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La lluvia tiene la vehemencia
del invierno cuando se aproxima. Es mediodía. Por momentos la calle
es arrollo furioso que transporta todo aquello que antes fue de
manos desaprensivas.
Desenfoco mis ojos. El enorme ventanal frente a mí, es velo con
dispersas escaras cristalinas. Arriba, verde ondulante; abajo, una
enorme serpiente moteada pone rumbo a la alcantarilla. Y el
sonido..., inconfundible, de despedazarse las gotas. Tamborilean
sin precisión, sin ritmo; la lluvia es música si es metáfora.
Todos se han ido.
Ausentes los ecos del movimiento, la casa, sedienta de sonidos, se
sacia crujiendo. El silencio y yo pintamos al óleo las infinitas
porciones del tiempo, mientras se escurre como la lluvia, por otra
alcantarilla.
Un eco lejano y externo
quiebra la monotonía. La curiosidad se aproxima; el iris se agudiza.
La ventana es ventana, la lluvia es lluvia; y hay mucha mugre en las
veredas. El tiempo es fardo... otra vez.
La curiosidad avanza con
queja de canario. Un hombre arrastra un carro con ruedas que
rechinan; viste harapos empapados. El agua, sobre sus rodillas,
salva la segura indignidad de su calzado. Pasa frente a mí con la
indiferencia de un karma inevitable, con la certeza de un lugar, sin
embargo, adonde dirige su carga debajo de un nylon gris.
Se aleja pero se
agiganta. Entonces decido seguirlo; deseo ver de qué suerte se
jacta, de qué manantial sacia su virtud. Cómo, no teniendo nada, va
con la soberbia del poseerlo todo.
Voy a la intemperie. La
inclemencia me bambolea y clava sus navajas heladas en mi rostro. A
poco de avanzar estoy empapado, entonces pienso que me he vuelto
loco, que no debí salir, que ese pobre infeliz no me interesa; pero
sigo, a distancia prudente.
Viene quién sabe de dónde,
impulsado por esa convicción irreprochable que da energía a sus
pies. Alguien confabuló - pienso. Mala suerte. Algún sortilegio
arrojó su alma a este tiempo, a este lugar, y con ese designio. El
cielo conspiró; y todavía le envía este vendaval para malograr su
faena de cartones. ¡Pobre diablo! Ni siquiera se detiene ante los
desperdicios, a los que este día de perros, pone un valor inferior
al que jamás tuvieran para mí.
Tras once cuadras de penosa
marcha a favor y en contra del viento y de la lluvia, se detiene;
avenida Cabildo es un río. Las alcantarillas se hartaron de su
cometido o fueron saboteadas por la basura. Me viene la imagen del
señor intendente disfrutando su Karma en un
país
coqueto. De vuelta siento la incongruencia y me pregunto qué estoy
haciendo allí, a la intemperie, tras este individuo intrascendente,
fuera del confort más modesto de mi propio sortilegio. ¡Ah! un por
qué –me respondo-; un por qué que tenga y dé sentido al desenfoque
de las cosas.
Al fin avanza de nuevo y
se detiene en la esquina opuesta frente a una escuela pública. Con
esfuerzo sube su carro de cartones por la escalera hasta el zaguán
al reparo de la lluvia. El nylon gris comienza a moverse, el hombre
lo recoge con cuidado de que ninguna gota de agua se derrame al
interior. Un nene de guardapolvo blanco, inmaculado, se pone de pie
y estira sus brazos. El hombre lo alza con la precaución de no
juntarlo a sus harapos mojados. Lo pone sobre el suelo seco del
zaguán y le entrega un portafolio ajado. Alguien - la portera quizá-
le sonríe y toma su mano; los dos van rumbo al interior.
Imprevistamente el chico se suelta, va donde el hombre, lo abraza en
las piernas empapadas, éste le besa la cabeza... El nene desaparece
por donde reside el saber... y otro karma, quizá.
Nuevamente el carro se
cubre con el nylon gris, al fin veo el rostro del hombre; su mirada
es serena. Sale a la intemperie de donde proviene a hurgar entre la
basura; a darle relieve y trascendencia. Su sortilegio lo protege
del implacable temporal que ahora es más crudo y empecinado,
conmigo.
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Marcelo D. Ferrer
nació
en la ciudad de La Plata, Capital de la Provincia de Buenos Aires,
República Argentina (1957). Poeta y narrador. Es contador público y
licenciado en economía; ejerce su profesión en su ciudad natal. Es
miembro y ha presidido diversas O.N.G. dedicadas a la educación y al
servicio comunitario. Poemas, cuentos, reflexiones, ensayos y
narraciones suyas en general han sido publicadas en diversos medios
periodísticos de Argentina y en la Red Cibernética. Ha publicado con
el asesoramiento de Estudio Qubbus de La Plata: Poemas, historias
y reflexiones (Centegraf, 2001). Sus escritos asombran por su
profundidad y sensibilidad, abordando múltiples temáticas. Su
lenguaje es medular. Se aprecian en sus contenidos estructuras
poéticas de exquisito ritmo que conducen al lector a desenlaces
reveladores. Es preciso resaltar su interés por las cuestiones
ligadas a su país. Es un crítico de la idiosincrasia facilista de
los argentinos, los denominados "argentinismos". Su pensamiento
está expresado en "Cartas a mi país", una sección consultada por
opinadores y comunicadores.

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