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Los detalles
constituirán de ahora en adelante
el único mérito
del género novelesco.
Balzac
La novela dentro de la narrativa, es la representante de la libertad
literaria. Más extensa que el cuento admite y asimila en ella, todo lo
que el escritor decide introducirle en el orgásmico acto de la
penetración de recursos; siempre y cuando esté escrita en prosa y en
su trama se deslicen personajes que signifiquen o nos digan algo. De
ahí la novela puede llenarse de diálogos, dramas, acción,
descripciones, situaciones cómicas y/o tristes, fragmentos líricos,
narraciones históricas, psicológicas, de amor, y un largo etcétera.
Teresa Dovalpage parece conocer bien estas posibilidades del
subgénero, ya que en sus novelas escritas en español —Posesas de La
Habana (2004) y Muerte de un murciano en La Habana (2006)
—hay mucho, incluyendo pequeñas rupturas de la narración prosaica (en
todas sus acepciones literarias) para colar algunos versos. Pero lo
que hace diferente estas novelas no es el todo en sí, sino los
detalles, esos que el lector cubano irá descubriendo, y surtirán el
efecto de latigazos para exorcizar el pasado (o el presente según el
caso geográfico), y el neófito en el tema comenzará a ver la luz.
Las novelas de Dovalpage son sobre una sociedad en constante deterioro
—que es la protagonista estrella— y personas sin futuro, confinadas a
vivir en un espacio que va cerrándose, y que antes estuvo en otro ya
cerrado, que repitió la historia de uno anterior. Círculos
concéntricos que en vez de expandirse, se contraen.
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Sandrafé
se puso fatal, la pobre. Unos policías la pararon
para pedirle identificación y como ella es de Las Tunas y
no
tenía permiso para estar en La Habana, la devolvieron
para
su provincia. Así que me he quedado sin nadie que me dé
una mano para salir de las negritas. Yo soy Técnico medio
en Protección e Higiene del Trabajo, pero...
(1) |
Cuba es una isla que tiene el mar como frontera a los sueños y a la
libertad. El régimen totalitario que los desgobierna, realiza una
serie de transgresiones de las normas jurídicas y éticas que mantiene
al país en una crisis constante. Entre ellas, no sólo no les permite a
sus ciudadanos viajar cuando les place a cualquier lugar del mundo
—como lo exigen las leyes generales del carácter universal, que posee
el hombre como ente social independiente, de tomar dediciones sobre su
persona— sino que tampoco lo pueden hacer dentro de su propio país.
Para viajar a La Habana, los guajiros, “palestinos” o “personas del
interior”—como nos llaman a los que no somos habaneros, y sobre todo a
los orientales— tienen que sacar un salvoconducto (relativo al
medioevo) por la cantidad de tiempo que vaya a la capital, y siempre
con una razón fundamentada. En el caso que el salvoconducto expire, o
no sea solicitado, la persona es “deportada” hacia su provincia
original.
Debido a todo esto, uno de los objetivos fundamentales de la
escritora, es ofrecer una descripción real de esa sociedad cubana en
los últimos años. Para ello ha sido una observadora aguda y analítica,
cualidades necesarias cuando se pretende reproducir la realidad.
Dovalpage ha estado pendiente de los móviles prácticos del
comportamiento cubano, los ha vivido, por eso sus narraciones son
creíbles. Tal vez sus novelas no ocupen nunca un lugar prioritario en
el gusto y la popularidad general debido a la especificidad del medio
en que se desarrollan, o porque sin pertenecer por entero al
realismo sucio —del que es soberano Pedro Juan Gutiérrez con un
gran público lector, sobre todo en Europa— son las de la narradora,
novelas oscuras, cochinas, llenas de sombras y realidad; crudas
representantes del dolor del pueblo, de la miseria de sus barrios, del
país que ya no tiene un destino inamovible, sino de constante
descomposición y deterioro, que como un viaje a la semilla va
en picada hacia la extinción de su especie. Pero también son novelas
dotadas de cualidades excepcionales: sus descripciones son minuciosas,
y cuando no narra, es porque no hay más que decir, sólo queda el hueco
vacío de la nada que caracteriza a la nueva sociedad cubana. Describe
retratos reales de casas, habitaciones, calles, comportamientos
generales y sobre todo personajes...
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Vio una máquina
de coser Singer, fabricada justo al acabarse la
segunda guerra mundial. Vio un sillón desfondado
sobreviviente del ciclón del año veintiséis, del Flora,
del
Federico, del huracán Irene y de todas las perturbaciones
atmosféricas que han tenido a bien pasar por aquella
islita
desde el mil
novecientos veinte hasta el dos mil uno. Vio
una
pared descarnada en la que el tiempo y churre, a cuatro
manos, había trazado una triste abstracción en gris y
blanco.
Vio a una mujer de cincuenta y seis años que parecía ya
entrada en los setenta, con bolsas fláccidas y pellejudas
donde
antes estuvieran muslos peludos, nalgas prominentes y
cachetes carnosos. Vio a una mujer enfurecida porque por
la
demora de la hija había perdido el pan, único pan de cada
día.
Vio. (2) |
A Teresa
Dovalpage le gusta la clase baja, esa que desprende olor a rancio. Sus
personajes nunca esconden nada, ni los más profundamente sucios
pensamientos los oculta, tampoco son héroes, su única heroicidad
radica en la lucha constante entre la civilización y la barbarie
planteada hace años por Rómulo Gallegos, y a la que la lucha por la
subsistencia, le roba cada vez más terreno, quedándoles únicamente la
barbarie. Nos describe sus personajes con pequeños pero profundos
detalles que los hacen más creíbles, más humanos.
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Abuelonga
tose. El humo que se escapa de su nariz le
envuelve compasivo el rostro ajado en un velo gris. La
barbilla le tiembla como si fuera gelatina y los pelitos
del
bigote se le [sic] mueven asustados. Toda su cara se
estremece, incluso la cicatriz antigua que se le enrosca
alrededor del ojo izquierdo. Es un costurón del tamaño de
mi dedo anular que se destaca entre las arrugas como la
carretera central en un mapa de Cuba.
(3) |
Y no sólo son creíbles, son reales y se repiten, porque en Cuba, el
pueblo se repite de una manera asombrosa, actúan como marionetas
fabricadas al por mayor. Podemos encontrar entonces a uno de esos
personajes —con características casi idénticas— en sus dos novelas,
sin ser el mismo: La Beiya de Posesas... habla en versos y
sueña con volar; lo mismo le sucede a la Maricari de Muerte de un
murciano... Y ambas logran volar, como único recurso encontrado
para evadirse de ese medio que las sofoca hasta el ahogo. Existe la
mimesis en sus personajes, —porque existe la mimesis real en aquel
país, ¡y a gran escala!— muchos son personas tristes, con hogares
derruidos, alcohólicos, drogadictos, jineteras, gente amarga, sucia,
deprimida, abusadores sexuales, pornógrafos prácticos, llenos de
miedos y deseos. Personas que han perdido los más elementales valores
humanos y morales, sin percatarse siquiera el peligro que esto
acarrea. Tengamos en cuenta que uno de los factores que influyó en la
caída del Imperio Romano en la civilización antigua, fue precisamente
la pérdida descarnada de los valores. Tal vez las novelas de Dovalpage
no sean grandes obras de arte, pero les aseguro que están haciendo
historia, describiendo el quehacer duro del cubano en estos años
negros, que ya suman 50. Desfilan por sus novelas el desastre
económico, y el deterioro generalizado, las escalas sociales, la
mendicidad provocadora de vicios, promiscuidad y violencia, las
frustraciones, el sistema de desgobierno abrazado al fraude, la
malversación y otros pecados sociales; todas realidades que necesitan
ser dichas. Historias que quedarán para que el futuro no repita los
errores que llevaron al pueblo a la destrucción, porque ellas, se
generan desde la miseria de sus personajes, de su pueblo.
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Bienaventurados
los que tienen unos cuantos fulas sobrantes
para gastar en baratijas. Esos, y también muchos que no
tienen
pero sueñan con tenerlos, suben despacio por la rampa que
lleva a la tienda de Todo Dólar, aspirando con respeto
reverencial el aire oloroso a las pizzas hawaianas, de
jamón y
piña, que venden en los bajos...
Aún más bienaventurados los que reciben remesas
esporádicas de parientes de afuera o tienen negocitos más
o
menos ilegales (tratos con extranjeros, pequeño paladar)
dentro del territorio nacional. Ésos corren a la tienda
de ropa.
Allí se enfundan en Levi’s —auténticos algunos, los otros
made in Guanabacoa. Se pertrechan de zapatos plásticos
italianos, de blusas taiwanesas y de lycras deportivas,
tan
ajustadas que se incrustan hasta en las entretelas de la
piel.
Requetebienaventurados los que tienen entrada fija en
dólares,
ya les venga de acá (empleados de hoteles o de
corporaciones,
jerarcas, el alto mando militar...) o de acullá (La Yuma,
Europa,
ah...) Son los superfelices, los que se dan el lujo de un
televisor
a colores, de un refrigerador flamante o de un aparato de
video.
Pero los que pertenecen a esta categoría suelen desdeñar
la
Plaza de Carlos III por vulgarota y barriotera. Prefieren
las
tiendas de Miramar, Quinta y 42 y, sobre todo, La Maison.
(4) |
Esto lo
dice el narrador omnisciente, que junto a todos los personajes —que
también son narradores protagonistas y secundarios —van dando
opiniones sobre el “caso cubano”. Este narrador conoce y aporta datos
porque todo lo sabe, también es la conciencia analítica que va
poniendo en claro al lector de la verdadera realidad; ese es otro de
los detalles virtuosos de éstos libros, porque por mucho que nos
desgastemos en explicar al resto del mundo lo que sucede en Cuba,
siempre terminan sin entenderlo; solo viviéndolo, como lo vive la
verdadera población prisionera y explotada, se puede llegar a un
conocimiento raigal de la situación. Por ello, siempre que el narrador
omnisciente tiene oportunidad, sopla en el cerebro del lector
desconocedor, para que los espacios de sombra se aclaren:
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Afuera lo
esperaban no uno, sino dos subgerentes. Porque en
Cuba, cuando
hay que ir a buscar a alguien al aeropuerto, todo el
mundo se
apunta. Incluso van los que no tienen necesidades
apremiantes,
como es el caso de quienes trabajan para
corporaciones
extranjeras y cobran siquiera una migaja en
dólares.
(5) |
El mismo virtuosismo se puede constatar en la utilización de la
narración colectiva, una de las renovaciones novelísticas de mediados
del siglo XX, y que Dovalpage utiliza brillantemente al final de
Muerte de un murciano en La Habana cuando pone la narración del
mismo hecho —la muerte del murciano— en boca de varios personajes.
Así el lector obtiene una visión diferente de la historia, tan
diferente como risible, que nos coloca en alerta sobre la veracidad de
la narración oral.
Otro detalle que no pasa inadvertido para un lector acucioso, es el
estilo. Y no hablo del perfecto manejo del lenguaje, sobre todo del
lenguaje vulgar, y/o popular cubano y sus frecuentes dicharachos; ni
de la genial introducción culterana en el habla popular —que de hecho
también es un rasgo característico de ese pueblo—; ni de la
utilización del mito, la imaginería, y la realidad como fuentes para
ir al fondo de las cosas. Hablo del que considero el más sorprendente
y preciso de los detalles de sus novelas, que se convierte en un
acierto tal que a veces, cuando pasa largo rato sin aparecer, el
lector comienza a necesitarlo. Es para mí el elemento más personal en
la obra literaria de Teresa Dovalpage, su As: el uso magistral y
perfecto de la oración unimembre (a veces también llamado predicado
directo).
Este recurso, considerado laxo por la mayoría de los escritores debido
a una supuesta dependencia del contexto y limitaciones morfológicas,
se convierte en un arma de impacto en la pluma de Teresa:
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— ¿Cómo
te va con los chamacos esos que toreas en la
Secundaria? — me pregunta Erny de pronto. No sé si lo
hace
por joder o por legítimo interés en la aperreada vida de
su
hermana mayor, pero no tengo ganas de contarle.
—Ahí. (6) |
En esa respuesta simple, bisílaba: Ahí, va encerrada toda la
carga de frustración de Elsa, de muchas Elsa que responden de igual
forma a lo largo y ancho de la Isla.
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Ya, Elsa. Desmaya el tema. Desmáyalo, por Dios. Que te va a
volver la migraña mala y te vas a morir de un infarto, o
te vas a
quedar jodida como tu abuelo. Ya.
(7)
Mal marido. Y si me botan de la facultad, que me boten.
Mal
maestro. Pero tú también vas a salir de allí como un
volador de a
peso. Mal hombre. Hasta del partido te botan del tiro. Traidor.
(8)
Y si paría un monstruo con dos cabezas. A la media hora
se
aparecieron mi madre y Catalina. Cuando las vi entrar en
la sala
por poco me desmayo. Y si me botaban de la casa. Ay.
(9)
Lo único que no me gusta del balcón es que el muro está
demasiado bajo y la marimacho de mi hija a cada rato
trata de
subirse en él. A ver si se cae y se revienta. Bueno.
(10)
Tiene razón Elsa. Mi hija es un ave de mal agüero. Y una
acaparadora. Y una ladrona. Sí.
(11) |
Todos los
ejemplos anteriores son de Posesas... Ahora veamos otros de
Muerte de un murciano...
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Ojalá
hubiera sido una jinetera, pienso ahora. Porque ésas roban
una billetera si a mano viene. O te levantan veinte
fulas, o te
pegan una venérea, pero no matan a un cristiano sin
motivo de
un bandejazo en la cocorotina. Ah.
(12)
Como no te espabiles y busques la manera de salir de este
país,
igual que hizo Yamila Yané, aquí nos vamos a podrir las
dos.
¿Oíste?. (13)
¿Por qué los mozos cubanos nunca darán recibo? Quién sabe
si
los cajeros se quedan con la mitad de lo recaudado. No me
sorprendería... ¡Bandidos!
(14)
La he llevado a lugares inaccesibles para la mayoría de
los
cubanos, la he vestido y calzado, la estoy haciendo
entrar en
sociedad. Incluso se la presenté al embajador. Y ella
estaba tan
emocionada que no lo pudo ni a derechas saludar.
Pobrecita. (15) |
Basta una palabra, una oración unimembre en el contexto que describe
la narradora, para que se nos revele la forma de pensar de los
personajes —ya sean cubanos o extranjeros— sus más profundos
sentimientos. Son muchos los ejemplos, los hay de diferentes tipos:
interjecciones, admirativas, vocativos, interrogativas... que
funcionan como descargas eléctricas que activan el pensamiento; pero
ninguna como la onomatopéyica akinkó. Esta palabra inventada y
usada por la escritora como recurso fonético por el personaje de Beiya,
funciona como palabra mágica, se convierte en la última parte de
Posesas... en un leitmotiv, que va impregnando fuerza al discurso de
una escena. Acentuándolo...
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...déjenme
abusadores/ suéltenme o llamo a mi papá/ akinkó/
yo no tengo ningún dinero/ yo no sé nada de billetes de a
cien/
pregúntenle a mima barbarita/ pregúntenle a la abuelonga/
pregúntenle a mi mami/ yo no sé/ akinkó/
rómpele el alma/
zorrita de mierda/
aprieta más ahí/
está debajo/ debajo del colchón/ de mi cama akinkó/
anexionista apátridas liberen a elián/ liberen a elián /
liberen a
elían/
akinkó
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...hasta
convertirse en un mazazo en nuestras mentes. Sin lugar a dudas, golpe
bajo e intencional que nos asesta la autora.
Muchos son los detalles que sorprenden en las novelas de Teresa
Dovalpage, todos de gran valor a la hora de contar puntos para la
historia. Pero el de la utilización de la oración unimembre con
talante contundente, engalana la literatura de autora, que a su vez,
recupera para el adusto mundo de la novela contemporánea de los
últimos tiempos, y de la novelística del realismo y realismo
sucio en particular, un recurso que puede resultar como en este
caso, elegante y útil.
NOTAS Y OBRAS CITADAS:
(1)
DOVALPAGE, Teresa. Muerte de un murciano en La Habana.
Barcelona:
Editorial Anagrama, 2006, pág. 18.
(2) Ibíd.
p. 34.
(3)
DOVALPAGE, Teresa. Posesas de La Habana. Los Ángeles:
Pureplay Press, 2004, pág. 16.
(4) Muerte...,
p. 69.
(5) Ibíd.
p.10.
(6) Posesas...,
p. 27.
(7) Ibíd.
p. 31.
(8) Ibíd.
p. 46.
(9) Ibíd.
p. 50.
(10) Ibíd.
p. 53.
(11) Ibíd.
p. 71.
(12)
Muerte..., p. 28.
(13) Ibíd.
p. 35.
(14) Ibíd.
p. 43.
(15) Ibíd.
p. 52.
(16)
Posesas..., p. 201.
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