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AMELIA DEL CASTILLO
Nació en Matanzas, Cuba. Poeta,
narradora, ensayista. Reside en Miami desde 1960. Ha publicado
un libro de narrativa y ocho poemarios, entre los que cabe
destacar: Cauce de tiempo (Hispanova de Ediciones, Miami,
1981), Las aristas desnudas (Editorial Betania, Madrid, 1991),
Géminis deshabitado (Ediciones Universal, Miami, 1994),
El hambre de la espiga, Ediciones Universal, Miami, 2000)
y Un pedazo de azul para el naufragio (La Torre de Papel,
Coral Gables, 2005). Ha obtenido siete premios Internacionales
de poesía y cuento en Salamanca, Madrid, New York y Miami,
entre ellos el Cátedra Poética Fray Luis de León
(Universidad Pontificia de Salamanca). Finalista (Accécits,
Menciones) de los Premios Carmen Conde (Madrid),
Letras de Oro (Miami), Mairena (Puerto Rico),
Calíoppe y Polimnia (Vizcaya). Su obra aparece en
Antologías y publicaciones de Argentina, Colombia, Costa Rica,
España, Estados Unidos, México y Uruguay. Varios de sus ensayos
han sido traducidos y publicados en inglés, francés e italiano,
y los reúne en “Apuntes al vuelo” (inédito), que recoge trabajos
presentados en Congresos Nacionales e Internacionales.
LA TORRE
Allá, la
torre...
Empinada de
tiempo, abierta
a furia de
palabras
y a galopar
de sueños.
Centinela
de
inalcanzables rumbos,
allá, la
torre
afilándose al
viento.
¿Cómo
alcanzarla, di, si crece
como espiral
de angustia,
si avanza más
y más:
un horizonte
siempre más allá
de todo
aliento y toda sombra?
Conozco su
lenguaje,
palpo
la ingravidez
de su distancia amiga,
vibran
los hilos que
nos unen,
vago
por sus
espacios,
llevo
la brújula
que dio el Señor al ángel,
sigo
buscándola –o
buscándome–
y no acierto.
Allá, la
torre
con su
llamado altivo.
Agigantada,
esquiva, retadora,
difícil,
solitaria...
Allá..., donde
a sonrisas
llegan
jugando y sin querer,
los niños.
CASI YO
Estoy casi de
vuelta...
Sin bagaje.
Náufrago de la noche.
Casi abierta.
A mi lado se
acuesta –como un perro–
la sombra del
desvelo de mí misma.
¡Cómo me
llama el tiempo que no ha sido!
A él voy como
al regreso,
como a la mar
el río.
Y se rompen
estrellas
sobre la
noche blanca
como se rompe
en llanto una sonrisa.
Estoy casi de
vuelta
aunque no me
haya ido.
DE PIE
Si estoy de
pie
es porque me
levanto,
porque me
empino
más allá de
mi asombro y mi estatura,
porque no
aliento cicatrices
ni fantasmas
ni pasado.
Si estoy de
pie
es porque
sigo andando,
porque me
llama el viento
y me llaman
la luz y los relámpagos.
Porque cantan
los pájaros (todavía)
y los niños
sueñan (todavía)
porque no
preciso razones
ni respuestas.
Porque tomo
mi cruz sin intercambios.
ESTÍO
A tu lado
pecó
mi desnudez
de amor recién nacida
mi retozo de
loba desvelada
y para
siempre
la hambrienta
soledad que me sembraron
en la tierra
feroz
de mis
esquinas.
A tu lado
surgí
–Adán
prohibido y ofrendado a un tiempo–
y a ti
retorno una y mil veces
a germinar tu
siembra de azucenas
y a calentar
el pan
de cada día.
Mientras
tiemble tu nombre
en mi
garganta
–compañero de
culpas
arrojado por
mí y en mí del Paraíso–
y te sientan
mi piel y mis arterias,
mientras me
llamen los brazos
de la lumbre
y alerta
esté el calor en la ceniza,
mientras el
mismo barro nos una
nos condene o
nos perdone,
mientras te
llame el hambre de mi herida
y en mí
descanse la sed de tus naufragios,
mientras
enhiesto
tu gladiolo
de luz busque mi sombra,
mientras yo
sea y tú estés
–compañero de
vórtice y mareas–
nos atará el
milagro repetido
de azuzar la
llama que nos quema.
OTOÑO
No es río que
corre
ni huracán
eso que gime y ruge
ni afuera se
desgarran
el tueno y el
relámpago.
Es el tren
que se aleja
a tus
espaldas
con su grito
de perra en agonía.
El que pasa a
deshora
llevándose
tus huellas, tu equipaje
tus zapatos
inquietos
tu sonrisa.
El que sabe
tu nombre
el que
atraviesa
tu mapa
circular.
El que pasa.
El que vuelve.
El que se
aleja
dejándote las
culpas
los recuerdos
y el pedazo de espejo
que se afila.
LA SED
Es la
insaciable sed
del leño, del
polvo, del peñasco.
Del que ha
pisado agujas y desnudado inviernos.
Del paria o
peregrino
que al hombro
lleva su transmutado ser,
su sangre y
su semilla.
La sed de las
cenizas y la arena.
La que sube a
los ojos y a la boca
y nos
transita
arañando la
piel y lastimando ausencias.
Ésa que fija
al paladar la lengua descreída
sin dejar que
se aviven en temblor
o en chispazo
de luz, la voz
y la palabra.
Hoy le
pregunto al tiempo y al oráculo
quién me
niega la fuente, el cuenco de agua
que la
espante.
Quién me
condena a esta sed oscura,
a esta espera
inhóspita, a este llevarme
al hombro
como si yo y los otros
y todo lo que
cargo fuera resto,
lodo,
esquirlas o el fardo exacto
que me sobra.
Y me rehuye
el tiempo. Y todo a gritos
me condena a
esta insaciable sed
de leño, de
polvo, de peñasco.
QUIJOTE EN CASA
Si el corazón
del tiempo es una piedra,
la piedra es
un volcán
y la hoguera
una fiesta repetida
¿quién tiene
el monopolio de la ausencia,
el lugar
exacto del naufragio
y el borde
más hambriento de la herida?
Se agranda el
círculo, cruje la interrogante
y yo, sin
molinos de viento
me niego a
ser esquirla de cristal.
Si vamos a
quedar entre las ruinas
mejor gritar
a pulmón lleno.
Si vamos a
quedar,
que cada cual
embride su miseria,
incinere
perezas herrumbrosas,
azuce el
hambre, espante el miedo,
desate a
Rocinante
y se atreva a
soñar.
DE NOCHES Y DE ENCUENTROS
Se empecina
la noche
en ser a toda costa, noche.
Echada como aguijón de avispa
sobre la gota insomne del recuerdo
se fragmenta en cristales
y en puntos suspensivos
sin respuestas.
Yo,
para tajar de un solo golpe
su plaga de rencor oscuro,
ahuyento brujas,
arranco los yerbajos de la ausencia,
planto, cosecho a sangre y agua,
arraso muros y revivo muertos.
Luego,
horneo el pan de cada día,
rescato la sonrisa:
creo.
Abrazo al sol, desnudo la palabra,
transito orilla a orilla las devastadas sombras
…
y me encuentro.
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