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Misha Kokotovic en su libro The
Colonial Divide in Peruvian Narrative: Social Conflict and
Transculturation sostiene que Perú es una nación que aún continúa
teniendo la llamada línea divisoria colonial (the Colonial Divide)
entre sus pueblos aborígenes y los que son hoy día descendientes de
colonizadores españoles; esta línea divisoria, según Kokotovic,
encuentra una salida anímica en los cuentos, novelas y ensayos de
ciertos escritores peruanos como José María Arguedas y Mario Vargas
Llosa. Indiscutiblemente, Misha Kokotovic tiene razón al enfatizar
que en naciones las que, como Perú, fueron colonias, la modernidad
contemporánea todavía sufre la dura herencia que les infligió el
colonialismo europeo.
No obstante, otra línea divisoria
paralela ha existido en Perú hasta hoy día, producto análogo del
colonialismo, la cual echa raíces durante los tres siglos que dura la
Colonia dado a la persistente transculturación de negros africanos —en
su mayoría del África occidental— que son traídos al Perú en ese
período.[1]
La línea a la que hago alusión es depositaria de una división de
varias centurias entre los criollos peruanos descendientes de
conquistadores y colonizadores y los negros, mulatos y zambos peruanos
descendientes de las mezclas que se manifiestan en la época colonial
como producto de “la proliferación racial y la consecuente porosidad
de las fronteras entre los distintos grupos” (Aguirre 43) .
Para este ensayo he escogido tocar
algunos aspectos de la poesía popular de Nicomedes Santa Cruz, el
afroperuano más prominente del siglo XX —como enfatiza Richard Jackson
(1976: 111) en The Black Image in Latin American Literature—
quien desde 1956 hasta su muerte en 1994, pide para la poesía popular
peruana escrita por poetas “de color” el mismo merecido respeto que
sus congéneres literarios dan a la poesía culta, escrita por blancos;
cabe decir que veintiséis años antes, en 1930, el mulato Nicolás
Guillén hace lo mismo en Cuba al publicar sus controversiales “sones”,
sabiendo que muchos lo criticarían y aún más hasta se burlarían de ese
innovador formato poético en el que la poesía emana de la música
ancestral africana, y su ritmo lo generan el habla popular del negro
cubano y los sentires de su raza; en ese año de 1930 Guillén, por vez
primera en Cuba, aborda dentro de la poesía temas raciales y sociales,
como respuesta a las múltiples injusticias perpetradas contra los de
su raza durante un pasado que duró varios siglos. Por su parte,
Nicomedes Santa Cruz, con sus reconocidas “décimas”, hace culminar en
la escritura la evolución creativa y la transculturación permanente
de las formas poéticas orales traídas a Perú desde el África junto con
los esclavos durante la colonia.
A Nicomedes Santa Cruz, aún desde
niño, le gusta hacer versos, pero no le da mucha importancia a este
ejercicio hasta sus dieciocho años cuando él mismo dice “La cosa es
que yo empiezo a querer expresarme poéticamente, pero no encuentro ni
una forma ni encuentro una seguridad para poder expresarme... Sin
embargo insisto; ya para 1942 empiezo a hacerles versos a algunas
chicas” (Maríñez 111). No obstante, en 1945 algo inesperado ocurre
cuando Santa Cruz conoce a don Porfirio Vázquez, patriarca del
folklore negro peruano quien a su vez era descendiente de toda una
dinastía de gente que vivía inmersa en el folklore, en el pueblo de
Aucallama, en el valle de Chancay, a 80 kms. de Lima ... le digo que
yo puedo hacer décimas ... Porfirio me va contando no solamente como
se hace una décima, que es lo más simple, porque ya lo había estudiado
en el colegio, sino cómo se lleva una décima dentro del ámbito rural,
y como un arma de canto de contrapunto, que no difería en nada del
canto de los payadores del Cono Sur, del canto de los jarochos
huapangueros del Golfo de México o del canto de los guajiros de las
Antillas (Maríñez 112).
En 1946 se enamora de una joven de
su raza. Ella se llama Aída y tiene quince años de edad; él veintiuno.
Nicomedes Santa Cruz asegura que ese romance cambió totalmente su vida
(112). En ese entonces Santa Cruz es ya un obrero calificado; en 1947
se le considera un buen oficial; para 1948 es todo un maestro que
hasta tiene su propio ayudante (112):
Y yo creo que me puedo casar con
esa chica. Pero por problemas raciales mi familia se opone a que yo
me case con ella, por lo de siempre, porque hay que mejorar la raza...
Y esto causa un trauma en mí, que me hace escribir poesías sobre mi
problema. Esta poesía siempre es en décima (Mariñez 112-113).
No podrá casarse con Aída, Para
1952 todo ha terminado, pero quedan estas décimas:
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De
catorce primaveras
aceptaste mis cortejos
hago recuerdos tan viejos
porque te quise de veras.
Yo no esperé que crecieras
porque al verte presentía
que algo malo ocurriría,
que nos fuera a separar
y tuviera que llorar
lejos de ti vida mía
(Mariñez 113)
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Sin embargo, es en 1956, con su
poemario Ritmos negros del Perú, que Santa Cruz revela por vez
primera a su público la vida del negro peruano, mientras conserva la
seriedad y la tradición de la décima. No obstante, Nicomedes Santa
Cruz ha sido víctima —por ejemplo, durante los años posteriores al
gobierno de Morales Bermúdez— de la sempiterna división y marginación
impuestas en los círculos literarios tradicionales entre la poesía
popular y la poesía erudita; pero ese injusto acto de repudio no medra
jamás su empeño porque ante todo el propósito vital del poeta limeño
es dedicar su vida al verso popular más que a otro estilo lírico:
En más de una ocasión Santa Cruz
se distanció —y también se vio distanciado por otros— de la élite
literaria de su país, porque la misma discriminaba contra lo que él
hacia y representaba. Una cosa es faltarle el respeto a la poesía
popular, y otra cosa es faltarle el respeto porque el genre esté
asociado con los negros.[2] (Marvin
Lewis, en Jackson 1997: 100)
Para dar otro ejemplo, al comienzo
de los años 60, Santa Cruz se va al Brasil porque quiere que su
público se olvide de él (119) cansado de ver que sus décimas no
triunfan en aquel entonces porque no abordan los “típicos” problemas
políticos del país. Su estadía en Brasil es una experiencia
importante que le hace repetir aquella frase de cuando conoce a la
joven Aída: “Esa experiencia de Brasil, para mí, cambió mi vida” (Maríñez
119). Se da cuenta de que en Brasil la prensa le pone atención al
problema cotidiano del negro y, según Santa Cruz “en Perú no se [vé]
nada de eso” (119). No obstante, a su regreso, mientras visita la
Universidad de Ingeniería y la Universidad San Marcos, siente que el
estudiantado peruano ha cobrado una nueva consciencia frente al obrero.
Allí me doy cuenta de que el
aplauso que recibo es cuantitativamente inferior al otro, que no hay
cientos de miles de soles, pero que cualitativamente ese aplauso suena
diferente que el otro aplauso de “La pelona”, de “Ritmos Negros”; es
un aplauso político; es un aplauso militante; es un aplauso fuerte (Mariñez
119).
Nicomedes Santa Cruz Gamarra, poeta,
músico, folklorista, periodista, coreógrafo y escritor de cuentos nace
en Lima un 4 de junio de 1925 y es una reconocida figura literaria
peruana de calibre internacional además de ser miembro de una familia
de distinguidos artistas y escritores. Su primer poema lo escribe a
los 18 años y desde esa fecha hasta su muerte en 1994 Santa Cruz se
dedica en cuerpo y alma a la preservación y el cultivo de la cultura,
el folklore y la música de raíces negras de su país de origen. Su
poesía popular, como hemos visto, sigue la tradición centenaria de
tantos poetas hispanoamericanos que favorecen y emplean el uso del
verso octosílabo, la copla y la décima.[3]
Por otra parte, a Nicomedes Santa Cruz le gusta expresar en verso los
más íntimos sentires de su raza, los que han quedado tras el duro
proceso que ha tenido lugar después de la dolorosa aculturación
trasatlántica. A través de su poesía él hace lo mismo que los
decimistas de la costa peruana, quienes: “retratan fielmente su propia
historia y su nostalgia por la tierra ancestral, los ritmos de sus
bailes, sus prácticas religiosas, y su sincrética visión cósmica— o
sea, su herencia cultural [genealógica]” (Salas y Richards 182).
Recordemos que Nicomedes Santa Cruz
ha creado unas cuatro mil décimas, las que han sido recogidas y
publicadas en varios volúmenes —y cito solo las fuentes primarias—:
Décimas (1959, 1960, 1966), Cumanana: Antología afro-peruana
(1964), Canto a mi Perú (1966), Antología: Décimas y poemas
(1971), Ritmos negros del Perú (1971), Rimactampu: rimas al
Rimac (1972). También publica dos libros: Tondero y marinera
(1973) y La décima en el Perú (1982). Además, Santa Cruz ha
hecho diversas grabaciones y discos poemarios que no enumero hoy por
falta de tiempo, entre los que se encuentran los siguientes volúmenes:
Canto negro (1968) y Cumanana: Antología afro-peruana,
mencionado anteriormente.
Por lo general, Santa Cruz es
reconocido por la mayor parte de los críticos literarios e
historiadores como el más alto representante del “Negrismo”[4] en
Perú. Su producción literaria se caracteriza por estar colmada de
folklore y autenticidad; ante todo, los variados elementos de
tradición popular que emergen en su obra se inspiran en la lengua
popular de los negros peruanos, en su pasado cultural e histórico y en
sus experiencias, pasadas y presentes, las que en muchas ocasiones
tienen razón de ser dado a una variedad de injusticias sociales que
son comúnmente motivadas por el siempre brusco choque racial entre dos
—o más— culturas que comparten un mismo territorio, sobre todo cuando
una de ellas, en este caso la blanca, es la cultura predominante.
Anteriormente menciono que en su
antología Ritmos negros del Perú, como en toda su obra lírica,
es la intención de Nicomedes Santa Cruz preservar el pasado histórico
africano y asegurar la continuidad de su herencia en la modernidad
peruana; en verdad, esta intención es en sí una irrevocable misión.
Además, la décima puede ser leída, pero si cabalmente el lector la
quiere disfrutar, la décima debe ser escuchada, por lo tanto debe ser
leída en voz alta. Por ende, las décimas de Nicomedes Santa Cruz han
sido hechas, a propósito, para ser literalmente oídas. ¿Y qué se
puede decir de sus grabaciones? Cuando se ha tenido el honor de haber
oído en persona o en una grabación radial la voz de Nicomedes Santa
Cruz, recitando o cantando una de sus décimas, también se ha tenido el
honor de ser testigo de una demostración artística del orgullo y la
perseverancia de una raza que a través de todo el continente americano,
norte y sur, ha sufrido no solo las heridas de la transculturación
sino también siglos de opresión y maltrato, desde el siglo XVI hasta
finales del XIX, guardando, a la vez, una irrevocable e inspiradora
esperanza de libertad y de un futuro mejor.
El primer poema en Ritmos negros
del Perú, de igual título que la colección, fue escrito en
1956—1957 según algunos críticos— y es principal ejemplo de la
devoción de Nicomedes Santa Cruz y de su fiel compromiso social para
asegurar la continuidad de la herencia afro-peruana; el mismo conlleva
mensajes históricos, sociales y de género los que, inequívocamente,
traen a la mente el famoso poema “Mujer Negra” que define y acuña la
lírica de la reconocida poeta afrocubana Nancy Morejón, digna sucesora
del reconocido vate afrocubano Nicolás Guillén. Cabe decir que ambos
poemas tratan sobre la esclavitud. El poema de Nicomedes Santa Cruz
está escrito en la tercera persona y el de Nancy Morejón en la primera
persona. La abuela negra en “Ritmos negros del Perú” bien pudiera ser
la mujer primordial de la que habla Nancy Morejón en el suyo. No
obstante, es interesante notar que en ambos poemas se describe la
experiencia trasatlántica de la transculturación desde una perspectiva
femenina.
Los siguientes ejemplos de algunos
versos del largo poema “Mujer Negra” de Nancy Morejón expresan
la presencia de una confianza tenaz por parte de la protagonista, no
solo en sí misma sino en su invencible poder de adaptación al darle
frente a las abominables realidades de la esclavitud y la degradación.
La información histórica es impresionante porque nos lleva a través de
la trayectoria de la protagonista desde su llegada a las costas
cubanas en un barco negrero en el siglo XVI para dar un salto de
cuatro siglos hasta llegar a mediados del siglo XX, en pleno apogeo de
la naciente revolución castrista. No obstante, el tiempo, aunque
importante, no es el elemento más significativo del poema; lo atestan
los versos en los que la pobre mujer no puede ni siquiera recordar
cuando fue capturada en su África natal para ser llevada a Cuba como
esclava. Más bien, son los sentidos los que invaden y toman posesión
del poema; por ejemplo, la mujer recuerda bien el olor del mar y el
primer alcatraz que vio a su llegada a tierras americanas. Sin
embargo, es con el paso del tiempo que ella afirma su identidad como
mujer y como ciudadana, tomando las riendas de su destino al liberarse
de las cadenas que la limitan (en Gutiérrez 211-213).
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“Mujer negra”
Todavía huelo la espuma del mar que me hicieron atravesar.
La noche, no puedo recordarla.
Ni el mismo océano podría recordarla.
Pero no olvido al primer alcatraz que divisé
Altas, las nubes, como inocentes testigos presénciales.
Acaso no he olvidado ni mi costa perdida, ni mi lengua
ancestral.
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..............................................
Mi
real independencia fue el palenque[5]
y
cabalgué entre las tropas de Maceo.[6]
Sólo
un siglo más tarde,
junto a mis descendientes,
desde una azul montaña,
bajé de la Sierra.
|
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..............................................
Ahora
soy: sólo hoy tenemos y creamos,
Nada nos es ajeno.
|
Además de una fuerte similitud con
el mensaje histórico-social y de género que lo acerca al poema “Mujer
Negra”, a través del poema “Ritmos negros del Perú” Nicomedes Santa
Cruz conserva escrupulosamente el estilo lírico de la décima. Su
mensaje, la mayor parte del tiempo, es triste y doloroso; pudiera
decirse que todas sus décimas, suelen ser “panalivios”[7],
a las que acompaña el sonido sordo y melancólico del “socabón”.[8]
“Ritmos negros del Perú”
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De
África llegó mi abuela
vestida de caracoles,
a trajeron lo’españoles
en un
barco carabela.
La
marcaron con candela,
a
carimba fue su cruz.
Y en
América del Sur
al
golpe de sus dolores
dieron
los negros tambores
ritmos
de la esclavitud.
Por
una moneda sola
la
revendieron en Lima
y en
la Hacienda “La Molina”
sirvió
a la gente española.
Con
otros negros de Angola
ganaron por sus faenas
zancudos para sus venas
para
dormir duro suelo
y
naita’e consuelo
ontra
amarguras y penas... |
En la plantación de caña
nació el triste socabón,
en el trapiche de ron
un
negro cantó la zaña[9].
El
machete y la guadaña
curtió sus manos morenas;
y los indios con sus quenas
y el
negro con tamborete
cataron su triste suerte
al compás de las cadenas.
Murieron los negros viejos
pero entre su caña seca
se escucha su zamacueca[10]
y el panalivio muy lejos.
Y se escuchan los festejos
que cantó en su juventud.
De cañete a Tombuctú,
de Chancay a Mozambique
llevan sus claros repiques
ritmos negros del Perú. (R.N. 95-96) |
Por lo general, no es común hacer
la conexión entre las fechas del comienzo de la trata negrera y el
Renacimiento español. En ese momento histórico donde millares y
millares de hombres y mujeres son sustraídos de su medio ambiente para
ser llevados a servir como esclavos de una cultura que se cree
superior a la de ellos, existe en toda Europa un movimiento en las
artes que, en el caso de España específicamente, niega totalmente la
presencia negra en las expresiones artísticas tanto del continente
como en las de sus colonias americanas. Para darnos una idea, en la
poesía del Renacimiento casi no hay ejemplos que apoyen la presencia
africana en España. Luis Monguío en su artículo “El negro en algunos
poetas españoles y americanos anteriores a 1800” explica la ausencia
de los negros en el arte de la época como resultado de la profunda
obsesión por el ideal de la belleza que los poetas renacentistas
desarrollan y su total repudio de los negros a los que consideran
extranjeros, por lo tanto atípicos en un mundo que para ellos es
blanco (en Monguío 248). Monguío agrega que solo se encuentra la
presencia negra en ciertos versos satíricos y da como ejemplo
prototípico el poema “La dama negra” de Don Diego de Hurtado
(1503-1575), en el cual el poeta satiriza a la mujer negra al ensalzar
las portentosas dotes de su fealdad.
No obstante, ya para el siglo XVII
no se duplica la falta de alusiones a la presencia negra en España.
En la poesía popular del período posrenacentista abundan las
referencias a los hombres y mujeres negros, sobre todo en relación con
la mujer “morena”, aunque en muchas ocasiones, aunque se habla de su
belleza física, se trata de disculpar el color de su piel. Bruce
Wardropper describe este intento como “la neurosis de la ‘morena’ ”
(415). Wardropper estipula que dicha neurosis emana de la frustración
de ser una mujer negra en una sociedad donde el ideal de la belleza lo
representa una mujer rubia de ojos verdes (415). En algunos poemas
populares de la época, la “morena” casi siempre se lamenta del color
de su piel y se considera poco atractiva e incapaz de atraer a un buen
partido y hacerlo su marido; por supuesto, el galán debe ser blanco.
En otros, la “morena” intenta justificar su color como si fuera un
defecto; en muchas ocasiones se culpa al sol del problema, o los
trabajos y problemas de la vida:
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Morenica
me llaman,
blanca nací,
el sol del enverano
me puso así. (Cancionero[11];
en Alín 254)
Blanca
m’ era yo
cuando entre en la siega;
dióme el sol
y ya soy morena.
(Lope de Vega[12];
en Alín 254)
Duelos
me hicieron negra,
que yo blanca me era.
(Ledesma[13];
en Alín 517)
Aunque
soi morena
blanca nací,
guardando el ganado
la color perdí. (Horozco[14];
en Alín 517)
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Y así pudiera seguir con muchas
otras baladas y poesías populares posrenacentistas, pero mi principal
interés es hacer énfasis en el traslado de este factor a la América
poscolonial —porque Renacimiento no tuvo— en donde la misma
problemática existe, después de haber atravesado el Atlántico junto
con los españoles, y se perpetúa a través de los siglos hasta hoy día
en la poesía culta y aún en la poesía popular escrita por blancos en
Hispanoamérica. No obstante, en la poesía popular escrita por poetas
afrohispánicos contemporáneos el ideal de la belleza toma otro rumbo,
echando a un lado las reglas convencionales del cultismo tradicional;
el modelo ideal de la belleza tiene para ellos, desde el primer tercio
del siglo XX, la piel color de ébano.
Por ejemplo, en algunos de los
poemas de Nicomedes Santa Cruz se presenta el juego satírico entre
belleza y fealdad en relación a la “morena”. Sin embargo, algo ha
cambiado, y es la perspectiva del poema; Santa Cruz, como los
decimistas de la costa peruana, ensalza la belleza de la mujer negra y
más bien la regaña si ella olvida quien es y de donde ha venido. En
su poema “Cómo has cambiado, pelona” (en Venture Young 142) el poeta
ridiculiza a la mujer negra porque ella ha abandonado las costumbres y
tradiciones de su herencia africana:
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Cómo
has cambiado, pelona,
cisco de carbonería .
Te has vuelto una negra mona
con tanta huachafería[15].
Te cambiaste las chancletas
por zapatos taco aguja,
y tu cabeza de bruja
la amarraste con peinetas.
Por no engordar sigues dietas
y estás flaca y hocicona.
Imitando a tu patrona
has aprendido a fumar.
Hasta en el modo de andar
como has cambiado, pelona.
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Sin embargo, la poesía popular de
Nicomedes Santa Cruz va más allá de la sátira; en sus versos hay otros
sentires que se expresan con la misma facilidad y belleza que la
sátira o la burla, o que las experiencias motivadas por las
injusticias sociales. En “Que mi sangre se sancoche” (en Venture
Young 146) Santa Cruz reta con deleite a que acepte sus requiebros a
la mujer negra que lo está provocando con su risa y con su hermoso
cuerpo:
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Negra,
grupa de repisa,
cinturita de cuchara.
En la noche de tu cara
hay media luna de risa.
Esta noche tienes prisa
por provocar algún boche.
Me miras como en reproche,
con todo el cuerpo me miras
y deseas cuando giras
que mi sangre se sancoche.
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Santa Cruz tampoco olvida a la
mujer negra cuando es madre, y la valora como mujer cuando le rinde
homenaje en su papel de progenitora en su poema “Día de la madre” en
el cual también la sátira social tiene un lugar preponderante:
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Que haya un “Día
de la Raza”
lo acepto por segregarme,
como acepto sin disfraz
un día de Carnavales:
y acepto el “Día del Indio”
y acepto el “Día del Padre”
y hasta el “Día del Idioma”
en memoria de Cervantes.
Pero me apena que exista
sólo un “Día” de la madre
cuando toda una existencia
no basta para adorarle . . .
(Ritmos negros, 103-104)
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De la misma manera retrata
positivamente a sus antepasados de Angola, dando como ejemplo a su
abuela, como hemos presenciado en “Ritmos negros del Perú”, cuando
venera a la mujer fuerte que ha sobrevivido la triste y dolorosa
jornada cruzando el océano Atlántico en un buque carabela, no como una
dama, sino como una esclava que será después maltratada aún más por
sus amos en tierras firmes del Nuevo Mundo.
|
De África llegó mi abuela
vestida de
caracoles,
la trajeron lo’españoles
en un barco carabela.
La marcaron con
candela,
la carimba fue su cruz.
Y en América del Sur
al golpe de sus dolores
dieron los negros tambores
ritmos de la esclavitud.
(Ritmos negros, 13)
|
Indiscutiblemente, Nicomedes Santa
Cruz ha querido mostrar su orgullo en los de su raza a través de su
poesía popular, y ha querido tocarlos también con versos que les son
familiares; él también, como muchos poetas de la rama hispánica del “Negrismo”,
pone todo el peso del honor afrohispano sobre la mujer negra, urna
elemental que guarda la semilla de un futuro mejor para generaciones
venideras. A la par que Guillén en Cuba, Obesso en Colombia,
Estupiñán Bass en Ecuador, entre otros, Nicomedes Santa Cruz ha hecho
también su parte para pasar la antorcha, porque para él salvaguardar
el pasado ancestral y el orgullo de la raza es de urgencia
primordial.
El “Negrismo” o, como lo llamara
Aimé Césaire[16],
el “Renacimiento Negro” en América emana del “Negrismo” europeo de los
años treinta y es un movimiento que trae consigo el despertar del
negro en las que fueran antaño colonias europeas. Las obras que
emanan de esta corriente literaria en el Nuevo Mundo convierten en
héroe al negro común, cuyo exotismo se ha esforzado por resaltar toda
una literatura; lo pinta con seriedad y pasión, y la, hasta entonces
restringida, capacidad de su arte tiene éxito. “¿Es qué es poco crear
un mundo allí donde se levantaba un cambalache de exotismos inhumanos?”,
nos interpela Aimé Césaire (41).
Por su parte Léopold Sédar Senghor
subraya el elemento formal del “Renacimiento Negro” diciendo:
Es cercano al canto; está hecho
para ser cantado o recitado, no para ser leído. De ahí la importancia
tan despótica del ritmo, el ritmo negro, bajo su apariencia de
libertad; de ahí también la importancia de la música, que tan
difícilmente se puede transmitir en una traducción... En una palabra,
poesía hecha de la carne de la tierra; para emplear la expresión de
Langston Hugues[17],
poesía de los hombres del campo, para los que el contacto con las
fuerzas telúricas no se ha roto” (33).
No hay mejor ejemplo del anterior
verismo que la poesía de Nicomedes Santa Cruz, digno representante de
la tradición que emerge de los cánones que rigen este movimiento, y
que continúan hasta el presente. Cuánto ritmo, cuánta música, cuánta
pasión por el hombre y la mujer común, de todos los días, encontramos
en versos como los que siguen:
|
En
cuanto a lo que me toca
de ser como soy me alegro:
ojos pardos, cutis negro,
rizo el pelo y gruesa boca.
El ser así no me apoca
ni me vuelve mentecato.
Sólo una cosa combato:
Racismo negroide ¡No!
...aunque un zambo como yo
exige un trato más claro. (Cumanana,
32)
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Mantener la tradición de generación
en generación es un elemento especial y evidente en la poesía popular
en Hispanoamérica, particularmente cuando se da el salto de la
tradición oral a la escrita. Los poetas afrohispanos han sido
instrumentales en mantener el pasado africano y la tradición vivos, ya
sea Guillén con sus sones, u Obesso con sus coplas, o Santa Cruz con
sus décimas, todos evocan una época donde la literatura escrita no era
un vehículo convencional entre los creadores negros. Evidentemente,
cuánta literatura anónima se ha quedado sin autor; la literatura oral
yoruba, la bantú, la ñáñiga son ejemplos de ese genre.
La realidad negra hispanoamericana
encuentra refuerzo e identificación en las formas populares del verso;
por su parte, Nicomedes Santa Cruz no ha tenido miedo de extender las
posibilidades de la tradición oral negra peruana, convirtiéndola en
tradición escrita. Con valentía, Santa Cruz osa en los años cincuenta
poner su poesía a la disposición de las necesidades sociales y
raciales de sus compatriotas negros; y desde ese entonces hasta su
muerte sus temas conllevan un mensaje de íntima protesta y de locuaz
rebeldía contra la marginada asimilación del negro en el ambiente
poscolonial novo-mundista que les ha tocado vivir. Sin duda, él, como
los otros poetas de la “Negritud”, ha sabido dar una cándida respuesta
emancipatoria a la condición social de los negros en Perú, su país de
origen.
|
¿Qué
hemos de hacer nosotros los negros
que no sabemos ni leer?
¡Fregar escupideras en los grandes hoteles,
encerar y barrer,
manejar acensores,
en el Grand Club servirles de beber;
o hacer que el Cadillac sea más lujoso
vistiendo la librea del chofer!
Tenemos la respuesta siempre lista:
En Haití “oui, monsieur”,
y en Georgia, en Louisiana o en Virginia
un eterno “yes sir”...
Los negros, pobres negros de este mundo,
¿qué cosa hemos de hacer
debiendo de comer todos los días
(y a veces sin comer)?
¡Bajar la testa reverente
y a lo mismo de ayer!
Hasta que llega un blanco y “nos descubre”,
nos mete al ring
y aquí comienza para mal de males
el principio del fin. (Cumanana,
69-70)
|
Sin lugar a dudas, la política y la
historia tienen sus altibajos, pero los ecos sentidos de un poema
siempre quedan en el viento para inspirar y abogar por el rescate de
los valores humanos y la aplicación democrática de las siempre
bienvenidas reformas sociales.
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