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Grijalbo (2006)
Impreso en Barcelona, España
Distribuido por Random House, Inc.
ISBN: 0-307-37654-0
(384 pp.)

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Con La isla de los amores
infinitos (Miami, 2006), la escritora Daína
Chaviano, se une al ya creciente grupo de autores que
narran la nación cubana a partir de una saga
familiar. Entre ellos Hilda Pereda (Los
Robledal, Miami, 1987) y Julio Travieso Serrano (El
polvo y el oro, Cuba, 1998) se destacan por
presentar en sus obras la alegoría de una Cuba que
posee diferentes discursos e ideas políticas pero que
aun así, estos se resumen en una identidad colectiva
regida por principios dominantes que la legitiman como
nación.
Chaviano, a diferencia de los
autores mencionados, apoya su novela en otro tipo
de alegoría, ahora puramente literaria, la cual no
muestra a la nación a través de una historia nacional
ejemplar identificada como el fundamento de la
independencia sino más bien su opuesto, esto es, la
nación como consecuencia de la independencia, con
múltiples particularidades y defectos heredados de
una larga colonia y como un sistema cultural híbrido
producido por las mezclas de razas, costumbres y
credos que en ella se reunieron.
Esta reconceptualización la
logra Chaviano aplicando su modelo propio de
inclusión/exclusión de los elementos constituyentes de
“la nación.” De esta manera, sustituye el hecho
histórico, considerado hasta el momento como incuestionable
por poseer una estructura, un tiempo y un espacio de
posible comprobación, por otro mucho más novedoso, el
cual, sin dejar de ser histórico, se aferra a lo
diferente para constituir nuevas unidades como son
la trasgresión espacial, la identidad nacional
dividida, y el exilio.
Paralelamente, introduce otros
elementos que alteran el sentido tradicional de
realidad. La magia, elemento paralógico, le da
misterio y energía a la novela, permite el desarrollo
de los personajes y paraleliza al personaje Cecilia
con Cuba. Así, Cecilia y Cuba constituyen dos focos
temáticos, inicialmente aislados, de una narración
común; focos que oscilan entre la luz y la sombra para
superponerse finalmente.
Aun siendo marcado el interés de
la autora por reconstruir la nación, la familia, como
grupo humano, se impone y es en su decursar que corre
una narración fragmentada, discontinua, con múltiples
meta narraciones que describen la venida a la Isla en
el Siglo XIX de tres familias diferentes,
representantes de las tres etnias y culturas básicas
de la formación nacional. Estas son: la familia de
Clara y Pedro, procedentes de Cuenca, España; la de
Dayo, esclava traída del Reino de Ifá, Nigeria; y la
de Pag Chiang, llegada de Cantón, China.
Resulta interesante el hecho de
que Chaviano, a diferencia de otros escritores, cita
el constituyente chino en los cimientos nacionales. Y
no solamente lo incluye sino que lo trabaja
cuidadosamente a través de su comida, sus tradiciones,
sus credos y su cultura en general. Destaca el
intercambio de esta comunidad con las otras culturas
del país como es el caso del lenguaje chino/español,
del sincretismo Sanfancón/Shangó y de su participación
en la segunda guerra de independencia cubana donde la
postura digna y heroica que sus miembros asumieron les
llevo a recibir el honor de ser calificados como:
“Nunca hubo un chino cubano desertor;
Nunca hubo un chino cubano traidor”,
[1]
(Chaviano 345)
Los límites raciales desaparecen
cuando la familia blanca y la de descendencia
africana se unen a través del matrimonio de María de
las Mercedes (nacida en 1889) y José (nacido en 1887);
mientras que la china se mantiene aislada hasta que
Pag Li, conocido como Pablo, (nacido en 1926) se casa
con Amalia (nacida en 1926) hija de María de las
Mercedes y José, culminando así, metafóricamente, la
integración de las tres etnias.
La historia de las familias corre
por la parte del personaje masculino, Miguel, mientras
que Cecilia tiene una historia familiar corta que la
sitúan viviendo sola en Miami, después de abandonar la
isla pocos años atrás. Solamente se sabe que sus
padres murieron en un accidente, y que su tía, lazo
con sus antepasados, vive también en Miami. Aunque la
familia masculina es la que cuenta su historia, ésta
llega al lector a través de la voz femenina de Amalia,
esposa de Pablo, quien la llena de detalles, juicios y
emociones femeninas.
Chaviano hace uso de su propia
intertextualidad al traer a esta novela el personaje
de Gaia y la casa embrujada que ya se han visto en Casa de Juegos
(Chaviano. Planeta; 1999). La casa,
ahora vista en Miami, transita a esta nueva novela
como un símbolo, como continuidad o signo de origen
del espacio Cuba, revelando el alma del lugar donde
aparece. En La Habana, la casa fue un ente compacto,
reflejo de tradiciones y credos que llegaban a ser
diabólicos, mientras que en Miami, sus contenidos se
suavizan a partir de los conceptos familia y amor.
En Miami, la casa representará
dos espacios coherentes: Cuba, (aparece solo en fechas
patrióticas), y “un alguien” desconocido inicialmente
que después resulta ser Cecilia. Este viraje o cambio
metafórico se aprecia al hacer la casa un tránsito en
sus apariciones, las cuales posteriormente, sólo
ocurrirán en fechas familiares, relacionadas todas con
Cecilia y a su vez, porque sus habitantes resultan ser
los familiares muertos de dicho personaje. Cecilia
descubrirá nuevos y positivos valores en esta visión
mágica que la relacionan a ella, como personaje
individual, con la Isla como nación y gracias a esto,
podrá encontrarse a sí misma.
Daína Chaviano, utilizando
creativas y trabajadas imágenes que llegan a
desarrollar una prosa casi poética, nos regala en su
texto una singular visión de nuestra nación. Visión
pluralista y alejada de convenciones formales. Visión
que muestra un espacio nacional surgido de
convergencias culturales venidas de muchas partes del
mundo y que ahora, en un gran exilio vuelven a
codificarse. Visión de un espacio rico en tradiciones,
música, artistas, comidas, credos que acompañan a
aquéllos que ya no viven en la Isla pero que se
sienten ser parte de ella. Esta fue la identidad
híbrida que encontró y aceptó el personaje Cecilia
para llenar de paz y alegría su alma.
[1]
Inscripción que aparece en el monumento a los chinos
combatientes de la segunda Guerra de Independencia
Cubana en Línea y L, Vedado, La Habana.
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Alicia E. Vadillo
nació en Cárdenas, Cuba (1946). Ensayista,
conferencista y profesora. Graduada de la Universidad de La
Habana y de Syracuse University.
En la actualidad es catedrática en la Universidad
Estatal de Nueva York en
Oswego. Es especialista
en Literatura Caribeña Contemporánea. Ha publicado numerosos
ensayos en diversas publicaciones de prestigio internacional,
entre los que se destacan
“Excilia Saldaña y su texto Kele Kele”
(Revista Folklore Americano, Universidad San Carlos de
Guatemala, Febrero 2002), “La escritura homoerótica cubana
contemporánea” (Antología del Ambiente, Alfaguara, Febrero 2002),
“La
metáfora de Cuba en Maitreya”
(Boletín Circa. Universidad de Costa Rica, Enero-Marzo 2000),
“Una lectura metafórica entre comida y poder en la
literatura neobarroca cubana” (Boletín Circa. Universidad de Costa
Rica, Enero-Marzo 2000), “Una lectura homoerótica: La balada del Güije de Nicolás Guillén”
(Signos, Cuba, Enero 2000), “La Santería como base epistemológica de personajes homoeróticos
en Paradiso” (Umbral, Universidad Central de las Villas,
Cuba, Diciembre 1999), “La metamorfosis del signo lingüístico: artificio creativo de Severo
Sarduy en el texto artístico
Maitreya” (Symposium, Vol. 52, State University of
New York) y “Una posible re-escritura del “amor”
en la voz poética
de una mujer del tercer mundo: Soledad Cruz” (Aleph 8.2,
Penn State University, Pennsylvania).
Fue profesora de la Universidad de Syracuse y Le Moyne College en el
Estado
de Nueva York. Ha sido
editora asistente de
la revista universitaria Point of Contact de la
Universidad de Syracuse. Su libro Santería y Vodú;
sexualidad y homoerotismo
(Caminos
que se cruzan en la
literatura cubana contemporárea)
fue publicado
por la editorial Biblioteca Nueva
en Madrid, España
(2002).
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