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A Juan
Vicente Socarrás no le gustaban los obituarios. Sabía que se
publicaban en los principales periódicos del mundo bajo severos
recuadros de luto, pero nunca los había leído. Ese aspecto noticioso
de la muerte no le interesaba. Los consideraba una especie de
crónica social póstuma de mal gusto. Sin embargo, cuando se casó con
Teresa Tablada, como una temprana galantería de recién casado porque
a ella le gustaban, comenzó a leerlos. Fue una adicción instantánea.
Una rutina que compartieron durante cincuenta años de matrimonio y
que llegó a convertirse en un ritual matutino de proporciones
enfermizas. A Zenén, su hermano mayor, que muchas veces al
reprocharle la costumbre solía calificarla de necrofilia literaria,
lo tranquilizaba diciéndole: “Es sólo un hábito adquirido de
Teresa”.
Ese
hábito había comenzado en La Habana, justo al otro día de su boda.
Se habían casado en la Iglesia del Carmen y la primera noche la
pasaron en una suite del Hotel Nacional. Antes de que amaneciera,
ella lo había despertado: “Juan Vicente, baja al lobby y
compra el periódico”. Aturdido, él sólo atinó a preguntar: “¿Qué
periódico?”. Teresa pasó por alto la inutilidad de la pregunta y le
dijo: ¿Cuál va a ser? El Diario de la Marina. El único que
trae los obituarios extendidos”. Juan Vicente se levantó, y mientras
se vestía a tientas en la oscuridad, preguntó: “¿Qué tienen de
especial los extendidos?”. Teresa encendió la lámpara de la mesa de
noche antes de contestar: “Los extendidos son como novelas”.
Fue la
primera vez que Juan Vicente leyó un obituario. No uno, sino varios.
En realidad, lo que hizo fue escuchar a Teresa leerlos en voz alta.
La experiencia lo impresionó. Pero no le parecieron novelas. Eran
más bien pequeñas biografías. Vidas enteras condensadas por el rigor
del espacio periodístico a cuatro párrafos repletos de momentos
esenciales. Cuando regresaron a La Habana desde Varadero, donde
habían pasado su luna de miel, se suscribieron al Diario de la
Marina. Aquello fue el inicio de una larga cadena de
suscripciones internacionales. Tan larga como su aventura de
exiliados cubanos. En España fue El País; en Nueva York,
La Prensa. Y en Puerto Rico, donde murió Teresa, El Nuevo Día.
Fue en ese diario donde apareció su obituario extendido. El único
que no leyeron juntos.
Ahora
él estaba solo, vivía en Miami y seguía con el hábito adquirido de
leer obituarios. La única diferencia era que ahora también los leía
en inglés. Para eso se había suscrito a The Miami Herald que
incluía, si se solicitaba, El Nuevo Herald en español.
Así, con una sola suscripción, su información sobre las muertes era
bilingüe. Sin embargo, a pesar de ese puente mortuorio entre el
mundo anglosajón y el hispano, la rutina que precedía su lectura
seguía siendo la misma. Como cuando Teresa vivía.
Lo
primero era esperar el periódico. Despertaba en la madrugada y
permanecía acechante en la cama hasta que sentía acercarse el
automóvil del repartidor. Entonces aguzaba el oído y escuchaba, en
el silencio suburbano del vecindario, el sonido del periódico dando
vueltas como un bumerán en el aire. Si sentía un ruido de arbóreas
quebraduras, había aterrizado entre las adelfas del cantero
izquierdo. Si el ruido era seco y fibroso, sabía que había golpeado
el tronco de la palma cana que se alzaba a la derecha de la ventana
y que podría encontrarlo justo debajo del carporch. Un golpe
pétreo significaba que había caído en su lugar preferido: los
pavers del driveway. El lugar del arribo era lo de menos.
Lo importante era la puntualidad. Porque cuando por cualquier razón
la entrega se demoraba, la angustia de la espera era insoportable.
Comenzaba entonces una serie de frenéticas llamadas telefónicas que
el contestador automático del rotativo era incapaz de asimilar: “Si
su llamada es con relación a la entrega del periódico de hoy por
favor marque...”. Ni la neutralidad vocal del mensaje lograba calmar
su ansiedad. Juan Vicente no esperaba; marcaba cualquier número y la
grabación se interrumpía. Exasperado, colgaba el auricular con furia
y volvía a intentarlo sin éxito. Cuando al fin lograba hablar con la
operadora, lo hacía a gritos y terminaba peleando con la supervisora
de turno. Ya las empleadas lo conocían. “Atiéndelo tú; es el viejo
que lee obituarios”, se decían unas a otras. Afortunadamente, el
periódico casi siempre llegaba a tiempo.
Después
del arribo comenzaba un ritual complementario: la preparación de su
café matutino. Nunca leía el periódico antes de hacerlo. Era una
manía.
El proceso era sencillo, pero él lo complicaba por la importancia
que le otorgaba a la exactitud de las cantidades a utilizar. Sin
embargo, a pesar de todas las provisiones, había ocasiones en que se
equivocaba. Casi siempre con el agua, que era lo más difícil de
medir. Cuando esto ocurría, volvía a empezar. Estaba solo y tenía en
sus manos todo el tiempo del mundo.
Quizás
fue su soledad la que lo hizo buscar compañía. No la de una mujer,
porque ya estaba a salvo de esas urgencias, sino la de alguien con
quien compartir un café. Sus hijos estaban lejos, desperdigados por
la Unión, persiguiendo el sueño americano. Sin ellos y sin Teresa,
la nueva casa no era un hogar. Era una casa sin alma por la que
deambulaba hablando solo en las mañanas y a merced de los recuerdos
en la noche. Un día, leyendo el obituario de un médico cubano, se le
ocurrió la idea de asistir a su velorio. Quizás podría hacer nuevas
amistades. Después de todo, era como si lo hubiese conocido. Se
llamaba Manuel Mendizábal y en su obituario extendido estaba impresa
su vida entera: desde el nacimiento hasta la muerte. Aparecía el
nombre de la viuda, el de sus hijos, la universidad donde se graduó,
los hospitales donde ejerció, los premios que obtuvo, las
organizaciones a las que perteneció. Todo. Hasta las causas de la
muerte, porque ya no se utilizaban eufemismos para referirse a
ellas. Mendizábal había muerto de un cáncer en la próstata.
Esa noche,
cuando Juan Vicente llegó a la funeraria, no encontró espacio para
estacionar su automóvil. Como esperaba, la funeraria estaba llena.
Se abrió paso entre los grupos que conversaban en los pasillos y se
dirigió a la capilla donde estaba expuesto el cadáver. Desde la
puerta comprobó con alivio que el ataúd estaba abierto. Uno de los
motivos por los cuales estaba allí, además de la compañía que
podrían proporcionarle los asistentes, era ver el cuerpo del doctor
Mendizábal para cotejar con la realidad el retrato mental que se
había trazado. Para él, todos los médicos cubanos de más de sesenta
años eran ancianos canosos con batas blancas, un estetoscopio al
cuello y una expresión de amable complacencia en el rostro.
Juan Vicente
se acercó al ataúd y contempló el cadáver. No se había equivocado.
Mendizábal era canoso y de piel rosada. Tenía las manos cruzadas
sobre el pecho y un crucifijo de nácar entre los dedos. Si no fuera
por el impecable traje de gabardina inglesa y la corbata de seda,
parecería un obispo canonizado. Su expresión, a pesar de los
rellenos y el maquillaje, era de una vívida naturalidad. Le pareció
que lo conocía de siempre y sintió tristeza por su muerte. Pero se
alegró de haber ido. ¡Cómo no se le había ocurrido antes! Ya sus
noches no serían maratónicas sesiones de televisión. Este era su
primer velorio ajeno, pero ya vendrían otros. Entonces se persignó,
bajó la cabeza y oró como no lo había hecho en muchos años. Lo
próximo que supo fue que estaba hablando de Mendizábal como si lo
conociera de toda la vida. Esa noche, Juan Vicente se acostó
pensando en el próximo velorio y en un método para escoger el de las
personas más prominentes a partir de sus obituarios extendidos. El
sueño lo sorprendió considerando asistir también a los
entierros.
Fue
antes de que apareciera el tercer velorio cuando comenzaron los
problemas. Una mañana, al salir de un supermercado, no pudo
encontrar su auto en el estacionamiento. Alguien lo vio dando
vueltas desorientado, con las llaves del carro en la mano, y llamó a
la policía. Por su licencia de conducir averiguaron su dirección y
lo llevaron a la casa. A través de un vecino localizaron a uno de
sus hijos, le informaron sobre lo ocurrido y sólo se marcharon
cuando Juan Vicente les aseguró que se sentía mejor. Nada fue igual
a partir de ese momento.
Su hijo
había prometido ir a la semana siguiente para llevarlo al médico.
Pero él no esperó. Al otro día comenzó de nuevo a buscar su tercer
velorio. Lo encontró en el de Raúl Aguilar, un prominente empresario
cubano que había hecho una fortuna en la radiodifusión. Un velorio
que prometía ser el más concurrido de todos, pero al que nunca
asistió porque se extravió en camino a la funeraria. Esta vez sus
hijos tuvieron que ir a buscarlo al hospital.
Las
pruebas médicas fueron concluyentes: Alzheimer.
Fue entonces cuando sus hijos consideraron la posibilidad de
llevarlo a un living facility para pacientes con esa
enfermedad. “Allí estarás mejor, papá”, dijo el mayor.
“Es que ya no
puedes vivir solo”, dijo el menor. Juan Vicente les respondió con
firmeza: “Esta es mi casa. Para morir no necesito ningún living
facility. Aquí me quedo”. Ese día, después que sus hijos se
marcharon, sabiendo que le quedaba poco tiempo antes de que perdiera
la memoria, decidió escribir su obituario: “No puedo entretenerme
leyendo el de otros”, pensó. “Debo ocuparme del mío”. Sería más
extenso que los extendidos. No una pequeña biografía sino un
mamotreto de casi cuarenta páginas que fue creciendo con la misma
intermitencia de sus períodos de lucidez. A veces, cuando se le
extraviaban los pensamientos, estaba días sin escribir. Pero cuando
su mente regresaba desde los meandros de su enfermedad, recuperaba
su capacidad narrativa y escribía sin parar.
Cuando
al fin terminó, lo encuadernó en un fólder con presillas, como si
fuera un manuscrito literario, y lo tituló: Un obituario para
Juan Vicente. Después lo puso en un sobre amarillo grande, lo
envió a El Nuevo Herald y se dispuso a esperar que apareciese
en uno de los sobrios recuadros de luto en la sección de
defunciones.
Una
madrugada, más temprano que de costumbre, sintió acercarse como
siempre el automóvil del repartidor. Sintió el sonido del periódico
dando vueltas como un bumerán en el aire y un golpe pétreo sobre los
pavers del driveway. Pero antes de que ni siquiera pudiese alegrarse
por el lugar del arribo, sintió también la voz de Teresa: “Juan
Vicente, baja y recoge el periódico que hoy sale publicado tu
obituario”.
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Manuel C. Díaz
nació en La Habana (1942). Narrador y crítico literario. Ha
publicado los libros: El año del ras de mar
(Novela corta, 1993), Un paraíso bajo las estrellas (Libro de cuentos
cortos, 1996) y Subasta de sueños (Novela, 2001). Sus trabajos han
aparecido en diferentes revistas literarias. Es miembro fundador del PEN
CLUB de Miami. Reside en el sur de la Florida desde 1979, donde actualmente
escribe reseñas literarias y crónicas de viaje para El Nuevo Herald.

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