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TRANSLUMINACIONES
Y PRESENCIAS
Escritor:
Jesús Cánovas Martínez
Editora Regional de Murcia (Poesía)
102 páginas. (2005)
ISBN 84-7564-297-7

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Tras la serena lectura de Transluminaciones y
presencias, el lector tendrá la sensación de
hallarse ante un compendio de poesía; sentirá el tacto
delicado de un ala de luz que se alza sobre las
sombras. Si nos acercamos con detenimiento al libro,
podremos entender que la idea fundamental que reside
en sus páginas es la de homenaje. El autor
celebra la presencia de quienes con su verbo le
han tocado las fibras sensitivas de la conciencia. Es
la constatación de la realidad textual configurada
mediante una presencia atemporal, que no muere porque
vive entre las páginas amarillas de los libros, que se
encarna y reencarna sucesivamente a través de la
escritura, y que se perpetúa más allá de las modas
circunstanciales de cada época.
Con Transluminaciones y presencias, Jesús
Cánovas da un paso más en su ya sólida trayectoria
poética; un paso firme y granado, que marca una
dirección ineludible, poema a poema, hacia el
horizonte de su propia eternidad. En este poemario nos
deja versos necesarios para entrever cuál puede ser el
rumbo que debemos seguir los demás en el arduo intento
que conforma la búsqueda de nuestra identidad como
creadores y como seres vivos. El título de la obra es,
de por sí, revelador de su contenido. Los homenajes no
se plasman como algo externo a los autores. Se
desarrollan conjeturas e indagaciones sobre las
identidades poéticas que más hondo calado han
producido en el autor; versos y conceptos, a través de
los cuales ha pasado la luz del tiempo creativo
iluminando al vate. Los poemas son una mímesis
que no pretende ser cerrada, sino transluminadora
(concepto empleado por Juan Ramón Jiménez). El vate
intenta entrar más en el fondo de la expresión del
autor homenajeado que en la forma —aunque en algunos
casos sí lo hace— y desde ese fondo conceptual
consigue trascenderlo, iluminarlo. Se desarrolla de
manera magistral un discurso íntimo, mesuradamente
intenso y reflexivo, que mantiene, a lo largo de las
páginas proteicas de este poemario, la inefable
vocación poética de su autor, la necesidad vital de la
escritura como paradigma de la esencia del ser. Son
páginas a través de las cuales se interpreta la
tensión de la emoción dramática y sus consecuencias
literarias: el conocimiento y la belleza. Y todo ello
con lúcida resonancia, con dominio de los recursos
estilísticos y con una voz que se tersa y concierta
siempre en torno al enigma de la encrucijada
existencial.
Estamos ante un libro, en su más pura esencia,
polifónico, en el que el autor, sin perder su propia
voz, ha sabido mimetizar una pluralidad de voces
“asumidas” dentro de un esqueleto armónico que
confiere consistencia y entidad a toda la obra. Hay
que resaltar el carácter hímnico con el que el poeta
se acerca a sus vates favoritos, aquellos que han
tenido una influencia trascendental en su forma de
entender el hecho poético. Jesús entra en la fragancia,
en el estilo, y en algunos casos, en la temática, de
los poetas aquí homenajeados. Consecuentemente,
podemos decir que los autores festejados —en el mejor
sentido poético de la expresión— son pretexto para
adentrase en los grandes temas de la poesía.
Jesús consigue con profundidad, hondura de
sentimientos, y talante creativo, indagar sobre la
esencia del ser desde una privacidad que alcanza tonos
universales. Despliega una red con mayas de memoria y
nudos metafóricos que lanza sobre los arenales de la
muerte, sobre las playas salvajes o las calas dormidas
del amor, y lo hace desde la metafísica eterna del
tiempo. Nos presenta a Tánatos y Eros frente a frente.
Como árbitro de ese juego —sublime y trascendido—, el
siempre inefable Cronos.
Las formas que cobijan la arquitectura espacial de los
poemas son variadas. Verso libre, sonetos, silva,
composiciones en heptasílabos, endecasílabos. En
algunos casos, sobre todo en los sonetos, emplea rimas
clásicas. En otras composiciones hay requiebros
semánticos, tenues asonancias o giros sintácticos que
aportan singularidad y cierta originalidad no exenta
de riesgos. Mención especial merece el lenguaje
utilizado, una amplísima gama de palabras entre las
que se usan términos poco usuales, cultismos, y léxico
actual, sabiamente mezclados. Según los textos
dedicados a uno u otro autor, a una u otra época,
Jesús ha sabido elegir aquel lenguaje que mejor
sintoniza. Un despliegue de recursos que el vate
emplea a su criterio, conocedor de que cada poema,
según sus contenidos, pide la forma adecuada para que
quede resaltada la máxima expresión, la belicosa
serenidad del fruto creativo. Cuestión que ha venido
demostrando Jesús Cánovas en sus obras publicadas a lo
largo de los años y que sigue acentuando en este libro.
La poesía es para Jesús el aire vital que le mantiene
frente al dolor, la realidad cotidiana, o quizá más
aún, me atrevo a decir (una vez leídas sus obras) que
es una yuxtaposición abierta entre las obligaciones
del ser y la necesidad de volar, de dar forma a las
esencias primarias y primordiales que sustentan a ese
ser. Desde una personalidad compleja y riquísima en
registros, el vate construye poemarios en los que ya
apunta expresiones que se encuentran en éste. Un mundo
melancólico, nostálgico, delimitado por la soledad,
también por el amor, y la presencia final de la muerte,
como ya se expresaba en la Luz Herida (Espartaria
1999). La exploración de los sonidos de su entorno,
también los que dimanan de su espíritu, como se
muestra en Estridularia (Myrtia 1999). El
aliento de lo arcano y la exégesis de sus sonetos en
A la desnuda vida creciente de la nada (Betania
1989), donde pone su angustia, su zozobra, en
consonancia con la del último Miguel Hernández; una
confrontación, cara a cara, con la muerte. La aventura
de la libertad creativa, la arcadia del poeta, hecha
sinfonía, como refleja Fanal de la aventura (Hipocampo
2000). O la oración trascendente de Kyrie Eleison
(1994). Todo hace confirmar que, sin el menor género
de dudas, estamos ante un poeta maduro, hecho a sí
mismo con esfuerzo y constancia, un vate que disfruta
con lo que hace, que se mantiene fiel a sus ideas, que
proyecta su perspectiva personal en una obra variada y
consecuente con sus inquietudes, y que, sobre todo, se
resiste a caer en las tentaciones del verso fácil;
prefiere adentrarse en los enigmas filosóficos que
desde siempre han fustigado las mentes de los hombres
que se han atrevido a pensar.
Una vez expuestas algunas generalidades y antes de
adentrarnos en un análisis más pormenorizado de la
estructura interna del poemario, en su paladar e
intenso sabor, conviene detenerse en las citas que lo
introducen.
La primera, extraída del
relato de Borges Pierre Menard, autor del Quijote,
pone de manifiesto la intención de entrar en cada
autor, ser el autor mismo. Aunque no se trata, como se
verá, de realizar paráfrasis, sino de alumbrar una
identidad.
La cita de Ricardo Reis (heterónimo de Pessoa) matiza
a la anterior. Frente al tiempo que todo lo diluye,
queda la palabra. Una palabra que supone la
difractación del autor que la pronuncia, su pluralidad.
En este sentido, el libro constituye una manera
singular de entender los heterónimos. Tras la síntesis
le sigue el análisis: lo mismo deja de ser lo mismo y
se convierte en lo otro.
La tercera cita
correspondiente a la Tabla esmeralda hace
mención al juego de posibilidades que introducen las
comparaciones analógicas. Lo que hemos denominado
lo otro no pierde la semejanza con lo mismo,
por lo que se mantiene el gozne entre ambos. Al fin y
al cabo, los temas que aborda la poesía —por no decir
el tema— son los mismos y se repiten una y otra vez,
aunque con distintos matices.
Abren el poemario unos poemas dedicados al Quijote
en el año del cuarto centenario del libro de Miguel
de Cervantes. Son versos destinados a insistir en
la necesidad de la ironía y que propician un juego
complejo, una clave no del todo desvelada. Acaso el
vate asocia su quehacer literario a la figura del
personaje clásico; es un Quijote “vencido de la
realidad del mundo”, “una sombra apenas que se desliza
/ por los álamos serenos de la noche”. Pero sin
embargo nos demuestra su afinada búsqueda de la verdad;
una verdad universal que sólo es posible atisbar ante
el silencio, la serenidad, y quizá, entre las nubes.
Tres sonetos nos adentran en el universo personal de
Unamuno. Desde un tono metafísico se ensalza el
pensamiento, la sed y el hambre de luz. Atreverse a
pensar es el reto. Algo totalmente necesario en los
tiempos actuales que parecen estar marcados por la ley
de la simpleza, el todo vale, y la obstinada negación
del hombre. El vate utiliza un lenguaje rico en
términos no demasiado usuales y lo hace para acercar
la palabra al concepto preciso, a la visión sutil de
las cosas y a la pureza del encuentro sentimental con
el conocimiento.
Con versos alejandrinos nos introduce en el claroscuro
de José Luis Hidalgo. Nos habla de uno de los
grandes temas literarios de todos los tiempos: la
muerte. Se incide una vez más en su presencia
inequívoca, su realidad intangible; el fiero Tánatos
siempre esperando con su manto de sombra al final de
todo camino. Pero nos abre una mínima ventana a la
esperanza; lo hace contra corriente, a pesar de los
funestos augurios con que nos asusta el destino:
“no muere el que ama y crea”, nos dice el poeta.
Absolutamente desgarradores son los poemas dedicados a
Blas de Otero. Representan el grito vital ante
la crudeza de la realidad. Son la dicotomía entre el
Dios presente y el Dios ausente. La búsqueda ansiosa
de una argolla a la que asirse por parte del hombre
herido. La huida del espanto de la soledad. Una
oración que se fragua en el interior de las membranas
de la desesperación y estalla en el exterior de la
palabra como un clamor exacerbado y dolido.
“En el espejo de esta
noche alcanzo / mi insospechado rostro eterno”.
Con estos versos de Borges, la palabra poética
de Jesús es también laberinto: los ojos del ciego. El
sentido único de la obra —el sentido que el autor
quiere dar a su texto— se convierte por el ejercicio
de la lectura —normalmente en un espacio-tiempo
distinto— en el sentido (o los sentidos) que el lector
le otorga. Leer es entonces una operación sincrónica.
Jesús incide en el motivo del laberinto que como
símbolo es una superficie de papel que contiene un
texto circularmente referido a sí mismo. Un texto,
como el de Borges, que todos reconocen aunque
no siempre conocen bien.
La serie de poemas dedicados a Neruda tiene
como tema central el amor. En torno a él, a su
necesaria presencia para poder ser completamente, se
mueven las palabras: “ebriedad de luces, mis
palabras giran”. El vate versa un amor no sujeto a
ritmos que encorseten el pulso irregular del
sentimiento amoroso. El poeta indaga, se pregunta por
los orígenes del ser que da soporte a sus emociones y
que es destino de sus anhelos. La amada es el valuarte
donde se abisman todos los frutos etéreos de la vida.
Se sublima el amor, se ensalza el erotismo y la
sensibilidad mediante una incontrolada torrencialidad
del lenguaje. Es la negativa a limitarse, la ambición
de totalidad.
A base de composiciones, básicamente en heptasílabos y
eneasílabos, Jesús nos sigue hablando del amor; en
esta ocasión al modo de Pedro Salinas. En
cuatro poemas, —atildadamente rítmicos—, el amor
vuelve a alzar su vuelo ingrávido. Se busca a la amada
y se la encuentra: “sin sombra ni mácula / imagen
de lo eterno”. Y es esa amada hecha realidad la
que con su amor aleja de la mentira y la falsedad y
concita un mundo habitable. Vuelven a aparecer los
símbolos. Se resalta el blanco, color de pureza, de
paz, de sosiego. Y así con la claridad de la palabra
certera, bien dicha y sin opción a dudas, el poeta
proclama su amor a los cuatro vientos del orbe. ¡Bendita
celebración!
Especial atención merece
la serie de poemas en transfigurada presencia
que tienen como objeto la obra de Juan Ramón
Jiménez. En el primero de ellos se dan algunas de
las claves del libro. El poeta habla sin ser él quien
expone, y, sin embargo, son suyos los argumentos que
esgrime; es y no es, se esconde, se busca; juega con
el espejo y sus reflejos, se encuentra y no se
encuentra. Luego, el resto de la serie, parece ser un
sucinto viaje por el Amor que se aúna con la Muerte y
celebra su boda, tema recurrente en Juan Ramón Jiménez
y que Jesús Cánovas exalta y recrea con un intenso
dramatismo. Honda melancolía. Rigor. Pulido impecable.
Sentimentalismo. Fuerza. Vitalidad. Experiencia
interior. En los últimos poemas de la serie se observa
el panteísmo lírico de la última etapa del
poeta de Moguer. “Así la tarde, / en tus pestañas
cayendo”. El último de ellos supone una alegoría
de la Muerte.
Y cuál es la dádiva que nos deja la poesía más sincera.
Cuál es la cadencia del sentimiento que más nos llega.
Cómo se articulan los músculos de la magia del poema.
Todas esas preguntas quizá tengan respuesta si la
buscamos adentrándonos, sin limitaciones objetivas, en
el tono intimista que hace posible que afloren los
sentimientos más nobles del espíritu. Ése es el tono
dominante en los poemas que homenajean a Manuel
Altolaguirre. Sentimientos puros plasmados en
poemas cortos pero muy intensos. Ausencia. Silencio.
Tristeza. Dudas. La amada —el Amor—, se funde y se
diluye: se trasciende de sí mismo. “En mi desierto,
/ las lánguidas arenas / tejen cuerdas indecisas”.
Con Leonor en sombra, Jesús se acerca a
Antonio Machado mediante un poema y un texto en
prosa. Nos recuerda su sencillez melancólica, su
nostalgia; nos habla del sentimiento del paso del
tiempo, de la contemplación de la primera infancia
desde el refugio del intimismo, de la emoción ante la
presencia-ausencia de la mujer. Despliega ante los
lectores, para deleite de los amantes de este genial
poeta español, un certero estudio de la voz poética
machadiana, que es a la vez, una visión completa de la
poesía. Un auténtico gozo para los sentidos que
definen la emoción, y para los ojos —siempre
agradecidos— con que nos podemos acercar a la espina
dorsal de la que es una voz inigualable.
Los poemas que recuerdan a Bécquer se asoman al
existencialismo desde el intimismo. La poesía brota
del alma como una chispa eléctrica. Las imágenes se
suceden como pinceladas de color que gotean sobre la
superficie de las palabras. La mano del poeta acaricia
la memoria y se compone el paisaje, el camino, la
niebla y hasta el vacío. Y al final, es la realidad la
que despierta al creador de su sueño, de su quimera,
de su osadía. Entonces sólo queda aferrarse a un
mástil de rebeldía e intentar que la nave del silencio
navegue por aguas románticas. Seguramente, el poeta
sevillano habría dado por bueno este sentimiento. En
cuanto a lo que versa Jesús, no cabe la menor duda.
Ofelia, la eterna Ofelia, sigue pasando, y canta y
coge flores.
Un largo poema elogia la
figura de Cernuda. El vate defiende con
palabras apasionadas la pervivencia de la voz de
Cernuda, su actualidad, y su valor futuro. Hace un
repaso por algunos paisajes de la vida del andaluz que
fue una revelación de autenticidad. Con magistrales
giros sintácticos, nos habla de la soledad del poeta,
de su infancia, de su destierro: “pájaro solitario
en el espino”. Con dos versos rotundos describe
Jesús el valor universal de la palabra del autor de
La Realidad y el Deseo: “plenitud de sentido /
de una verdad moral definitiva”.
La mística de San Juan de la Cruz también tiene
su espacio en este libro. El vate se encuentra con la
emoción que produce al alma haber llegado hasta el
estado de perfección más alto; así que se niega y se
translumina; en su interior lucha contra sí e
indaga en lo puro inexpresable del Vacío que existe
detrás del vacío. ¿La Nada? ¿El Todo? Jesús Cánovas se
adentra en la densidad lírica del tono amoroso —diría,
incluso, en su mística—, pues aparece el Amor como
negación de la negación, como una suerte de koan
cuya resolución está más allá del concepto y de la
razón. El Amor niega cuando ama, cuando afirma. Versa
lo etéreo e intangible, pero utiliza la imagen más
adecuada, el término más exacto, para, desde la noche
profunda del alma, ser en la amada. De nuevo recurre
al soneto en el segundo poema de esta serie, ahora
construido a base de endecasílabos blancos.
“Temblor de leve luna por sus ojos”. Y afirma con
rotundidad su maestría como sonetista.
Todo lucha y se opone ante sí. Materia y espíritu son
la luz y la sombra entre las que se debate
conflictivamente el hombre. Los poemas dedicados a
Quevedo rebosan juego verbal y conceptismo. Son la
fugacidad de la vida (tema barroco) hecha parodia y
cruel ironía. La derrota de quien ha luchado por vivir.
El “duende” de García
Lorca está presente en la serie dedicada al poeta
asesinado en Granada. Hay una visión trágica, profunda
y trascendente de su Andalucía. Dolor. Sangre.
Sensualidad. Luna. Amor. Muerte. Destaca la fuerza
metafórica de las imágenes. Son versos inquietos,
desasosegados. Una incursión audaz por el surrealismo
y las imágenes oníricas.
Cuando Jesús habla de Miguel Hernández, se
intuye la honda simpatía que le inspira el poeta
oriolano. El tono elegíaco elegido para los poemas de
su homenaje así lo hace entrever. Se combinan el dolor
y la fuerza social como elementos esenciales. El dolor
se hace soneto en la afirmación del poeta. Y la fuerza
social se acentúa en la denuncia del horror bélico,
esa muerte ignominiosa de la justicia a manos de la
barbarie. Son reconocibles algunos de los términos
utilizados por el poeta pastor: siembra, barbechos,
cárceles. Utiliza el soneto, los heptasílabos y la
silva para identificarse con los sentimientos nobles y
altruistas de un hombre —el insigne alicantino
olvidado por el régimen franquista en la cárcel,
condenado a muerte por inanición y miseria, por el
delito (maldita la gracia que me hace el vocablo) de
defender la verdad y la vida, la libertad y el respeto—
que merece la más alta consideración sólo por el hecho
de ser fiel a sus principios.
Recuerdos de la casa muerta es el texto dedicado a
Carlos Edmundo De Ory. Es un poeta no adscrito
especialmente a ninguna generación, aunque por edad
debería ser ubicado en la de los cincuenta. En los
poemas que se le dedican, sobre todo en el segundo —el
cual se introduce con una cita de Eduardo Chicharro,
fundador del “postismo” en la España de grises
de la posguerra—, existe cierto caos verbal y desorden
formal que hacen que aumente la sensación —tras la
lectura— de tensión trágica. La memoria se sume en una
tristeza profunda, explicitada en el símbolo de la
casa. Es la expresión de un estado de abatimiento que
se exporta a las paredes (ficticias) de un entramado —quizá
no limitado físicamente— en el que puede reconocerse
la soledad del encuentro con la página en blanco, esa
terrible angustia que lleva al poeta a verter sus
sentimientos más profundos, más inefables, en versos
muy densos. Representa la palabra hecha abstracción,
acaso osadía. Una antítesis de la palabra viva,
luminosa. O quizás quepa preguntarse si lo luminoso
está en las sombras menos comprensibles. ¿Quién lo
sabe?
Del poema dedicado a la memoria de J. A. Goytisolo,
últimas palabras para Julia, se podría decir
que es el epílogo del libro más conocido de dicho
autor. Es la despedida de quien, con la muerte
rondando los alvéolos de sus pulmones, pide apenas
nada, un beso que acompañe su entrada definitiva en el
reino de las sombras. Y con un beso la muerte, que es
el ángel negro, rapta el alma del moribundo.
Va cerrándose el recorrido por las voces subrayadas en
el cuaderno de Jesús Cánovas con un poema que afirma
la identidad, por encima de todos los avatares de la
existencia, del poeta comprometido. Un vate que con
marcada elocuencia se sincera consigo mismo. Sí a la
Vida, pues ésta se impone a la muerte: Alegría. Soy,
es el homenaje a José Hierro.
Le sigue un poema magnífico, una excelencia del buen
hacer donde se aúnan forma y contenido para conseguir
destellos áureos de la belleza. Contornos de la luz,
entre perfectos endecasílabos que destilan claridad,
nos va acercando, con la figura de Claudio
Rodríguez, hacia un final consecuente con la
filosofía de este poemario. Se establece un arco, a
modo de ecuación matemática, entre la Vida, el Amor y
la Luz que trascienden a la misma muerte y la
transluminan.
En Juan de Arguijo, simboliza Jesús el homenaje
a todos los poetas. Es el apartado con que se cierra
el libro. Un final abierto, vaya por delante. Arguijo
explica la indolencia del poeta, ajeno al mundo
materialista, que no aprecia los bienes de la fortuna
y que vive alentado por el favor de las musas
creativas. El personaje en cuestión quemó la fortuna
del padre protegiendo a poetas, siendo mecenas de
bohemios. Ante la persecución de los acreedores se
refugió en casa de jesuitas. Consciente de su falta de
codicia, entregado a la belleza, Don Juan de Arguijo
terminó sus días puliendo el soneto y tañendo la
vihuela. Que no es mal terminar, añade el que estas
líneas escribe, si hay buen sustento. ¡Que la diosa
fortuna provea!
Diremos, para ir concluyendo, que Jesús Cánovas es
heredero de una rica y extensa tradición poética —la
hispánica, fundamentalmente, ¿pues de qué otra lo iba
a ser?—, la que en un impecable hacer muestra con
dominio y maestría en la celebración de su presencia.
El vate ha realizado en este poemario un ejercicio de
gratitud —de amplio calado—, un recorrido por algunos
de los nombres más significativos de la poesía
española, que suponen un homenaje a su diversidad
polifónica. Su voz, inequívoca, tras las voces alienta
a las voces y se suma y resuena en el coro de las
mismas, ésas que configuran, en palabras de Bachelard,
“la alegría del aliento”.
La lectura de Transluminaciones y presencias,
constituye un plácido deleite literario, sugiere un
proceso de conocimiento, la oportunidad de entrar en
la mente del poeta, en su vena creadora, en sus
zozobras y en sus virtudes, con la confianza añadida
de que con este libro se ampliarán los horizontes
sensitivos del lector motivado por crecer.
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Mariano Valverde Ruiz
nació en Lorca, España (1958). Poeta, narrador y
profesor de Enseñanza Primaria en la Comunidad
Autónoma de Murcia. Miembro cofundador del Grupo
Espartaria de Poesía. Ha publicado los libros de
poesía: Esquirlas de carne (Lorca, 1999);
Tierra de papel (Lorca, 1999); Ahora que
me deja la vida (Lorca, 1999); El deseo o
la luz (Murcia, 2004); y El fuego del
instinto (Madrid, 2006). Algunos poemas y
relatos han sido publicados en obras colectivas:
Antología de Espartaria (Lorca, 1999);
Poetas de Alicante y Murcia (Benferri, 2002);
Trazado con Hierro (Madrid, 2002);
Poetas con el mar (Cartagena, 2003); La
fuente del oro (Lorca, 2005). |
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