Miami
Estados Unidos
Año VIII

 Nº 43/44

Escríbanos    

 

Publicada por Ediciones Baquiana

Director Ejecutivo

Patricio E. Palacios

Directora de Redacción

Maricel Mayor Marsán

Consejo de Redacción

Dr. Humberto López Cruz

Universidad Central de la Florida en Orlando

 

Dr. René C. Izquierdo

Miami Dade College Recinto de Kendall

 

Profesora Myra Medina

Miami Dade College

Recinto Norte

 

Dr. Gerardo Piña Rosales

Universidad de la Ciudad de Nueva York (CUNY)

Universidad de Columbia

Nueva York

 

Dra. Alicia E. Vadillo

Universidad Estatal de Nueva York en Oswego

 

Dra. Lidia Versón

Universidad de

Puerto Rico

 Recinto de Río Piedras

 

Asesor Técnico

Luis H. Beltrán

 

Asesor de Arte

Carlos Quevedo

 

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Boletín Informativo

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LA VIDA POÉTICA DE ROQUE DALTON

 

 por

 

Ario Ernesto Salazar

 

 

 


     "Soy todo, menos eso que dibuja

 Un índice con cieno en las paredes

 De los burdeles y los cementerios."

 Emilio Ballagas

 

     Cualquier persona que haya traficado, siquiera medianamente, con la obra poética del escritor salvadoreño Roque Dalton corre siempre el albur de toparse con las mismas dificultades y limitantes a la hora de proceder más a fondo: escasean los estudios serios sobre su obra poética, claro está, desde el punto de vista meramente estético, y si los hay, están veteados de algo que poco a poco deviene en diatribas en pro o en contra de su vida política, canon bajo el cual se le diviniza o se le vilifica, aún a sabiendas de que no es su vida política lo único contundente y preclaro, sino que ahí está la obra también, la que legó a la memoria de los hombres. Fue un escritor cabal, en todos los sentidos de la palabra, dado que barajaba los géneros literarios y pasó, sin asombrarse o pudrirse de sí mismo, por entre las formas proteicas del pensamiento y la acción. Acudió siempre con cordialidad a la cita con la página vacía. Se agarró bien los pantalones y asumió la vida a tiempo; fue fiel a su propio aprendizaje y no paraba de crecer; profesó con todas las fuerzas que tenía cada una de sus convicciones literarias y lo que hizo, poseído de sí mismo, lo hizo con maestría. Y sin embargo más allá de todo eso Roque Dalton, sin quijotismos, ni aires Byron-nescos, fue el mero dechado de un hombre para quien sí valió la pena vivir, aunque fuera en una etapa triste, injusta, sórdida en lo pequeño del planeta que lo vio nacer. Lo digo así, porque sé que le quedaba pequeño no sólo su país, sino el planeta. Su obra, cabe decirlo para abrir bien esta tertulia tan llena de sus locuras, más que política o polémica yo la levanto entre todos los que la amamos, barruntada ya por muchos otros como una obra con talante y juicios universales.[1]

     Para desentrañar y mitigar esa absurda corriente crítica de velar el cadáver político de Roque hace falta tirarse con abandono al seno de la obra, hace falta escudriñarla, tocar fondo uno mismo con ella, como cuando rompes la drupa que esconde en las entrañas tu mujer. Para comprender la escritura de este salvadoreño universal es preciso aprender a ordenar esas luces dispersas que pululan a través de sus etapas y matices. Cada quien lo hace a su manera, pero todos salimos invictos, no importa que tan intenso sea el camino. Yo imagino que a Roque la primera reunión de célula lo halló solo; es decir, ya estaban todos. Fue fiel al llamado del poeta y asumió su destino muy bien. Las pistas están en la obra misma, las “desgarraduras, las contradicciones” de las que habla el Dr. Lara Martínez en su magnífico ensayo seminal. Son las mismas palabras del poeta las que al final de la lectura informarán nuestro entendimiento ulterior de la vida y de la obra, o sea, de la obra y de la obra (y aquí sé que estaría de acuerdo conmigo e.e. Cummings, el mismo que dice: “poetry and every other form of art was, is, and forever will be strictly and distinctly a question of individuality)[2]

     Nada pueden contra su figura literaria esos impostores que han querido aprovecharse de su mito y su sombra de gigante, aún todavía, treinta años después de su acribillamiento.

     Primero que todo, y al decirlo no se caerá jamás en las trampas peyorativas del lugar común, la poesía que surte de la pluma de Roque es una poesía salvadoreña en rebelión contra los faunos y los zorzales; contra el costumbrismo macerado en modernismos; contra la tuberculosis o el gélido clasicismo que la precedieron. Es una poesía en marcha, como debe ser, hacia esa dimensión, de la cual Roberto Sosa ha hablado tan bien en el prólogo a su antología personal cuando dice: “Desprecio en toda la línea a los que le descubrieron a la mierda el esplendor del oro.” [3] Ese comienzo tan bien definido ya muestra una fuerza y una frescura encomiables: es el eterno bonsái rompiendo la vieja corteza que lo sujetaba para crecer hasta besar el sol.

     Así es que partió nuestro poeta, y lo hizo desde el entendimiento de que el arte comienza cuando el artista se plantea ciertos problemas que están al centro de ese destino. Comprendió y comunicó de una manera muy especial cómo es que el poeta debe medir sus fuerzas y cómo debe ver las herramientas que lo acompañan para derribar el gran árbol de las cotorras y los títeres. Una vez tumbado el árbol debe hacerse la leña y no dejar títere con cabeza. Así lo hizo, y aunque la hazaña lo haya vuelto uno de los “grandes elegidos  y de los iluminados cotidianos,” otro loco más, un borracho feliz de haber cruzado en singladuras el mar de los zargazos y de haber completado su primer ciclo legendario, no cedió a la tentación de marearse ante la fuerza de su lenguaje y, por el contrario, se sometió a un régimen más arduo y entró a su mediodía para palparlo, meditarlo, redescubrirlo. No se notan las soldaduras en ese lenguaje tan puro, pero en la hechura de su obra se nota que Roque lo paladea, lo humaniza, lo embadurna de él y él se embadurna de sí mismo y suelta la voz para emprender el camino. Si no me lo creen, cotéjese aquí mismo al susodicho en las siguientes palabras, que nacieron queriendo trabar nexo con el soneto LXXI[4], de Shakespeare, con la diferencia que el poema de Roque se bebe y se seguirá bebiendo mejor, por ajustarse más dócilmente al cielo de nuestro paladar centroamericano. Oigamos la voz, la esencia del poeta:

 

“Cuando sepas que he muerto dí sílabas extrañas.

Pronuncia flor, abeja, lágrima, pan, tormenta.

 

No dejes que tus labios hallen mis once letras.

Tengo sueño, he amado, he ganado el silencio.”

 

     Déjame en paz (querida) ha dicho de manera alucinante, pero juro que son versos muy fuertes. He discutido la similitud de tales líneas con las del soneto shakespeareano, entre otras cosas con otros libros y con muchas personas, y no se convencen, pero yo hallo la vena en común. Lo que no sabremos nunca es si Roque estuvo consciente de semejante sombra tutelar. Sabemos, de sus propios labios, que se dejó influenciar por Vallejo; de sus demás influencias nunca habló directamente. Claro está, tácitas de alguna forma las hallamos, como las de Nicanor Parra, Nazim Hikmet e inclusive las de Borges, en algunos momentos decisivos de su travesía intelectual y su arte poético. Las del primero y las del segundo fueron adoptadas sin resistencia, mientras que la del argentino tuvo los efectos de un exorcismo, a tal punto que en otro poema, fiel al dictum de Oscar Wilde, no pudo con la tentación y dijo: (en “De un revolucionario a J.L. Borges”)

 

“Es que para nuestro Código de Honor,

Ud. También, señor,

Fue uno de los tantos lúcidos que agotaron la infamia.

 

Y en nuestro Código de Honor

El decir: “¡qué escritor!”

Es bien pobre atenuante;

Es, quizás,

Otra infamia...”

 

     Como se ve y como veníamos diciendo, a pesar de esas cuitas, desbarilló aquellos entes huecos y remozados que usurpaban el postizo parnaso de la poesía centroamericana él, su generación y la escuela vanguardista de Nicaragua, sacándole el jugo a ese método de hacer arte tan peculiar, es decir, a esa dialogicidad[5] no sólo con los ídolos rotos, ya que aplastados no valen nada, sino además con los vivos que pueblan la cofradía de los monstruos sagrados de su época. No puede escapar su asedio, porque están en todas partes. Ahí están Neruda y Jorge Luis Borges, Vicente Huidobro y Octavio Paz, Nicolás Guillén, el joven Benedetti, el antipoeta chileno por antonomasia, Parra, Gonzalo Rojas, Jorge Enrique Adoum, Juan Gelman, Otto René Castillo, Roberto Obregón y tantos otros más. Roque cae en la cuenta de que no está solo y que ya existen varios cánones muy altos a los que como poeta, como artista, más que nada, deberá referirse, dialogar con ellos o en contra de ellos, le guste o no, hasta que la muerte lo separe de sus musas. En una entrevista concedida a Benedetti en La Habana, en febrero de 1969, Roque Dalton ya apuntalaba con verdadero tino:

 

     “Al igual que un gran número de poetas latinoamericanos de mi edad, partí del mundo nerudiano, o sea de un tipo de poesía que se dedicaba a cantar, a hacer loa, a construir el himno, con respecto a las cosas, el hombre, las sociedades. Si en alguna medida logré salvarme de esa actitud, fue debido a la insistencia en lo nacional. El problema nacional en El Salvador es tan complejo que me obligó a plantearme los términos de su expresión poética con cierto grado de complejidad, a partir, por ejemplo, de su mitología...”[6]

 

     Cabe decir que a esa vena llegó a partir de su experiencia con Otto René Castillo, con quien escribió “Dos puños por la tierra,” (1955) en donde está el poema intitulado “Atanasio Tzul,” pieza que conmemora la revuelta dirigida por el caudillo K’iche’ del mismo nombre en julio de 1820. El suceso lo habrá impactado como ningún otro, y cómo no. Era una revuelta indígena  que comprendió los territorios de Totonicapán, Momostenango, Santa María Chiquimula, San Francisco el Alto, San Cristóbal Totonicapán, y San Andrés Xecul. La rebelión culminó en el reinado de Atanasio Tzul por un lapso de veinte días, ya que fue defenestrado después de haberse coronado a sí mismo Rey y Señor de los territorios liberados del Quiché. Había otro dato todavía más facineroso: el nuevo rey estaba en contra de la corona española. Era el futuro, pero sucediendo inexorablemente en un tiempo cercano y pretérito, era Centro América, era El Salvador peleando contra Los Estados Unidos. Es a través de ese nexo con el poeta guatemalteco que descubre que el poema no es sólo fuego lustral y que debe anunciar algo, que debe tener, en esencia, mensaje y apostolado. El duelo con el arte consistió para él en descubrir la forma a través de la cual el poema fuese capaz de alcanzar esas cualidades que lo hacen, además de comunicante, inolvidable. Se trata de una búsqueda que lleva al poeta por senderos donde la tarea es hallar algo que lo vuelva capaz de rendir cuentas cabales no sólo de un estado de ánimo sino de un cierto entorno, eliminarlo, darle fuerzas y echarlo a que se defienda de su propio nacimiento para que valgan de veras - y de una vez por todas - el poema y todas sus palabras, dado que contra este poeta topa todo aquel que piense que la poesía es la dimensión donde cabe la palabra muerta.

     ¿Para qué debe servir la poesía revolucionaria? Se pregunta un Roque ya bien plantado, ¿Para hacer poetas o para hacer la revolución? La piedra de toque de esa poesía es la revolución total de la que es capaz el orbe, es decir, el hombre enquistado en él y todas las cosas que lo emocionan y lo sujetan; lo de Roque ya no es el subversivismo sólo político, sino estético, moral e intelectual. Se deben respetar las reglas de la conciencia en llamas y el contraste; se debe decidir si congenia el poema con o si se rebela contra la tradición. El poeta y su pluma salen de su pocilga hermética y se une con ella al movimiento mundial que está comprometido con digitar y graficar los cuadros, las estelas que hablan del ser humano como una espiral, pero visceralmente metido en sus propias condiciones sin importar las que éstas sean: opresor, oprimido, mítico, real, fantasmagórico, feliz, triste, desesperanzado, luchador, cínico, farsante, lleno de gracia, lleno de luto, opulento, pobre, loco, anacrónico, perfecto, bizarro, solitario, abrumado; adicto a todos sus chupadores corticales, es decir, Roque se dedicó a bosquejar en su obra los llanos y los profundos descubrimientos del hombre terrestre; su obra nada tiene que ver con la entelequia. No tiene porque ir en busca de metáforas a los cielos concéntricos o a Marte. 

     El más grande logro de la poesía de Roque Dalton es que uno puede pasarse la vida estudiándola y esa vida que la busca, si se aplica a la tarea, es capaz de abarcar esa obra. Su materia es maciza, delicada, y auguro que jamás adolecerá de caducidad. Además tiene la gran supremacía sobre muchas otras obras escritas ya sea a partir de ella o en contra de ella de no tolerar una sola aporía. No es inmediatamente asequible, eso sí, pero su lenguaje es de éste mundo. Comparte con los grandes poetas de todos los tiempos el amor y la necesidad de pulir el verso, aún el concebido entre las gambetas y los sinsabores de la clandestinidad; todo en ese empeño es alambicado por parejo y logra sus cometidos y la expresión es cosmopolita, humorística o vernácula, pero siempre inteligible. Recuérdese aquí la ironía de “Las historias prohibidas del pulgarcito” donde se puede leer: “Aliviado está el enfermo, que ya se caga en la cama.” En ese, y en la mayor parte de sus libros, Roque se aplicó a cumplir con la máxima de José Martí que reza: “el humor y la sátira tienen que ser a la sociedad como un látigo con cascabeles en la punta.”   

     Hay tantas cosas que podemos decir noche tras noche sobre Roque Dalton. Decir por ejemplo que hizo con un rudimento y sin parangón un lenguaje poético a través del cual pudo hablarle a sus compañeros de lucha -y al mundo entero- sobre sus apreciaciones con respecto a temas tan esenciales como la ternura, el amor, la amistad, la esperanza. En un país donde el llanto era el pan nuestro de cada día, él era la risa y se reía de todo con todas sus fuerzas, parecido al jaguar aquel de la leyenda Maya que se ensordece con su propio rugido. (En el período clásico quien entraba a cualquier corte ataviado con una piel de aquellas daba a mostrar, con esa singular parafernalia, la vitalidad y el poder de su señorío; en pocas palabras, a eso es a lo que los príncipes aspiraban.)

     Para mí ha sido un espacio vital esa poesía; la entiendo, me entiende, nos agarramos y me atrapa. A ese trabajo yo siempre me referiré con amor, con claridad en el corazón, especialmente después de haberme iniciado en el entendimiento de que por larga que parezca, nos dura muy poco la vital aurora frente al mar conciencia. Para muchos el trabajo de este gran poeta parecerá el trabajo de una persona legendaria, cuya figura se sigue empobreciendo con tantas fábulas y anécdotas apócrifas, panegíricas, baladíes. Para otros puede que su figura cifre todo aquello que con dolor y cautela se debe plagiar, esconder, renovar, o desprestigiar hasta bajarlo de la cruz del sur desde la que nos mira, ¿quizá buscarán “ponerlo en su lugar”? A dichas personas basta recordarles aquello de Gerontofobia pero...:

 

            “Viejos,

            amargos viejos,

            francotiradores que desde las galerías de lujo

            disparáis contra los muchachos que viven en la recta final:

            por lo menos no engoléis la voz,

            ya que un viejo reaccionario y enfermo de la garganta

            es un personaje supertípico y vivimos en una época

            en que hasta para ser hijo de puta cabe ser original.”

 

     Entender éste simple mensaje, ¿no les libra acaso la mitad de su lucha? Entérense de una vez por todas, infelices atorrantes: lo de ustedes es la vacuidad. El caudal de energía con que avasalla la voz, la poesía de Roque Dalton está ligada a esa tradición inmemorial que tienen ciertos seres humanos de beber -sin pensarlo dos veces- su ración de elixires amargos; no se achicó jamás frente al cáliz rebosante de cicuta. Ni él ni su hermano guatemalteco Otto René Castillo. Sin las patrañas y sandeces de los grandes demagogos de la humanidad que se echan al piso a filosofar “cantando como un cisne antes de morir,” comprendió que si se  cultiva todo lo hallado dentro de sí mismo, entonces la calidad de las críticas y las preguntas se vuelve otra, germina el hombre de adentro hacia afuera, y el mundo mejora. Ya no se hace del corazón un resumidero de ninfas muertas, ya no es necesario decírselo uno frente al espejo, uno y su cara de santón farsante, dice el mismo Roque:

 

            “Tengo quince años de cansarme

            y lloro por las noches para fingir que estoy vivo.

            En ocasiones, cansado de lágrimas,

            Hasta sueño que vivo.

 

            Puede ser que vosotros no entendáis lo que son éstas cosas.

 

            Os habla, más que yo, mi primer vino

            Mientras la piel que sufro bebe sombra.”

 

 

     A alguien que alambica así se le respeta. El trigésimo aniversario de su muerte saluda también el IV Centenario de la aparición del Quijote. El facilismo nos ganaría la hora si dejamos que nos arrastre a decir que esta mente seminal se parece en algo al caballero de la triste figura de Miguel de Cervantes; a mí me gusta más como símbolo de Cervantes, aquel Cervantes que decía: “como me ve pobre no me estima,” a través de lo dicho por Doña Guiomar en El Juez de los Divorcios.[7] “Meaningful coincidences,” diría C.G. Jung, pensando en “Pobrecito poeta que era yo,” su novela contenida. Yo digo que la triple celebración (IV Centenario del Quijote-Nacimiento del poeta en Mayo de 1935-Aniversario de su muerte, Mayo de 1975) nos da la talla, la cachaza que necesitamos para asumir el poderío de esa obra enjundiosa, primero que nada para dar cuentas de ella, para diseminarla, para enriquecerla con nuestro propio granito de maíz; a mí el estudio de la obra de Roque, como en algún momento también lo fueron el estudio de la era y la obra de Cervantes, me ha servido para salir con fuerza de mi terruño a decirle al mundo que los artistas salvadoreños tenemos una responsabilidad primero que nada con nosotros mismos, y que la asumimos, y que a partir de ella nos echamos en pos de trabajar junto a las demás razas de la tierra para hacer de toda ésta orgía del desastre y la mutilación un mundo viable, un mundo civilizado, un mundo regido por un ser humano mejor. Yo escojo participar en esa cofradía en la que quienes la integran se empeñan en seguir, siquiera de lejos, a ese espíritu, a ese mortal meteoro, a esa forma de ser poeta. Como la de Cervantes la obra de Roque no es ningún bagazo; esa obra es un árbol cuyas raíces se aferran cada día más y crecen, dentro de quienes la admiramos y entendemos, aplastando a veces el centro mismo de la gleba que la sostiene porque de no ser así caeríamos ella y nosotros mismos en el chiste, en el brindis parroquial, chalán, choteadísimo; caeríamos de bruces en las trampas del esnobismo y la pedantería; en contra debemos estar, pues, de la crasa y cruel incomprensión de los que pintarrajean la figura, la semblanza del poeta, para prostituírla en su

país de origen y en el extranjero.

 

[1] En mi apreciación, el único estudio serio sobre la figura poética y la obra la inició el Dr. Rafael Lara Martínez en su prólogo a la edición de la antología poética intitulada “En la humedad del secreto,” San Salvador, E.S. Dirección de Publicaciones e Impresos, 1994.

[2] e. e. cummings: i, six nonlectures, Cátedras dictadas en Harvard University en 1952-1953, de acuerdo a Horace Gregory en e.e. cummings, “a selection of poems,” New York, Hardcourt, Brace & World, Inc. 1963

[3] Roberto Sosa, “Antología personal,” San José, Costa Rica, Editorial Universitaria Centroamericana  (Educa), 1995

[4] El soneto del Inglés por excelencia dice: “No longer mourn for me when I am dead.../Nay, if you read this line, remember not/The hand that writ it; for I love you so.../When I compounded am with clay,/Do not so much as my poor name rehearse…”

[5] Paulo Freire , Pedagogía del oprimido, capítulo III, Bogotá, Editorial America Latina, 1975

[6] Mario Benedetti , Los Poetas Comunicantes, Mexico D.F., Marcha Editores, 1981

[7] Aubrey F. G. Bell nos urge no hacer comparaciones con la esposa del ilustre, Doña Catalina de Cervantes, aunque sí admite que hay un dejo de patético intimismo en la confesión del personaje que la coteja.  Véase su libro Cervantes, New York, Collier Books, 1961 


Ario Ernesto Salazar nació en Chalchuapa, El Salvador (1973). Poeta, ensayista, narrador, dramaturgo y crítico literario. Es miembro  de  la Academia  Iberoamericana de Poesía   en   Washington,  D.C.   Fue  editor de la  revista Horizonte  21  en  Washington,   D.C.  Es autor de tres libros de poesía:  Ocios y Meditaciones (inédito), Ariodicciones (1997) y La Estación Ilimite (2003)  Reside en los Estados Unidos desde 1994.