Miami
Estados Unidos
Año VIII

 Nº 43/44

Escríbanos    

 

Publicada por Ediciones Baquiana

Director Ejecutivo

Patricio E. Palacios

Directora de Redacción

Maricel Mayor Marsán

Consejo de Redacción

Dr. Humberto López Cruz

Universidad Central de la Florida en Orlando

 

Dr. René C. Izquierdo

Miami Dade College Recinto de Kendall

 

Profesora Myra Medina

Miami Dade College

Recinto Norte

 

Dr. Gerardo Piña Rosales

Universidad de la Ciudad de Nueva York (CUNY)

Universidad de Columbia

Nueva York

 

Dra. Alicia E. Vadillo

Universidad Estatal de Nueva York en Oswego

 

Dra. Lidia Versón

Universidad de

Puerto Rico

 Recinto de Río Piedras

 

Asesor Técnico

Luis H. Beltrán

 

Asesor de Arte

Carlos Quevedo

 

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Boletín Informativo

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TRANSLUMINACIONES Y PRESENCIAS,

DE JESÚS CÁNOVAS MARTÍNEZ:

 UN CANTO POLIFÓNICO.

 por

Mariano Valverde Ruiz

 TRANSLUMINACIONES Y PRESENCIAS

 

 Escritor: Jesús Cánovas Martínez

Editora Regional de Murcia (Poesía)

102 páginas. (2005)

ISBN 84-7564-297-7 

 

     Tras la serena lectura de Transluminaciones y presencias, el lector tendrá la sensación de hallarse ante un compendio de poesía; sentirá el tacto delicado de un ala de luz que se alza sobre las sombras. Si nos acercamos con detenimiento al libro, podremos entender que la idea fundamental que reside en sus páginas es la de homenaje. El autor celebra la presencia de quienes con su verbo le han tocado las fibras sensitivas de la conciencia. Es la constatación de la realidad textual configurada mediante una presencia atemporal, que no muere porque vive entre las páginas amarillas de los libros, que se encarna y reencarna sucesivamente a través de la escritura, y que se perpetúa más allá de las modas circunstanciales de cada época.

     Con Transluminaciones y presencias, Jesús Cánovas da un paso más en su ya sólida trayectoria poética; un paso firme y granado, que marca una dirección ineludible, poema a poema, hacia el horizonte de su propia eternidad. En este poemario nos deja versos necesarios para entrever cuál puede ser el rumbo que debemos seguir los demás en el arduo intento que conforma la búsqueda de nuestra identidad como creadores y como seres vivos. El título de la obra es, de por sí, revelador de su contenido. Los homenajes no se plasman como algo externo a los autores. Se desarrollan conjeturas e indagaciones sobre las identidades poéticas que más hondo calado han producido en el autor; versos y conceptos, a través de los cuales ha pasado la luz del tiempo creativo iluminando al vate. Los poemas son una mímesis que no pretende ser cerrada, sino transluminadora (concepto empleado por Juan Ramón Jiménez). El vate intenta entrar más en el fondo de la expresión del autor homenajeado que en la forma —aunque en algunos casos sí lo hace— y desde ese fondo conceptual consigue trascenderlo, iluminarlo. Se desarrolla de manera magistral un discurso íntimo, mesuradamente intenso y reflexivo, que mantiene, a lo largo de las páginas proteicas de este poemario, la inefable vocación poética de su autor, la necesidad vital de la escritura como paradigma de la esencia del ser. Son páginas a través de las cuales se interpreta la tensión de la emoción dramática y sus consecuencias literarias: el conocimiento y la belleza. Y todo ello con lúcida resonancia, con dominio de los recursos estilísticos y con una voz que se tersa y concierta siempre en torno al enigma de la encrucijada existencial.

     Estamos ante un libro, en su más pura esencia, polifónico, en el que el autor, sin perder su propia voz, ha sabido mimetizar una pluralidad de voces “asumidas” dentro de un esqueleto armónico que confiere consistencia y entidad a toda la obra. Hay que resaltar el carácter hímnico con el que el poeta se acerca a sus vates favoritos, aquellos que han tenido una influencia trascendental en su forma de entender el hecho poético. Jesús entra en la fragancia, en el estilo, y en algunos casos, en la temática, de los poetas aquí homenajeados. Consecuentemente, podemos decir que los autores festejados —en el mejor sentido poético de la expresión— son pretexto para adentrase en los grandes temas de la poesía.

     Jesús consigue con profundidad, hondura de sentimientos, y talante creativo, indagar sobre la esencia del ser desde una privacidad que alcanza tonos universales. Despliega una red con mayas de memoria y nudos metafóricos que lanza sobre los arenales de la muerte, sobre las playas salvajes o las calas dormidas del amor, y lo hace desde la metafísica eterna del tiempo. Nos presenta a Tánatos y Eros frente a frente. Como árbitro de ese juego —sublime y trascendido—, el siempre inefable Cronos.

     Las formas que cobijan la arquitectura espacial de los poemas son variadas. Verso libre, sonetos, silva, composiciones en heptasílabos, endecasílabos. En algunos casos, sobre todo en los sonetos, emplea rimas clásicas. En otras composiciones hay requiebros semánticos, tenues asonancias o giros sintácticos que aportan singularidad y cierta originalidad no exenta de riesgos. Mención especial merece el lenguaje utilizado, una amplísima gama de palabras entre las que se usan términos poco usuales, cultismos, y léxico actual, sabiamente mezclados. Según los textos dedicados a uno u otro autor, a una u otra época, Jesús ha sabido elegir aquel lenguaje que mejor sintoniza. Un despliegue de recursos que el vate emplea a su criterio, conocedor de que cada poema, según sus contenidos, pide la forma adecuada para que quede resaltada la máxima expresión, la belicosa serenidad del fruto creativo. Cuestión que ha venido demostrando Jesús Cánovas en sus obras publicadas a lo largo de los años y que sigue acentuando en este libro.

     La poesía es para Jesús el aire vital que le mantiene frente al dolor, la realidad cotidiana, o quizá más aún, me atrevo a decir (una vez leídas sus obras) que es una yuxtaposición abierta entre las obligaciones del ser y la necesidad de volar, de dar forma a las esencias primarias y primordiales que sustentan a ese ser. Desde una personalidad compleja y riquísima en registros, el vate construye poemarios en los que ya apunta expresiones que se encuentran en éste. Un mundo melancólico, nostálgico, delimitado por la soledad, también por el amor, y la presencia final de la muerte, como ya se expresaba en la Luz Herida (Espartaria 1999). La exploración de los sonidos de su entorno, también los que dimanan de su espíritu, como se muestra en Estridularia (Myrtia 1999). El aliento de lo arcano y la exégesis de sus sonetos en A la desnuda vida creciente de la nada (Betania 1989), donde pone su angustia, su zozobra, en consonancia con la del último Miguel Hernández; una confrontación, cara a cara, con la muerte. La aventura de la libertad creativa, la arcadia del poeta, hecha sinfonía, como refleja Fanal de la aventura (Hipocampo 2000). O la oración trascendente de Kyrie Eleison (1994). Todo hace confirmar que, sin el menor género de dudas, estamos ante un poeta maduro, hecho a sí mismo con esfuerzo y constancia, un vate que disfruta con lo que hace, que se mantiene fiel a sus ideas, que proyecta su perspectiva personal en una obra variada y consecuente con sus inquietudes, y que, sobre todo, se resiste a caer en las tentaciones del verso fácil; prefiere adentrarse en los enigmas filosóficos que desde siempre han fustigado las mentes de los hombres que se han atrevido a pensar.       

     Una vez expuestas algunas generalidades y antes de adentrarnos en un análisis más pormenorizado de la estructura interna del poemario, en su paladar e intenso sabor, conviene detenerse en las citas que lo introducen.

     La primera, extraída del relato de Borges Pierre Menard, autor del Quijote, pone de manifiesto la intención de entrar en cada autor, ser el autor mismo. Aunque no se trata, como se verá, de realizar paráfrasis, sino de alumbrar una identidad.

     La cita de Ricardo Reis (heterónimo de Pessoa) matiza a la anterior. Frente al tiempo que todo lo diluye, queda la palabra. Una palabra que supone la difractación del autor que la pronuncia, su pluralidad. En este sentido, el libro constituye una manera singular de entender los heterónimos. Tras la síntesis le sigue el análisis: lo mismo deja de ser lo mismo y se convierte en lo otro.

     La tercera cita correspondiente a la Tabla esmeralda hace mención al juego de posibilidades que introducen las comparaciones analógicas. Lo que hemos denominado lo otro no pierde la semejanza con lo mismo, por lo que se mantiene el gozne entre ambos. Al fin y al cabo, los temas que aborda la poesía —por no decir el tema— son los mismos y se repiten una y otra vez, aunque con distintos matices.

     Abren el poemario unos poemas dedicados al Quijote en el año del cuarto centenario del libro de Miguel de Cervantes. Son versos destinados a insistir en la necesidad de la ironía y que propician un juego complejo, una clave no del todo desvelada. Acaso el vate asocia su quehacer literario a la figura del personaje clásico; es un Quijote “vencido de la realidad del mundo”, “una sombra apenas que se desliza / por los álamos serenos de la noche”. Pero sin embargo nos demuestra su afinada búsqueda de la verdad; una verdad universal que sólo es posible atisbar ante el silencio, la serenidad, y quizá, entre las nubes.

     Tres sonetos nos adentran en el universo personal de Unamuno. Desde un tono metafísico se ensalza el pensamiento, la sed y el hambre de luz. Atreverse a pensar es el reto. Algo totalmente necesario en los tiempos actuales que parecen estar marcados por la ley de la simpleza, el todo vale, y la obstinada negación del hombre. El vate utiliza un lenguaje rico en términos no demasiado usuales y lo hace para acercar la palabra al concepto preciso, a la visión sutil de las cosas y a la pureza del encuentro sentimental con el conocimiento.

     Con versos alejandrinos nos introduce en el claroscuro de José Luis Hidalgo. Nos habla de uno de los grandes temas literarios de todos los tiempos: la muerte. Se incide una vez más en su presencia inequívoca, su realidad intangible; el fiero Tánatos siempre esperando con su manto de sombra al final de todo camino. Pero nos abre una mínima ventana a la esperanza; lo hace contra corriente, a pesar de los funestos augurios con que nos asusta el destino: “no muere el que ama y crea”, nos dice el poeta.

     Absolutamente desgarradores son los poemas dedicados a Blas de Otero. Representan el grito vital ante la crudeza de la realidad. Son la dicotomía entre el Dios presente y el Dios ausente. La búsqueda ansiosa de una argolla a la que asirse por parte del hombre herido. La huida del espanto de la soledad. Una oración que se fragua en el interior de las membranas de la desesperación y estalla en el exterior de la palabra como un clamor exacerbado y dolido.

     “En el espejo de esta noche alcanzo / mi insospechado rostro eterno”. Con estos versos de Borges, la palabra poética de Jesús es también laberinto: los ojos del ciego. El sentido único de la obra —el sentido que el autor quiere dar a su texto— se convierte por el ejercicio de la lectura —normalmente en un espacio-tiempo distinto— en el sentido (o los sentidos) que el lector le otorga. Leer es entonces una operación sincrónica. Jesús incide en el motivo del laberinto que como símbolo es una superficie de papel que contiene un texto circularmente referido a sí mismo. Un texto, como el de Borges, que todos reconocen aunque no siempre conocen bien.

     La serie de poemas dedicados a Neruda tiene como tema central el amor. En torno a él, a su necesaria presencia para poder ser completamente, se mueven las palabras: “ebriedad de luces, mis palabras giran”. El vate versa un amor no sujeto a ritmos que encorseten el pulso irregular del sentimiento amoroso. El poeta indaga, se pregunta por los orígenes del ser que da soporte a sus emociones y que es destino de sus anhelos. La amada es el valuarte donde se abisman todos los frutos etéreos de la vida. Se sublima el amor, se ensalza el erotismo y la sensibilidad mediante una incontrolada torrencialidad del lenguaje. Es la negativa a limitarse, la ambición de totalidad.

     A base de composiciones, básicamente en heptasílabos y eneasílabos, Jesús nos sigue hablando del amor; en esta ocasión al modo de Pedro Salinas. En cuatro poemas, —atildadamente rítmicos—, el amor vuelve a alzar su vuelo ingrávido. Se busca a la amada y se la encuentra: “sin sombra ni mácula / imagen de lo eterno”. Y es esa amada hecha realidad la que con su amor aleja de la mentira y la falsedad y concita un mundo habitable. Vuelven a aparecer los símbolos. Se resalta el blanco, color de pureza, de paz, de sosiego. Y así con la claridad de la palabra certera, bien dicha y sin opción a dudas, el poeta proclama su amor a los cuatro vientos del orbe. ¡Bendita celebración!

     Especial atención merece la serie de poemas en transfigurada presencia que tienen como objeto la obra de Juan Ramón Jiménez. En el primero de ellos se dan algunas de las claves del libro. El poeta habla sin ser él quien expone, y, sin embargo, son suyos los argumentos que esgrime; es y no es, se esconde, se busca; juega con el espejo y sus reflejos, se encuentra y no se encuentra. Luego, el resto de la serie, parece ser un sucinto viaje por el Amor que se aúna con la Muerte y celebra su boda, tema recurrente en Juan Ramón Jiménez y que Jesús Cánovas exalta y recrea con un intenso dramatismo. Honda melancolía. Rigor. Pulido impecable. Sentimentalismo. Fuerza. Vitalidad. Experiencia interior. En los últimos poemas de la serie se observa el panteísmo lírico de la última etapa del poeta de Moguer. “Así la tarde, / en tus pestañas cayendo”. El último de ellos supone una alegoría de la Muerte.

     Y cuál es la dádiva que nos deja la poesía más sincera. Cuál es la cadencia del sentimiento que más nos llega. Cómo se articulan los músculos de la magia del poema. Todas esas preguntas quizá tengan respuesta si la buscamos adentrándonos, sin limitaciones objetivas, en el tono intimista que hace posible que afloren los sentimientos más nobles del espíritu. Ése es el tono dominante en los poemas que homenajean a Manuel Altolaguirre. Sentimientos puros plasmados en poemas cortos pero muy intensos. Ausencia. Silencio. Tristeza. Dudas. La amada —el Amor—, se funde y se diluye: se trasciende de sí mismo. “En mi desierto, / las lánguidas arenas / tejen cuerdas indecisas”.

     Con Leonor en sombra, Jesús se acerca a Antonio Machado mediante un poema y un texto en prosa. Nos recuerda su sencillez melancólica, su nostalgia; nos habla del sentimiento del paso del tiempo, de la contemplación de la primera infancia desde el refugio del intimismo, de la emoción ante la presencia-ausencia de la mujer. Despliega ante los lectores, para deleite de los amantes de este genial poeta español, un certero estudio de la voz poética machadiana, que es a la vez, una visión completa de la poesía. Un auténtico gozo para los sentidos que definen la emoción, y para los ojos —siempre agradecidos— con que nos podemos acercar a la espina dorsal de la que es una voz inigualable.

     Los poemas que recuerdan a Bécquer se asoman al existencialismo desde el intimismo. La poesía brota del alma como una chispa eléctrica. Las imágenes se suceden como pinceladas de color que gotean sobre la superficie de las palabras. La mano del poeta acaricia la memoria y se compone el paisaje, el camino, la niebla y hasta el vacío. Y al final, es la realidad la que despierta al creador de su sueño, de su quimera, de su osadía. Entonces sólo queda aferrarse a un mástil de rebeldía e intentar que la nave del silencio navegue por aguas románticas. Seguramente, el poeta sevillano habría dado por bueno este sentimiento. En cuanto a lo que versa Jesús, no cabe la menor duda. Ofelia, la eterna Ofelia, sigue pasando, y canta y coge flores.

     Un largo poema elogia la figura de Cernuda. El vate defiende con palabras apasionadas la pervivencia de la voz de Cernuda, su actualidad, y su valor futuro. Hace un repaso por algunos paisajes de la vida del andaluz que fue una revelación de autenticidad. Con magistrales giros sintácticos, nos habla de la soledad del poeta, de su infancia, de su destierro: “pájaro solitario en el espino”. Con dos versos rotundos describe Jesús el valor universal de la palabra del autor de La Realidad y el Deseo: “plenitud de sentido / de una verdad moral definitiva”.

     La mística de San Juan de la Cruz también tiene su espacio en este libro. El vate se encuentra con la emoción que produce al alma haber llegado hasta el estado de perfección más alto; así que se niega y se translumina; en su interior lucha contra sí e indaga en lo puro inexpresable del Vacío que existe detrás del vacío. ¿La Nada? ¿El Todo? Jesús Cánovas se adentra en la densidad lírica del tono amoroso —diría, incluso, en su mística—, pues aparece el Amor como negación de la negación, como una suerte de koan cuya resolución está más allá del concepto y de la razón. El Amor niega cuando ama, cuando afirma. Versa lo etéreo e intangible, pero utiliza la imagen más adecuada, el término más exacto, para, desde la noche profunda del alma, ser en la amada. De nuevo recurre al soneto en el segundo poema de esta serie, ahora construido a base de endecasílabos blancos. “Temblor de leve luna por sus ojos”. Y afirma con rotundidad su maestría como sonetista.

     Todo lucha y se opone ante sí. Materia y espíritu son la luz y la sombra entre las que se debate conflictivamente el hombre. Los poemas dedicados a Quevedo rebosan juego verbal y conceptismo. Son la fugacidad de la vida (tema barroco) hecha parodia y cruel ironía. La derrota de quien ha luchado por vivir.

     El “duende” de García Lorca está presente en la serie dedicada al poeta asesinado en Granada. Hay una visión trágica, profunda y trascendente de su Andalucía. Dolor. Sangre. Sensualidad. Luna. Amor. Muerte. Destaca la fuerza metafórica de las imágenes. Son versos inquietos, desasosegados. Una incursión audaz por el surrealismo y las imágenes oníricas.

     Cuando Jesús habla de Miguel Hernández, se intuye la honda simpatía que le inspira el poeta oriolano. El tono elegíaco elegido para los poemas de su homenaje así lo hace entrever. Se combinan el dolor y la fuerza social como elementos esenciales. El dolor se hace soneto en la afirmación del poeta. Y la fuerza social se acentúa en la denuncia del horror bélico, esa muerte ignominiosa de la justicia a manos de la barbarie. Son reconocibles algunos de los términos utilizados por el poeta pastor: siembra, barbechos, cárceles. Utiliza el soneto, los heptasílabos y la silva para identificarse con los sentimientos nobles y altruistas de un hombre —el insigne alicantino olvidado por el régimen franquista en la cárcel, condenado a muerte por inanición y miseria, por el delito (maldita la gracia que me hace el vocablo) de defender la verdad y la vida, la libertad y el respeto— que merece la más alta consideración sólo por el hecho de ser fiel a sus principios.

     Recuerdos de la casa muerta es el texto dedicado a Carlos Edmundo De Ory. Es un poeta no adscrito especialmente a ninguna generación, aunque por edad debería ser ubicado en la de los cincuenta. En los poemas que se le dedican, sobre todo en el segundo —el cual se introduce con una cita de Eduardo Chicharro, fundador del “postismo” en la España de grises de la posguerra—, existe cierto caos verbal y desorden formal que hacen que aumente la sensación —tras la lectura— de tensión trágica. La memoria se sume en una tristeza profunda, explicitada en el símbolo de la casa. Es la expresión de un estado de abatimiento que se exporta a las paredes (ficticias) de un entramado —quizá no limitado físicamente— en el que puede reconocerse la soledad del encuentro con la página en blanco, esa terrible angustia que lleva al poeta a verter sus sentimientos más profundos, más inefables, en versos muy densos. Representa la palabra hecha abstracción, acaso osadía. Una antítesis de la palabra viva, luminosa. O quizás quepa preguntarse si lo luminoso está en las sombras menos comprensibles. ¿Quién lo sabe?

     Del poema dedicado a la memoria de J. A. Goytisolo, últimas palabras para Julia, se podría decir que es el epílogo del libro más conocido de dicho autor. Es la despedida de quien, con la muerte rondando los alvéolos de sus pulmones, pide apenas nada, un beso que acompañe su entrada definitiva en el reino de las sombras. Y con un beso la muerte, que es el ángel negro, rapta el alma del moribundo.

     Va cerrándose el recorrido por las voces subrayadas en el cuaderno de Jesús Cánovas con un poema que afirma la identidad, por encima de todos los avatares de la existencia, del poeta comprometido. Un vate que con marcada elocuencia se sincera consigo mismo. Sí a la Vida, pues ésta se impone a la muerte: Alegría. Soy, es el homenaje a José Hierro.

     Le sigue un poema magnífico, una excelencia del buen hacer donde se aúnan forma y contenido para conseguir destellos áureos de la belleza. Contornos de la luz, entre perfectos endecasílabos que destilan claridad, nos va acercando, con la figura de Claudio Rodríguez, hacia un final consecuente con la filosofía de este poemario. Se establece un arco, a modo de ecuación matemática, entre la Vida, el Amor y la Luz que trascienden a la misma muerte y la transluminan.

     En Juan de Arguijo, simboliza Jesús el homenaje a todos los poetas. Es el apartado con que se cierra el libro. Un final abierto, vaya por delante. Arguijo explica la indolencia del poeta, ajeno al mundo materialista, que no aprecia los bienes de la fortuna y que vive alentado por el favor de las musas creativas. El personaje en cuestión quemó la fortuna del padre protegiendo a poetas, siendo mecenas de bohemios. Ante la persecución de los acreedores se refugió en casa de jesuitas. Consciente de su falta de codicia, entregado a la belleza, Don Juan de Arguijo terminó sus días puliendo el soneto y tañendo la vihuela. Que no es mal terminar, añade el que estas líneas escribe, si hay buen sustento. ¡Que la diosa fortuna provea!

     Diremos, para ir concluyendo, que Jesús Cánovas es heredero de una rica y extensa tradición poética —la hispánica, fundamentalmente, ¿pues de qué otra lo iba a ser?—, la que en un impecable hacer muestra con dominio y maestría en la celebración de su presencia. El vate ha realizado en este poemario un ejercicio de gratitud —de amplio calado—, un recorrido por algunos de los nombres más significativos de la poesía española, que suponen un homenaje a su diversidad polifónica. Su voz, inequívoca, tras las voces alienta a las voces y se suma y resuena en el coro de las mismas, ésas que configuran, en palabras de Bachelard, “la alegría del aliento”.

     La lectura de Transluminaciones y presencias, constituye un plácido deleite literario, sugiere un proceso de conocimiento, la oportunidad de entrar en la mente del poeta, en su vena creadora, en sus zozobras y en sus virtudes, con la confianza añadida de que con este libro se ampliarán los horizontes sensitivos del lector motivado por crecer.

     

Mariano Valverde Ruiz nació en Lorca, España (1958). Poeta, narrador y profesor de Enseñanza Primaria en la Comunidad Autónoma de Murcia. Miembro cofundador del Grupo Espartaria de Poesía. Ha publicado los libros de poesía: Esquirlas de carne (Lorca, 1999); Tierra de papel (Lorca, 1999); Ahora que me deja la vida (Lorca, 1999); El deseo o la luz (Murcia, 2004); y El fuego del instinto (Madrid, 2006). Algunos poemas y relatos han sido publicados en obras colectivas: Antología de Espartaria (Lorca, 1999); Poetas de Alicante y Murcia (Benferri, 2002); Trazado con Hierro (Madrid, 2002); Poetas con el mar (Cartagena, 2003); La fuente del oro (Lorca, 2005).