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"Soy todo, menos eso que dibuja
Un índice con cieno en las
paredes
De los burdeles y los cementerios."
Emilio
Ballagas
Cualquier
persona que haya traficado, siquiera medianamente, con la obra poética
del escritor salvadoreño Roque Dalton corre siempre el albur de
toparse con las mismas dificultades y limitantes a la hora de proceder
más a fondo: escasean los estudios serios sobre su obra poética, claro
está, desde el punto de vista meramente estético, y si los hay, están
veteados de algo que poco a poco deviene en diatribas en pro o en
contra de su vida política, canon bajo el cual se le diviniza o se le
vilifica, aún a sabiendas de que no es su vida política lo único
contundente y preclaro, sino que ahí está la obra también, la que legó
a la memoria de los hombres. Fue un escritor cabal, en todos los
sentidos de la palabra, dado que barajaba los géneros literarios y
pasó, sin asombrarse o pudrirse de sí mismo, por entre las formas
proteicas del pensamiento y la acción. Acudió siempre con cordialidad
a la cita con la página vacía. Se agarró bien los pantalones y asumió
la vida a tiempo; fue fiel a su propio aprendizaje y no paraba de
crecer; profesó con todas las fuerzas que tenía cada una de sus
convicciones literarias y lo que hizo, poseído de sí mismo, lo hizo
con maestría. Y sin embargo más allá de todo eso Roque Dalton, sin
quijotismos, ni aires Byron-nescos, fue el mero dechado de un hombre
para quien sí valió la pena vivir, aunque fuera en una etapa triste,
injusta, sórdida en lo pequeño del planeta que lo vio nacer. Lo digo
así, porque sé que le quedaba pequeño no sólo su país, sino el planeta.
Su obra, cabe decirlo para abrir bien esta tertulia tan llena de sus
locuras, más que política o polémica yo la levanto entre todos los que
la amamos, barruntada ya por muchos otros como una obra con talante y
juicios universales.[1]
Para
desentrañar y mitigar esa absurda corriente crítica de velar el
cadáver político de Roque hace falta tirarse con abandono al seno de
la obra, hace falta escudriñarla, tocar fondo uno mismo con ella, como
cuando rompes la drupa que esconde en las entrañas tu mujer. Para
comprender la escritura de este salvadoreño universal es preciso
aprender a ordenar esas luces dispersas que pululan a través de sus
etapas y matices. Cada quien lo hace a su manera, pero todos salimos
invictos, no importa que tan intenso sea el camino. Yo imagino que a
Roque la primera reunión de célula lo halló solo; es decir, ya estaban
todos. Fue fiel al llamado del poeta y asumió su destino muy bien. Las
pistas están en la obra misma, las “desgarraduras, las contradicciones”
de las que habla el Dr. Lara Martínez en su magnífico ensayo seminal.
Son las mismas palabras del poeta las que al final de la lectura
informarán nuestro entendimiento ulterior de la vida y de la obra, o
sea, de la obra y de la obra (y aquí sé que estaría de acuerdo conmigo
e.e. Cummings, el mismo que dice: “poetry and every other form of art
was, is, and forever will be strictly and distinctly a question
of individuality)[2]
Nada pueden
contra su figura literaria esos impostores que han querido
aprovecharse de su mito y su sombra de gigante, aún todavía, treinta
años después de su acribillamiento.
Primero que
todo, y al decirlo no se caerá jamás en las trampas peyorativas del
lugar común, la poesía que surte de la pluma de Roque es una poesía
salvadoreña en rebelión contra los faunos y los zorzales; contra el
costumbrismo macerado en modernismos; contra la tuberculosis o el
gélido clasicismo que la precedieron. Es una poesía en marcha, como
debe ser, hacia esa dimensión, de la cual Roberto Sosa ha hablado tan
bien en el prólogo a su antología personal cuando dice: “Desprecio en
toda la línea a los que le descubrieron a la mierda el esplendor del
oro.” [3]
Ese comienzo tan bien definido ya muestra una fuerza y una frescura
encomiables: es el eterno bonsái rompiendo la vieja corteza que lo
sujetaba para crecer hasta besar el sol.
Así es que
partió nuestro poeta, y lo hizo desde el entendimiento de que el arte
comienza cuando el artista se plantea ciertos problemas que están al
centro de ese destino. Comprendió y comunicó de una manera muy
especial cómo es que el poeta debe medir sus fuerzas y cómo debe ver
las herramientas que lo acompañan para derribar el gran árbol de las
cotorras y los títeres. Una vez tumbado el árbol debe hacerse la leña
y no dejar títere con cabeza. Así lo hizo, y aunque la hazaña lo haya
vuelto uno de los “grandes elegidos y de los iluminados cotidianos,”
otro loco más, un borracho feliz de haber cruzado en singladuras el
mar de los zargazos y de haber completado su primer ciclo legendario,
no cedió a la tentación de marearse ante la fuerza de su lenguaje y,
por el contrario, se sometió a un régimen más arduo y entró a su
mediodía para palparlo, meditarlo, redescubrirlo. No se notan las
soldaduras en ese lenguaje tan puro, pero en la hechura de su obra se
nota que Roque lo paladea, lo humaniza, lo embadurna de él y él se
embadurna de sí mismo y suelta la voz para emprender el camino. Si no
me lo creen, cotéjese aquí mismo al susodicho en las siguientes
palabras, que nacieron queriendo trabar nexo con el soneto LXXI[4],
de Shakespeare, con la diferencia que el poema de Roque se bebe y se
seguirá bebiendo mejor, por ajustarse más dócilmente al cielo de
nuestro paladar centroamericano. Oigamos la voz, la esencia del poeta:
“Cuando sepas que he
muerto dí sílabas extrañas.
Pronuncia
flor, abeja, lágrima, pan, tormenta.
No dejes que tus
labios hallen mis once letras.
Tengo
sueño, he amado, he ganado el silencio.”
Déjame en paz (querida) ha dicho de manera alucinante, pero juro que
son versos muy fuertes. He discutido la similitud de tales líneas con
las del soneto shakespeareano, entre otras cosas con otros libros y
con muchas personas, y no se convencen, pero yo hallo la vena en común.
Lo que no sabremos nunca es si Roque estuvo consciente de semejante
sombra tutelar. Sabemos, de sus propios labios, que se dejó
influenciar por Vallejo; de sus demás influencias nunca habló
directamente. Claro está, tácitas de alguna forma las hallamos, como
las de Nicanor Parra, Nazim Hikmet e inclusive las de Borges,
en algunos momentos decisivos de su travesía intelectual y su arte
poético. Las del primero y las del segundo fueron adoptadas sin
resistencia, mientras que la del argentino tuvo los efectos de un
exorcismo, a tal punto que en otro poema, fiel al dictum de Oscar
Wilde, no pudo con la tentación y dijo: (en “De un revolucionario a
J.L. Borges”)
“Es que para nuestro
Código de Honor,
Ud.
También, señor,
Fue
uno de los tantos lúcidos que agotaron la infamia.
Y en nuestro Código
de Honor
El decir: “¡qué
escritor!”
Es bien pobre
atenuante;
Es, quizás,
Otra
infamia...”
Como se ve y
como veníamos diciendo, a pesar de esas cuitas, desbarilló aquellos
entes huecos y remozados que usurpaban el postizo parnaso de la poesía
centroamericana él, su generación y la escuela vanguardista de
Nicaragua, sacándole el jugo a ese método de hacer arte tan peculiar,
es decir, a esa dialogicidad[5]
no sólo con los ídolos rotos, ya que aplastados no valen nada, sino
además con los vivos que pueblan la cofradía de los monstruos sagrados
de su época. No puede escapar su asedio, porque están en todas partes.
Ahí están Neruda y Jorge Luis Borges, Vicente Huidobro y Octavio Paz,
Nicolás Guillén, el joven Benedetti, el antipoeta chileno por
antonomasia, Parra, Gonzalo Rojas, Jorge Enrique Adoum, Juan Gelman,
Otto René Castillo, Roberto Obregón y tantos otros más. Roque cae en
la cuenta de que no está solo y que ya existen varios cánones muy
altos a los que como poeta, como artista, más que nada, deberá
referirse, dialogar con ellos o en contra de ellos, le guste o no,
hasta que la muerte lo separe de sus musas.
En una entrevista
concedida a Benedetti en La Habana, en febrero de 1969, Roque Dalton
ya apuntalaba con verdadero tino:
“Al igual
que un gran número de poetas latinoamericanos de mi edad, partí del
mundo nerudiano, o sea de un tipo de poesía que se dedicaba a cantar,
a hacer loa, a construir el himno, con respecto a las cosas, el
hombre, las sociedades. Si en alguna medida logré salvarme de esa
actitud, fue debido a la insistencia en lo nacional. El problema
nacional en El Salvador es tan complejo que me obligó a plantearme los
términos de su expresión poética con cierto grado de complejidad, a
partir, por ejemplo, de su mitología...”[6]
Cabe decir que a esa vena llegó a partir de su experiencia con Otto
René Castillo, con quien escribió “Dos puños por la tierra,” (1955) en
donde está el poema intitulado “Atanasio Tzul,” pieza que conmemora la
revuelta dirigida por el caudillo K’iche’ del mismo nombre en julio de
1820. El suceso lo habrá impactado como ningún otro, y cómo no. Era
una revuelta indígena que comprendió los territorios de Totonicapán,
Momostenango, Santa María Chiquimula, San Francisco el Alto, San
Cristóbal Totonicapán, y San Andrés Xecul. La rebelión culminó en el
reinado de Atanasio Tzul por un lapso de veinte días, ya que fue
defenestrado después de haberse coronado a sí mismo Rey y Señor de los
territorios liberados del Quiché. Había otro dato todavía más
facineroso: el nuevo rey estaba en contra de la corona española. Era
el futuro, pero sucediendo inexorablemente en un tiempo cercano y
pretérito, era Centro América, era El Salvador peleando contra Los
Estados Unidos. Es a través de ese nexo con el poeta guatemalteco que
descubre que el poema no es sólo fuego lustral y que debe anunciar
algo, que debe tener, en esencia, mensaje y apostolado. El duelo con
el arte consistió para él en descubrir la forma a través de la cual el
poema fuese capaz de alcanzar esas cualidades que lo hacen, además de
comunicante, inolvidable. Se trata de una búsqueda que lleva al
poeta por senderos donde la tarea es hallar algo que lo vuelva capaz
de rendir cuentas cabales no sólo de un estado de ánimo sino de un
cierto entorno, eliminarlo, darle fuerzas y echarlo a que se defienda
de su propio nacimiento para que valgan de veras - y de una vez por
todas - el poema y todas sus palabras, dado que contra este poeta topa
todo aquel que piense que la poesía es la dimensión donde cabe la
palabra muerta.
¿Para qué
debe servir la poesía revolucionaria? Se pregunta un Roque ya bien
plantado, ¿Para hacer poetas o para hacer la revolución? La
piedra de toque de esa poesía es la revolución total de la que es
capaz el orbe, es decir, el hombre enquistado en él y todas las cosas
que lo emocionan y lo sujetan; lo de Roque ya no es el subversivismo
sólo político, sino estético, moral e intelectual. Se deben respetar
las reglas de la conciencia en llamas y el contraste; se debe decidir
si congenia el poema con o si se rebela contra la tradición. El poeta
y su pluma salen de su pocilga hermética y se une con ella al
movimiento mundial que está comprometido con digitar y graficar los
cuadros, las estelas que hablan del ser humano como una espiral, pero
visceralmente metido en sus propias condiciones sin importar las que
éstas sean: opresor, oprimido, mítico, real, fantasmagórico, feliz,
triste, desesperanzado, luchador, cínico, farsante, lleno de gracia,
lleno de luto, opulento, pobre, loco, anacrónico, perfecto, bizarro,
solitario, abrumado; adicto a todos sus chupadores corticales, es
decir, Roque se dedicó a bosquejar en su obra los llanos y los
profundos descubrimientos del hombre terrestre; su obra nada tiene que
ver con la entelequia. No tiene porque ir en busca de metáforas a los
cielos concéntricos o a Marte.
El más grande
logro de la poesía de Roque Dalton es que uno puede pasarse la vida
estudiándola y esa vida que la busca, si se aplica a la tarea, es
capaz de abarcar esa obra. Su materia es maciza, delicada, y auguro
que jamás adolecerá de caducidad. Además tiene la gran supremacía
sobre muchas otras obras escritas ya sea a partir de ella o en contra
de ella de no tolerar una sola aporía. No es inmediatamente asequible,
eso sí, pero su lenguaje es de éste mundo. Comparte con los grandes
poetas de todos los tiempos el amor y la necesidad de pulir el verso,
aún el concebido entre las gambetas y los sinsabores de la
clandestinidad; todo en ese empeño es alambicado por parejo y logra
sus cometidos y la expresión es cosmopolita, humorística o vernácula,
pero siempre inteligible. Recuérdese aquí la ironía de “Las
historias prohibidas del pulgarcito” donde se puede leer:
“Aliviado está el enfermo, que ya se caga en la cama.” En
ese, y en la mayor parte de sus libros, Roque se aplicó a cumplir con
la máxima de José Martí que reza: “el humor y la sátira tienen que
ser a la sociedad como un látigo con cascabeles en la punta.”
Hay tantas
cosas que podemos decir noche tras noche sobre Roque Dalton. Decir por
ejemplo que hizo con un rudimento y sin parangón un lenguaje poético a
través del cual pudo hablarle a sus compañeros de lucha -y al mundo
entero- sobre sus apreciaciones con respecto a temas tan esenciales
como la ternura, el amor, la amistad, la esperanza. En un país donde
el llanto era el pan nuestro de cada día, él era la risa y se reía de
todo con todas sus fuerzas, parecido al jaguar aquel de la leyenda
Maya que se ensordece con su propio rugido. (En el período clásico
quien entraba a cualquier corte ataviado con una piel de aquellas daba
a mostrar, con esa singular parafernalia, la vitalidad y el poder de
su señorío; en pocas palabras, a eso es a lo que los príncipes
aspiraban.)
Para mí ha sido
un espacio vital esa poesía; la entiendo, me entiende, nos agarramos y
me atrapa. A ese trabajo yo siempre me referiré con amor, con claridad
en el corazón, especialmente después de haberme iniciado en el
entendimiento de que por larga que parezca, nos dura muy poco la vital
aurora frente al mar conciencia. Para muchos el trabajo de este gran
poeta parecerá el trabajo de una persona legendaria, cuya figura se
sigue empobreciendo con tantas fábulas y anécdotas apócrifas,
panegíricas, baladíes. Para otros puede que su figura cifre todo
aquello que con dolor y cautela se debe plagiar, esconder, renovar, o
desprestigiar hasta bajarlo de la cruz del sur desde la que nos mira,
¿quizá buscarán “ponerlo en su lugar”? A dichas personas basta
recordarles aquello de Gerontofobia pero...:
“Viejos,
amargos
viejos,
francotiradores que desde las galerías de lujo
disparáis
contra los muchachos que viven en la recta final:
por lo
menos no engoléis la voz,
ya que un
viejo reaccionario y enfermo de la garganta
es un
personaje supertípico y vivimos en una época
en que
hasta para ser hijo de puta cabe ser original.”
Entender éste
simple mensaje, ¿no les libra acaso la mitad de su lucha? Entérense de
una vez por todas, infelices atorrantes: lo de ustedes es la vacuidad.
El caudal de energía con que avasalla la voz, la poesía de Roque
Dalton está ligada a esa tradición inmemorial que tienen ciertos seres
humanos de beber -sin pensarlo dos veces- su ración de elixires
amargos; no se achicó jamás frente al cáliz rebosante de cicuta. Ni él
ni su hermano guatemalteco Otto René Castillo. Sin las patrañas y
sandeces de los grandes demagogos de la humanidad que se echan al piso
a filosofar “cantando como un cisne antes de morir,” comprendió que si
se cultiva todo lo hallado dentro de sí mismo, entonces la calidad de
las críticas y las preguntas se vuelve otra, germina el hombre de
adentro hacia afuera, y el mundo mejora. Ya no se hace del corazón un
resumidero de ninfas muertas, ya no es necesario decírselo uno frente
al espejo, uno y su cara de santón farsante, dice el mismo
Roque:
“Tengo quince
años de cansarme
y lloro
por las noches para fingir que estoy vivo.
En
ocasiones, cansado de lágrimas,
Hasta
sueño que vivo.
Puede ser
que vosotros no entendáis lo que son éstas cosas.
Os habla,
más que yo, mi primer vino
Mientras
la piel que sufro bebe sombra.”
A
alguien que alambica así se le respeta. El trigésimo aniversario de su
muerte saluda también el IV Centenario de la aparición del Quijote. El
facilismo nos ganaría la hora si dejamos que nos arrastre a decir que
esta mente seminal se parece en algo al caballero de la triste figura
de Miguel de Cervantes; a mí me gusta más como símbolo de Cervantes,
aquel Cervantes que decía: “como me ve pobre no me estima,” a través
de lo dicho por Doña Guiomar en El Juez de los Divorcios.[7]
“Meaningful coincidences,” diría C.G. Jung, pensando en “Pobrecito
poeta que era yo,” su novela contenida. Yo digo que la triple
celebración (IV Centenario del Quijote-Nacimiento del poeta en Mayo de
1935-Aniversario de su muerte, Mayo de 1975) nos da la talla, la
cachaza que necesitamos para asumir el poderío de esa obra enjundiosa,
primero que nada para dar cuentas de ella, para diseminarla, para
enriquecerla con nuestro propio granito de maíz; a mí el estudio de la
obra de Roque, como en algún momento también lo fueron el estudio de
la era y la obra de Cervantes, me ha servido para salir con fuerza de
mi terruño a decirle al mundo que los artistas salvadoreños tenemos
una responsabilidad primero que nada con nosotros mismos, y que la
asumimos, y que a partir de ella nos echamos en pos de trabajar junto
a las demás razas de la tierra para hacer de toda ésta orgía del
desastre y la mutilación un mundo viable, un mundo civilizado, un
mundo regido por un ser humano mejor. Yo escojo participar en esa
cofradía en la que quienes la integran se empeñan en seguir, siquiera
de lejos, a ese espíritu, a ese mortal meteoro, a esa forma de ser
poeta. Como la de Cervantes la obra de Roque no es ningún bagazo; esa
obra es un árbol cuyas raíces se aferran cada día más y crecen, dentro
de quienes la admiramos y entendemos, aplastando a veces el centro
mismo de la gleba que la sostiene porque de no ser así caeríamos ella
y nosotros mismos en el chiste, en el brindis parroquial, chalán,
choteadísimo; caeríamos de bruces en las trampas del esnobismo y la
pedantería; en contra debemos estar, pues, de la crasa y cruel
incomprensión de los que pintarrajean la figura, la semblanza del
poeta, para prostituírla en su
país de origen y en el extranjero.

Aubrey F. G. Bell nos urge no hacer comparaciones con la esposa
del ilustre, Doña Catalina de Cervantes, aunque sí admite que hay
un dejo de patético intimismo en la confesión del personaje que la
coteja. Véase su libro Cervantes, New York, Collier Books,
1961
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