Miami
Estados Unidos
Año X

 Nº 55/56

Escríbanos    

 

Publicada por Ediciones Baquiana

Director Ejecutivo

Patricio E. Palacios

Directora de Redacción

Maricel Mayor Marsán

Consejo de Redacción

 Dra. Aida M. Beaupied

Chestnut Hills College

Pensilvania

 

 Dra. Niza Fabre

Ramapo College

Mahwah, Nueva Jersey

 

 Dr. René C. Izquierdo

Miami Dade College Recinto de Kendall

 

Dr. Humberto López Cruz

Universidad Central de la Florida en Orlando

 

Dra. Myra Medina

Miami Dade College

Recinto Norte

 

Dr. Gerardo Piña Rosales

Universidad de la Ciudad de Nueva York (CUNY)

Universidad de Columbia

Nueva York

 

Dra. Alicia E. Vadillo

Universidad Estatal de Nueva York en Oswego

 

Dra. Lidia Versón

Universidad de

Puerto Rico

 Recinto de Río Piedras

 

Asesor Técnico

Luis H. Beltrán

 

Asesor de Arte

Carlos Quevedo

 


 

 

 

ALGUNAS VOCES REPRESENTATIVAS

DE LA LÍRICA FEMENINA DE LA

DIÁSPORA CUBANA EN SUS DOS

PRIMERAS DÉCADAS (1959-1979)

 

 por

 

Yara González Montes

 

 


     La ampliación del espacio lírico existencial de la nación cubana mediante la inclusión de textos poéticos como los que vamos a comentar en este ensayo, nos ofrece nuevas perspectivas que enriquecen la historia y la literatura contemporáneas de nuestro país.  Esta poesía femenina es la vivencia de un hecho histórico que ha quedado registrado en las profundidades del mundo subjetivo de cada una  de las autoras a las que voy a referirme en este ensayo.  Al integrarse el discurso lírico al ámbito histórico aumenta su valor e interés, especialmente si tenemos en cuenta el caso de Cuba, donde a partir de 1959 se ha llevado a efecto, no sólo  una reinterpretación de la historia, sino un cambio total en casi todos los aspectos del diario vivir.

     Escribir sobre  la lírica femenina de la diáspora cubana, que comienza el año 1959, toma del poder por el castrismo, es hablar de una producción poética signada por el desgajamiento y la ruptura familiar.  Estas poetas se han visto imposibilitadas de continuar el desarrollo de una vida normal en su país de origen al quedar rotos los vínculos que las unían a su tierra natal.  El proceso de adaptación que ellas van a sufrir va a dejar en sus poemarios, aún sin ellas proponérselo, un subtexto histórico-político de gran valor testimonial.  Esta es una generación desarraigada que elabora su poesía tras una hecatombe espiritual y física que deja una marca indeleble en el ser humano y por extensión en su obra creadora. Dentro del dolor y de la perplejidad producidos por los acontecimientos que tuvieron que vivir en su patria y luego fuera de ella,  estas mujeres dejan toda esta impronta en sus textos líricos.  “La poesía del desterrado” nos dice Claudio Guillén, “es un consuelo -en lo esencial, no hay otro- una compensación, una inversión del destino del autor” (37). Y esa inversión, esa compensación personal es lo que debemos rastrear en estas autoras.  Las preguntas que nos sugieren estos textos son muchas. Las respuestas las encontraremos solamente en estos poemarios si los leemos con la atención  adecuada.

     Nuestro exilio no es el único que ha existido.  Ha habido muchos.  Es un hecho que existe desde tiempo inmemorial y, aunque las características de los diferentes exilios no son las mismas, existe un hecho común:  los escritores exiliados de todos los tiempos han incorporado con su escritura el hecho exílico al devenir literario.  Esto, que también es apuntado por Guillén en su enjundioso estudio, es sumamente importante ya que le otorga una permanencia al mismo, que de otro modo no la tendría.

     Quiero aclarar, antes de seguir adelante, que este trabajo no será un estudio exhaustivo del período literario al que voy a referirme.  No  me es posible incluir en estas breves páginas a todas las poetas que publicaron durante estos años. Me he  limitado  al estudio de las autoras cuyas obras me han parecido más significativas.

 

SEIS POETAS REPRESENTATIVAS

 

     Ya desde estos primeros veinte años, Rita Geada, Ana Rosa Núñez, Juana Rosa Pita, Pura del Prado, Martha Padilla y Gladys Zaldívar, van a sobresalir y dejar constancia de la raigambre de su trabajo a través de los poemarios que publican durante este período.

 

Rita Geada: de la armonía a la angustia

y de la angustia a la armonía

 

     Al trasladarse a los Estados Unidos en 1963, Rita Geada se convierte en una de las más sólidas iniciadoras de la poesía cubana del destierro.  Publica los siguiente poemarios en los primeros veinte años de exilio; Cuando cantan las pisadas (Buenos Aires, 1967), Poemas escogidos.  Profils Poétiques: Des Pays Latins, (Nice, 1969), Mascarada (Premio Carabela de Oro: Barcelona, 1969) y Vertizonte (Madrid, 1977).

     Cuando cantan las pisadas  no nos ofrece el sufrimiento exílico al rojo vivo, sino una corriente profunda de dolor que la propia autora oculta magistralmente entre sus armoniosos poemas. Podría afirmar que en el microcosmos poético que constituye este poemario que ha sido escrito en una muy especial disposición de ánimo, el dolor del destierro no está ausente.  Esto se comprueba cuando nos traslada sutilmente, en el poema que finaliza su Cantata III, a otro  paisaje que permanece fuera de su alcance, pero dolorosamente vivo en su recuerdo:  “Con la sed intacta/ de reservados mundos de armonía./ Con la sed de la tarde que añora el rocío/ bajo redes ancladas una noche de estrellas,/ la palabra traduce los azules contornos,/submarinos matices que se pierden/ tras un largo camino/de cansancios y cruces./  Sed transida de búsquedas y esperas./ Con la sed despertada/ al golpe de amapolas/ resucitan paisajes/ que del centro regresan/ y jardines se abren/ con las llaves del alma.”  (21).  La voz lírica se traslada, asediada por una necesidad imperiosa de retorno, a un paraje añorado donde la armonía lo dominaba todo.  La repetición del vocablo sed  nos ofrece una idea precisa del apremio que experimenta y de la necesidad de satisfacción del mismo.  Permanece sedienta de un paisaje y sus colores. Visualizamos matices azules en este lienzo verbal  en que se va convirtiendo el espacio poético. Pérdida y alejamiento la asedian. Inesperadamente,“al golpe de amapolas”, surge una gama de colores que se une a los azules y se abren ante nuestra vista,  como distantes jardines del recuerdo. Poema éste de gran poder evocador. El sujeto lírico nos ha descrito una situación, por el momento insoluble, con una economía verbal extraordinaria.  La dolorosa base sentimental del mismo es el telón de fondo que lo sostiene.  El grito de Rita Geada es hacia adentro.  En algunos de los evanescentes y armónicos paisajes líricos, que podrían calificarse de becquerianos, presentes en este poemario, late todo el dolor de quien ha perdido una parte integrante de su ser.

     En el brevísimo libro  Poemas escogidos. Profils Poétiques Des Pays Latins. (Niza, 1969). La Rita Geada rememora felices tiempos compartidos en su vida pasada: “[...] Éramos/ la respuesta a una nube, el horizonte en luces de aquel río,/ el mar austral que antes recorrieras,/ los caminos hollados/ y los que estaban aún por inaugurar. /Éramos/ de la alta noche cuando canta/ como el agua, como el agua cuando profunda y clara / en nuestros pulsos late.” (sin paginar). Tiempos  venturosos que desde el hoy en que se encuentra se perciben como un sueño fuera de su alcance.

     Mascarada (1964-1969) (Carabela: Barcelona, 1970) recibió el premio Carabela de Oro de Barcelona en 1970.  Aquí la voz poética es muy diferente a la que tenía en  los dos poemarios mencionados anteriormente.  De la armonía de aquellos, pasamos a la más terrible de las angustias, convirtiéndose Mascarada en el libro más representativo en cuanto a la expresión del dolor exílico de nuestra autora.  En la contraportada de este libro manifiesta que:  “está consciente del dolor de este difícil tiempo que nos ha tocado vivir”.

     En “La función continua (1965)” nos dice: […] “Sobre esta alfombra/-tantas veces ajada por lluvias y semanas-/se pasean día a día las marionetas./Hacen ostentación de sus disfraces./Las caretas se buscan y se esconden./ Los solapados sonríen/ en una mueca inconfundible que los delata fácilmente.[...]” (13). Es el dolor profundo de un exilio físico y espiritual en el que no logra obtener sosiego. El mundo se ha convertido en un lugar horrendo visualizándose aquí los avatares del mismo. La maldad y la mentira se han apoderado de todo y de todos.  Los hombres son  fantoches, verdaderas caretas que esconden sus rostros genuinos. La sinceridad parece haberse erradicado de este paraje donde “Caín” vuelve a  ocupar lugar preferencial:  “Caín para no ver la sangre en sus manos/ cerró los ojos/ y anticipó a Pilatos./  Hasta llegó a creerse bueno y justo en su crimen./Hasta llegó a soñarse Abel./ Porque la mentira/  era más hermosa/ y más deseada/ que la horrenda verdad.”[...]  (11).   Caín trata de reconstruir nuevamente su realidad existencial cubriéndose con un manto de bondad que no le pertenece. Suplanta a su propio hermano Abel, en un terrible sueño en el que la hermosura se convierte en adorno de la falsedad y el crimen. En “Esta nueva Babel” la voz lírica parece agotada de transitar por estos viciados espacios y casi al final del poemario clama por otro ámbito, expresando su deseo de trascender el caos para lograr una posible redención:  “Busquemos otro ámbito./Tal vez nos sea dado/ poder hablar con lenguaje de hermanos.[…]” (47).

     Vertizonte, (Hispanova de Ediciones:  Madrid, 1977) abre un verdadero paréntesis en la producción lírica de Rita Geada. No sólo contiene una reafirmación de la propia vocación poética de la autora sino que va a  incorporar en su obra una nueva  realidad: el amor y el tiempo compartido con el ser amado. “Encontrarte ha sido/tocar de nuevo lo inaudito/reunir sílabas dispersas/balbuceos de tardes/colmadas de mensajes.[...]” (26)  El amor va a brindarle una razón para vivir, realidad tangible que ahora tiene muy cerca de sí misma.  Viajes que realizan juntos, paisajes que se entretejen al cariño:  “[...] Todo aquí se diluye/se transforma./ Todo aquí se enciende y embellece./Todo aquí se detiene./Aquí...en Venecia.” (35). La ciudad crea un ámbito extraordinario para el amor y el  canto.  El tiempo parece quedar suspendido en el espacio.  La descripción de la ciudad se hace desde el alma de la ciudad misma, desde el embrujo que crea en sus visitantes.  Es su fuerza de transformación lo que sentimos y casi palpamos en estas líneas; es su luz lo que nos subyuga.  En ocasiones, como le sucede en el poema “San Francisco”, en medio de una ciudad visitada, retorna el recuerdo de la tierra que dejó atrás: “[...]o si desde un tranvía –Habana de tu primera infancia-/ te sorprendiera abajo la ciudad volcada junto al mar batiente[...]”  (41) .  Ya casi al final del poemario, anticipándose al tiempo por vivir, no puede detenerse en la felicidad amorosa presente sin pensar en el futuro, que parece preocuparla: “Y si de pronto amor este delirio,/este iluminante misterio,/este todo asombrado/que nos llena de estrellas y ahuyenta oscuridades/de la vida a la nada se cayera,/en el vacío, amor, si se cayera, [...]”  (61).  Colocándose en un futuro aún no vivido, anticipa el porvenir presagiando por anticipado el doloroso desengaño amoroso.  De esta forma, deja al descubierto  la precariedad de toda felicidad presente, y la presencia del caos y del azar  en la vida de todo ser humano.

     La poesía de Rita Geada, tiene hasta el presente, una  diafanidad y una cadencia pocas veces lograda. En los poemarios comentados hemos transitado de la armonía a la angustia y de ésta de nuevo a la armonía, que es, en definitiva, lo predominante en su lírica.

 

Ana Rosa Núñez: el regreso a los orígenes

 

     Poeta, ensayista y crítica literaria, Ana Rosa Núñez publicó durante el período que aquí estamos cubriendo, Las siete lunas de enero (1967), Viaje al casabe (Colección Espejo de Paciencia, Ediciones Universal: Miami, 1970), Poesía en éxodo (El exilio cubano en su poesía, 1959-1969) (Ediciones Universal: Miami, 1970), Escamas del Caribe (Haikus de Cuba), (Ediciones Universal:  Miami, 1971), Los oficia-leros, (Ediciones Universal: Miami, 1973), Loores a la palma real (Miami: 1976).  Es ella  la primera mujer poeta que se empeña en dejar una  constancia escrita que reúna a todos los poetas cubanos del destierro del momento en que vive, creando la primera antología de poesía cubana escrita fuera de Cuba,  Poesía en éxodo (1970), libro fundamental en su trayectoria por el criterio  humano y patriótico que contiene.  Aquí reúne las voces de ochenta y cinco autores cubanos exiliados “atendiendo solamente”, afirma su editora,  “a una calidad:  la calidad del dolor por ausencia, por incomprensión, por falta de raíz telúrica...” (12). El libro es un testimonio vivo de su deseo de salvaguardar nuestro patrimonio cultural y, a pesar de que no todos los poemas incluídos tienen la misma calidad literaria, nos ha quedado como un precedente importante, como parte de una escritura literaria que comienza fuera de la isla y que va a prolongarse hasta nuestros días. La propia Ana Rosa deja su huella en el discurso lírico de la mencionada antología. En “Réquiem para una isla” atestigua el hecho histórico que vive:  “[…]  este tiempo que bifurca nuestra sangre;/este pórtico de censos y galileos en marcha;/de sillas y valijas venideras a otros cantos,/es –y oídnos bien- el atrio del huésped de la muerte,/y el doble que practica la campana  [...]” (169).  Sus imágenes no pueden ser más deprimentes ante la visión de un éxodo que marcaría tantas vidas.

     En dos de sus poemarios posteriores Ana Rosa  misma delinea, quizás sin proponérselo, las dos direcciones que tomaría su discurso lírico: la primera, la constituye el regreso al pasado aborigen de la Isla que se encuentra en Viaje al casabe (1970), regreso a los orígenes a un estado ideal, puro, de nuestra historia patria, dándole un sentido poético, histórico y trascendente a su voz, con el propósito de aferrarse a ese pasado remoto y reafirmarse a sí misma antes de continuar su camino hacia el futuro.  Desde la época en que escribe estos poemarios, observamos en su lírica, en determinados momentos, imágenes de un hermetismo que considero innecesario en la autora.  En ese mismo poemario, la voz lírica inicia un recorrido subjetivo, que constituye  la segunda dirección de su poética, que se hará más evidente en  Sol de un solo día (1993) publicado fuera del período que estamos cubriendo y que he analizado anteriormente en un ensayo  titulado “La construcción de una voz femenina: entre Eros y Logos”. Al descender a las profundidades de su ser se reencuentra con el trágico destino que le ha tocado vivir por el total abandono en que la ha dejado sumida el ser amado, tema recurrente en posteriores poemarios.

 

Juana Rosa Pita: una copiosa producción lírica 

 

     Se trasladó a los Estados Unidos en 1961.  Obtuvo el Primer Premio de Poesía para Hispanoamérica del Instituto de Cultura Hispánica en la Provincia de Málaga en 1975. Su labor editorial junto a David Lagmanovich durante varios años en las ediciones Solar fue notable. Ha sido articulista de El Nuevo Herald, durante un largo período de tiempo. En 1985 se le otorgó en Pisa el Premio Internacional Ultimo Novecento por toda su creación poética.  Dos años más tarde recibió el Premio Alghero-“La cultura por la Paz”, siendo invitada de honor al Congreso de Poetas y Críticos de Cerdeña en estas dos ocasiones.  Juana Rosa es una de nuestras más prolíficas y auténticas poetas.  Su producción es muy copiosa durante el período que estamos examinando.  

     Desde su primer poemario Pan de sol (Solar: Washington, 1976) se define  no sólo en cuanto a su construcción lírica, sino también, en cuanto al contenido estético de su palabra poética por su deseo de lograr un equilibrio tanto en lo personal como en lo histórico, lo cultural y  lo artístico.  La fina sensualidad de sus versos, siempre presente, es una constante en su lírica. Tan pronto comenzamos la lectura de sus versos detectamos en ellos un ansia permanente de perfección lírica.   En “Desde siempre”, perteneciente a este primer libro, define su sentimiento exílico :  “[...]  un dolor de sinsontes en la piel/ un mar anidado entre los dientes/ y las raíces al aire/ desprendidas por mil garras [...]” (9).

     Al año siguiente Juana Rosa publica dos poemarios:  Las cartas y las horas (Solar, Washington, 1977) y Mar entre rejas (Solar, Washington, 1977).  El primero, dedicado a Pedro Entenza,  novelista cubano que muere trágicamente en la plenitud de su vida.  El poemario está dividido como su título indica en horas, poemas breves, muchos de ellos definiciones líricas que aparecen en las páginas pares y cartas que se presentan en las impares. En la  “Hora 2”,  nos dice:  “El tiempo es una mano avara/ que se aferra a la efigie crispada/ de las horas/ mientras deja escurrirse entre sus dedos/ los instantes de espuma” (10)  Encierra este brevísimo pensamiento poético toda una profunda filosofía del paso del tiempo y por extensión de la vida misma.  En el poema “Carta a mi isla”  dialoga directamente con la tierra que la vio nacer : “[...] Isla/ lejos de ti  mi vida es la ironía/ el garabato tierno de un escritor ausente:/ una paja / en el ojo simbólico del cielo.” (23).  Juana Rosa está  consciente de lo que representa para un escritor crear una obra literaria fuera de su patria.  El exilio acarrea, en la mayoría de los casos, el desconocimiento del escritor exiliado, y más aún si le ha tocado vivir en un país de lengua extranjera.  Sin embargo, Juana Rosa ha continuado elaborando su obra poética,  sin dejarse vencer por los avatares del destino.

     Las cartas y las horas se cierra con otro poema dedicado a Cuba. “Carta onomástica”. En este ingenioso poema, donde la reflexión histórica se une a la emoción personalísima de su autora, se establece un paralelismo histórico-poético entre Cuba y la reina Juana de Castilla, hija de los Reyes Católicos y esposa del archiduque de Austria Felipe el Hermoso.  El poema va desarrollando lo anecdótico dentro de un tiempo interior o sicológico: [...]  hace sólo unos siglos/ adanes atrevidos bautizaron/ tu frente despeinada de palmares/ con un nombre de reina/ despojada/ isla/ tu grito y tu silencio/ no trascienden: / quizá has perdido el juicio ya por fin/ y Loca de los mares/ tejes y destejes vanamente en tu prisión/ un culto desmayado/a tu amante de siempre:/  Hermosa Libertad apenas disfrutada. [...] isla/ con la sal del bautismo los adanes/ te condenaron al papel de Juana.”(57-58). Si para Juana la Loca el motivo de su locura  lo constituyó la desaparición de su amado esposo Felipe, para Cuba lo fue la desaparición de su libertad. Cuba no vive, “yace”, enloquecida, condenada por los hombres a una locura similar a la de su real tocaya, mientras sus hijos permanecen lejos, obligados a vivir en tierras extranjeras.  Este poema de Juana Rosa, intimista y reflexivo, lo considero un anticipo de un poemario de ella, que es definitorio y decisivo en  su trayectoria lírica, Viajes de Penélope, cronológicamente ulterior a los límites de este trabajo. 

     Mar entre rejas (Solar, Washington, 1977), publicado el mismo año que el poemario anterior, está dedicado al poeta Ángel Cuadra y a sus compañeros de prisión en la isla, y por extensión a todos los presos del mundo. El poemario se abre con el poema dedicado a Pablo Neruda que la hizo merecedora del Premio de poesía para Hispanoamérica, otorgado por el Instituto de Cultura Hispánica de la Provincia de Málaga, ya mencionado anteriormente.  En “El último ídolo” la voz lírica  conmina al preso a una escapada imaginaria: “El muro ha sido el Dios de nuestro tiempo:/ le rendimos tributo/ con nuestras soledades trepadoras/ con puertas clausuradas y más puertas./ Desde esta intersección de mar y sol/ derroquemos al ídolo: abrámosle a ese muro una ventana/ diminuta ahora mismo y por tu celda/ lancémonos al sueño”. (32) El tema de la libertad y la ausencia son  esenciales en este poemario.

     El arca de los sueños  (Solar, Washington-Buenos Aires, 1978) se abre con el poema “Testamento”  que va a situarnos desde el primer momento en el umbral del arca que encierra los secretos que descubriremos  a medida que avancemos en nuestra lectura. “Cayendo por el túnel de un sueño/ me encontré en la región/ más clara de la vida:/ la entrada de la muerte. [...] Si los hombres pudieran vivir/cada minuto/en vísperas de muerte/ verían nuestro mundo bajo un fiero/ diluvio en que se atisba un arca/ Lego a los hombres/ el arca de los sueños”(7).  Y comenzamos a indagar, página por página, los secretos, constituídos por estas “memorias tristes”. Es una búsqueda incansable y un deseo insatisfecho por el regreso del ser amado. Es un libro intimista, que tiene como base un “dolorido sentir”, donde la voz lírica parece haber perdido la contagiosa alegría de vivir, siempre presente en sus primeros poemarios. Pero aún en estos momentos adversos el sujeto poético se mantiene fiel a un pensamiento:  “No hay isla para mí/(hasta los ciegos pueden ver los signos/ pintados en los muros de la vida)/ no hay isla y eso es todo/ ni aquélla/ ni ninguna/ ni aún la más querida/ de ese vasto archipiélago/ que verdece en los sueños [...]” (16). El recuerdo de Cuba es un hecho persistente en su memoria.  Lo ha perdido todo.  Es un momento de desolación en el que de nuevo viaja hacia el pasado, en un intento de aferrarse a tierra firme.

     Eurídice en la fuente (Solar, Washington-Miami, 1979) es una trilogía poética: “Tiempo natal”, “Eurídice” y “Tiempo final”. En las tres secciones que lo forman, el dolor amoroso la devuelve a la infancia y al mismo tiempo, percibimos la presencia constante de un Orfeo ausente, la crueldad de la vida y los atisbos de la muerte que se combinan constantemente  en esta agonía por una ausencia que cada día se hace más difícil de sobrellevar. A diferencia del mito, Orfeo es aquí el ausente. Eurídice, no cesa de cantarle: “[...] labios adentro el beso sueña/  que no te vas/ que no estás yéndote/ rodeándome de adiós con la mirada” (44). Y se sueña para olvidar el doloroso presente. Pero hay también el mismo punto de retorno que hemos ido encontrando en sus poemarios. En “Tierra nuestra” afirma: “Hay paisajes que abrazan desde lejos:/ cuando respira el tiempo profundo/ nos adentra en esa estancia/ tierna que no sentimos prisa de apretar/ cuando niños. […]”.  Y en la parte 2 del mismo poema que titula “La patria que lejana está conmigo” le dice en tono íntimo:  “A ti te necesito cerca siempre/porque ni cinco siglos bastarían/ para salvar nuestra niñez de ausencia” (58).  Es una necesidad imperiosa de identidad, de amor, de regreso, que dan lugar a un cataclismo irremediable.  Su vida parecía desenvolverse entre dos polos el de la sombra, representado en su patria lejana y el de la luz, su amor, hoy perdido.  Ella, que  parece vivir rodeada de la sombra, no deja de lamentar su situación presente mientras sobrevive a fuerza de recuerdos.

     Manual de magia (Ámbito literario:  Barcelona, 1979) es el último poemario que publica Juana Rosa en el período que nos ocupa. Dividido en tres secciones: “Isis”, “Trinidad” y “Llave”, en el poema 3 de la primera sección escribe: “Nada puedo decir que no haya sido/ Hago amor por no hacer revolución/ o tiempo / o muerte./ Y ardo palabras como urdiera besos/ para mesar las barbas del origen.”(13) Define su profesión escueta y certeramente en estas breves líneas siempre dando un toque mítico a las mismas. Ese subtexto mítico-literario, casi secreto, que la autora establece entre ella y sus lectores y su fina sensibilidad femenina, resultan siempre factores muy efectivos en su lírica. En “Trinidad”, dirigiéndose al amante, en el poema 9: “Ya no habrá corazón tuyo ni mío:/ cesaremos / y seremos un trozo del de Dios” (33). Aún cuando se refiere a la desaparición total a la que todos estamos condenados, la voz lírica dulcifica la transición convirtiendo  a los amantes en parte integrante del mismo Dios y, en el poema 11 de “Llave”, poniendo de manifiesto su versatilidad femenina y sus mañas poéticas,  aconseja al lector:  “Llena tu vida de primeras veces:/ sólo el único amor no agota los aromas [...]” (49) Y verso a verso Juana Rosa va entregando al lector los secretos que sostienen ese mundo trascendente que ha ido creando y que termina siendo una unidad armónica.

     Tanto por su lírica como por sus bien trabajados ensayos literarios Juana Rosa Pita constituye hoy una de las voces indispensables en el ámbito de la poesía cubana del exilio.

 

Pura del Prado: introspección y afrocubanía  

 

     Pura del Prado es una de las mejores cultivadoras del neorromanticismo afrocubano. Su lírica brota con la fuerza arrolladora y natural de un caudaloso río inundado de cubanía. Posee un gran dominio del verso y utiliza la rima en variadas combinaciones. En todos sus poemarios existe un buen número de excelentes sonetos. Nuestro folklore es la rica fuente de inspiración de su verso y el estilo único que caracteriza su palabra poética. Obtuvo varios premios de poesía. Aún antes de salir al exilio había recibido el Premio Nacional de Poesía de la Dirección de Cultura del Ministerio de Educación (1959-1960).  Ya en Estados Unidos, recibió el Premio del Municipio de Matanzas en el Exilio (1968); Premio de la Eckhart Institution of Poetry, Seattle, Washington, (1969); Premio Carriego de la Editorial Cultura de Buenos Aires, (1969). Premio Jorge Mañach del Municipio de Sagua la Grande en el exilio.  Miami, (1972). Se doctoró en Pedagogía  en la Universidad de la Habana.  Terminó estudios en el Seminario de Artes Dramáticas del Teatro Universitario.

     La otra orilla, (Plaza Mayor:  New York, 1972), es un libro de exilio, de dolor y rememoración.  “Al parque de Céspedes” le habla, personificándolo, en tono confidencial,  como a un viejo amigo:  “Te quise por tranquilo y diferente. [...] ¡Qué nostalgia tan grande! ¡Qué tristeza tan honda!/ Parque, parque de Céspedes, herido /vaga mi corazón por tu rotonda./[...] Desde orillas ausentes te recorro/ remontando corrientes de lo adverso.[...].”(26).  En este libro aparece también  su bien conocido poema “Aquí, no”, “El día que yo me muera/ se va a morir Cuba un poco,/ porque mi espíritu loco/ tiene zumo de palmera./¡Llévenme para allá /Aquí, no. ¡Qué va!” (20).  La de Pura era una nostalgia recurrente que no desaparecería jamás.

     Color de Orisha, (Editorial Campos:  Barcelona, 1972) poemas a los Santos Ñáñigos, es su segundo poemario. Sobre este poemario Armando González-Pérez afirma: “La culminación poética de Pura del Prado la encontramos en Color de Orisha que es como el torrente de una catarata que nos empapa a todos”. (374) Este es un libro único en su clase.  Inspirado según la propia autora nos dice al libro  El Monte de Lydia Cabrera,  al que le dedica el libro y por extensión lo dedica también a su autora. Su dedicatoria se extiende a los negros y a los creyentes de la santería. “Los versos”, nos dice, "aparecen en el orden en que usualmente se invoca a los dioses.”  Especifica que hace una excepción en “el de Osaín, ya que siempre se empieza por Elegguá”. (5) En “Amarillo”, Canto a Oshún, la Virgen de la Caridad del Cobre, la autora  nos ofrece una descripción muy personal de la Virgen: “[…] Viene la mulata de rumbo/ con su bata de naranjal, su fina silueta de espiga, gozosa en un resonar de pulseras de oro,/ con su corona de filigrana brillante [...]  Trae un collar de miel y coral,/ un rosario de calabacitas/ y sobre la cadera apoya una tinaja de agua bendita/donde flotan las flores de azahar [...]” (69).   La describe  como una joven hermosa, coqueta y llena de gracia.  Descripción que siempre he asociado con la protagonista del cuento de Lydia Cabrera “Arere Mareken” que aparece en sus Cuentos negros de Cuba.

     Los santos de las religiones africanas van apareciendo en sus páginas con sus respectivos atributos. La propia Lydia Cabrera reconoce el afrocubanismo esencial de sus poemas en una carta que le envía a Pura de Prado y que esta reproduce en este libro: “Tus bellos poemas han de encantar a los orishas...Tú eres todo un poeta, con esa fuerza de evocación que me transporta a Cuba con todos mis sentidos.  Sigue escribiendo para satisfacción de los dioses de nuestra tierra, que te han sido tan generosos” (115-116). El sincretismo religioso africano-español, es la temática  constante de este poemario. 

     Otoño enamorado (Editorial Campos, Carabela: Barcelona, 1972) lo publica el mismo año del poemario anterior.  En su prólogo José Ángel Buesa comenta: “Una de las principales excelencias de este libro y de su autora, es la inventiva poética.  No se trata de artificios de literatura, acrobacias métricas ni sofisticación de temas, sino de un soplo vivificante de originalidad metafórica.  A veces encuadrado en las formas tradicionales y en los temas de mayor tránsito; a veces en audacias formales, osadías sensuales  y modernidad.” (8).  Sus metáforas tienen una originalidad única y surgen estableciendo relaciones sorpresivas, pero siempre efectivas y de gran belleza.

     En este poemario, que cuenta con un buen número de poemas de tono introspectivo, con palabras sencillas, en tono coloquial, comienza a aparecer un dolor profundo causado, aparentemente, por un gran  desengaño. En el poema “Intromisión” escribe: “Amor, es que yo andaba, firme el paso/ y me encontré de pronto sin camino./ No vuelo ni prosigo ni retraso,/ estoy en un suspenso del destino. [...] Yo que era un solo ser con tu persona,/ siento el intruso tajo y me abandona/ la vida misma que fundé en tu entraña.[...]” (175). Y en “Ruego” dirigiéndose a Dios se declara una doble desterrada:  “[...] Señor, tómame el talle, álzame a tu morada, /la vida me da náusea mezclada con piedad;/ yo aquí no pertenezco, soy una desterrada/ de un astro centelleante de pura claridad. […] Ah, sí, salir volando, directa hacia tu Gracia; /dejar el sucio polvo del obsceno Belial, /mudar por regocijo la presente desgracia, /ser una repatriada del reino celestial.[...]” (191). En absoluto contraste con la pena que venimos comentando introduce también en este mismo libro sentidos poemas a su recién nacido hijo. En “Advenimiento” escribe: “Mi niño, ya estás aquí,/ diminuta perfección,/ ya late tu corazón/ independiente de mí./ Parece que un colibrí/ se asusta y vuela en tu pecho./ Como un delfín sobre el lecho/ -mar chiquito de la cuna-/ brinca tu cuerpo con luna/ y plisa su oleaje estrecho.”  (200). Frente al niño Pura parece olvidarse de todo lo negativo que hay en su existencia admirándose del milagro de la vida. El poema es un verdadero lienzo en movimiento, donde no sólo aparece el pequeño, sino ella misma absorta en su contemplación. Las imágenes empleadas en el breve poema son un verdadero acierto que reflejan  casi todos los aspectos y atributos del recién nacido en metáforas de gran belleza.  

     En la introducción a Idilio del girasol, (Editorial Vosgos, S. A.: Barcelona, España, 1975)  la autora señala: “El prólogo de este libro es una trágica tormenta del tamaño de la tristeza, el amor y la sed, casi valijas de una estación desierta de la locura.”  (9) A pesar de esta declaración hay una variedad muy grande de poemas, no todos dedicados a su crisis emocional. En “Charla con la moral”, poema muy peculiar, convierte a la moral en prelado y, personificándola,  la sienta y la interpela con igualdad inusitada:  “[...]  Te debo hablar como jamás te he hablado,/ con triste angustia de acosada loba.” [...]  (58).  De la alegría que emana de sus primeros poemarios Pura ha pasado al dolor y a una angustia inconsolable. Más allá de la realidad objetiva hay un universo de sombras que está vedado a nuestra vista.  Una de las tareas del poeta es tratar de develar ese ámbito para poder llegar a su más íntima realidad.  En ocasionas, Pura se vuelve una visionaria que ha comprendido en su totalidad su verdadera misión, devolviéndonos los resultados de sus indagaciones en símbolos poéticos muy personales.  Pura del Prado nos ha dejado una obra muy apretada, con una extraordinaria cantidad de matices, en la que trata de llegar a sus lectores a través de su extraordinaria cubanía.  

 

Martha Padilla:  potente y angustiosa voz lírica.

 

     La alborada del  tigre (Miami, 1970). El libro que la inicia en nuestra lírica, nos la muestra en plena crisis  existencial y sus primeros poemas están construidos a base de negaciones de sí misma:”No soy Martha Padilla/ No me llamo palabra/...No canto, no recanto...” (4).  El dolor no tarda en manifestarse con más intensidad en “Cielo U. S. A.”:

 

          [...]  Este momento es mísero

          No abunda ni el pregón de un níquel dócil

          Estoy contra la cal de cien paredes

          Estoy arrepentida de ser mansa

          De escurrirme entre grietas como un lince

          De asomarme de noche como un astro

          Que me cuelguen si quieren de algún árbol  […]  (p. 14)

 

Acosada por la vida reniega de su propia manera de ser al sentirse despojada de su mundo vital.  En medio de la carencia absoluta en la que se desarrolla su existencia su canto de denuncia se levanta en protesta por lo que le ha tocado vivir.  La voz poética no atina a dar solución a sus problemas vitales  El poema se vuelve un profundo y sentido lamento.  Sus imágenes son vigorosas y bien logradas.

     Su segundo poemario, Los tiros del miserere (Editorial Los Nuevos:  Miami, 1972) tiene como tema central los sucesos originados en Cuba con motivo de la detención y juicio de su hermano Heberto Padilla. La injusticia de “el caso Padilla”, desató la airada protesta de los más destacados intelectuales del mundo lo que  determinó, en último término,  que el poeta fuera puesto en libertad.  Entre evocaciones de una infancia compartida con su hermano Martha Padilla recorre el via crucis vivido por él en Cuba: “[…] Llamadlo a secas, hombre/ Acorralado ha sido/ Mutilado en sus vísperas/ En su niñez de ayer transfigurado/ Llamadlo a  secas hombre/ Llamadlo, con afecto, un hombre/ Su infancia era mi infancia […]” p. 22.  Con una estructura que no puede ser más sencilla, de forma dialogada, con gran intimismo, nos va narrando las acciones ya realizadas que han convertido a Heberto en un sacrificado y, apelando a los lectores con el uso de imperativos, nos conduce a profundas consideraciones acerca del sacrificio de su inocente hermano.  La autora tiene una habilidad extraordinaria para conjugar factores heterogéneos y unificarlos poéticamente.  Introduce, además, una apelación directa a nuestros sentimientos, cuando nos pide que lo llamemos “con afecto”, como si la desnudez sufrida por Heberto necesitara del apoyo de nuestro sentir.  Por último, nos traslada al mundo inocente de una infancia compartida por ambos en el que se hace énfasis en la inocencia del hermano sacrificado.  Los efectos demoledores de la realidad vivida impulsan a Martha Padilla a volcarse en la poesía como única salvación dejándonos en ella para siempre el testimonio de su dolor y la realidad de un hecho histórico que nos tocó  muy de cerca.  

 

Gladys Zaldívar: una Cuba mitológica y culterana.

 

     Desde su primer poemario, El visitante (1971),  define su identidad poética y por extensión, su identidad personal.  Su poesía, que mantiene  sus  nexos con la de Lezama Lima y poetas pertenecientes al barroquismo literario peninsular, no es una poesía de mayorías. Jorge Febles define su escritura con precisión al afirmar que: “Zaldívar se revela  escritora egocéntrica, si se emplea este adjetivo para caracterizar al poeta que emociona sin dejarse aprehender íntegramente pues su voz, hasta cierto punto, gira  a modo de vorágine hacia sí misma.”[1]  Nuestra autora introduce dentro de los ramajes oscuros de su lírica el dolor exílico para contarnos también su propia historia interior. En el poema I de la sección que titula “Solo trece de Orfeo” de El visitante, escribe: “Alguien tiene la llave de la ardiente turquesa/ y en la torre los narcisos amasan un fuego fatuo/ en la torre como si fuera el sol de lívidas mañanas/ estamos más cerca que nunca de la ceiba/ pongámonos la máscara del sueño[...] (15) De este modo dentro de su barroquismo se acerca espiritualmente a la tierra dejada atrás. La añoranza se apodera de estos versos del poema mientras en la distancia visualiza a los habitantes de la torre, que es donde reside la voz lírica, quienes no logran encender el fuego necesario para la recuperación de lo perdido. Sin embargo, la presencia de la ceiba, imán espiritual fijo en su  recuerdo, parece acercarla a su terruño.

     Fabulación de Eneas (1979) es el  segundo poemario  de  Gladys Zaldívar. Aquí la voz autoral, con la artificiosidad culta que la caracteriza,  nos coloca ante el valiente héroe troyano, introduciéndonos en un nuevo escenario poético. El Eneas de Zaldívar, como el auténtico, será el fundador  de la nueva ciudad y en “Palabras del augur a Eneas”, como una moderna Sibila de Cumas, escribe su vaticinio: [...] “pero sólo –escucha bien- cuando la ronda quede inmóvil/ y la inocencia círculo en pedazos/ se abrirán las pálidas conchas del destierro/ y el fundador sacudirá la muerte de su polvo/ como un meteoro desangrado”(31). Añadiendo nuevas dimensiones a sus posibilidades expresivas Zaldívar crea al héroe mítico que el exilio y la patria necesitan.  En “Espejo del enemigo” nos ofrece la reacción del adversario  al  enfrentarse a Eneas: “ [...] y ya no es él sino la blanca elipse de su miedo/Eneas sale de su oído como un áspero huracán de centauros” (51). Finalmente, en “Como un rabioso altar”, se describe el final del enemigo y la ansiada liberación y se visualiza mitológicamente la fundación de la nueva ciudad: “[...] la muerte rompe el oleaje en sus costados/ ‘y adiós a todos esos clavos para siempre’ [...]”. (55)  La contemporaneidad de la situación cubana es expresada en moldes mitológicos  clásicos y en matriz poética culterana. Esperemos que el final de nuestra auténtica historia  coincida con el vaticinio de esta nueva epopeya.

 

CUATRO POEMARIOS IMPACTANTES

 

     Poeta, ensayista, narradora, Lilliam Moro sale de Cuba en 1970.  La cara de la guerra (Gráficas Arabi:  Madrid, 1972), es el primer libro de poemas que publica en el exilio.  Desde su título percibimos la dureza de los tiempos por los que transita su autora.  Es un libro de recuerdos y a ratos de desesperación, de nostalgia y soledad, desengaño, de dolor sentido en la impotencia.  En un poema que dedica a su madre, cuyo título lo constituye su primer verso, le dice:  “Tu rostro se convulsiona frente a mí/ con extraños dilemas de rescate/ porque no tengo mis manos/ disponibles para sujetarlo [...]  / y es la hora en que los ojos juegan/ la difícil situación  de las palabras.” (38).  La voz lírica se adueña del espacio poético  transformándolo en un ámbito trágico y doloroso en el que es difícil determinar cuál de estas dos mujeres tiene una situación más agobiante.  Estos versos se sostienen en la hondura trágica que proyecta  la intensidad del dolor filial  y en la imposibilidad, por parte de la hija, de ayudar a su madre.  Y al título del poema “¿Acerca de las apariencias engañosas?”   responde con el texto del poema mismo:  “Quizás todo no sea más/ que una bien preparada equivocación/ y que el viento que choca en mi ventana/ no tenga nada que ver con la soledad,/ y que el mar que desgasta mi memoria/ no tenga nada que ver con la Isla de Cuba./ Bien puede ser que el error haya llegado también hasta mis ojos/ y que tú no fueras tú/ sino tu propia equivocación,/ aunque el amor fuera hecho de la misma manera/ y tus ojos se parecieran mucho a tus ojos” (39). Este poema a pesar de su modernidad, contiene el mismo sentido de desengaño que sufrían los grandes escritores del Siglo de Oro español.  Es un poema desolador donde todo es engañoso y nada es en realidad lo que aparenta ser.  Y en medio de ese desengaño total se coloca la autora, abandonada a su suerte, ante pérdidas inconmensurables e irrecuperables.   La poesía de Lilliam Moro nos agarra desde el primer momento por su intensidad y poder expresivo y por el angustioso y nostálgico  universo que representa.

     Eliana S. Rivero se trasladó a Estados Unidos en 1961. Obtuvo en la Universidad de Miami, Coral Gables, en 1967  un American Ph. D. Es profesora titular en el Departamento de Español y Portugués y Profesora Adjunta del Departamento de Women Studies de la Universidad de Arizona, donde ha estado enseñando durante varios años. Ha publicado artículos y ensayos críticos en numerosas revistas académicas. Su palabra poética tiene una personal y auténtica calidad literaria.  De cal y arena. (Aldebarán, Sevilla, 1975) la ubica en el período de esta investigación  Su lírica es directa sencilla, natural, sus poemas son  pequeños diálogos íntimos que entabla con sus lectores. Los actos más rutinarios de su vida diaria los intercala en sus poemas como lo que son, parte integrante de su totalidad vivencial, sin perder la hondura y profundidad que toda poesía debe poseer.  “[...] se suceden las horas callejeras/ en la pereza sutil de demostrar/ ante los púbicos alumnos/ que Petrarca existió/ y que Sor Juana era barroca. [...]”(13). Su poesía se inunda aquí de cotidianeidad sin dejar de ser lírica y de calar hondo en su contenido. En el poema “Cesta de agua” escribe:  “Un viaje de verano se resuelve/ en el regreso al mar,/ al sol de las palmeras./ El agua de la infancia/ suena oscura/ en el vaivén rotundo de las olas,/ aquellas mismas que enredaban/ los pies pequeños del pasado/ Única y sola ola del océano,/ sal de memorias idas,/ Jordán amargo de la propia historia,/ bautismo renovado de la voz de antaño […]  Se vuelve atrás,/ hacia el origen,/ en la presencia entera de una ola,/ en la montura líquida del verde,/ y se renace/ proteico/ en las espumas;/ entre las aguas mustias/ de lo que fue/ brota otra vez el germen de la vida/ y el mar nos trae/  -Moisés de aire y poesía-/ hasta la orilla de juncos del futuro” (26-27).  La vida es tiempo, como lo han observado casi todos los poetas: Manrique, Quevedo, Góngora,  Cernuda, Machado y muchos más. Tiempo ido, tiempo actual y, tiempo por venir. Y en ese devenir la vida se vuelve, un conjunto de inolvidables y dolorosas experiencias, de preciosos momentos perdidos para siempre, dejados atrás, nunca olvidados, pero jamás recuperados y el curso de nuestra propia vida,  como río o mar que nos arrastra, nos conduce inexorablemente a la reconstrucción necesaria de nuestra existencia y más tarde,  a nuestra propia extinción. 

     Aunque graduada de Derecho Civil e Internacional en la Universidad de La Habana, Mireya Robles al llegar a Estados Unidos se entrena para la enseñanza en varias universidades americanas obteniendo un American Ph.D. en la Universidad de New York en Stony Brook. Ha enseñado en colleges y universidades en este país y fue Senior Lecturer en la Universidad de Natal, Durban Sudáfrica. Es conocida ensayista, pintora, poeta y novelista. Tiempo artesano (Editorial Campos: Barcelona, 1973) es su primer poemario. Está dividido en “Poemas de España”, “Poemas del tiempo”, “Ciclo cerrado” y “Poemas de la muerte”. El tiempo, como su título indica, es el protagonista esencial del mismo. En su primera parte la voz lírica realiza lánguidos recorridos por múltiples espacios, en su mayoría españoles; “espacios de ausencia” los llama. Su voz surge tanto desde Madrid , como desde el Talgo en movimiento, desde Córdoba, o Ceuta, o Lisboa. Ciudades que contemplamos a través de una visión interior dominada  por una soledad que parece traspasar a esta “andariega sin rumbo” que anda y desanda en un mundo de recuerdos que se mantienen aún vivos en la memoria. En “Poemas del tiempo” la tristeza parece embargarla hondamente al considerar que el tiempo va deslizándose sin dejarse sentir: “[...]Quizás no hay nada/ más triste/ que el pasar lento/ de los años/ cuando el tiempo no hace ruido/ ni da alegrías/ ni dolores[...]” (57). Ante todas estas consideraciones se intensifica su deseo de permanecer ella misma en el tiempo. Quiere dejar una huella propia, una  señal de identidad,  algo que no permita su olvido definitivo, una marca que la inmortalice recurriendo a su palabra poética: “Tratando de apresar el Universo/ en la palabra/ y dejarlo así./ fijo en el tiempo”(63) . En “Ciclo cerrado”, en su poema “Trilogía en punto final” afirma:  “Se parte de cero/ para llegar a cero” (79). y se visualiza en una fuga final trágica y sin retorno. “Poemas de la muerte” está integrado por una trilogía dedicada a la hora final.  “Cuando llegue la hora infinita,/ la hora única,/ la hora sorda,/la HORA/ que huya el pulso de mis sueños/ y se esconda en una estrella/ buscando el nervio tibio/ y la brisa serena.” (85).  Es toda una filosofía del tiempo, de la vida y de la muerte la que desarrolla Mireya Robles en este poemario.  Es una auténtica forma de colocarse frente a frente ante el inexorable destino que nos espera.

     Ayer hubo sol  (Editorial Alfaguara, Madrid, 1973) de Zoila Toledo es un caso muy especial. En este extenso poemario, que cuenta con una precisa introducción de John Dowling, partiendo de un espacio oscuro y sombrío, realiza un viaje retrospectivo hacia la luz, que no sólo es tiempo sino también espacio.  Esto que acabo de señalar es lo que le da una tónica muy especial al libro. Quiero aclarar que al tomar este poemario en mis manos y comenzar a  ojearlo, la evidente ausencia de experimentación formal me produjo una actitud de escepticismo. Sospeché que iba a recorrer espacios trillados de la experiencia cubana contemporánea. No obstante lo que vengo diciendo, al leerlo más detenidamente, me di cuenta que en cuanto a lo formal se confirmaba mi primera impresión, y en parte también, en cuanto al contenido. Sin embargo, la personalidad lírica de Zoila Toledo se fue apoderando de mi, trasladándome a un espacio nacional que se encontraba mucho más allá de la nostalgia.  Me situaba en un ámbito de un refinamiento y una sensibilidad donde estaba presente lo mejor y más sensible (¿por qué no decirlo?) de una burguesía ya extinguida. El poemario anegado de una legítima tristeza, es tan auténtico en su dolor que me atrevería a afirmar que podría establecer una línea de continuidad entre este libro y  los poetas de El laúd del desterrado. Esa tristeza creciente trata de iluminarse con la memoria, pero no logra hacerlo. “¡Esta garra de acero!.../ No es posible desasirme de ella./  Inmoviliza mi cuerpo.../ Todo entero. / ¡Si pudiera echar alas al viento/ con el polluelo a cuestas!/ ¡ Huir...Adonde no hay peligro./ Adonde no hay tormento!/ A un lugar ignoto.../ Por donde nadie antes  haya andado./  Donde todo cambie../ donde, por fin, el cerco quede roto./  Donde el sueño sea tranquilo/ y la noche serena.../ Donde haya una playa solitaria, / y el alma descanse de la acerba pena!”  (III).  Cuba transita en cada una de las páginas de este dolor profundo que envuelve a Zoila Toledo.

 

UNA OBRA POÉTICA EN PROCESO DE CRECIMIENTO

                                                          

     Durante estos veinte años hay un grupo de poetas que publicarán sus primeros poemarios, dejando pendiente una producción de mayor importancia para las décadas que le siguen. Tal es el caso de Amelia del Castillo,  Uva Clavijo Aragón, Maya Islas y Maricel Mayor Marsán. Dentro de este grupo, aunque no ajuste debidamente, vamos a ubicar también a Teresa María Rojas.

     La de producción ulterior más extensa es Amelia del Castillo. Poeta y ensayista, mujer versátil, trabajadora en diferentes campos, ha estado dedicada a la lírica desde 1975, en que publica Urdimbre, su primer poemario. (Editorial AIP:  Miami, 19, 1975) Agustín Acosta en el prólogo afirma: “El espíritu que anima la poesía de Amelia del Castillo, más que torrente es manantial, más que selva enmarañada y oscura es prado en que las flores vistosas y fragantes embellecen las tímidas malezas que necesitan de cuando en cuando sentir llamaradas de sol”. (9).  Como el título de su poemario indica su autora es una tejedora de versos en los que nos va dejando recuerdos, meditaciones, sueños, deseos insatisfechos. Toda una gama de sus vivencias interiores en una poesía intimista que bucea en un mundo interior al que sólo podemos llegar a través de su palabra. La voz lírica nos  lo entrega  en este libro. Y dentro de la variedad de sentimientos presente en este poemario, Cuba ocupa un lugar preferencial. En “Antillana”, Amelia se define a sí misma y al mismo tiempo define su procedencia:  “[...] Soy cubana.  Soy cubana/como la juncal palmera,/ y tengo los ojos llenos/ de verdes lomas y vegas./ Soy cubana. Soy cubana/ como la albahaca y la ceiba,/ y tengo el alma borracha/ del esplendor de mi tierra […] (96).  Es una joven voz poética la que nos llega a través del tiempo, llena de cubanía.   Se identifica primero con el paisaje y la vegetación de la isla, luego con su magnificencia y brillantez.  La compenetración es absoluta. El  enérgico soporte sentimental es la base que sostiene este poema y muchos de los que pueblan este libro.

     Su segundo poemario, Voces de silencio, (Hispanova de Ediciones, S. A. Miami, 1978) está dividido en seis secciones: “Isla”, “Paisaje”, “Mi niña”, “Búsqueda”,  “Encuentro” y “Amigos”. El ambiente que percibimos en el mismo es de un acusado  sentimentalismo: “[...] Voy errante, desnuda de raíces,/ perdida en laberinto de añoranzas.[...]” (15). En estado de desorientación, parece ir recorriendo esta “peregrina” caminos interiores sin poder encontrar el derrotero  preciso que la conduzca al anhelado paraje que no puede olvidar. Al mismo tiempo, se suceden los “espejismos”,  los  “recuerdos “, la nostalgia parece apoderarse de ella en muchas de sus páginas. Por momentos la voz lírica se ensombrece y de la alegría pasa a un estado de congoja en el que se nos presenta en total desamparo y desengaño como en el poema “Tránsito II” donde afirma:  “[…]Sombríos los jardines de mi otoño,/ estéril la semilla de mi huerto,/ hoy me busco en las sombras de mi sombra/ y en la búsqueda y paso y sólo encuentro/ la nada que regresa de la nada/ y el silencio que vuelve hacia el silencio. […]” (99). Poema que establece cierta similitud con la tristeza infinita que permea  muchos de los versos que pueblan En las orillas del Sar, de Rosalía de Castro. Este negativismo existencial no será una característica permanente en la poesía  de esta autora.

     Uva Clavijo Aragón, ensayista y periodista, además de poeta, publica en este período:  Versos de exilio (1977), diminuto y breve poemario que reúne poemas escritos entre los años 1971 y 1976 y  que su autora  divide en cuatro secciones:  “Versos a mis hijas”, “Versos íntimos”, “Versos de amor y desamor” y “Versos de exilio”. Sus poemas, casi todos escritos en un tono íntimo,   parten, en su mayoría, de acciones comunes de su vida que la llevan a hondas reflexiones sobre temas trascendentales como la vida, la muerte y el amor.  Al referirse a sus poemas la poeta afirma: “quizás no tengan ni pies ni cabeza, pero tienen alma”(7). Y ciertamente, estos poemas poseen muchas de las características que la definen y algunos de los conceptos más profundos que Uva ha mantenido incólumes a través del tiempo, en los que  Cuba se vuelve una constante. En el poema “Plenitud” la autora nos ofrece una definición sincera de sí misma: “[…] No quiero ser/ más de lo que soy:/ mujer, niña/ y una constante contradicción [...]” (17). Esa “constante contradicción” que tan sinceramente ella nos confiesa como parte de sí misma, va a dejar su huella en estas breves páginas. En “Reiteración” nos encontramos una esencial definición; en este caso, es en relación con Cuba: “[...] Cuba-les digo- es más que añoranza,/que ilusión y que sueño/y que memorias gastadas./Cuba es una prisión/con barrotes de agua. [...]” (58). Este aspecto negativo que señala al final de estos versos, es la verdad más absoluta sobre Cuba que ella quiere destacar en el momento que lo escribe. Sin embargo, el último verso nos sorprende, porque no esperamos una afirmación tan negativa después de la afirmación inicial sobre Cuba en que los vocablos “añoranza”, “ilusión” y “sueño”, parecen conducirnos a una  oración positiva sobre la isla, cosa que no ocurre al final del poema.  La base esencial de estos  brevísimos poemas está constituída por serias reflexiones que dejan al descubierto complejidades psicológicas  de la poeta  que nos mantienen en un estado de alerta ante su lírica. En un ensayo sobre sus “Versos de amor y desamor”, Montes Huidobro afirma que en este poemario la autora “está trabajando con una conciencia dual, de “otredad”, que será una característica de su poesía; en parte reflejo del dualismo geográfico e histórico de su existencia inmediata. Esto produce un efecto alienatorio, un juego de dos caras, en la que una contradice a  la otra y tal vez la complementa.” (101).  No me cabe duda de que Uva Clavijo Aragón experimenta interiormente un desvivir exílico, que en ella se exterioriza poéticamente en ese “dualismo poético” que parece ser su más auténtica seña de identidad.

     En cuanto a Maya Islas (Omara Valdivia Islas), ha obtenido varios premios de poesía, entre ellos el Premio Carabela de Plata en Barcelona en 1978.  En la contraportada de su primer poemario, Sola....desnuda....sin nombre, (Editorial Mensaje: New York, 1974)  se acota que es: “poeta de responsabilidad y equilibrio.  Los poemas que le nacen son auténticos, sentidos...el amor por la vida, por los seres, por la naturaleza”.  El poemario aparece dividido en cuatro partes:  “Período tierra”, “Período amarillo”, “Período síquico”, “Período clásico”.  Su palabra poética es todavía incierta.   Sus imágenes carecen de la nitidez necesaria y aparecen difusas y fragmentadas. En el poema “Mi lagarto”, surge el recuerdo de su tierra natal expresado en imágenes de escaso contenido poético.    “La Tierra mía se me retuerce;/ la recuerdo/ con su olor a selva, /y su respirar de animal herido,” (14) . Sombras papel (Ediciones Ronda: Barcelona, 1978) es su segundo poemario. Eliana S. Rivero, en la introducción al mismo, que titula “Pórtico”,  subraya la temática binaria que encierra su título, señalando entre otras cosas, que este libro:  “..es un ejercicio entre el recordar y el ser, en adivinar lo que se agazapa detrás del manto pardo de las cosas: definición constante...”(7), lo que parece comprobarse a medida que avanzamos en la lectura del mismo. En uno de sus poemas, sin título,  nos descubre el origen de su verbo:  “Me parece que llevo en las espaldas/ miles de ríos bullentes,/ y no hay susurros/ sólo gritos en senderos vegetales/para que se vuelva madura la palabra/ y se converse con ella... y /broten  las manos imaginarias/ en el silencio de esos no sonidos que conozco...” (41). En 1987 Mireya Robles publica un estudio titulado Profecía y luz en la poesía de Maya Islas, donde el lector interesado puede encontrar otras perspectivas de la  lírica de esta autora.

     La más joven de este grupo es Maricel Mayor Marsán. Poeta, narradora, dramaturga, profesora y editora, publica su primer poemario Lágrimas de papel, (Miami: Ediciones Universal, 1975), siendo aún estudiante de la Universidad Internacional de la Florida. En la contraportada del mismo, Jorge Gutiérrez afirma, certeramente, que “más de una vez la rima, la ternura, la brillantez armoniosa ha estado a punto de matar la Poesía”, agregando que la autora, nacida en Cuba en 1952, “representa una parada entre tanta poesía cubana documental, o “de revolución” cuyas “expresiones van aquí por encima de la estilística, y esto en lugar de hacerla poetisa, la hace, afortunadamente, poeta....”. Este libro es definitorio de la personalidad de la poeta. Con la eliminación que lleva a cabo de adjetivos innecesarios logra afirmaciones escuetas que van delineando una lírica donde todo lo superfluo queda omitido:  “Un hombre no es/esencia en sí mismo,/ sino que va a ser/la esencia de todos los hombres que le rodean” (XI). De esta forma muchos de sus poemas se vuelven un axioma donde la poesía se encuentra en el contenido mismo del texto. Esto que venimos comentando va acompañado de una variación verbal que no traiciona lo que la voz lírica está diciendo. El contenido poético no se sacrifica por esta variación que el poema contiene: “Hurgar en el pasado/ y recavar lo imposible / es como martirizar a un niño/ castigándole doblemente por la misma falta” (XV). Recorrer una trayectoria de comunicación emocional entre el tú y el yo, como lleva a efecto en el poema VIII, sin caer en la sensiblería , es difícil:  “Si algún día me buscas/ y no me hallas en casa/ ve en dirección del río/ por el camino viejo,/ tuerce a la izquierda/ por donde juegan los niños/ y no habrá pérdida...”; concluyendo en el encuentro:  “Al llegar a la orilla/ te emocionarás vivamente/ y te acostarás en el remanso/ lo mismo que yo”. Poesía concreta, anti-impresionista, la autora logra en sus mejores momentos  seguir un camino de observación directa, objetiva, para ofrecernos la substancia intangible que debe tener la verdadera poesía.

     17 poemas y un saludo. (Coral Gables:  Editorial Ceugma, 1978) es el segundo libro que publica. Estos poemas son el producto de un taller literario que se llamó “Círculo de enero”. Aquí comienza a perfilar aún más sus condiciones líricas, caracterizadas por un deseo de precisión que, en algunos de estos poemas tienen un carácter combativo:  “Como una profecía  de súbito y en filo,/ cual melodía de herencias desgajadas/ dijiste un día que eras el orden:/ te estableciste./ Con el aliento de pútridos olores/ y el vuelo de sombra sin patrones,/ esbozaste discursos de obligaciones y naciones:/ te concediste derechos” (4).  En este poemario comienza a traslucirse en sus versos una mayor facilidad.  Los poemas van adentrándose en relaciones más íntimas donde la historia funciona a otros niveles; de despedidas personales, por ejemplo:  “Si fueron dos las víctimas de una partida , tú fuiste los lamentos,/ y yo la canción perdida” (12)  Poesía de mucho interés donde la voz de Mayor Marsán corresponde a un canon diferente, lo cual no quiere significar ruptura, sino continuidad de la poesía más auténtica, que en este caso debemos seguir observando.

     Finalmente Teresa María Rojas, más conocida como actriz, publica tres libros de poesía de resultados no siempre afortunados. A pesar de la calidad poética que tienen algunos de sus poemas en Señal en el agua. (Época y Ser: Costa Rica, 1968)  no existe un sentido selectivo de los mismos. Junto a algunos poemas amorosos que no tienen un particular valor lírico aparecen otros que nos producen un verdadero choque emocional. Ejemplo de esto último es el que la autora dedica a Francisco Morín: “Conocerte fue como el impacto que sigue a la locura./ Me dije que era la triste historia/ que alguien contó de ti, lo que me conmovía/  Pero cuando encontré/ ese dolor que para siempre lloras, / sentí  la muerte desesperada  que a los bosques causa una chispa de fuego” ( 15).  En el mundo poético variado y desigual que presenta este poemario son los poemas evocativos los que  nos parecen más valiosos.

     La casa de agua (Editorial Playor:  Madrid, 1973). Carlos Alberto Montaner en la contraportada de este poemario nos dice: “La poesía de Teresa María Rojas es como el título de su libro. Sabe a vida, a sol, a humedad, a sexo, a ternura. Todo lo dice con palabras menores sin aspavientos, en olor de ingenua sinceridad”.  La casa de agua, que abarca su poesía del 1972 al 1979, está dividido en cuatro secciones: “Bajo el agua”, “Ronda de soledad”, “Los rayos equis” y “Más allá”. Algunos poemas de este libro resultan demasiado superficiales, a pesar de la calidad poética de la autora.  El lector, por momentos, se siente perdido por la ausencia de la unidad temática del poemario.  En el poema “Lee esto” de la primera sección del libro de temática amorosa la voz autoral afirma: “Lee esto y no olvides,/ hay un cambio tan brusco de sombras en mi pecho, un respirarme/ a todas horas tu recuerdo, una dicha/un dolor de tu presencia, una fatiga/ tan dulce de saber que existes/y eres tanto el amor/que a veces te  siento/ en mi vientre como a un hijo.” (10) Amor agridulce que termina incrementando en la voz lírica un sentimiento de maternidad.

     Campo oscuro (Ediciones Universal: Miami, 1977) es un poemario mucho más logrado que los anteriores. Podríamos caracterizarlo, en parte,  como el libro de las soledades y desilusiones. Inclusive el recuerdo de  la tierra natal parece traicionarla borrado ya de la memoria. En “Sin título posible” leemos:”Cuba, en fotografías recientes retrata/distinta. O, quizá sea  mi mirada sin ojos,/ o mi recuerdo con tan mala memoria. [...]” (23). Siendo actriz y profesora de  actuación no podía faltar un poema representativo del teatro y en “Arte dramático” recomienda: “Aprendamos a caminar/sobre el fuego. Procuremos/no entender: Hay que sentir/ para explicarnos/ el tormento. Y, sobre todo, /hay que callar, hacernos pequeñitos, /sorprendernos/siempre ante la envidia. Aprendices/de la vida  seamos/ y luego, estudiemos la risa./Reír, como se sabe,/ es más difícil” (24).

     Todas las autoras cuyas obras hemos comentado brevemente, desorientadas en un principio por los avatares de su destino se han refugiado en su propia identidad para sobrevivir el impacto causado por el hecho exílico creando una obra lírica que vista en su totalidad se vuelve impresionante.  Hay un hecho innegable que no es posible soslayar: la existencia de un movimiento literario que se inicia en 1959 y que ha creciendo y solidificándose dentro del cual la poética femenina ha jugado un papel de considerable importancia.

 

 

Obras consultadas:

 

Cabrera, Lydia.  Cuentos negros de Cuba. Ramos, Artes Gráficas:  Madrid, 1972

p. 124

 

Castillo, Amelia del.  Urdimbre.  Editorial AIP:  Miami.  1975.

Voces de Silencio.  Hispanova de Ediciones: Miami, 1978.

 

Clavijo Aragón, Uva . Versos de exilio. Edición Aniversario: Miami,  1977.

 

Febles, Jorge.  “Voluntad literaria e intransigencia metafórica en el “Preludio” y

dos poemas de  El visitante por Gladys Zaldívar”. Anales Literarios. Poetas                Num. 2, Vol. II.  Ed. Matías Montes Huidobro y Yara González Montes, 1998.  p.                 62-74

 

Geada Rita.  Cuando cantan las pisadas.  Editorial Americalee: Buenos Aires,1967.

Profils Poétiques:  Des Pays Latins (Nice, 1969)              

Mascarada.  Premio Carabela:  Barcelona, 1970.

Vertizonte.  Hispanova de Ediciones:  Madrid, 1977.

 

González Montes, Yara. “La construcción de una voz femenina: entre Eros y Logos.”

            http://www.elateje.com/0720/ensayo/072002.htm

 

González-Pérez, Armando. “Itinerario de la poesía afrocubana de Pura del Prado.

            En Voces femeninas en la poesía afrocubana contemporánea. ADR Printers.

            Estados Unidos, 2006. p.374.             

 

Guillén, Claudio. Múltiples moradas. Ensayo de literatura comparada. Tusquet:                             Barcelona, 1998. p. 37.

 

Islas, Maya. Sola…Desnuda…Sin nombre… Colección Mensajes. Nueva York, 1974.

Sombras papel. Ediciones Ronda:  Barcelona.  1978.

 

Mayor Marsán, Maricel.  Lágrimas de papel.  Ediciones Universal:  Miami, 1975.

 17 poemas y un saludo.  Editorial Ceugma:  Coral Gables, 1978.

 

Montes Huidobro, Matías.  “Metafísica de Eros en Uva de  Uva de Aragón”.                                 Anales Literarios. Poetas. Ed. Matías Montes Huidobro y Yara González

             Montes,   1998. Num. 2, Vol. II. p.

 

Moro, Lilliam.  La cara de la guerra.  (Gráficas Arabi:  Madrid, 1972.

 

Núñez, Ana Rosa.  Poesía en éxodo.  ( El exilio cubano en su poesía, 1959-1969). 

Ediciones Universal.  Colección espejo de paciencia:  Miami, 1970.

Las siete lunas de enero.  Cuadernos del Hombre Libre: Miami: 1967

Viaje al casabe.  Ediciones Universal:  Miami,  1970.

Escamas del Caribe.  (Haikus de Cuba).  Ediciones Universal.  1971.

                Los oficia-leros.Ediciones Universal:  Miami,  1973.

                Loores a la palma real. Ediciones Universal: Miami, 1968

 

Padilla, Martha.  La alborada del tigre.  Miami:  1970.

Los tiros del miserere.  Editorial Los Nuevos:  Miami. 1972.

El fin del tiempo injusto .  Ediciones San Juan:  Puerto Rico, 1972.

 

Pita, Juana Rosa.  Pan de sol.  Solar:  Washington, 197

 Las Cartas y las horas.  Solar:  Washington, 1977.

 Mar entre rejas. Solar, Washigton, 1977

 El arca de los sueños.  Solar:  Washigton-Buenos Aires, 1978.

 Eurídice en la fuente. Solar:  Washington-Miami, 1979.

 Manual de magia.Ámbito Literario:  Barcelona, 1979.

 

Prado, Pura del.  La otra orilla.  Ediciones Plaza Mayor:  New York, 1972

 Color de Orisha. Poemas a los Santos Ñáñigos.  Editorial Campos.

 Colección Carabela:  Barcelona, 1972.

  Otoño enamorado.  Editorial Campos.  Colección Carabela:  Barcelona, 1972.

  Idilio del girasol.  Editorial Vosgos, S. A. Barcelona, 1975.

 

Rivero, Eliana S.  De cal y arena.   Aldebarán:  Sevilla, 1975.

           

Robles, Mireya.  Tiempo artesano.  Editorial Campos:  Barcelona, 1973

Profecía y luz en la Poesía de Maya IslasM&A  Editions, San Antonio, Texas,                 1987.

 

Rojas, Teresa María.  Señal en el agua.  Editorial Época y Ser:  Costa Rica. 1968.

 La casa de agua.  Editorial Playor.  S. A. Madrid:  1973.

 Campo oscuro.  Ediciones Universal. Miami; 1977.

 

Toledo, Zoila.  Ayer hubo sol.  Ediciones Alfaguara:  Madrid, 1973.

 

Zaldívar, Gladys.  El visitante.  Artes Gráficas Soler:  Valencia, 1971.

 Fabulación de Eneas/  The Keeper of the Flame.  Traducción de Elias L. 

                 Rivers.  Miami:  Colección Vórtex, Ediciones Universal, 1979.

 

  


Yara González Montes nació en La Habana, Cuba. Ensayista y Profesora Emérita de la Universidad de Hawaii donde desempeñó la cátedra de profesora Titular de Lengua y Literatura Españolas durante muchos años. Se doctoró en Filosofía y Letras en la Universidad de La Habana.  Se trasladó a Estados Unidos en 1961.  Más tarde obtuvo un  doctorado en la Universidad de Pittsburgh. Fue Jefa de Redacción de la revista literaria Caribe.  Fue editora del Boletín Teatral Dramaturgos, Presidenta de Editorial Persona y Co-Editora de la revista Anales Literarios.  Ha publicado los siguientes libros:  Pasión y forma en "Cal y canto" de Rafael Alberti y Bibliografía crítica de la poesía cubana.  (Exilio:  1959-1971), del que es co-autora.  De próxima aparición,  José Antonio Ramos:  Itinerario del deseo (co-autora). Ha participado en numerosos congresos nacionales e internacionales.  Ha contribuído con ensayos de crítica literaria en varios libros y en numerosas revistas literarias entre las que figuran:  Hispanic ReviewRevista de Estudios Hispánicos, Hispanófila, García Lorca Review, Revista IberoamericanaHispanic Research Journal y Alba de América,entre otras. Ha publicado ensayos de crítica literaria  sobre José Lezama Lima, Rosalía de Castro, Santa Teresa de Jesús, Rafael Alberti, Juan Ruiz de Alarcón y Enrique Jaramillo Levi en los siguientes libros:  Las relaciones literarias entre España e Iberoamérica, Universidad Complutense de Madrid; Rosalía de Castro e o seu tempo, Consello de Cultura Galega y Universidad de Santiago de Compostela;  Santa Teresa y la Cultura Mística Hispánica, Patronato Arcipreste de Hita, Madrid;  La Picaresca:  Orígenes, Textos y Estructura, Madrid:  Fundación Universitaria Española;  A Ricardo Gullón:  sus Discípulos, ALDEEU, Erie, Pennsylvania y   La confabulación creativa de Enrique Jaramillo Levi, Panamá.