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Luna María Albertina era una muchacha enigmática de nacimiento. De
pequeña, se le vio jugando con baratas, pájaros negros, culebrines
de árboles fantásticamente exóticos. Vestía ropas a la manera de las
brujas de la antigüedad. Mala para hablar, evitaba el amor
fortuito, solía engullir tazones de harina tostada con agua mineral
y, para enredar más el asunto, desde hace un tiempo tenía habitando
en una de sus orejas una mosca. Una mosca de sorprendentes actitudes
sicológicas. El bicho había llegado buscando alquiler y encontró de
ocasión disponible una desproporcionada habitación de carne.
En esta época, hay que ser un santo para mantener alquilando en
una oreja a una mosca que nunca pagará puntualmente sus rentas.
Nadie puede tolerar a un bicho negro, de cuatrocientos ojos
diminutos, que no trabaja ni estudia, y se lo pasa recostado en
eterno ocio tumbado en el habitáculo del lóbulo. Más encima es
desordenado: defeca donde quiere, deja abierta la puerta y se rasca
libidinosamente la secreta intimidad de cada uno en la intemperie,
como mofándose de la humanidad fundamentalista. Naturalmente, era un
sujeto con nula educación a los buenos hábitos. Un empleado de la
sociedad actual no hubiera resistido un minuto a una mosca
merodeando su tímpano: seguro que habría corrido en auxilio de un
médico o quizá llamaría a la policía, interpondría una querella
criminal por apropiación indebida o se pondría a gritar fuera de sí
pidiendo el desalojo del osado morador. Para felicidad de la mosca,
vivió en nuestro tiempo esa mujer de extraños nombres, pero de
corazón sensible, que la recibió jubilosa apenas golpeó la puerta de
la oreja.
− Pase −le dijo. − El
cuartucho del fondo está desocupado.
La mosca, que arrastraba la mudanza en las aletas, oteó la peculiar
casa, la aprobó con un movimiento apenas perceptible y, de
inmediato, entró con la picardía de un amante que regresa a su
morada después de conocer con todos sus ojos los malos amoríos de la
tierra; Luna María Albertina no se percató que venía con un
maloliente tufo: el nuevo arrendatario había estado de parranda en
un vetusto bar, revoloteando en la barra, inhalando las gotas de
vino que se escurrían de las botellas y los toneles.
Mantener una mosca en la oreja tiene, ciertamente, algunos
inconvenientes: el ruido del aleteo del bichito no deja escuchar
bien y la cabeza del propietario, por inercia, se anda trayendo
ladeada, en la mismísima postura que la ponen los mendigos. He ahí
una razón del porqué Luna María Albertina recibió varias veces
caridad ajena. Lo que no le venía mal, porque el inquilino de su
oreja no pagaba un miserable peso.
Hay que ser majadero en una cosa: no es una rareza que habite en una
oreja una mosca; lo importante es que ésta sepa comportarse en el
habitáculo humano. Si el moscón es tranquilo, excelente. El problema
aparece cuando el bichito es de corazón alegre y alma festiva,
porque entonces brinca de lado a lado, se asoma para atisbar y
conocer todo, baila una música estridente y, de tanto en tanto,
regresa a “casa” en evidente estado de intemperancia. Aquello a la
larga extenúa. Es bueno decirlo para que las moscas que ojeen lo
ocurrido aprendan a comportarse de una vez por todas. Deben respetar
la intimidad ajena. Máxime cuando alquilan un cálido cuartucho de
oreja, que por fortuna se ofrecía sin aviso comercial y sin
comisión de servicio.
Sin embargo, la coqueta mosquita, aparentemente, no poseía
conciencia y le hacía pasar sucesivos fiascos a la inquilina:
alejaba a los muchachos que querían enamorarla, probaba primero que
ella las comidas, simulaba lavarse los dientes, atraía con las alas
el hollín de los cigarros porque era adicta al humo, no se perdía
las teleseries de la tarde y, por las noches, sola en la pieza y en
la cama junto a la propietaria, salía de la cuenca de la orejuela,
apoyaba la diminuta testa en la almohada, luego abrazaba con las
alitas el cuerpo de la feliz arrendadora y, de este modo, unidas,
dormían. Soñaban que vivían en una dulce geografía llena de moscas
multicolores.
A la mañana siguiente, Luna María Albertina se levantaba, tomaba un
baño, mejoraba el aspecto de su cutis echándose pastas que parecían
cenizas, ponía sus prendas y ¡zas!, la mosca asomaba bostezando.
Luego tomaba un bolso (y la mosca tomaba su oreja) y salían a luchar
contra lo establecido.
En la calle, la
vecindad ya no le preguntaba “cómo está, Luna María Albertina”, sino
consultaban por el estado de la mosca, y así fue que aprendió a
decir: “lo más bien, gracias”. El moscón casi se deshacía de vanidad
y le pestañeaban los innumerables ojuelos. Algunos llegaron a
asegurar que en una ocasión se emocionó al extremó de exhalar unas
diminutas lágrimas que rodaron por el cuello de la muchacha. Decían
que eran lágrimas de un planeta feliz.
Por el Parque Forestal hubo jóvenes que llegaron a interesarse por
la asombrosa joven. Cambiaban de opinión rápidamente: la culpa era
de la mosca. Salía a espantarlos, a asustarlos con sus demenciales
ojuelos y se interponía en el preciso momento de los besos,
corriendo de allá para acá en la comisura de los labios de la
muchacha, orinaba la lengua del pretendiente, revoloteaba en su
nariz, despedía garabatos con un ignoto idioma, airado como una
bestia en celo. Después, balbuceando tristezas, el bicho se
amurraba por luengos días, morando indistintamente en ambas orejas,
meditabundo, como preparando una nulidad de matrimonio. O un
asesinato de carácter pasional. Tenía su genio el bicharraco.
En aquel estado psicológico se hallaba cuando apareció en el lugar
un mozalbete larguirucho, vestido a la usanza burócrata pero de
aspecto claramente extravagante y estrambótico. Reía en todo
momento. Tenía los dientes desparejos y la nariz chata. Era
mequetrefe de una oficina de partes de una municipalidad y como
percibía un minúsculo salario no tenía más remedio que reír
sempiternamente. Reconocería, luego de descubrir a la mosca
pernoctando en la oreja, que de inmediato se enamoró de Luna María
Albertina. Le gustaba lo esotérico. Y las regresiones al pasado
milenario del árbol genealógico. Afirmaba que en otra vida había
sido… ¡mosca! Lo decía con orgullo.
A la muchacha le gustó de inmediato Nazareno Petronila de Jesús.
Este poseía un rostro que evocaba indefectiblemente a una moscón de
campo, no de ciudad, y suspiraba al mirar de soslayo esa cara de
bicho azulino, tachonada de espinillas que ella alteraba por aletas
y ojuelos. El muchacho, al darse cuenta que su peculiar figura no
pasó inadvertida, que impactó los más recónditos sentimientos de la
musa, se sintió por primera vez útil en el mundo, le vino una
esperada seguridad y se puso honesto como pocas veces lo fue: le
dijo a Luna María Albertina que la llama de la pasión ardía en su
pecho, que se sentía revoloteando en el aire –expresión que hizo
suspirar doblemente a la mujer- y que, Dios mediante, se atrevía a
señalar que ya la amaba. Ella le respondió que su amor no dependía
de sus anhelos personales, que todos sus sentimientos estaban en
manos de la mosca. “Ya la conocerás”, prometió. Para evitar malos
entendidos, el mozalbete le aclaró que no era celoso, que donde
amaba uno podían amar dos y remató diciendo que era socialista. En
fin, hablaron de cosas cuerdas e importantes...
La mosca se mantuvo al acecho y esperó serenamente la marcha de los
acontecimientos. Naturalmente, se hallaba inquieta.
Mucho más pronto de lo
esperado, el joven trabó amistad con la mosca. Ésta incluso salía de
su cuchitril, posaba en sus manos, le recibía migas de pan, azúcar
y hasta jugo de cebolla. El extraordinario parecido físico –y
también de destino- de ambos, los hacía parecer parientes de primer
grado. Con la ayuda del árbol genealógico de por medio conquistó
el corazón del bichito y, llegado el instante de plegar sus labios
contra los de la joven, la mosca no se interpuso ni reclamó. Tampoco
armó escándalo. Sólo se tapó los ojos con las cientos de aletas.
Había cierta tristeza en su diminuto corazón.
Lo único poco claro
surgía a eso de la medianoche, cuando Nazareno Petronila de Jesús
pedía permiso y, arrinconado en la pared, invocaba al diablo con un
lenguaje indescifrable. Cumplía con un ritual de su agrupación
religiosa. Pronto aquello se transformó también en una costumbre y
hasta en un motivo para alegrar la tediosa existencia: “ya vas a
invocar al malulo” espetaba Luna María Albertina y la mosca
revoloteaba de júbilo.
La relación entre los tres no pudo ser más perfecta. La mosca, con
mejor caletre, pensó que alguien sobraba: ¡él! Quien quiere, el bien
desea, murmuró. Y preparó su alejamiento. Al despuntar la mañana
emergió tristemente de la oreja, miró por última vez a la muchacha
y, sin hablar, arrastrando la mudanza en las aletas, emprendió la
huída. Nadie la vio salir ni volar con destino determinado. Algunos
comentan que murió aplastada por un zapato. Otros creen que se la
tragó una paloma. Pero la mayoría la vio tomar altura hacia el
infinito y perderse en los troncos de las nubes.
Luna María Albertina quedó afectada con la mudanza de la mosca.
Sentía un vacío existencial. Una ausencia en la zona de los afectos.
Incluso llegó a pensar que el bichito continuaba en el lóbulo, y no
se lavaba los tímpanos para no ahogarlo. Un viejo de arrabal le
revisó con una aparatosa lupa su intrincada oreja y le aclaró de
manera categórica que, aparte de la mugre, no existía nadie con esa
facha holgazaneando en la cuenca. La muchacha se largó a sollozar;
tal vez fue la primera persona del mundo que quiso a una mosca y que
lloró por su exilio.
Apesadumbrada, mirando una fotografía de la mosca, esperó que
llegara el joven. Estaba sentada en el umbral y la gente, al ver su
duelo, le entregaba sus condolencias. A modo de consuelo, también
de gratitud, le llegaron ramos de flores y coronas. Apenas vio que
Nazareno Petronila de Jesús rengueaba en su dirección, caminó a
recibirlo y le narró detalladamente el alejamiento de la mosca: el
muchacho no lo podía creer. Tanto fue su impacto, que hasta su cara
de mosca se transformó en una cara trémula de abeja. ¡No puede ser!,
gatilló, “y yo que la quería como un milagro de la Naturaleza…”,
insistió. Desilusionado, se apartó de la muchacha, repitiendo hasta
el cansancio que eran unos desgraciados, que mosca como esa no
encontrarían de buenas a primera. Luego de un silencio lleno de
nostalgia, se fue perdiendo bajo aquel panorama difuso, poblado de
hombres que parecían moscas buscando una oreja de alquiler, para
capear las heladas y alterar un instante la abúlica normalidad de
las cosas.
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Reinaldo Edmundo Marchant
nació en
Santiago de Chile, (1958).
Escritor, Profesor de literatura y
Director de Talleres Artísticos. Actualmente es Profesor de
Literatura de la Universidad Diego Portales, Consejero Nacional del
libro y la Lectura. Fue Agregado de Cultura y Prensa en la Embajada de Chile en
Uruguay (1994–1997), Agregado en la Embajada de Chile en Colombia
(1998-1999) y Presidente de la Sociedad de Escritores de
Chile (2000–2006). Articulista y Cronista de los diarios: La Época, La
Nación, Revista Análisis, Pluma y Pincel, Cauce, Semanario Chileno
Alemán "Cóndor", Revista Todo Música. Es editor de los medios de
comunicaciones para el poder local: Semanario Municipal Pedro
Aguirre Cerda y Semanario Municipal El Bosque. Sus novelas y cuentos
han recibido más de una docena de premios literarios y
reconocimientos, entre los que destacan: el Concurso Universidad
Católica (1983); Concurso Nacional “Cuentos de mi País”, Bata
(1984); Premio Nacional de Cuentos “Antonio Pigafetta” (1985);
Premio Internacional “Nuevo Cuento Latino”, EE.UU. (1985); Premio
CMI de Novela, Suiza (1986); Premio de Novela Breve “Rotary Club de
Santiago” (1986); Premio de Novela Inédita, Ministerio de Educación
de Chile (1987); Premio Nacional de Novela “Andrés Bello” (1988);
Premio Nacional de Literatura Sociedad de Escritores de Talca y
Universidad de Maule (1989); Premio Municipal de Literatura “Eusebio
Lillo”, El Bosque (1993); Premio Asociación Uruguaya de Escritores
(1995); Premio Literario Asociación de Mujeres Escritoras y
Periodistas de Uruguay (1996); XV Concurso Anual de Novela Ciudad de
Pereira, Colombia (1999); y Premio al Mejor Libro Publicado, Edición
de Lujo, Cartagena de Indias, Galería Franco del Arte y el Libro,
Colombia (1999). Entre sus libros figuran: En el bosque, un ángel
y demonio, novela (1986); El Abuelo, novela, (1988);
Priapina, cuentos (1990); Alquitrán y los gorriones,
novela (1992); Varona en el jardín, novela (1993; Un ave
de prodigiosos colores, novela (1993); El hombre de la mano
seca, novela (1994); Narraciones maravillosas, cuentos
(1995); Imaginaciones, cuentos (1996);
Santiago/Montevideo, antología binacional de cuentos, Editorial
Medina Ltda., Montevideo, Uruguay (1995) y Santiago de Chile,
(1996); Santiago/Montevideo, antología binacional de poesía,
en coautoría con Mario Benedetti, Editorial Medina Ltda.,
Montevideo, Uruguay, (1996) y Santiago de Chile, (1997); Lautaro/Montevideo,
antología binacional de narradores, Editorial Medina Ltda.,
Montevideo, Uruguay (1997), y Santiago de Chile,(1997); Los
mundos del abuelo, novela (1999); La patria golondrina,
novela (2002) y La alegría del pueblo, cuentos de fútbol
(2004).

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