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Caminó lentamente contando cada loseta blanca del
largo pasillo. Le pareció irónico caminar sobre un color que
representaba: pureza, sosiego, paz... Todo lo contrario a lo que
había sido su vida.
Desde que tenía uso de razón el contar objetos, situaciones,
insultos, y humillaciones, se había convertido en su oficio de
vida.
− ¡Uno,
dos, tres, cuatro, cinco, seis, siete, ocho, nueve...
cien!. −le hacía
repetir su
padre.
Su padre la enseñó a contar. Las lecciones fueron tan repetitivas
que ya a los 4 años podía contar hasta mucho más allá de cien.
− Ciento
uno, ciento dos, ciento tres... −gritaba todas las
noches.
Y con cada número un grito, una marca imborrable, un llanto eterno.
Y con cada noche un sueño roto, un no a la esperanza. Y con cada
grito un sí al odio, al dolor, a la muerte...
“Hace veinte años contaba golpes, hoy cuento los minutos”; eso
pensaba mientras se dirigía a la puerta gris que estaba al final del
pasillo de losetas blancas.
−Menos quince minutos, menos catorce minutos. −paró su conteo
mental al llegar a la puerta gris.
Miró de nuevo hacia el piso. Algo le llamó la atención: una loseta
agrietada. Como un fantasma llegó a su mente ese mismo retrato.
Una noche su padre la arrancó de la cama en la que dormía. Luego la
rebotó sobre el piso. ¡Uno! ¡Dos! ¡Tres!... Decenas de golpes
que sonaban como los cocos que su padre abría para preparar aceite
que luego vendía, o que a veces usaba para quemarla cuando estaba
demasiado borracho para pegarle o violarla. Por eso nunca pudo
probar nada que tuviera coco como ingrediente, ya que relacionaba su
sabor con el de la sangre que casi siempre escupía luego del ritual
nocturno. Mientras era golpeada, se entretenía mirando la sangre
incrustarse por las grietas de la loseta blanca donde siempre caía
su rostro de imán, y las comparaba con la tinta de un tatuaje en las
arrugas de una piel envejecida. Esa loseta blanca con los años fue
tornándose en un hermoso y absurdo color rosa. Esto le parecía otra
burla a su vida.
El fantasma se fue al abrir la puerta y escuchar los murmullos de
todos los que la esperaban. La prensa, el cura, su padre... Lo miró
y le sonrió en postura de triunfo. Se sentó en la única silla vacía.
Siguió contando, pero esta vez para repasar todas las obras que la
llevaron allí. Uno: huir de su casa. Dos: robar. Tres: prostituirse.
Cuatro: endrogarse. Cinco: regresar a su casa. Seis: asesinar a su
madre. Siete: fallar el tiro disparado a su padre. Cada noche de su
infancia esperaba ver la silueta de su madre aparecer en el cuarto.
Lejos de eso, ella permitió que, noche tras noche, su padre
descargara, en su única hija, todas las frustraciones por las burlas
y desprecios proferidos por ella misma.
Sus pensamientos fueron interrumpidos por la
pregunta:
− ¿Desea
decir algo? −escuchó con mucha dulzura.
− Sí.
Pedí que mi
padre estuviera presente para que me
acompañe
a contar.
−dijo con firmeza, mirando a su padre a los
ojos.
− ¡Uno, dos, tres!
−contó ella mientras su padre enmudeció cuando la
vio temblar en la silla eléctrica.
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María de los Ángeles Camacho Rivas
nació
en Guayama, Puerto Rico
(1969).
Poeta,
narradora y profesora de español. Graduada de la
Universidad de Puerto Rico,
Recinto de Río
Piedras, en 1992,
como profesora de lengua española, y de la Universidad Metropolitana
en el 2007, con una maestría en el área de Educación Especial. Ha
trabajado en las escuelas Pachín Marín, Rafael María de Labra y
República del Perú y actualmente en la Bilingüe Padre Rufo. Allí ha
organizado el Proyecto Karina. Éste es un taller
de trabajo
comunitario,
donde
los estudiantes
confeccionan piezas de ropa,
con modificaciones especiales,
para niños pacientes con cáncer.
En el año 2004 organizó la exposición
"Un
refrán para ser contado"
en el Museo de Arte de Puerto Rico.
Ha recibido el primer lugar en dos
certámenes
literarios de la Federación de Maestros de Puerto Rico
en la categoría de cuento
(2007 y 2008) y por su
ensayo "La
caja de Pandora"
obtuvo también el primer lugar. El periódico El Nuevo Día
la honró al publicar el mismo. Hoy su energía continúa dirigida a
realizar servicio comunitario y a la literatura. Aunque
ha publicado en varios medios de prensa, aún está en proceso de
publicar
una novela, un poemario y un libro de cuentos
inéditos.

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