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La ampliación del espacio lírico existencial
de la nación cubana mediante la inclusión de textos poéticos como los
que vamos a comentar en este ensayo, nos ofrece nuevas perspectivas
que enriquecen la historia y la literatura contemporáneas de nuestro
país. Esta poesía femenina es la vivencia de un hecho histórico que
ha quedado registrado en las profundidades del mundo subjetivo de cada
una de las autoras a las que voy a referirme en este ensayo. Al
integrarse el discurso lírico al ámbito histórico aumenta su valor e
interés, especialmente si tenemos en cuenta el caso de Cuba, donde a
partir de 1959 se ha llevado a efecto, no sólo una reinterpretación
de la historia, sino un cambio
total en casi todos los aspectos del diario vivir.
Escribir sobre la lírica femenina de la diáspora cubana, que comienza
el año 1959, toma del poder por el castrismo, es hablar de una
producción poética signada por el desgajamiento y la ruptura
familiar. Estas poetas se han visto imposibilitadas de continuar el
desarrollo de una vida normal en su país de origen al quedar rotos los
vínculos que las unían a su tierra natal. El proceso de adaptación
que ellas van a sufrir va a dejar en sus poemarios, aún sin ellas
proponérselo, un subtexto histórico-político de gran valor
testimonial. Esta es una generación desarraigada que elabora su
poesía tras una hecatombe espiritual y física que deja una marca
indeleble en el ser humano y por extensión en su obra creadora. Dentro
del dolor y de la perplejidad producidos por los acontecimientos que
tuvieron que vivir en su patria y luego fuera de ella, estas mujeres
dejan toda esta impronta en sus textos líricos. “La poesía del
desterrado” nos dice Claudio Guillén, “es un consuelo -en lo esencial,
no hay otro- una compensación, una inversión del destino del
autor”
(37). Y esa inversión, esa compensación personal es lo que
debemos rastrear en estas autoras. Las preguntas que nos sugieren
estos textos son muchas. Las
respuestas las encontraremos solamente en estos poemarios si los
leemos con la atención adecuada.
Nuestro
exilio no es el único que ha existido. Ha habido muchos. Es un hecho
que existe desde tiempo inmemorial y, aunque las características de
los diferentes exilios no son las mismas, existe un hecho común: los
escritores exiliados de todos los tiempos han incorporado con su
escritura el hecho exílico al devenir literario. Esto, que también
es apuntado por Guillén en su enjundioso estudio, es sumamente
importante ya que le otorga una permanencia al mismo, que de otro modo
no la tendría.
Quiero
aclarar, antes de seguir adelante, que este trabajo no será un estudio
exhaustivo del período literario al que voy a referirme. No me es
posible incluir en estas breves páginas a todas las poetas que
publicaron durante estos años. Me he limitado al estudio de las
autoras cuyas obras me han parecido más significativas.
SEIS POETAS
REPRESENTATIVAS
Ya
desde estos primeros veinte años, Rita Geada, Ana Rosa Núñez, Juana
Rosa Pita, Pura del Prado, Martha Padilla y Gladys Zaldívar, van a
sobresalir y dejar constancia de la raigambre de su trabajo a través
de los poemarios que publican durante este período.
Rita Geada: de la
armonía a la angustia
y de la angustia a
la armonía
Al
trasladarse a los Estados Unidos en 1963, Rita Geada se convierte en
una de las más sólidas iniciadoras de la poesía cubana del destierro.
Publica los siguiente poemarios en los primeros veinte años de exilio;
Cuando cantan las pisadas (Buenos Aires, 1967), Poemas
escogidos. Profils Poétiques: Des Pays Latins, (Nice,
1969), Mascarada (Premio Carabela de Oro: Barcelona, 1969) y
Vertizonte (Madrid, 1977).
Cuando cantan las pisadas no nos ofrece
el sufrimiento exílico al rojo vivo, sino una corriente profunda de
dolor que la propia autora oculta magistralmente entre sus armoniosos
poemas. Podría afirmar que en el microcosmos poético que constituye
este poemario que ha sido escrito en una muy especial disposición de
ánimo, el dolor del destierro no está ausente. Esto se comprueba
cuando nos traslada sutilmente, en el poema que finaliza su Cantata
III, a otro paisaje que permanece fuera de su alcance, pero
dolorosamente vivo en su recuerdo: “Con la sed intacta/ de reservados
mundos de armonía./ Con la sed de la tarde que añora el rocío/ bajo
redes ancladas una noche de estrellas,/ la palabra traduce los azules
contornos,/submarinos matices que se pierden/ tras un largo camino/de
cansancios y cruces./ Sed transida de búsquedas y esperas./ Con la
sed despertada/ al golpe de amapolas/ resucitan paisajes/ que del
centro regresan/ y jardines se abren/ con las llaves del alma.”
(21). La voz lírica se traslada, asediada por una necesidad imperiosa
de retorno, a un paraje añorado donde la armonía lo dominaba todo. La
repetición del vocablo sed nos ofrece una idea precisa del
apremio que experimenta y de la necesidad de satisfacción del mismo.
Permanece sedienta de un paisaje y sus colores. Visualizamos matices
azules en este lienzo verbal en que se va convirtiendo el espacio
poético. Pérdida y alejamiento la asedian. Inesperadamente,“al golpe
de amapolas”, surge una gama de colores que se une a los azules y se
abren ante nuestra vista, como distantes jardines del recuerdo. Poema
éste de gran poder evocador. El sujeto lírico nos ha descrito una
situación, por el momento insoluble, con una economía verbal
extraordinaria. La dolorosa base sentimental del mismo es el telón de
fondo que lo sostiene. El grito de Rita Geada es hacia adentro. En
algunos de los evanescentes y armónicos paisajes líricos, que podrían
calificarse de becquerianos, presentes en este poemario, late todo el
dolor de quien ha perdido una parte integrante de su ser.
En el
brevísimo libro Poemas escogidos. Profils Poétiques
Des Pays Latins. (Niza, 1969). La Rita
Geada rememora felices tiempos compartidos en su vida pasada: “[...]
Éramos/ la respuesta a una nube, el horizonte en luces de aquel río,/
el mar austral que antes recorrieras,/ los caminos hollados/ y los que
estaban aún por inaugurar. /Éramos/ de la alta noche cuando canta/
como el agua, como el agua cuando profunda y clara / en nuestros
pulsos late.” (sin paginar). Tiempos venturosos que desde el hoy en
que se encuentra se perciben como un sueño fuera de su alcance.
Mascarada (1964-1969) (Carabela:
Barcelona, 1970) recibió el premio Carabela de Oro de
Barcelona en 1970. Aquí la voz poética es muy diferente a la que
tenía en los dos poemarios mencionados anteriormente.
De la armonía de aquellos, pasamos a la más terrible de las angustias,
convirtiéndose Mascarada en el libro más representativo en
cuanto a la expresión del dolor exílico de nuestra autora. En la
contraportada de este libro manifiesta que: “está consciente del
dolor de este difícil tiempo que nos ha tocado vivir”.
En “La función continua (1965)” nos dice:
[…] “Sobre esta alfombra/-tantas veces ajada por lluvias y semanas-/se
pasean día a día las marionetas./Hacen ostentación de sus
disfraces./Las caretas se buscan y se esconden./ Los solapados
sonríen/ en una mueca inconfundible que los delata fácilmente.[...]”
(13). Es el dolor profundo de un exilio físico y espiritual en el que
no logra obtener sosiego. El mundo se ha convertido en un lugar
horrendo visualizándose aquí los avatares del mismo. La maldad y la
mentira se han apoderado de todo y de todos. Los hombres son
fantoches, verdaderas caretas que esconden sus rostros genuinos. La
sinceridad parece haberse erradicado de este paraje donde “Caín”
vuelve a ocupar lugar preferencial: “Caín para no ver la sangre
en sus manos/ cerró los ojos/ y anticipó a Pilatos./ Hasta llegó a
creerse bueno y justo en su crimen./Hasta llegó a soñarse Abel./
Porque la mentira/ era más hermosa/ y más deseada/ que la horrenda
verdad.”[...] (11). Caín trata de reconstruir nuevamente su
realidad existencial cubriéndose con un manto de bondad que no le
pertenece. Suplanta a su propio hermano Abel, en un terrible sueño en
el que la hermosura se convierte en adorno de la falsedad y el crimen.
En “Esta nueva Babel” la voz lírica parece agotada de transitar por
estos viciados espacios y casi al final del poemario clama por otro
ámbito, expresando su deseo de trascender el caos para lograr una
posible redención: “Busquemos otro ámbito./Tal vez nos sea dado/
poder hablar con lenguaje de hermanos.[…]” (47).
Vertizonte,
(Hispanova de Ediciones: Madrid, 1977) abre un verdadero paréntesis
en la producción lírica de Rita Geada. No sólo contiene una
reafirmación de la propia vocación poética de la autora sino que va a
incorporar en su obra una nueva realidad: el amor y el tiempo
compartido con el ser amado. “Encontrarte ha sido/tocar de nuevo lo
inaudito/reunir sílabas dispersas/balbuceos de tardes/colmadas de
mensajes.[...]” (26) El amor va a brindarle una razón para vivir,
realidad tangible que ahora tiene muy cerca de sí misma. Viajes que
realizan juntos, paisajes que se entretejen al cariño: “[...] Todo
aquí se diluye/se transforma./ Todo aquí se enciende y embellece./Todo
aquí se detiene./Aquí...en Venecia.” (35). La ciudad crea un ámbito
extraordinario para el amor y el canto. El tiempo parece quedar
suspendido en el espacio. La descripción de la ciudad se hace desde
el alma de la ciudad misma, desde el embrujo que crea en sus
visitantes. Es su fuerza de transformación lo que sentimos y casi
palpamos en estas líneas; es su luz lo que nos subyuga. En
ocasiones, como le sucede en el poema “San Francisco”, en medio de una
ciudad visitada, retorna el recuerdo de la tierra que dejó atrás:
“[...]o si desde un tranvía –Habana de tu primera infancia-/ te
sorprendiera abajo la ciudad volcada junto al mar batiente[...]” (41)
. Ya casi al final del poemario, anticipándose al tiempo por vivir,
no puede detenerse en la felicidad amorosa presente sin pensar en el
futuro, que parece preocuparla: “Y si de pronto amor este delirio,/este
iluminante misterio,/este todo asombrado/que nos llena de estrellas y
ahuyenta oscuridades/de la vida a la nada se cayera,/en el vacío,
amor, si se cayera, [...]” (61). Colocándose en un futuro aún no
vivido, anticipa el porvenir presagiando por anticipado el doloroso
desengaño amoroso. De esta forma, deja al descubierto la precariedad
de toda felicidad presente, y la presencia del caos y del azar en la
vida de todo ser humano.
La poesía de Rita Geada, tiene hasta el presente, una diafanidad y una cadencia pocas
veces lograda. En los poemarios comentados hemos transitado de la
armonía a la angustia y de ésta de nuevo a la armonía, que es, en
definitiva, lo predominante en su lírica.
Ana Rosa Núñez: el
regreso a los orígenes
Poeta, ensayista y crítica literaria, Ana
Rosa Núñez publicó durante el período que aquí estamos cubriendo,
Las siete lunas de enero (1967), Viaje al casabe (Colección
Espejo de Paciencia, Ediciones Universal: Miami, 1970), Poesía en
éxodo (El exilio cubano en su poesía, 1959-1969) (Ediciones
Universal: Miami, 1970), Escamas del Caribe (Haikus de
Cuba), (Ediciones Universal: Miami, 1971), Los oficia-leros,
(Ediciones Universal: Miami, 1973), Loores a la palma real
(Miami: 1976). Es ella la primera mujer poeta que se empeña
en dejar una constancia escrita que reúna a todos los poetas cubanos
del destierro del momento en que vive, creando la primera antología de
poesía cubana escrita fuera de Cuba, Poesía en éxodo (1970),
libro fundamental en su trayectoria por el criterio humano y
patriótico que contiene. Aquí reúne las voces de ochenta y cinco
autores cubanos exiliados “atendiendo solamente”, afirma su editora,
“a una calidad: la calidad del dolor por ausencia, por incomprensión,
por falta de raíz telúrica...” (12). El libro es un testimonio vivo de
su deseo de salvaguardar nuestro patrimonio cultural y, a pesar de que
no todos los poemas incluídos
tienen la misma calidad literaria, nos ha quedado como un precedente
importante, como parte de una escritura literaria que comienza fuera
de la isla y que va a prolongarse hasta nuestros días. La propia Ana
Rosa deja su huella en el discurso lírico de la mencionada antología.
En “Réquiem para
una isla” atestigua el hecho histórico que vive: “[…] este
tiempo que bifurca nuestra sangre;/este pórtico de censos y galileos
en marcha;/de sillas y valijas venideras a otros cantos,/es –y oídnos
bien- el atrio del huésped de la muerte,/y el doble que practica la
campana [...]” (169). Sus imágenes no pueden ser más
deprimentes ante la visión de un éxodo que marcaría tantas vidas.
En dos
de sus poemarios posteriores Ana Rosa misma delinea, quizás sin
proponérselo, las dos direcciones que tomaría su discurso lírico: la
primera, la constituye el regreso al pasado aborigen de la Isla que
se encuentra en Viaje al casabe (1970), regreso a los orígenes
a un estado ideal, puro, de nuestra historia patria, dándole un
sentido poético, histórico y trascendente a su voz, con el propósito
de aferrarse a ese pasado remoto y reafirmarse a sí misma antes de
continuar su camino hacia el futuro. Desde la época en que escribe
estos poemarios, observamos en su lírica, en determinados momentos,
imágenes de un hermetismo que considero innecesario en la autora. En
ese mismo poemario, la voz lírica inicia un recorrido subjetivo, que
constituye la segunda dirección de su poética, que se hará más
evidente en Sol de un solo día (1993) publicado fuera del
período que estamos cubriendo y que he analizado anteriormente en un
ensayo titulado “La construcción de una voz femenina: entre Eros y
Logos”. Al descender a las profundidades de su ser se reencuentra con
el trágico destino que le ha tocado vivir por el total abandono en que
la ha dejado sumida el ser amado, tema recurrente en posteriores
poemarios.
Juana Rosa Pita:
una copiosa producción lírica
Se trasladó a
los Estados Unidos en 1961. Obtuvo el Primer Premio de Poesía para
Hispanoamérica del Instituto de Cultura Hispánica en la Provincia de
Málaga en 1975. Su labor editorial junto a David Lagmanovich durante
varios años en las ediciones Solar fue notable. Ha sido
articulista de El Nuevo Herald, durante un largo período de
tiempo. En 1985 se le otorgó en Pisa el Premio
Internacional Ultimo Novecento por toda su creación poética. Dos años
más tarde recibió el Premio Alghero-“La cultura por la Paz”, siendo
invitada de honor al Congreso de Poetas y Críticos de Cerdeña en estas
dos ocasiones. Juana Rosa es una de nuestras más prolíficas y
auténticas poetas. Su producción es muy copiosa durante el período
que estamos examinando.
Desde
su primer poemario Pan de sol (Solar: Washington, 1976)
se define no sólo en cuanto a su construcción lírica, sino también,
en cuanto al contenido estético de su palabra poética por su deseo de
lograr un equilibrio tanto en lo personal como en lo histórico, lo
cultural y lo artístico. La fina sensualidad de sus versos, siempre
presente, es una constante en su lírica. Tan pronto comenzamos la
lectura de sus versos detectamos en ellos un ansia permanente de
perfección lírica. En “Desde siempre”, perteneciente a este primer
libro, define su sentimiento exílico : “[...] un dolor de sinsontes
en la piel/ un mar anidado entre los dientes/ y las raíces al aire/
desprendidas por mil garras [...]” (9).
Al año
siguiente Juana Rosa publica dos poemarios: Las cartas y
las horas (Solar, Washington, 1977) y Mar entre rejas
(Solar, Washington, 1977). El primero, dedicado a Pedro Entenza,
novelista cubano que muere trágicamente en la plenitud de su vida. El
poemario está dividido como su título indica en horas, poemas breves,
muchos de ellos definiciones líricas que aparecen en las páginas pares
y cartas que se presentan en las impares. En la “Hora 2”, nos dice:
“El tiempo es una mano avara/ que se aferra a la efigie crispada/ de
las horas/ mientras deja escurrirse entre sus dedos/ los instantes de
espuma” (10) Encierra este brevísimo pensamiento poético toda una
profunda filosofía del paso del tiempo y por extensión de la vida
misma. En el poema “Carta a mi isla” dialoga directamente con la
tierra que la vio nacer : “[...] Isla/ lejos de ti mi vida es la
ironía/ el garabato tierno de un escritor ausente:/ una paja / en el
ojo simbólico del cielo.” (23). Juana Rosa está consciente de lo
que representa para un escritor crear una obra literaria fuera de su
patria. El exilio acarrea, en la mayoría de los casos, el
desconocimiento del escritor exiliado, y más aún si le ha tocado vivir
en un país de lengua extranjera. Sin embargo, Juana Rosa ha
continuado elaborando su obra poética, sin dejarse vencer por los
avatares del destino.
Las cartas y las horas
se cierra con otro poema dedicado a Cuba. “Carta
onomástica”. En este ingenioso poema, donde la reflexión histórica se
une a la emoción personalísima de su autora, se establece un
paralelismo histórico-poético entre Cuba y la reina Juana de Castilla,
hija de los Reyes Católicos y esposa del archiduque de Austria Felipe
el Hermoso. El poema va desarrollando lo anecdótico dentro de un
tiempo interior o sicológico: [...] hace sólo unos siglos/ adanes
atrevidos bautizaron/ tu frente despeinada de palmares/ con un nombre
de reina/ despojada/ isla/ tu grito y tu silencio/
no trascienden:
/
quizá has perdido el juicio ya por fin/
y Loca de los mares/ tejes y
destejes vanamente en tu prisión/ un culto desmayado/a tu amante de
siempre:/ Hermosa Libertad apenas disfrutada. [...] isla/
con la sal
del bautismo los adanes/ te condenaron al papel de Juana.”(57-58). Si
para Juana la Loca el motivo de su locura lo constituyó la
desaparición de su amado esposo Felipe, para Cuba lo fue la
desaparición de su libertad. Cuba no vive, “yace”, enloquecida,
condenada por los hombres a una locura similar a la de su real tocaya,
mientras sus hijos permanecen lejos, obligados a vivir en tierras
extranjeras. Este poema de Juana Rosa, intimista y reflexivo, lo
considero un anticipo de un poemario de ella, que es definitorio y
decisivo en su trayectoria lírica, Viajes de Penélope,
cronológicamente ulterior a los límites de este trabajo.
Mar entre rejas
(Solar, Washington, 1977), publicado el mismo año que el poemario
anterior, está dedicado al poeta Ángel Cuadra y a sus compañeros de
prisión en la isla, y por extensión a todos los presos del mundo. El
poemario se abre con el poema dedicado a Pablo Neruda que la hizo
merecedora del Premio de poesía para Hispanoamérica, otorgado por el
Instituto de Cultura Hispánica de la Provincia de Málaga, ya
mencionado anteriormente. En “El último ídolo” la voz lírica conmina
al preso a una escapada imaginaria: “El muro ha sido el Dios de
nuestro tiempo:/ le rendimos tributo/ con nuestras soledades
trepadoras/ con puertas clausuradas y más puertas./ Desde esta
intersección de mar y sol/ derroquemos al ídolo: abrámosle a ese muro
una ventana/ diminuta ahora mismo y por tu celda/ lancémonos al
sueño”. (32) El tema de la libertad y la ausencia son esenciales en
este poemario.
El arca de los sueños
(Solar, Washington-Buenos Aires, 1978) se abre con
el poema “Testamento” que va a situarnos desde el primer momento en
el umbral del arca que encierra los secretos que descubriremos a
medida que avancemos en nuestra lectura. “Cayendo por el túnel de un
sueño/ me encontré en la región/ más clara de la vida:/ la entrada de
la muerte. [...] Si los hombres pudieran vivir/cada minuto/en vísperas
de muerte/ verían nuestro mundo bajo un fiero/ diluvio en que se
atisba un arca/ Lego a los hombres/ el arca de los sueños”(7). Y
comenzamos a indagar, página por página, los secretos, constituídos
por estas “memorias tristes”. Es una búsqueda incansable y un deseo
insatisfecho por el regreso del ser amado. Es un libro intimista, que
tiene como base un “dolorido sentir”, donde la voz lírica parece haber
perdido la contagiosa alegría de vivir, siempre presente en sus
primeros poemarios. Pero aún en estos momentos adversos el sujeto
poético se mantiene fiel a un pensamiento: “No hay isla para
mí/(hasta los ciegos pueden ver los signos/ pintados en los muros de
la vida)/ no hay isla y eso es todo/ ni aquélla/ ni ninguna/ ni aún la
más querida/ de ese vasto archipiélago/ que verdece en los sueños
[...]” (16). El recuerdo de Cuba es un hecho persistente en su
memoria. Lo ha perdido todo. Es un momento de desolación
en el que de nuevo viaja hacia el pasado, en un intento de aferrarse a
tierra firme.
Eurídice en la fuente
(Solar, Washington-Miami, 1979) es una trilogía
poética: “Tiempo natal”, “Eurídice” y “Tiempo final”. En las tres
secciones que lo forman, el dolor amoroso la devuelve a la infancia y
al mismo tiempo, percibimos la presencia constante de un Orfeo
ausente, la crueldad de la vida y los atisbos de la muerte que se
combinan constantemente en esta agonía por una ausencia que cada día
se hace más difícil de sobrellevar. A diferencia del mito, Orfeo es
aquí el ausente. Eurídice, no cesa de cantarle: “[...] labios
adentro el beso sueña/ que no te vas/ que no estás yéndote/
rodeándome de adiós con la mirada” (44). Y se sueña para olvidar el
doloroso presente. Pero hay también el mismo punto de retorno que
hemos ido encontrando en sus poemarios. En “Tierra nuestra” afirma: “Hay paisajes que abrazan desde lejos:/ cuando respira el tiempo
profundo/ nos adentra en esa estancia/ tierna que no sentimos prisa de
apretar/ cuando niños. […]”. Y en la parte 2 del mismo poema que
titula “La patria que lejana está conmigo” le dice en tono íntimo: “A
ti te necesito cerca siempre/porque ni cinco siglos bastarían/ para
salvar nuestra niñez de ausencia” (58). Es una necesidad imperiosa de
identidad, de amor, de regreso, que dan lugar a un cataclismo
irremediable. Su vida parecía desenvolverse entre dos polos el de la
sombra, representado en su patria lejana y el de la luz, su amor, hoy
perdido. Ella, que parece vivir rodeada de la sombra, no deja de
lamentar su situación presente mientras sobrevive a fuerza de
recuerdos.
Manual de magia (Ámbito
literario: Barcelona, 1979) es el último poemario que publica
Juana Rosa en el período que nos ocupa. Dividido en tres secciones: “Isis”, “Trinidad” y “Llave”, en el poema 3 de la primera
sección escribe: “Nada puedo decir que no haya sido/ Hago amor por no
hacer revolución/ o tiempo / o muerte./ Y ardo palabras como urdiera
besos/ para mesar las barbas del origen.”(13) Define su profesión
escueta y certeramente en estas breves líneas siempre dando un toque
mítico a las mismas. Ese subtexto mítico-literario, casi secreto, que
la autora establece entre ella y sus lectores y su fina sensibilidad
femenina, resultan siempre factores muy efectivos en su lírica. En “Trinidad”, dirigiéndose al amante, en el poema 9: “Ya no habrá
corazón tuyo ni mío:/ cesaremos / y seremos un trozo del de Dios”
(33). Aún cuando se refiere a la desaparición total a la que todos
estamos condenados, la voz lírica dulcifica la transición
convirtiendo a los amantes en parte integrante del mismo Dios y, en
el poema 11 de “Llave”, poniendo de manifiesto su versatilidad
femenina y sus mañas poéticas, aconseja al lector: “Llena tu vida de
primeras veces:/ sólo el único amor no agota los aromas [...]” (49) Y
verso a verso Juana Rosa va entregando al lector los secretos que
sostienen ese mundo trascendente que ha ido creando y que termina
siendo una unidad armónica.
Tanto por su lírica como por sus bien
trabajados ensayos literarios Juana Rosa Pita constituye hoy una de
las voces indispensables en el ámbito de la poesía cubana del exilio.
Pura del Prado:
introspección y afrocubanía
Pura del Prado
es una de las mejores cultivadoras del neorromanticismo afrocubano. Su
lírica brota con la fuerza arrolladora y natural de un caudaloso río
inundado de cubanía. Posee un gran dominio del verso y utiliza la rima
en variadas combinaciones. En todos sus poemarios existe un buen
número de excelentes sonetos. Nuestro folklore es la rica fuente de
inspiración de su verso y el estilo único que caracteriza su palabra
poética. Obtuvo varios premios de poesía. Aún antes de salir al exilio
había recibido el Premio Nacional de Poesía de la Dirección de Cultura
del Ministerio de Educación (1959-1960). Ya en Estados Unidos,
recibió el Premio del Municipio de Matanzas en el Exilio (1968);
Premio de la Eckhart Institution of Poetry, Seattle, Washington,
(1969); Premio Carriego de la Editorial Cultura de Buenos Aires,
(1969). Premio Jorge Mañach del Municipio de Sagua la Grande en el
exilio. Miami, (1972). Se doctoró en Pedagogía en la Universidad de
la Habana. Terminó estudios en el Seminario de Artes Dramáticas del
Teatro Universitario.
La otra orilla,
(Plaza Mayor: New York, 1972), es un libro de exilio, de dolor y
rememoración. “Al parque de Céspedes” le habla, personificándolo, en
tono confidencial, como a un viejo amigo: “Te quise por tranquilo y
diferente. [...] ¡Qué nostalgia tan grande! ¡Qué tristeza tan honda!/
Parque, parque de Céspedes, herido /vaga mi corazón por tu
rotonda./[...] Desde orillas ausentes te recorro/ remontando
corrientes de lo adverso.[...].”(26). En este libro aparece también
su bien conocido poema “Aquí, no”, “El día que yo me muera/ se va a
morir Cuba un poco,/ porque mi espíritu loco/ tiene zumo de
palmera./¡Llévenme para allá /Aquí, no. ¡Qué va!” (20). La de Pura
era una nostalgia recurrente que no desaparecería jamás.
Color de Orisha,
(Editorial Campos: Barcelona, 1972) poemas a los Santos
Ñáñigos, es su segundo poemario. Sobre este poemario Armando
González-Pérez afirma: “La culminación poética de Pura del Prado la
encontramos en Color de Orisha que es como el torrente de una
catarata que nos empapa a todos”. (374) Este es un libro único
en su clase. Inspirado según la propia autora nos dice al libro
El Monte de Lydia Cabrera, al que le dedica el libro y por
extensión lo dedica también a su autora. Su dedicatoria se extiende a
los negros y a los creyentes de la santería. “Los versos”, nos dice,
"aparecen en el orden en que usualmente se invoca a los dioses.”
Especifica que hace una excepción en “el de Osaín, ya que siempre se
empieza por Elegguá”. (5) En “Amarillo”, Canto a Oshún, la Virgen de
la Caridad del Cobre, la autora nos ofrece una descripción muy
personal de la Virgen: “[…] Viene la mulata de rumbo/ con su bata de
naranjal, su fina silueta de espiga, gozosa en un resonar de pulseras
de oro,/ con su corona de filigrana brillante [...] Trae un collar de
miel y coral,/ un rosario de calabacitas/ y sobre la cadera apoya una
tinaja de agua bendita/donde flotan las flores de azahar [...]”
(69). La describe como una joven hermosa, coqueta y llena de
gracia. Descripción que siempre he asociado con la protagonista del
cuento de Lydia Cabrera “Arere Mareken” que aparece en sus Cuentos
negros de Cuba.
Los
santos de las religiones africanas van apareciendo en sus páginas con
sus respectivos atributos. La propia Lydia Cabrera reconoce el
afrocubanismo esencial de sus poemas en una carta que le envía a Pura
de Prado y que esta reproduce en este libro: “Tus bellos poemas han de
encantar a los orishas...Tú eres todo un poeta, con esa fuerza
de evocación que me transporta a Cuba con todos mis sentidos. Sigue
escribiendo para satisfacción de los dioses de nuestra tierra, que te
han sido tan generosos”
(115-116). El sincretismo religioso
africano-español, es la temática constante de este poemario.
Otoño enamorado
(Editorial Campos, Carabela: Barcelona, 1972) lo publica el mismo año
del poemario anterior. En su prólogo José Ángel Buesa comenta: “Una
de las principales excelencias de este libro y de su autora, es la
inventiva poética. No se trata de artificios de literatura,
acrobacias métricas ni sofisticación de temas, sino de un soplo
vivificante de originalidad metafórica. A veces encuadrado en las
formas tradicionales y en los temas de mayor tránsito; a veces en
audacias formales, osadías sensuales y modernidad.” (8). Sus
metáforas tienen una originalidad única y surgen estableciendo
relaciones sorpresivas, pero siempre efectivas y de gran belleza.
En este
poemario, que cuenta con un buen número de poemas de tono
introspectivo, con palabras sencillas, en tono coloquial, comienza a
aparecer un dolor profundo causado, aparentemente, por un gran
desengaño. En el poema “Intromisión” escribe: “Amor, es que yo
andaba, firme el paso/ y me encontré de pronto sin camino./ No vuelo ni
prosigo ni retraso,/ estoy en un suspenso del destino. [...] Yo que
era un solo ser con tu persona,/ siento el intruso tajo y me abandona/
la vida misma que fundé en tu entraña.[...]” (175). Y en “Ruego”
dirigiéndose a Dios se declara una doble desterrada: “[...] Señor,
tómame el talle, álzame a tu morada, /la vida me da náusea mezclada con
piedad;/ yo aquí no pertenezco, soy una desterrada/ de un astro
centelleante de pura claridad. […] Ah, sí, salir volando, directa
hacia tu Gracia; /dejar el sucio polvo del obsceno Belial, /mudar por
regocijo la presente desgracia, /ser una repatriada del reino
celestial.[...]” (191). En absoluto contraste con la pena que venimos
comentando introduce también en este mismo libro sentidos poemas a su
recién nacido hijo. En “Advenimiento” escribe: “Mi niño, ya estás
aquí,/ diminuta perfección,/ ya late tu corazón/ independiente de mí./
Parece que un colibrí/ se asusta y vuela en tu pecho./ Como un delfín
sobre el lecho/ -mar chiquito de la cuna-/ brinca tu cuerpo con luna/
y plisa su oleaje estrecho.” (200). Frente al niño Pura parece
olvidarse de todo lo negativo que hay en su existencia admirándose del
milagro de la vida. El poema es un verdadero lienzo en movimiento,
donde no sólo aparece el pequeño, sino ella misma absorta en su
contemplación. Las imágenes empleadas en el breve poema son un
verdadero acierto que reflejan casi todos los aspectos y atributos
del recién nacido en metáforas de gran belleza.
En la
introducción a Idilio del girasol, (Editorial Vosgos, S. A.:
Barcelona, España, 1975) la autora señala: “El prólogo de este libro
es una trágica tormenta del tamaño de la tristeza, el amor y la sed,
casi valijas de una estación desierta de la locura.” (9) A pesar de
esta declaración hay una variedad muy grande de poemas, no todos
dedicados a su crisis emocional. En “Charla con la moral”, poema muy
peculiar, convierte a la moral en prelado y, personificándola, la
sienta y la interpela con igualdad inusitada: “[...] Te debo hablar
como jamás te he hablado,/ con triste angustia de acosada loba.”
[...] (58). De la alegría que emana de sus primeros poemarios Pura
ha pasado al dolor y a una angustia inconsolable. Más allá de la
realidad objetiva hay un universo de sombras que está vedado a nuestra
vista. Una de las tareas del poeta es tratar de develar ese ámbito
para poder llegar a su más íntima realidad. En ocasionas, Pura se
vuelve una visionaria que ha comprendido en su totalidad su verdadera
misión, devolviéndonos los resultados de sus indagaciones en símbolos
poéticos muy personales. Pura del Prado nos ha dejado una obra muy
apretada, con una extraordinaria cantidad de matices, en la que trata
de llegar a sus lectores a través de su extraordinaria cubanía.
Martha
Padilla: potente y angustiosa voz lírica.
La alborada
del tigre (Miami, 1970). El libro que la inicia en nuestra
lírica, nos la muestra en plena crisis existencial y sus primeros
poemas están construidos a base de negaciones de sí misma:”No soy
Martha Padilla/ No me llamo palabra/...No canto, no recanto...” (4).
El dolor no tarda en manifestarse con más intensidad en “Cielo U. S.
A.”:
[...] Este
momento es mísero
No abunda
ni el pregón de un níquel dócil
Estoy
contra la cal de cien paredes
Estoy
arrepentida de ser mansa
De
escurrirme entre grietas como un lince
De asomarme
de noche como un astro
Que
me cuelguen si quieren de algún árbol […]
(p. 14)
Acosada por la vida
reniega de su propia manera de ser al sentirse despojada de
su mundo vital. En medio de la carencia absoluta
en la que se desarrolla su existencia su canto de denuncia se levanta
en protesta por lo que le ha tocado vivir. La voz poética no atina a
dar solución a sus problemas vitales El poema se vuelve un profundo y
sentido lamento. Sus imágenes son vigorosas y bien logradas.
Su segundo
poemario, Los tiros del miserere (Editorial Los Nuevos: Miami,
1972) tiene como tema central los sucesos originados en Cuba con
motivo de la detención y juicio de su hermano Heberto Padilla. La
injusticia de “el caso Padilla”, desató la airada protesta de los más
destacados intelectuales del mundo lo que determinó, en último
término, que el poeta fuera puesto en libertad. Entre evocaciones de
una infancia compartida con su hermano Martha Padilla recorre el
via crucis vivido por él en Cuba: “[…] Llamadlo a secas, hombre/
Acorralado ha sido/ Mutilado en sus vísperas/ En su niñez de ayer
transfigurado/ Llamadlo a secas hombre/ Llamadlo, con afecto, un
hombre/ Su infancia era mi infancia […]” p. 22. Con una estructura
que no puede ser más sencilla, de forma dialogada, con gran intimismo,
nos va narrando las acciones ya realizadas que han convertido a
Heberto en un sacrificado y, apelando a los lectores con el uso de
imperativos, nos conduce a profundas consideraciones acerca del
sacrificio de su inocente hermano. La autora tiene una habilidad
extraordinaria para conjugar factores heterogéneos y unificarlos
poéticamente. Introduce, además, una apelación directa a nuestros
sentimientos, cuando nos pide que lo llamemos “con afecto”, como si la
desnudez sufrida por Heberto necesitara del apoyo de nuestro sentir.
Por último, nos traslada al mundo inocente de una infancia compartida
por ambos en el que se hace énfasis en la inocencia del hermano
sacrificado. Los efectos demoledores de la realidad vivida impulsan a
Martha Padilla a volcarse en la poesía como única salvación dejándonos
en ella para siempre el testimonio de su dolor y la realidad de un
hecho histórico que nos tocó muy de cerca.
Gladys Zaldívar:
una Cuba mitológica y culterana.
Desde su primer poemario, El visitante
(1971), define su identidad poética y por extensión, su identidad
personal. Su poesía, que mantiene sus nexos con la de Lezama Lima y
poetas pertenecientes al barroquismo literario peninsular, no es una
poesía de mayorías. Jorge Febles define su escritura con precisión al
afirmar que: “Zaldívar se revela escritora egocéntrica, si se emplea
este adjetivo para caracterizar al poeta que emociona sin dejarse
aprehender íntegramente pues su voz, hasta cierto punto, gira a modo
de vorágine hacia sí misma.”[1]
Nuestra autora introduce dentro de los ramajes oscuros de su lírica el
dolor exílico para contarnos también su propia historia interior. En
el poema I de la sección que titula “Solo trece de Orfeo” de El
visitante, escribe: “Alguien tiene la llave de la ardiente
turquesa/ y en la torre los narcisos amasan un fuego fatuo/ en la
torre como si fuera el sol de lívidas mañanas/ estamos más cerca que
nunca de la ceiba/ pongámonos la máscara del sueño[...] (15) De este
modo dentro de su barroquismo se acerca espiritualmente a la tierra
dejada atrás. La añoranza se apodera de estos versos del poema
mientras en la distancia visualiza a los habitantes de la torre, que
es donde reside la voz lírica, quienes no logran encender el fuego
necesario para la recuperación de lo perdido. Sin embargo, la
presencia de la ceiba, imán espiritual fijo en su recuerdo, parece
acercarla a su terruño.
Fabulación de Eneas (1979) es el segundo poemario de Gladys
Zaldívar. Aquí la voz autoral, con la artificiosidad culta que la
caracteriza, nos coloca ante el valiente héroe troyano,
introduciéndonos en un nuevo escenario poético. El Eneas de Zaldívar,
como el auténtico, será el fundador de la nueva ciudad y en “Palabras
del augur a Eneas”, como una moderna Sibila de Cumas, escribe su
vaticinio: [...] “pero sólo –escucha bien- cuando la ronda quede
inmóvil/ y la inocencia círculo en pedazos/ se abrirán las pálidas
conchas del destierro/ y el fundador sacudirá la muerte de su polvo/
como un meteoro desangrado”(31). Añadiendo nuevas dimensiones a sus
posibilidades expresivas Zaldívar crea al héroe mítico que el exilio y
la patria necesitan. En “Espejo del enemigo” nos ofrece la reacción
del adversario al enfrentarse a Eneas: “ [...] y ya no es él sino la
blanca elipse de su miedo/Eneas sale de su oído como un áspero huracán
de centauros” (51). Finalmente, en “Como un rabioso altar”, se
describe el final del enemigo y la ansiada liberación y se visualiza
mitológicamente la fundación de la nueva ciudad: “[...] la muerte
rompe el oleaje en sus costados/ ‘y adiós a todos esos clavos para
siempre’ [...]”. (55) La contemporaneidad de la situación cubana es
expresada en moldes mitológicos clásicos y en matriz poética
culterana. Esperemos que el final de nuestra auténtica historia
coincida con el vaticinio de esta nueva epopeya.
CUATRO POEMARIOS
IMPACTANTES
Poeta, ensayista, narradora, Lilliam Moro
sale de Cuba en 1970. La cara de la guerra (Gráficas Arabi:
Madrid, 1972), es el primer libro de poemas que publica en el exilio.
Desde su título percibimos la dureza de los tiempos por los que
transita su autora. Es un libro de recuerdos y a ratos de
desesperación, de nostalgia y soledad, desengaño, de dolor sentido en
la impotencia. En un poema que dedica a su madre, cuyo título lo
constituye su primer verso, le dice: “Tu rostro se convulsiona frente
a mí/ con extraños dilemas de rescate/ porque no tengo mis manos/
disponibles para sujetarlo [...] / y es la hora en que los ojos
juegan/ la difícil situación de las palabras.” (38). La voz lírica
se adueña del espacio poético transformándolo en un ámbito trágico y
doloroso en el que es difícil determinar cuál de estas dos mujeres
tiene una situación más agobiante. Estos versos se sostienen en la
hondura trágica que proyecta la intensidad del dolor filial y en la
imposibilidad, por parte de la hija, de ayudar a su madre. Y al
título del poema “¿Acerca de las apariencias engañosas?” responde
con el texto del poema mismo: “Quizás todo no sea más/ que una bien
preparada equivocación/ y que el viento que choca en mi ventana/ no
tenga nada que ver con la soledad,/ y que el mar que desgasta mi
memoria/ no tenga nada que ver con la Isla de Cuba./ Bien puede ser
que el error haya llegado también hasta mis ojos/ y que tú no fueras
tú/ sino tu propia equivocación,/ aunque el amor fuera hecho de la
misma manera/ y tus ojos se parecieran mucho a tus ojos” (39). Este
poema a pesar de su modernidad, contiene el mismo sentido de desengaño
que sufrían los grandes escritores del Siglo de Oro español. Es un
poema desolador donde todo es engañoso y nada es en realidad lo que
aparenta ser. Y en medio de ese desengaño total se coloca la autora,
abandonada a su suerte, ante pérdidas inconmensurables e
irrecuperables. La poesía de Lilliam Moro nos agarra desde el primer
momento por su intensidad y poder expresivo y por el angustioso y
nostálgico universo que representa.
Eliana S. Rivero se trasladó a Estados Unidos en 1961. Obtuvo en
la Universidad de Miami, Coral Gables, en 1967 un American Ph. D. Es
profesora titular en el Departamento de Español y Portugués y
Profesora Adjunta del Departamento de Women Studies de la Universidad
de Arizona, donde ha estado enseñando durante varios años. Ha
publicado artículos y ensayos críticos en numerosas revistas
académicas. Su palabra poética tiene una personal y auténtica calidad
literaria. De cal y arena. (Aldebarán, Sevilla, 1975) la ubica
en el período de esta investigación Su lírica es directa sencilla,
natural, sus poemas son pequeños diálogos íntimos que entabla con sus
lectores. Los actos más rutinarios de su vida diaria los intercala en
sus poemas como lo que son, parte integrante de su totalidad vivencial,
sin perder la hondura y profundidad que toda poesía debe poseer.
“[...] se suceden las horas callejeras/ en la pereza sutil de
demostrar/ ante los púbicos alumnos/ que Petrarca existió/ y que Sor
Juana era barroca. [...]”(13). Su poesía se inunda aquí de
cotidianeidad sin dejar de ser lírica y de calar hondo en su
contenido. En el poema “Cesta de agua” escribe: “Un viaje de verano
se resuelve/ en el regreso al mar,/ al sol de las palmeras./ El agua
de la infancia/ suena oscura/ en el vaivén rotundo de las olas,/
aquellas mismas que enredaban/ los pies pequeños del pasado/ Única y
sola ola del océano,/ sal de memorias idas,/ Jordán amargo de la
propia historia,/ bautismo renovado de la voz de antaño […] Se vuelve
atrás,/ hacia el origen,/ en la presencia entera de una ola,/ en la
montura líquida del verde,/ y se renace/ proteico/ en las espumas;/
entre las aguas mustias/ de lo que fue/ brota otra vez el germen de la
vida/ y el mar nos trae/ -Moisés de aire y poesía-/ hasta la orilla
de juncos del futuro” (26-27). La vida es tiempo, como lo han
observado casi todos los poetas: Manrique, Quevedo, Góngora, Cernuda,
Machado y muchos más. Tiempo ido, tiempo actual y, tiempo por venir. Y
en ese devenir la vida se vuelve, un conjunto de inolvidables y
dolorosas experiencias, de preciosos momentos perdidos para siempre,
dejados atrás, nunca olvidados, pero jamás recuperados y el curso de
nuestra propia vida, como río o mar que nos arrastra, nos conduce
inexorablemente a la reconstrucción necesaria de nuestra existencia y
más tarde, a nuestra propia extinción.
Aunque
graduada de Derecho Civil e Internacional en la Universidad de La
Habana, Mireya Robles al llegar a Estados Unidos se entrena
para la enseñanza en varias universidades americanas obteniendo un
American Ph.D. en la Universidad de New York en Stony Brook. Ha enseñado en colleges y universidades en este país y fue Senior
Lecturer en la Universidad de Natal, Durban Sudáfrica. Es conocida
ensayista, pintora, poeta y novelista. Tiempo artesano
(Editorial Campos: Barcelona, 1973) es su primer poemario. Está
dividido en “Poemas de España”, “Poemas del tiempo”, “Ciclo cerrado” y
“Poemas de la muerte”. El tiempo, como su título indica, es el
protagonista esencial del mismo. En su primera parte la voz lírica
realiza lánguidos recorridos por múltiples espacios, en su mayoría
españoles; “espacios de ausencia” los llama. Su voz surge tanto desde
Madrid , como desde el Talgo en movimiento, desde Córdoba, o Ceuta, o
Lisboa. Ciudades que contemplamos a través de una visión interior
dominada por una soledad que parece traspasar a esta “andariega sin
rumbo” que anda y desanda en un mundo de recuerdos que se mantienen
aún vivos en la memoria. En “Poemas del tiempo” la tristeza parece
embargarla hondamente al considerar que el tiempo va deslizándose sin
dejarse sentir: “[...]Quizás no hay nada/ más triste/ que el pasar
lento/ de los años/ cuando el tiempo no hace ruido/ ni da alegrías/ ni
dolores[...]” (57). Ante todas estas consideraciones se intensifica
su deseo de permanecer ella misma en el tiempo. Quiere dejar una
huella propia, una señal de identidad, algo que no permita su olvido
definitivo, una marca que la inmortalice recurriendo a su palabra
poética: “Tratando de apresar el Universo/ en la palabra/ y dejarlo
así./ fijo en el tiempo”(63) . En “Ciclo cerrado”, en su poema
“Trilogía en punto final” afirma: “Se parte de cero/ para llegar a
cero” (79). y se visualiza en una fuga final trágica y sin retorno.
“Poemas de la muerte” está integrado por una trilogía dedicada a la
hora final. “Cuando llegue la hora infinita,/ la hora única,/ la hora
sorda,/la HORA/ que huya el pulso de mis sueños/ y se esconda en una
estrella/ buscando el nervio tibio/ y la brisa serena.” (85). Es toda
una filosofía del tiempo, de la vida y de la muerte la que desarrolla Mireya Robles en este poemario. Es una auténtica forma de colocarse
frente a frente ante el inexorable destino que nos espera.
Ayer hubo sol (Editorial Alfaguara,
Madrid, 1973) de Zoila Toledo es un caso muy especial. En este
extenso poemario, que cuenta con una precisa introducción de John
Dowling, partiendo de un espacio oscuro y sombrío, realiza un viaje
retrospectivo hacia la luz, que no sólo es tiempo sino también
espacio. Esto que acabo de señalar es lo que le da una tónica muy
especial al libro. Quiero aclarar que al tomar este poemario en mis
manos y comenzar a ojearlo, la evidente ausencia de experimentación
formal me produjo una actitud de escepticismo. Sospeché que iba a
recorrer espacios trillados de la experiencia cubana contemporánea. No
obstante lo que vengo diciendo, al leerlo más detenidamente, me di
cuenta que en cuanto a lo formal se confirmaba mi primera impresión, y
en parte también, en cuanto al contenido. Sin embargo, la
personalidad lírica de Zoila Toledo se fue apoderando de mi,
trasladándome a un espacio nacional que se encontraba mucho más allá
de la nostalgia. Me situaba en un ámbito de un refinamiento y una
sensibilidad donde estaba presente lo mejor y más sensible (¿por qué
no decirlo?) de una burguesía ya extinguida. El poemario anegado de
una legítima tristeza, es tan auténtico en su dolor que me atrevería a
afirmar que podría establecer una línea de continuidad entre este
libro y los poetas de El laúd del desterrado. Esa tristeza
creciente trata de iluminarse con la memoria, pero no logra hacerlo. “¡Esta garra de acero!.../ No es posible desasirme de ella./
Inmoviliza mi cuerpo.../ Todo entero. / ¡Si pudiera echar alas al
viento/ con el polluelo a cuestas!/ ¡ Huir...Adonde no hay peligro./
Adonde no hay tormento!/ A un lugar ignoto.../ Por donde nadie antes
haya andado./ Donde todo cambie../ donde, por fin, el cerco quede
roto./ Donde el sueño sea tranquilo/ y la noche serena.../ Donde haya
una playa solitaria, / y el alma descanse de la acerba pena!” (III).
Cuba transita en cada una de las páginas de este dolor profundo que
envuelve a Zoila Toledo.
UNA
OBRA
POÉTICA
EN
PROCESO
DE
CRECIMIENTO
Durante
estos veinte años hay un grupo de poetas que publicarán sus primeros
poemarios, dejando pendiente una producción de mayor importancia para
las décadas que le siguen. Tal es el caso de Amelia del Castillo, Uva
Clavijo Aragón, Maya Islas y Maricel Mayor Marsán. Dentro de este
grupo, aunque no ajuste debidamente, vamos a ubicar también a Teresa
María Rojas.
La de producción ulterior más extensa es
Amelia del Castillo. Poeta y ensayista, mujer versátil,
trabajadora en diferentes campos, ha estado dedicada a la lírica desde
1975, en que publica Urdimbre, su primer poemario. (Editorial
AIP: Miami, 19, 1975) Agustín Acosta en el prólogo afirma: “El
espíritu que anima la poesía de Amelia del Castillo, más que torrente
es manantial, más que selva enmarañada y oscura es prado en que las
flores vistosas y fragantes embellecen las tímidas malezas que
necesitan de cuando en cuando sentir llamaradas de sol”. (9). Como el
título de su poemario indica su autora es una tejedora de versos en
los que nos va dejando recuerdos, meditaciones, sueños, deseos
insatisfechos. Toda una gama de sus vivencias interiores en una poesía
intimista que bucea en un mundo interior al que sólo podemos llegar a
través de su palabra. La voz lírica nos lo entrega en este libro. Y
dentro de la variedad de sentimientos presente en este poemario, Cuba
ocupa un lugar preferencial. En “Antillana”, Amelia se define a sí misma
y al mismo tiempo define su procedencia: “[...] Soy cubana. Soy
cubana/como la juncal palmera,/ y tengo los ojos llenos/ de verdes
lomas y vegas./ Soy cubana. Soy cubana/ como la albahaca y la ceiba,/
y tengo el alma borracha/ del esplendor de mi tierra […] (96). Es una
joven voz poética la que nos llega a través del tiempo, llena de
cubanía. Se identifica primero con el paisaje y la vegetación de la
isla, luego con su magnificencia y brillantez. La compenetración es
absoluta. El enérgico soporte sentimental es la base que sostiene
este poema y muchos de los que pueblan este libro.
Su
segundo poemario, Voces de silencio, (Hispanova de Ediciones,
S. A. Miami, 1978) está dividido en seis secciones: “Isla”, “Paisaje”,
“Mi niña”, “Búsqueda”, “Encuentro” y “Amigos”. El ambiente que
percibimos en el mismo es de un acusado sentimentalismo: “[...] Voy
errante, desnuda de raíces,/ perdida en laberinto de añoranzas.[...]”
(15). En estado de desorientación, parece ir recorriendo esta
“peregrina” caminos interiores sin poder encontrar el derrotero
preciso que la conduzca al anhelado paraje que no puede olvidar. Al
mismo tiempo, se suceden los “espejismos”, los “recuerdos “, la
nostalgia parece apoderarse de ella en muchas de sus páginas. Por
momentos la voz lírica se ensombrece y de la alegría pasa a un estado
de congoja en el que se nos presenta en total desamparo y desengaño
como en el poema “Tránsito II” donde afirma: “[…]Sombríos los
jardines de mi otoño,/ estéril la semilla de mi huerto,/ hoy me busco
en las sombras de mi sombra/ y en la búsqueda y paso y sólo encuentro/
la nada que regresa de la nada/ y el silencio que vuelve hacia el
silencio. […]” (99). Poema que establece cierta similitud con la
tristeza infinita que permea muchos de los versos que pueblan En
las orillas del Sar, de Rosalía de Castro. Este negativismo
existencial no será una característica permanente en la poesía de
esta autora.
Uva
Clavijo Aragón, ensayista y periodista,
además de poeta, publica en este período: Versos de exilio
(1977), diminuto y breve poemario que reúne poemas escritos
entre los años 1971 y 1976 y que su autora divide en cuatro
secciones: “Versos a mis hijas”, “Versos íntimos”, “Versos de amor y
desamor” y “Versos de exilio”. Sus poemas, casi todos escritos en un
tono íntimo, parten, en su mayoría, de acciones comunes de su vida
que la llevan a hondas reflexiones sobre temas trascendentales como la
vida, la muerte y el amor. Al referirse a sus poemas la poeta afirma:
“quizás no tengan ni pies ni cabeza, pero tienen alma”(7). Y
ciertamente, estos poemas poseen muchas de las características que la
definen y algunos de los conceptos más profundos que Uva ha mantenido
incólumes a través del tiempo, en los que Cuba se vuelve
una
constante. En el poema “Plenitud” la autora nos ofrece una definición sincera de sí misma: “[…] No quiero ser/ más de lo que soy:/ mujer,
niña/ y una constante contradicción [...]” (17). Esa “constante
contradicción” que tan sinceramente ella nos confiesa como parte de sí misma,
va a dejar su huella en estas breves páginas. En “Reiteración”
nos encontramos una esencial definición; en este caso, es en relación
con Cuba: “[...] Cuba-les digo- es más que añoranza,/que ilusión y que
sueño/y que memorias gastadas./Cuba es una prisión/con barrotes de
agua. [...]” (58). Este aspecto negativo que señala al final de estos
versos, es la verdad más absoluta sobre Cuba que ella quiere destacar
en el momento que lo escribe. Sin embargo, el último verso nos
sorprende, porque no esperamos una afirmación tan negativa después de
la afirmación inicial sobre Cuba en que los vocablos “añoranza”,
“ilusión” y “sueño”, parecen conducirnos a una oración positiva sobre
la isla, cosa que no ocurre al final del poema. La base esencial de
estos brevísimos poemas está constituída por serias reflexiones que
dejan al descubierto complejidades psicológicas de la poeta que nos
mantienen en un estado de alerta ante su lírica. En un ensayo sobre
sus “Versos de amor y desamor”, Montes Huidobro afirma que en este
poemario la autora “está trabajando con una conciencia dual, de “otredad”,
que será una característica de su poesía; en parte reflejo del
dualismo geográfico e histórico de su existencia inmediata. Esto
produce un efecto alienatorio, un juego de dos caras, en la que una
contradice a la otra y tal vez la complementa.” (101). No me cabe
duda de que Uva Clavijo Aragón experimenta interiormente un desvivir
exílico, que en ella se exterioriza poéticamente en ese “dualismo
poético” que parece ser su más auténtica seña de identidad.
En
cuanto a Maya Islas (Omara Valdivia Islas), ha obtenido varios
premios de poesía, entre ellos el Premio Carabela de Plata en
Barcelona en 1978. En la contraportada de su primer poemario,
Sola....desnuda....sin nombre, (Editorial Mensaje: New York,
1974) se acota que es: “poeta de responsabilidad y equilibrio. Los
poemas que le nacen son auténticos, sentidos...el amor por la vida,
por los seres, por la naturaleza”. El poemario aparece dividido en
cuatro partes: “Período tierra”, “Período amarillo”, “Período síquico”,
“Período clásico”. Su palabra poética es todavía incierta. Sus
imágenes carecen de la nitidez necesaria y aparecen difusas y
fragmentadas. En el poema “Mi lagarto”, surge el recuerdo de su tierra
natal expresado en imágenes de escaso contenido poético. “La Tierra
mía se me retuerce;/ la recuerdo/ con su olor a selva, /y su respirar
de animal herido,” (14) . Sombras papel (Ediciones Ronda:
Barcelona, 1978) es su segundo poemario. Eliana S. Rivero, en la
introducción al mismo, que titula “Pórtico”, subraya la temática
binaria que encierra su título, señalando entre otras cosas, que este
libro: “..es un ejercicio entre el recordar y el ser, en adivinar lo
que se agazapa detrás del manto pardo de las cosas: definición
constante...”(7), lo que
parece comprobarse a medida que avanzamos en la
lectura del mismo. En uno de sus poemas, sin título, nos descubre el
origen de su verbo: “Me parece que llevo en las espaldas/
miles de
ríos bullentes,/ y no hay susurros/
sólo gritos en senderos
vegetales/para que se vuelva madura la palabra/ y se converse con
ella... y /broten las manos imaginarias/ en el silencio de esos no
sonidos que conozco...” (41). En 1987 Mireya Robles publica un estudio
titulado Profecía y luz en la poesía de Maya Islas, donde el
lector interesado puede encontrar otras perspectivas de la lírica de
esta autora.
La más joven de este grupo es Maricel Mayor Marsán.
Poeta,
narradora, dramaturga, profesora y editora, publica su
primer poemario Lágrimas
de papel, (Miami: Ediciones Universal, 1975), siendo aún
estudiante de la Universidad Internacional de la Florida. En la
contraportada del mismo, Jorge Gutiérrez afirma, certeramente, que
“más de una vez la rima, la ternura, la brillantez armoniosa ha estado
a punto de matar la Poesía”, agregando que la autora, nacida en Cuba
en 1952, “representa una parada entre tanta poesía cubana documental,
o “de revolución” cuyas “expresiones van aquí por encima de la
estilística, y esto en lugar de hacerla poetisa, la hace,
afortunadamente, poeta....”. Este libro es definitorio de la
personalidad de la poeta. Con la eliminación que lleva a cabo de
adjetivos innecesarios logra afirmaciones escuetas que van delineando
una lírica donde todo lo superfluo queda omitido: “Un hombre no
es/esencia en sí mismo,/ sino que va a ser/la esencia de todos los
hombres que le rodean” (XI). De esta forma muchos de sus poemas se
vuelven un axioma donde la poesía se encuentra en el contenido mismo
del texto. Esto que venimos comentando va acompañado de una variación
verbal que no traiciona lo que la voz lírica está diciendo. El
contenido poético no se sacrifica por esta variación que el poema
contiene: “Hurgar en el pasado/ y recavar lo imposible / es como
martirizar a un niño/ castigándole doblemente por la misma falta” (XV). Recorrer
una trayectoria de comunicación emocional entre el tú y el yo, como
lleva a efecto en el poema VIII, sin caer en la sensiblería , es
difícil: “Si algún día me buscas/ y no me hallas en casa/ ve en
dirección del río/ por el camino viejo,/ tuerce a la izquierda/ por
donde juegan los niños/ y no habrá pérdida...”; concluyendo en el
encuentro: “Al llegar a la orilla/ te emocionarás vivamente/ y te
acostarás en el remanso/ lo mismo que yo”. Poesía concreta, anti-impresionista, la
autora logra en sus mejores momentos seguir un camino de observación
directa, objetiva, para ofrecernos la substancia intangible que debe
tener la verdadera poesía.
17 poemas y un saludo. (Coral Gables:
Editorial Ceugma, 1978) es el segundo libro que publica. Estos poemas son el producto de un taller literario que se llamó
“Círculo de enero”. Aquí comienza a perfilar aún más sus condiciones
líricas, caracterizadas por un deseo de precisión que, en algunos de
estos poemas tienen un carácter combativo: “Como una profecía de
súbito y en filo,/ cual melodía de herencias desgajadas/ dijiste un
día que eras el orden:/ te estableciste./ Con el aliento de pútridos
olores/ y el vuelo de sombra sin patrones,/ esbozaste discursos de
obligaciones y naciones:/ te concediste derechos” (4). En este
poemario comienza a traslucirse en sus versos una mayor facilidad.
Los poemas van adentrándose en relaciones más íntimas donde la
historia funciona a otros niveles; de despedidas personales, por
ejemplo: “Si fueron dos las víctimas de una partida , tú fuiste los
lamentos,/ y yo la canción perdida” (12) Poesía de mucho interés
donde la voz de Mayor Marsán corresponde a un canon diferente, lo cual
no quiere significar ruptura, sino continuidad de la poesía más
auténtica, que en este caso debemos seguir observando.
Finalmente Teresa María Rojas, más conocida como actriz,
publica tres libros de poesía de resultados no siempre afortunados. A
pesar de la calidad poética que tienen algunos de sus poemas en
Señal en el agua. (Época y Ser: Costa Rica, 1968) no existe un
sentido selectivo de los mismos. Junto a algunos poemas amorosos que
no tienen un particular valor lírico aparecen otros que nos producen
un verdadero choque emocional. Ejemplo de esto último es el que la
autora dedica a Francisco Morín: “Conocerte fue como el impacto que
sigue a la locura./ Me dije que era la triste historia/ que alguien
contó de ti, lo que me conmovía/ Pero cuando encontré/ ese dolor que
para siempre lloras, / sentí la muerte desesperada que a los bosques
causa una chispa de fuego” ( 15). En el mundo poético variado y
desigual que presenta este poemario son los poemas evocativos los que
nos parecen más valiosos.
La
casa de agua (Editorial Playor: Madrid, 1973). Carlos Alberto
Montaner en la contraportada de este poemario nos dice: “La poesía de
Teresa María Rojas es como el título de su libro. Sabe a vida, a sol,
a humedad, a sexo, a ternura. Todo lo dice con palabras menores sin
aspavientos, en olor de ingenua sinceridad”. La casa de agua,
que abarca su poesía del 1972 al 1979, está dividido en cuatro
secciones: “Bajo el agua”, “Ronda de soledad”, “Los rayos equis” y
“Más allá”. Algunos poemas de este libro resultan demasiado
superficiales, a pesar de la calidad poética de la autora. El lector,
por momentos, se siente perdido por la ausencia de la unidad temática del
poemario. En el poema “Lee esto” de la primera sección del libro de
temática amorosa la voz autoral afirma: “Lee esto y no olvides,/ hay
un cambio tan brusco de sombras en mi pecho, un respirarme/ a todas
horas tu recuerdo, una dicha/un dolor de tu presencia, una fatiga/ tan
dulce de saber que existes/y eres tanto el amor/que a veces te
siento/ en mi vientre como a un hijo.” (10) Amor agridulce que termina
incrementando en la voz lírica un sentimiento de maternidad.
Campo oscuro (Ediciones Universal:
Miami, 1977) es un poemario mucho más logrado que los
anteriores. Podríamos caracterizarlo, en parte, como el libro de las
soledades y desilusiones. Inclusive el recuerdo de la tierra natal
parece traicionarla borrado ya de la memoria. En “Sin título posible”
leemos:”Cuba, en fotografías recientes retrata/distinta. O, quizá
sea mi mirada sin ojos,/ o mi recuerdo con tan mala memoria. [...]” (23). Siendo actriz y profesora de actuación no podía faltar un
poema representativo del teatro y en “Arte dramático” recomienda: “Aprendamos a caminar/sobre el fuego. Procuremos/no entender: Hay que
sentir/ para explicarnos/ el tormento. Y, sobre todo,
/hay que callar, hacernos pequeñitos,
/sorprendernos/siempre ante la envidia.
Aprendices/de la vida seamos/ y luego, estudiemos la risa./Reír, como
se sabe,/ es más difícil” (24).
Todas
las autoras cuyas obras hemos comentado brevemente, desorientadas en
un principio por los avatares de su destino se han refugiado en su
propia identidad para sobrevivir el impacto causado por el hecho
exílico creando una obra lírica que vista en su totalidad se vuelve
impresionante. Hay un hecho innegable que no es posible soslayar: la
existencia de un movimiento literario que se inicia en 1959 y que ha
creciendo y solidificándose dentro del cual la poética femenina ha
jugado un papel de considerable importancia.
Obras
consultadas:
Cabrera, Lydia. Cuentos negros de Cuba. Ramos, Artes
Gráficas: Madrid, 1972
p. 124
Castillo, Amelia del. Urdimbre. Editorial AIP: Miami. 1975.
Voces de Silencio. Hispanova de
Ediciones: Miami, 1978.
Clavijo
Aragón, Uva . Versos de exilio. Edición Aniversario: Miami,
1977.
Febles,
Jorge. “Voluntad literaria e intransigencia metafórica en el
“Preludio” y
dos
poemas de El visitante por Gladys Zaldívar”. Anales
Literarios. Poetas.
Num. 2, Vol. II. Ed.
Matías Montes Huidobro y Yara González Montes, 1998. p.
62-74
Geada
Rita. Cuando cantan las pisadas.
Editorial Americalee: Buenos Aires,1967.
Profils Poétiques: Des
Pays Latins (Nice, 1969)
Mascarada. Premio Carabela: Barcelona,
1970.
Vertizonte. Hispanova de Ediciones:
Madrid, 1977.
González Montes, Yara. “La construcción de una voz femenina: entre
Eros y Logos.”
http://www.elateje.com/0720/ensayo/072002.htm
González-Pérez, Armando. “Itinerario de la poesía afrocubana de Pura
del Prado.”
En Voces femeninas en la
poesía afrocubana contemporánea. ADR Printers.
Estados Unidos, 2006. p.374.
Guillén, Claudio. Múltiples
moradas. Ensayo de literatura comparada.
Tusquet:
Barcelona, 1998. p. 37.
Islas,
Maya. Sola…Desnuda…Sin nombre… Colección Mensajes. Nueva York,
1974.
Sombras papel. Ediciones Ronda:
Barcelona. 1978.
Mayor
Marsán, Maricel. Lágrimas de papel. Ediciones Universal:
Miami, 1975.
17
poemas y un saludo. Editorial Ceugma:
Coral Gables, 1978.
Montes
Huidobro, Matías. “Metafísica de Eros en Uva de Uva de Aragón”.
Anales Literarios. Poetas.
Ed. Matías Montes Huidobro y Yara González
Montes, 1998.
Num. 2, Vol. II. p.
Moro,
Lilliam. La cara de la guerra. (Gráficas Arabi: Madrid, 1972.
Núñez,
Ana Rosa. Poesía en éxodo. ( El exilio cubano en su
poesía, 1959-1969).
Ediciones Universal. Colección espejo de paciencia: Miami, 1970.
Las siete lunas de enero.
Cuadernos
del Hombre Libre: Miami: 1967
Viaje al casabe.
Ediciones Universal: Miami, 1970.
Escamas del Caribe. (Haikus de Cuba).
Ediciones Universal. 1971.
Los oficia-leros.Ediciones
Universal: Miami, 1973.
Loores a la palma real.
Ediciones Universal: Miami, 1968
Padilla, Martha. La alborada del tigre. Miami: 1970.
Los
tiros del miserere. Editorial Los
Nuevos: Miami. 1972.
El
fin del tiempo injusto . Ediciones San
Juan: Puerto Rico, 1972.
Pita,
Juana Rosa. Pan de sol. Solar: Washington, 197
Las
Cartas y las horas. Solar: Washington, 1977.
Mar
entre rejas. Solar, Washigton, 1977
El
arca de los sueños. Solar: Washigton-Buenos Aires, 1978.
Eurídice
en la fuente. Solar: Washington-Miami, 1979.
Manual
de magia.Ámbito Literario: Barcelona,
1979.
Prado,
Pura del. La otra orilla. Ediciones Plaza Mayor: New York,
1972
Color
de Orisha. Poemas a los Santos Ñáñigos. Editorial Campos.
Colección
Carabela: Barcelona, 1972.
Otoño enamorado.
Editorial Campos. Colección
Carabela: Barcelona, 1972.
Idilio del girasol.
Editorial Vosgos, S. A.
Barcelona, 1975.
Rivero,
Eliana S. De cal y arena. Aldebarán: Sevilla, 1975.
Robles,
Mireya. Tiempo artesano. Editorial Campos: Barcelona, 1973
Profecía y luz en la Poesía de Maya Islas.
M&A Editions, San
Antonio, Texas,
1987.
Rojas,
Teresa María. Señal en el agua. Editorial Época y Ser: Costa
Rica. 1968.
La
casa de agua. Editorial Playor. S. A.
Madrid: 1973.
Campo
oscuro. Ediciones Universal. Miami;
1977.
Toledo,
Zoila. Ayer hubo sol. Ediciones Alfaguara: Madrid, 1973.
Zaldívar, Gladys. El visitante. Artes Gráficas Soler:
Valencia, 1971.
Fabulación
de Eneas/ The Keeper of the Flame. Traducción
de Elias L.
Rivers. Miami: Colección Vórtex, Ediciones
Universal, 1979.
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