Miami
Estados Unidos
Año VIII

 Nº 43/44

Escríbanos   

 

 

Publicada por Ediciones Baquiana

Director Ejecutivo

Patricio E. Palacios

Directora de Redacción

Maricel Mayor Marsán

Consejo de Redacción

Dr. Humberto López Cruz

Universidad Central de la Florida en Orlando

 

Dr. René C. Izquierdo

Miami Dade College Recinto de Kendall

 

Profesora Myra Medina

Miami Dade College

Recinto Norte

 

Dr. Gerardo Piña Rosales

Universidad de la Ciudad de Nueva York (CUNY)

Universidad de Columbia

Nueva York

 

Dra. Alicia E. Vadillo

Universidad Estatal de Nueva York en Oswego

 

Dra. Lidia Versón

Universidad de

Puerto Rico

 Recinto de Río Piedras

 

Asesor Técnico

Luis H. Beltrán

 

   Asesor de Arte

Carlos Quevedo

 

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Boletín Informativo

Reciba por correo electrónico una síntesis de las principales noticias literarias

 


CUBA

 

FELIPE LÁZARO


Nació en Güines, Cuba (1948). Salió de Cuba en 1960, residiendo en Puerto Rico hasta 1967 y, desde entonces, en España. Licenciado en Ciencias Políticas y Sociología por la Universidad Complutense de Madrid, en dos especialidades: Estudios Internacionales e Iberoamericanos. Terminó los Cursos Monográficos del Doctorado en la mencionada universidad. Diplomado en Estudios Internacionales por la Escuela Diplomática de España. Master en Administración de Empresas por el Instituto de Empresa de Madrid. Fue uno de los fundadores de las revistas Testimonio (1968), La Burbuja (1984) y Encuentro de la Cultura Cubana (1996), y Redactor Jefe del periódico La Prensa del Caribe (1997-1998), editado por el Centro de Estudios del Caribe en Madrid. Obtuvo la Beca Cintas (1987-1988) que concede el Institute of International Education de Nueva York. Actualmente reside en Madrid, donde dirige la editorial BETANIA desde 1987. Vicepresidente de la Asociación Cultural Gastón Baquero y miembro de honor de la Asociación Cultural “Con Cuba en la distancia”, con sedes en Sevilla y Cádiz, respectivamente. Pertenece al Consejo Editorial de la Revista Hispano Cubana y del Boletín del Comité Cubano Pro Derechos Humanos (España) publicadas en Madrid. Ha publicado en poesía: Despedida del Asombro (1974), Las Aguas (1979), Ditirambos Amorosos (1981), Los muertos están cada día más indóciles (1986 y 1987), Un sueño muy ebrio sobre la arena (2003), Data de Scadenza (Antología poética), traducción de Gaetano Longo (Trieste, 2003) y la antología poética Fecha de Caducidad (Madrid, 2004). Antologías: 9 poetas cubanos (1984), Poesía Cubana Contemporánea (1986), Poetas Cubanos en España (1988), Poetas Cubanos en Nueva York (1988), la antología bilingüe Poetas Cubanas en Nueva York / Cuban Women Poets in New York (1991), coautor con Bladimir Zamora Céspedes de Poesía Cubana: La Isla entera (1995), y Al pie de la memoria. Antología de poetas cubanos muertos en el exilio,1959-2002 (2003). Otros libros: Conversación con Gastón Baquero (1987 y 1994), Entrevistas a Gastón Baquero de VV. AA. (1998) y Gastón Baquero: La invención de lo cotidiano (2001). Colaboró con trabajos en los libros: Cuba: voces para cerrar un siglo (Testimonios de escritores cubanos en la Isla (I) y en el exterior (II) (Suecia: Olof Palme International Center, 1999), compilación y prólogo de René Vázquez Díaz; en La Patria sonora de los frutos. Antología poética de Gastón Baquero (La Habana: Ediciones Letras Cubanas, 2000), de Efraín Rodríguez Santana; en Creación y Exilio. Memorias del I Encuentro Internacional “Con Cuba en la distancia” (Madrid: Editorial Hispano Cubana, 2002), selección y prólogo de Fabio Murrieta y en el I Congreso Internacional de Cultura Cubana (Cádiz: Editorial Aduana Vieja, 2004), de VV.AA. Su poesía ha sido seleccionada en diversas antologías, como: La poesía de las dos orillas. Cuba, 1959-1993 (Libertarias/Prodhufi, 1994), de León de la Hoz; Poetas sin fronteras (Verbum, 2000), de Ramiro Lagos; La isla en su tinta. Antología de la poesía cubana (Verbum, 2000), de Francisco Morán; Antología de la Poesía Cubana, Vol.IV (Verbum, 2002), de Ángel Esteban y Álvaro Salvador; Poemas Cubanos del siglo XX (Hiperion, 2002), de Manuel Díaz Martínez y Las cuatro puntas del pañuelo. Poetas cubanos de la diáspora (Plaza Mayor, 2004), de Odette Alonso Yodú.


 

 

TRANSPLANTADO

 

      transplantado

vivir cotidianamente

                      como agonizando

mantenido por savia propia

raspando paredes para encontrar verdades

caminar sin leer las calles 

                 ni anuncios

                 ni nombres de ciudades              

para hacerlo todo aún más ficticio

así darnos cuenta de lo irreal presente

construyendo ese ideal más humano del futuro

que nos ha tocado soñar...

 

(Despedida del asombro, 1974)

 

 

 

NOSTALGIAS ARREBATADAS DEL NAUFRAGIO

 

Detrás de cada estancia evaporada

encuentro recuerdos

yaciendo quedamente acurrucados

al compás del olvido de los adioses

mientras llegan las distancias

                               agolpadas de tristeza

falleciendo de languidez

                          sin laureles pasados

                          ni protocolarios asuntos

así se presentan cual son:

nostalgias arrebatadas del naufragio...

 

(Despedida del asombro, 1974)

 

 

 

EL PASO LIGERO SIN PARADAS

 

reunir trozos de periódicos

       reconstruyendo la historia que escapa

       arañar un pasado en el que quisimos estar

desentrañar las verdades ocultas tras tanto

                                             panfleto

escurrirse taciturno para evitar

            las inevitables preguntas

huir antes de que te encasillen

           el no querer entablar el diálogo bizantino

así proseguir

           el paso ligero sin paradas

        callando a los que te quieren de uno de los lados

        o aquellos que retan tu apatricidad apática

          impuesta por burócratas en papeles mohosos

pues en estos tiempos

     el ser hombre no es pertenecer a un país

     no basta con tener el pasaporte en regla 

     ni presta la banderita en la solapa...

 

(Despedida del asombro, 1974)

 

 

 

LLUEVE

 

Caen goterones zigzagueantes,

líneas inconclusas,

                    iluminadas rayas

que lloran la desierta ciudad

ennegrecida,

              apagada.

 

La calle, empapada de lágrimas,

sudada de la labor diaria,

descansa en la noche húmeda.

 

Todo se moja dilatadamente.

El suelo adquiere un brillo

especial de espejo,

donde quiero verme

                   y no me encuentro,

sólo agua,

           sólo lluvia

arrasando toda brizna,

quitando

         y

            removiendo polvo.

 

En realidad,

              sólo llueve.

 

(Las aguas, 1979)

 

 

 

ESTABA MUERTO DETRÁS DE LOS OJOS

 

“Déjame ser tu puta”, son palabras de Eloísa,

más él cedió a las leyes, la tomó por esposa

y como premio lo castraron después.

Octavio Paz

 

Todo comenzó con un estremecimiento del sudor

 

allí donde la piel se arruga

ocupándole suntuosa boca verdades de hombre

trepidando cadenciosamente electrizados cuerpos

 

Un día preguntó y la nada por respuesta fue su primera sorpresa

 

El que los poros soñaran bañarse cotidianamente pasó desapercibi­do

Los abrazos idos   a los días ya eran distintos

La frialdad convirtió en témpano lo inapreciable

       cubriendo una escarcha que mentalmente oxidaba

 

Repeticiones  zozobras  angustia acumulada

y no saber qué hacer esta noche

                        ni las tardes

                        o las mañanas

                        ningún día

                        jamás los minutos

cuando los meses fueron poseyendo desequilibradamente

apenas un segundo   una mal mirada puede destruir un ser

                    descomponer el cadáver de una convivencia

 

Estáticamente muda

       —como vieja fotografía del primer apartamento

       con su copa de coñac junto a la cama

       desnuda

                con sus ojos reclamando piel—

inauguró los reproches

con una furia inusitada

—como al principio le encantaba hacer el amor—

golpeándose los ridículos cabellos   por una culpa inexistente

 

La algarabía era extrañamente lejana

   procedía de lo más egoísta de los seres

Sólo unas paredes disconformes mostraban bondad

 

De noche todo deseo de venganza es poco

 

Las sombras ya languidecen y se marchan afanosamente

El contrato prosigue en unos papeles desafiantes e incoloros

Estas son las verdaderas actas judiciales

 

 

 

SUEÑOS DE RÁBULA

 

Abril es el mes más cruel.

T. S. Eliot

 

 

una especie de iceberg humano

perfecta como un diamante petrificado

 

no sabe de botellas vacías    de sábanas húmedas y olorosas

de la bofetada que sin recibirla te marca el rostro para siempre

 

tenuemente felina

miente   te acorrala   se salta las leyes

y en vez de hacer el amor le fascina ganar casos y más casos

 

jamás se acuerda del desdichado

cree a su cliente como cuando niña creía en el espíritu santo

 

le produce un inmenso placer el daño que hace   que sabe que hace

 

no admite barreras   brinca desnuda los obstáculos

una trapecista consumada

duerme constantemente con el Código entre las piernas

 

no consulta jamás el diccionario

pues sabe que las faltas de ortografía no impresionarán al juez

 

como es costumbre llegará cansada al hogar

su amigo de turno se contentará leyendo las Memorias de Adriano

 

ingerirá un somnífero para calmar su mala conciencia

no soñará con los casos profesionales pendientes

sino con los personales que le atormentan

 

así aparece regularmente un ogro que la devora

o la escena de violación en una calle cualquiera

 

otras veces es asaltada y despojada de su cartera repleta de calumnias

 

no obstante se trastorna cuando despierta sudada

   —en medio de grandes convulsiones—

soñando con los maridos de sus clientes

que sucesivamente le hacen el amor

                                   en su propio despacho

encima de su gran mesa

             ante la atónita mirada de un perro guardián

 

pero nada más alejado de la realidad:

era el marido que incontenible la poseía dormida

 

(Los muertos están cada día más indóciles, 1987)

 

 

 

REPENSANDO EN CUBANO UN POEMA DE NICANOR PARRA

 

Para Louis Bourne

 

Todas las mujeres en un definitivo poema:

las calladas, las patidifusas o acomplejadas,

las tímidas —nerviosas del colchón—,

las inconclusas,

también las secretarias.

 

Todas las féminas en desfile amoroso:

la bizca y la atormentada,

la miope o la cuerda.

 

Todas las damas lascivas

como miel de vida,

sensibles:

la señora o la ramera,

la matrona y la madama

(con perdón de Madonna).

 

La fiel esposa que después deviene en loba,

la media naranja y la cara mitad,

el ángel del hogar o la dulce enemiga.

 

La mujer pública, mundana, perdida.

La costilla de Adán

y las hembras.

 

Esas son algunas de las inquietas musas.

 

Faltan las que nunca deben olvidarse:

las amantes,

las imposibles,

las soñolientas,

hasta las perfectas

que en un interminable orgasmo consumen todo su ser.

¡Esas son las magníficas!

 

Finalmente quedan las irreparables,

las que cuestan lágrimas.

¡Esas son las perdibles!

 

(Un sueño muy ebrio sobre la arena, 2003)

 

 

 

UN SUEÑO MUY EBRIO SOBRE LA ARENA

 

Una copa con alas: quién la ha visto.

José  Martí

 

Dicen que el néctar de los dioses está vedado a los hombres,

más ellos confunden el almíbar con los jugos del destino.

 

Diría mejor:

copular con todo vaso repleto de lucidez

que esperar la ansiedad de un tiempo no realizado.

 

Llegaría incluso a maldecir mi época

antes que dejar una copa inconclusa.

 

Las grandes jarras hermanan brazos.

La intolerancia se disipa con un buen jerez,

cuyo aroma deslumbra a León de la Hoz

o un oloroso hace las delicias de Efraín Rodríguez Santana

asemejando a La Habana con Madrid un buen día de chateo.

 

Un trago de aguardiente desatasca toda garganta enmohecida

y permite entonar a Bladimir Zamora su más preciado son.

 

Gastón Baquero enseña a Armando Álvarez Bravo

la visibilidad de un escocés con zumo de manzana.

 

Un buen whisky de malta atesora un misterio

despejado por la palabra de Salvador Garmendia.

Y si es Jack Daniel'l Louis Bourne nos deleita con canciones

de Shakespeare o Marlowe en las viejas tabernas madrileñas.

 

¿Qué decir de un helado e inesperado vodka

que despierta la fantasía de Heberto Padilla y Nelson Simón,

danzando ambos hasta el amanecer del trópico,

en una interminable comparsa pinareña?

 

¿O de las eternas rubias, negras o tostadas cervezas

—propiedad en exclusiva del ubicuo José Mario—

que enfrían suavemente todo hilillo de vida?

 

A grandes sorbos empina su preferida Hatuey Mario Guillot

disertando sobre leones o alacranes, tigres o elefantes,

de los industriales o azucareros: cerveceros todos.

 

Una bella isla llamada Muriel

se regodea con el primer guarapo del mediodía,

escuchando una tenue danza cubana del XIX.

 

Hasta un suspiro del alma atormentada, como volcán aflora,

cuando los títeres de Teuco Castilla aparecen reales como la vida misma,

reclamando con cierta urgencia:”Un anís dulce con hielo por favor”.

 

Si el catire D'Jesús retrata el aura de la bohemia,

las botellas hablan de melancolía

y los cuerpos se vuelven transparentes.

 

Un rioja vuelve aún más roja toda piel

y “tinto en sangre” cantamos Los pájaros fornican en la Catedral,

repitiendo “la carne no tiene ruido” con Carlos Contramaestre,

agasajados por la sabia amistad literaria

que nos brindan Don Alfonso Ortega y Alfredo Pérez Alencart

en cada estancia salmantina.

 

La sabiduría adquiere tintes majestuosos

cuando Joaquín Ordoqui escancia un Ribera del Duero.

 

Los claretes de Valdepeñas suenan al clarinete D'Rivera

a cuyo compás Pío E. Serrano busca un rinoceronte perdido

en la aurora de un tierno despertar.

 

Un blanco catalán, preferentemente del Penedés,

hace ensayar a Adriano González León una clásica habanera,

que recuerda un criollísimo joropo venezolano

cantado por Carlos Pérez Ariza.

 

En una jota celestial se convierte la sidra asturiana

con fabes y almejas, o pote incluido,

mientras Waldo Balart construye sus cuadros.

 

La manzanilla de Cádiz hiela los más sutiles pensamientos

donde Rafael Soto Vergés y Antonio Hernández

juegan en la arena como niños asombrados

por la tranquilidad del Mediterráneo.

El mismo mar que contempla añorante Fabio Murrieta

desde otro Malecón, ahora gaditano.

 

El mejor vino mendocino es servido sutilmente

acompañando empanadillas y un gran asado

—el vacío tira la entraña—

en la azorada azotea de Marisa Monguillot.

Margarita López Bonilla diluye la social curda

con un toque de jengibre sobre el dulce de leche.

Las dos Alicias en el añejo Torrelodones

confirman una gran verdad:

¡Ah, las argentinas: Qué carne más consecuente!

 

Los jóvenes artistas con David Gall como anfitrión de hierro

acercan su calimocho en el Bar Vicente

y crean su economía alternativa:

madera Jorge, encuadernación Rosa,

cerámica el Kasker, serigrafía el Migue.

 

El interminable viaje de la gran cogorza

es filmado por Quique Álvarez en un destartalado tren matancero

con Alfredo Zaldívar como vigía,

Laura y Gisela como etéreas azafatas

y Carilda, siempre Carilda, en nuestros corazones.

 

Camilo Venegas se empapa de tequila y arroz blanco con maíz

y nos recuerda la etapa mexicana del Benny

o la actual de Alejandro González Acosta tras los pasos de Malcolm Lowry.

Es cuando Raúl Thomas nos embriaga con mezcal Gusano Rojo

y todos “culitos a la pared”,

entonando Las Mañanitas.

 

Nidia Fajardo se vuelve invisible con un trago de Havana 7

bañandose en las playas de otra isla.

Isleña ella, ya para siempre.

 

Manolo Díaz Martínez fija su vista en el Atlántico

paladeando un rotundo café negro

y nos diserta sobre una Habana ida,

mientras que Gaetano y Rada apuran un cuba libre.

 

Hasta el carajillo de la sobremesa despejará toda duda,

cuando César López prende su primer Cohiba

y Carlos Julio Báez nos brinda un soberbio Barcerló,

tendiendo puentes libertarios en las Antillas.

 

El daiquirí en Floridita para comprender la importancia de llamarse Ernesto,

como el siempre iterable mojito en la Bodeguita del Medio,

donde Pepe Prats y Antonio Pérez, como inefables comensales,

recuerdan al viejo Nicolás con sones montunos, yuca y congrí.

 

Y después de muchas penúltimas —siempre la penúltima—

al otro día, con un buen Bloody Mary o un Cubanito

—según las preferencias estrictamente etílicas—

un viejo danzón cantado por Barbarito

hará bailar a todas las hetairas del cielo.