Miami
Estados Unidos
Año VIII

 Nº 43/44

Escríbanos    

 

Publicada por Ediciones Baquiana

Director Ejecutivo

Patricio E. Palacios

Directora de Redacción

Maricel Mayor Marsán

Consejo de Redacción

Dr. Humberto López Cruz

Universidad Central de la Florida en Orlando

 

Dr. René C. Izquierdo

Miami Dade College Recinto de Kendall

 

Profesora Myra Medina

Miami Dade College

Recinto Norte

 

Dr. Gerardo Piña Rosales

Universidad de Columbia

Nueva York

 

Dra. Alicia E. Vadillo

Universidad Estatal de Nueva York en Oswego

 

Dra. Lidia Versón

Universidad de

Puerto Rico

 Recinto de Río Piedras

 

Asesor Técnico

Luis H. Beltrán

Asesor de Arte

Carlos Quevedo

 

Boletín Informativo

Reciba por correo electrónico una síntesis de las principales noticias literarias


 

 

 

 

ENTREVISTA A EDUARDO LABARCA

(GANADOR DEL PREMIO A LA MEJOR NOVELA

DEL AÑO 2005 QUE OTORGA EL

MINISTERIO DE CULTURA EN CHILE)

  

por

 

Maricel Mayor Marsán

 

     Nació en Santiago de Chile (1938). Periodista, escritor y abogado. Se ha dedicado la mayor parte de su vida al periodismo de prensa, radio y televisión. Desde 1968 hasta 1972  fue redactor político y columnista de El Siglo; comentarista de radio Portales y panelista del programa “A esta hora se improvisa” del Canal 13 de TV de la Universidad Católica en Santiago de Chile. Luego se desempeñó como director del Noticiero Nacional de Chile Films (de 1972 a 1973), periodista del programa “Escucha Chile” de radio Moscú (de 1974 a 1979), periodista y traductor "freelance" en París (de 1980 a 1985). Desde 1986 trabaja como traductor de Naciones Unidas en Viena, Austria, ciudad en la que reside. En 1988 obtuvo en Ginebra el Premio Platero por el cuento “La Ensalada”. Sus libros periodísticos tienen múltiples reediciones y traducciones: Chile invadido (reportaje, 1968), Chile al rojo (reportaje, 1971), Corvalán 27 horas (entrevistas, 1973), Corvalán de Chile (entrevistas, 1974). Aparte de sus libros periodísticos, su obra literaria comprende: El turco Abdala y otras historias (tres novelas cortas. Santiago de Chile, 1988), Acullá (novela. Santiago de Chile, 1990), Butamalón (novela, Madrid, 1994), una asombrosa novela de la guerra de la Araucanía, y Cadáver tuerto (novela. Santiago de Chile, 2005).


 

“Cuando las apuestas por quién recibiría el Premio Nacional de Literatura alcanzan su punto álgido, el segundo galardón más importante que se reparte entre las letras nacionales ya tiene propietarios. La ministra de cultura,

Paulina Urrutia, dio a conocer ayer los ganadores del Concurso de Mejores Obras Literaris 2005 que reciben ocho millones de pesos en cada categoría:

Luis Eduardo labarca con su novela "Cadáver tuerto"..."

 

LA NACIÓN

Revista Patrimonio Cultural

Viernes, 4 de agosto de 2006

Santiago de Chile, Chile

 

“La vigorosa corriente de novela histórica que recorre la literatura hispanoamericana acaba de dar un nuevo fruto: se trata de Butamalón, una obra a caballo entre la realidad y la ficción, en la que el escritor chileno Eduardo Labarca narra la encarnizada guerra que España libró a lo largo de tres siglos contra los indios mapuches de Chile.

 

El hilo narrativo de Butamalón, que significa sublevación en lengua mapuche, transcurre a través de varios personajes. El principal de ellos es el fraile Juan Barba, que terminó combatiendo en las filas del ejército mapuche tras un alucinante viaje desde su Extremadura natal hasta los confines de la Aracaunía.

 

Escrita en castellano antiguo, castellano moderno y lengua mapuche -un diccionario al final del libro ayuda a descifrar la terminología-, la novela es el resultado de siete años de trabajo. En este tiempo el escritor ha consultado varias veces el Archivo de Indias de Sevilla y

ha viajado a España, Chile y Perú.

 

Charo F. Cotta

EL MUNDO

1 de diciembre de 1994

 Año VI, Número 1,848

Madrid, España

 


Hace varios años tuve la ocasión de conocer personalmente a Eduardo Labarca en España, durante un encuentro literario al cual asistió con su esposa, la poeta cubana María Elena Blanco, a quien estimo como amiga y escritora. Desde entonces, hemos mantenido contacto de manera regular. Ahora, al saber el resultado de los premios nacionales de literatura chilena, correspondientes al año 2005, me puse en contacto con él para conversar sobre los pormenores del premio recibido y su obra. 

  

MMM ¿Por qué te refieres a tu novela Cadáver tuerto, recientemente ganadora del Concurso de Mejores Obras Literarias en 2005 por el Consejo del Libro y la Lectura en Chile, como un gerundio inquietante, en donde la verdad histórica está “emergiendo” de la ficción?

 

EL Lo dije en un debate en la Feria del Libro de Santiago sobre el tema: “La verdad histórica emergiendo de la ficción”. Estamos acostumbrados a que la ficción construya sobre los hechos reales y a menudo en contradicción con ellos, un mundo irreal, que tiene una verosimilitud de otro tipo, de carácter literario. La ficción es necesariamente engaño, y su encanto reside en que el lector se deje engañar. A la hora de inventar, el cuentista o novelista no lo piensa dos veces: ése es su oficio. ¿Sin el vuelo de la imaginación qué ficción podría haber? Pero en esa mesa redonda las cosas se planteaban al revés: frente a la falsedad o el encubrimiento, la ficción puede desempeñar excepcionalmente un papel clarificador, revelador, incluso respecto de los hechos. Participaba la escritora Mónica Echeverría, que acababa de publicar Cara y sello de una dinastía, un libro de género híbrido sobre la familia Edwards, la más poderosa que ha existido en la historia de Chile. Ese libro, respaldado por investigaciones pero presentado en forma de ficción, ha dado un golpe demoledor a la imagen ficticia, falseada en realidad, que los Edwards han venido creando de sí mismos desde los días de la Independencia gracias a la dominación que han ejercido sobre los principales periódicos y medios de información. Yo llegaba con mi novela Cadáver tuerto en la que describo, sin que sea el centro del libro, la falsificación del diario de un general asesinado por un tirano. A poco de publicada mi novela tuve que admitir que hace treinta años yo había escrito un libro apócrifo que se publicó como diario del general Carlos Prats. Para mí la situación fue difícil, me costó, aunque había resuelto dar la cara. La verdad histórica que estaba “emergiendo” de la novela era inquietante y me sentía desestabilizado. Lo ha dicho recientemente Günter Grass con respecto a la revelación de su pertenencia a las SS: “Es más fácil crear una ficción que asumir una verdad complicada. Pero también reclamo para mí el derecho de reservarme mis cuestiones hasta que encuentre fórmulas de expresarlas.” (Entrevista de Hermann Tertsch, El País, Madrid, 10 de septiembre de 2006).

 

MMM ¿Cómo has resuelto la dicotomía interna que se debatía dentro de ti por casi treinta años, en relación a la escritura del diario apócrifo Una vida por la legalidad del General Prats, entre la fidelidad a la verdad histórica y tus lealtades políticas de antaño?

 

EL Esos procesos toman su tiempo. La revelación de Günter Grass fue resultado de una maduración que, en su caso, ha tardado más de sesenta años. Yo no amanecí de un día para otro pensando que haber escrito el diario apócrifo había estado mal. En el momento de escribirlo me pareció una idea excelente, con ello le asestaba un golpe en el mentón al dictador Pinochet. Prats se levantaba de la tumba a luchar, como el Cid Campeador, contra el que lo había mandado a matar. Pero a medida que el tiempo transcurría, mi visión utilitaria del libro falso fue dando paso a la reflexión sobre el general Carlos Prats de carne y hueso, no el que yo había inventado. Poco a poco fui sintiendo que había cometido un abuso, no porque el objetivo perseguido fuese malo, sino porque el medio empleado era inaceptable. Había abusado de la memoria de Prats, un militar que pagó con la vida la fidelidad a sus principios. Por eso mi primer paso fue hablar con las tres hijas de Prats, asumir ante ellas mi acto y presentarles excusas antes de que apareciera la novela. Eso no significaba que yo diera la espalda a mis lealtades anteriores, pero había una maduración de mi parte, una relativización de esas lealtades, la comprensión de que hay formas y límites que se deben tener en cuenta en todos los casos. Desde ese momento yo asumía una lealtad más amplia, lealtad con la verdad histórica, con el restablecimiento de los hechos. Si yo no lo hacía, iban a quedar en la sombra para siempre.

 

MMM Algunos críticos literarios se aprestan a señalar al personaje central de tu novela Cadáver tuerto, llamado Lautraro, como una especie de antihéroe chileno. ¿Crees que van en la dirección correcta?

 

EL La palabra antihéroe ha sido efectivamente usada al menos por un crítico. Pero yo escribí una novela y no me corresponde clasificar a sus personajes. Lo que puedo decir es que Lautraro no es en absoluto un héroe. Aunque participa en acciones con connotaciones políticas, por ejemplo al transmitir desde una radio extranjera contra el tirano, ése no es el meollo de su vida.

 

Es un ser bastante amorfo, que como actor puede encarnar a cualquier personaje, como sucede con el tirano, que se le mete bajo la piel. Para usar una palabra que se repite en la novela y que aprendí de los cubanos, es más bien un “blandengue”. Me parece que, como la mayoría de los seres humanos, puede ser heroico o cobarde según la situación. Es débil, pero dice por ahí, refiriéndose a su propia debilidad, que “ésa es mi fuerza”. En el fondo, está fuera del esquema corriente que pretende dividir a los hombres entre buenos y malos.

 

MMM Después de este exorcismo literario, ¿me podrías decir si has encontrado el reino de la verdad en alguna parte?

 

EL Alguna vez creí encontrarlo, luego me di cuenta de que no lo era y desde hace rato no lo busco. Menos aún está ese reino en los fundamentalismos de variado pelaje que hoy nos asfixian con sus verdades absolutas y excluyentes. El joven kamikaze que se hace estallar con una bomba adosada a las tripas tiene su reino de la verdad que se contrapone al del transeúnte asesinado por él. La soldadita rubia que alguien envió a Irak tiene su reino de la verdad muy diferente al del moro al que arrastra con una correa al cuello. Más que un reino de la verdad, yo diría que hay verdades. Los derechos humanos, la protección del planeta, la búsqueda de la igualdad de derechos y de la justicia social son grandes verdades, pero ojo, también pueden convertirse en palabras usadas para lo contrario de lo que se dice predicar. Porque la verdad es más bien gaseosa y anda suelta. Son pinceladas o gotas llevadas por el viento que pueden encontrarse en ciertos actos y actitudes. Es, cuando mucho, un instante. Nunca un reino. Está en el fulgor que mueve al poeta a escribir una palabra, en el rayo verde que percibe el lector solitario. Después: la oscuridad de nuevo. Cuando alguien proclama el reino de la verdad en algún sitio, yo salgo corriendo.

 

MMM Existe una intensidad peculiar en tus libros de tipos testimoniales o periodísticos. ¿A que atribuyes esto?

 

EL Mirando hacia atrás veo una continuidad. Chile invadido, mi primer libro, fue netamente periodístico, pero no de un periodismo cualquiera. Esa vez quise, y siempre he querido, meterme hasta el fondo de los temas difíciles. Ese primer libro se basó en una investigación y una reflexión agotadoras. Tuvo mucha repercusión en Chile y fue reseñado en la primera página de The New York Times. El segundo, Chile al rojo, sobre el triunfo de Allende en Chile, fue traducido a muchos idiomas y es referencia obligada sobre esa época.

 

Un día el periodismo me quedó estrecho y salté a la ficción, al cuento, a la novela, a la literatura. Fue una transición suave cuya llegada siempre esperé, sólo me faltaba estar listo. Y no fueron libros testimoniales, sino ficción pura. El turco Abdala y otras historias, escrito en Moscú, transcurre en  las noches de bataclán de mi país lejano. Y desde entonces sigo en eso, he publicado Butamalón y Cadáver tuerto, que son novelas al ciento por ciento, situadas en un tiempo, es verdad, y en Chile o en un país que se le parece, pero ficción de pe a pa.

 

MMM De todas tus novelas, existe una que está llamada a convertirse en un libro de referencia obligada cuando se estudia la historia de Chile, por la gran investigación que realizaste y el caudal informativo que trasmites en sus páginas acerca de la cultura Mapuche, y me refiero a Butamalón. ¿Qué te impulsó a escribir esta obra monumental de carácter epopéyico?

 

EL Un impulso casi espontáneo, diría. Todos los chilenos venimos de la guerra de la Araucanía, en que los mapuches, llamados araucanos, dieron muerte a dos gobernadores y a treinta mil soldados españoles. Era “el Flandes Indiano”, la guerra en que España se desangraba. Muy joven recorrí la zona como periodista y tenía dos amigos mapuches, que ya han muerto, los hermanos Eusebio y Melillán Painemal, que me recibían en sus rucas. Años más tarde, cuando la dictadura aflojó un poco, regresé a Chile y recorrí los lugares de las batallas que Ercilla compara a las de Grecia. Dos veces estuve en el Archivo de Indias de Sevilla y allí, en las cartas de los gobernadores de Chile que se me deshacían en las manos,  encontré el eslabón que  me faltaba:  el  sacerdote

Juan Barba, que en la guerra se pasó al bando de los indios. Convertí las tres líneas que Barba ocupaba en la Historia de Chile en seiscientas páginas de mi novela. El libro lo escribí en Viena, pero da lo mismo. Por las noches despertaba y estaba allá, en 1598, en Arauco. Hoy me enorgullece que un prestigioso crítico literario, el profesor Eduardo Barraza, de la Universidad de Los Lagos, situada en el corazón de la Araucanía, haya publicado su estupendo libro De La Araucana a Butamalón, que comienza con Ercilla y termina con  mi modesta novela.