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Rubén Darío invento la rueda. Pero en vez de
hacerla cuadrada, como todos la conocían, la hizo esférica. No
redonda, como otros la inventarían después. Esférica.
Hay una diferencia entre la rueda redonda, que es una sección de
cilindro o de esfera, y una esférica. La rueda redonda necesita que
una fuerza la empuje para cambiar de dirección.
En cambio la rueda esférica, al menor impulso, tiene la capacidad de
moverse en cualquier dirección. En infinitas direcciones. Y es por eso
mismo más apta para explorar el campo de las infinitas posibilidades.
Simples pruebas de la invención de Rubén, son las declaraciones de
grandes poetas tanto nicaragüenses como no nicaragüenses de todas
partes del mundo. Los elogios de críticos contemporáneos de Darío y no
contemporáneos, los artículos, estudios, publicaciones y traducciones
que de su obra siguen apareciendo al día de hoy.
La esfera de Rubén se ha movido en infinitas direcciones desafiando el
impulso inicial que según las leyes de la física newtoniana llegaría
algún día al reposo absoluto. Su movimiento sigue a través del tiempo
y del espacio. No me refiero a movimiento literario –aunque el
Modernismo como escuela, sacudió los cimientos del idioma castellano
hasta hacerlo Nuevo, y a pesar de que Rubén decía que no había
escuelas sino poetas.
Escritores bien disímiles entre si han reconocido en Rubén a su
maestro. Sus enseñanzas trascienden la ideología política, sin
ignorarla –Rubén era claramente anti-imperialista, pero no desde el
punto de vista politiquero sino desde una posición social y humana,
que criticaba la injusticia.
Su poesía esta más allá de escuelas, ideologías y nacionalidades.
Tanto españoles como latinoamericanos vieron en Rubén la tabla de
salvación, el trampolín, el Puente. La música de las esferas
celestiales.
Hago alusiones a formas geométricas porque estudie arquitectura en la
Universidad Nacional Autónoma de Nicaragua. Teníamos profesores
graduados de nuestro país, de Canadá, Brasil, Alemania y Estados
Unidos, por lo que estuvimos expuestos a una diversidad de escuelas de
diseño y de teorías del arte. Pero cuando nos toco discutir a Rubén
Darío –porque en la escuela se hacia mucha poesía– el fue el Puente de
unión.
Un Puente es visto como algo que une dos espacios separados, pero
también puede verse como un elemento que salva obstáculos, un río, un
acantilado, un abismo… un problema amoroso. Una rivalidad política.
Diferentes escuelas literarias. Rubén y su poesía son también un
Puente, y su rueda esférica, como el mundo al que Rubén abarca, es el
Puente.
Inicialmente tenía pensado hablarles sobre los 300,000 años de
historia de desarrollo humano tanto físico como mental y espiritual.
Les referiría como Darío inventó las redes de computadoras, solo que
el utilizo cerebros. De su fe en la evolución político-social de los
gobiernos y sociedades Latinoamericanos. De cómo son iguales aquel que
se roba una gallina por hambre como aquel que se roba $500 millones de
las arcas del pueblo, o el que es despedazado por unos perros, o los
que se roban el futuro de generaciones enteras. Les hubiera hablado de
su magistral uso de símbolos, modelos, procesos, y lenguaje para
avanzar la consciencia americana y humana. De así cómo no se pueden
concebir en física un Stephen Hawkin sin antes haber tenido un
Einstein y un Newton y un Copernico y un
Galileo, tampoco hubiéramos tenido, en poesía, a Neruda, Borges y tantos otros, sin un Rubén.
En vez de eso, les voy a referir una anécdota personal.
Dos años después de haber conocido a Jorge Luis Borges, este murió en
Suiza. Borges, como ustedes sabrán, recibió casi todos los más
importantes premios literarios del mundo, excepto el Nóbel. El Nóbel
no se merecía a Borges. Borges era demasiado grande. Y piensen: Rubén
era más grande que Borges. En 1984-85 me tocó trabajar como
diplomático en la embajada de Nicaragua en Portugal. Un día, mientras
leía el periódico me encontré con la noticia de que el gran escritor
argentino daría una conferencia de prensa en la embajada de su país en
Lisboa. Pero cuando llegué a la embajada, ya todo mundo se había
retirado.
Veo a una amiga periodista que va saliendo del edificio. Le pregunto:
“Todavía está ahí?” “Sí”, me dice ella sabiendo de quien le hablo.
“Vamos, yo te llevo.”
Él habla, y es como si los tigres y leopardos que menciona en sus
libros se materializaran ante nosotros. Innumerables lugares y
sortilegios emergen en nuestras mentes. Se está alistando para salir
ayudado por María Kodama. Diana se atreve: “¡Don Jorge! Traigo a un
amigo nicaragüense que le quiere pedir su autógrafo”. “Por supuesto”,
le contesta él. Y luego exclama: “¡Aaah! ¡Nicaragua! ¡La patria de
Rubén Darío!” y empieza a declamar “Desde la Pampa” de El Canto
Errante:
Yo os saludo desde
el fondo de la pampa, yo os saludo
Bajo el gran sol
argentino
Y luego cambia:
Margarita, está
linda la mar
Y el viento lleva
esencia sutil de azahar
Yo veo a los elefantes marchar a lo largo de la playa, y a la princesa
traviesa que suspira por la estrella refundida en los confines
celestiales. Veo a Los Raros, innovadores capturados por Darío en su
crítica literaria. Un monstruo que se esconde en lo oscurano de una
casa colonial de León. El mítico Caupolican sigue su viaje con el rudo
tronco sobre el hombro a través de centenares de días y leguas.
Escucho una canción al oro, las noches de Paris, la prensa en Chile.
La prolongada enfermedad. La muerte gradual.
Todavía está estrechando mi mano mientras declama. No quiero moverme,
por miedo a romper el encanto. Hasta que son sus dedos temblorosos los
que se apartan y escriben un garabato en mi libro.
“¡Nicaragua!” Vuelve
a exclamar, y como con los tigres, aparece el país ante nuestros ojos,
sus extensos campos de maíz, el calor de los algodonales, el refresco
de pitahaya tomado en el puerto de Chinandega. Las calles coloridas
del mercado de Masaya, con sus hombres y mujeres dando tumbos unos
contra otros. Las mitades maduras de melón, abiertas en la plaza
central.
Ignoro que es lo que ve Diana, pero yo me siento el nieto privilegiado
cuyo abuelo incendia la imaginación con los cuentos de Las Mil y Una
Noches y La Monja y el Ruiseñor.
Un puente tendido por Rubén Darío, en un lugar extraño, entre dos
desconocidos, muchos años después. La rueda de Rubén nos llevo hasta
ahí. Y su esfera mágica, me enseñó en ese momento que los escritores
tienen la memoria de papel, que los libros de Rubén son la memoria de
su vida, que sus poemas son la relación de los siglos.
Su esfera nos ha transportado a la génesis del mundo y a su
obliteración. Hemos presenciado la redención de la humanidad tomados
de la mano de Jesús. Hemos sido testigos de la construcción de
Babilonia y las pirámides de Egipto. Hemos recreado historias de
gángsteres y traidores, de años felices y males menores.
Darío hizo del exilio, nuestra residencia en la tierra. Nos hizo ver
la explosión de un cúmulo de retratos, de un mosaico de leyendas, de
la agonía del deseo, de trampas inesperadas.
La humanidad está en continua evolución y nuestra constante búsqueda
de la verdad debe pasar por continuas esferas que crecen, que se
engloban unas a otras. No es que el romanticismo sea negado por el
simbolismo; ni que el simbolismo sea anulado por el modernismo y luego
por el formalismo, el estructuralismo, el de-constructivismo, el
integralismo, etc., etc., etc. Son esferas de verdad que se
complementan unas a otras.
Por si algo mínimo le debemos a Darío, es la invención de realidades,
el lenguaje de la fantasía, la sospechosa simplicidad del idioma.
Desde mi encuentro con Borges, que fue un reencuentro con Rubén, las
cuerdas de mi país se disolvieron en un poema vectorial que aún hoy
esta en desarrollo. La búsqueda no se
detiene. Y nuestro deber como personas, poetas o no, es continuar la
herencia de Darío por esta búsqueda del Canon: la Verdad, la Belleza,
la Bondad.
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