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“Mi calle tiene un
oscuro bar
húmedas paredes
pero sé que alguna
vez
cambiará mi suerte”
Lone Star
Al final del amanecer, Lucas salió de aquel oscuro bar y se encontró
con la ciudad inerte, desolada. Había pasado la noche bebiendo y
bailando junto a un grupo de mujeres aún desconocidas. Sus
titubeantes pasos le encaminaron hacia la playa. Allí dejó caer, muy
cerca de la orilla, su bolso y su agotado cuerpo. Comenzó a
construir lentamente una pequeña casa de arena sobre un breve
montículo de piedras. Cuando hubo terminado su obra, sin despojarse
del disfraz de mujer ni del calzado de larguísimos tacones de aguja,
se incorporó y entró en el mar, vencido. Permitió durante un rato
que las olas jugaran con su cuerpo y regresó a la orilla con la
cara aún pintada.
Inmerso en balbuceos y
alcohólicas derivaciones, alcanzó a gritar:
¡He robado al enemigo
su bandera blanca de la guerra!
¡Chatarra militar!
–alcanzó a escuchar de sus propios labios.
-¡Estoy harto de esta
isla y de sus soluciones sospechosas!
Y se alejó
adentrándose de nuevo en la ciudad, mientras murmuraba:
-Zapato y pie,
mariposa en el asfalto, máquina de dimitir, irrevocable.
1
A la mañana siguiente, Lucas despertó muy temprano. Sus sonámbulos
pasos le llevaron por inercia hasta el porche del apartamento. La
noche aún estaba ahí, lujuriosa, desnuda y sin luna que la cubriese,
dejándose ver todas sus estrellas. Adormecido, no consiguió recordar
si se trataba de la Osa Mayor o de la otra, pero reconoció a primera
vista la virtud geométrica de aquellos lunares luminosos. Eran las
seis de la mañana de un febrero atlántico en las cercanías de las
costas del Sáhara. El panorama astral lucía brillante sobre el azul
marino del cielo.
Sentado en la terraza observó una y otra vez el magnífico paisaje
estelar a través de la cuadrícula del voladizo de madera que lo
enmarcaba. Se quedó allí, sintiendo la brisa fresca que venía del
mar acariciando las pocas palmeras que aún quedaban por aquí.
Se le antojó lento aquel amanecer mientras escuchaba el leve rumor
de las hojas. El perfil de las montañas había comenzado a cobrar
importancia sobre el cielo que ahora plagiaba descaradamente el
color del mar. Tan fácil como parece la respuesta, se preguntó si
ese era un amanecer cualquiera. Trató de descifrar el lenguaje de
esos signos y luces cambiantes mientras preparó café.
Desde la ventana de la cocina, el cielo parecía más celeste ahora.
Apenas permanecían encendidas tres estrellas en perfecta alineación.
Tomó café y encendió un cigarrillo mientras observó atravesar el
cielo la luz intermitente de un avión de línea, probablemente
cargado de turistas. Las nubes blancas comenzaron a ser pintadas
sobre el gran lienzo celeste. En las colinas lejanas se divisaba un
ejército blanco de modernos y ecológicos molinos de viento que
parecían avanzar silenciosamente.
Lucas estaría aún dormido a no ser porque en algunos lugares del
mundo eso que solemos llamar amanecer es habitualmente acompañado de
cantos de gallos y ladridos de perros que hoy parecen urgir a la
mañana a darse cuenta de ese momento en que él se disponía a afeitar
su longevo bigote.
A las nueve de la mañana, en la isla de Gran Canaria los gallos hace
rato que dejaron de cantar y probablemente ahora estén dedicados a
las labores propias de su sexo, picoteando incansablemente sobre el
lomo de las gallinas y alternativamente sobre el suelo en busca de
algún resto de comida. Los perros (y las perras) aún dialogan a
kilómetros de distancia como auténticos voceros de la mañana, quizá
comunicando sus noticias cual dignos y desprejuiciados vendedores de
diarios, o quizá simplemente deseándose buena suerte unos a otros
para el día que les viene encima.
Lo cierto es que este absurdo lugar donde vive Lucas comienza a
estar erizado de grúas y antenas de telefonía móvil. El cemento lo
está invadiendo todo y avanza inexorable sepultando los restos de la
no menos absurda ultraperiferia rural. Aquí aún sobreviven algunos
corrales de gallinas ponedoras, cabras, vacas, pollos y conejos. En
los pocos embalses para regadío que aún se vislumbran, chapotean
algunos patos sobre apenas unos centímetros de agua y barro. Las
palomas sobrevuelan juguetonas el paisaje y se posan en los tendidos
eléctricos formando algo parecido a collares de coral. Las
plataneras sin embargo languidecen tomando el color del abandono.
Poco antes de morir, su
amigo Andrés le había explicado que esta especie de frontera entre
la ciudad y el campo era en esos momentos su lugar preferido a la
hora de obtener "la foto definitiva" y así lo hizo. Para un artista
como Andrés, este era el límite donde la arquitectura de
autoconstrucción cedía espacio para dejar paso a los adosados y
colmenas de viviendas pseudo rurales, produciéndose un cambio
psicosocial más profundo que la simple, aparente y pretenciosamente
moderna escenografía. Algo así como el principio del fin del ámbito
campestre, un límite y frontera en movimiento constante que está
provocando que en esta isla se produzca una implacable y general
soriasis en la vegetación, en el paisaje y en la propia gente,
convirtiéndolo todo a su paso en ultraperiferia digital.
2
A pesar del efecto
Photoshop
que había logrado, Lucas no sabría decirnos si su máquina de afeitar
dispone de tecnología digital o analógica. Tampoco sabe si está
provocando su propia y particular soriasis. El caso es que la
patética zona blanquecina que luce ahora ante el espejo del baño,
justo debajo de lo que parece ser su nariz, señala y corresponde por
sí misma al lugar donde hacía treinta y dos años decidió dejar
crecer su querido mostacho. El bigote, su bigote, había permanecido
ahí durante todo ese tiempo. Toda su historia, que quizá alguna vez
se atreva a contarnos, permanece ahora hecha añicos en el depósito
para los pelillos de su flamante Philips-Shave.
Nunca imaginó que fuera su
terapeuta la persona que consiguiera, con una simple recomendación,
hacerle abandonar esa cuanto menos peculiar característica de su
imagen pública. La verdad es que aún se preguntaba por las
auténticas razones de aquel especial consejo y de si acaso éste
obedeció exclusivamente a una cuestión puramente estética. Por
momentos dudó de su propia identidad. Se sintió tan inseguro como si
juntara en una misma ceremonia el día de su primera comunión, la
jura de bandera en el ejército y sus dos bodas.
Finalmente decidió
broncearse; tomó un zumo de zanahorias, se puso las gafas de sol aún
dentro de la casa y salió escaleras abajo rumbo a la playa
aprovechando que el resto del mundo parecía dormir aún. Durante el
trayecto, se miró setecientas veces la ausencia de bigote en el
espejo del coche.
No soy yo – se decía.
Eligió una playa donde fuera
imposible el encuentro con alguien conocido y permaneció inmóvil
bajo los rayos del Sol durante muy largo rato. Cuando regresó a la
casa ya eran casi las seis de la tarde. Una de sus características
cutáneas consiste en que el Sol no consigue enrojecerle la piel. El
bronceado que consiguió fue algo exagerado, aunque su zona cero
sigue siendo un evidente signo de la devastación capilar sufrida. La
comisura de su labio superior tomó un indeseable y estúpido color
rosa pálido.
-Estoy seguro, no soy yo, aún no-
Lucas siguió yendo a la
playa durante varios días hasta que logró el bronceado perfecto. En
ese ir y venir junto al mar, mirándose en el espejo del coche, había
descubierto que, aparte de no ser un conductor muy responsable y de
estar a punto de tener un accidente, su cuerpo estaba compuesto de
carne y hueso, como los de aquellas chicas del bar en la noche de
Carnaval.
-Ahora me quiero un poco más y sé leer en las gotas
de lluvia de mi ventana donde está escrito un cariñoso: <buenos
días guapetón> -Pensó mientras conducía.
-Es lunes, aunque no lo parece. Escucho en la radio a
Nick Cave, <Into my arms>. Nick me recuerda que hay un dios
demasiado intervencionista, que siempre amanece y que además mi
terapeuta tiene razón. Vale, es lunes y el día despierta húmedo.
Miro a través de la ventana y leo en el cristal: <buenos días
guapetón>. Febrero sigue ahí afuera; alguien ha reunido en su
azotea cientos de palomas blancas que se posan en los cables del
tendido eléctrico formando collares de coral. Ahora, por fin, me
reconozco, Lucas soy yo.
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