Miami
Estados Unidos
Año X

 Nº 57/58

Escríbanos    

 

Publicada por Ediciones Baquiana

Director Ejecutivo

Patricio E. Palacios

Directora de Redacción

Maricel Mayor Marsán

Consejo de Redacción

 Dra. Aida M. Beaupied

Chestnut Hills College

Pensilvania

 

 Dra. Niza Fabre

Ramapo College

Mahwah, Nueva Jersey

 

 Dr. René C. Izquierdo

Miami Dade College Recinto de Kendall

 

Dr. Humberto López Cruz

Universidad Central de la Florida en Orlando

 

Dra. Myra Medina

Miami Dade College

Recinto Norte

 

Dr. Gerardo Piña Rosales

Universidad de la Ciudad de Nueva York (CUNY)

Universidad de Columbia

Nueva York

 

Dra. Alicia E. Vadillo

Universidad Estatal de Nueva York en Oswego

 

Dra. Lidia Versón

Universidad de

Puerto Rico

 Recinto de Río Piedras

 

Asesor Técnico

Luis H. Beltrán

 

Asesor de Arte

Carlos Quevedo

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 


 

CARNAVAL

 

 por

Rafael Hierro Rivero

 


“Mi calle tiene un oscuro bar 

húmedas paredes

pero sé que alguna vez 

cambiará mi suerte”

                                                           Lone Star

         

           

     Al final del amanecer, Lucas salió de aquel oscuro bar y se encontró con la ciudad inerte, desolada. Había pasado la noche bebiendo y bailando junto a un grupo de mujeres aún desconocidas. Sus titubeantes pasos le encaminaron hacia la playa. Allí dejó caer, muy cerca de la orilla, su bolso y su agotado cuerpo. Comenzó a construir lentamente una pequeña casa de arena sobre un breve montículo de piedras. Cuando hubo terminado su obra, sin despojarse del disfraz de mujer ni del calzado de larguísimos tacones de aguja, se incorporó y entró en el mar, vencido. Permitió durante un rato que las olas jugaran con su cuerpo y  regresó a la orilla con la cara aún pintada.

 

Inmerso en balbuceos y alcohólicas derivaciones, alcanzó a gritar:

 

¡He robado al enemigo su bandera blanca de la guerra!

 

¡Chatarra militar!  –alcanzó a escuchar de sus propios labios.

 

-¡Estoy harto de esta isla y de sus soluciones sospechosas!

 

Y se alejó adentrándose de nuevo en la ciudad, mientras murmuraba:

 

-Zapato y pie, mariposa en el asfalto, máquina de dimitir, irrevocable.

           

1

 

     A la mañana siguiente, Lucas despertó muy temprano. Sus sonámbulos pasos le llevaron por inercia hasta el porche del apartamento. La noche aún estaba ahí, lujuriosa, desnuda y sin luna que la cubriese, dejándose ver todas sus estrellas. Adormecido, no consiguió recordar si se trataba de la Osa Mayor o de la otra, pero reconoció a primera vista la virtud geométrica de aquellos lunares luminosos. Eran las seis de la mañana de un febrero atlántico en las cercanías de las costas del Sáhara. El panorama astral lucía brillante sobre el azul marino del cielo.

     Sentado en la terraza observó una y otra vez el magnífico paisaje estelar a través de la cuadrícula del voladizo de madera que lo enmarcaba. Se quedó allí, sintiendo la brisa fresca que venía del mar acariciando las pocas palmeras que aún quedaban por aquí.

     Se le antojó lento aquel amanecer mientras escuchaba el leve rumor de las hojas. El perfil de las montañas había comenzado a cobrar importancia sobre el cielo que ahora plagiaba descaradamente el color del mar. Tan fácil como parece la respuesta, se preguntó si ese era un amanecer cualquiera. Trató de descifrar el lenguaje de esos signos y luces cambiantes mientras preparó café.

     Desde la ventana de la cocina, el cielo parecía más celeste ahora. Apenas permanecían encendidas tres estrellas en perfecta alineación. Tomó café y encendió un cigarrillo mientras observó atravesar el cielo la luz intermitente de un avión de línea, probablemente cargado de turistas. Las nubes blancas comenzaron a ser pintadas sobre el gran lienzo celeste. En las colinas lejanas se divisaba un ejército blanco de modernos y ecológicos molinos de viento que parecían avanzar silenciosamente.

     Lucas estaría aún dormido a no ser porque en algunos lugares del mundo eso que solemos llamar amanecer es habitualmente acompañado de cantos de gallos y ladridos de perros que hoy parecen urgir a la mañana a darse cuenta de ese momento en que él se disponía a afeitar su longevo bigote.

     A las nueve de la mañana, en la isla de Gran Canaria los gallos hace rato que dejaron de cantar y probablemente ahora estén dedicados a las labores propias de su sexo, picoteando incansablemente sobre el lomo de las gallinas y alternativamente sobre el suelo en busca de algún resto de comida. Los perros (y las perras) aún dialogan a kilómetros de distancia como auténticos voceros de la mañana, quizá comunicando sus noticias cual dignos y desprejuiciados vendedores de diarios, o quizá simplemente deseándose buena suerte unos a otros para el día que les viene encima.

     Lo cierto es que este absurdo lugar donde vive Lucas comienza a estar erizado de grúas y antenas de telefonía móvil. El cemento lo está invadiendo todo y avanza inexorable sepultando los restos de la no menos absurda ultraperiferia rural. Aquí aún sobreviven algunos corrales de gallinas ponedoras, cabras, vacas, pollos y conejos. En los pocos embalses para regadío que aún se vislumbran, chapotean algunos patos sobre apenas unos centímetros de agua y barro. Las palomas sobrevuelan juguetonas el paisaje y se posan en los tendidos eléctricos formando algo parecido a collares de coral. Las plataneras sin embargo languidecen tomando el color del abandono.

     Poco antes de morir, su amigo Andrés le había explicado que esta especie de frontera entre la ciudad y el campo era en esos momentos su lugar preferido a la hora de obtener "la foto definitiva" y así lo hizo. Para un artista como Andrés, este era el límite donde la arquitectura de autoconstrucción cedía espacio para dejar paso a los adosados y colmenas de viviendas pseudo rurales, produciéndose un cambio psicosocial más profundo que la simple, aparente y pretenciosamente moderna escenografía. Algo así como el principio del fin del ámbito campestre, un límite y frontera en movimiento constante que está provocando que en esta isla se produzca una implacable y general soriasis en la vegetación, en el paisaje y en la propia gente, convirtiéndolo todo a su paso en ultraperiferia digital.

                                                               

2

 

     A pesar del efecto Photoshop que había logrado, Lucas no sabría decirnos si su máquina de afeitar dispone de tecnología digital o analógica. Tampoco sabe si está provocando su propia y particular soriasis. El caso es que la patética zona blanquecina que luce ahora ante el espejo del baño, justo debajo de lo que parece ser su nariz, señala y corresponde por sí misma al lugar donde hacía treinta y dos años decidió dejar crecer su querido mostacho. El bigote, su bigote, había permanecido ahí durante todo ese tiempo. Toda su historia, que quizá alguna vez se atreva a contarnos, permanece ahora hecha añicos en el depósito para los pelillos de su flamante Philips-Shave.

     Nunca imaginó que fuera su terapeuta la persona que consiguiera, con una simple recomendación, hacerle abandonar esa cuanto menos peculiar característica de su imagen pública. La verdad es que aún se preguntaba por las auténticas razones de aquel especial consejo y de si acaso éste obedeció exclusivamente a una cuestión puramente estética. Por momentos dudó de su propia identidad. Se sintió tan inseguro como si juntara en una misma ceremonia el día de su primera comunión, la jura de bandera en el ejército y sus dos bodas.

     Finalmente decidió broncearse; tomó un zumo de zanahorias, se puso las gafas de sol aún dentro de la casa y salió escaleras abajo rumbo a la playa aprovechando que el resto del mundo parecía dormir aún. Durante el trayecto, se miró setecientas veces la ausencia de bigote en el espejo del coche.

     No soy yo – se decía.

     Eligió una playa donde fuera imposible el encuentro con alguien conocido y permaneció inmóvil bajo los rayos del Sol durante muy largo rato. Cuando regresó a la casa ya eran casi las seis de la tarde. Una de sus características cutáneas consiste en que el Sol no consigue enrojecerle la piel. El bronceado que consiguió fue algo exagerado, aunque su zona cero sigue siendo un evidente signo de la devastación capilar sufrida. La comisura de su labio superior  tomó un indeseable y estúpido color rosa pálido.

 

-Estoy seguro, no soy yo, aún no-

 

     Lucas siguió yendo a la playa durante varios días hasta que logró el bronceado perfecto. En ese ir y venir junto al mar, mirándose en el espejo del coche, había descubierto que, aparte de no ser un conductor muy responsable y de estar a punto de tener un accidente, su cuerpo estaba compuesto de carne y hueso, como los de aquellas chicas del bar en la noche de Carnaval.

 

-Ahora me quiero un poco más y sé leer en las  gotas de lluvia de mi ventana donde está escrito un cariñoso: <buenos días guapetón> -Pensó mientras conducía.

 

-Es lunes, aunque no lo parece. Escucho en la radio a Nick Cave, <Into my arms>.  Nick me recuerda que hay un dios demasiado intervencionista, que siempre amanece y que además mi terapeuta tiene razón. Vale, es lunes y el día despierta húmedo. Miro a través de la ventana y leo en el cristal: <buenos días guapetón>. Febrero sigue ahí afuera; alguien ha reunido en su azotea cientos de palomas blancas que se posan en los cables del tendido eléctrico formando collares de coral. Ahora, por fin, me reconozco, Lucas soy yo.

 


Rafael Hierro Rivero nació en Las Palmas de Gran Canaria, Islas Canarias (1954). Articulista, narrador, poeta y pintor. Ha realizado exposiciones individuales y colectivas en Cuba, España, Estados Unidos y Malí. Es miembro del Consejo de Redacción de NU2 Mar y Arte (de Minificción y fotografía). Ha publicado artículos, relatos y poemas en distintos medios, así como en las revistas literarias Baúl de Aire y La Plazuela de las Letras (del Cabildo de Gran Canaria). Su obra aparece en los libros colectivos: Ínsulas Encantadas (Anroart Ediciones, 2005);  Hilvanes Relatos (Irónica asociación, 2006); Fricciones Relatos (Irónica asociación, 2007); y Por la Isleta (Gobierno de Canarias, 2007).