Miami
Estados Unidos
Año VIII

 Nº 43/44

Escríbanos   

 

 

Publicada por Ediciones Baquiana

Director Ejecutivo

Patricio E. Palacios

Directora de Redacción

Maricel Mayor Marsán

Consejo de Redacción

Dr. Humberto López Cruz

Universidad Central de la Florida en Orlando

 

Dr. René C. Izquierdo

Miami Dade College Recinto de Kendall

 

Profesora Myra Medina

Miami Dade College

Recinto Norte

 

Dr. Gerardo Piña Rosales

Universidad de la Ciudad de Nueva York (CUNY)

Universidad de Columbia

Nueva York

 

Dra. Alicia E. Vadillo

Universidad Estatal de Nueva York en Oswego

 

Dra. Lidia Versón

Universidad de

Puerto Rico

 Recinto de Río Piedras

 

Asesor Técnico

Luis H. Beltrán

 

   Asesor de Arte

Carlos Quevedo

 

[FrontPage Save Results Component]

Boletín Informativo

Reciba por correo electrónico una síntesis de las principales noticias literarias

 


PERÚ

 

PORFIRIO MAMANI MACEDO


Nació en Arequipa (Perú) en 1963. Es doctor en Letras en la Universidad de la Sorbona. Se ha graduado también de abogado en la Universidad Católica de Santa María, y ha hecho estudios de Literatura en la Universidad de San Agustín (Arequipa). Ha publicado poemas y cuentos en varias revistas en Europa, Estados Unidos y Canada. Ha publicado, entre otros libros : Ecos de la Memoria (poesía) Editions Haravi (Lima, Perú, 1988);  Les Vigies (cuentos) Editions L’Harmattan (París, 1997); Voz a orillas de un río/Voix sur les rives d'un fleuve (poesía) Editiones Editinter (Francia, 2002); Le jardin el l’oubli (novela) Ediciones L’Harmattan (París, 2002); Más allá del día/Au-delà du jour  (poemas en prosa) Editiones Editinter (Francia, 2000); Flora Tristan, La paria et la femme Etrangère dans son œuvre (ensayo) L’Harmattan (París, 2003);  Voix au-delà de frontière (ensayo) L’Harmattan (París, 2003); Un été à voix haute  (ensayo) Trident neuf (Francia, 2004); Poème à une étrangère (poesía) Editions Editinter (Francia, 2005). Ha enseñado en varias universidades francesas. Actualmente reside en París y enseña en la Universidad de Pïcardie Jules Verne.


 

 

LA PALABRA

 

Para mi hija Alba Ondina Manuela

 

I

 

Nada es efímero, ni el dolor ni el placer.

Corremos de una puerta a un árbol solitario,

de un puente a una gruta que guarda el tiempo.

Cada mirada es un descubrimiento perfecto.

La lluvia es el sol que ocultan ciertas nubes.

Nuestra palabra es un grito irreversible en la nada.

Escribimos un nombre de alguien que no conocemos.

Oramos en el templo desierto del olvido

y soñamos con Dios encadenado a su dolor.

Somos peregrinos sin fe por el desierto

y dormimos sobre la blanca arena mirando el universo.

Para existir, a veces, inventamos un amigo,

le damos un nombre y con su recuerdo

nos perdemos en un bosque de palabras que se mueven.

Decimos que venimos de otro pueblo y nos confunden

con la lágrima que dejaron los que se fueron.

No conservamos nada del silencio que nos procuró

la suerte, el destino que no deseamos tener jamás.

Como aquel oscuro pasado, sobre la hierba cruzamos

para alcanzar el recuerdo que dejaron los otros peregrinos.

En una calle encontramos la sonrisa de un desconocido,

luego nos sentamos en una piedra para ver

las huellas que sobre la hierba quedan,

y también tu rostro que en la penumbra esperando queda,

amigo, hermano, la palabra que nos salve.

   

 

II

 

Entonces, pienso en la palabra que a todos no libera

del miedo, de la sombra que cerca la memoria,

del aire que se filtra por las rendijas del dolor.

 

Pienso en la palabra que a todos nos libera

del dolor que encontramos en este valle.

 

Pienso en la palabra que nos nombra un camino,

aquella que nos muestra la ventana, no el olvido.

 

Pienso en la palabra que me dio un amigo en la frontera,

aquella que abrigó con un pan todo mi destino.

 

Pienso en la palabra secreta que a todos

nos espera en alguna parte, desnuda y sola.

 

Pienso en la palabra que pronunciaron otros hombres,

aquella que abrió las puertas del insomnio.

 

Pienso en la palabra que me dejaste escrita en un árbol

aquella que ya escribieron otras manos en otros muros.

 

Pienso en la palabra destinada por otros al olvido,

aquella que me nombra, un ruido, una cosa, una imagen.

 

Pienso en la palabra que separó las aguas del mar,

aquella que atravesó todo un desierto.

 

Pienso en la palabra que soñamos

en el fondo de una gruta.

 

Pienso en la primera palabra que pronunciamos

con dolor, por este camino que nos lleva a alguna parte.

 

Pienso en la palabra que no pronunciaré un día,

aquella que todo lo nombra, que todo lo revela.

 

Pienso en la palabra que escribí en una carta

a un desconocido.

 

Pienso en la palabra que mide el tiempo,

aquella que destruye los caminos como las noches.

 

Pienso también en la palabra que encontré a orillas de un río,

en aquella que me dio un niño en el alba

para cruzar el ancho día.

 

 

III

 

No era la noche sino la luz

No el pasado sino el camino que faltaba recorrer

Eran sus manos agarrándose de una rama

Eran voces que rodaban de sus labios

Era su larga cabellera que jalaba el viento

No era la noche sino sus ojos en la noche como luces

No era una estrella sino una ventana abierta:

era su voz que llamaba en el centro de un bosque y también

el ruido de sus pasos que sobre la arena iba dando.

Yo la esperaba cada tarde

al pie de este roble que sombrea mi cansado cuerpo.

No era la duda sino su voz que cortaba el viento,

su voz que refrescaba todo mi cuerpo en el desierto.

Pero hoy que quiero verla no la veo

y así, hacia una sombra que se mueve en el camino yo me acerco.

Hundo mis pasos en el polvo que ha soplado el viento,

jalo mi cuerpo como se jala una roca del camino.

No era la noche sino la palabra que inventa el día

para que todo fuera diferente en el huerto prohibido,

para que los niños no miraran en sus manos

el hambre,

la sed que corría como un río por los cuerpo de los desgraciados.

Era otra sombra que ya nadie quería recordar,

el rostro que ya nadie quería recordar.

No era la noche sino el viento que baja o subía al cielo.

Era ella, la palabra, la voz que creo todo el universo

y todas las cosas que en el universo existen.

Era la piedra que en la piedra se formaba.

Eran los mares que impacientes me esperaban.

Eran las flores que miraban nuestros ojos en los prados.

Eran los manantiales que nacían del vientre de la tierra.

No era la noche sino un camino abierto que todos esperaban.

No era el fuego sino la fuente del reposo

allí donde encontraran los desgraciados

agua para lavar sus miserables rostros

que vivieron como huyendo de la vida de los afortunados,

pues nada les dejaron sino olvido, indiferencia y desprecio.

Era la palabra que todo lo guarda y todo lo recuerda.

 

 

 

LLUVIA DESPUÉS DE MI CAÍDA

 

Cae lluvia mía,

tres días y tres noches,

lluvia mía.

Cae como trueno

sobre los ojos de los desgraciados.

Cae lluvia sobre las calles de París,

por estas que camino,

enlodado hasta mis codos.

Cae para que arrastres en tu piel

la miseria que todos respiramos.

Cae para sentir fresca la mañana.

Cae para que vuelvan a sonar los ríos,

para que se abran las noches,

para que yo vuelva a mirar los ojos de la gente

y mis hombros soporten sin dolor

la pena,

esta cosa que veo en cada pecho,

hoy que camino entre dudas por esta orilla.

Cae humana lluvia

para borrar mis huellas y mi nombre,

para cerrar mis ojos a la historia.

Cae lluvia mía como un recuerdo

no vivido,

como un sueño tanto tiempo ya esperado,

como tierna melodía en este viaje.

Cae lluvia mía para abrazar tu piel

cuando me mojes gota a gota.

Cae para limpiar el aire oscuro,

aquel que brilla detrás de cada puerta.

Cae como una enfurecida ola,

para limpiar mis ojos

y las sombras de mis ojos.

Aquí te espero junto a una piedra,

desde aquí te veré llegar,

como un divino laberinto,

abrazando entre las ramas

las noches que acogieron a mis ojos.

No más oreja ni ojo

en el umbral de mi caída,

ni palabras que me hieran como espadas.

Borrar quisiera las nubes de mis ojos.

Alejar quisiera la pena de los desgraciados.

Allá van como sombras sin destino.

Por allí asoman sus flacos rostros desamados

a la aurora que vuelve a despertar sus ojos.

Seres que del sol vienen huyendo.

Seres que la lluvia acoge como hijos.

Almas que florecerán en alguna parte.

Ríos que irrigarán otros amores olvidados.

Cae lluvia para incendiar mi pecho.

Cae lluvia mía,

tres noches y sus días,

para sentirte cuando duermo

agotado,

sin mirar por la ventana,

el sol que nunca llegará.

Sólo tú, lluvia mía,

conducirás los recuerdos de los desgraciados

por los más estrechos caminos

que te ofrecerá el viento miserable.

No son sólo lágrimas

lo que del cielo nos ofrece la desventura,

es también la pena,

de una voz que nadie escucha.

Pero tú,

lluvia que te posas en mis ojos como un sueño,

lluvia que fecundas la tierra sin dolor,

lluvia, sustento de todo lo que existe,

llévate esta pena como herencia de todo lo vivido.

Lluvia, alma de mis ojos en la noche.

Lluvia, peregrina del desierto,

cae como un rayo en mi camino,

cae y vuelve a caer,

para sentir el olor de la tierra,

para sentir el frescor olvidado de la hierba,

el sonido de cada paso que damos en la duda.

Cae sobre las noches que imploran en secreto,

las voces de los desgraciados,

aquellos que sueñan con un árbol,

aquellos que nunca han sido amados,

aquellos que en la mirada llevan una herida.

Húndete en la piel de cada cosa,

en cada cosa imaginada,

en cada piel meditabunda.

Pero cae sobre los bosques,

sobre los cristales de los bosques

para oírte cuando pases

y humedecer mi rostro en el camino.

Allá van distanciadas

unas de otras las voces de los desgraciados

repitiendo sus nombres en los valles

como lamentos de almas penitentes.

Cae por ellos, lluvia mía

para acompañar su silencio y su dolor

entre tanto ruido

que hace la despiadada gente.

Cae lluvia mía.

Cae como un milagro,

tres días y tres noches,

Lluvia mía.

 

 

 

DESDE UNA PIEDRA

 

Qué somos sino

aire, polvo gastado por el tiempo.

Yo que vivió hurgando melodías,

palabras para construirme una casa,

un camino, lejos del hambre y del dolor.

Siento el viento frío de los tiempos,

éstos que viven como llagas,

rasgándome la piel cuando camino.

No veo lágrimas en los ojos

sino miradas desnutridas,

blancas, hundidas, muertas y perdidas.

Somos nosotros viajando de noche a noche,

buscando el amor que no encontramos en el día,

los sueños que no tuvimos en las noches.

Tantas son las palabras que dejamos en el viento,

tantos los recuerdo que sucumbirán mañana,

tanta y tanta la pena que mora en nuestros ojos.

Siendo lo que somos

qué ser sino,

retrato del árbol que sembramos,

de aquello que no sembramos ni regamos.

Todos venimos de la misma voz,

del mismo suelo,

de la misma piedra,

del fondo de la tierra.

Pero hoy que veo el sol, la luz, la tierra enferma,

qué decirme a mí mismo

del aire manchado que crece como abismos.

Nada, completamente nada.

Somos la costra del árbol que resiste,

somos la piel de la piedra que labra el viento,

aquella que arrastra las aguas turbulentas de los ríos.

Aquí estamos como clavados a un destino,

sembrando nuestros días de negros monumentos, gota a gota,

y así avanzamos de un lado y de otro

abarcando la noche que nos cubre.

¿Qué hacer o dejar de hacer

para salvarnos de nuestra propia sombra ?

Serán tal vez, la lluvia o los truenos

lo que anuncian nuestros días,

éstos que golpean con dolor en nuestro pecho,

de mares que se mueven como lenguas,

de volcanes que rugen como heridas de la tierra,

o las ideas que germinando se embarran con la muerte.

Somos nosotros

que construyendo vamos este mundo

de olores infectos y sequías

de pestes y terrores

de vidrios y de piedras.

Yo que vivo de pesadillas y de sueños

buscando el amor que nunca tuve

en este mundo viejo de bosques y jardines,

voy tras las huellas de otro sueño que me invento,

para no sentirme tan lejos y tan solo.