Miami
Estados Unidos
Año VIII

 Nº 43/44

Escríbanos    

 

Publicada por Ediciones Baquiana

Director Ejecutivo

Patricio E. Palacios

Directora de Redacción

Maricel Mayor Marsán

Consejo de Redacción

Dr. Humberto López Cruz

Universidad Central de la Florida en Orlando

 

Dr. René C. Izquierdo

Miami Dade College Recinto de Kendall

 

Profesora Myra Medina

Miami Dade College

Recinto Norte

 

Dr. Gerardo Piña Rosales

Universidad de la Ciudad de Nueva York (CUNY)

Universidad de Columbia

Nueva York

 

Dra. Alicia E. Vadillo

Universidad Estatal de Nueva York en Oswego

 

Dra. Lidia Versón

Universidad de

Puerto Rico

 Recinto de Río Piedras

 

Asesor Técnico

Luis H. Beltrán

 

Asesor de Arte

Carlos Quevedo

 

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Boletín Informativo

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ODÓN BETANZOS: UN ÁRBOL VIVO

 por

Joaquín Badajoz

 ODÓN BETANZOS PALACIOS

 o

 LA INTEGRIDAD DEL ÁRBOL HERIDO

  

Editor: Gerardo Piña-Rosales

Círculo de Escritores y Poetas Iberoamericanos de Nueva York

628 páginas. (2004)

ISBN 0-86515-036-2 

 

    There seem to be a life and infinity in the incomplete.

George Santayana

 

 

     Siempre hay que acercarse con cautela a una antología. Como autor me aterra el momento en que se debe cerrar y engrapar un libro (después de un agotador proceso de selección), y someterse a la muerte súbita de editores, impresores y lectores. Es decir, dejarlo caer por gravedad en el maremagno de la literatura. Si el cadáver flota, no estuvo mal, si se hunde sólo te queda la esperanza de que alguna generación poética lo saque a flote de aquí a cien años, si resiste. Ante las antologías (¿antilogías?) el miedo crece. Y es que hay algo de ala y de ancla en el intento de seleccionar y meter entre dos tapas de cartoné un puñado de textos que podrían corresponder a diferentes momentos estéticos en la vida de un autor. No importa que sean los que la caprichosa falibilidad de un autor —o de un antólogo — dispongan. Ninguno de los dos está mejor, ni peor autorizado.

     En resumen, se trata de un problema de perspectiva: los textos fuera de contexto, demasiado perfectos, son como vedettes que tratan de robarse el espectáculo. Los volúmenes que de cierta forma desplazan y lanzan al olvido otros libros menores, plagados de textos bellos y defectuosos, tienen para mi un una vitalidad antidialéctica; la misma que llevó a la mujer de Lot a mirar por encima del hombro.

     Mirar atrás no siempre es bueno en la vida de un autor. El pasado tiene, no sé por qué razón, un efecto ambiguo. Cuando un escritor alimenta de el su imaginación revive; sin embargo, cuando se enfrenta a su propia obra como a un volumen de grandes éxitos, puede quedar petrificado. Parte de su volatilidad consiste en que puede ser un fuego fatuo para la vanidad o un aterrador combustible; porque una antología es un espejo: aquel que la mira con cierta frivolidad, como si recibiera un premio, queda preso entre las páginas de lo que fue; el que intenta entrar al laberinto de la imagen y unir los fragmentos dispersos de su propia identidad puede volver a la aterradora madrugada del 19 al 20 de Agosto de 1936, cuando a los 10 años supo que su padre había sido fusilado; o releer los poemas que escribió desafiando una muerte que no sería otra que la de su propio hijo.

     Por otro lado, las antologías también tienen su magia. A cierta altura de la vida, cuando un hombre ya ha estado tan asediado por la muerte que puede mirar su propia existencia de otro modo, sin frivolidades ni mezquinas ambiciones personales, forman parte de su inmortalidad, de su ser en lo eterno. Ese sentido de fragmentación, que muchos críticos pretenden ver como una debilidad de las antologías, no hace más que añadirle vida e infinitud a una obra que por supuesto, para un lector agudo, trasciende cualquier selección. De esta manera, el criterio para determinar si una antología es buena o mala depende, a mi juicio, de que pueda atrapar el espíritu de esa obra vital e infinita que, parafraseando a Santayana, parece existir por debajo de toda muestra incompleta.

     Supongo que el poeta Odón Betanzos haya experimentado todos, o algunos, de estos sentimientos encontrados cuando recibió ese excelente volumen que recopila parte de su multifacética obra literaria. Una separata de ensayos sobre su obra, traducciones a otros idiomas y comentarios biobibliográficos escritos por casi un centenar de académicos y escritores, agrupados bajo una rigurosa selección, que permite calar a profundidad el carácter y el oficio de ese singular poeta y ser humano. Esto es más que suficiente para que un autor-lector supere el pudor y celebre los augures -¿acaso las felicidades?- de una obra como Odón Betanzos Palacios o la integridad del árbol herido: una imprescindible antología.

 

II

 

     De tiempo en tiempo Gerardo Piña Rosales abandona su taller renacentista en Monsey, Nueva York, para dedicarse a otra de sus pasiones: la edición. Entonces, con una naturalidad pasmosa, mete al horno alguna de las piezas capitales de los estudios hispánicos en América. Él no lo sabe (o aparenta con humildad no saberlo) pero con cada uno de estos volúmenes va dándole cuerpo a la historia de una literatura que se ha ido fraguando de manera dispersa, como de tránsito, marcada por la amarga resaca de los exilios, las estampidas políticas y la nostalgia. Esta vez su cacería editorial ha cobrado una pieza mayor, pues Odón Betanzos, director y fundador de la Academia Norteamericana de la Lengua Española, es uno de los más importantes escritores españoles vivos y su quehacer, desde 1952 hasta la fecha, un monumento del devenir literario hispano-norteamericano en una etapa crucial en la consolidación de la lengua y la literatura española en Estados Unidos.

     Odón Betanzos o La integridad del árbol herido comienza acertadamente con un credo. El poema Yo Creo, es un testamento universal en el que Betanzos patentiza su filiación estética y política, que destaca el profundo humanismo que une sus diferentes ejercicios escriturarios. En toda la obra del autor de Diosdado de lo Alto, Santidad y guerrería, La mano universal, De ese Dios de las totalidades y Sonetos de la muerte, se respira esa nazarita savia esencial en la que el hombre y Dios están conectados por una aceptación mutua de religio, de lazo inquebrantable; pero la divinidad lírica de ese pacto está en su humanidad y en la manifestación más sublime de ella: el perdón. Cómo el poeta dice en Alma Desnuda: “Busca a Dios, hijo, búscalo,/ que tal vez lo encuentres detrás de ti mismo”. 

     Este es un volumen salutatorio; por eso, a esta imprescindible portadilla, le sigue, a modo de presentación, un excelente texto de su editor. Las cápsulas de Odón Betanzos Palacios o la recuperación del humanismo perdido, más que presentar a un autor que no necesita presentación, recorren de manera ágil y contundente resumiendo con memorables acotaciones la vida y obra del autor de Diosdado de lo Alto, su labor en pro del idioma, su apostolado escriturario y su misticismo terrenal.

     El resto del volumen está dividido en 11 secciones, que recogen  textos imprescindibles para conocer la vida y la obra de Betanzos, incluyendo semblanzas y adhesiones, estudios sobre su obra poética, narrativa y ensayística, estudios críticos, textos de creación dedicados a Betanzos, entrevistas, traducciones de su obra al francés, portugués, italiano, inglés, ruso, hebreo, árabe y chino, una veintena de poemas escogidos, muestras de narrativa, ensayos y notas críticas y un entrañable álbum de fotografías. Así como una bibliografía selecta de sus publicaciones.

 

Ars poética

 

Love makes us poets, and the approach
of death should make us philosophers.

George Santayana

 

     Contagiado por este excelente resumen de una vida, no puedo evitar la tentación de acudir a un recurrente ejercicio filosófico, definir a Odón Betanzos con un término simple que encierre un universo de gran complejidad. Para eso creo que basta una palabra: poeta. Hay desgarrado lirismo en su narrativa, profundidad mística en su poética, contundencia sin ornamentos, decantación lingüística de sus emociones, y una voracidad de búsqueda interior en su crítica que sólo son compatibles con la búsqueda de la razón poética y su expresión.

El poeta (¿o era filósofo?) Wittgenstein, decía que: “Los límites de un idioma son los límites de un mundo” (Annalen der Naturphilosophie, 1921). La expedición mistérica de Betanzos lo ha salvado de las constreñidas cartografías. He leído con deleite su ensayo La poesía y sus misterios (pág. 521), dónde define en una sola línea la universalidad del idioma, del suyo, en el momento mismo en que logró su definición mayor: “…con el castellano primero que al saltar océano se hacía español”; y luego su ensayo La tierra, aldea universal, de un exquisito regusto fisiocrático, que lo devuelve a su natal Rociana, en la Andalucía Occidental. ¿Quizás el secreto de su universalidad esté en haber partido sin abandonar sus raíces? ¿En insertar la infinitud del mundo dentro de los linderos de una aldea, un terruño, hasta que desaparezca dentro de la arquitectura finita y mortal del poeta?   

     Leyendo a Betanzos me ha vuelto a asaltar una preocupación crítica que tengo desde hace años. Y es que creo que una de las crisis modernas de la poesía está en la exagerada proliferación de poetas sin poéticas. Aquellos que no pueden definir la misión de su discurso, ni el sentido oculto de su vaticinio. Los grandes poetas casi siempre han tenido una “explicación de la poesía”, una bitácora para seguir el viaje. Y eso Odón, que es un navegante de carrera, lo sabe bien. Su grandeza, de cierta manera radica en su ars poetica. “Poesía como solución del misterio universal”, “como forma de expresión de la divinidad” y como instrumento para mejorar el mundo. Esta poesía de acción, con una rotunda fibra humanista, no admite poses ni complacencias. Por eso al concluir La poesía y sus misterios escribe con auténtica alarma: “me queda una preocupación: cómo armonizar el egoísmo del poeta creador con el desprendimiento que debe ser norma en la nueva civilización del amor por la poesía”. Y culmina: “Sólo si se interpreta que su obra no es nada por si sola si no se combina y se armoniza con las de tantos y tantos creadores de ayer y de hoy”.

     Sólo lamento la ausencia de otro texto esclarecedor, publicado en De la Catedral al rascacielo (Actas de la XVII Asamblea General de ALDEEU), y editado por el mismo  Gerardo Piña Rosales, con Rafael Corbalán y Nicolás Toscano, en 1998. Se trata de su conferencia inaugural A la búsqueda de una interpretación poética (págs. 5-20), que muestra la inquisitiva angustia de Betanzos por desentrañar los secretos de la poesía: esa fiebre que lo atrapó hace más de medio siglo. Allí define: “Si por el plano humano caemos en la animalidad, por la poesía vislumbramos el plano angélico". Y concluye: “Quizá sea, quizá sea la poesía vista en el poema, en la totalidad de los poemas, la verdad opaca de la eternidad, los saltos trascendentes, la infinitud de nuestros destinos, más allá del cuerpo, de las épocas y de las limitaciones que nos encierran. Poesía, en fin, sería, podría ser, alas para volar, para sobrevolar, para ser y respirar esencias, para convivir con ellas. Quizá, quizá, el reflejo, la aureola, el ambiente, la expresión y el impulso en esencia del Dios dinámico que se eterniza creándose sin tiempo y sin distancias”.

     No puedo dejar de notar que en casi todas las cosmogonías existe algún tributo a un árbol cósmico. Ese del que parte la vida, que conecta los mundos, en cuya estructura vegetal se hospeda alguna deidad mayor. Por eso el titulo Odón Betanzos o la integridad del árbol herido, tiene ese sentido totalizador que tan bien retrata a su autor. Odón es como un viejo roble que ha sufrido las ventiscas más crueles y sigue recortándose contra el techo del universo. Como Yggdrassil, el árbol nórdico que conecta los 9 mundos, abastece al hombre y extiende sus raíces. Un mito sublime y acabado que reúne todos los elementos de un sistema poético. Yggdrassil se mantiene de pie y florece cada año. Es el árbol de la existencia: el pasado, el presente y el futuro; lo que se ha hecho, lo que se hace y lo que se hará. Dios y los hombres, todo lo que posee vida, tienen su morada en este árbol. Ygdrassil, como Betanzos, es el símbolo de la vida renovada. Del rocío de Betanzos se alimentan las abejas.

    

Joaquín Badajoz nació en Pinar del Río, Cuba (1972). Graduado de Ciencias Económicas. Ha sido comisario – curador de una treintena de exposiciones de Artes plásticas en Cuba y Panamá. Textos suyos pueden encontrarse en Encuentro de la Cultura Cubana (España); El Panamá América y La Prensa (Panamá); Arcoiris (Bilingüe, Francia); y en las publicaciones cubanas: Vitral, Deliras, Cause, Arte Cubano y La Gaveta (Cuadernos de Arte y Teoría de la Cultura). Fue miembro hasta 1999 del consejo de redacción de la revista VITRAl y miembro fundador de la Unión Católica de Prensa en Cuba UCLAP-Cuba y de la Unión Católica Internacional de la Prensa; así como miembro- consultante de la revista independiente de literatura Deliras y miembro del Consejo Editorial de Ediciones Loynaz. Es miembro correspondiente de la Academia Norteamericana de la Lengua Española y de la Asociación de Licenciados y Doctores Españoles en EE.UU. (ALDEEU).  Reside en la ciudad de Miami (EE.UU.) desde 1999. En la actualidad es editor ejecutivo de la revista Cosmopolitan en español.