con sabor a desencuentro, sesgado de
un significado que bien podría no tenerlo. Sí tuvo el poder para que
me alejara de Coyoacán sin ceder mi historia.
--- o0o ---
El
hediondo ruso roncaba y de vez en vez tosía. Sólo se levantaba de su
catre para ir a orinar o evacuar y la sensación era que regresaba a
la inmundicia de sus sábanas sin que corriera una gota de agua por
su cuerpo. Incluso comía allí mismo pedazos de un salamín enmohecido
que guardaba bajo la almohada.
Yo
había pasado la noche en vela deambulando pensamientos sin lógica
con la persistente impresión de ser jalado desde abajo hasta
percibirme incrustado en el colchón. Este se arqueaba a los lados
cerrándose y envolviéndome como si fuera yo el relleno de una
empanada. La asfixia me hizo saltar de la cama. A medio camino supe
que mi instinto me dirigía hacia la ventana. La abrí para renovar el
aire y permanecí parado junto a ella en estado de abstracción.
Bastaron pocos segundos para descubrirme en un punto de inflexión,
tan intenso y liminar como aquel que me arrojara lejos de Argentina.
Al cabo de unos momentos el ruso se puso de pie. "¡Argentino
cretino!" ―murmuró. La cerró y volvió a su cama dejando una estela
fétida tras de sí. Ausente la saña de mi otrora temperamento
porteño, volví a mi catre sin dar pelea.
El
tercer catre lo ocupaba un húngaro que no hablaba castellano.
Se dirigía a mí diciendo "szia" por la mañana o al verme de regreso
en la noche. Yo le respondía "hola" y esto lo conformaba. Ni bien
el ruso se tapó con sus malolientes cobijas, el húngaro se puso de
pie, fue donde la diminuta ventana y la abrió de par en par
soltándole al ruso algo así como: "¡gyűlöletes Orosz!". El ruso
volteó hacia la humedad de la pared entendiendo que estaba en
minoría.
Todo el entorno tenía un
patetismo dantesco. Acostado boca arriba podía ver cómo las
cucarachas marchaban sobre las varillas de madera de un cielorraso
ralo de mampostería ocre
ennegrecida. Las paredes de color marrón chorreaban una humedad
viscosa que obligaba a apartar los catres del borde. El piso con
símbolos aztecas era lo más pasable de la habitación, obviando,
claro, que los símbolos apenas se distinguían. La letrina:
nauseabunda. La ducha estaba por sobre ella y el hilo de agua era
tan delgado que el jabón nunca se te quitaba por completo. De más
está decir que cuando éste, por descuido, caía dentro de ese agujero
inmundo, era irrecuperable.
En mi país poco se sabría de mí. Prefería pensar para mi soslayo que
era un ser olvidado. El día que decidí alejarme de todo; de cometer
suicidio social, simplemente retiré de mi cuenta una
suma apenas mayor al costo de un pasaje a...
―¡México! ―Dije sin vacilar a la empleada del
aeropuerto. Y otra vez un raro sortilegio en dominio de mis
decisiones.
Al
principio de estar en México llevé la cuenta de los días. Luego, el
tiempo, peregrino, se separó de mí o yo de él y
deambulé anárquico las horas a la espera de una señal. Así fue que
me aferré a una porción de espacio cuya vorágine transcurre sin ton
ni son; que apila tras de sí infinitos minutos estériles y
ausentes, convirtiéndome por momentos, en absoluta intuición. Mi
hundimiento mexicano guardaba inconscientemente la posibilidad de no
sobrevivir al naufragio. De permanecer indiferente e insustancial
aguardando un significado que proviniera puramente del destino,
pudiendo suceder que éste, nunca se ocupara de mí. No es cosa fácil.
El dolor de incertidumbre es a menudo una agonía leve pero
constante. Otras un abismo que insubordina del tal modo el ansia,
que lastima, o crea fantasías que son ungüentos que calman o
agudizan la desesperación. La amenaza, por insistente, es el tiempo
con capucha de verdugo guillotinando cada minuto intrascendente.
Fue entonces que descubrí que lo equívoco frente a una ilusión
que no se tiene, es pretender hallarle el sentido al tiempo que
transcurre hasta alcanzarla. Pero: ¿Tendría alguna vez compensación
suficiente por aquello que arrojara tan dispendiosamente a la
desmemoria? Mi temor era que la apatía en que sumergía mi existencia
en incontados momentos, fuera irredimible. Irredimible mi vista
perdida junto al naufragio de mis pensamientos sobre la superficie
cóncava de una taza de café por días sin solución de continuidad;
irredimible mi vista fija en el alma profanada del cielorraso con mi
cuerpo incrustado en un mohoso colchón del más pestilente de los
cuartos. Pero no, un segundo puede tener un significado infinito;
puede guardar la ecuación cuasi perfecta capaz de unir pasado con
presente y futuro en un único espacio-tiempo de plenitud,
donde todo, hasta lo irredimible, adquiere justificación. Nunca
sabremos si tal suceso es la manifestación pura del destino que
aguardábamos, o un acto de arrojo de nuestro espíritu en
rebelión poniendo donde hace falta una sobredosis de heroísmo
impostergable.
La
ventana abierta de par en par trajo la brisa y junto con ella las
primeras voces del amanecer. En un hueco de mi abstracción, un
diálogo que se desarrollaba cuatro metros por debajo de la ventana,
en la calle, subió como un murmullo preclaro. Nítidamente escuché la
palabra "siete". Las siete de la mañana, pensé, y tuve la sensación
que de levantarme iba a comenzar demasiado temprano el día. Pero me
agradó la idea de salir del hediondo cuarto y darme una ducha fresca
y larga antes de que el húngaro ocupara el baño. Era de esperar que
el ruso no lo hiciera.
Mi
cita con Paula era los domingos. Ella llegaba puntual. Sin rodeos
se dirigía a la escalera circular que conducía a la planta alta del
local para ocupar una mesa junto a la baranda. Siempre la misma. Mi
lugar era en planta baja frente a la vidriera; el vidrio me
obsequiaba en perfecto ángulo la imagen de Paula. En el Moheli, resistiendo
el modo impersonal en que lo fugaz convierte a los transeúntes en
merodeadores banales, comenzó a gestarse la esperanza de converger,
al menos por un momento cada domingo, en el
mismo reflejo. Pero el tiempo, a menudo, tiene envidias y vengativo
se empecina en dictarnos horas insípidas, ausentes. Ausencias
de Ella y mías. De nosotros en el arriba y abajo de una mirada que
se pierde largamente en el hastío. El arriba de Ella subrayando mi
abajo impreciso, ese perderme en el exilio cada día un poco,
conservando el ansia de un rescate que con caricia
de redención, me librara de la peor condena. Su
arriba: inalcanzable; un borde de estrella; distante...,
insustancial. Nuestro espacio común: el reflejo. Sin ser yo allí y
sin ser Ella en el mismo lugar; ajenos ambos a las tribulaciones del
arriba y abajo preciso y real, convergíamos en un plano de
cortas distancias, de piadosas imprecisiones amparadas en la
vaguedad construida para nosotros por el cristal. A veces las horas
intrascendentes se convertían en domingos enteros sin el cruce
casual de un diálogo que sucediera en ese interregno de ambos
fusionándonos como ánimas inmunes a la gravedad. De tanto
en tanto, Ella ponía su enfoque visual en un ángulo que parecía el
indicado, y yo me movilizaba ajustando el mío a la dirección final
que adquirirían los ojos de Paula. Pero su visión convergía siempre
más allá, en un espacio neutral posterior al de la vidriera, en la
calle, en el pasar presuroso de nunca jamases obedeciendo el mandato
de su hora.
Carecía de quién, cuál, dónde, cómo, por qué, adónde o cuándo; no me
importaba. Mi desapego a sus referencias circunstanciales era un
salto al abismo de los significados. Un paso mas acá o allá de la
levedad que todo lo convierte en fechas, números o en una sustancia
que no somos ni seremos hasta toparnos con el molde de nuestras
compatibilidades. A la imagen sobre el cristal la llamé Paula; a
quién estaba en la planta alta, tan distante, simplemente le decía:
"Ella".
Ahora que cuento esta historia, entiendo que para cualquier otro
tenga en mucho actitudes obsesivas, desquiciadas y hasta
misóginas. Debo admitir que sí,
que hubo de ello hasta el punto que, el darme cuenta, fue parte de
mi redención. Paula en el reflejo y Ella en el arriba
circunstancial, no eran la misma cosa. A Ella la sentía cuando movía
sus pies; cuando adelantaba o llevaba hacia atrás su silla; cuando
apoyaba sus codos o antebrazos sobre la mesa y esta chillaba o
trastabillaba por alguna descompensación de sus cuatro patas; cuando
se quitaba o ponía el abrigo por el sonido que éste hacía al caer o
ser recogido; cuando el silbido agudo, similar al gemido de un
animal, de mayor a menor o de menor a mayor, me anunciaba que Ella
había abierto su bolso o lo estaba cerrando; que tal vez tomaría de
él su billetera y pediría la cuenta o, que extraería de allí un
libro como habitualmente sucedía. Los sonidos de Ella me
decían de sus estados de ánimo: más cortos, más largos, más agudos,
más forzados, más sonoros, más apagados… Paula era el completo
silencio; un silencio jamás incómodo; una abstracción gnóstica e
intuitiva. En los silencios de Paula comprendí que el poder
que alumbra el entendimiento, tiene como interlocutor la pausa. Amplié mi
vocabulario para el diálogo silencioso con ella, advirtiendo que a
la vez, ensanchaba mi alma.
Coyoacán no hace siesta a las tres de la tarde. Andaba en busca de
un libro de Carlos Castañeda: “Viaje a Ixtlán” y seguro de estar en
la librería correcta. A las siete de la mañana había saltado de mi
catre para la ducha y desde ese momento se sucedieron lo que
consideraba "coincidencias con significado". La noche en vela había
dejado algo más que señales evidentes en mi cara. Explico mejor esto
desde el principio. Hay cierta elección que todos hacemos en algún
momento. Se trata de una elección que a menudo es inconsciente. Una
opción consiste en apegarse a los cánones preestablecidos que tienen
seguro de destino. Es decir: si usted cumple determinadas pautas,
ocurrirán a usted cosas mayormente predecibles. La otra opción no
sigue pautas preestablecidas, va detrás del conocimiento intuitivo;
usted desconoce por completo a dónde éste lo llevará. Claro, también
puede optar una variante mixta. Seguro se quedó pensando en eso.
Pero no era mi caso. Mi decisión había sido, en estado de plena
pureza, la segunda: dejarme llevar al garete por el libre albedrío
de mi conocimiento intuitivo. Desear algo desde lo profundo hace
que muchas cosas cambien su significado. Paradójicamente, no desear
nada, también. El rumbo en ambos sentidos no se define como un
punto geográfico o una meta por alcanzar. El rumbo lo establece
la certeza de estar transitando el camino correcto. Ahora bien,
¿Cómo sabe usted que está en el camino correcto? Simplemente,
bastaría con creer que lo es. Pues bien, ¿estaba yo en la librería
correcta, buscando el libro correcto, detrás de las "coincidencias
con significado", correctas? Detrás de mí oí la palabra "szia"; alguien
hablaba desde su celular y el resto de lo que decía era
incompresible. No me di vuelta y no puedo explicar por qué. Pero la
curiosidad me indujo a levantar la vista porque intuitivamente supe
que los espejos a ambos lados de la librería me devolverían su
imagen. Mi sorpresa fue encontrarme con la mirada de Paula; mientras
Ella, continuaba su diálogo telefónico. Claro que de inmediato
desvió la vista para ponerla en el cajón de libros que tenía
delante. Entonces pensé que Ella estaba en dominio y que tal vez
Paula habría desaparecido para siempre. Que Paula había sido un
simple destello inhibido por una conducta preestablecida de Ella
para poner a salvo su ego, desobedeciendo su instinto. Algo muy
común del yo superlativo que suele incluso poner en nuestros
movimientos torpeza. ¡Salvo! Por un detalle: pudiera ser Paula la
que jugaba nerviosa con el borde del cajón, porque Ella, había
puesto a la conversación el ritmo que se impone cuando se le quiere
dar fin. Si estaba en lo cierto, lo sabría. Ella o Paula salió de la
librería con un libro de Carlos Castañeda aunque no precisamente el
que yo buscaba. No es un autor popular y su temática importa una
lectura trascendente. Lo interpreté como una señal. Fui
discretamente tras ambas. Cuando puso rumbo a la plaza Hidalgo,
intuí que Ella o Paula se detendría en algún café de la zona.
Con el tiempo supe que Ella-Paula era violinista. Es fácil enterarse
si alguien asiste por tanto tiempo al mismo café, a la misma hora y
ocupa la misma mesa. Sin embargo, nunca pregunté su nombre; dudo que
alguien en el café lo supiera tampoco. Ella Iba a Moheli después de
dar su concierto de los domingos al mediodía. Interpreto que en
busca de un lugar familiar cuando por equis circunstancia se está
lejos de los afectos; quizá simplemente para matar el tiempo. En mi
caso, Moheli fue el espacio de limbo necesario cuando ningún sitio
es tu lugar. Revuelto el café, tantas veces nos sumergíamos en la
piadosa distracción que nos proveía un libro. Ella parecía hundirse
página tras página en cuestiones que sólo el tiempo es capaz de
resolver con sabiduría. Paula me decía sobre la transición que
atravesaba Ella. Entonces mis pensamientos volaban adonde Paula y se
completaban de definiciones e historias fantásticas, o del arrojo
y la resolución de un suicida dando un salto mas allá del precipicio
de las letras. Para Paula, el precipitarse de Ella era el mal sueño
al que sigue un despertar luminoso. Ella y Paula me demostraron que
la levedad absoluta es insustancial y que la carencia de sustancia
inhibe las emociones; que sin emociones, no es posible la magia de
una ilusión. De esto me di cuenta la vez que fui a ver uno de sus
conciertos. ¿Era Paula sobre el escenario y Ella cediéndole el
espacio? ¿O era Ella dejando en libertad esa parte del uno mismo tan
leve pero substancial, que es capaz de flotar en el éter y
percibir la música como una caricia que proviene de algún sitio
impreciso del reverso del cosmos? Estuve allí hasta el
intermedio; los momentos suficientes para ver cómo su cabeza se
inclinaba dulcemente sobre el violín, mientras su mirada, la de
Paula, apresaba la levedad del instante.
El
invierno mexicano no tenía crudeza para mí acostumbrado a las
temperaturas bajo cero de Buenos Aires, casi siempre impregnadas de
la humedad del río de La Plata si el viento provenía del sudeste. El
frío como un ánima vaporosa te calaba los huesos y ningún abrigo,
por pesado que fuere, lo detenía. Esa noche luego del concierto, el
cuarto estuvo más frío y maloliente que nunca. El ruso en su catre
tenía olor a cadáver. La ventana completamente cerrada durante todo
el día hizo que los gases hediondos abombaran el aire, y luego de
permanecer breves minutos ahí, me dieron ganas de vomitar. Sin duda
el ruso estaba peor que yo, allí, sepultado, esperando… Quién sabe
qué. Pero así funciona cuando estamos tan carentes de aquello que
sin saber qué es, resulta tan difícil de definir. O a lo mejor el
ruso había podido lo que yo no y se encontraba a la espera de que su
conocimiento intuitivo lo arrancara de la mierda y construyera para
él algo parecido a una ilusión. Pero lo dudaba. ¿Cuál la fuerza
capaz de torcer el destino? ¿Cómo saber en qué bazar de nuestra
mente se encuentra la sabiduría jamás aprendida que todo lo
esclarece? Aquellos con la suerte que yo tenía, reciben una ayuda
externa a tiempo. No había nada en ese cuarto que tuviera que
recoger, así que… sin mayores ceremonias, me marché.
De
significados y no significados; de hallazgos como encuentros que son
desencuentros; de encuentros verdaderos que nuestra incredulidad
basal convierte en hechos improbables, estuvieron sesgadas las
tardes en el Moheli. No hay una fórmula qué imitar porque la clave
es tal vez obra de la casualidad, de un hechizo ancestral, de un
memorando de vidas pasadas o el resultado de una conjunción cósmica
que mágicamente construye para nosotros esa ilusión tan necesaria y
vital.
En
el intermedio del único concierto que presencié, ella desapareció
tras las bambalinas para regresar adonde el público por una puerta
lateral. Seguidamente se dirigió a una butaca en la platea principal
y se sentó al lado de un hombre. Fue que vi a Ella y Paula tras la
misma sonrisa y mirada inconfundible, propia de las personas
enamoradas, y supe que estaba recibiendo una lección que en nada se
relacionaba con el destino y su empecinamiento.
Llueve, el gris del cielo acentúa las distancias, todo se siente más
lejano. Por ello "El Moheli" está apacible. El arriba y abajo de
nuestra imagen en el cristal, hoy más clara que nunca antes, me hace
caer en la cuenta de que Paula nunca me dio la oportunidad. Que sus
ojos jamás se detuvieron en el punto exacto de nuestro reflejo para
que sintiera por breves instantes al menos, tener entidad. ¿Cómo
tenerla para ella careciendo yo de sustancia? Mí abajo nefasto era
una vaciedad carente de significados, y a la vez, mortalmente
sedienta por tenerlos. Los necesitaba y necesitaba también de esa
ilusión capaz de arrancar el ostracismo insalubre de mi frustración.
Fue por ello que poco importó que mi intuición fallara rotundamente
aquel día al salir de la librería en que ella debió detenerse en
algún café de la zona. En cambio, subió a un taxi dejándome absorto
porque el destino nuevamente decidía burlase de mí. Desesperado,
regresé invariablemente a la librería a la misma hora cada día
seguro de poseer la fuerza capaz de doblegar su capricho. Hasta que,
una tarde, convencido ya de haber perdido la contienda y de que no
volvería a verla jamás, se presentó en el Moheli. Entonces mis ideas
sobre la predestinación regresaron con toda virulencia dando forma a
una peligrosa obsesión.
Ella ha venido este domingo acompañada. Nuestros reflejos, el de
Ella-Paula, su amigo y el mío, se mezclan con el del resto de los
transeúntes tal y como merodeadores banales que somos; y está muy
bien.
--- o0o ---
Resulta preciso que diga
en este momento que el impulso para volver fue el recuerdo de su
imagen revelándose lentamente sobre la superficie de la fuente de
los coyotes. Que también me impulsó el
aroma de su piel a jardín recién regado por la
lluvia, y que no menos, la gracia sutil de la forma de sus labios al
soltar la risa. Pero mucho más la curiosidad por saber si mi
historia, la que finalmente no entregara aquella tarde, encerraba
premonitoriamente las siete señales que ella mencionó.
Entré al Moheli precavido de no padecer las obsesiones del abstracto
personaje de mi cuento, tan carente que no poseía nombre, edad ni
descripción. Pero sabiendo que muchos rasgos nos asemejaban.
Me senté en el lugar de mi personaje. Aguardé. El
domingo avanzó con una multitud entrando y saliendo y otra aún mayor
deambulando por la acera, mientras el mexicano caracterizado
aporreaba, como aquella otra vez, su desafinado violín. La vi entrar
al Moheli con aquel estuche que bamboleara la otra vez al dar saltos
intermitentes, adivinando que en su interior habría un instrumento
musical. Se dirigió a la escalera circular que conducía a la planta
alta y para mi sorpresa, ocupó la mesa que esperaba. La luz exterior
disfumaba en mucho su reflejo y sentí cierta tranquilidad de eso aún
cuando descubriera que mi historia tuviera fallas, pero allí estaba.
Luego, percibí sus movimientos encima de mí y el inconfundible
sonido de la cremallera de su bolso, tal y como lo escuchara al
escribir mi historia. No supe qué había sacado del bolso hasta que
escuché la palabra “szia” y me percaté que su teléfono celular. Que
fuera domingo; aquello que acarreaba en su estuche; la mesa en que
estaba sentada; el sonido de la cremallera de su bolso; su imagen
sobre el cristal y el saludo a quien estaba al otro lado de su
celular, sumaba seis. La séptima, la séptima señal, era la que me
obsesionaría por descubrir.
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Marcelo D. Ferrer
nació
en la ciudad de La Plata, Capital de la Provincia de Buenos Aires,
República Argentina (1957). Poeta y narrador. Es contador público y
licenciado en Economía; ejerce su profesión en su ciudad natal. Es
miembro y ha presidido diversas ONG dedicadas a la educación y al
servicio comunitario. Poemas, cuentos, reflexiones, ensayos y
narraciones suyas han sido publicadas en diversos medios
periodísticos de Argentina y en la Red Cibernética. Ha publicado, con
el asesoramiento de Estudio Qubbus de La Plata: Poemas, historias
y reflexiones (Centegraf, 2001).

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