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“yo no soy aquello,
lo perecedero que formó parte de mí
y ya nada tiene que
ver conmigo.
Soy lo otro. Pero
¿qué?”
Victoria Ocampo
Abocarme a la figura de Victoria Ocampo, escritora, mecenas, editora
argentina, es traer la figura de una mujer emblemática de un cambio
histórico, de sólida formación intelectual, ejemplo de generosidad en
pos de la educación, de la cultura, del mejoramiento de las
condiciones de vida de las mujeres, deficiente, por cierto, en los
comienzos del Siglo XX.
Nació
el 7 de abril de 1890 en Buenos Aires, según ella misma “en una futura
gran ciudad que merecía el nombre de Gran Aldea todavía”, en el seno
de una familia de origen colonial, de la elite tradicional, que luchó
por la emancipación argentina, una de las dueñas de esa Gran Aldea
de familias patriarcales, todas emparentadas entre sí, o en vías de
estarlo unidas por la sangre, el afecto, el odio, los desacuerdos, los
arbitrajes conciliadores.
Parte
de la historia argentina, se había gestado en casas y familias tan
cercanas a ella que pensaba que el país entero había sido moldeado por
su entorno. Su decisión fue siempre no la de negar un pasado de
privilegio, sino de continuarlo según sus convicciones, “viviendo mi
sueño, traté de justificar mi vida”, diría.
Sus
padres fueron Ramona Aguirre y Manuel Ocampo –ingeniero especializado
en puentes- ambos de acaudaladas familias de clase alta. Gozó del
privilegio de una buena educación –tanto ella, la primogénita, como
sus cinco hermanas- y de una familia que la rodeó de cariño no exento
de la rigidez victoriana que se ejercía sobre las mujeres en la
época.
Tenían
profesoras que las atendían en forma particular –no asistieron a la
escuela- recibían estricta educación en francés, inglés, y, sobre
todo, materias humanistas. Se convirtió en lectora insaciable. Desde
chica, frente a algún problema, la lectura fue refugio y alivio; y
escribir cartas, una catarsis terapéutica. Los libros le dieron la
libertad de vivir en ellos; las historias leídas las hacía suyas, las
prisiones sufridas por los protagonistas, fueron también la suya; pero
a pesar de sus quejas en este sentido, amaba profundamente a sus
padres, le dolía herirlos; ese fue su gran conflicto existencial.
Siempre
reconoció en ella dos fuerzas irreconciliables: la inteligencia y el
corazón. Una se rebelaba, negaba, titubeaba, la otra se conmovía y
creía. Un dilema que preocupaba a Victoria.
A pesar
de estas disyuntivas, tenía el don de la risa, de la gracia oportuna,
del relato ágil y colorido, eso atemperaba las sombras que poblaban su
juventud.
Hacia
la primera década del siglo cuando las mujeres de su clase casi no
salían del encierro de casas confortables transformadas en lujosas
prisiones, Victoria osaba bañarse en Mar del Plata, la principal
ciudad balnearia argentina, ubicada a orillas del Océano Atlántico,
en la playa mixta – es conveniente recordar que, a usanza de la época,
las mujeres tenían playas exclusivas- bailaba tango, considerada una
danza indecente, usaba pantalones para montar a caballo, manejaba
autos, fumaba en público, quería ser actriz…; una verdadera
transgresora, en el amplio sentido de la palabra.
A los
20 años, se sentía desolada en un mundo que no la comprendía, la
angustiaban las injusticias cometidas contra la mujer, las diferencias
en los órdenes político y social; por ello, se propuso luchar
firmemente contra ese estado de cosas, y admiró por su entereza, a
otras feministas argentinas; entre ellas, a Eva Perón, a pesar de
haberse opuesto siempre al régimen de su esposo, el Gral. Perón,
motivo por el cual, en 1953 estuvo en prisión durante un mes en una
cárcel de mujeres, no se le permitió el asesoramiento de un abogado,
no gozó de ninguna prerrogativa, la colocaron en una celda
colectiva; en ese momento –ya Victoria tenía 63 años- buscó consuelo
en la fe y entretuvo a sus ocasionales compañeras, entre ellas
algunas prostitutas, con relatos, poemas, y sus propias historias de
vida.
El
francés, en tiempos de Victoria, era el idioma preferido por las
familias de la clase alta argentina, a tal punto, que cuando decidió
escribir para publicar, debió perfeccionar su español. Su padre
comentaba que, con esa inteligencia, si hubiera sido varón, habría
seguido una carrera universitaria. Tampoco se le permitió estudiar
teatro, su gran pasión. Sí pudo hacer cursos en La Sorbona y en el
College de France en alguno de sus múltiples viajes a Europa.
Todas
las prohibiciones generaron en Victoria una rebelión latente, no
admitía la diferencia entre los sexos, propias de las costumbres de la
época, detestaba ciertos tabúes o prejuicios y en ese replanteo de
cosas, también tuvo momentos de duda ante el dogmatismo religioso;
recién en su juventud se acercó a la comprensión del amor “sagrado”,
al creer entender el amor “profano”.
Sólo
mucho más adelante, en su encuentro con Gandhi, sintió la necesidad
imperiosa de comentar con el pensador y político indio, ciertas
verdades de origen religioso.
A pesar
de que no todas las lecturas le eran permitidas –como mujer soltera-
su rebeldía no aceptaba censuras y leía cuanto libro podía acaparar
sin ser vista. No le eran ajenos: Charles Dickens, Arthur Conan Doyle,
Paul Verlaine, Edgar Allan Poe, Moliére, León Tolstoi, William
Shakespeare, Dante Alighieri, sólo por citar algunos autores.
Como en
todas las familias de abolengo, en la suya existían los prejuicios de
clases en cuanto a “alianzas matrimoniales”, así es que en 1912, se
casó con Luis Bernardo de Estrada, habiéndolo tratado muy poco, según
usanza de la época. Bajó las imponentes escaleras de mármol de su
mansión, del brazo de su abuelo “a modo de espectáculo” –diría
Victoria- de viaje de bodas fueron a Europa, a las pocas semanas,
comprendió que ese hombre la irritaba, que era convencional,
despótico, extremadamente celoso, muchas veces sujeto a accesos de
ira. Se sintió inmersa en una vida inaceptable; no soportaba, ya en la
luna de miel, la sensación de vacío al lado de un hombre tan diferente
a ella. Como mujer pasional que era, imaginaba que esa era la única
forma posible de dicha; pero su inteligencia podía despreciar los
frenesíes y angustias de la pasión.
Durante
este largo viaje conoció a Igor Stravinsky, a quien años más tarde
invitaría a su casa, a José Ortega y Gasset, quedó fascinada por la
inteligencia del filósofo español ,quien no tardó en enamorarse de
ella; la llamaba “la Gioconda de las Pampas”. Ortega la mencionó en
sus libros y publicó y prologó el ensayo “De Francesca a Beatrice ”en
1924, obra de Victoria. Su amistad jamás se interrumpió.
En
Europa los hombres la ponderaban, destacaban su encanto, su finura, su
gracia, lo cual provocaba en Estrada continuas recriminaciones. El
malestar entre los esposos se acrecentaba.
En
abril, conoció, durante su estadía en Roma, a Julián Martínez, primo
de su marido, quien estaba cumpliendo una misión diplomática. Él tenía
36 años. Fue su gran amor.
Sería
con él indiferente a la censura social; no se avergonzaba de un amor
al que consideraba genuino.
De
regreso en Buenos Aires, aumentaron las diputas con Estrada quien
comenzó a recibir anónimos insinuando una supuesta relación entre
Victoria y Julián Martínez; esto a Estrada lo sacó de quicio; esas
notas, cuyos primeros efectos fueron catastróficos, actuaron también
como vía de comunicación para poder ponerse en contacto con Julián.
Ese fue
el principio del fin del matrimonio. Aunque ya existía la separación
“de hecho” era impensable que su familia la aceptara. Siguieron
juntos, por ocho años más, sólo hablándose en público, viviendo
separados en la misma casa. Su unión era una farsa social.
Victoria vivía en una sociedad que dividía a las mujeres en dos
grandes grupos: las respetables: esposas, madres, y las que no había
razón para respetar: las prostitutas y adúlteras. Victoria la
llamaba sociedad “cavernícola”; y en ella debía moverse.
En su
desasosiego, buscó refugio en la lectura de Rabindranath Tagore,
reconocía sus propias emociones en los anhelos místicos del poeta
indio; cuando Tagore visitó Buenos Aires, en 1924, ella vendió una
tiara de diamantes para hacerse cargo de su alojamiento, durante dos
meses, en una casa vecina a la suya, en San Isidro, barrio
aristocrático de Buenos Aires, a orillas del Río de la Plata. A sus 34
años, su pretensión era entablar una profunda amistad con el poeta
casi 30 años mayor, declaró siempre que su amor por Tagore fue
enteramente espiritual. Él, como en su momento Hermann Keyserling y
Ortega y Gasset, quedó capturado por la belleza y la sensibilidad de
su anfitriona a quien le dedicó varios poemas y escritos.
En su
vida azarosa, Victoria sufrió otro tipo de censura: el menoscabo hacia
la mujer escritora; cuando escribió un artículo para uno de los
principales diarios del país, La Nación, los más altos literatos del
momento criticaron que se hubiera referido a la obra de Dante; lo
consideraban un atrevimiento de su parte.
Comenzó
a escribir su autobiografía (serían 6 tomos), pero dejó constancia de
que debía ser publicada después de su muerte; en ella, trató de
liberarse, de ser ella misma con una necesidad imperiosa de confesión.
Cito: “hubo días en que esos escritos me pesaban tanto que hubiera
querido quemarlos”.
Ya en
1929, luego de vivir un tiempo en la casa paterna, se construyó una
casa en un lugar privilegiado de Palermo, barrio de la Capital
Federal, donde actualmente funciona el Fondo Nacional de las Artes.
Llevaba a sus casas: la de Palermo, la mansión de San Isidro (Buenos
Aires) y la Villa situada en Mar del Plata, a las mayores celebridades
de Europa, EEUU, India, todo bajo su tutela económica; a veces, los
alojaba en los hoteles más caros de Buenos Aires, como en el caso del
Conde Hermann Keyserling, filósofo alemán. Con Keyserling Victoria se
decepcionó, entre otras cosas, por su comportamiento descontrolado, su
forma excesiva de beber, lo cual provocó en ella tal rechazo que,
luego de darle todo cuanto necesitaba durante su estadía en la capital
argentina, le negó cualquier familiaridad para con ella. Por supuesto,
su amistad con el autor de Diario de Viaje, terminó en malos términos;
lo tildaría de arrogante, grosero, con poco sentido de la
caballerosidad.
Con
Waldo Frank, hispanista, escritor estadounidense, entabló una
hermosa y duradera amistad; él fue quien contribuyó, en gran parte, al
nacimiento de la revista cultural SUR en 1931 de la cual dice que es
la única revista literaria en América. Frank era un enamorado de
América, quería conocer especialmente América del Sur. Victoria lo
introdujo en los círculos intelectuales para que diera conferencias,
las cuales eran traducidas por el escritor argentino Eduardo Mallea.
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Victoria Ocampo en su oficina de la Revista SUR |
Otra
gran figura que tuvo especial incidencia en la vida de Victoria fue el
escritor francés Pierre Drieu la Rochelle; cultivó la amistad con él
durante 15 años, fue una relación turbulenta ya que la manera de
pensar de ambos, sobre todo en el campo político, era muy diferente
–la Rochelle era fascista- fue un duro golpe para ella enterarse del
suicido de Pierre en París a los 52 años; ella lo definía como un
hombre en el que primaban el heroísmo, la rebeldía y la desesperación;
cuando acabó con su vida, se había firmado una orden de arresto
contra él.
Imposible dejar de recordar, que Victoria ayudó a algunos
intelectuales europeos a escapar de la percusión nazi.
En
ella, vida y obra se involucraban, sus amistades y amores se
continuaban en el papel en forma de carta –era una cultora del género
epistolar- o de relato autobiográfico, con Roger Caillois, la pasión
del comienzo se transformó en una entrañable amistad; se enamoró de él
en París, cuando Caillois tenía 25 años, a causa de la guerra ella lo
alojó en Buenos Aires en una de sus casas, al enterarse de que Ivette,
novia de Caillois en Francia, había tenido una niña, Victoria lo
instó a que reconociera a su hija y se casara con Ivette: un
verdadero acto de nobleza. Renunció a él e hizo viajar a ambas a
Argentina, luego de ubicarles y amueblarles un departamento. “Nada te
comprometa a nada conmigo” le escribió a Callois. Sería, más tarde, la
mejor amiga de Ivette.
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Grupo de colaboradores de la Revista SUR (1961): De pie, de
izquierda a derecha: Enrique Pezzoni, Eduardo González Lanusa, Silvina
Ocampo, Alberto Girre, Adolfo Bioy Casares, Victoria Ocampo,
Alicia Jurado, Héctor Murena. Sentados, de izquierda a derecha: María Rosa Lida, Guillermo de Torre,
Carlos Alberto Erro, Jorge Luis Borges y Eduardo Mallea. |
Con
respecto a la revista SUR, que se editó durante cuatro décadas, por la
que luchó y trabajó hasta muy avanzada edad, la motivación principal
que la llevó a crearla fue su propósito de poner en contacto a
escritores y artistas en general de América del Norte y América del
Sur y revelar lo mejor de las nuevas generaciones de escritores
argentinos y europeos.
Ella la
sostuvo económicamente, lo que provocó esa armonía relativa en la que
vivía con respecto a su dinero. Desde el surgimiento de la revista, la
historia personal de Victoria se confundiría con la de la revista.
Todo lo que hizo: viajes, ensayos, cartas, se publicaría en SUR.
Esta
mujer de letras siempre demostró ecuanimidad en cuanto a la
brillantez; escribieron para su revista intelectuales del ámbito
nacional e internacional, muchos de ellos ajenos al posicionamiento
político y social de Victoria. Priorizaba el talento. Ernesto Sábato
–escritor argentino, autor de la famosa novela El túnel- hombre de
izquierda, admiraba su franqueza, su generosidad, a raíz de lo cual
surgió entre ellos una amistad que ninguna polémica alteraría.
Jorge
Luis Borges manifestó: “la revista defendió siempre la causa por la
democracia contra la dictadura”.
Quizá
los nombres de sólo algunos de los colaboradores de SUR, dé una idea
de lo que encarnaba esta revista en términos de encuentro cultural y
de la magnitud de la excelencia que perseguía. Ellos son, entre
otros: Adolfo Bioy Casares, los escritores mexicanos Alfonso Reyes,
Juan Rulfo, Octavio Paz-Premio Nobel de Literatura 1990-; el español
Juan Ramón Jiménez -Premio Nobel de Literatura 1956-, los argentinos Enrique Anderson Imbert, Manuel Mujica Láinez, el uruguayo Juan Carlos
Onetti, Roger Caillois, Thomas Mann, William Faulkner, el escritor
cubano Alejo Carpentier, James Joyce, Virginia Woolf, Federico García
Lorca, Luigi Pirandello, Gabriela Mistral.
Cuando,
en 1953, como dije arriba, fue encarcelada durante el gobierno de
Perón, los más grandes intelectuales europeos y americanos firmaron
un acta de protesta, entre ellos: André Maurois, Roger Caillois, Paul
Mauriac, Albert Camus, Waldo Frank, Aldous Huxley; también se la
defendió desde las páginas del New York Times. Gabriela Mistral
–poetisa chilena Premio Nobel de Literatura en 1947- informó a la
opinión pública y hasta envió una carta al propio General Perón. Las
presiones mundiales, el apoyo generalizado, lograron una liberación
que se transformaría, sin embargo, en continua persecución política, y
en escollo sistemático para todas sus solicitudes.
Al
cumplir Victoria los 70 años, se realizó una edición especial en la que
dieron testimonio los más grandes exponentes de la intelectualidad
universal, poniendo de manifiesto la labor de esta mujer en favor de
todo movimiento cultural.
Tímida,
Victoria nunca accedió a ocupar ningún cargo público, inclusive
rechazó la propuesta que se le hizo para ocupar el cargo de Embajadora
en la India. Cuando aceptó, en 1977 su incorporación a la Academia
Argentina de Letras, lo hizo como una forma de abrir el camino para
las mujeres, sería la primera mujer que ingresara a la Academia, en su
discurso enfatizó el valor feminista de su compromiso literario, y
expresó hasta qué punto era difícil haber nacido mujer a orillas del
Río de la Plata, de nada servían las prerrogativas de fortuna y
linaje ante las iniquidades a las que estaba sometida la mujer.
En
enero de 1973 dona a la UNESCO (Organización de las Naciones unidas
para la Educación, la Ciencia y la Cultura), sus casas de San Isidro
con su mobiliario y sus colecciones, y la Villa de Mar del Plata cito:
“para ser utilizadas de una manera viva y creativa, para la
producción, investigación, experimentación y desarrollo de actividades
culturales”.
En
1978, ya víctima desde hacía algunos años de un cáncer de garganta, se
enteró de la muerte de su amigo Roger Caillois, lo que la sumió en una
profunda depresión. Su última carta fue la dirigida a la viuda del
escritor, Aline.
Durante los dos
últimos años de vida aumentaron los problemas económicos, se vio
obligada a vender joyas, objetos preciosos, cuadros, vendió también,
por 50.000 dólares, la partitura original de Perséfone, de Igor
Stravinsky, a la Universidad de Harvard.
Algunas
de sus publicaciones han sido su autobiografía, escrita en 6 tomos,
ensayos, testimonios –divididos en 7 tomos-, traducciones, críticas
literarias, poemas, diálogos con escritores, cartas. Victoria fue
también multipremiada a nivel nacional e internacional.
Sólo
citaré algunas distinciones: Gran Premio de Honor de la Sociedad
Argentina de Escritores; Medalla de Oro de la Academia Francesa,
Palmas Académicas del Gobierno Francés, Dra. Honoris Causa por la
Universidad de Harvard en 1967, y por la Universidad de Visva Barathi
–India- en 1968.
En este
trabajo he presentado a esta mujer argentina, que, pese a los rígidos
mandatos sociales de su clase, tuvo amigos y amores prohibidos, fundó
la revista literaria más importante de América, escribió, se relacionó
con grandes celebridades del mundo intelectual. Pero cierto es que su
sangre aristocrática despertó prejuicios, celos, y no faltaron
quienes quisieran minimizar su accionar llamándola mecenas, musa o
amante dadivosa.
Llena
de contradicciones, controversial, valerosa, cándida, por momentos,
generosa y autoritaria, excesiva, vulnerable, vehemente, jamás
renunció a sus orígenes y se arruinó, en parte, persiguiendo su pasión
y obsesión: la creación. Una mujer transgresora, sí, pero con una meta
clarísima a cumplir: la divulgación de la cultura.
Murió
en su casa de San Isidro, en enero de 1979. Considero apropiadas,
como corolario de esta reseña, citar las palabras que pronunció Jorge
Luis Borges en esa ocasión: “En un país y en una época que las mujeres
eran genéricas, tuvo el valor de ser un individuo. Dedicó su fortuna,
que era considerable, a la educación de su país y de su continente.
Personalmente, le debo mucho a Victoria pero le debo mucho más como
argentino”.
Bibliografía:
Arambel-Guiñazú, María Cristina. “La escritura de Victoria Ocampo”,
Edicial, Buenos Aires, 1993.
Lojo, María Rosa. “Las libres del sud”, Editorial Sudamericana, Buenos
Aires, 2004.
Ocampo, Victoria. “Testimonios. Primera Serie, 1920-1934”, Editorial
Sudamericana, Buenos Aires, 1981.
Ocampo, Victoria. “Testimonios. Décima serie. 1975-1977”, Editorial
Sudamericana, Buenos Aires, 1978.
Ocampo, Victoria. “Testimonios. Novena Serie.1971-1974”, Editorial
Sudamericana, Buenos Aires, 1979.
Ocampo, Victoria. “Autobiografía I. El archipiélago. El imperio
insular”, Fundación Victoria Ocampo, Buenos Aires, 2005.
Sitman, Rosalie. “Victoria Ocampo y Sur. Entre Europa y América”,
Ediciones Lumiere, Buenos Aires, 2003.
Vázquez, María Esther. “Victoria Ocampo. El mundo como destino”,
Editorial Seix Barral, Buenos Aires, 2002.
Viñuela,
Cristina. “Victoria Ocampo. De la búsqueda al conflicto”, Editorial de
la Universidad Nacional de Cuyo, Mendoza, 2004.
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