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En la Ciudad de
las Piedras
Basif
perdió su lugar entre los buenos siervos. Fue por una disputa fugaz
e inocente. Un anciano le ordenó que se quite de su camino y el
pequeño obrero respondió con un escupitajo. Su caso fue llevado ante
los sacerdotes y, tras largas deliberaciones, éstos transmitieron al
pueblo las directivas del Dios.
Con Basif, todos los
niños perdieron sus lugares en las ciudades. Las aldeas de infantes
fueron arrojadas entre las nacientes de las montañas de los mineros
y el responsable del insulto recibió una marca perpetua sobre su
frente.
Pasaron
muchos ciclos desde esos días. Hoy, él será el primero de su
generación en ofrecer su vida para las buenas cosechas. Normalmente
ello se decide entre combates o justas de familias. Pero él lleva la
marca del infame y, como adulto, con ella no podrá sobrevivir en las
ciudades. No obstante, Basif Inar se resiste. Manifiesta que una
fuerza sobrenatural revuelve sus entrañas y se opone a todos
aquellos que buscan conducirlo al altar de la pirámide central.
Toma una
lanza, con la cual elimina a dos de sus captores y se interna en uno
de los salones del templo. Los kaltecas quedan perplejos. Han pasado
casi dos siglos desde su última gran guerra y la violencia
sistematizada les ha quitado la voluntad de enfrentarse a un enemigo
hostil.
Los
sacerdotes invierten tres de sus preciosos días en invocar a su
Díos. Cinco veces han manifestado frente al pueblo que Ixdá no desea
interferir. Cinco veces el pueblo se revela contra los sacerdotes.
Al
cuarto día el Dios Ixdá se manifiesta en toda su gloria para
enfrentar al kalteca renegado. No obstante, para escarmiento de las
masas, desciende en su carruaje flamígero sobre las casas de las
principales familias. Ordena que se tomen por prisioneros a los
sacerdotes que han osado invocarlo tantas veces por una cuestión
menor y, por último, marcha al encuentro de Basif, quien ha
observado desde su atalaya toda la masacre.
El Dios
de sus ancestros marcha reclamando su nombre, su humillación y su
vida. Basif no se demora en atenderlo. Ixdá no ha llegado a tres
pasos del umbral, cuando el obrero se arroja desde su escondite
hacia los pies de la deidad.
Basif
presenta sus armas. Solloza e implora por el perdón y entre ruegos y
lamentaciones alaba a la vida. Aún con las miserias que le ha
tocado, con los dolores y enfermedades del trabajo en las minas, con
el peso de ser un paría, Basif desea seguir respirando.
Ixdá,
implacable, pronuncia su sentencia. Hunde sus garras metálicas en el
cráneo de Basif, lo levanta y le obliga a mirar hacia la multitud
que se concentra sobre la base de la pirámide. Ixdá reclama una
última humillación y el brazo de Basif responde. No por una cuestión
racional. Ni siquiera por una cuestión de fe. No duda de la
inmortalidad de su Dios. No obstante su espíritu sólo quiere perecer
peleando. Basif sabe que su brazo furioso no puede dañarlo. Sin
embargo, Basif deja caer el puño sobre la faz divina, esperando que
tras ésta osadía las llamas de la muerte hereje calcinen su alma.
Tras el
golpe, un crujido de huesos y el cuerpo pesado que se desploma. No
es el cuerpo de Basif. Es el cuerpo del Dios con la cabeza ladeada
sobre los pies de Basif, allí, donde será por siempre el centro de
una gigantesca ciudad fantasma.
Preludio a
la paradoja
Era una
tarde tibia, de sol radiante y otoñal sobre un valle de hierbas
desbordantes en color verde intenso engarzadas en un aroma floral
asfixiante. No se podría decir que era otoño sino por el sol y el
calendario de los hombres del lugar. El bombardeo vegetal no detenía
sus destellos apabullantes contra los espectadores ni ante las rocas
húmedas, relucientes y de matices maduros que formaban un camino
sinuoso a lo largo de un río agonizante, cuyas hebras de agua que
acariciaban las pesadas ramas del viejo y vencido nogal. El árbol, a
falta de todos los árboles.
Aquí, la
tarde desplegó su las nocturnas y tras ellas llegó una mañana
vespertina atrapada entre la luna mediana, el sol matinal y una
estrella lejana que teñía de rojo un retazo del cielo y una rodaja
lunar. Un perezoso manantial de luces marcó el fin del eclipse. Las
rocas nocturnas se vistieron de púrpura y el otoño fue invierno.
Detrás de aquella noche impropia se libero una fuente nueva y
generosa de fluidos que avanzaron por el camino sinuoso,
recorriendo, en parte, el camino de rocas y, en parte, el lecho del
río.
A los
colores intensos se sumo este oscuro líquido espeso de tono
rojo-metálico y que convocó para sí la atención de algunos insectos
como si el mismo se tratase de una dadiva distribuida por la
eternidad.
Así vino la
tarde con su viento que agitaba al hilo de agua y a las hojas del
nogal que cayeron hasta la noche mientras la hierba impotente dejaba
que llegase otro día.
Desde su
amanecer, fue este día de igual tinte veraniego que la tarde en que
todo empezó, y fueron sus horas tranquilas de similar relación a las
que dejaron perenne la huella que no se marchó al final de la visita
del emperador celestial.
Era aquella
una huella física que perturbaba la armonía del valle, y si bien no
carecía de estética singular, a medida que pasaban unos tras otros
los días, su belleza se transformaba en presencia pavorosa donde se
distorsionaba el aroma, la textura y la poesía que desde antaño el
valle se había edificado.
Se acumularon los días con la actividad animal y la digestión
vegetal, luego de la era de las aves de reluciente negro abismal, y
las larvas, de centelleante cuerpo espiral; cuando ya no tenían más
dominio las hormigas, ni la iluminación de la corona solar. Fueron
días que impregnaron por siempre el púrpura en las húmedas rocas del
lugar.
Vinieron por
la anomalía. Perturbaron la actividad animal, pasando sobre parte
del reino vegetal, retirando a representantes de la comarca mineral
y descuidando todo cuanto era propio del feudo local.
El río, el árbol, el sol inclusive se tuvo que alejar y el cadáver
semejante al de los recién llegados, se retiró sin que se entonase
letanía alguna.
El púrpura
animal alimento una predestinada reina floral con pétalos de tintes
azules y tallo de intenso verde que, a quince días del suceso,
imperaba sobre el resto del paisaje vegetal en medio de las
purpúreas rocas restantes y el extraño cielo que se diseñaba
ocultando el sol hasta que se decretó el último día de la humanidad.
La neblina
se movía como un gran rollizo o una bocanada de fuego pero de color
celeste grisáceo, intenso. Durante el atardecer la neblina no oficio
más que como fondo del paisaje invernal que se resistía dejar pasar
los tintes relucientes del prado, ni el tímido río, ni la majestuosa
flor de azul marino.
Con el descuido natural del tiempo quedó la neblina como actora
principal y única de la escena al final del día tras el cual no
fueron mas que el suelo árido, y el árido suelo de frente al cielo
estéril.
Llegó
nuevamente el viento, desde el vacío cielo al vacío suelo elevó
arena y tierra negra junto con las cenizas de la eternidad vegetal.
Diseñó una pantomima de vida en medio de las ondulaciones muertas,
para luego abandonar todo a la luminiscencia de una presencia fugaz
e irregular de vida racional.
Fue el aire
en este momento reflejo fiel y testimonio innegable de la naturaleza
perecedera de todo tipo de criatura, así como lo fue el suelo y el
antiguo canal del infantil velero de hojas convertido en cause
vulgar del río de cenizas ligeras.
Una línea
roja fina y chillante marcó la retirada del ser racional que dejó
como único legado al desierto colosal, una gota salada y extraña ya
a todo aquel mortuorio carnaval a punto tal que se evaporó antes de
tocar al sediento suelo de arenilla fina de cristal.
Fue nuevamente una tarde tibia, de sol radiante y otoñal sobre un
valle de hierbas desbordantes en color verde intenso engarzadas en
un aroma floral asfixiante. No se podría decir que era otoño sino
por el sol y el calendario de los hombres del lugar. El bombardeo
vegetal no detenía sus destellos apabullantes contra los
espectadores ni ante las rocas húmedas, relucientes y de matices
maduros que formaban un camino sinuoso a lo largo de un río
agonizante, cuyas hebras de agua que acariciaban las pesadas ramas
del viejo y vencido nogal. El árbol, a falta de todos los árboles,
dio cobijo bajo su sombra al mensaje dejado en mármol.
- No den muerte a ser alguno en este valle o los hombres del futuro
solamente encontraremos el cadáver de Dios.
Los espectadores arrojaron al anciano sobre el espeso pasto, para
alejarse por siempre del valle y del árbol de la vida.
Un sueño ajeno
Sutilmente, la luz del día deja lugar a la penumbra de la noche
clara y despejada en cuyo velo central impera una luna llena
deslumbrante.
Bajo las
copas de los grandes árboles, que se mecen al capricho de un viento
suave e invernal, el caminito discreto, que se pierde en los cerros,
recibe los pasos serenos y continuos de la caminante descalza.
Su negra y larga
cabellera imita el ritmo de las hojas del bosque y un flequillo
sencillo, en su balanceo, oculta a medias sus pequeños ojos obscuros
y partes de su nariz respingada.
Cada tanto sus
finos labios dejan escapar una frase triste que muere antes de que
su cuello se relaje, junto con sus hombros, en un gesto definitivo
de fatiga y desdén.
Sus largas
piernas, sin embargo, se resisten a la idea de rendirse. Toda su
alma clama por el próximo paso y, como si todo estuviese
cronometrado, éstos se presentan sin segundos de diferencia,
producto visible de la experiencia bélica.
Fue creada libre,
pero dependiente. Fue idealizada como ser humano y, como tal, sus
vivencias la pulieron sin permitirle sentirse como una mujer más.
Mira al cielo e intenta pronunciar su frase.
Agacha el rostro.
La frase le pertenece. A diferencia del resto de su vida, ella creó
“La Frase”. La mastica día tras día, minuto a minuto.
Se pregunta en
este dramático instante en su derecho sobre parte de un alma ajena,
y en el derecho de ésta sobre su alma entera. Se preguntó si la duda
le es propia o algo de propiedad terrena.
Busca una razón
para llorar y como no la encuentra, se limita a liberar una lágrima
minúscula.
Acelera sus
pasos, cierra sus puños y levanta su frente rumbo a la línea del
horizonte, como buscando una nueva meta. Atesora en sus pulmones por
última vez el aire de estas páginas. Un escalofrío arrulla sus
pensamientos. La gelidéz en el alma le indica cuánto perderá con su
propia decisión.
Libera su
destino. Tras pronuncia “su frase”, emprende su propio camino. No
puedo trascribirte lo que dice. Vos y yo no podemos escuchar ni el
susurro de su creación literaria.
Corre.
Se pierde en las penumbras de la noche, tras la curva del cerro por
donde continúa el sendero que no he creado. De tal modo, a vos y a
mí, no nos queda otro remedio que concertar un acuerdo para que
podamos escribir otro personaje y así disfrutar de un relato nuevo
sin la rebelión de ficción alguna.
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