Miami
Estados Unidos
Año X

Nº 59/60

Escríbanos    

 

Publicada por Ediciones Baquiana

Director Ejecutivo

Patricio E. Palacios

Directora de Redacción

Maricel Mayor Marsán

Consejo de Redacción

 Dra. Aida M. Beaupied

Chestnut Hills College

Pensilvania

 

 Dra. Niza Fabre

Ramapo College

Mahwah, Nueva Jersey

 

 Dr. René C. Izquierdo

Miami Dade College Recinto de Kendall

 

Dr. Humberto López Cruz

Universidad Central de la Florida en Orlando

 

Dra. Myra Medina

Miami Dade College

Recinto Norte

 

Dr. Gerardo Piña Rosales

Universidad de la Ciudad de Nueva York (CUNY)

Universidad de Columbia

Nueva York

 

Dra. Alicia E. Vadillo

Universidad Estatal de Nueva York en Oswego

 

Dra. Lidia Versón

Universidad de

Puerto Rico

 Recinto de Río Piedras

 

Asesor Técnico

Luis H. Beltrán

 

Asesor de Arte

Carlos Quevedo

 


 

UNA FORMA DE MORIR

por

Rina Lastres

 

     −Te amo…

     

    No hubo reacción, sólo silencio, pero eso era lo de menos.  En realidad no buscaba reacción alguna.  A lo lejos, brillaba un sol tibio que dejaba caer su luz sobre el Hudson, aquel hermoso río que, ante sus ojos,  seguía su curso con indiferencia.  Hasta esas orillas solían llegar frecuentemente buscando un poco la paz perdida de Manhattan, donde ambos trabajaban, donde se conocieron y donde, cada cual a su estilo,  trataba de integrarse a su nuevo destino.  Provenían de países lejanos entre sí.  Sus pieles se alteraban ante diferentes ritmos y celebraban ritos que en nada se aproximaban.  Eso sí, al menos tenían un lenguaje común, aunque con acentos diferentes.

    

     Se lo dijo así, cuando él estaba de espaldas porque no quería ver su mirada. Las reacciones ante ciertos hechos o palabras se engavetan en el disco duro y cuesta mucho luego deshacerse de ellas.  No quería ser testigo de reacciones, le había costado mucho llegar hasta allí, a un “te amo” no se llega tan fácilmente, antes habría que recorrer un largo camino plagado de pétalos y espinas, de nubes y cielos.  Tampoco podría considerarse que lo hizo por cobardía,  porque su amor nunca fue un amor cobarde. Su amor no tenía como única meta el cuerpo, ni había comenzado por ahí, como en la mayoría de las ocasiones anteriores.  Su amor era silvestre y palpitante, había nacido bajo las ramas de los árboles que tejían el enmarañado verde del paisaje, surgió de compartir, aparentemente muy ajenos, innumerables caminatas y charlas donde nunca llegaron a ningún acuerdo, ya se tratara de lo político, de lo filosófico o de lo social.

    

     Le gustaban aquellas caminatas y escuchaba con recóndita alegría las frases caídas al silencio con un acento diferente. Un decir embargado de nostalgia, como el tango.  Más de una vez pensó: “Él es el tango”.  Claro que nunca se lo dijo, conocía las diferencias, las evaluaba con el mismo intelectual interés y frialdad con que se enfrentaba al tablero de ajedrez.

    

     Casi nunca hablaron de sus profesiones, ni de familia, ni de dinero. Los temas abordados eran siempre indirectos y genéricos, más bien conceptuales que concretos, y Santiago parecía además  quedarse con muchas cosas dentro, como guardando para sí el verdadero diálogo.  Solían coincidir los sábados junto al Hudson y justo par de horas antes de la caída del sol.  Después,  unos tragos y cada quien a lo suyo.  Suyo que constituía la gran incógnita, la interrogación jamás definida.  Dejaron de verse una única vez desde que se conocieron en un encuentro casual... Sí, sólo una vez en dos años.  Él le había dicho “un amigo que viaja a Buenos Aires llevará algo para mi familia, para mis hijos −concretó− y debo ir a verlo.”  Eso fue todo lo que supo de su vida, pero pensó que era suficiente. No hacen falta razones para amar.  No hacen falta respuestas para intuir,  tras tantos silencios,  que probablemente fuera su primera vez.

    

     Dos escasos otoños habían bastado para amarle con un amor tan tembloroso e inexacto como la caída de las hojas, pero tan robusto y erguido como el “Empire State Building”, el edificio majestuoso que observaba cada mañana mientras sorbía un necesario café,  en un rincón cercano a su oficina.

    

     Antes de volverme, paseé mi ambiciosa mirada sobre el Hudson. Debía archivar cuidadosamente en mi memoria aquella última foto.  Santiago seguía  allí, de espaldas, casi petrificado. Sólo alcanzaba a ver sus hombros rectos y su nuca todavía tostada por el sol del último verano, seguida de su pelo negro, aquellos rizos tantas veces soñados.  Di la vuelta y eché a andar despacio, pero con firmeza.  Cuando ya me había alejado unos cuantos metros,  un adolescente que paseaba en su bicicleta se detuvo ante mí, diciéndome: Señor ¿qué hora es?   −La de mi muerte  −contesté. −Cuando seas mayor aprenderás que renunciar es una manera de morir. ¡Ah!, y son las seis.

 

Rina Lastres Nació en Manzanillo, Cuba (1946). Poeta, narradora y guionista radial. Inició  estudios de periodismo en la Universidad de La Habana.  Desde 1980 reside en los Estados Unidos, dedicada a la prensa radial y escrita. Durante cuatro años fue redactora y gerente de producción de la revista “Industria y Mundo Turístico”, publicación especializada en turismo, editada para agentes de viajes en la América Latina. Desde 1987 trabaja como supervisora de guionistas de radio. Ha publicado el libro de poesía Hábito de Ser (Madrid, España) en 2003 y el libro de cuentos Soledad para tres y una vaca (Miami, Florida, EE.UU.) en 2006.