Miami
Estados Unidos
Año VIII

 Nº 43/44

Escríbanos    

 

Publicada por Ediciones Baquiana

Director Ejecutivo

Patricio E. Palacios

Directora de Redacción

Maricel Mayor Marsán

Consejo de Redacción

Dr. Humberto López Cruz

Universidad Central de la Florida en Orlando

 

Dr. René C. Izquierdo

Miami Dade College Recinto de Kendall

 

Profesora Myra Medina

Miami Dade College

Recinto Norte

 

Dr. Gerardo Piña Rosales

Universidad de la Ciudad de Nueva York (CUNY)

Universidad de Columbia

Nueva York

 

Dra. Alicia E. Vadillo

Universidad Estatal de Nueva York en Oswego

 

Dra. Lidia Versón

Universidad de

Puerto Rico

 Recinto de Río Piedras

 

Asesor Técnico

Luis H. Beltrán

 

Asesor de Arte

Carlos Quevedo

 

[FrontPage Save Results Component]

Boletín Informativo

Reciba por correo electrónico una síntesis de las principales noticias literarias


 


 

 

 

RUBÉN DARÍO: INVENTOR DE LA RUEDA

 

 por

 

Danilo López

 

 

 


     Rubén Darío invento la rueda. Pero en vez de hacerla cuadrada, como todos la conocían, la hizo esférica. No redonda, como otros la inventarían después. Esférica.

     Hay una diferencia entre la rueda redonda, que es una sección de cilindro o de esfera, y una esférica. La rueda redonda necesita que una fuerza la empuje para cambiar de dirección.

     En cambio la rueda esférica, al menor impulso, tiene la capacidad de moverse en cualquier dirección. En infinitas direcciones. Y es por eso mismo más apta para explorar el campo de las infinitas posibilidades.

     Simples pruebas de la invención de Rubén, son las declaraciones de grandes poetas tanto nicaragüenses como no nicaragüenses de todas partes del mundo. Los elogios de críticos contemporáneos de Darío y no contemporáneos, los artículos, estudios, publicaciones y traducciones que de su obra siguen apareciendo al día de hoy.

     La esfera de Rubén se ha movido en infinitas direcciones desafiando el impulso inicial que según las leyes de la física newtoniana llegaría algún día al reposo absoluto. Su movimiento sigue a través del tiempo y del espacio. No me refiero a movimiento literario –aunque el Modernismo como escuela, sacudió los cimientos del idioma castellano hasta hacerlo Nuevo, y a pesar de que Rubén decía que no había escuelas sino poetas.

     Escritores bien disímiles entre si han reconocido en Rubén a su maestro. Sus enseñanzas trascienden la ideología política, sin ignorarla –Rubén era claramente anti-imperialista, pero no desde el punto de vista politiquero sino desde una posición social y humana, que criticaba la injusticia.

     Su poesía esta más allá de escuelas, ideologías y nacionalidades. Tanto españoles como latinoamericanos vieron en Rubén la tabla de salvación, el trampolín, el Puente. La música de las esferas celestiales.

     Hago alusiones a formas geométricas porque estudie arquitectura en la Universidad Nacional Autónoma de Nicaragua. Teníamos profesores graduados de nuestro país, de Canadá, Brasil, Alemania y Estados Unidos, por lo que estuvimos expuestos a una diversidad de escuelas de diseño y de teorías del arte. Pero cuando nos toco discutir a Rubén Darío –porque en la escuela se hacia mucha poesía– el fue el Puente de unión.

     Un Puente es visto como algo que une dos espacios separados, pero también puede verse como un elemento que salva obstáculos, un río, un acantilado, un abismo… un problema amoroso. Una rivalidad política. Diferentes escuelas literarias. Rubén y su poesía son también un Puente, y su rueda esférica, como el mundo al que Rubén abarca, es el Puente.

     Inicialmente tenía pensado hablarles sobre los 300,000 años de historia de desarrollo humano tanto físico como mental y espiritual. Les referiría como Darío inventó las redes de computadoras, solo que el utilizo cerebros. De su fe en la evolución político-social de los gobiernos y sociedades Latinoamericanos. De cómo son iguales aquel que se roba una gallina por hambre como aquel que se roba $500 millones de las arcas del pueblo, o el que es despedazado por unos perros, o los que se roban el futuro de generaciones enteras. Les hubiera hablado de su magistral uso de símbolos, modelos, procesos, y lenguaje para avanzar la consciencia americana y humana. De así cómo no se pueden concebir en física un Stephen Hawkin sin antes haber tenido un Einstein y un Newton y un Copernico y un Galileo, tampoco hubiéramos tenido, en poesía, a Neruda, Borges y tantos otros, sin un Rubén. En vez de eso, les voy a referir una anécdota personal.

     Dos años después de haber conocido a Jorge Luis Borges, este murió en Suiza. Borges, como ustedes sabrán, recibió casi todos los más importantes premios literarios del mundo, excepto el Nóbel. El Nóbel no se merecía a Borges. Borges era demasiado grande. Y piensen: Rubén era más grande que Borges. En 1984-85 me tocó trabajar como diplomático en la embajada de Nicaragua en Portugal. Un día, mientras leía el periódico me encontré con la noticia de que el gran escritor argentino daría una conferencia de prensa en la embajada de su país en Lisboa. Pero cuando llegué a la embajada, ya todo mundo se había retirado. Veo a una amiga periodista que va saliendo del edificio. Le pregunto: “Todavía está ahí?” “Sí”, me dice ella sabiendo de quien le hablo. “Vamos, yo te llevo.”

     Él habla, y es como si los tigres y leopardos que menciona en sus libros se materializaran ante nosotros. Innumerables lugares y sortilegios emergen en nuestras mentes. Se está alistando para salir ayudado por María Kodama. Diana se atreve: “¡Don Jorge! Traigo a un amigo nicaragüense que le quiere pedir su autógrafo”. “Por supuesto”, le contesta él. Y luego exclama: “¡Aaah! ¡Nicaragua! ¡La patria de Rubén Darío!” y empieza a declamar “Desde la Pampa” de El Canto Errante:

 

Yo os saludo desde el fondo de la pampa, yo os saludo

Bajo el gran sol argentino

 

     Y luego cambia:

 

Margarita, está linda la mar

Y el viento lleva esencia sutil de azahar

 

     Yo veo a los elefantes marchar a lo largo de la playa, y a la princesa traviesa que suspira por la estrella refundida en los confines celestiales. Veo a Los Raros, innovadores capturados por Darío en su crítica literaria. Un monstruo que se esconde en lo oscurano de una casa colonial de León. El mítico Caupolican sigue su viaje con el rudo tronco sobre el hombro a través de centenares de días y leguas. Escucho una canción al oro, las noches de Paris, la prensa en Chile. La prolongada enfermedad. La muerte gradual.

     Todavía está estrechando mi mano mientras declama. No quiero moverme, por miedo a romper el encanto. Hasta que son sus dedos temblorosos los que se apartan y escriben un garabato en mi libro.

 

     “¡Nicaragua!” Vuelve a exclamar, y como con los tigres, aparece el país ante nuestros ojos, sus extensos campos de maíz, el calor de los algodonales, el refresco de pitahaya tomado en el puerto de Chinandega. Las calles coloridas del mercado de Masaya, con sus hombres y mujeres dando tumbos unos contra otros. Las mitades maduras de melón, abiertas en la plaza central.

     Ignoro que es lo que ve Diana, pero yo me siento el nieto privilegiado cuyo abuelo incendia la imaginación con los cuentos de Las Mil y Una Noches y La Monja y el Ruiseñor.

     Un puente tendido por Rubén Darío, en un lugar extraño, entre dos desconocidos, muchos años después. La rueda de Rubén nos llevo hasta ahí. Y su esfera mágica, me enseñó en ese momento que los escritores tienen la memoria de papel, que los libros de Rubén son la memoria de su vida, que sus poemas son la relación de los siglos.

     Su esfera nos ha transportado a la génesis del mundo y a su obliteración. Hemos presenciado la redención de la humanidad tomados de la mano de Jesús. Hemos sido testigos de la construcción de Babilonia y las pirámides de Egipto. Hemos recreado historias de gángsteres y traidores, de años felices y males menores.

     Darío hizo del exilio, nuestra residencia en la tierra. Nos hizo ver la explosión de un cúmulo de retratos, de un mosaico de leyendas, de la agonía del deseo, de trampas inesperadas.

     La humanidad está en continua evolución y nuestra constante búsqueda de la verdad debe pasar por continuas esferas que crecen, que se engloban unas a otras. No es que el romanticismo sea negado por el simbolismo; ni que el simbolismo sea anulado por el modernismo y luego por el formalismo, el estructuralismo, el de-constructivismo, el integralismo, etc., etc., etc. Son esferas  de verdad que se complementan unas a otras.

     Por si algo mínimo le debemos a Darío, es la invención de realidades, el lenguaje de la fantasía, la sospechosa simplicidad del idioma. Desde mi encuentro con Borges, que fue un reencuentro con Rubén, las cuerdas de mi país se disolvieron en un poema vectorial que aún hoy esta en desarrollo. La búsqueda no se detiene. Y nuestro deber como personas, poetas o no, es continuar la herencia de Darío por esta búsqueda del Canon: la Verdad, la Belleza, la Bondad.


Danilo López nació en Nicaragua (1954). Es arquitecto, poeta, antólogo, traductor y editor. Reside en los EE.UU. desde 1985. Ha publicado siete colecciones de poesía y dos antologías; sus últimos libros son God, Woman & Country y Dona Nobis Pacem. Ha sido invitado a leer en  la Feria Internacional del Libro de Miami, el Festival Internacional de Poesía de Austin, la Houston Poetry Fest, el Festival Internacional de Poesía de Granada y en el Simposio Internacional Ruben Dario de Leon. Sus poemas han aparecido en Baquiana, Hayden's Ferry Review, Horizontes, Loch Raven Review y La Prensa Literaria, entre otras publicaciones.