Miami
Estados Unidos
Año VIII

 Nº 43/44

Escríbanos    

 

Publicada por Ediciones Baquiana

Director Ejecutivo

Patricio E. Palacios

Directora de Redacción

Maricel Mayor Marsán

Consejo de Redacción

Dr. Humberto López Cruz

Universidad Central de la Florida en Orlando

 

Dr. René C. Izquierdo

Miami Dade College Recinto de Kendall

 

Profesora Myra Medina

Miami Dade College

Recinto Norte

 

Dr. Gerardo Piña Rosales

Universidad de la Ciudad  de Nueva York (CUNY)

Universidad de Columbia

Nueva York

 

Dra. Alicia E. Vadillo

Universidad Estatal de Nueva York en Oswego

 

Dra. Lidia Versón

Universidad de

Puerto Rico

 Recinto de Río Piedras

 

Asesor Técnico

Luis H. Beltrán

 

Asesor de Arte

Carlos Quevedo

 

 

[FrontPage Save Results Component]

Boletín Informativo

Reciba por correo electrónico una síntesis de las principales noticias literarias


 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 


 

DE NUEVA YORK AL CIELO

por 

 Marga Varea

 


     El día en que llegue a Nueva York, la ciudad se puso patas arriba y hasta que no me fui, dos meses más tarde, ningún habitante de la gran manzana pudo volver a la normalidad. Desde el taxi amarillo limón que me llevaba al aeropuerto vi que habían cambiado hasta el color de las luces del Empire State Building para despedirme – o tal vez sólo era mi imaginación.  A mí desde luego se me dio la vuelta hasta el alma y cuando fui a plantar los pies en mi casa de Madrid, no me parecía en casi nada a la persona que había sido dos meses antes. Dos meses antes que ya no era una unidad temporal, sino un borrón en mi confundida memoria.

    

     Llegué al aeropuerto internacional John F. Kennedy en el mes de diciembre, con tres maletas maltrechas y me instalé en un cuarto de a 75 dólares la noche, en un YMCA de mala muerte, en la esquina de Central Park oeste. Después de echar un vistazo al armario que llamaban “mi habitación” y donde apenas cabían dos personas de lado, probar el camastro, apartarme para dejar paso a una feliz familia de cucarachas y observar los goterones deslizándose desde el techo, me prometí a mi misma que no tardaría más de una semana en encontrar una habitación en un piso compartido. Pero claro, estamos hablando de Nueva York y las habitaciones alquiladas a precios razonables simplemente no existen. Una semana se convirtió en dos, dos en tres, y de repente estaba celebrando mi primer mes y medio en la ciudad, comiendo un sándwich de queso y contemplando a la misma familia de cucarachas en mi cuartucho del YMCA. ¿Que qué hacia en Nueva York? Hacer, hacer, hacía muchas cosas pero la razón principal de mi visita era una mini-beca que me habían concedido de repente y por sorpresa para completar mis estudios de diseño pero eso no tiene nada que ver con esta historia.

 

     Un sábado por la tarde, mientras comía mi sándwich rancio y trataba de olvidar mi frustrada búsqueda de apartamento, decidí regalarme a mí misma una tarde de chocolate caliente, cine y palomitas y salí de mi refugio a un Nueva York helado, dispuesta a ver lo que pusieran en uno de mis teatros favoritos: el Angelika Film Center, en el corazón del East Village. Ponían “Vacaciones en Roma” que me trague de principio a fin disfrutando de cada fotograma, enamorándome de Gregory Peck y suspirando por parecerme, aunque solo fuera en el blanco de los ojos, a Audrie Hepburn. Cuando salí del cine, tal y como estaba previsto, camine en busca de mi chocolate caliente pero en su lugar me encontré con un restaurante mexicano, The flying burrito o El burrito volador, y mi estómago, o tal vez una adormilada pasión por México, me obligaron a entrar. Allí estabas tú. Sentado en una de las mesas de colores chillones, bajo el esqueleto de un mariachi, junto a un elegante póster de la gran Frida Kahlo, comiendo un taco a dos manos y bebiendo a morro de una botella de corona. Ese día no supe por qué, pero cada vez que levantabas la cabeza de la botella me echabas una mirada. Tú me lo dijiste unos días después: amor a primera vista. ¡Vaya por dios! Eras un gringo o un yanqui o un anglo o lo que sea, pero yo noté enseguida que tenías el corazón templado como un algodón dulce de feria. Lo noté por las miradas desviadas, por como bebías tu cerveza, disfrutando de cada traguito y por como comías tu taco, con hambre y entusiasmo. Así pasamos un buen rato, mirándonos el uno al otro, cada cual en nuestra mesa, con nuestro platillo de salsa y nuestra cesta de tortilla chips, esperando un milagro. Y el milagro llegó, porque la persona que tu esperabas, la novia de turno, no hizo aparición, y hacia tiempo que ya estabas harto de ella y que no podías soportar más y que estabas deseando una excusa para poner punto y final donde hacia tiempo que ya estaba puesto el punto.  El caso es que cuatro coronas más tarde te acercaste a mi mesa, en la que casi no quedaban ni las migajas de mi quesadilla de pollo en salsa verde, y me preguntaste mi nombre.

 

— Alejandra – dije –

— Robert – dijiste tú estirando una mano delgaducha que estrechó la mía.

 

     Salimos juntos del fliying burrito, hablando de esto y de lo otro. Más de lo otro que de esto porque acabamos en tu apartamento, sentados en el sofa, acunados por la dulce música de Lou Reed, bebiendo más corona y echando ligeras ojeadas a la puerta de la habitación, donde era más que probable que termináramos.  Estuvimos en el sofa un buen rato, y luego tú te levantaste para ir al baño y yo aproveché para curiosear por tu casa; tu salón americano con cocina adosada y techos infinitos, vistas al río Hudson y al cielo, tu habitación diminuta y abarrotada de libros. Esa noche después de todo no ocurrió nada, o al menos nada digno de contar. Tal vez fue por mi culpa, por quedarme dormida en el dichoso sofá y abrir los ojos a las 5 de la mañana para descubrir que tú te habías ido a la cama... solo. Dejé el teléfono del YMCA apuntado en un post-it azul, pegado en la encimera, sin muchas esperanzas de que llamaras, y me fui caminando Broadway abajo, saboreando el amanecer de la ciudad. Me sentía libre de todo y de todos. Por primera vez (y tal vez por última) experimentaba lo que significa la palabra libertad y me di cuenta enseguida de que ese ideal sólo puede alcanzarse por breves espacios de tiempo, a través de un cierto estado mental.

   

     Al día siguiente, domingo, anduve haraganeando por los alrededores del YMCA, pensando en ti a ratos, sorbiendo un gigantesco medium café latte que había comprado en Starbucks por el desorbitado precio de $3.50 y haciendo una lista mental de las cosas que tenía que hacer al día siguiente que no eran pocas. Al regresar a mi triste habitación me encontré con una voz sonriente en el contestador que decía: ¿Dónde te has ido? ¿Te veo en El flying burrito a las 5PM?

  

     Y por supuesto allí estaba yo a las 4:55, plantada en la puerta del bar, sintiendo una impaciencia inusitada en mí y con el corazón bombeando como sí lo hubieran metido en una secadora: bumbum bumbum bumbumbumbum y la mano tamborileando nerviosa en el bolsillo del pantalón. Sí no hubieras llegado a tiempo me habría ido corriendo, me habría metido debajo de las mantas de mi camastro y me habría escondido de ti y de Nueva York hasta el día de mi regreso. Sí no hubieras llegado a tiempo la decepción habría sido inexplicablemente dolorosa. Pero llegaste. En punto. Vestido con un vaquero desgastado, una camiseta roja, un abrigo de lana negro y la sonrisa más prometedora que había visto en mucho tiempo. Y me besaste. Como sí me hubieras estado besando toda la vida.

   

     Ese día dejé el YMCA. Cojí mi maleta y me instalé en el sur de Harlem, junto al río Hudson, en tu casa. A partir de esa noche Manhattan empezó a parecerme incluso más fascinante. Por desgracia, para entonces tan sólo quedaba una semana para volver a Madrid. ¿Y qué es una semana sino un diminuto espacio de tiempo? Un sándwich entre el domingo y el lunes. Una vulgar amalgama de poco más de 10,000 minutos. Eso no pareció detenernos. Por el contrario parece que cuanto más breve es el tiempo que te ha sido concedido, más te empeñas en exprimirlo y estrujarlo hasta que los minutos parecen días y los días meses y los meses años inacabables. Lo que queda de ese tiempo diminuto suele ser una memoria concentrada, una exageración recordada de los hechos que se convierten en “lo mejor que te ha pasado en la vida”. Lo cierto que así es exactamente como fue.

   

     Yo dejé de ir a mis clases de inmediato, sin que me pesara lo más mínimo, y hasta me perdí el día de la graduación o el día en que debería haber recibido el papelito que decía que había completado el curso por el que al fin y al cabo estaba en Nueva York. Tú dejaste de ir a trabajar, cualquiera que fuese el trabajo que tuvieras, y durante buena parte de esa semana nos dedicábamos a contemplarnos, hasta que aprendimos de memoria la geografía completa del otro. Luego vinieron las prisas. El arrebato por convertir la obsesión en un romance en condiciones. Eso nos sacó de la habitación y nos llevó a un frenético deambular por Manhattan, haciendo parada todos los puntos románticos imaginable y una interminable lista de restaurantes - igual desayunábamos en un pakistaní que comíamos en uno dominicano, que cenábamos sushi “a la carte” – No hubo monumento que no visitáramos ni museo que no recorriéramos de arriba abajo. Todo parecía mejorado y aumentado en su compañía. El Flatiron building se convirtió en una insignia. El mercado de granjeros de Union Square solamente vendía delicias a buen precio. Las vistas desde el Empire State building bien podrían haber dado a las mismísimas puertas del cielo. El puerto olía a sal y a flores. Cualquier esquina era lo suficientemente buena para parar a besarnos. De haber vuelto juntos a la habitación del YMCA, hasta habría mirado con buenos ojos a la familia de cucarachas. De hecho, en pleno mes de enero, hasta la temperatura, menos 10 grados centígrados de media, me parecía agradable.

   

     Pero, de repente, sin más aviso que el sonido desgastado de un despertador llegó el domingo de mi viaje sin que nada ni nadie pudiera evitarlo. Y, desde ese mismo instante, desde el momento en que mis maletas estuvieron listas en la puerta y nos encontramos el uno enfrente del otro sin saber ni qué decirnos, empezó a funcionar la memoria. Allí quedaron instalados para siempre el día que nos conocimos y el que nos reencontramos, la geografía del uno y del otro, El burrito volador, el salón de techos infinitos, el río Hudson, las calles de Harlem y hasta las esquinas con beso.

    

     A veces las cosas son o no son. Otras veces las cosas son sin ser y a menudo las cosas simplemente no pueden ser.  Ese día me fui de Nueva York para siempre. Me fui un día y una hora tarde, por retrasos del avión y una tremenda nevada que dejó enterrada a media ciudad y paralizó los aeropuertos. Al despedirme de ti, en la puerta del edificio de Riverside Drive, se me abrasaron los ojos de lágrimas y se me rompió el corazón en pedacitos como nunca se me había roto antes y nunca se me volvería a romper. Cuando el taxi amarillo limón arrancó camino al aeropuerto, me retorcí en el asiento para mirarte por última vez desde la ventanilla trasera, te miré como no había mirado nunca y pensé - esto debió ser amor –.


Marga Varea nació en Murcia, España (1974). Escritora, narradora, guionista y periodista. Es licenciada en Ciencias de la Información, rama de periodismo, por la Universidad Complutense de Madrid. Ha estudiado cine en la New York Film Academy de Nueva York,  como becaria de la Fundación Autor, y radio y televisón en la Escuela Libre de Artes y Espectáculos de Madrid (TAI). Tras fundar, funto a otros socios, una productora de cine independiente "Great Ways", pasó cinco años trabajando como guionista, consultora de guiones y coordinadora de prensa en la industria del cine y la televisión, a la vez que daba clase de escritura de guión en la escuela audiovisual Metrópolis C.E. de Madrid. En el año 2001 trabajó como co-directora de producción en Dos Más, cortometraje ganador de un premio Emmy. También recibió un premio del Ministerio de Cultura (ICAA) por el guión del cortometraje de animación La Balada del Láser Mortífero (1997), así como un premio de la Comunidad de Madrid y del Ministerio de Cultura (ICAA) por el guión del cortometraje La isla de la Tortuga (1999). Ha participado como co-guionista en otros cortometrajes, documentales y vídeos, entre los que cabe señalar: Constructores de Quimeras, Infección  (Emitida en TVE),  las series de televisión Mas Que Amigos (Emitida en Tele 5, España) y Menudo es mi padre (Emitida en Antena 3 TV).  Reside en los Estados Unidos desde el año 2003. En la actualidad trabaja como escritora freelance y coordinadora de producción y eventos especiales para la industria del cine. Es miembro de la Sociedad General de Autores de España (SGAE), de la Asociación Nacional de Periodistas Hispanos (National Association of Hispanic Journalists) y de la Asociación Nacional de Productores Latinos Independientes (National Association of Latino Independent Producers) en los EE.UU.