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“I will not go.
I Prefer a feast of a friend
to the
giant family.”
JIM MORRISON
“ No iré.
Prefiero un
banquete de un amigo
a la familia
gigante.”
JIM MORRISON
A Daniel, quien logró
atravesar al otro lado. Ileso.
El cielo cambia de
color constantemente, las nubes, esos amplios refugios oscuros,
acercan la tempestad sobre nosotros, aceleran el ritmo, arrítmico
del viaje. Una inhalación más nos devuelve nuevamente a la libertad
constante sin prejuicios de ningún tipo. Sin vigilantes, sin nada.
El ventanal permite observar, desde la comodidad, una perfecta
configuración de ideas: las figuras que el cielo en su inmensidad
despliega, se dibujan con grandes trazos multicolores. El cielo de
Quito se muestra grandioso, mucho más si lo vemos acompañado de un
buen vino y de unos buenos discos, la tarde aún está en su tercer
desenlace, el viaje será largo o por lo menos así está planificado.
El dios con alas de
fuego se ha hecho presente. No ha parado de sonar una canción de The
Doors; la mezcla remasterizada en CD de la versión de un precioso
acetato del 67 permite apreciar todas las tonalidades y fibras del
arte, el cambio se hace presente ahora, ya suena algo más nuevo,
algo como 1979, el viaje ha dado nuevamente inicio, la espera ha
terminado. Juan me habla sobre su poesía, ha empezado a armar un
libro, aún cree que su poesía no es del todo buena, por eso me ha
pedido que le eche un vistazo para emitir un criterio sobre la
misma. Por lo que a mí respecta, la lectura constituye una pasión,
no una diferencia entre lo bien o mal escrito de un texto, creo que
la expresión artística es sólo eso, arte. Todos tenemos un artista
escondido, sólo que, en algunos casos, ese artista en tan
escurridizo que casi nunca o nunca llega a hacerse presente; el caso
era que algunas de sus poesías me gustaron, casi ninguna hablaba de
amor en aquel entonces, luego, todo cambiaría.
Cuando apareció
Gabriela:
Cuando apareció
Gabriela, casi todos la amamos de inmediato, era descomplicada, le
gustaba la misma música que a nosotros, en ese entonces aún se podía
escuchar buena música en la radio. MTV era gratis y accesible para
todos, sin censura, ¡qué buenos tiempos! Los grupos de música eran
dignos de llamarse músicos, hacían que el alma flote a través del
cristal. Otra cualidad de Gabriela era que vestía igual a nosotros,
zapatos marca ADIDAS, pantalones anchos, cabello suelto, tenía un
aire de hippie en sus venas, aunque ya eran una raza en extinción,
tal vez por eso es que todos nos vimos reflejados en ella. Juan por
lo pronto enloqueció desde el primer día, el largo trajinar del
tiempo, la conversación y unas cuantas cervezas harían aflorar el
amor pasajero, intenso pero pasajero, como casi siempre ocurre su
poesía cambió desde entonces. De vuelta al principio, nos
encontramos recitando el poema The feast of Friend, aún permanecemos
clavados en el ventanal, yo sostengo un chupete en mi boca sobre mi
lengua reseca de tanto fumar, aún admiramos los cambios de color del
cielo, como refugiados en la penumbra y en la soledad interna de
cada uno, no hemos dicho una palabra, hasta que Juan recita un
fragmento de poesía:
Ya sabes de qué forma
más pálida y cruel
llega la muerte en la
hora más extraña
sin anuncios,
sin haberla planeado
uno,
como un invitado
pavoroso y empalagoso
que uno sube a su
cama.
La muerte nos
convierte a todos en ángeles
y nos da alas donde
antes teníamos hombros,
suaves como las garras
de un cuervo.
Se acabó el dinero, se
acabaron los vestidos caros.
Este reino parece, ser
de lejos, el mejor
hasta que su otra
quijada nos revela el incesto y una
obediencia indiferente
a una ley inanimada.
No iré.
Prefiero una fiesta
con amigos a la familia gigante.
* * *
Prefiero una fiesta
con amigos a la familia gigante. Las pupilas vuelven a su lugar
común, original al final de las palabras de Juan, la emoción nos
embarga, sólo por un tiempo corto. La fosforera se enciende
destellante, he sacado un tabaco para poner otro aroma en el
ambiente, llevamos ya varias horas inhalando lo mismo, ahora suena
una melodía entrecortada, desgarradora, nos volcamos contentos,
hemos hablado, sin articular palabra alguna, por largo tiempo.
De nuevo a Gabriela:
Como pasa en las
grandes tribus urbanas, éramos un grupo numeroso, amantes de la
buena música; al inicio de nuestros descubrimientos, el amor
afloraba por todos los rincones permitiendo escabullir sentimientos
nunca antes expresados. Ahora el no bañarse, ya no constituía un
logro, con Gabriela rondándonos, ya no podíamos darnos ese lujo,
mucho menos el de llegar apestando a cosas raras. Los encuentros
variaron, cambiaron de lugar, la vieja casa abandonada, refugio
sórdido de melancolía, que por obra y gracia del destino, presentaba
en su interior una sala muy bien armada, se había constituido en
nuestro lugar de reuniones. Lo malo era que no podíamos llevar
música para ambientar el lugar, pero, por lo demás, era emocionante,
Rimbaud era el mencionado en cada encuentro, el profesor de
literatura del colegio nos lo había presentado y nunca más nos iba a
abandonar desde aquel entonces. No se trataba de jugar a ser el
grupo de los poetas muertos como en la película, aunque algo había
de eso; la mayoría lo hacía por diversión, o por pasar el rato. Al
contrario, para Juan y Lucas, la poesía era una forma de vida, un
oficio que sería descubierto con lágrimas. El lugar de encuentros se
trasladó al final de la calle, frente a la casa de Gabriela, era ¡la
nueva!, ¡la novedad!, todos llegaban allá, para hacerle una visita y
para saber cómo era, los curiosos frecuentaban el lugar como
descubriendo sus primeros pasos, no disimulaban. Era realmente
hermosa. /Hubo un tiempo que fue hermoso, y fui libre de verdad,
guardaba todos mis sueños en castillos de cristal, poco a poco fui
creciendo, y mis fábulas de amor, se fueron desvaneciendo, como
pompas de jabón/…, el buen Charly. ¡Fábula! Realmente era una fábula
el amor con Gabriela, tal vez fue esa la clave de su amistad o
supuesta amistad, incluso hasta el día de hoy no encuentro respuesta
alguna. Juan, conversaría con Lucas sobre su amor por Gabriela,
sentados tras la guardería del colegio donde estudiaban, justo en el
lugar donde escondían los tabacos, para fumarlos a escondidas en los
recesos.
Realmente creo que
tuvieron una fábula de amor y que esa canción calzaba justo en ese
preciso momento. Juan desbordaba su mirada fija en un punto del
cielo, ves esa nube, me recuerda mucho a ella, y esa otra me
recuerda la muerte anunciada tras su despedida. Un amor de verano,
no más de un par de meses duró su relación con Gabriela, los demás
meses, Gabriela los había distribuido muy bien para que su amor
alcanzara para todos, Juan no lo supo o se hizo el ciego para
mantener las apariencias.
El viaje ya nos había
consumido, las horas ya marcaron su invitación a la oscuridad, no
queríamos salir del trance, la conversación acompañaba ahora
verbalmente al silencio, los sentimientos afloraron libremente.
Lucas habló por largo rato de su relación con sus padres, era un
fiasco, los odiaba por no dejarlo crecer, él quería a toda costa ser
un escritor, su padre quería que él sea un tipo más bien portado, no
confiaba mucho en los libros, no los había leído nunca y no tenía
intenciones de empezar a su edad, ya maduro, como se decía, jamás
permitiría que su hijo vote su vida por una cañada sin final. Lucas
escribía en silencio cuando todos dormían, aprovechaba la oscuridad
para arrojar sus demonios en el papel, acompañado de una copa de
vino tinto y del humo de un cigarrillo, como compañía sincera, por
largas horas escribía y depositaba el sentir de su alma en palabras.
Juan, por el contrario, llevaba escribiendo mucho tiempo ya, él
conocía las limitaciones propias de un artista atormentado por sus
propios miedos; en innumerables ocasiones no logró dibujar sus
pensamientos claramente en el papel, muchas veces no eran más que
desvaríos, se sentía inseguro de su oficio, su voz muchas veces se
perdía entre tanto laberinto de palabras.
El vino ya hizo
efecto, la música se ha detenido por completo, Lucas muestra sus
manos y las agita presurosamente, Juan las mira como hipnotizado,
sus pupilas son diminutas, casi imperceptibles, toma una hoja de
papel y empieza a escribir inspirado quizás por la silueta
sicodélica que describe el movimiento incesante de las manos de
Lucas, las risas redondean el lugar cubriéndolo del todo.
Todo causa risa ahora,
el mismo poema escrito por Juan da risa, el reflejo en el espejo de
la máscara eterna, la inmortalidad, Gabriela, causan risa, el amor
también, hasta los padres de Lucas dan risa, están fumando justo en
el cuarto de ellos, sin prestar mayor reparo de sus actos, son
concientes de ello, pero igual no les importa, ahora son libres,
como los cientos de pájaros que creen ver tras el ventanal, ahora
hablan las fotos, hasta Dios se ha hecho presente en la
conversación, se sonrojan al mencionar su nombre, aunque es muy
pobre su fe, sienten envidia de los que sí creen en algo o en
alguien, están vacíos, llenos de melancolía.
La mueca originada por
la risa se ha consumido de improviso, la penumbra los alumbra en su
interior, no más burlas, la magia de la alegría ha desaparecido y ha
sido devorada de un solo bocado por las lágrimas. Juan se echa a
llorar como un niño, abandonado en su primer día de escuela, solo,
presuroso, agitado, sin recursos, con el amor desbordado, es ahora
que realmente te das cuenta que siempre, siempre, te encontrarás
solo. Recuerda su amor y a Gabriela. Se lamenta, ¡maldita sea!, ¿por
qué tuve que enamorarme así?, como un imbécil, tan perdidamente.
Lucas finge escucharlo atentamente, él también piensa en otras
cosas, se ha desdoblado, su cuerpo está con Juan, pero su mente está
en otro lugar, sabes Juan, ¿has visto la muerte?, ¡yo sí!, confiesa
Lucas, una vez me corté las venas con un pedazo de cristal de una
vieja copa, la sangre se mezcló con el vino, mientras escribía,
sentí por segundos el otro lado danzando fugazmente junto a mí, ¿y
cómo era?, pregunta Juan, pues no lo sé, indescriptible, sientes un
viaje muy profundo; es como si te apagaras de improviso, te vas,
sólo te vas, realmente asciendes a un túnel o desciendes, de ser el
caso, y ¿en tu caso qué fue? ¿ascendiste o descendiste?, creo que
ascendí, aunque no estoy muy seguro.
De vuelta a Gabriela:
Un día, Juan se
apareció por mi casa, me encontró en pijama, eran como las nueve de
la mañana, lo invité a pasar para tomar una taza de café, y fumar un
poco. Mientras cruzábamos por la sala, percibí su cambio, su reflejo
no era el mismo, su poesía había cambiado, lo noté por sus palabras,
no encajaban en su antigua rima, supe que había caído preso del
fuego de Gabriela. Lucas también había caído en ese fuego aunque el
incendio fue muy corto, lo sintió dentro como un volcán; Juan no lo
sabía y nunca se iba a enterar de lo sucedido, al menos eso pensó
Lucas, ¡qué equivocado estaba! Todos, menos Juan, sabían la clase de
mujer que era Gabriela, amor ciego lo llaman, siempre pasa con algún
idiota, aunque éste no era el caso de Juan, era un tipo muy
inteligente, pero se dejó absorber por los bocados celestiales del
amor, creo que fue el día de mi cumpleaños cuando me contó que
estaba enamorado, me alegré, pero al descubrir que se trataba de
Gabriela, sólo disimulé mi condición de felicidad por respeto a su
amistad, no dije nada, sólo un simple ¡qué bueno!
Algunas cartas
escritas por él hacia Gabriela, aún las mantengo. Se puede decir que
duermo con ellas cada noche, están presentes en mis pensamientos, la
agudeza de sus palabras y su amor eran reales, le había marcado la
gracia del amor no correspondido, su flor amada florecía cada vez
que la noche golpeaba a su puerta, para dejar entrar a su
colonizador del día, bien lo sé porque más de una vez fui yo aquel
colonizador.
Siento pena por él, y
por mí, por él por haber alcanzado el amor, y por mí por no hallarlo
hasta ahora.
Frente al ventanal:
La noche ya marca la
madrugada, el cielo se ha vuelto rojizo, casi violeta, no nos hemos
percatado del cambio de color del cielo, sólo nos inspira el seguir
en nuestro viaje, quizás fuera el último. Las manos hábiles de Juan
desmantelan un cigarrillo y lo dejan hueco, luego lo llenaría de
verde sin reparos, ¿quieres un poco?, qué se le va a hacer, ¡pues
sí!, respondo, como con quien no es la cosa, otra vez alzamos el
vuelo, ya han sido varias horas las que llevamos así, inertes,
inmutables, intocables, sólo con nuestros pensamientos y secretos
que afloran libremente sin tapujos, es mi turno de contar algo.
En la infancia de
Lucas todo iba bien hasta el momento de cumplir siete años, un
suceso marcaría su entorno, la muerte le hacía visita, sin aviso,
nunca avisaba, sólo llegó. Su madre fue a quien visitaría, Lucas no
lo entendió, era él el que quería ser visitado por ella, pero su
encuentro se prolongaría mucho más, no era su tiempo aún, las
campanas resonaron, despertándolo de su sueño, era un sueño contado
en voz alta. Juan lo escuchó ¡qué hermoso sueño!, dijo, ¡la muerte!
Qué hermoso Juan también había sido visitado por la muerte aunque
con él también iba a ser esquiva por el momento, en un futuro
disfrutarían juntos; el silencio entrecortó las palabras de Juan,
sigue, sigue, cuéntame tu encuentro con la muerte dijo Lucas, pues,
ya lo sabes, creo que la imaginación, mezclada con los tragos de
esta noche y con lo que has fumado te han vuelto muy poco perspicaz
amigo mío. La muerte tocó a mi puerta sin aviso, como siempre lo
hace; un día mientras salía de una fiesta, me encontraba muy
deprimido, todo había llegado a su fin con Gabriela, pero eso, amigo
mío, es harina de otro costal. Mucho antes la busqué con
insistencia, estaba desecho por dentro, por fuera mi faz no
disimulaba mi desconsuelo, no podía creer que todo acabara así, con
una simple pero mortal palabra ¡terminamos!, así nada más, sólo
terminamos, la puerta de su casa, se cerró en mi rostro explotando
como un cristal reventando contra el suelo, con furia antigua,
reprimida, lo había hecho todo por ella, y ella me dejó así, sin
más. No voy a negar que su despedida me dejó destrozado, intenté la
negación como en estos casos, quise regirme por la voz del más
fuerte, pero al final sucumbí a la hecatombe que mi corazón delator
de experiencias hizo en mi cabeza, sus piernas, sus senos, su
ternura, no me dejó más salida que volar, tú me viste hacerlo,
Lucas, sin mucho éxito por así decirlo. Estuve a un centímetro de
lograrlo, ¿de lograr qué?, tú sabes Lucas, la muerte, pero ese día
resultó que ella se encontraba de visita en otro lugar. Hasta ella
me fue esquiva por mucho tiempo, luego probé con las pastillas, un
frasco sería suficiente para lograr mi cometido, la llamé con
insistencia aquella vez. Rivotrin, veinte pastillas fueron la dosis,
sólo logré dormir por dos días enteros, para despertar con mucha
hambre y con la incertidumbre de saber si lo que se derretía en mi
boca era real o sólo era producto de mi imaginación, tú también
sabes eso, Lucas, estuviste allí cuando desperté, –es cierto. En
fin, la he llamado varias veces sin obtener respuesta, al igual que
tú, yo también ascendí en un túnel sin fin, ¡ascendiste!, sí, lo
hice y fue hermoso, pero algo me detuvo en ese viaje, me vi forzado
a regresar del otro lado, fui expulsado de allí también, –¿y cómo te
sentiste?, –pues, he de confesar, me sentí morir.
La colina ancha que
solíamos subir para disfrutar de los frutos prohibidos, junto con
los demás muchachos, ¡vaya tiempos!, el sol nos bañaba en el verano
eterno y confuso, el sol nos llenaba, siempre estábamos juntos, pero
siempre solos tú y yo, Juan, apartados, las calles de la ciudad, esa
vieja marca frente al parque de La Carolina, nuestra marca, algunos
decían que parecíamos unos maricas por andar de arriba abajo juntos,
no entendían nuestra unidad, pero al final el fraude se hizo
presente.
Las calles sucias de
odio y ceniza, niños dulces convertidos en juguetes del destino,
armados de confusión a temprana edad, regados por las calles de la
ciudad del olvido, llena de basura desbordarte emanando repulsión
por la compasión y la caridad. Me he transformado en lo que más
odié, en un ser inerte, sin fuerzas, sin sentimientos.
¿Cuánto dinero
teníamos en los bolsillos?, ¿cuánta sangre acumulada en nuestras
frentes?, solíamos caminar sin rumbo fijo, todas las calles de esta
ciudad se parecen, todas excepto una, la que conducía a Gabriela,
caminábamos en busca de peligro, nunca se hizo presente, sólo el
miedo nos visitaba constantemente, conocía todos nuestros nombres,
todas nuestras vidas. Bebíamos whisky a borbotones tratando de
disimular nuestra angustia, todo lo que hacíamos lo hacíamos por
amor, por amor al arte en nuestras venas, siempre acompañados de
poesía, hablábamos por tiempos extendidos sobre los autores, sobre
los poetas, sentados deleitándonos por el paisaje urbano y por sus
fieras impasibles al dolor ajeno.
Vergüenza, es lo que
sentíamos, por ser nada más que humanos. Sabes Juan, creo que hemos
abusado de los beneficios que nos ofrece el estar drogados, vamos
sentados tarde, noche y madrugada y aún no sé por qué sigo hablando
contigo de lo mismo que siempre hablamos, deberíamos parar, no lo
crees.
Tal vez, tú, Lucas,
por mi parte lo estoy disfrutando mucho, sígueme contando, qué pasó
con Gabriela cuando me fui. Bueno, Juan, Gabriela, después de lo que
pasó, abandonó la ciudad, sé que está viviendo en Buenos Aires, hace
tres años que está allá, creo que estudia diseño de modas o algo
parecido, ¡vaya, qué bueno!, creo que esa profesión le va, tenía
buenos gustos al momento de vestir, ¡ah, me olvidaba!, tiene una
linda niña, y ¿cómo sabes tanto? Lucas, ¡si dices que no la has
visto en mucho tiempo!, es verdad no la he visto en cinco años, pero
qué puedo decir, la niña también es mía, es mi hija Juan, se llama
Celeste, qué lindo nombre, como el cielo, justo el mismo cielo que
se despliega frente a nuestros ojos, por cierto ¿qué horas son?,
creo que las seis de la mañana, ¡qué tarde es!, no tengo mucho
tiempo. ¿No crees que deberíamos descansar un poco?, –pero aún hay
hierba en mi morral, sólo un poco más y nos vamos ¿qué dices Lucas?,
vamos, no hemos conversado desde hace cuánto, cinco años, ¡será!, y
justo aquí mismo. Qué pasó después de que salí de aquí, aquella
noche, justo después que me contaste que te habías acostado con
Gabriela, y que había sido por ti que ella me dejó, ¿qué pasó?,
cuéntame más, Lucas.
Todo se ha consumido,
el miedo ha hecho su entrada triunfal, su séquito adorna la mirada
de Lucas, no atina palabras para su disculpa, ha fallado, le ha
fallado a quien no debía hacerlo. Nunca nadie se lanza al vacío sin
esperar su caída infinita. Nunca. Nadie, jamás…
Saliste como un loco
de la fiesta, intenté detenerte pero te pusiste muy violento, era
lógico, no lo crees, claro, ¡sí! ahora lo comprendo, pero en ese
momento no quería saber de nada, te odié mucho Lucas, sabes, Juan,
yo creía que sabías que Gabriela, era… era…, una put…, –no lo digas,
recuerda que es la madre de tu hija y que se merece respeto, pero
sígueme contando ¿qué pasó después? Después me golpeaste en el
rostro, fue un impacto letal ese derechazo impregnado con toda tu
rabia, luego apresuraste el paso, intenté detenerte Juan, debes
creerme, intenté detenerte, pero fue inútil, fue inútil, –escuchas
qué buena canción la que suena, es una de mis favoritas… ya lo
recuerdo Lucas, las luces, el túnel, el silencio, tal y como me lo
habías contado, ¡debes creerme!, intenté detenerte, –¡qué gran
canción!, /You know the day destroys the night/ intenté detener…te,
pero fue muy tarde, no logré agarrar tu brazo, por un milímetro se
deslizó de mis manos al igual que lo hizo Gabriela, muchos piensan
que te empujé, aún hoy lo siguen pensando. Un carro atravesó a gran
velocidad por la calle, /Night divides the day/ hizo caso omiso al
letrero de pare, y te impactó de lleno, /Try to run. Try to hide/ no
pude hacer nada, al cabo de un momento el lugar se llenó de curiosos
y lobos hambrientos en busca de inocencia, todos los asistentes a la
fiesta salieron a presenciar la consecución de los desdichados
sucesos, fue mi culpa /Break on through to the other side/, de veras
intenté detenerte Juan. /Break on through to the other side …break
on through, break on through/,…. Intenté detenerte. /Break/.
Silencio, silencio.
Sólo escucho el silencio…
¿Cómo está mi hijo
doctor? Tengo que saber que se recuperará, ¿cómo
está Lucas, se encuentra bien Doctor? –No
lo creo señor Duarte, sigue hablando solo, sigue disculpándose por
algo que cometió. Ayer no más se golpeó fuertemente en la cabeza y
nos vimos en la necesidad de colocarle la camisa de fuerza, también
tuvimos que aumentarle la dosis de su medicina, pero aún así, no
presenta muestras de mejoría, si quiere, usted mismo puede
cerciorarse del estado de su hijo, arrímese al cristal de la puerta
y observe por usted mismo, está sentado en una de las esquinas con
el cabello cubriéndole parte del rostro, se encuentra así desde ayer
por la tarde, cuando lo encontramos inconsciente producto del fuerte
golpe que se dio.
Desde que volvió en sí
no ha parado de repetir una pregunta, y ¿qué quiere saber, doctor?,
él quiere saber cómo logra atravesar al otro lado.
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