Underground New York
Arriba sopla el
cannabis
El viento de la ciudad
entre los que hablan solos
Y aquí abajo los
trenes brillan y van y vienen
Por el cribado
laberinto. La mujer negra borracha sola
A medias incorporada
sobre el banco de la estación Lexington
Le explica
interminablemente al prudente policía
-Oigo apenas entre el
bosque de sombreros que sonríen
Las blancas manos que
aprietan sus carteras
Los impávidos latinos
que como yo
Son bárbaros en la
farsa de Roma-
Los detalles de una
muerte –es su esposo un niño o su trabajo-
Que la llevaron al
abandono de la recta vertical de su cuerpo larguísimo
Al charco que bajo el
banco de la culpable se derrama. Al abandono.
Entonces la pequeña
japonesa
-Dónde dejó la vitrina
minúscula de su caja de música
El tu-tu absurdo como
la envoltura de un bombón
A mitad de camino
entre los agujeros de las medias de baile
Y la cara de la loca-
Hizo un rotundo
croisé
Burlando con su pelo
amarillo
Las mandíbulas
verticales
Clavada en puntas de
pie sobre el piso en movimiento
Un lago de los cisnes
a toda carrera
Bajo el piso nevado de
Manhattan.
Luego el vaso blanco
de su delicado y dignísimo gesto
Entre saltos y
reverencias y miradas a otra parte
Sin abandonar el otro
lado desde donde no nos miraba.
Dónde estaba la
pequeña japonesa
En qué salón de luces
y de aplausos
Cuando en medio del
vagón inclinó el tronco y la cabeza
Y extendió las manos
de uñas despintadas
La boca torcida por su
risa demente.
En el fondo del vaso
sola como su alma la moneda.
El Hudson
O! Und dann wieder
dies Bei-sich-selbst-Sein!
Diese Stummheiten!
Dies Gebriebenwerden!
¡Oh!
¡Y luego estar con uno mismo!
¡Estos
enmudecimientos! ¡Este andar a la deriva!
Gottfried Benn
Cuando la tomamos
demasiado en serio,
La poesía empieza a
tomarnos en broma:
Dónde es el papel, en
qué otro cielo
Vuela este insecto
porque yo lo escribo.
Por qué cadencias la
madurez de su ausencia
Se troca en lo que ya
antes sin yo saberlo era
Una agregada
catástrofe, quizá feliz,
Sin que sea del todo
aquí la falta del volumen
Y del peso, casi
inconsistente pero ya
Medianamente cierto,
éste
Que revolotea entre el
cuarto y aquel cielo,
Sin duda tan entero
como nosotros
Lo estamos de su lado.
Y si no, certidumbre
dime
De dónde viene y
adónde va
Su desafiante
respiración
Que señalas como ajena
y es suya
Aunque lejana, en
trayecto.
De igual modo allí
están
Cuantos y cuanto no
veo,
Adonde el insecto va y
donde vuela...
¿Quieres cuál insecto,
dime, tras esos bordes?
Nadie conjura nada que
no lo haya evocado.
Y leer que es buscar
Lo que más se teme,
El otro acto tan
indivisible
Como el caballo o el
hombre del centauro,
No es atravesar ningún
borde
Sino en la misma
vigilia otra repentina forma;
Las manos que vuelven
cada página
Abren la maleza de una
ambigua selva.
Atardece, es de noche
en la ciénaga,
Ya ves como obediente
a la luz que declina
Se ha posado a cantar
en la orilla vecina,
Las alas contra el
cuerpo, inocente de todo.
Nada puede ocurrir si
le acierta esta piedra.
I.
¿Qué otro río es éste
bajo el nombre
Sino el mismo río que
te mata, Heráclito, en sus aguas?
Las saladas y las
dulces son el idéntico
Caudal que las
transporta:
Una orilla es el
Hudson, otra es el Ganges
Y hay otra orilla,
además, para otros nombres.
Ancho y angosto, largo
y corto río del mundo
Al que tomamos por sus
meandros:
Incluso el que gotea
en sus sótanos profundos.
Todo es la orilla: ni
la rueda ni el fuego ni el lenguaje
Salieron jamás hacia
otras tierras que no fueran esta azul Mesopotamia.
Siempre atrás, siempre
adelante,
Nunca supiste,
Almirante,
Cuán interiores
Eran las aguas que
cruzaste.
Así es de noche y es
de día en cada mitad del río.
II.
Qué ingenuo, viejo
Hudson, el que creyó
Que iba a hablar de ti
y del Rin y del Danubio,
Cuando esta noche he
bebido tus metáforas
Como allá enfrente ¿es
New Jersey? alguien bebe
Su vodka, su arak, su
whisky, el usho de las Cícladas,
El vino negro y espeso
de un fuerte mediodía.
El trago de tus aguas
que emborrachan lleva
Al centro mismo de tu
corriente múltiple:
Cuanto más quito de
ella, más le devuelvo.
¿Qué relación habrá,
íntimo Hudson, entre tú
Y este río al que veo
escurrirse entre los puentes,
Este sí, seguro, de la
estirpe del río único del que habla el primer canto?
Cuánto se aclararía y
se enturbiaría de saberlo,
Entre un juego del
mundo y un juego de palabras.
Pero tenía que
engañarte a ti que lees o a ti que escuchas
(¿Dónde, en qué lugar
correrá ahora, después de escrito,
El poema-río?) para
que con menos desconfianza
me acompañaras a estos
movedizos remolinos,
donde como en el
desorden de una sopa de letras
muchos nombres se
asoman y se esconden.
Me pregunto también
qué pasaría si estuviera a mi lado
un poderoso policía,
un hombre bueno,
y tuviera que
explicarle todo esto paso a paso,
la intoxicación con
agua que no está
pero que sí, también
ella deja su huella en el aliento
y un andar trémulo y
distante,
es esto ya una
experiencia rara en el mundo
pero igualmente fácil
de confundir con otras dilatadas pupilas,
con otros pulsos
alterados, con otras alucinaciones ¿más baratas?
Ni hablar de las
secuelas. Crea un hábito incontenible.
En otros tiempos
seguramente había quien mataba para proporcionársela
(¿Me escuchas Gilles
de Rais?
¿Me escuchas gran
Tiberio debajo de la tierra?)
O nunca hubo nadie en
ese trance.
Ni siquiera alguien
que muriera por ella;
viejo Hudson de la
mente, tú que eres su objeto y su riego
tendrías que saberlo y
que decírmelo.
Ya nadie dice
“caballo”
y hay un potrillo
nuevo sobre el mundo.
Maldice, bendice, de
ahora en más
el pan que lleves a tu
boca sabrá a contradicción.
Una tarde en el jurásico
Ojalá no despertara.
Que la ciega noche me
llevara
Hacia un día oscuro
sin las horas
Menos una: aquélla tan
precisa
Que hoy demora.
Lo que me salva me
pierde
Y el resto es apenas
mi memoria.
Barrida sea y lo puede
una cosa sola,
Que con ella barrido
será
Este universo,
Que lo abriga todo
Salvo una cosa sola.
Perdámoslo todo y de
una vez
Ganemos en desolación.
Quizás así, desde la
sola forma que nos lleva,
Se verá más claro:
presente, pasado y futuro
Eran el verdadero
engaño y los días las lenguas
De la mentira única:
ése que se aleja
Nunca saltó de su
silla, eso que viene no será conocido.
Suspendido en lo que
pasa,
Indeciso como aquel
que está seguro
Y yerra, siempre se
verá más claro
Aunque no habrá
perdón:
Esto espanta a los
hombres desde el primer llamado.
Pero, ¿qué cuerno
suena, para qué cacería?
Este halcón o palabra
no volverá a la mano.
Primer Piso: Elianne McGohan
Ella estuvo en Miami
Aquella noche
inolvidable
En que Jim Morrison
cerró las puertas
Y se subió desnuda al
escenario
“The old sacred
spirit is alive!”
“The ancient holy
ghost is alive!”
Gritaba en brazos de
la policía
Y se golpeaba el pecho
hermoso y bamboleante
“Santa, santa, santa”
aullaba
En vez de “miserere”
El borracho panzón
desde el micrófono
Le arrojó aquel beso
Antes de que se la
ocultara
La Vía Láctea que había bajado hasta el escenario
Ella hoy tiene su
Ph.D.
Y él su Pére Lachaise
Ambos enseñan poco
pero bueno
Tres días a la semana
Ella en el salón
correctamente iluminado
El en el más oscuro
rincón del baño público
Apenas los separa un
muro
Y unas pequeñas,
eficientes puertas:
Es una suerte para
todos
-ella incluida- que
conozcan
Tan bien este trabajo
Y tengan tantos años
en su oficio
Segundo Piso: Eliot Di Nucci
Nadie estuvo en el
pasado
Y ninguno habitará el
futuro.
Sólo existe este
apartamento,
La ventana que da a
Central Park,
El tedio infinito de
mis piernas inválidas,
El reloj que indica
que dentro de dos horas
Vendrá la enfermera
profesional
No sabe todavía lo que
dice.
Mi vida no importa:
Una sola cosa late
entre estas desiertas paredes
Y hace mucho que no es
mi corazón.
En alguna parte, en
algún cajón, una Beretta 40
Recuerda que vengué a
mis piernas con ella,
Un día improbable,
indefinido, de 1964,
Desde esta misma silla
de ruedas,
Vaciándole el cargador
a Moe “Ametralladora” Carrick,
No lejos de aquí, en
una esquina que he olvidado.
Debajo de la pistola
un viejo diario amarillento
Da todos los detalles
de mi asunto.
Tercer Piso: Fiona Lara Fredericksen
Las tapas de la mitad de las revistas de la
Tierra
Ofrecen mi retrato y
buena parte de ellas
Se apilan hasta el
techo en este piso
Y en esta vida donde
sonrío a solas.
Cuarto Piso: Maurice y Miriam Podolski
Las antigüedades no
tienen lugar
En nuestro piso, son
sólo para vender,
De 8 AM a 8 PM ocupan
nuestras vidas
Y luego, al abordar el
metro tomados de la mano,
Como lo hacemos desde
hace 45 años,
Las olvidamos en el
negocio cerrado.
En la casa postales de
nuestros hijos,
Venidas de Israel, de
Missouri y de Idaho,
De Venezuela, de Salt
Lake City y de Baviera,
Desplazan a las
lámparas firmadas,
Los camafeos, las
espadas y los jarrones.
Todas las noches,
después de cenar,
Solos en la sala,
contemplamos
Esas cartulinas
resquebrajadas,
donde la tinta ya se
desdibuja,
donde las palabras se
transforman,
como lo hicimos la
primera vez,
Cuando todavía alguna
de ellas
Era echada por debajo
de la puerta.
La vida es algo que
siempre
Hay que cuidar de las
polillas.
Pent house
La puerta, las
paredes, el empapelado, las formas. Las cortinas, las alfombras,
los ceniceros, las cómodas. Los armarios, las mesas, las sillas,
los sillones. Las ventanas, los atardeceres, las madrugadas, las
noches, los amaneceres. La cocina, los enseres, los utensilios,
los manteles. Los pasillos, las sombras, el aire a encierro, una
puerta entreabierta, la humedad, la ceniza. El polvo, las
telarañas, los ruidos de la calle. El baño, las goteras, los
mosaicos, el espejo, la ducha, las rajaduras, el óxido. Los
insectos muertos, la mugre, las colillas, los enchufes. El
dormitorio, las sábanas, los libros, las luces apagadas, las
almohadas. El televisor, la radio, los cables, las revistas. El
salón de estar, el techo, la biblioteca, el par de sillones, la
mesa baja, los periódicos, la lámpara de pie, el aparato de aire
acondicionado. El balcón, las plantas de tiesto y el vacío.