Miami
Estados Unidos
Año VIII

 Nº 43/44

Escríbanos    

 

Publicada por Ediciones Baquiana

Director Ejecutivo

Patricio E. Palacios

Directora de Redacción

Maricel Mayor Marsán

Consejo de Redacción

Dr. Humberto López Cruz

Universidad Central de la Florida en Orlando

 

Dr. René C. Izquierdo

Miami Dade College Recinto de Kendall

 

Profesora Myra Medina

Miami Dade College

Recinto Norte

 

Dr. Gerardo Piña Rosales

Universidad de la Ciudad de Nueva York (CUNY)

Universidad de Columbia

Nueva York

 

Dra. Alicia E. Vadillo

Universidad Estatal de Nueva York en Oswego

 

Dra. Lidia Versón

Universidad de

Puerto Rico

 Recinto de Río Piedras

 

Asesor Técnico

Luis H. Beltrán

 

Asesor de Arte

Carlos Quevedo

 

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Boletín Informativo

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EL CABALLERO ARTISTA

por

Maximiliano Allende Vásquez

 

     Tras beber un vaso de cristal lleno de coñac añejado, me alisté a preparar mis materiales de trabajo, una de las actividades que yo más disfruto realizar, especialmente previo a una ardua noche de trabajo. Generalmente yo trabajo de noche, como todo caballero de clase y elegancia debe hacer. Puse música de Beethoven para inspirarme en mi arte y mientras escuché los primeros acordes suaves, cubrí mis delicadas manos con mis guantes de cuero negro. Me senté en mi sillón frente a mi escritorio y acto seguido instalé mi maletín de herramientas delante de mí.

     Hay que tener una cierta delicadeza y talento artístico para dedicarse a las artes, a las cuales un talentoso artista como yo dedica su vida. Las cualidades más importantes para convertirse en un maestro en su arte, son la perseverancia y la musa inspiradora. Mi carrera profesional ha sido de éxitos meteóricos.

     En fin, abrí cuidadosamente los dos broches frontales de mi maletín de cuero fino y levanté su cubierta con extremo cuidado. Siempre me fascinó el terciopelo rojo que cubría el interior de mi maleta de utensilios, su suavidad aseguraba mantenerlos en óptima condición. Yo los limpiaba y les sacaba brillo después de utilizarlos para mis obras. Otra vez los tenía ahí enfrente de mí, metales brillosos y maravillosos, lo digo pues me habían traído tantas satisfacciones laborales y personales.

     El reflejo de la luz de mi tenue lámpara rebotaba en los metales y casi cegaban mi vista. Me coloqué mis anteojos polarizados y con aumento para hacer mis labores más fáciles. Me aseguré de que el cerrojo de la entrada de mi despacho estuviese bien cerrado, no quería ser interrumpido con molestias banales de la servidumbre y así desconecté la línea del teléfono para evitar la más mínima interrupción. Mis instrumentos me habían costado relativamente caros, pues los encargué especialmente de Europa, con todo y maletín incluido. Contenía varias herramientas distintas, cada una perfectamente elaborada para la labor precisa de efectuar mi arte de la forma más eficiente.

     Me serví un segundo vaso de coñac, guardé la botella en el bar y bebí lentamente su contenido, saboreando sus espíritus. Era hora de comenzar y no quería perder tiempo, yo siempre trabajo bajo un estricto y previamente calculado plan de trabajo. Frente a mí presencié mis herramientas de trabajo artístico. Todas las piezas elaboradas a mano por artesanos expertos y las cuales envié a grabar con un símbolo que he asumido como el mío, el trébol de cuatro pétalos. Al costado derecho de mi escritorio tenía ante mis ojos una lista, escrita de mi puño y letra en una hoja de papel de arroz, en la que estaban todos los detalles sobre la ejecución de mi obra de arte por realizar: el horario mediante el cual me regiría en mi labor y un perfecto esquema dibujado como un mapa del elaborado proyecto. Estudié el esquema y decidí que los instrumentos que tenía serían los adecuados, un artista no debe improvisar. Saqué mis herramientas y las introduje en mi bolsa de trabajo, de seda azul, dónde yo antes había introducido otros instrumentos que serían necesarios y ropa de trabajo.

     Cerré el maletín de herramientas con llave en sus dos broches de bronce y lo guardé en mi caja fuerte bajo clave. Mis herramientas son caras e importadas del extranjero, por precaución a robos, siempre tomo mis medidas de seguridad. Luego estudié la hoja de planificación por última vez para tenerla fresca en mi mente, después la lancé al fuego ardiente de mi chimenea y la vi convertirse en cenizas rápidamente. Puede parecer algo excéntrico, pero en realidad lo hice porque en el mundo de los artistas se está sufriendo una verdadera epidemia de plagios y copia de material original, de lo cual no quiero ser víctima. Además prácticamente me sabía el esquema de memoria, habiendo pasado meses estudiando los planes detalladamente. Me sentía satisfecho de que mis planes iban marchando sobre ruedas.

     Miré la hora, eran las nueve de la noche y por lo tanto aún me quedaban quince minutos extras antes de salir de mi residencia. Me aseguré que no me faltara nada, puse la bolsa de seda con mis herramientas dentro de mi mochila de cuero. Me peiné frente al espejo y noté que pese a mis ya casi cuarenta años de edad, mi apariencia no estaba del todo mal, con apenas visibles canas en mis sienes. Vestí completamente de negro aquella noche, color que me encanta por su sobriedad y de paso me hace ver más delgado. Me cubrí con un abrigo largo pues la noche estaba fría, coloqué la mochila a mis espaldas y como toque final me cubrí con un sombrero de ala negra con mis manos enguantadas. Salí de mi despacho dejando la puerta bajo llaves.

     Guardé mis utensilios en la maletera de mi automóvil y arranqué a velocidad promedio en mi Mercedes descapotable, era innecesario un parte de tránsito antes de llegar a mi trabajo. Seguí la nueva carretera expresa que me llevó en veinte minutos al centro de la ciudad, al distrito de las galerías de arte. Ubiqué el edificio de arquitectura posmodernista con bastante facilidad. A esas horas de la noche ya todas las galerías estaban cerradas, aunque a veces algún laborioso trabajador se quedaba hasta altas horas de la noche en los estudios y lofts del recinto.

     Me estacioné en el subterráneo del edificio, tomé mi mochila de la maletera y me dirigí a paso rápido hacia el ascensor. Volví a mirar la hora, todo bajo control, los retrasos son de muy mal gusto. Me monté en el ascensor y presioné el botón del piso número siete. Miré mi reflejo en los espejos de su interior y reafirmé que mi apariencia era la de un dandy. Se abrieron las puertas y frente a mi vista se extendía un corredor semioscuro, iluminado solamente por las luces de emergencia. Tendría que dar mis pasos con cautela, la oscuridad es peligrosa. Mi destino era la última oficina al fondo del largo corredor, el despacho número 718. Finalmente me detuve frente a la puerta, vi la luz que salía por la parte de abajo de la ranura de la puerta de entrada. Deduje que obviamente debía haber alguien dentro del despacho, pues los funcionarios no solían dejar las luces encendidas durante la noche.

     No quise golpear para no molestar, generalmente si alguien se quedaba trabajando en los estudios hasta tarde, era porque debía de estar sumergido en la elaboración de su arte y eso es algo de sumo respeto. Mi prudencia me impedía molestar. El picaporte de la puerta estaba abierta a mi favor, lo hice girar lentamente y cerré el cerrojo por dentro con seguro, no quería ser molestado. Ya sentía la musa inspiradora rodeándome y la emoción de comenzar una nueva obra de arte. Hacer arte es similar a dar a luz un hijo, es tuyo propio, tu imagen y semejanza. Al fin es lo que quedará como nuestro legado cultural para las futuras generaciones.

     La oficina a mi izquierda estaba cerrada, se veía luz por debajo de esa puerta también, sin duda alguien estaba adentro trabajando. También escuché la voz de una mujer joven hablando por teléfono, quizás era una secretaria o una de las representantes artísticas. Caminé hacia mi derecha, donde estaba el estudio en el que trabajaría ésa noche. Encendí la luz y cerré la entrada con pestillo. Repito que odio las interrupciones. El estudio estaba decorado con pinturas abstractas, fotos en blanco y negro. También me deleité de presenciar un par de bellas y delicadas esculturas en cada esquina. El estudio estaba semivacío y me rodeaban varios caballetes de pintura.

     Nunca me gustaba perder el tiempo cuando se trataba de mi trabajo, sobre todo cuando me sentía inspirado de la manera que me premiaba esa noche. Puse manos a la obra de una vez. Coloqué la mochila sobre una mesa, me saqué el abrigo y lo colgué en una percha con sumo cuidado. Abrí mi mochila, saqué la bolsa de seda de su interior, la abrí y puse mis herramientas de trabajo sobre la mesa en forma ordenada. Luego saqué de la bolsa un delantal blanco que siempre uso para no ensuciarme al trabajar. Tras ponerme el delantal, me aseguré que mis guantes estuviesen  bien ajustados a mis manos, para no entorpecer mi trabajo. Lo de los guantes es una antigua manía para tampoco ensuciármelas.

     En el suelo estaban los dos gruesos palos de madera que horas antes había dejado ahí mi asistente personal, un madero largo y el otro corto. Los tomé y los coloqué cautelosamente uno sobre el otro, formando una cruz como las que se suelen ver en las iglesias. Eran parte de las bases estructurales de mi escultura, la cual había planeado meticulosamente por meses. Tomé mi fino y delgado martillo de entre mis herramientas, coloqué un clavo tras otro para formar la cruz, tres clavos en total. Aunque traté de no causar mucho ruido y no molestar a la señorita de la oficina contigua, mis esfuerzos no dieron resultados. Lo digo porque tras los golpes de martillo debí llamarle la atención, pues segundos más tarde sentí golpes a la puerta del estudio donde me encontraba. Rápidamente levanté la cruz de madera del suelo, pues me empezaba a retrasar y la interrupción siguiente de seguro quitaría tiempo valioso. Pero no me molesté pues sentía la musa muy cercana, eso era algo esencial para mi obra. Coloqué la cruz apoyándola sobre una de las paredes del estudio, volví a sentir los golpes en la puerta, acompañados de una intrigada y femenina voz que preguntaba si alguien estaba adentro. Contesté; "Un momento por favor, ya voy." Como mi escultura ya iba encaminada y la joven seguía golpeando, me dirigí a abrir la puerta con rapidez.

     Abrí la puerta con una sonrisa cortés dibujada en mi rostro y allí la vi frente a mí. Me presenté formalmente, le expliqué que yo era uno de los artistas del estudio y le pedí disculpas por la molestia. Ella se veía algo sorprendida o perpleja. Sin embargo le dije que habría una exposición en pocos días y tenía apuro en terminar mi última obra para cumplir con mi compromiso hacia la exposición. Ella titubeó antes de responderme, pero finalmente me explicó que ella era una nueva secretaria de la galería y que estaba esperando que la recogiera un taxi que acababa de llamar. Me dijo que nadie le había informado que un artista vendría aquélla noche, pero estaba tan nerviosa por ser su primer día de trabajo que no tardó en aceptar mi explicación sobre el mal entendido. Le expliqué que era normal que a los dueños de las galerías se les olvidara informar sobre las entradas y salidas del estudio. Tenía una sonrisa muy dulce y desde luego le desperté confianza, lo cual me agradó mucho, pues yo me encontraba deseoso de volver a mis labores cuanto antes. Mi mano escondía el martillito tras mi espalda para no asustarla, pues hay tanta gente rara en mi ciudad que no quise inquietarla más, pobrecita. Imagínense era su primer día de trabajo, eso pone nervioso a cualquiera.

     Le dije; "Perdón señorita, discúlpeme...". Ella sintió el fuerte golpe de mi martillo que entraba en su cabeza y después cayó inconsciente sobre la alfombra. Miré mi reloj de pulsera, todo encajaba en mi elaborado plan, minuto a minuto, y yo me sentí aliviado de haberme puesto mi delantal blanco, pues de lo contrario ahora mi ropa estaría arruinada con manchas de sangre. Son los gajes del oficio. Ella estaría inconsciente por un buen tiempo, sin embargo mi plan cubría todas las probabilidades. Saqué mi jeringa metálica, la llené con droga anestésica y se la inyecté en la yugular. Esto tendría un efecto de por lo menos un par de horas. Le cubrí la boca con cinta adhesiva gruesa, por la nariz podría respirar fácilmente y después le vendé los ojos con una pañoleta negra. Mi musa estaba divina, cabellos rubios, rasgos finos, cuerpo esbelto y un aire angelical.

     La arrastré unos cuantos metros a través del estudio, y al llegar al costado de mi escultura en construcción me detuve. La despojé de sus ropas cuidadosamente, disfrutando cada instante de mi realización. Primero le solté el nudo que le amarraba el cabello. Después le desabotoné la blusa de seda blanca, sacándosela con gusto, su piel era blanca y suave. Estaba sin zapatos pues al arrastrarla se le habían desprendido en el camino, pero mientras le bajaba las medias, mi vista se deleitaba en cada centímetro de sus piernas y sus muslos. Estos eran sin duda el más delicioso manjar. Su pubis un tanto rojizo era la culminación de un orgasmo artístico que llevaba meses en formación. Sin embargo, lo más sublime estaba aún por llegar. Desprendiéndola de su sostén, sus generosos senos al descubierto exponían una pecaminosa creación de Dios. Sus pezones, eran las guindas sobre el postre de mi sublevación carnal.

     Estando mi modelo completamente desnuda, la levanté y con extrema inspiración la sobrepuse encima de la cruz de madera. Le extendí los dos brazos horizontalmente sobre cada ala lateral de la tabla que formaba la cruz y abajo le crucé sus piernas en forma vertical. Cerré los ojos y pude ver mi escultura casi igual al esquema que durante tanto tiempo realicé. Pero aún faltaba lo más esencial. Del interior de mi mochila saqué cuatro largos y gruesos clavos puntiagudos. Abriéndole la mano derecha le clavé el primero y la sangre brotó al ser atravesada. Pensé en la posibilidad de que estuviera muerta pues no salió de su estado de coma al ser expuesta al calvario. Pero no me importaba realmente, ya no iba al caso, pues el arte seguía su curso y la inspiración es algo que no tiene explicación lógica. Seguí con su otra mano, la siniestra, término que siempre preferí en vez de decir 'izquierda'. El proceso fue el mismo, martillo en una mano, clavo en la otra, la palma zanjada   y la sangre del pacto escurriendo vida. Por último le traspasé los dos tobillos   con los dos restantes clavos y a martillazos sus ligamentos cedieron ensangrentados.   

     Me costó mucho esfuerzo despegar la cruz de madera del suelo, pues los clavos habían traspasado la madera y entrado en el piso. Con otra de mis herramientas de trabajo, la logré desprender y con mucho esfuerzo la comencé a levantar. No fue fácil, aunque tras varios intentos finalmente logre apoyar la cruz sobre la pared y para mi sorpresa noté que la joven musa trataba de soltarse aterrorizada, aunque estaba moribunda y perdía mucha sangre. Mi conciencia estaba limpia, ya que sabía que con su sangre yo lavaría todos mis pecados. Ella movió su cuerpo en contorsiones, pero fueron inútiles por estar clavada y casi sin energías. Trataba de murmurar algo inaudible tras la cinta adhesiva, gritos mudos de un calvario con razón de ser y lo dice un exsacerdote ahora hecho escultor. Sintiéndose ya parte de la obra, se dio por vencida y accedió a participar. Por lo menos así lo creí, ya que dejó de obstruir con sus movimientos.

     Tomé el martillo, fuertemente rematé los cuatro clavos contra la pared, la cruz se sostenía ahora por sí misma. Me asusté cuando algo no planificado sucedió, por el peso de su cuerpo, la gravedad  hacía que los clavos se desgarraran poco a poco. Su piel cedía y las llagas se hacían más severas. Para evitar lo que podría llegar a ser el desastre de mi escultura devota, recurrí a la improvisación. Saqué soga de mi arsenal de herramientas e instrumentos, y la corté en tres trozos. Fue así como logré impedir el fracaso, amarrándola apretadamente de sus muñecas y tobillos. Entonces casi salté del miedo, cuándo el sonar del teléfono me sacó de mi trance artístico. Ya más calmado, deduje que debía ser el taxista anunciando que ya estaba esperándola afuera. Dejé que sonara repetidamente y luego silencio total. Seguro y se aburrió de esperar, usualmente deducen que otro taxista se adelantó. Me quise asegurar y, entreabriendo las persianas un poco, vi al taxi alejándose por las calles de aquella noche.

     Faltaban ya sólo los últimos detalles para acabar con mi obra maestra, la cual había decidido titular: "Recreación del Calvario". Mi interpretación de la corona de espinas era un poco diferente, más moderna, a mi gusto. Sacando un paquete de clavos más pequeños, me di a la delicada labor de introducirle clavitos circularmente alrededor de la parte superior de la cabeza. La corona me quedó maravillosa, con cada punta más agonía y así la corderita se entregaba en sacrificio.

     Yo estaba fascinado con los resultados de mi escultura, una exposición de arte multimedia viva y que a mi gusto sería el medio artístico del futuro. Sabía me quedaban pocos minutos para cumplir con los horarios estipulados bajo mi esquema de realización. El último detalle, la culminación y última cincelada a mi obra, la creación y colocación del letrero sobre la parte superior de la crucifixión. Abrí mi saquito de seda y saqué de su interior una tablita de madera terciada, la cual yo había previamente preparado. También busqué mi pincel, mojándolo repetidamente en las heridas de mi musa y cubriéndolo con su sangre fresca, me di a la labor de escribir la inscripción con la mejor pintura de la creación. Di pinceladas seguras, firmes y escribí el mensaje: "Ordo Templi Orientis".

     Ya mi obra maestra estaba acabada y me di el placer de detenerme unos segundos frente a mi obra para presenciar su belleza divina antes de volver a mi hogar. Mis ojos se abrían en éxtasis ante la crucificada musa imperial. Guardé mis instrumentos cautelosamente en mi mochila con mis manos enguantadas, me saqué el entintado delantal guardándolo también en su interior. Me puse el abrigo negro, el sombrero de medio lado y me cercioré de no dejar huellas, por el tema de los plagios artísticos, ¿recuerdan? Bueno, abandoné el recinto y nadie me vio salir, gracias a Dios, ya que de noche suelen asaltar a la gente en la ciudad. Mientras iba en camino a mi residencia por la carretera expresa, escuchaba una sinfonía y me regocijaba en el producto final de mi tributo religioso, mediante mi obra maestra. Fue en ese momento, de relajada felicidad e inspiración, que se me ocurrió la genial idea de lo que sería mi próximo proyecto artístico: La futura interpretación de mi versión de "La Última Cena". Sería más difícil de realizar seguramente, pero valdría la pena. Mientras hacía los planes en mi cabeza, y escuchaba las melodías, le pedí inspiración y ayuda al maestro.

    

Maximiliano Allende Vásquez nació en Santiago de Chile (1975). Narrador, guionista y camarógrafo. Desde 1989 reside en los Estados Unidos, primero en San Diego, California y a partir del 1991 en Miami, Florida. Ha estudiado Producción de Radio y Televisión en el Seattle Central Community College en Seattle, Washington, y en el Miami Dade Community College (Recinto Norte).  Trabaja como camarógrafo free lance para espectáculos en vivo, de artistas infantiles y juveniles de la compañía M.D.A. Studios, de Miami, Florida (escuela de talento infantil y juvenil). Ha publicado en “La Voz”, el único periódico latino en Seattle, estado de Washington. Es corresponsal en Miami de la revista electrónica chilena “Abracadaver”,  que se especializa en los géneros de Misterio y Terror. Como parte de su corresponsalía, estuvo a cargo de reportar acerca de la convención sobre cine de Terror “Screamfest” en Broward, Florida, en el año 2004.