Miami
Estados Unidos
Año X

Nº 55/56

Escríbanos    

 

Publicada por Ediciones Baquiana

Director Ejecutivo

Patricio E. Palacios

Directora de Redacción

Maricel Mayor Marsán

Consejo de Redacción

 Dra. Aida M. Beaupied

Chestnut Hills College

Pensilvania

 

 Dra. Niza Fabre

Ramapo College

Mahwah, Nueva Jersey

 

 Dr. René C. Izquierdo

Miami Dade College Recinto de Kendall

 

Dr. Humberto López Cruz

Universidad Central de la Florida en Orlando

 

Dra. Myra Medina

Miami Dade College

Recinto Norte

 

Dr. Gerardo Piña Rosales

Universidad de la Ciudad de Nueva York (CUNY)

Universidad de Columbia

Nueva York

 

Dra. Alicia E. Vadillo

Universidad Estatal de Nueva York en Oswego

 

Dra. Lidia Versón

Universidad de

Puerto Rico

 Recinto de Río Piedras

 

Asesor Técnico

Luis H. Beltrán

 

Asesor de Arte

Carlos Quevedo

 


 

DE ALQUILER UNA OREJA

por

Reinaldo Edmundo Marchant

 

     Luna María Albertina era una muchacha enigmática de nacimiento.  De pequeña, se le vio jugando con baratas, pájaros negros, culebrines de árboles fantásticamente exóticos. Vestía ropas a la manera de las brujas de la antigüedad.  Mala para hablar, evitaba el amor fortuito, solía engullir tazones de harina tostada con agua mineral y, para enredar más el asunto,  desde hace un tiempo tenía habitando en una de sus orejas una mosca. Una mosca de sorprendentes actitudes sicológicas. El bicho había llegado buscando alquiler y encontró de ocasión disponible una desproporcionada habitación de carne.

     En esta época, hay que ser un santo para mantener  alquilando en  una oreja a una mosca que nunca pagará puntualmente sus rentas. Nadie puede tolerar a un bicho negro, de cuatrocientos ojos diminutos, que no trabaja ni estudia, y se lo pasa recostado en eterno ocio tumbado en el habitáculo del lóbulo. Más encima es desordenado: defeca donde quiere, deja abierta la puerta y se rasca libidinosamente la secreta intimidad de cada uno en la intemperie, como mofándose de la humanidad fundamentalista. Naturalmente, era un sujeto con nula educación a los buenos hábitos. Un empleado de la sociedad actual no hubiera resistido un minuto a una mosca merodeando su tímpano: seguro que habría corrido en auxilio de un médico o quizá llamaría a la policía, interpondría una querella criminal por apropiación indebida o se pondría a gritar fuera de sí pidiendo el desalojo del osado morador. Para felicidad de la mosca, vivió en nuestro tiempo esa mujer de extraños nombres, pero de corazón sensible, que la recibió jubilosa apenas golpeó la puerta de la oreja.

− Pase −le dijo. − El cuartucho del fondo está desocupado.

     La mosca, que arrastraba  la mudanza en las aletas, oteó la peculiar casa, la aprobó con un movimiento apenas perceptible y, de inmediato, entró con la picardía de un amante que regresa a su morada después de conocer con todos sus ojos los malos amoríos de la tierra; Luna María Albertina no se percató que venía con un maloliente tufo: el nuevo arrendatario había estado de parranda en un vetusto bar, revoloteando en la barra, inhalando las gotas de vino que se escurrían de las botellas y los toneles.

     Mantener una mosca en la oreja tiene, ciertamente, algunos inconvenientes: el ruido del aleteo del bichito no deja escuchar bien y la cabeza del propietario, por inercia, se anda trayendo ladeada, en la mismísima postura que la ponen los mendigos. He ahí una razón del porqué Luna María Albertina  recibió varias veces caridad ajena. Lo que no le venía mal, porque el inquilino de su oreja no pagaba un miserable peso.

     Hay que ser majadero en una cosa: no es una rareza que habite en una oreja una mosca; lo importante es que ésta sepa comportarse en el habitáculo humano. Si el moscón es tranquilo, excelente. El problema aparece cuando el bichito es de corazón alegre y alma festiva, porque entonces brinca de lado a lado, se asoma para atisbar y conocer todo, baila una música estridente y, de tanto en tanto, regresa a “casa” en evidente estado de intemperancia. Aquello a la larga extenúa. Es bueno decirlo para que las moscas que ojeen lo ocurrido aprendan a comportarse de una vez por todas. Deben respetar la intimidad ajena. Máxime cuando alquilan un cálido cuartucho de oreja, que por fortuna se ofrecía sin aviso comercial y sin  comisión de servicio.

     Sin embargo, la coqueta mosquita, aparentemente, no poseía conciencia y le hacía pasar sucesivos fiascos a la inquilina: alejaba a los muchachos que querían enamorarla, probaba primero que ella las comidas, simulaba lavarse los dientes, atraía con las alas el hollín de los cigarros porque era adicta al humo, no se perdía las teleseries de la tarde y, por las noches, sola en la pieza y en la cama junto a la propietaria, salía de la cuenca de la orejuela, apoyaba la diminuta testa en la almohada, luego abrazaba con las alitas el cuerpo de la feliz arrendadora y, de este modo, unidas, dormían. Soñaban que vivían en una dulce geografía llena de moscas multicolores.

     A la mañana siguiente, Luna María Albertina se levantaba, tomaba un baño, mejoraba el aspecto de su cutis echándose pastas que parecían cenizas, ponía sus prendas y ¡zas!, la mosca asomaba bostezando. Luego tomaba un bolso (y la mosca tomaba su oreja) y salían a luchar contra lo establecido.

En la calle, la vecindad ya no le preguntaba “cómo está, Luna María Albertina”, sino consultaban por el estado de la mosca, y así fue que aprendió a decir: “lo más bien, gracias”. El moscón casi se deshacía de vanidad y le pestañeaban los innumerables ojuelos. Algunos llegaron a asegurar que en una ocasión se emocionó al extremó de exhalar unas diminutas lágrimas que rodaron por el cuello de la muchacha. Decían que eran lágrimas de un planeta feliz.

     Por el Parque Forestal hubo jóvenes que llegaron a interesarse por la asombrosa joven. Cambiaban de opinión rápidamente: la culpa era de la mosca.  Salía a espantarlos, a asustarlos con sus demenciales ojuelos y se interponía en el preciso momento de los besos, corriendo de allá para acá en la comisura de los labios de la muchacha, orinaba la lengua del pretendiente, revoloteaba en su nariz, despedía garabatos con un ignoto idioma, airado como una bestia en celo.  Después, balbuceando tristezas, el bicho se amurraba por luengos días, morando indistintamente en ambas orejas, meditabundo, como preparando una nulidad de matrimonio. O un asesinato de carácter pasional. Tenía su genio el bicharraco.

     En aquel estado psicológico se hallaba cuando apareció en el lugar un mozalbete larguirucho, vestido a la usanza burócrata pero de aspecto claramente extravagante y estrambótico. Reía en todo momento. Tenía los dientes desparejos y la nariz chata. Era mequetrefe de una oficina de partes de una municipalidad y como percibía un minúsculo salario no tenía más remedio que reír sempiternamente. Reconocería, luego de descubrir a la mosca pernoctando en la oreja, que de inmediato se enamoró de Luna María Albertina. Le gustaba lo esotérico. Y las regresiones al pasado milenario del árbol genealógico. Afirmaba que en otra vida había sido… ¡mosca! Lo decía con orgullo.

     A la muchacha le gustó de inmediato Nazareno Petronila de Jesús. Este poseía un rostro que evocaba indefectiblemente a una moscón de campo, no de ciudad, y suspiraba al mirar de soslayo esa cara de bicho azulino, tachonada de espinillas que ella alteraba por aletas y ojuelos. El muchacho, al darse cuenta que su peculiar figura no pasó inadvertida, que impactó los más recónditos sentimientos de la musa, se sintió por primera vez útil en el mundo, le vino una esperada seguridad y se puso honesto como pocas veces lo fue: le dijo a Luna María Albertina que la llama de la pasión ardía en su pecho, que se sentía revoloteando en el aire –expresión que hizo suspirar doblemente a la mujer- y que, Dios mediante, se atrevía a señalar que ya la amaba. Ella  le respondió que su amor no dependía de sus anhelos personales, que todos sus sentimientos estaban en manos de la mosca.  “Ya la conocerás”, prometió. Para evitar malos entendidos, el mozalbete le aclaró que no era celoso, que donde amaba uno podían amar dos y remató diciendo que era socialista. En fin, hablaron de cosas cuerdas e importantes...

     La mosca se mantuvo al acecho y esperó serenamente la marcha de los acontecimientos. Naturalmente, se hallaba inquieta.

Mucho más pronto de lo esperado, el joven trabó amistad con la mosca. Ésta incluso salía de su cuchitril,  posaba en sus manos, le recibía migas de pan, azúcar y hasta jugo de cebolla. El extraordinario parecido físico –y también de destino- de ambos, los hacía parecer parientes de primer grado. Con la ayuda del árbol genealógico de por medio   conquistó el corazón del bichito y, llegado el instante de plegar sus labios contra los de la joven, la mosca no se interpuso ni reclamó. Tampoco armó escándalo.  Sólo se tapó los ojos con las cientos de aletas.  Había cierta tristeza en su diminuto corazón.

Lo único poco claro surgía a eso de la medianoche, cuando Nazareno Petronila de Jesús  pedía permiso y, arrinconado en la pared, invocaba al diablo con un lenguaje indescifrable. Cumplía con un ritual de su agrupación religiosa. Pronto aquello se transformó también en una costumbre y hasta en un motivo para alegrar la tediosa existencia: “ya vas a invocar al malulo” espetaba Luna María Albertina  y la mosca revoloteaba de júbilo.

     La relación entre los tres no pudo ser más perfecta. La mosca, con mejor caletre, pensó que alguien sobraba: ¡él! Quien quiere, el bien desea, murmuró. Y preparó su alejamiento. Al despuntar la mañana emergió tristemente de la oreja, miró por última vez a la muchacha y, sin hablar, arrastrando la mudanza en las aletas, emprendió la huída. Nadie la vio salir ni volar con destino determinado. Algunos comentan que murió aplastada por un zapato. Otros creen que se la tragó una paloma. Pero la mayoría la vio tomar altura hacia el infinito y perderse en los troncos de las nubes.

     Luna María Albertina quedó afectada con la mudanza de la mosca. Sentía un vacío existencial. Una ausencia en la zona de los afectos. Incluso llegó a pensar que el bichito continuaba en el lóbulo, y no se lavaba los tímpanos para no ahogarlo. Un viejo de arrabal le revisó con una aparatosa lupa su intrincada oreja y le aclaró de manera categórica que, aparte de la mugre, no existía nadie con esa facha holgazaneando en la cuenca. La muchacha se largó a sollozar; tal vez fue la primera persona del mundo que quiso a una mosca y que lloró por su exilio.

     Apesadumbrada, mirando una fotografía de la mosca, esperó que llegara el joven. Estaba sentada en el umbral y la gente, al ver su duelo, le entregaba sus condolencias.  A modo de consuelo, también de gratitud, le llegaron ramos de flores y coronas. Apenas vio que Nazareno Petronila de Jesús rengueaba en su dirección, caminó a recibirlo y le narró detalladamente el alejamiento de la mosca: el muchacho no lo podía creer. Tanto fue su impacto, que hasta su cara de mosca se transformó en una cara trémula de abeja. ¡No puede ser!, gatilló, “y yo que la quería como un milagro de la Naturaleza…”, insistió. Desilusionado, se apartó de la muchacha, repitiendo hasta el cansancio que eran unos desgraciados, que mosca como esa no encontrarían de buenas a primera. Luego de un silencio lleno de nostalgia, se fue perdiendo bajo aquel panorama difuso, poblado de hombres que parecían moscas buscando una oreja de alquiler, para capear las heladas y alterar un instante la abúlica normalidad de las cosas.

 

Reinaldo Edmundo Marchant nació en Santiago de Chile, (1958). Escritor, Profesor de literatura y Director de Talleres Artísticos. Actualmente es Profesor de Literatura de la Universidad Diego Portales, Consejero Nacional del libro y la Lectura. Fue Agregado de Cultura y Prensa en la Embajada de Chile en Uruguay (1994–1997), Agregado en la Embajada de Chile en Colombia (1998-1999) y Presidente de la Sociedad de Escritores de Chile (2000–2006). Articulista y Cronista de los diarios: La Época, La Nación, Revista Análisis, Pluma y Pincel, Cauce, Semanario Chileno Alemán "Cóndor", Revista Todo Música. Es editor de los medios de comunicaciones para el poder local: Semanario Municipal Pedro Aguirre Cerda y Semanario Municipal El Bosque. Sus novelas y cuentos han recibido más de una docena de premios literarios y reconocimientos, entre los que destacan: el Concurso Universidad Católica (1983); Concurso Nacional “Cuentos de mi País”, Bata (1984); Premio Nacional de Cuentos “Antonio Pigafetta” (1985); Premio Internacional “Nuevo Cuento Latino”, EE.UU. (1985); Premio CMI de Novela, Suiza (1986); Premio de Novela Breve “Rotary Club de Santiago” (1986); Premio de Novela Inédita, Ministerio de Educación de Chile (1987); Premio Nacional de Novela “Andrés Bello” (1988); Premio Nacional de Literatura Sociedad de Escritores de Talca y Universidad de Maule (1989); Premio Municipal de Literatura “Eusebio Lillo”, El Bosque (1993); Premio Asociación Uruguaya de Escritores (1995); Premio Literario Asociación de Mujeres Escritoras y Periodistas de Uruguay (1996); XV Concurso Anual de Novela Ciudad de Pereira, Colombia (1999); y Premio al Mejor Libro Publicado, Edición de Lujo, Cartagena de Indias, Galería Franco del Arte y el Libro, Colombia (1999). Entre sus libros figuran: En el bosque, un ángel y demonio, novela (1986); El Abuelo, novela, (1988); Priapina, cuentos (1990); Alquitrán y los gorriones, novela (1992); Varona en el jardín, novela (1993; Un ave de prodigiosos colores, novela (1993); El hombre de la mano seca, novela (1994); Narraciones maravillosas, cuentos (1995); Imaginaciones, cuentos (1996); Santiago/Montevideo, antología binacional de cuentos, Editorial Medina Ltda., Montevideo, Uruguay (1995) y Santiago de Chile, (1996); Santiago/Montevideo, antología binacional de poesía, en coautoría con Mario Benedetti, Editorial Medina Ltda., Montevideo, Uruguay, (1996) y Santiago de Chile, (1997); Lautaro/Montevideo, antología binacional de narradores, Editorial Medina Ltda., Montevideo, Uruguay (1997), y Santiago de Chile,(1997); Los mundos del abuelo, novela (1999); La patria golondrina, novela (2002) y La alegría del pueblo, cuentos de fútbol (2004).