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En la Historia de la Monja Alférez, doña Catalina de
Erauso, escrita
por ella misma[i],
queda plasmada la
circunstancia de la mujer en la España de la primera mitad
del siglo XVII. En una época en que el destino de las hijas
depende de los varones de la familia, para una joven sólo hay
dos opciones, casada o monja. En la familia Erauso, el padre
decide lo segundo para Catalina, María Juana, Isabel y
Jacinta; pero, al contrario de sus tres hermanas que acatan la
voluntad de su progenitor, Catalina no se conforma con
quedarse a vivir en el claustro; tenía el convencimiento de
que la vida monástica no era para ella: “Me siento
desasosegada y tengo grandes dudas sobre mi vocación ... me
gustaría un género de vida más activa, recorrer el
mundo... Envidio a los hombres que pueden ir donde quieran
libremente, y en ocasiones quisiera ser como ellos.”
[ii]
Por mucho
tiempo La novicia acariciaba la idea de escaparse. Poco antes
de su huida, al cerrarse el portón que daba a la calle tendió
una “... curiosa mirada al desierto camino, que alineado
entre altos árboles se llenaba de sombras.” (Castillo Lara, p.
93). Esa sería la ruta que la llevaría a la libertad. La
ansiada oportunidad de dar el paso decisivo hacia su
independencia se le presenta cuando “vio colgadas de un clavo
las llaves del convento,” (Castillo Lara, p. 22).
Al tomar la determinación de huir, no sólo evadió el
compromiso de hacerse monja sino que tácitamente renegó de su
orden y de su religión. Esto se comprueba, años más tarde
cuando dice: “... Proseguí mi viaje á la ciudad de Santa Fe de
Bogotá, en el Nuevo Reino de Granada: vide al señor obispo D.
Julián de Cortázar, el cual me instó mucho a que me quedase
allá en el convento de mi orden: yo le dije que no tenía yo
orden ni religión,
[iii]
Si el objetivo de Catalina era ser libre, para lograrlo,
escaparse no hubiera sido suficiente. La única manera de
sobrevivir en esa sociedad patriarcal, era disfrazándose de
hombre. Lo hizo. Como tal, pasa casi toda su existencia,
sacando partido de lo que constituye ser varón. Por lo tanto,
para acercarnos a nuestro personaje, en el entorno social del
siglo XVII, tomamos como punto de partida su aspecto
masculino, lo cual le permite lograr la independencia que le
hubiera sido vedada de haber conducido su existencia como
mujer. Sin embargo, lo insólito de su transformación estriba
en que al travestirse, sólo cambia sus vestimentas porque su
naturaleza, su inclinación y sus preferencias ya eran de varón
desde antes de despojarse de sus ropas femeninas. En una
ocasión, estando todavía en el convento, la joven Catalina, le
dice a la monja portera que quisiera ser como los hombres;
ésta le responde: “Debes controlar tus ímpetus varoniles.
Nosotras las mujeres debemos ser siempre recatadas, no sólo en
el convento sino en todas partes”, (Castillo Lara, p. 21).
Esta advertencia confirma que doña Catalina era diferente.
En la vida fuera del claustro, nuestra autora, no sólo se
conduce como hombre sino que siente y piensa como tal. Por
ejemplo, se indigna cuando lo llaman cornudo: “... como a
las once viniéndome para casa,, en una esquina divisé a un
hombre parado, tercié la capa, saqué la espada, y proseguí mi
camino hacia él. Llegando cerca, se me arrojó tirándome y
diciendo: pícaro cornudo- . . .entréle una punta y cayó
muerto,” (Rima de Vallbona, p. 87). En otro incidente,
durante un juego de cartas, refiere “... me dixo que mentía
como cornudo; yo saqué la espada i entrésela por el pecho... “
(Rima de Vallbona, p. 36). En otro de sus tantos lances de
juego, su contendor le dijo: “embido un cuerno.” El contesta.
“Quedo i rebido el otro que le queda.” El juego terminó pero
la ofensa quedo pendiente, para que más tarde se trenzaran en
una pelea a cuchilladas, (Rima de Vallbona, pp. 84-85).
Catalina
vivió exitosamente como hombre por muchos años, favorecida por
su apariencia varonil, pero un movimiento mujeril de sus manos
despertó las sospechas sobre su masculinidad. Sus compañeros
de milicia se fijaron en las gesticulaciones del compañero:
“... las tiene abultadas y carnosas, y robustas y fuertes, las
mueve algo como mujer”.[iv]
Esto sucedió en el Perú; al ver que su secreto estaba a punto
de descubrirse, decidió confesarle al obispo toda la verdad
sobre su vida e identidad sexual.
En cuanto
al resto de su cuerpo, desde muy tierna, era hombruna. A los
quince años: “Era una joven de estatura grande, ancha de
hombros, un tanto abultada de carnes... de torso plano... no
tenía senos, porque se los secó
[v], los
cabellos... cortos como de hombre, con su poco de melena, a la
usanza de la época, voz algo ronca… el andar desenvuelto,”
(Castillo Lara, p. 26). Dos años más tarde, “... en sus 17
años bien representados, tenía todo el aspecto de un mocetón
fuerte y espigado,” (Castillo Lara, p. 41). A los cincuenta y
dos años “tenía algunos pocos pelillos por bigote,”[vi]. No
menstruaba porque en ningún momento se menciona algún
incidente al respecto, ni directa ni indirectamente. Es
posible, que debido a la vida dura que llevaba: constantes
viajes por mar y tierra; recorriendo caminos de herradura,
subiendo y bajando montañas, desempeñando oficios y obras de
mano, peleando violentamente cuerpo a cuerpo, con piedras, con
cuchillo, o con espada; Ni que decir de los
enfrentamientos bélicos con los indios, encarcelamientos,
pernoctando en mesones o a la intemperie, etc. Todo esto,
junto con su complexión fornida de gladiadora puede haber
contribuido a que se le suspendiera la regla o quizás nunca la
tuvo. En un articulo titulado Female Athletes and
Menstrual Irregularities publicado por
Elzi Volk.en
el año 2004, se lee: “... amenorrhea occurs nearly 20
times more frequently in female athletes compared to the
general population. According to a recent review... amenorrhea
is reported to exist in up to 50% of female athletes,”[vii] (La
amenorrea ocurre cerca de veinte veces más frecuente en
mujeres atletas en comparación con la populación en general.
De acuerdo a estudios recientes se reporta que la amenorrea
existe en el cincuenta por ciento de las mujeres atletas). La
traducción es mía.
Catalina
vive intensamente su experiencia masculina: aguerrido,
aventado, audaz, fuerte, mientras sus compañeros sucumben, él
sobrevive los más duros embates. Un ejemplo de esto es cuando
ella y dos amigos siguen la ruta de los Andes: “bordeando
precipicios y desfiladeros, escalando resbaladizas peñas,
soportando lluvias, nieve y un frío cortante... seguimos la
cordillera arriba... sin topar en ellas, ni en otras
trescientas que anduvimos, un bocado de pan, rara vez agua, y
algunas yerbezuelas y animalejos...” ( Castillo Lara, p. 132).
Sus dos compañeros de viaje no resisten el rigor de la
cordillera, pero don Alonso[viii]
sobrevive y no se acobarda al ver los cadáveres de sus
amigos. Por lo tanto, la Monja es un desafío a la “naturaleza
que crió generalmente a las mujeres cobardes y flacas,”[ix].
Según una de las reglas aristotélicas, el rasgo femenino es la
debilidad física y mental, . . la fortaleza y la prudencia no
compete a la mujer, sino al hombre.[x]
Truhán,
pendenciero y calavera, se desempeña sin dificultad como ”...
grumete de barco, lugar teniente de batallas, presidiario,
alférez, arriero, etc. Diestro con las armas, siempre “trae
la espada bien ceñida”; no hay quien le gane con el florete,
la bala, la piedra o el cuchillo: La mayoría de sus
contendores terminan muertos o mal heridos.: “Hallóse en otra
batalla peligrosa... ella con su valor retiró a los enemigos,
y matando al que llevaba la bandera, la recobró, quedándose
como Alférez de la compañía, no por gracia sino por su propio
valor,”
[xi] Con satisfacción
rememora, una agarrada con un italiano: “Sacamos las espadas y
empezamos a tirar; y en esto veo a otro que se pone a su lado:
ambos jugaron de cuchillada yo de punta: entréle al italiano
una estocada, de que cayó... “ (Ferrer, p. 116). A veces
también lo hieren, pero siempre se recupera, en cambio sus
rivales, mueren porque su golpe es mortal. La pelea con el
Nuevo Cid es espectacular porque éste era un hombre “...
velloso muy alto, con la presencia espantaba... Fuime a él...
tiróme una estocada y apartéla con la daga, y tirele otra...
se la entré por la boca del estómago atravezándolo... yo
también caí... El otro expiró luego.…”, (Ángel Esteban, p
156).
En su lucha
por la supervivencia don Alonso se ve obligado a robar y lo
hace sin contemplaciones, ni importarle si sus víctimas son
sus amigos, parientes o benefactores. Los primeros pinitos
como manilargo los da en España cuando, antes de salirse del
convento, se sustrae de la celda de su tía, una moneda de
plata de a ocho reales, que en ese tiempo era una pieza de
mucho valor.
[xii] Es un robo
justificado porque iba a necesitar ese dinero para sobrevivir
por unos días fuera del claustro. En Vitoria, estando al
servicio de Francisco de Zeralta, también le roba: “Estuve con
él cosa de tres meses, en los quales él, viéndome leer bien el
latín, se me inclinó más, i me quiso dar estudio… Yo con esto
determiné de dexarlo , i hícelo así: cogíle unos cuartos,
concertéme con un arriero que partía para Valladolid en doce
reales, i partí con él…,” (Rima de Vallbona, p 36). De todas
las fechorías que comete en América, la primera también
empieza con el robo, cuando decidió quedarse del barco para no
regresar a España, “le hice un tiro cuantioso a mi tío,
cogiéndole quinientos pesos...” ( Castillo Lara, p
67).
Nos hemos
acercado a la Monja Alférez por medio del aspecto masculino de
su existencia, vida que ella escogió para poder vivir a
plenitud, sin los tapujos que imponía la sociedad a la mujer.
Sin embargo, creemos que la represión social femenina de esa
época, aunque negativa, no era mal intencionada Desde el
punto de vista masculino, las mujeres eran especiales, porque
éstas poseían algo que se creía muy valioso, la virginidad.
Cuando doña Catalina le confiesa al obispo que el delincuente,
el pendenciero, el avezado ratero, el sanguinario, era en
realidad una señora, el prelado piensa: “,,,que tenía este por
el caso más notable... que había oído en su vida, “
[xiii] y, al oír que
esta mujer, a pesar de haber vivido entre hombres, había
conservado su pureza, exclama: “Hija... os venero como una de
las personas más notables de este mundo...”
[xiv] Lo que no sabe el
obispo es que doña Catalina había conservado el himen no por
virtud sino porque era indiferente al deseo sexual. No hay
ningún pasaje en su biografía que diga que tiene apetitos
carnales. Por lo tanto, creemos que doña Catalina era
asexual. No le atraen los hombres porque no hay indicio en su
narración a alguna atracción erótica hacia algún individuo. La
única ocasión en que admira a alguien del sexo opuesto, es
cuando ve de cerca al rey Felipe III, a quien describe
objetivamente: “Sobresalía el Rey en su brioso corcel, rostro
delgado y enmarcado en la gorguera, fisonomía amable, bigotes
enhiestos, barba recortada en punta, sombrero emplumado”,
(Castillo Lara, p. 32). Aunque estuvo involucrada en algunos
líos de faldas, nunca tuvo relaciones íntimas con ninguna de
sus novias, aunque por éstas sí, sentía atracción. Por
ejemplo, el hermano visitaba a una dama y después él la
visitó sin su hermano. “Fui con mi hermano algunas veces a
casa de una dama que allí tenía, y de ahí... algunas otras
veces me fui sin él. El alcanzó a saberlo y concibió mal, y
díjome [que] allí no entrase. Acechóme, y cogióme otra vez y
esperóme, y al salir, me embistió a cintarazos, y me hirió en
una mano,”(Castillo Lara, p. 116). En Lima, cuando trabajaba
como paje en casa de Diego de Solarte tuvo un enredo amoroso
con una de las cuñadas de aquél: “ ...[con] una que más se me
inclinó, solía yo más jugar y triscar. Y un día, estando en el
estrado peinándome acostado en su falda, y andándole en las
piernas, llegó [Diego de Solarte] acaso a una reja por donde
nos vido y oyó a ella que me decía que fuese al Potosí y
buscase dinero, y nos casaríamos,” (Castillo Lara, p. 101).
En Tucumán, “una señora . . viuda y buena
mujer que me ayudó... me apeteció para su hija... me dio a
entender que tendría a bien que me casase con la chica: ..la
cual era una negra fea como unos diablos, muy contraria a
mi gusto, que fue siempre de buenas
caras..,”
[xv]. Al mismo tiempo,
el canónigo de la iglesia quería casarlo con su sobrina, la
cual sí, le gustó a la Monja: “Vide a la moza y parecióme
bien,” (Castillo Lara, p. 138). Pero, llegado el momento en
que tiene que responder sexualmente, sus amoríos con mujeres
terminan abruptamente. Don Alonso se libera del compromiso
desapareciéndose del lugar: “Oculté lo que pude a la Yndia...
Y hasta aquí llegava esto quando monté el cabo (sic) i me
desaparecí; i no he sabido cómo se hubieron después la Negra i
la Provisora,” (Rima de Vallbona, p. 70-71).
Después de confesarle al señor obispo de Lima, que era mujer,
Don Alonso se vistió de mujer por poco tiempo, para estar
conforme con la sociedad. Aunque era común disfrazarse de
hombre para el teatro, por ejemplo: Rosaura en La vida es
sueño de Calderón. Don Gil de las calzas verdes de
Tirso de Molina, La varona castellana de Lope de vega,
etc., en la vida real, no lo era.
[xvi]
De hecho, cuando se supo de esta fulana que se vestía de
hombre, “... la noticia se propagó por la ciudad, cuyos
habitantes no tardaron en llenar las calles adyacentes al
convento, con la esperanza de conocer tan extraordinario
personaje,”
[xvii]
”La gente se amontonaba para conocerla y le seguía los pasos
por las calles”, (Castillo Lara, 286). En Sevilla, “el ser
mujer y andar vestida de hombre despertaba la curiosidad de la
gente” (Castillo Lara, p. 289). En Madrid, una mujer vestida
de hombre estaba considerada en contra de las buenas
costumbres. Cuando doña Catalina volvió a vestirse de hombre,
el vicario ordenó que la tomaran prisionera,(Castillo Lara, p.
287). Es posible que esto tenga que ver con lo dice en la
Biblia: “La mujer no se vista de hombre, ni el hombre se vista
de mujer, por ser abominable delante de Dios quien tal hace.
Quizás esto justifica que se necesitara
permiso de la iglesia para vestirse de hombre. Al fin, en
Roma, doña Catalina consigue autorización para hacerlo: “Su
Santidad... me concedió permiso para proseguir mi vida en
hábito de hombre... “, (Rima de Valbona, p. 123). Es obvio
que, Después de tanto tiempo de llevar vestimentas de hombre,
el traje de mujer le era incómodo. Las ropas masculinas se
convirtieron en una necesidad para ella.
Doña Catalina de Erauso sobresale entre las mujeres de su
época porque forjó su propio destino. Se vistió con el traje
que más se acomodaba a sus inclinaciones. Y, por encima de los
dictados religiosos y sociales ella nunca fue, ni casada ni
monja.

Notas
[i]
la Historia de la Monja Alférez, doña Catalina de Erauso,
escrita por ella misma. Edición de D. Joaquín María de Ferrer.
Paris: Imprenta de Julio Didot, 1829.
[ii]
Lucas G. Castillo Lara. La asombrosa historia de doña Catalina
de Erauso, La Monja Alférez, y sus prodigiosas aventuras en
Indias (1602-1624). Caracas, Venezuela: Editorial Planeta,
1992, p. 21. De ahora en adelante entre paréntesis en el
texto.
[iii]
Vida y sucesos de la Monja Alférez.
Edición, introducción y notas de Rima de Vallbona. Arizona:
ASU, 1992, 115. De aquí en adelante como Rima de Vallbona, en
el texto.
[iv] En el Perú, este
detalles despertó sospechas de que era mujer. Recogido en el
edición de D. Joaquín María de Ferrer, p. 127.
[v]
Se dice que fue un italiano o una india mexicana le dio unos
emplastos para que se le secasen los senos.
[vi]Manuscrito
de don Cándido María Trigueros, recogido en la edición de D.
Joaquín María de Ferrer, p. 122.
[vii]
Elzi Volk. Female Athletes and Menstrual Irregularities.
Copyright © 2004 Think Muscle LLC. All rights reserved.
[viii]
Se llamó Francisco Loyola los tres años que permaneció en
España inmediatamente después de su huida. Otros nombres que
usó fueron Pedro de Orive y Alonso Días Ramírez de Guzmán.
Por muchos años uso el nombre Antonio de Erauso.
[ix]
Esteban, Angel. Historia de la Monja Alférez, Catalina de
Erauso, escrita por ella misma. Madrid: Cátedra, 2002, p. 46.
[x]
Belén Castro Morales, “Catalina de Erauso: la monja amazona”,
Revista de Crítica Literaria Latinoamericana, año XXVI, nº 52,
2º semestre de 2000, p. 229. Felipe Giménez. Profesor de
filosofía de IES Lecciones sobre Aristóteles. "Tratándose de
la relación entre macho y hembra, el primero es superior y la
segunda es inferior por naturaleza; el primero rige, la
segunda es regida". Política, I, 1254 b 13.
[xi]
Manuscrito de Trigueros, recogido en D. Joaquín María de
Ferrer, p. 124
[xii]
Ocho reales: Moneda de plata española acuñada en el siglo XVI
en el reinado de Fernando VII. Se emitió en las cecas
metropolitanas y en las dos de los territorios americanos
donde había ricas minas de plata. Por su elevado valor
intrínseco, era una pieza muy estimada, llegando a circular
fuera de los dominios españoles aunque no tenía en ellos curso
legal.
[xiii] Manuscrito de
Trigueros, recogido en D. Joaquín María de Ferrer, p. 99
[xiv] Ibid
[xv]
Jorge Beramendi. “Una travesty vasca en el Tucumán del siglo
XVII.” Los Vascos Euskaldunak, publicación de La Fundación
Vasco Argentina Juan de Garay, N° 30, 2005, Buenos Aires, pp.
23-27. Rima de Valbona, p.70.
[xvi]
Mujeres que se vistieron de hombre: Juana de Arco en Francia,
siglo XV, Catalina de Erauso in Spain, siglo XVII, Maria de
Estrada, siglo XVI, participó con Hernán Cortés en la
conquista de México. dona Isabel Barreto who "captained a
fleet that sailed from Spain to the Philippines" (Mckendrick
43),
[xvii]
Deuteronomio, cap.22
Bibliografía
Beramendi, Jorge “Una travesty vasca en
el Tucumán del siglo XVII.” Los Vascos Euskaldunak,
publicación de La Fundación Vasco Argentina Juan de Garay, N°
30, 2005, Buenos Aires.
Castillo Lara, Lucas G. La asombrosa
historia de doña Catalina de Erauso, La Monja Alférez, y sus
prodigiosas aventuras en Indias (1602-1624). Caracas,
Venezuela: Editorial Planeta, 1992.
Castro Morales, Belén. “Catalina de
Erauso: la monja amazona”, Revista de Crítica Literaria
Latinoamericana, año XXVI, nº 52, 2º semestre de 2000.
Esteban, Angel. Historia de la Monja
Alférez, Catalina de Erauso, escrita por ella misma. Madrid:
Cátedra, 2002
Giménez,
Felipe. Profesor de filosofía de IES Lecciones sobre
Aristóteles.
Historia de la Monja Alférez, doña
Catalina de Erauso, escrita por ella misma. Edición de Joaquín
María de Ferrer. Paris: Imprenta de Julio Didot, 1829.
Trigueros, Cándido María. Manuscrito
recogido en la edición de D. Joaquín María de Ferrer.
Vida y sucesos de la Monja Alférez.
Edición, introducción y notas de . Rima de Vallbona Arizona:
ASU, 1992.
Volk, Elzi. Female
Athletes and Menstrual Irregularities. Copyright © 2004
Think Muscle LLC.

Niza Fabre
nació en
Guayaquil, Ecuador. Profesora, conferencista y escritora. Hizo
sus estudios universitarios en la Universidad de la Ciudad de
Nueva York. Actualmente es profesora de lengua y literatura
española e hispanoamericana en Ramapo College de Nueva Jersey.
Ha publicado un libro: Americanismos, indigenismos,
neologismos y creación léxica en la obra de Jorge Icaza.
Quito: Editorial Abrapalabra, 1993 y artículos sobre
literatura española e hispanoamericana. Desde 1994 es editora
de The Cultural Journal, Ramapo College Literary
Magazine. Ha participado en congresos literarios en Brasil,
Ecuador, España, México y Estados Unidos.

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