Miami
Estados Unidos
Año X

 Nº 57/58

Escríbanos    

 

Publicada por Ediciones Baquiana

Director Ejecutivo

Patricio E. Palacios

Directora de Redacción

Maricel Mayor Marsán

Consejo de Redacción

 Dra. Aida M. Beaupied

Chestnut Hills College

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 Dra. Niza Fabre

Ramapo College

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 Dr. René C. Izquierdo

Miami Dade College Recinto de Kendall

 

Dr. Humberto López Cruz

Universidad Central de la Florida en Orlando

 

Dra. Myra Medina

Miami Dade College

Recinto Norte

 

Dr. Gerardo Piña Rosales

Universidad de la Ciudad de Nueva York (CUNY)

Universidad de Columbia

Nueva York

 

Dra. Alicia E. Vadillo

Universidad Estatal de Nueva York en Oswego

 

Dra. Lidia Versón

Universidad de

Puerto Rico

 Recinto de Río Piedras

 

Asesor Técnico

Luis H. Beltrán

Asesor de Arte

Carlos Quevedo

 


 

 

LO INSÓLITO DE LA TRANSFORMACIÓN DE LA MONJA ALFÉREZ: DECHADO CULTURAL DE  LA  MUJER A PRINCIPIOS DEL SIGLO XVII EN ESPAÑA

 

por

  

Niza Fabre

 


 

     En  la Historia de la Monja Alférez, doña Catalina de Erauso, escrita por ella misma[i], queda plasmada la circunstancia  de la mujer en la España de la primera mitad del  siglo XVII. En una época en que el destino de las hijas depende de los varones de la familia,  para una joven sólo hay dos opciones, casada o monja.  En la familia Erauso, el padre  decide lo segundo  para Catalina, María Juana, Isabel y Jacinta; pero, al contrario de sus tres hermanas que acatan la voluntad de su progenitor, Catalina no se conforma con quedarse a vivir en el claustro;  tenía el  convencimiento de que la vida monástica no era para ella: “Me siento desasosegada  y tengo grandes dudas sobre mi vocación ... me gustaría un género de vida  más activa,  recorrer el mundo... Envidio a los hombres que pueden ir donde quieran libremente, y en ocasiones quisiera ser como ellos.” [ii]

     Por mucho tiempo La novicia acariciaba la idea de escaparse. Poco antes de su huida, al cerrarse el portón que daba a la calle tendió una  “... curiosa mirada al desierto camino, que alineado entre altos árboles se llenaba de sombras.” (Castillo Lara, p. 93). Esa sería la ruta que la llevaría a la libertad. La ansiada oportunidad de dar el paso decisivo  hacia su independencia se le presenta cuando “vio colgadas de un clavo las llaves del convento,” (Castillo Lara, p. 22).  Al tomar la determinación de huir,  no sólo evadió el compromiso de hacerse monja sino que tácitamente renegó de su orden y de su religión. Esto se comprueba, años más tarde cuando dice: “... Proseguí mi viaje á la ciudad de Santa Fe de Bogotá, en el Nuevo Reino de Granada: vide al señor obispo D. Julián de Cortázar, el cual me instó mucho a que me quedase allá en el convento de mi orden: yo le dije que no tenía yo orden ni religión, [iii] 

     Si el objetivo de Catalina  era ser libre, para lograrlo, escaparse no hubiera sido suficiente. La única manera de sobrevivir en esa sociedad patriarcal, era disfrazándose de hombre. Lo hizo. Como tal, pasa casi toda su existencia,  sacando partido de lo que constituye ser varón.  Por lo tanto, para acercarnos a nuestro personaje, en el entorno social del siglo XVII, tomamos  como punto de partida su aspecto masculino, lo cual  le permite lograr la independencia que le hubiera sido vedada de haber conducido su existencia como mujer. Sin embargo, lo insólito de su transformación estriba  en que al travestirse,  sólo cambia sus vestimentas porque su naturaleza, su inclinación y sus preferencias ya eran de varón desde antes de  despojarse de sus ropas femeninas. En una ocasión, estando todavía en el convento, la joven Catalina, le dice a la monja portera que quisiera ser como los  hombres; ésta le responde: “Debes controlar tus ímpetus varoniles. Nosotras las mujeres debemos ser siempre recatadas, no sólo en el convento sino en todas partes”, (Castillo Lara, p. 21). Esta advertencia confirma que doña Catalina era diferente.

     En la vida fuera del claustro, nuestra autora, no sólo se conduce como hombre sino que siente y piensa como tal. Por ejemplo,  se indigna cuando  lo llaman cornudo: “... como a las once viniéndome para casa,, en una esquina divisé a un hombre parado, tercié la capa, saqué la espada, y proseguí mi camino hacia él. Llegando cerca, se me arrojó tirándome y diciendo: pícaro cornudo- . . .entréle una punta y cayó muerto,” (Rima de Vallbona, p. 87).  En otro incidente, durante un juego de cartas, refiere “... me dixo  que mentía como cornudo; yo saqué la espada i entrésela por el pecho... “ (Rima de Vallbona, p. 36).  En otro de sus tantos lances de juego, su contendor le dijo: “embido un cuerno.” El contesta. “Quedo i rebido el otro que le queda.” El juego terminó pero la ofensa quedo pendiente, para que más tarde  se trenzaran en una pelea a cuchilladas, (Rima de Vallbona, pp. 84-85).

     Catalina vivió exitosamente como hombre por muchos años, favorecida por su apariencia varonil, pero un movimiento mujeril de sus manos despertó las sospechas sobre su masculinidad. Sus compañeros de  milicia se fijaron en las gesticulaciones del compañero: “... las tiene abultadas y carnosas, y robustas y fuertes, las mueve algo como mujer”.[iv] Esto sucedió en el Perú; al ver que su secreto estaba a punto de descubrirse, decidió confesarle al obispo toda la verdad sobre su vida e identidad sexual.

     En cuanto al resto de su cuerpo, desde muy tierna, era hombruna. A los quince años: “Era una joven de estatura grande, ancha de hombros, un tanto abultada de carnes... de torso plano... no tenía senos, porque se los secó [v], los cabellos... cortos como de hombre, con su poco de melena, a la usanza  de la época, voz algo ronca… el andar desenvuelto,” (Castillo Lara, p. 26).  Dos años más tarde, “... en sus 17 años bien representados, tenía todo el aspecto de un mocetón fuerte y espigado,” (Castillo Lara, p. 41). A los cincuenta y dos años  “tenía algunos pocos pelillos por bigote,”[vi]. No menstruaba porque en ningún momento se menciona algún incidente al respecto, ni directa ni indirectamente. Es posible, que debido a la vida dura que llevaba: constantes viajes por mar y tierra; recorriendo caminos de herradura, subiendo y bajando montañas, desempeñando oficios y obras de mano, peleando violentamente cuerpo a cuerpo, con piedras, con cuchillo, o con espada; Ni que decir de los enfrentamientos bélicos con los indios, encarcelamientos, pernoctando en mesones o a la intemperie, etc. Todo esto, junto con su complexión fornida de gladiadora puede haber contribuido a que se le suspendiera la regla o quizás nunca la tuvo. En un articulo titulado Female Athletes and Menstrual Irregularities publicado por Elzi Volk.en el año 2004, se lee: “... amenorrhea occurs nearly 20 times more frequently in female athletes compared to the general population. According to a recent review... amenorrhea is reported to exist in up to 50% of female athletes,”[vii] (La amenorrea ocurre cerca de veinte veces más frecuente en mujeres atletas en comparación con la populación en general. De acuerdo a estudios recientes se reporta que la amenorrea existe en el cincuenta por ciento de las mujeres atletas). La traducción es mía. 

     Catalina vive intensamente su experiencia masculina: aguerrido, aventado, audaz, fuerte, mientras sus compañeros sucumben, él sobrevive los más duros embates. Un ejemplo de esto es cuando  ella y dos amigos  siguen la ruta de los Andes: “bordeando precipicios y desfiladeros, escalando resbaladizas peñas, soportando lluvias, nieve y  un frío cortante... seguimos la cordillera arriba... sin topar en ellas, ni en otras trescientas que anduvimos, un bocado de pan, rara vez agua, y algunas yerbezuelas y animalejos...” ( Castillo Lara, p. 132). Sus dos compañeros de viaje no resisten el rigor de la cordillera, pero don Alonso[viii] sobrevive y no se acobarda al ver los cadáveres de sus amigos. Por lo tanto, la Monja es un desafío a la “naturaleza que crió generalmente a las mujeres  cobardes y flacas,”[ix]. Según una de las reglas aristotélicas, el rasgo femenino es la debilidad física y mental, . . la fortaleza y la prudencia no compete a la mujer, sino al hombre.[x]

     Truhán, pendenciero y calavera, se desempeña sin dificultad como ”... grumete de barco, lugar  teniente de  batallas,  presidiario, alférez, arriero, etc.  Diestro con las armas, siempre “trae la espada bien ceñida”; no hay quien le gane con el florete,  la bala,  la piedra o el cuchillo:  La mayoría de sus contendores terminan  muertos o mal heridos.: “Hallóse en otra batalla peligrosa... ella con su valor retiró a los enemigos, y matando al que llevaba la bandera, la recobró, quedándose como Alférez de la compañía, no por gracia sino por su propio valor,” [xi]  Con satisfacción rememora, una agarrada con un italiano: “Sacamos las espadas y empezamos a tirar; y en esto veo a otro que se pone a su lado: ambos jugaron de cuchillada yo de punta: entréle al italiano una estocada, de que cayó... “ (Ferrer, p. 116). A veces también lo hieren, pero siempre se recupera, en cambio sus rivales, mueren porque su golpe es mortal. La pelea con el Nuevo Cid es espectacular porque éste era un hombre  “... velloso muy alto, con la presencia espantaba... Fuime a él... tiróme una estocada y apartéla con la daga, y tirele otra... se la entré por la boca del estómago atravezándolo... yo también caí... El otro expiró luego.…”, (Ángel Esteban, p 156). 

     En su lucha por la supervivencia don Alonso se ve obligado a robar y lo hace sin contemplaciones, ni  importarle si sus víctimas son sus amigos, parientes o benefactores.  Los primeros  pinitos como manilargo los da en España cuando, antes de salirse del convento,  se sustrae de la celda  de su tía, una moneda de plata de a ocho reales, que en ese tiempo era una pieza de mucho valor. [xii] Es un robo justificado porque  iba a necesitar ese dinero para sobrevivir por unos días fuera del claustro. En Vitoria, estando al servicio de Francisco de Zeralta, también le roba: “Estuve con él cosa de tres meses, en los quales él, viéndome leer bien el latín, se me inclinó más, i me quiso dar estudio… Yo con esto determiné de dexarlo , i hícelo así: cogíle unos cuartos, concertéme con un arriero que partía para Valladolid en doce reales, i partí con él…,” (Rima de Vallbona, p 36).  De todas las fechorías que comete en América, la primera también  empieza con el robo, cuando decidió quedarse del barco para no regresar a España, “le hice  un tiro cuantioso a mi tío, cogiéndole quinientos pesos...” ( Castillo Lara, p 67).        

     Nos hemos acercado a la Monja Alférez por medio del aspecto masculino de su existencia, vida que ella escogió para poder vivir a plenitud, sin los tapujos que imponía la sociedad a la mujer. Sin embargo, creemos que la represión social femenina de esa época, aunque negativa, no era mal intencionada  Desde el punto de vista masculino, las mujeres eran especiales, porque éstas poseían algo que se creía muy valioso, la virginidad.  Cuando doña Catalina le confiesa al obispo que el delincuente, el pendenciero, el avezado ratero, el sanguinario, era en realidad una señora, el prelado piensa: “,,,que tenía este por el caso más notable... que había oído en su vida, “ [xiii] y,  al oír que esta mujer, a pesar de haber vivido entre hombres, había conservado su pureza, exclama: “Hija... os venero como una de las personas más notables de este mundo...” [xiv] Lo que no sabe el obispo es que doña Catalina había conservado el himen no por virtud sino porque era indiferente al deseo sexual. No hay ningún pasaje en su biografía que diga que tiene apetitos carnales.  Por lo tanto, creemos  que doña Catalina era asexual. No le atraen los hombres porque no hay indicio en su narración a alguna atracción erótica hacia algún individuo. La única ocasión en que admira a alguien del sexo opuesto, es cuando ve de cerca al rey Felipe III, a quien describe objetivamente: “Sobresalía el Rey en su brioso corcel, rostro delgado y enmarcado en la gorguera, fisonomía amable, bigotes enhiestos, barba recortada en punta, sombrero emplumado”, (Castillo Lara, p. 32).  Aunque estuvo involucrada en algunos líos de faldas, nunca tuvo relaciones íntimas con ninguna de sus novias, aunque por éstas sí, sentía atracción. Por ejemplo, el hermano visitaba a una dama y después él la visitó  sin su hermano. “Fui con mi hermano algunas veces a casa de una dama que allí tenía, y de ahí... algunas otras veces me fui sin él. El alcanzó a saberlo y concibió mal, y díjome [que] allí no entrase. Acechóme, y cogióme otra vez y esperóme, y al salir, me embistió a cintarazos, y me hirió en una mano,”(Castillo Lara, p. 116).  En Lima, cuando trabajaba como paje en casa  de Diego de Solarte tuvo un enredo amoroso con una de las cuñadas de aquél: “ ...[con] una que más se me inclinó, solía yo más jugar y triscar. Y un día, estando en el estrado peinándome acostado en su falda, y andándole en las piernas, llegó [Diego de Solarte] acaso a una reja por donde nos vido y oyó a ella que me decía que fuese al Potosí y buscase dinero, y nos casaríamos,” (Castillo Lara, p. 101).  En Tucumán, “una  señora . . viuda y buena mujer que me ayudó... me apeteció para su hija... me dio a entender que tendría a bien que me casase con la chica: ..la cual era una negra fea como unos diablos, muy contraria a mi gusto, que fue siempre de buenas caras.., [xv]. Al mismo tiempo, el canónigo de la iglesia quería casarlo con su sobrina, la cual  sí, le gustó a la Monja: “Vide a la moza y parecióme bien,” (Castillo Lara, p. 138). Pero, llegado el momento en que tiene que responder sexualmente, sus amoríos con mujeres terminan abruptamente. Don Alonso se libera del compromiso desapareciéndose del lugar: “Oculté lo que pude a la Yndia... Y hasta aquí llegava esto quando monté el cabo (sic) i me desaparecí; i no he sabido cómo se hubieron después la Negra i la Provisora,” (Rima de Vallbona, p. 70-71). 

     Después de confesarle al señor obispo  de Lima, que era mujer, Don Alonso se vistió de mujer por poco tiempo, para estar conforme con la sociedad. Aunque era común disfrazarse de hombre para el teatro, por ejemplo: Rosaura en La vida es sueño de Calderón. Don Gil de las calzas verdes de Tirso de Molina, La varona castellana de Lope de vega, etc., en la vida real, no lo era. [xvi]  De hecho, cuando se supo de esta fulana que se vestía de hombre,  “... la noticia se propagó por la ciudad, cuyos habitantes no tardaron en llenar las calles adyacentes al convento, con la esperanza de conocer tan extraordinario personaje,” [xvii] ”La gente se amontonaba para conocerla y le seguía los pasos por las calles”, (Castillo Lara, 286).  En Sevilla, “el ser mujer y andar vestida de hombre despertaba la curiosidad de la gente” (Castillo Lara, p. 289).  En Madrid, una mujer vestida de hombre estaba considerada en contra de las buenas costumbres. Cuando doña Catalina volvió a vestirse de hombre, el vicario ordenó que la tomaran prisionera,(Castillo Lara, p. 287). Es posible que esto tenga que ver con lo dice en la Biblia: “La mujer no se vista de hombre, ni el hombre se vista de mujer, por ser abominable delante de Dios quien tal hace. Quizás esto justifica que se necesitara permiso de la iglesia  para vestirse de hombre. Al fin, en Roma, doña Catalina consigue autorización para hacerlo: “Su Santidad... me concedió permiso para proseguir mi vida en hábito de hombre... “, (Rima de Valbona, p. 123).  Es obvio que, Después de tanto tiempo de llevar vestimentas de hombre, el traje de mujer le era incómodo. Las ropas masculinas se  convirtieron en una necesidad para ella.     

     Doña Catalina de Erauso sobresale entre las mujeres de su época porque forjó su propio destino. Se vistió con el traje que más se acomodaba a sus inclinaciones. Y, por encima de los dictados religiosos y sociales ella nunca fue, ni casada ni monja.

 

 

 

 Notas

 

[i] la Historia de la Monja Alférez, doña Catalina de Erauso, escrita por ella misma. Edición de D. Joaquín María de Ferrer. Paris: Imprenta de Julio Didot, 1829.

[ii] Lucas G. Castillo Lara. La asombrosa historia de doña Catalina de Erauso, La Monja Alférez, y sus prodigiosas aventuras en Indias (1602-1624). Caracas, Venezuela: Editorial Planeta, 1992, p. 21. De ahora en adelante entre paréntesis en el texto.

[iii] Vida y sucesos de la Monja Alférez. Edición, introducción y notas de Rima de Vallbona. Arizona: ASU, 1992, 115. De aquí en adelante como Rima de Vallbona, en el texto.

[iv] En el Perú, este detalles despertó sospechas de que era mujer. Recogido en el edición de D. Joaquín María de Ferrer, p. 127.

[v] Se dice que fue un italiano o una india mexicana le dio unos emplastos para que se le secasen  los senos.

[vi]Manuscrito de don Cándido María Trigueros, recogido en la edición de D. Joaquín María de Ferrer, p. 122.

[vii] Elzi Volk. Female Athletes and Menstrual Irregularities. Copyright © 2004 Think Muscle LLC. All rights reserved.

[viii] Se llamó Francisco Loyola los tres años que permaneció en España inmediatamente después de su huida. Otros nombres que usó fueron  Pedro de Orive y Alonso Días Ramírez de Guzmán. Por muchos años uso el nombre Antonio de Erauso.

[ix] Esteban, Angel. Historia de la Monja Alférez, Catalina de Erauso, escrita por ella misma. Madrid: Cátedra, 2002, p. 46.

[x] Belén Castro Morales, “Catalina de Erauso: la monja amazona”, Revista de Crítica Literaria Latinoamericana, año XXVI, nº 52, 2º semestre de 2000, p. 229. Felipe Giménez. Profesor de filosofía de IES Lecciones sobre Aristóteles. "Tratándose de la relación entre macho y hembra, el primero es superior y la segunda es inferior por naturaleza; el primero rige, la segunda es regida". Política, I, 1254 b 13.

[xi] Manuscrito de Trigueros, recogido en D. Joaquín María de Ferrer, p. 124

[xii] Ocho reales: Moneda de plata española acuñada en el siglo XVI en el reinado de Fernando VII. Se emitió en las cecas metropolitanas y en las dos de los territorios americanos donde había ricas minas de plata. Por su elevado valor intrínseco, era una pieza muy estimada, llegando a circular fuera de los dominios españoles aunque no tenía en ellos curso legal.

[xiii] Manuscrito de Trigueros, recogido en D. Joaquín María de Ferrer, p.  99

[xiv] Ibid

[xv] Jorge Beramendi. “Una travesty vasca en el Tucumán del siglo XVII.” Los Vascos Euskaldunak, publicación de La Fundación Vasco Argentina Juan de Garay, N° 30, 2005, Buenos Aires, pp. 23-27. Rima de Valbona, p.70.

[xvi] Mujeres que se vistieron de hombre: Juana de Arco en Francia, siglo XV, Catalina de Erauso in Spain, siglo XVII, Maria de Estrada, siglo XVI, participó con Hernán Cortés en la conquista de México. dona Isabel Barreto who "captained a fleet that sailed from Spain to the Philippines" (Mckendrick 43),

[xvii] Deuteronomio, cap.22

 

 

Bibliografía

Beramendi, Jorge “Una travesty vasca en el Tucumán del siglo XVII.” Los Vascos Euskaldunak, publicación de La Fundación Vasco Argentina Juan de Garay, N° 30, 2005, Buenos Aires.

Castillo Lara, Lucas G. La asombrosa historia de doña Catalina de Erauso, La Monja Alférez, y sus prodigiosas aventuras en Indias (1602-1624). Caracas, Venezuela: Editorial Planeta, 1992.

Castro Morales, Belén. “Catalina de Erauso: la monja amazona”, Revista de Crítica Literaria Latinoamericana, año XXVI, nº 52, 2º semestre de 2000.

Esteban, Angel. Historia de la Monja Alférez, Catalina de Erauso, escrita por ella misma. Madrid: Cátedra, 2002

Giménez, Felipe. Profesor de filosofía de IES Lecciones sobre Aristóteles.

Historia de la Monja Alférez, doña Catalina de Erauso, escrita por ella misma. Edición de Joaquín María de Ferrer. Paris: Imprenta de Julio Didot, 1829.

Trigueros, Cándido María. Manuscrito recogido en la edición de D. Joaquín María de Ferrer. 

Vida y sucesos de la Monja Alférez. Edición, introducción y notas de . Rima de Vallbona Arizona: ASU, 1992.

Volk, Elzi.  Female Athletes and Menstrual Irregularities. Copyright © 2004 Think Muscle LLC.

 

Niza Fabre nació en Guayaquil, Ecuador. Profesora, conferencista y escritora. Hizo sus estudios universitarios en la Universidad de la Ciudad de Nueva York. Actualmente es profesora de lengua y literatura española e hispanoamericana en Ramapo College de Nueva Jersey. Ha publicado un libro: Americanismos, indigenismos, neologismos y creación léxica en la obra de Jorge Icaza. Quito: Editorial Abrapalabra, 1993 y artículos sobre  literatura española e hispanoamericana. Desde 1994 es editora de  The Cultural Journal, Ramapo College Literary Magazine. Ha participado en congresos literarios en Brasil, Ecuador, España, México y Estados Unidos.