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Cerró los ojos, y apretó los párpados con fuerza.
Apagado, le llegaba el ruido del mar con su sordina distante. Lo
reconoció por entre los demás ruidos, incluso por entre el silencio
mismo, ubicuo y persistente que lo iba conquistando todo como un
agua remansada —desde muy abajo, o desde muy dentro—. Se trataba, de
dos zumbidos diferentes aunque contaminados uno por el otro. Allí
estaban. Además, había en el aire aquel olor dulzón a cosa vagamente
podrida y familiar, que lo impregnaba todo, hasta el mismo salobre
de la brisa marina. ¡Y el cielo! También allí. Al alcance de la mano.
Lo sabía. Habría podido tocarlo si quisiera. ¡Azul! ¡Muy azul! (Sí.
El cielo debía seguir siendo azul). De un azul intenso, como era
siempre. ¿Cómo no recordarlo ahora, si a él había vuelto los ojos
incontables veces desde su llegada —deslumbrada, o tal vez ciega,
cegada, enceguecida por la engañosa luminosidad de su azul—? Sólo
que, ahora, ya nada de eso ni de nada importaba. Y de repente
bastaba esta certeza, para comprender su destino. Sin oponer más
resistencia, Patricia se dejó penetrar por esa atmósfera de
naufragio que se levantaba hasta ella, y procedía de muy abajo, a
treinta y tantos pisos de distancia. A través de los párpados
cerrados, podía ver el mar con toda claridad. Era un mar vasto y
sangriento, que alguna vez le produjera la falsa impresión de ser
azul, como el cielo. Con un sabor amargo, recordó ahora las falsas
impresiones que este mismo mar le había causado, y las palabras que
había escrito al dorso de una tarjeta postal, y enviado a su madre,
en algún lugar de Europa. Pero ahora, todo cobraba sentido a sus
ojos, o lo que venía a ser lo mismo, dejaba de tenerlo. Sin ningún
patetismo, se dijo que había muerto. Que ya había muerto. (No
podía ser de otro modo). E imaginó —deseó— haber muerto lejos, (de
golpe, si fuera posible), y que sólo sus restos, arrojados al mar
con ánimo de escarnio, habían tocado en este puerto. Así, la muerte
le pareció sobrellevable. Aquí, y ahora, no estaba ella. Se
trataba de sus restos. De algo, en fin, que podía resignarse a su
naufragio, como una forma última de destino. Se preguntó, sin
embargo, por qué sino burlón había recalado en este puerto, de
cuantos refugios habían sido más o menos probables.
Para retener el rojo encendido de las buganvillas de
un patio de su niñez, abrió de repente los ojos a otro sueño.
Comprobó sin pesadumbres la existencia de una línea muy fina que
separa un sueño de otro; un mal sueño de otro bueno. Allá estaba el
mar de Valparaíso, el otro mar, al fondo de las calles que bajaban
para arrimarse a él, con un jadeo. Con escepticismo, se dijo ahora
que sólo el cadáver de esa niñez había podido estar a visitarla
ahora, apenas un instante, para difuminarse enseguida, vencido como
la niñez misma: de intemperies, postergaciones que vinieron luego, e
inexplicables olvidos. Había estado, deslumbrándola con un golpe de
luz truculento e inútil, acaso para hacerle el presente aún más
intolerable.
El timbre del teléfono vino a sumarse, de repente, a
la serie de ruidos dispersos. Patricia dudó aún si responder, pero
se dijo con firmeza (o tal vez, ya dominada por una intensa fatiga)
que no lo haría. No lo hizo, ni siquiera cuando la voz de Enrique se
hizo oír, pidiéndole con insistencia responder el teléfono.
—Por favor, Patita, mirá que me enloquezco hablándole
a una máquina de mierda, cuando sé muy bien que estás ahí. Contestá,
che, qué más te da. ¡Mirá que he tenido un sueño muy jodido con vos,
y no sé qué hacer con él! Decime que estás ahí, ché. —La voz
crispada de Enrique se tornaba de repente mimosa, apesadumbrada,
suplicante—. Mirá, que voy para allá, y me agarro una bronca... ¡Ya
sabés que a mí me importa una mierda! Respondéme, ché, ¿qué más te
da? ... Bueno, mirá... ¡Cuelgo, y te vuelvo a llamar! Pero pensalo,
Pati, sé buenita... Soy yo, Enrique. ¿Qué? ¿No reconocés ya a tus
amigos?... Chau... ¡Ahora llamo! Pero contestá... ¿eh?
—Argentino pelotudo... —se dijo, usando una
expresión que era de él, sintiendo al decirlo, una confusa mezcla de
ternura, y resentimiento, porque Enrique hubiese escogido este
preciso momento para llamarla.
Pensó en la primera vez que se habían visto. Él, ya
estaba de vuelta de casi todo aquello de lo que se podía estarlo,
pero ella —la recién llegada que sólo conoce y desempeña su modesto
papel en la comedia—, únicamente quería saber de cosas que Enrique,
por más que quisiera, no podía hablarle sin mentir. El eufemismo
utilizado por él para ocultarle la verdad, fue asegurar que se
hallaba cortando caña voluntario. (En realidad Enrique
cumplía en la agricultura su castigo, por flaquezas
ideológicas, cuya naturaleza ni siquiera comprendía). El periódico
para el que trabajaba lo había despedido oblicuamente. Estaba
suspendido por tiempo indefinido, e infinito. Su historial político,
y algunos contactos que por suerte no le fallaron en su momento,
amén de la autocrítica pública y voluntaria que acompañó el
asunto lo salvaron del total naufragio. Por eso le habían dado —generosamente—
una oportunidad más de recapacitar y enmendarse. Para ello nada
mejor que el trabajo en el campo. Había pasado dos años en
provincias —en la agricultura—, o como él diría más tarde: "en el
mismísimo culo del mundo". Desde hacía seis meses estaba de vuelta
en La Habana, pero no en la capital. Lo habían puesto a dirigir un
plan agrícola, al parecer muy importante. Este hecho, tuvo el efecto
de deslumbrarla. Sin duda alguna, se trataba de un mal entendido,
pero a él debieron ambos la posibilidad de conocerse, y la
proximidad que se produjo.
—¡Yo también quiero ir a
cortar caña!
—Las cosas..., che, tampoco son así, como vos
pensás... Por supuesto que si querés... Aquí nada más que hay
hombres, ¿sabés?
—¡Las cubanas también van a la zafra! ¿O no? ...Tú lo
que eres, es un machista redomado, como deben serlo todos los
argentinos.
—Cuidado con lo que decís, che… Eso es casi sacrílego, ¿lo sabías?
Vuelve a cerrar los ojos con fuerza. No quiere
acordarse del encuentro con Enrique, ni de nada más, sino permanecer
así, oyendo el batir de las olas muy apagado. Un jadeo, que tal vez
fuera el suyo propio. A punto —le parece— de cortarse en cualquier
instante. Tampoco quiere pensar, pero no puede evitarlo. El
problema de estar vivos —se dice ahora, pensándose viva tal vez
para animarse— ...es precisamente ése. Ha vuelto a su idea
fija de marcharse a algún lugar. Piensa en sus múltiples tentativas
de irse a cualquier parte. En sus reiterados fracasos. El día antes,
había estado en el Departamento de Inmigración. El funcionario que
le dio cita llegó tarde, después de hacerse esperar dos largas horas
en un vestíbulo sin revistas. Patricia, que odiaba más que nada en
el mundo la manía del tabaco, deseó a ratos haber fumado, para matar
el tedio y la ansiedad que la abrumaban. Se trataba de alguien
conocido en Chile, en los días de la Unidad Popular, y ella,
naturalmente, había puesto muchísimas esperanzas en esta entrevista.
Pero a medida que el tiempo transcurría en el vestíbulo, se iba
dando cuenta que aquella misma espera ya constituía un indicio de
qué manera se conduciría el encuentro, y cuáles serían sus
resultados. De modo que, ni toda la fingida gentileza del hombre,
salpicada de incesantes disculpas, lograron engañarla. Dejó la
oficina convencida de que su caso, no sería atendido
mejor que otros, según le prometiera el funcionario.
Y esa noche, después de hablar con su madre por
teléfono, Patricia se encerró en un mutismo desesperado. La había
llamado para despedirse, sin tener muy clara conciencia de porqué lo
hacía. Tal vez, la aprensión de que algo inesperado, como un golpe,
le ocurriera mientras dormía, y ya no le fuera posible despedirse.
De súbito, se daba cuenta de que ya no tenía amigos. ¿Era acaso
posible confiar en Enrique —se había dicho— cuando ya no era posible
confiar en nadie? Y ella misma, ¿qué había hecho ella para
merecer la lealtad de Enrique? Cierto que éste parecía haberle
perdonado todas sus malas y peores acciones, incluso las
imperdonables, (porque al cabo, ella tampoco estaba limpia de culpas;
no iba a negárselo ahora), pero él, en cambio, sí que se hallaba más
allá de todo. Sin tratarse de ningún santo —se dijo— aquí donde se
hallaba como él quedaban pocos. Su caída vertiginosa y en picada, en
cierto modo lo había salvado. Abajo, había conocido sin proponérselo,
a la gente verdadera. Ella, entre tanto, se quejaba de no encontrar
en una diplotienda tal o cual marca de jabón, y Enrique se
lo echaba en cara con dulzura:
—Patita, la gente acá muchas veces no tiene jabón con
que bañarse, ¿sabés? ¿De qué te quejás, vos?
Pero ahora estaba harta. ¡Harta de Enrique, y de todo!
De no poder moverse de un lugar a otro con la misma independencia
conque antes lo había hecho siempre. (Ella sí que no sentía esos
complejos de culpa de otras burguesitas, que una vez aquí,
aceptaban el dogal —o simulaban aceptarlo— como un modo de
redimir sus pecados de clase). Harta de simular sus
reacciones, por miedo de un castigo semejante al de Enrique;
harta de aplaudir estupideces; de suscribir mentiras y falsedades; y
finalmente, de estar harta y de saberse, literalmente, sin salida, y
a merced de una voluntad ciega y arbitraria. ¿Cuándo había comenzado
todo? Si importaba saberlo, ella no habría podido decirlo con
exactitud. Más bien, era el cúmulo de cosas que se le fue echando
encima un día y otro, sin que ella pudiera decir o hacer nada por
impedirlo.
—No estamos en un lecho de rosas...
—¡Naturalmente, compañero...!
Palabras como todas. Ahora las recordaba. Venían a su
memoria desde cualquier ángulo.
—...Una Revolución como ésta, en las mismas
narices del imperialismo.
—Pero yo sólo deseo emigrar.
—¡Aquí, los que se van, son los
gusanos!
—Vine aquí voluntariamente... Hubiera podido
irme a Europa.
—Y nosotros queremos que te quedes,
voluntariamente. ¿Es que acaso te hemos tratado mal?
—Sólo deseo visitar a mi madre, que reside en Holanda.
—¡Invítala entonces a que te visite! Nosotros le
damos la visa.
—Teniente, mi madre ha solicitado visa para
venir a verme, en dos ocasiones. La segunda vez le han contestado,
escuetamente, que no podían otorgársela.
—Muy bien entonces. Yo, personalmente, me
ocuparé de averiguar qué pasa, y asunto concluido. ¡No hay nada en
esta vida que no podamos arreglar nosotros, si queremos!
—Ustedes no tienen derecho a retenerme aquí,
contra mi voluntad.
—¿Ustedes?... Creía que habías venido
aquí, como compañera de lucha..., pero si te sitúas frente a
nosotros, no te arriendo las ganancias... Y para que te enteres
de una vez por todas..., sí tenemos el derecho, chica... Tenemos
todos los derechos que nos da la gana, y que nos otorga el haber
hecho la más grande Revolución de la Historia, a pesar de gentes
como tú, burguesas mimadas y sin principios, en las mismas narices
del imperialismo...
De ahí en adelante, ahora lo veía con claridad,
todo había ido de mal en peor. Pero de esto, a decir cuándo
exactamente había comenzado la caída, mediaba una distancia que ella
no habría sabido calcular. Quizás hubiera comenzado a manifestarse
en el momento en que los otros comenzaron a apartarse de ella, por
miedo al contagio, o a la maldición. (Con la excepción de Enrique,
todos sus amigos se apartaron, o la apartaron de su círculo). Uno
tras otro, había recibido estos golpes inesperados. El más reciente,
había ocurrido esa mañana, cuando recibió la notificación de
que en el plazo de dos días, a partir de la fecha, debería mudarse.
La nota especificaba, que de no contar con medios propios para la
transportación de sus bienes, (en el plazo establecido) estos le
serían incautados. Estrujó la nota con rabia e impotencia, y la
arrojó a la papelera que tenía cerca. Sabía que aquello no sería
todo; que aún debía esperar más. Prepararse de algún modo para
aquello que oscuramente anticipaba, a su pesar. ¿Adónde podía
mudarse con tal precipitación —se decía— en un país donde mudarse
era casi tan difícil como emigrar? ¿Con qué medios podía contar ella
—sin amigos influyentes y bien situados, como antes— para efectuar
la mudada? ¿Mudarse? ¿A dónde, sin casa u hoteles que pudieran
acogerla? ¿Y mañana, qué vendría? ¿La despedirían también de su
trabajo? ¿La echarían, con explicaciones, o sin ellas? ¿Y entonces
qué? Unos meses antes, había conocido de la existencia de tales
casos. Eran los tronados, como se les llamaba en la jerga
jupiterina de la Revolución. Enrique mismo —se le revelaba de
pronto— y pese a su hechura de corcho, no era otra cosa que un
género de eterno tronado. Había pues, diferentes gradaciones
de tronada. ¿Cuál, le estaba deparada a ella de antemano? ¿O
se improvisaba en esto, como en tantas otras cosas? Patricia sólo
podía conjeturar.
El aire del mar
agitaba ahora las cortinas con fuerza. Ella se dijo que, incluso con
impaciencia. El timbre del teléfono volvió a sonar, insistente, pero
esta vez había desconectado el contestador, de modo que la voz de
Enrique no se oyera. Quiso obligarse a recordar algo. ¡Cualquier
cosa! Cerró los ojos una vez más. La luz que venía de fuera parpadeó
un instante, y ahí estuvo —nuevamente— el rojo encendido de las
buganvillas. Dio unos pasos hasta colocarse —ya sin miedos— junto
al borde del borde. Contempló el espacio que la separaba del fondo.
Lo adivinó, más bien. La aterradora distancia, que dejaba de serlo
en este instante. A lo lejos, el mar: un breve encaje que se trizaba
sin remedio, y sin prisa. Y por supuesto, el cielo de siempre.
—Me llamo Patricia Orellana Badías —dijo—. Soy
chilena... Sin patria... Y hace dos días, acabo de cumplir treinta y
dos años. —Todo en voz alta, pero con una extraña serenidad, como si
se tratara de una declaración hecha ante notario. (Tal vez en ese
instante fuera vital aferrarse a aquella precaria cédula de
identidad). Luego tomó aliento, y se dejó ir al vacío al tiempo que
abría los ojos, para ver.
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Rolando D. H. Morelli
nació en Horsens, Dinamarca(1953). Antes de
cumplir los seis años fue llevado a Cuba por sus padres. Creció en Camagüey,
donde vivió hasta 1980, año en el que salió de su país como parte del éxodo
por el puerto del Mariel. En los Estados Unidos terminó sus estudios
superiores, doctorándose con las más altas distinciones académicas por la
Universidad de Temple, en Philadelphia, ciudad donde ha residido casi de
modo permanente desde su llegada a los Estados Unidos. Ha sido profesor en
varias universidades norteamericanas, entre éstas las de Tulane, en Nueva
Orleáns, y la Warton Bussiness School de la Universidad de Pennsylvania.
Tiene publicados los volúmenes de cuentos: Algo está pasando (Hawai,
Editorial Persona, 1992), que está por aparecer nuevamente, en edición
bilingüe y Coral Reef: Voces a la deriva (Madrid, Editorial
Timbalito, 2001); la pieza teatral para niños Varios personajes en busca
de Pinocho (edición de la Brigada Hermanos Saíz, Camagüey, Cuba, 1978) y
el poemario Leve para el viento, (Asunción, Paraguay, Gestora
Editorial, 1978). Poemas y narraciones suyas han aparecido en varias
antologías, entre ellas, Shouting in a Whisper / Los límites del silencio,
Asterion, Santiago de Chile, 1994, así como en algunos números antológicos
de las revistas El gato tuerto (San Francisco, California, 1989);
From this side / Desde este lado Philadelphia, Pennsylvania (1989) y
El Faro, Ciudad de México, 1989. Recientemente obtuvo la única mención
del concurso convocado por el Instituto Cultural Iberoamericano “Mario
Vargas Llosa”, con su libro de cuentos Repaso de la sombra, cuya
publicación ha sido anunciada por la institución que concedió el galardón.

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