Miami
Estados Unidos
Año IX

Nº 51/52

Escríbanos    

 

Publicada por Ediciones Baquiana

Director Ejecutivo

Patricio E. Palacios

Directora de Redacción

Maricel Mayor Marsán

Consejo de Redacción

Dr. Humberto López Cruz

Universidad Central de la Florida en Orlando

 

Dr. René C. Izquierdo

Miami Dade College Recinto de Kendall

 

Profesora Myra Medina

Miami Dade College

Recinto Norte

 

Dr. Gerardo Piña Rosales

Universidad de la Ciudad de Nueva York (CUNY)

Universidad de Columbia

Nueva York

 

Dra. Alicia E. Vadillo

Universidad Estatal de Nueva York en Oswego

 

Dra. Lidia Versón

Universidad de

Puerto Rico

 Recinto de Río Piedras

 

Asesor Técnico

Luis H. Beltrán

 

Asesor de Arte

Carlos Quevedo

 
 


 

LAS HORAS DE LA MAÑANA

por

Liliana Valderrama Blum

 

     Posiblemente fueron las gotas de lluvia que tamborilearon sobre el metal del aire acondicionado, o tal vez la frescura inusual con la que el día se inauguraba, pero esa mañana se despertó con la certeza de que existía. Abrió los ojos antes de lo acostumbrado y su pupila se clavó en el techo. No pudo dejar de pensar, como siempre, que sería una buena idea darle una pintadita. Más, por primera vez en diez años, miró a su alrededor y se percató de su realidad. Sobre el cristal de la ventana, un caracol de color café claro desafiaba las leyes físicas y avanzaba en vertical. Un rastro de humedad cortaba la espesa capa de polvo.

 

     Antes de mortificarse con la certeza de que era necesario lavar las ventanas por fuera, cerró los ojos de nuevo y sintió junto a ella la presencia de su marido, que roncaba indolente a la mañana, a la luz, a su mujer, a todo, con la boca abierta y un gran vientre que palpitaba a su propio ritmo, como una ballena que encalla y se resigna a morir.  Con seguridad, una escarcha de saliva seca descendía por la comisura de sus labios, pero ella no se atrevió a ver; lo predecible de su vida se le antojó nauseabundo. Como siempre, en unos cuantos minutos el despertador sonaría para que el hombre a su derecha, refunfuñando, fuera a orinar de forma estrepitosa en el baño, con la puerta abierta.  A pesar de la  insistencia de ella para que al menos limpiara, con una bola de papel higiénico, él dejaría el inodoro sucio y mojado, como de costumbre. En caso de que ella olvidara llevar sus pantuflas, resbalaría con las gotas de orín en el piso de azulejo. Tambaleándose, iría al cuarto de los hijos para despertarlos, asegurarse de que tuvieran su ropa lista, y animarlos a que no perdieran el transporte escolar. Después, en su  bata afelpada con margaritas, cocinaría unos huevos revueltos con jamón; el café y el pan dulce en el centro de la mesa, igual que todos los días. Jugo de naranja si el tiempo lo permitiera. No se atrevería a observar su reflejo en el reverso del brillante sartén (regalo por el día de las madres). Su esposo deglutiría su desayuno, leyendo el periódico. El único sonido en la cocina sería el crujir de las hojas ambarinas y el de la mandíbula conyugal, que con frecuencia “olvidaba” masticar cerrada. Los hijos bajarían corriendo, tarde, exigiendo dinero para comer algo en la escuela, y tratarían de alcanzar la combi amarilla en la esquina de la cuadra, sin despedirse. Antes de marcharse a su trabajo su media naranja le daría un beso, un beso ensayado por la rutina, con olor a jamón frito y leche clavel y ella pretendería sonreír sólo para comenzar con los interminables quehaceres del hogar: fregar trastes y sartenes que volverán a encochambrarse. Trapear pisos que se mancharán de nuevo con zapatos lodosos. Lavar pantalones, camisas y ropa interior que volverán a impregnarse de sudor. De manchas. Quitar el polvo de los muebles, a sabiendas de que éste volvería a posarse en el mismo instante en que ella guardara el plumero. Cocinar una comida que toda la familia engullirá sin sorpresas, sin paladear los sabores, sin agradecerle jamás a ella, la cocinera de caderas anchas y ojos cansados. En unos cuantos minutos comenzaría su rutina, un trabajo sin sueldo, sin recompensa, sin agradecimiento; una labor que nadie notaba, excepto cuando ella enfermaba y no podía realizarla más.

 

     Esa mañana  se despertó con la certeza de que existía. Dirigió su mirada al despertador y calculó que tenía unos dos minutos antes de ese sonido tan molesto y cotidiano, como el zumbar de las moscas. Meditó un poco sobre sus opciones, arropándose bajo las sábanas. Quitarse la vida siempre le había atraído, pero no se convencía del todo, pues era, en el fondo, cobarde, medrosa del dolor, católica dubitativa. Quizás existiera algo más... Quitarle la vida a él, ahora bien, resultaba mucho más tentador. Sin su esposo, su carga de quehacer disminuiría bastante. Pero también existían los hijos, y matar a un marido es de considerarse con estricta seriedad, pero matar a los retoños, por más desagradables, flojos e ingratos que sean, era algo fuera de discusión. No lo podía hacer. Pasar a la posteridad como viuda negra era una cosa, pero quedar en los anales del crimen nacional como una mala madre, una Medea con delantal, era algo que no se permitiría a sí misma. Mejor...

 

     El despertador, gallo infalible de metal, se hizo escuchar por toda la habitación. Junto a ella, su obeso consorte empezó a espabilarse lentamente. Cuando se volvió para decirle que esa mañana los huevos se le antojaban con chorizo, ella pudo sentir el fétido vaho de sus palabras matutinas sobre el rostro. Se levantó entonces de la cama y comenzó con sus querencias. Ya tendría tiempo para pensar después. En la orilla superior de la ventana, el caracol topa con el marco y pierde el equilibrio: cae con un ruido seco sobre el adoquín. Esa mañana, la certeza de que existía se desvaneció poco a poco, como las horas de la mañana.

 

Liliana Valderrama Blum nació en Durango, México (1974). Narradora, ensayista y profesora. Graduada con una Maestría en Educación en ITESM, Universidad Virtual (2002), una Licenciatura en Literatura Comparada en la Universidad de Kansas (1996), Diplomada en Filosofía de la Literatura del Instituto de Estudios Superiores de Tamaulipas (2003), en Ensayo en el Instituto de Estudios Superiores de Tamaulipas (2001), de Crítica de Literatura Mexicana en el Instituto de Estudios Superiores de Tamaulipas (2000) y en Creación Literaria de la Universidad del Noreste de México (1998). Ha trabajado como asistente de conducción y lectora de cuentos en “El viaje del unicornio”, programa infantil de Radio Querétaro. Ha publicado sus cuentos en diferentes revistas como: Revista Síntoma (Tamaulipas, México), Reflexiones, revista virtual del Sistema ITESM: Monterrey, en Ficticia: ciudad de cuentos (www.ficticia.com)  y en Letralia, tierra de letras (www.letralia.com), entre otras. Ha publicado: La maldición de Eva, cuentos, Editorial Voces de Barlovento: Tampico (2002), “Unos huevos con tocino”, cuento, en la Antología del XV Concurso de Creación Literaria del Sistema ITESM: Recinto Hidalgo (2001), “Dos cuentos del otro lado de la línea”, cuento, en la Antología del XIV Concurso de Creación Literaria del Sistema ITESM: Recinto Sonora Norte (1999) y “Sobre plenitud” y “Sobre los inquilinos de su ‘yo’ “, ensayos, en Oleajes: antología de ensayos. Blum, Liliana V. [et al.] Universidad del Noreste-Consejo Estatal para la Cultura y las Artes de Tamaulipas: Tampico, México (1998).