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MARIDO CIBERNÉTICO
El marido llegó, junto con él un aire de duendes siempre negros. La
mujer, aborrecida por los oscuros pasos diarios del marido,
preguntó:
–¿De
donde vienes hoy?
Y él no supo responder con palabras. Emitía una serie de sonidos,
alaridos, y chirriantes gemidos con la boca entreabierta que, lo
hacían parecer de manera impresionante a un radio roto dentro de una
olla. La mujer entonces abismada preguntó nuevamente:
–¿De
donde vienes hoy?
Pero igualmente en vano fue su pregunta. Cuidadosamente se acercó al
cibernético hombre, y digo cibernético porque esta vez una enorme
cantidad de bombillitos y programitas de colores se revelaban en los
ojos del hombre al tiempo que pequeños cablecillos salían por los
oídos del mismo. Ahora con un gesto ridículo trataba de llevarlos a
su lugar de origen, y fue allí, luego de mucho batallar, que el
marido perdió el control y abriendo la boca todo lo más que pudo,
dejó ver una pequeña bocina, pero de muy buena calidad, para pegar
definitivamente su grito final.
HISTORIA DE AMOR
Como en mis viejos buenos tiempos en Miami, yo usaba un Buick
Riviera, -sin duda el auto más confortable que han
fabricado los americanos-, vivía en una burbuja poética y estaba
enamorado de ti, acuérdate, no te descuerdes, y tú con tu diversidad
idiomática, con tus quejas del tránsito y del tráfico, con tu www.trasero.com, con tus caricias, rindiendo culto al gato del
vecino.
El olvido cruzó inclinando un día su sombrero, su eterno y negro
sombrero del olvido, y nos olvidamos así, casi sin motivo y sin
razón, yo no podía atinar a nada, fue una sombra sombreada de dudas,
fue un adiós como un susto y ya más nada. De tantas tardes muertas
sólo me queda el recuerdo de algunas tardes vivas.
Primero fue el bullicio y la ciudad, y luego un ronco y
raro sonsonete, me fui quedando cada vez más solo, aterrado,
atribulado, sabiendo que esta vez no te vería, cayendo a un callejón
descolorido, interrogado por el tiempo y por mí mismo, sustentado
por voces del recuerdo, viviendo muerto, muriendo vivo, hasta que
ayer sin proponérnoslo nos vimos.
Ni tú ibas con otro de la mano, ni yo tuve que fingir una sonrisa,
como dijera José Ángel Buesa, sino que nos miramos a los ojos, y
comprendimos que lo que queríamos decir era tan obvio, que bastaría
con mirarnos nuevamente.
Ahora ya se como surgió este beso, ¡En tus fauces existe lo vivido!
LUGAR PREFERIDO
De manera que voy por esas calles, cabalgando sobre una gata de
biscuit, con mis espuelas rotas de turrón, buscando ventanales no
pintados, ansiando la terracita y el sillón, ansiando la casa sucia
y polvorienta, la casa con sus goteras y su alfombra, ansiando no la
taza de café, sino la taza del inodoro y su descanso.
Y aunque esto pueda resultar una prosa prosaica, esto es la casa, un
misterio, un laberinto, una corola rota u otra cosa. Una cosa
cualquiera, esto es la casa en sí, ya íntimamente,
–tal
vez uno de mis lugares preferidos–.
Ahí es, ahí está, sólo ahí, adonde sobreviven las patas de los
pollos y algún pescuezo eterno fumigado, donde los buenos poetas nos
sentamos para ver si la muerte nos olvida, aunque los buenos poetas,
–como
algunas especies–,
también suelen morir de claustrofobia. Pero volviendo a lo
realmente hermoso de la casa, a sus horcones, a la tela de araña que
en invierno sirvió a mí imaginación de consuelo, yo quiero confesar
públicamente, que después de encontrada y de vivida, en el lugar que
logre combatir mejor el aislamiento, el hastío, las frustraciones,
donde siempre me sentí más realizado, y evadí los gritos que los
seres humanos daban en la casa, fue allí, en la taza del baño y sus
recuerdos.
SUEÑO
Esto al final era la entrada de algún lugar a donde nunca fui, donde
habitaban aves huérfanas, o mejor dicho bichos oscuros, mitad pájaro
mitad murciélago, (caleidoscopios espantosos, esquelas plomizas) con
un portero petulante.
Adentro dormitaban varios seres, y yo miré por la comisura de la
vieja ventana casi a relieve en forma de labios, de adentro salió
una voz estrepitosa, brusca, horrible, como si el lugar hablara y la
ventana cual boca maldita se abriera, deje caer la entrada
ingenuamente de aquel raro lugar que nunca fui y desperté de un
salto en la habitación que nunca más volví a ocupar.
En la mañana la recepcionista me saludó entusiasta y me dio un sobre
cerrado con un papel, no era un papel en sí, era la entrada para un
lugar desconocido.
–Aquí
le dejó una muchacha señor, no dijo nombre ni dio dirección.
CARRERA ILÓGICA
He ido dejando cosas de la mano, pero no de mal genio, sino de
buenas ganas, “Los últimos serán los primeros”, dice un letrero en
la iglesia tomado de la Biblia.
Para iniciar mí viaje retrasado doy el paso inicial como en una
carrera kilométrica…
Profundamente la carrera avanza, voy veloz, muy veloz y le paso a
los que me anteceden, ahora voy de primero y retrocedo, es preciso
hacerlo para volver al final.
Se acaba la carrera y digo: “Los últimos serán los primeros”. Al
menos así dice el letrero que de noche tres veces por semana leo
siempre.
CASERÍA FATAL
Tosquedades de la gente, hablaban de la cebra y del leopardo, y de
su buena piel como ornamento, Kuco se apresuró a limpiar el rifle y
Juan quedó sentado en el madero, tal vez un roble, tal vez un cedro,
o una palma caída y perforada, de esas que están en el escudo de la
patria y que los americanos llaman “Royal Palm”, cuya ofensa yo no
perdonaría nunca. Pero ésta estaba roída y devorada, o como ya
dijera, perforada no más por comejenes de estos que viven siempre
por la selva.
Kuco debió haber dado unos pasos, debió estar algo cerca y no
lejano, pensando en musarañas, destrenzando en la mente lo trenzado,
que es casi como decir, destejiendo en la historia lo tejido, cuando
oyó el horrible grito. Sin mucho esfuerzo dio una media vuelta,
cosa que había ejercitado tanto en el servicio militar y
obligatorio, que ahora le había salido de maravillas.
Dio unos pasos con miedo pero no muy asustado en realidad, luego
aparto unas ramas con la mano, y pudo ver como en aquel madero, su
amigo Juan se alborotaba sin consuelo.
Los comejenes le habían subido por la espalda y recorrían su pecho y
su cabeza.
Fue entonces cuando el Kuco, rifle en mano le dijo al desamparado:
–No
te preocupes, que los fusilaré a todos. No supe entonces que pasó
después.
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Rodrigo De La Luz
nació en Las Villas, Cuba (1969). Es poeta, pintor y
escultor. Reside en Miami. Ha publicado un poemario, Mujer de
Invierno (2003). Tiene cuatro libros inéditos
de poesía y uno de cuentos. Recientemente presentó
su primera exposición de arte en el Centro Cultural Español, del 5
al 17 de julio de 2007. En el 2006 fue uno de los jóvenes poetas
invitados por la Feria Internacional del Libro en Miami para
aparecer en Tinta Fresca y por la Fundación Hispano-Cubana
para hacer una lectura de poesía en Madrid. También leyó sus poemas
en el panel Dos Poetas Mano a Mano en el Pen Club de
Escritores Cubanos de Miami. Estudió en el Teatro Nacional de Cuba,
bajo la dirección del talentoso dramaturgo y profesor de teatro,
Ignacio Gutiérrez. Durante estos últimos años se ha dedicado a la
literatura y la pintura Sus poemas han aparecido en El Ateje,
Decir del Agua, Baquiana, Revista Hispano-Cubana,
Proyectocetra, y Editpar, así como en varios periódicos y
revistas impresas. También fue seleccionado para la grabación
intitulada Voces de América, colección de poemas de escritores de
Miami.

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