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Desde antes de las cinco de la mañana ya la gente empezaba a
aglomerarse en silencio frente al patio de la Chencha. Su abuela,
Doña Templanza, atisbaba por detrás de una cortina floreada y
contaba cabezas. Cuando su cansada vista se apagaba a poca
distancia, la anciana salía lentamente, asistida por su bastón, por
el portón principal. Miraba a cada uno de los más o menos
desesperados consultantes con ojo crítico antes de dirigirles la
palabra. Debían venir limpios y vestidos de manera decorosa. Los
niños habían de comportarse bien, nada de pataletas ni griterías, y
nadie podía fumar o beber más que agua antes de entrar. La Chencha
y su abuela aceptaban donaciones en efectivo, pero también aceptaban
sacos de maíz, frijoles, arroz, sacos o cestos de frutas, viandas de
todas clases y huevos. Aceptaban cabras, gallinas, patos, y gansos,
pero no cerdos, y aceptaban oro y plata, pero ni cadenas ni medallas
de santos. Las donaciones más generosas podían compensar por
aquellos que no pudieran donar nada, lo cual era caridad y los
beneficiaba a todos.
La anciana recitaba las reglas mientras pasaba
revista como un general que inspeccionara sus filas. De vez en
cuando recalcaba, con golpes de su bastón sobre las piedras de la
calle, alguna regla que consideraba a punto de ser violada.
Solía venir tanta gente que la cola llegaba a dar la
vuelta a la manzana, y la abuela regresaba jadeante de su ronda.
―¡Hasta
aquí!
―trazaba
una línea sobre el polvo de la calle con su bastón y anunciaba que
el resto debía regresar al día siguiente y llegar más temprano.
―Por favor, señora…
―pedía una mujer con angustia―.
Yo vengo de lejos, de La Embarrada. No me haga regresar
mañana, que no tengo donde dormir por aquí y mi marido me mata si
sabe que he pasado la noche en la calle.
Doña Templanza buscaba la verdad en los ojos de la mujer antes
de dar su veredicto.
―Quédese
usted. ¡Pero los demás deben regresar mañana! Y punto.
Había algunas protestas, pero la mayoría ya sabía que era
inútil discutir con la abuela de la Chencha. Accedía solamente si
estimaba que se trataba de un caso tan urgente como para mantener a
su nieta en trance pasada la cuota que le concedían sus guías.
Al
entrar, la anciana dejaba el portón abierto tras de sí, y la gente
empezaba a entrar una a una al patio delantero de manera ordenada y
reverente. En el portal había algunas sillas viejas, un largo banco
de madera y varios cajones donde la gente podía sentarse a esperar.
Algunos rezaban, otros conversaban en susurros. Las esperas podían
ser más o menos largas, pero todos estaban dispuestos a ellas.
()()()
Con
los dedos agarrotados alrededor de los manubrios de su Harley, el
periodista escupía polvo y esquivaba hoyos y piedras rumbo al
municipio de La Amargosa. El camino se le había hecho muy largo y
desigual bajo el inclemente sol, le dolían el trasero y la espalda,
sentía la mugre en el sudado cuero cabelludo, entre su espesa
melena. Las gafas protectoras se le clavaban en el puente de la
nariz, y ya el nudo con el cual había atado su cabellera se había
desatado, y volado lejos. Estaba harto de que al pasar por
cualquier caserío salieran a mirarlo los campesinos como si fuera un
fantoche de carnaval. Los niños trataban de correr a la par de su
moto, y a veces se le atravesaban por delante. Mascullaba
obscenidades mientras maniobraba con cuidado para evitarlos.
Al
descender por una pendiente que le blanqueó los nudillos, vio por
fin el molino que señalaba la entrada del pueblo. Escupió salivazos
terrosos, sintiéndose aliviado al ver que su peregrinaje llegaba a
su fin. Todo estaba en calma en La Amargosa y no le tomó mucho
tiempo adivinar entre un pequeño grupo de casas blancas cual era la
morada de la profetisa. Había una muchedumbre a su alrededor.
Aminoró la velocidad, se quitó las gafas, y sin desmontar buscó el
final de la cola.
―Llega
usted muy tarde
―le
anunció una joven morena―.
Ya la abuela no deja entrar a nadie más.
―Va
a tener que esperar hasta mañana
—vaticinó otra mujer con un niño en brazos―.
Y no traiga la moto. A la abuela le molestan esos ruidos.
Más vale que apague el motor.
El
periodista dio vuelta a la llave y se preguntó si tal vez haciéndose
el tonto…
―Ni
lo piense
―la
joven lo miró a los ojos—. Nunca lo va a dejar pasar si burla sus
órdenes. Váyase tranquilito y regrese mañana. Pero
regrese limpio y con todo ese pelo recogido.
―Así
mismo
―coreó
una mujer sin dientes―.
Regrese mañana.
No
había por donde entrarles, y ya todos en la cola lo miraban
directamente, así que el periodista tuvo que resignarse. Le hubiera
gustado terminar el encargo de Prensa Astuta ese mismo día y haber
regresado a la capital y citarse con Magdalena en el Café Delocio a
ver si lograba algo del encuentro. Desde su separación había
querido salir con ella y por fin la joven había accedido. . . Pero
ahora no podía llamarla siquiera porque su teléfono móvil no
recibiría señal alguna en un lugar tan remoto. Tal vez había un
teléfono en el pueblo. . . Se sentía abatido, pero trató de
animarse con la idea de que este encargo podía lograrle un aumento
de sueldo. El director estaba sumamente interesado en este tipo de
asunto. Su reportaje anterior sobre los estigmatizados de
Cabrachueca había recibido una calurosa acogida.
Las mujeres le señalaron la pequeña fonda al lado de
la barbería. Apretó la mandíbula, frustrado, y sintió crujir
partículas de tierra entre sus muelas.
Caminó empujando
la moto hasta la posada. Una vez se instaló en un cuarto
diminuto, pero limpio, se sentó en el portal a
contemplar
los movimientos de la villa. Desde su parapeto podía observar
la cola de los esperanzados.
―¿Quiere
una afeitada, amigo?
―el
barbero no esperó respuesta―.
Pase usted. De paso le vendría bien que lo descobije un poco.
Se parece usted a Sansón.
Era un hombre jovial y rechoncho, y el periodista enseguida
reconoció la ventaja de un buen informante. No podía desperdiciar
tan propicia oportunidad para tomar el pulso del pueblo y tal vez
incluso el de su más famosa ciudadana.
()()()
La
Chencha había nacido en la villa de Nuestra Señora de las Penurias,
un pueblo muy antiguo cobijado entre montañas y mejor conocido
simplemente por Las Penurias. Su madre, Gerundia, era el ama de
llaves en la hacienda de Don Santo y su esposa Doña Tránsito. Hasta
allí había llegado Gerundia a los quince años, una semana después de
que su padre le dijera que ya era hora de buscarse marido o salir a
trabajar. Empezó ordeñando cabras en la hacienda. Al ver su
presteza y alegre disposición Doña Tránsito la ascendió a ayudante
en la cocina, pero la cocinera muy pronto se quejó de que con
Gerundia al lado no le quedaba nada por hacer, y la cocina era su
territorio después de todo, pues ella había llegado mucho antes. Y
así fue que Gerundia pasó a ser ama de llaves y a asegurarse de que
la ropa de cama y las cortinas estuvieran limpias y frescas, y de
que todo en la casa funcionara como un reloj.
Desde que
Gerundia empezó a dar señales de embarazo, Doña Tránsito se ocupó de
ella como si fuera su propia hija. La relevó de todas sus
ocupaciones y la hizo dar cortos paseos, descansar mucho, y
alimentarse bien.
A pocos días de nacida, Chencha llegó a La Amargosa,
envuelta en una tela de satín rojo, en brazos de su madre, quien la
mostraba llena de orgullo. Todo el pueblo salió a recibirla.
Doña Templanza había anunciado que era una niña muy especial, con
enormes ojos azules. La abuela creía firmemente que aquellos
ojos se habían manifestado en la criatura por obra y gracia de
Nuestra Señora de la Pendencia, de quien era muy devota. Tener
ojos azules entre una familia de negros tan negros como ellos era
señal de poderes y visión divina. Gerundia, sin embargo, sabía
que los ojos azules de su hija eran obra y gracia del espléndido
Santo, quien no tenía los ojos azules, pero se decía que su madre,
Mamá Genoveva, había tenido la mirada tan azul como el lago
Reververillo en primavera.
Cuando Santo entró a la habitación a conocer a la
recién nacida, y la observó dormida en toda su hermosura, sonrió con
satisfacción. La niña de repente abrió los ojos y Santo se
tambaleó sobresaltado. Eran los ojos de su madre que lo
observaban desde el pequeño rostro oscuro. Y casi enseguida,
como por encanto, sintió una oleada de amor hacia la niña, y hacia
Gerundia, y hacia su mujer, y hacia sí mismo. Aturdido por la
oleada de sentimientos, se dio la vuelta y salió a revisar las
herraduras de su caballo favorito, a quien también amaba.
Santo era espléndido para con su familia y empleados, pero
especialmente con Gerundia. Doña Tránsito también lo era hasta el
extremo. Había entre las dos mujeres un lazo bien atado pero sin
aparentes condiciones y sin palabras. Gerundia no estaba
completamente segura de las razones detrás de aquellas atenciones,
pero mientras existiera, no tenía por qué hacerse pregunta alguna.
Si le demostraban cariño, lo devolvía con creces. Don Santo le
había dicho una vez que su esposa se negaba a hacer ciertas cosas en
la cama que ella calificaba como cochinadas, y enumeró precisamente
las cosas que enloquecían a Gerundia y la hacían resoplar como un
jabalí en celo en la barraca de los cazadores una vez por semana.
Tal vez su ama era así de desprendida.
Don
Santo se ocupaba económicamente de la niña sin tener que admitir su
paternidad, lo cual era más que suficiente para Gerundia. La gente
de Penurias, en señal de respeto hacia el bueno de Don Santo y a la
caritativa Doña Tránsito, no daba voz a sus sospechas.
La
niña habría de llamarse Hortensia y llevaría el apellido de su
madre. Pero Gerundia informalmente le puso como apellido “Aldorso”
por su padre, cuyo nombre de pila era Santoral Aldorso. Mamá
Genoveva no había sido muy leída, pero sí muy cristiana. A pocos
minutos de haber parido al niño en una silla sin fondo se levantó a
consultar el calendario para el santo del día. Apenas alcanzó a
deletrear santoral al dorso sin ver que quien estaba al dorso
era San Zenón Mártir, patrón de los nunca mencionados.
Como suele suceder con tantas Hortensias, la gente
empezó a llamarla Chencha desde pequeña. Ya a los once años era
conocida como Chencha la adivina, o Chencha la curandera, o Chencha
la profetisa, y para los procedentes de otros municipios a lo largo
y ancho del país, Chencha la de La Amargosa.
Fue la propia Chencha quien a las pocas semanas de
nacida decidió que la criaría su abuela Templanza. Se lo pidió a su
madre con los ojos, y ésta accedió sin una queja, volviéndose a
Penurias a su trabajo en la hacienda. Doña Templanza llevaba a la
niña en tren a ver a su madre con frecuencia, y aunque la Chencha se
mostraba alegre y cariñosa con todos, siempre insistía en regresar a
La Amargosa, donde hacía las delicias de todo el pueblo, y donde sus
dones prodigiosos pronto se hicieron notar.
()()()
―¿Y
usted a qué viene?
—Preguntó Doña
Templanza mirando por encima de sus lentes.
Homero cerró su cuaderno de apuntes
―He
venido a una consulta, como todos, señora.
Doña Templanza lo evaluó cuidadosamente.
―Hm.
. .
―Mi
nombre es Homero Parrillada. Vengo de la capital
―extendió
la mano, pero ella no correspondió al gesto.
―¿Qué
tipo de consulta?
―preguntó
la anciana con sequedad, mirándolo a los ojos.
Temiendo que no lo dejara pasar a ver a la Chencha,
Homero se apresuró a jugar sus cartas con sumo cuidado. Bajó
la cabeza y susurró
―Es
personal, señora… Digamos que es un asunto del corazón.
Doña Templanza no estaba convencida, pero tampoco tenía una
razón concreta para dudar del aquel hombre tan distinguido. Venía
de la capital, y eso quería decir que la fama de su nieta iba en
aumento. Calculaba que pronto el mundo entero detrás de las
montañas estaría enterado de la presencia de la Chencha sobre la
tierra, y que todos habrían de pasar por su puerta un día.
―Usted
es el de la moto.
―Sí,
pero fíjese que no la he traído hoy.
―Ya
veo… Tampoco su melena. Pero ha traído una cámara. Eso es una
cámara, ¿verdad?
―Es
que pensé que tal vez podía hacerle una foto a...
―No
va a poder
―lo
interrumpió.
Homero se quitó la cámara del cuello.
―¿Me
la guarda usted hasta que salga de la consulta?
―No.
Puede llevar la cámara. Pero no va a poder. No salen las
fotos.
―¿No
salen?
―No.
Todo sale nublado. Ya otros han tratado.
―Como
usted diga, señora
―volvió
a colgarse la cámara, incrédulo.
Los
otros consultantes habían estado mirando a Homero con curiosidad,
pero no se atrevían a abordarlo con preguntas. Venía vestido de
caqui como un explorador, con una mochila de cuero a cuestas, un
reloj pulsera con muchos números y manecillas, y una cámara colgando
al cuello. Tenía un corte de pelo reciente, estilo militar, y
estaba cuidadosamente rasurado.
Homero hacía
apuntes, y trataba de sonreír de vez en cuando a aquellos que lo
observaban, pero los mirones quedaban serios, desconfiados.
Con
toda la diplomacia que había aprendido en su profesión, Homero se
sobrepuso a su molestia. Se sentía sumamente incómodo con la cabeza
casi rapada. El barbero había arremetido contra su melena sin
encomendarse a nadie. Su melena. . . ¡Estaba tan identificado con
ella! Tardaría mucho en crecer de nuevo. Pero el periodista
decidió que para poder cumplir con su misión no le quedaba otro
recurso que apreciar la refrescante sensación creada por la brisa
sobre su cogote, y observó a los que lo observaban. Pronto logró
que le hablaran algunos de los que tenía más cerca y que con tanta
paciencia aguardaban su turno. Hizo preguntas con humildad, y
verdadero interés. Le contaron hazañas inverosímiles llevadas a
cabo por la Chencha. Todos los allí presentes conocían a alguien
tocado por su poder. Y algunos venían por segunda, tercera, o
cuarta vez de pueblos vecinos o lejanos con diferentes asuntos,
conflictos, o dolencias.
Supo que su poder triunfaba sobre enfermedades terminales, supo
de huesos astillados o deformes que habían recuperado la normalidad,
de extremidades amputadas que volvían a brotar del muñón. Le
contaron de niños que habían nacido muertos y ella los había hecho
entrar al mundo a fastidiar como casi todos o a trabajar como
algunos. Amansaba furias, apaciguaba desavenencias conyugales,
pleitos entre vecinos, y viejas rencillas de familia, vaticinaba
terremotos y ciclones, componía corazones rotos, y predecía el
futuro de pueblos y naciones.
―¿Pero
qué hace ella para lograr todo eso?
―preguntó
Homero, ansioso de información precisa y detallada.
Los
que lo escuchaban se miraron unos a otros con sorpresa.
―Pues
hombre, es adivina, y eso es lo que hace. Adivinar.
―Pero
¿cómo?—insistió el periodista―.
¿Cómo hace para adivinar?
―No
lo sabemos
—dijo uno por fin.
―¿Cómo
que no lo saben? ¿Qué hace ella cuando la consultan?
¿Dedica una oración? ¿Echa las cartas? ¿Usa una bola de
cristal? ¿Tira huesos y caracoles? ¿Canta y baila?
―No
lo sabemos.
―No
puede ser
—empezaba a exasperarse―.
¿Es que la gente no ve lo que hace? ¿No les pone la mano
encima tan siquiera?
―Nadie
sabe. Los pone a dormir.
Homero decidió probar otro ángulo para obtener información
concreta.
―¿Y
la abuela? ¿Cómo es que no ha curado a su propia abuela?
―Porque
no está enferma —dijo un anciano vestido de blanco.
―Pero
anda con bastón y está medio ciega.
―Eso
es por ser vieja, no por estar enferma. Si la Chencha pudiera
cambiar a los viejos por jóvenes no estaría aquí en La Amargosa,
sino en la capital. ¿Qué se cree usted? ¡Ya me gustaría
a mí que me volviera a mi época de semental!
Algunos rieron, y Homero, impaciente, quiso pasarse los dedos
por su cabellera pero hubo de aferrarse al cepillito que le dejó el
barbero sobre la frente.
―La
abuela finge —dijo una mujer pequeña y enjuta, sin mirarlo.
¡Por fin alguien iba a revelar algo con sustancia! Se sintió
esperanzado y procuró alimentar la llama acercándose a la mujercita.
―¿Cómo
dice usted? ¿Qué la abuela finge?
―Yo
la he visto correr detrás de una gallina y retorcerle el pescuezo…
sin el bastón, sepa usted.
―Pero…
¿Por qué finge? No es necesario que finja.
―No
lo sabemos
—se apresuró a decir un
anciano, mirando a la mujer con reproche—. Yo no estoy seguro de que
finja. Ninguno de nosotros está seguro.
―Yo
sí –insistió la mujer―.
La puedo ver desde mi casa
―apuntó
con el mentón hacia la casa de enfrente.
Los
primeros consultantes ya habían empezado a salir sabiéndose
observados. Todos sonreían con satisfacción. Algunos hacían una
genuflexión al salir, como si abandonaran una iglesia.
Homero dejó de hacer preguntas y continuó haciendo apuntes.
()()()
El
viaje de regreso se le hizo más corto a Homero, pero no porque fuera
agradable en lo más mínimo. El viaje de ida había sido una pérdida
de tiempo tal y como se lo había imaginado. Y representó la pérdida
de una melena bien cultivada por varios años. Al menos el viaje de
vuelta lo regresaría a lo familiar y a un poco más de inteligencia a
su alrededor. Se quería compadecer de aquella simple gente que
creía en la profetisa, pero no podía. Había tenido que hacer
demasiados esfuerzos para desplegar tanta paciencia. La supuesta
profetisa nunca lo miró siquiera. La abuela lo hizo sentar en una
silla y allí esperó lo que se le antojó una eternidad. Por fin se
hartó de esperar y se levantó. Salió de la casa con un portazo y
atravesó el portón sin mirar a los que quedaban en fila. Fue
directamente a la fonda, pagó por el mísero cuartucho y con su
mochila al hombro montó y echó a andar su Harley, presionando el
acelerador para lograr cuanto ruido pudo antes de salir del pueblo,
pasando a lo largo de la cola de ilusos que aún esperaban.
Si el director no le quería aumentar el sueldo por
sus esfuerzos, pues que no lo hiciera. Buscaría otro periódico que
pagara mejor que Prensa Astuta. . .
Pero
iba a hacer todo lo posible por disculparse con Magdalena.
Luego de tres horas de curvas, pendientes, subidas, y
pensamientos tóxicos, al fin pudo ver los edificios más altos de la
capital brillando bajo el sol del atardecer. Respiró hondo,
llenando sus pulmones con los humos del tráfico. Al parar en un
semáforo miró hacia el puesto de periódicos y algo le llamó la
atención. El Observador tenía en la portada una foto que lo dejó
petrificado. Los autos tras él pronto empezaron a tocar las bocinas
y lo sacaron de su aturdimiento. Se acercó a la acera y le pidió un
periódico al muchacho. Allí estaba la foto de su hijo Homerito en
brazos de su madre bajo los titulares.
EL TRANSPLANTE DE CORAZÓN YA NO ES NECESARIO.
EL NIÑO AMANECE EN PERFECTO ESTADO DE SALUD.
Homero se sentó en la acera, se quitó las gafas protectoras, y
leyó a través de las lágrimas. El niño había estado en espera de un
corazón saludable para el trasplante. El dolor de la situación
había creado una brecha en el matrimonio de Homero. Se había vuelto
huraño hasta el punto de que su esposa le pidió el divorcio. Sin su
ayuda, ella trabajaba por las noches para poder estar junto al niño
durante el día. Homero sabía que había sido egoísta, muy egoísta.
Prefirió huir antes que enfrentar su tristeza. No podía con la
realidad de un hijo que se debilitaba día a día, que no podía jugar
como otros niños, que nunca podría ir a un partido de fútbol con
él. Y le había dado la espalda a su familia. Ni siquiera había
querido visitarlos en el hospital. Le habían dicho que el niño no
llegaría a su cuarto cumpleaños.
Se levantó de la acera lentamente, se secó las
lágrimas con el dorso de la mano, y acarició la primera página del
periódico. Allí estaba la foto sonriente de su hijo. No lo había
visto sonreír por más de un año. El artículo indicaba que esa misma
mañana estaba caminando, comiendo, jugando… Y en la foto aparecía
regocijado, con los brazos alrededor del cuello de su madre. Ella
se veía muy hermosa, y muy feliz. El viejo cansancio se le había
borrado del rostro por completo. Los médicos reportaban que no
habían podido mantener al niño en su cama. Se había quitado los
tubos por su cuenta y había echado a andar. Lo consideraban un
verdadero milagro. La madre y el niño iban a aparecer en televisión
aquella misma noche, en un programa especial.
Homero, aturdido, se preguntó si era posible que La Chencha. .
. Pero ¿Cómo?. . . No podía haber otra explicación. Montó su Harley.
Iría al hospital para encontrarse con su familia. Tal vez ya se
habrían ido a casa. Tal vez no sería demasiado tarde. Tal vez, tal
vez. . . Dio vuelta a la llave. Aceleró y se incorporó al
tráfico. Ni siquiera se percató de que el viento batía su larga
cabellera.
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