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−Te amo…
No
hubo reacción, sólo silencio, pero eso era lo de menos. En realidad
no buscaba reacción alguna. A lo lejos, brillaba un sol tibio que
dejaba caer su luz sobre el Hudson, aquel hermoso río que, ante sus
ojos, seguía su curso con indiferencia. Hasta esas orillas solían
llegar frecuentemente buscando un poco la paz perdida de Manhattan,
donde ambos trabajaban, donde se conocieron y donde, cada cual a su
estilo, trataba de integrarse a su nuevo destino. Provenían de
países lejanos entre sí. Sus pieles se alteraban ante diferentes
ritmos y celebraban ritos que en nada se aproximaban. Eso sí, al
menos tenían un lenguaje común, aunque con acentos diferentes.
Se
lo dijo así, cuando él estaba de espaldas porque no quería ver su
mirada. Las reacciones ante ciertos hechos o palabras se engavetan
en el disco duro y cuesta mucho luego deshacerse de ellas. No
quería ser testigo de reacciones, le había costado mucho llegar
hasta allí, a un “te amo” no se llega tan fácilmente, antes habría
que recorrer un largo camino plagado de pétalos y espinas, de nubes
y cielos. Tampoco podría considerarse que lo hizo por cobardía,
porque su amor nunca fue un amor cobarde. Su amor no tenía como
única meta el cuerpo, ni había comenzado por ahí, como en la mayoría
de las ocasiones anteriores. Su amor era silvestre y palpitante,
había nacido bajo las ramas de los árboles que tejían el enmarañado
verde del paisaje, surgió de compartir, aparentemente muy ajenos,
innumerables caminatas y charlas donde nunca llegaron a ningún
acuerdo, ya se tratara de lo político, de lo filosófico o de lo
social.
Le
gustaban aquellas caminatas y escuchaba con recóndita alegría las
frases caídas al silencio con un acento diferente. Un decir
embargado de nostalgia, como el tango. Más de una vez pensó: “Él es
el tango”. Claro que nunca se lo dijo, conocía las diferencias, las
evaluaba con el mismo intelectual interés y frialdad con que se
enfrentaba al tablero de ajedrez.
Casi nunca hablaron de sus profesiones, ni de familia, ni de dinero.
Los temas abordados eran siempre indirectos y genéricos, más bien
conceptuales que concretos, y Santiago parecía además quedarse con
muchas cosas dentro, como guardando para sí el verdadero diálogo.
Solían coincidir los sábados junto al Hudson y justo par de horas
antes de la caída del sol. Después, unos tragos y cada quien a lo
suyo. Suyo que constituía la gran incógnita, la
interrogación jamás definida. Dejaron de verse una única vez desde
que se conocieron en un encuentro casual... Sí, sólo una vez en dos
años. Él le había dicho “un amigo que viaja a Buenos Aires llevará
algo para mi familia, para mis hijos −concretó− y debo ir a verlo.”
Eso fue todo lo que supo de su vida, pero pensó que era suficiente.
No hacen falta razones para amar. No hacen falta respuestas para
intuir, tras tantos silencios, que probablemente fuera su primera
vez.
Dos escasos otoños habían bastado para amarle con un amor tan
tembloroso e inexacto como la caída de las hojas, pero tan robusto y
erguido como el “Empire State Building”, el edificio majestuoso que
observaba cada mañana mientras sorbía un necesario café, en un
rincón cercano a su oficina.
Antes de volverme, paseé mi ambiciosa mirada sobre el Hudson. Debía
archivar cuidadosamente en mi memoria aquella última foto. Santiago
seguía allí, de espaldas, casi petrificado. Sólo alcanzaba a ver
sus hombros rectos y su nuca todavía tostada por el sol del último
verano, seguida de su pelo negro, aquellos rizos tantas veces
soñados. Di la vuelta y eché a andar despacio, pero con firmeza.
Cuando ya me había alejado unos cuantos metros, un adolescente que
paseaba en su bicicleta se detuvo ante mí, diciéndome: Señor ¿qué
hora es? −La de mi muerte −contesté. −Cuando seas mayor
aprenderás que renunciar es una manera de morir. ¡Ah!,
y son las seis.
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Rina Lastres
Nació en Manzanillo, Cuba (1946).
Poeta, narradora y guionista radial. Inició estudios de periodismo
en la Universidad de La Habana. Desde 1980 reside en los
Estados Unidos, dedicada a la prensa radial y escrita. Durante cuatro años fue
redactora y gerente de producción de la revista “Industria y
Mundo Turístico”, publicación especializada en turismo, editada
para agentes de viajes en la América Latina. Desde 1987 trabaja
como supervisora de guionistas de radio. Ha publicado el libro
de poesía Hábito de Ser (Madrid,
España) en 2003 y el libro de cuentos Soledad para tres y una
vaca (Miami, Florida, EE.UU.) en 2006.

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