Miami
Estados Unidos
Año X

Nº 59/60

Escríbanos    

 

Publicada por Ediciones Baquiana

Director Ejecutivo

Patricio E. Palacios

Directora de Redacción

Maricel Mayor Marsán

Consejo de Redacción

 Dra. Aida M. Beaupied

Chestnut Hills College

Pensilvania

 

 Dra. Niza Fabre

Ramapo College

Mahwah, Nueva Jersey

 

 Dr. René C. Izquierdo

Miami Dade College Recinto de Kendall

 

Dr. Humberto López Cruz

Universidad Central de la Florida en Orlando

 

Dra. Myra Medina

Miami Dade College

Recinto Norte

 

Dr. Gerardo Piña Rosales

Universidad de la Ciudad de Nueva York (CUNY)

Universidad de Columbia

Nueva York

 

Dra. Alicia E. Vadillo

Universidad Estatal de Nueva York en Oswego

 

Dra. Lidia Versón

Universidad de

Puerto Rico

 Recinto de Río Piedras

 

Asesor Técnico

Luis H. Beltrán

 

Asesor de Arte

Carlos Quevedo

 


 

LA EXILIADA

por

Rolando D. H. Morelli, Ph.D.

 

     Cerró los ojos, y apretó los párpados con fuerza. Apagado, le llegaba el ruido del mar con su sordina distante. Lo reconoció por entre los demás ruidos, incluso por entre el silencio mismo, ubicuo y persistente que lo iba conquistando todo como un agua remansada —desde muy abajo, o desde muy dentro—. Se trataba, de dos zumbidos diferentes aunque contaminados uno por el otro. Allí estaban. Además, había en el aire aquel olor dulzón a cosa vagamente podrida y familiar, que lo impregnaba todo, hasta el mismo salobre de la brisa marina. ¡Y el cielo! También allí. Al alcance de la mano. Lo sabía. Habría podido tocarlo si quisiera. ¡Azul! ¡Muy azul! (Sí. El cielo debía seguir siendo azul). De un azul intenso, como era siempre. ¿Cómo no recordarlo ahora, si a él había vuelto los ojos incontables veces desde su llegada —deslumbrada, o tal vez ciega, cegada, enceguecida por la engañosa luminosidad de su azul—? Sólo que, ahora, ya nada de eso ni de nada importaba. Y de repente bastaba esta certeza, para comprender su destino. Sin oponer más resistencia, Patricia se dejó penetrar por esa atmósfera de naufragio que se levantaba hasta ella, y procedía de muy abajo, a treinta y tantos pisos de distancia. A través de los párpados cerrados, podía ver el mar con toda claridad. Era un mar vasto y sangriento, que alguna vez le produjera la falsa impresión de ser azul, como el cielo. Con un sabor amargo, recordó ahora las falsas impresiones que este mismo mar le había causado, y las palabras que había escrito al dorso de una tarjeta postal, y enviado a su madre, en algún lugar de Europa. Pero ahora, todo cobraba sentido a sus ojos, o lo que venía a ser lo mismo, dejaba de tenerlo. Sin ningún patetismo, se dijo que había muerto. Que ya había muerto. (No podía ser de otro modo). E imaginó —deseó— haber muerto lejos, (de golpe, si fuera posible), y que sólo sus restos, arrojados al mar con ánimo de escarnio, habían tocado en este puerto. Así, la muerte le pareció sobrellevable. Aquí, y ahora, no estaba ella. Se trataba de sus restos. De algo, en fin, que podía resignarse a su naufragio, como una forma última de destino. Se preguntó, sin embargo, por qué sino burlón había recalado en este puerto, de cuantos refugios habían sido más o menos probables.

           

     Para retener el rojo encendido de las buganvillas de un patio de su niñez, abrió de repente los ojos a otro sueño. Comprobó sin pesadumbres la existencia de una línea muy fina que separa un sueño de otro; un mal sueño de otro bueno. Allá estaba el mar de Valparaíso, el otro mar, al fondo de las calles que bajaban para arrimarse a él, con un jadeo. Con escepticismo, se dijo ahora que sólo el cadáver de esa niñez había podido estar a visitarla ahora, apenas un instante, para difuminarse enseguida, vencido como la niñez misma: de intemperies, postergaciones que vinieron luego, e inexplicables olvidos. Había estado, deslumbrándola con un golpe de luz truculento e inútil, acaso para hacerle el presente aún más intolerable.

            

     El timbre del teléfono vino a sumarse, de repente, a la serie de ruidos dispersos. Patricia dudó aún si responder, pero se dijo con firmeza (o tal vez, ya dominada por una intensa fatiga) que no lo haría. No lo hizo, ni siquiera cuando la voz de Enrique se hizo oír, pidiéndole con insistencia responder el teléfono.

           

     —Por favor, Patita, mirá que me enloquezco hablándole a una máquina de mierda, cuando sé muy bien que estás ahí. Contestá, che, qué más te da. ¡Mirá que he tenido un sueño muy jodido con vos, y no sé qué hacer con él! Decime que estás ahí, ché. —La voz crispada de Enrique se tornaba de repente mimosa, apesadumbrada, suplicante—. Mirá, que voy para allá, y me agarro una bronca... ¡Ya sabés que a mí me importa una mierda! Respondéme, ché, ¿qué más te da? ... Bueno, mirá... ¡Cuelgo, y te vuelvo a llamar! Pero pensalo, Pati, sé buenita... Soy yo, Enrique. ¿Qué? ¿No reconocés ya a tus amigos?... Chau... ¡Ahora llamo! Pero contestá... ¿eh?

            

     —Argentino pelotudo... —se dijo, usando una expresión que era de él, sintiendo al decirlo, una confusa mezcla de ternura, y resentimiento, porque Enrique hubiese escogido este preciso momento para llamarla.   

            

     Pensó en la primera vez que se habían visto. Él, ya estaba de vuelta de casi todo aquello de lo que se podía estarlo, pero ella —la recién llegada que sólo conoce y desempeña su modesto papel en la comedia—, únicamente quería saber de cosas que Enrique, por más que quisiera, no podía hablarle sin mentir. El eufemismo utilizado por él para ocultarle la verdad, fue asegurar que se hallaba cortando caña voluntario. (En realidad Enrique cumplía en la agricultura su castigo, por flaquezas ideológicas, cuya naturaleza ni siquiera comprendía). El periódico para el que trabajaba lo había despedido oblicuamente. Estaba suspendido por tiempo indefinido, e infinito. Su historial político, y algunos contactos que por suerte no le fallaron en su momento, amén de la autocrítica pública y voluntaria que acompañó el asunto lo salvaron del total naufragio. Por eso le habían dado —generosamente— una oportunidad más de recapacitar y enmendarse. Para ello nada mejor que el trabajo en el campo. Había pasado dos años en provincias —en la agricultura—, o como él diría más tarde: "en el mismísimo culo del mundo". Desde hacía seis meses estaba de vuelta en La Habana, pero no en la capital. Lo habían puesto a dirigir un plan agrícola, al parecer muy importante. Este hecho, tuvo el efecto de deslumbrarla. Sin duda alguna, se trataba de un mal entendido, pero a él debieron ambos la posibilidad de conocerse, y la proximidad que se produjo.

            

     —¡Yo también quiero ir a cortar caña!

    

     —Las cosas..., che, tampoco son así, como vos pensás... Por supuesto que si querés... Aquí nada más que hay hombres, ¿sabés?     

           

     —¡Las cubanas también van a la zafra! ¿O no? ...Tú lo que eres, es un machista redomado, como deben serlo todos los argentinos.

           

     —Cuidado con lo que decís, che… Eso es casi sacrílego, ¿lo sabías?

           

     Vuelve a cerrar los ojos con fuerza. No quiere acordarse del encuentro con Enrique, ni de nada más, sino permanecer así, oyendo el batir de las olas muy apagado. Un jadeo, que tal vez fuera el suyo propio. A punto —le parece— de cortarse en cualquier instante. Tampoco quiere pensar, pero no puede evitarlo. El problema de estar vivos —se dice ahora, pensándose viva tal vez para animarse— ...es precisamente ése. Ha vuelto a su idea fija de marcharse a algún lugar. Piensa en sus múltiples tentativas de irse a cualquier parte. En sus reiterados fracasos. El día antes, había estado en el Departamento de Inmigración. El funcionario que le dio cita llegó tarde, después de hacerse esperar dos largas horas en un vestíbulo sin revistas. Patricia, que odiaba más que nada en el mundo la manía del tabaco, deseó a ratos haber fumado, para matar el tedio y la ansiedad que la abrumaban. Se trataba de alguien conocido en Chile, en los días de la Unidad Popular, y ella, naturalmente, había puesto muchísimas esperanzas en esta entrevista. Pero a medida que el tiempo transcurría en el vestíbulo, se iba dando cuenta que aquella misma espera ya constituía un indicio de qué manera se conduciría el encuentro, y cuáles serían sus resultados. De modo que, ni toda la fingida gentileza del hombre, salpicada de incesantes disculpas, lograron engañarla. Dejó la oficina convencida de que su caso, no sería atendido mejor que otros, según le prometiera el funcionario.

           

     Y esa noche, después de hablar con su madre por teléfono, Patricia se encerró en un mutismo desesperado. La había llamado para despedirse, sin tener muy clara conciencia de porqué lo hacía. Tal vez, la aprensión de que algo inesperado, como un golpe, le ocurriera mientras dormía, y ya no le fuera posible despedirse. De súbito, se daba cuenta de que ya no tenía amigos. ¿Era acaso posible confiar en Enrique —se había dicho— cuando ya no era posible confiar en nadie? Y ella misma, ¿qué había hecho ella para merecer la lealtad de Enrique? Cierto que éste parecía haberle perdonado todas sus malas y peores acciones, incluso las imperdonables, (porque al cabo, ella tampoco estaba limpia de culpas; no iba a negárselo ahora), pero él, en cambio, sí que se hallaba más allá de todo. Sin tratarse de ningún santo —se dijo— aquí donde se hallaba como él quedaban pocos. Su caída vertiginosa y en picada, en cierto modo lo había salvado. Abajo, había conocido sin proponérselo, a la gente verdadera. Ella, entre tanto, se quejaba de no encontrar en una diplotienda  tal o cual marca de jabón, y Enrique se lo echaba en cara con dulzura:

            

     —Patita, la gente acá muchas veces no tiene jabón con que bañarse, ¿sabés? ¿De qué te quejás, vos?

           

     Pero ahora estaba harta. ¡Harta de Enrique, y de todo! De no poder moverse de un lugar a otro con la misma independencia conque antes lo había hecho siempre. (Ella sí que no sentía esos complejos de culpa de otras burguesitas, que una vez aquí, aceptaban el dogal —o simulaban aceptarlo— como un modo de redimir sus pecados de clase). Harta de simular sus reacciones, por miedo de un castigo semejante al de Enrique; harta de aplaudir estupideces; de suscribir mentiras y falsedades; y finalmente, de estar harta y de saberse, literalmente, sin salida, y a merced de una voluntad ciega y arbitraria. ¿Cuándo había comenzado todo? Si importaba saberlo, ella no habría podido decirlo con exactitud. Más bien, era el cúmulo de cosas que se le fue echando encima un día y otro, sin que ella pudiera decir o hacer nada por impedirlo.

           

     —No estamos en un lecho de rosas...

     

     —¡Naturalmente, compañero...!

     

     Palabras como todas. Ahora las recordaba. Venían a su memoria desde cualquier ángulo.

       

     —...Una Revolución como ésta, en las mismas narices del imperialismo.

    

     —Pero yo sólo deseo emigrar.

     

     —¡Aquí, los que se van, son los gusanos!

     

     —Vine aquí voluntariamente... Hubiera podido irme a Europa.

     

     —Y nosotros queremos que te quedes, voluntariamente. ¿Es que acaso te hemos tratado mal?

           

     —Sólo deseo visitar a mi madre, que reside en Holanda.

        

     —¡Invítala entonces a que te visite! Nosotros le damos la visa.

     

     —Teniente, mi madre ha solicitado visa para venir a verme, en dos ocasiones. La segunda vez le han contestado, escuetamente, que no podían otorgársela.

     

     —Muy bien entonces. Yo, personalmente, me ocuparé de averiguar qué pasa, y asunto concluido. ¡No hay nada en esta vida que no podamos arreglar nosotros, si queremos!

     

     —Ustedes no tienen derecho a retenerme aquí, contra mi voluntad.

 

     —¿Ustedes?... Creía que habías venido aquí, como compañera de lucha..., pero si te sitúas frente a nosotros, no te arriendo las ganancias...  Y para que te enteres de una vez por todas..., sí tenemos el derecho, chica...  Tenemos todos los derechos que nos da la gana, y que nos otorga el haber hecho la más grande Revolución de la Historia, a pesar de gentes como tú, burguesas mimadas y sin principios, en las mismas narices del imperialismo...      

     

     De ahí en adelante, ahora lo veía con claridad, todo había ido de mal en peor. Pero de esto, a decir cuándo exactamente había comenzado la caída, mediaba una distancia que ella no habría sabido calcular. Quizás hubiera comenzado a manifestarse en el momento en que los otros comenzaron a apartarse de ella, por miedo al contagio, o a la maldición. (Con la excepción de Enrique, todos sus amigos se apartaron, o la apartaron de su círculo). Uno tras otro, había recibido estos golpes inesperados. El más reciente, había ocurrido esa mañana, cuando recibió la notificación  de que en el plazo de dos días, a partir de la fecha, debería mudarse. La nota especificaba, que de no contar con medios propios para la transportación de sus bienes, (en el plazo establecido) estos le serían incautados.  Estrujó la nota con rabia e impotencia, y la arrojó a la papelera que tenía cerca. Sabía que aquello no sería todo; que aún debía esperar más. Prepararse de algún modo para aquello que oscuramente anticipaba, a su pesar. ¿Adónde podía mudarse con tal precipitación —se decía— en un país donde mudarse era casi tan difícil como emigrar? ¿Con qué medios podía contar ella —sin amigos influyentes y bien situados, como antes— para efectuar la mudada? ¿Mudarse? ¿A dónde, sin casa u hoteles que pudieran acogerla? ¿Y mañana, qué vendría? ¿La despedirían también de su trabajo? ¿La echarían, con explicaciones, o sin ellas? ¿Y entonces qué? Unos meses antes, había conocido de la existencia de tales casos. Eran los tronados, como se les llamaba en la jerga jupiterina de la Revolución. Enrique mismo —se le revelaba de pronto— y pese a su hechura de corcho, no era otra cosa que un género de eterno tronado. Había pues, diferentes gradaciones de tronada. ¿Cuál, le estaba deparada a ella de antemano? ¿O se improvisaba en esto, como en tantas otras cosas? Patricia sólo podía conjeturar.

           

     El aire del mar agitaba ahora las cortinas con fuerza. Ella se dijo que, incluso con impaciencia. El timbre del teléfono volvió a sonar, insistente, pero esta vez había desconectado el contestador, de modo que la voz de Enrique no se oyera. Quiso obligarse a recordar algo. ¡Cualquier cosa! Cerró los ojos una vez más. La luz que venía de fuera parpadeó un instante, y ahí estuvo —nuevamente— el rojo encendido de las buganvillas.  Dio unos pasos hasta colocarse —ya sin miedos— junto al borde del borde. Contempló el espacio que la separaba del fondo. Lo adivinó, más bien. La aterradora distancia, que dejaba de serlo en este instante. A lo lejos, el mar: un breve encaje que se trizaba sin remedio, y sin prisa. Y por supuesto, el cielo de siempre.

      

     —Me llamo Patricia Orellana Badías —dijo—. Soy chilena... Sin patria... Y hace dos días, acabo de cumplir treinta y dos años. —Todo en voz alta, pero con una extraña serenidad, como si se tratara de una declaración hecha ante notario. (Tal vez en ese instante fuera vital aferrarse a aquella precaria cédula de identidad). Luego tomó aliento, y se dejó ir al vacío al tiempo que abría los ojos, para ver.

 

Rolando D. H. Morelli nació en Horsens, Dinamarca(1953). Antes de cumplir los seis años fue llevado a Cuba por sus padres. Creció en Camagüey, donde vivió hasta 1980, año en el que salió de su país como parte del éxodo por el puerto del Mariel. En los Estados Unidos terminó sus estudios superiores, doctorándose con las más altas distinciones académicas por la Universidad de Temple, en Philadelphia, ciudad donde ha residido casi de modo permanente desde su llegada a los Estados Unidos. Ha sido profesor en varias universidades norteamericanas, entre éstas las de Tulane, en Nueva Orleáns, y la Warton Bussiness School de la Universidad de Pennsylvania. Tiene publicados los volúmenes de cuentos: Algo está pasando (Hawai, Editorial Persona, 1992), que está por aparecer nuevamente, en edición bilingüe y Coral Reef: Voces a la deriva (Madrid, Editorial Timbalito, 2001); la pieza teatral para niños Varios personajes en busca de Pinocho (edición de la Brigada Hermanos Saíz, Camagüey, Cuba, 1978) y el poemario Leve para el viento, (Asunción, Paraguay, Gestora Editorial, 1978). Poemas y narraciones suyas han aparecido en varias antologías, entre ellas, Shouting in a Whisper / Los límites del silencio, Asterion, Santiago de Chile, 1994, así como en algunos números antológicos de las revistas El gato tuerto (San Francisco, California, 1989); From this side / Desde este lado Philadelphia, Pennsylvania (1989) y El Faro, Ciudad de México, 1989. Recientemente obtuvo la única mención del concurso convocado por el Instituto Cultural Iberoamericano “Mario Vargas Llosa”, con su libro de cuentos Repaso de la sombra, cuya publicación ha sido anunciada por la institución que concedió el galardón.