Miami
Estados Unidos
Año IX

 Nº 49/50

Escríbanos    

 

Publicada por Ediciones Baquiana

Director Ejecutivo

Patricio E. Palacios

Directora de Redacción

Maricel Mayor Marsán

Consejo de Redacción

Dr. Humberto López Cruz

Universidad Central de la Florida en Orlando

 

Dr. René C. Izquierdo

Miami Dade College Recinto de Kendall

 

Profesora Myra Medina

Miami Dade College

Recinto Norte

 

Dr. Gerardo Piña Rosales

Universidad de la Ciudad de Nueva York (CUNY)

Universidad de Columbia

Nueva York

 

Dra. Alicia E. Vadillo

Universidad Estatal de Nueva York en Oswego

 

Dra. Lidia Versón

Universidad de

Puerto Rico

 Recinto de Río Piedras

 

Asesor Técnico

Luis H. Beltrán

 

Asesor de Arte

Carlos Quevedo

 

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Boletín Informativo

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LA UTOPÍA DESARMADA: UN ITINERARIO

SOBRE LA DECADENCIA ARGENTINA EN

EL ATROZ ENCANTO DE SER ARGENTINOS

DE MARCOS AGUINIS

 

 por

 

Miguel Ángel De Feo

 

 

 


“La nuestra es una inestabilidad de decadencia, una agitación crítica en la inmovilidad. Es la vitalidad del desesperado.” (14)

 

Tomás Abraham, Pensamiento rápido. (2002)

 

“Estamos llenos de cicatrices que hablan de frustraciones en serie.” (13)

 

Marcos Aguinis, El atroz encanto de ser argentinos. (2005)

 

     La crisis de fines de diciembre de 2001[i] en Argentina ha generado un prolífico corpus de obras ensayísticas donde se involucran diversas perspectivas epistémicas que alientan la ambición de hallar las raíces de la decadencia nacional. La declinación argentina ha producido una idée fixe para una pléyade de intelectuales seducidos por indagar las circunstancias de tanta desventura. Las múltiples propuestas expresan el deseo generalizado por descubrir la(s) fuente(s) por las cuales un país que a principios del siglo XX se hallaba entre las naciones más privilegiadas del mundo, un siglo más tarde se ubica entre los más modestos del orbe.[ii] La utopía armada desplegada las fastuosas celebraciones del Centenario (1910)[iii] devino en desarmada con la implosión de una crisis generalizada (2001); el realismo mágico se trastocó en realismo trágico durante el curso escabroso del siglo XX.

     Uno de los posibles acercamientos al ocaso argentino es la lectura propuesta por Marcos Aguinis[iv] en El atroz encanto de ser argentinos. Aguinis recorta un campo metafórico que apela a dos ejes argumentales: el fatalismo telúrico y la tradición hispana. La invocación del autor a la geografía y a la historia cumple un papel decisivo en la reconfiguración del imaginario de la Argentina pos-crisis como antecedentes insoslayables para entender el presente. Aguinis, al respecto, anota: “Aún cargamos defectos. Horribles y gravosos defectos. Algunos vienen de lejos y han sido consolidados por la geografía y la historia” (33). Los “gravosos defectos” a los que alude el autor son sinónimos de los “vicios pertinaces” (36) o los “medulares vicios” [v] en que la Argentina se agita en un remolino sin posibilidades de evadir las maldiciones geográficas e históricas.

     El determinismo geográfico y la herencia histórica son prácticas escriturarias que labran, de acuerdo a las propuestas del ensayista, los denominados campos del “ser nacional”, “el “alma del pueblo” o el “espíritu nacional”. El fatalismo territorial tendría su expresión en el espacio físico: la pampa como esencia que se reproduce cíclicamente a modo de una sustancia mística de la cual emanaría el anatema de las desgracias posteriores. Sobre la relación entre naturaleza y cultura, Aguinis sostiene:

Desde niños nos enseñaron que la pampa húmeda fue una bendición, porque nos convirtió en el granero del mundo y generó la opulencia. Pero ahora podemos decir que también fue una maldición, porque amamantó dirigentes miopes y perezosos. Gozaron lo que gratuitamente ofrecía la tierra y quisieron seguir gozando de la misma forma, luego, con el Estado. La producción argentina pasó de una teta a otra. Regía –rige– la malsana cultura de la renta […]. (34)

     La teoría de Aguinis que supedita la cultura argentina a la “maldición” geológica-geográfica cuenta con dos ilustres antecesores: Domingo Faustino Sarmiento y Ezequiel Martínez Estrada.

     En Facundo, Sarmiento concluye: “El mal que aqueja a la República Argentina es la extensión: el desierto [la pampa] la rodea por todas partes, se le insinúa en la entrañas […]” (11). Para Martínez Estrada la colonización de la pampa asumió la forma de una titánica lucha en la cual el hombre fue dominado por el medio físico salvaje. En Radiografía de la pampa, dice Martínez Estrada: “Se entabló la primera lucha, en que al comienzo vencía el hombre, aunque con detrimento de su condición de ser civilizado, pero en que al final sucumbió bajo la fuerza más lenta e infinitamente más grande de la naturaleza” (15).[vi]  Sarmiento, Martínez Estrada y Aguinis consideran a la pampa como una alegoría amenazadora a la cual deberá someterse mediante el ejercicio de la disciplina. La pampa simbolizaría el caos y las fuerzas irracionales de la barbarie que desafían las virtudes civilizadoras afincadas en las ciudades.

     El espacio organizado por Aguinis se instrumenta a través de las oposiciones Sujeto (ciudadano /civilización)–Objeto (la pampa/barbarie) y Centro (Buenos Aires/progreso)–Periferia (las provincias/atraso). Estas teorizaciones implican la jerarquización de uno de los opuestos. Desde la Conquista y Colonización española (1536-1852) hasta la Organización Nacional (1853),[vii] la pampa ejerce su dominio sobre el Sujeto/Centro. La “misteriosa pampa”, como la denomina Aguinis (57), representaría el desenfrenado impulso instintivo que se manifestaba en la transgresión de toda norma de convivencia civilizada. De esta geografía habrá de surgir un “individualismo malsano” (42).

     La postura de Aguinis sobre el papel de la pampa en la constitución del imaginario nacional (al menos hasta 1852) puede ser discernida como expresión de un haz de constelaciones simbólicas asociadas a la tierra; es decir, la Madre Tierra implica la supremacía de la madre sobre el padre, o sea del deseo sobre la ley, la anarquía sobre el orden, la castración sobre el falo. También, el espacio pampeano es sinónimo de pasiones desenfrenadas y de despilfarros contrarios a la moral masculina y patriarcal del ahorro y acumulación. El elemento dionisíaco (la pampa) del exceso se enfrenta al aspecto apolíneo (la ciudad civilizada) de la mesura.

     Aguinis considera como un epifenómeno arquetípico de ese espacio al gaucho, es el emblema paradigmático de los “vicios pertinaces” (36) que se habrá de prolongar, –a veces de modo explícito, otras de forma embozada–, hasta la Argentina actual. Los gauchos son juzgados por el ensayista como “productos de la paternidad irresponsable y adictos a la violación de la ley” (57).

     Los imperativos de la moral del siglo XIX son subvertidos por las tendencias anarquizantes de la gratificación sexual desmedida. A propósito de dicha inmoralidad e intemperancia, Aguinis sostiene:

El gaucho fue casi siempre un guacho, [viii] hijo de la siembra al voleo. […] El pequeño ya hecho hombre está condenado a repetir el trayecto de su anónimo antecesor: preñar a las chinas que encuentre, más por el impulso de la calentura que por el amor real […] Después del placer no surgía la responsabilidad, sino el deseo de marcharse y someter otros cuerpos. [énfasis en el original] (68)

     La pampa como madre castradora y licenciosa debía ser sometida –poseída– a través de la fuerza (el reclutamiento obligado por medio de sucesivas levas militares de los gauchos para integrar el Ejército Argentino en su lucha contra los malones indígenas) y la domesticación del espacio (la introducción del alambre de púa a fin de establecer la propiedad privada; es decir, las estancia y las grandes extensiones de tierra alambradas se constituirán los emblemas de la nueva burguesía terrateniente). No es una coincidencia que una de las instituciones más viriles y homofóbicas de la sociedad fuera la encargada de someter las pasiones de esas tierras disolutas: las fuerzas miliares. El Sujeto y Centro, imbuidos de una moral puritana, varonil y patriarcal, reclaman sus derechos a la ley paterna como administradores exclusivos de la nueva ideología de la clase dominante. Aguinis escribe el epitafio del gaucho: “Terminadas las guerras interiores, conquistado el desierto y alambrada la pampa, desapareció el centauro indomable llamado gaucho y nacieron sus hijos de poca alcurnia: el peón de estancia y el compadre y el compadrito en el arrabal” (53).

     El gaucho, como consecuencia de su expulsión de su hábitat natural, vino a recalar en las orillas –arrabales– de las grandes metrópolis que se iban ampliando favorecidas por el aluvión inmigratorio. El descendiente del gaucho forjó “un compacto sufrimiento campero” que “se trasvasó en la generación siguiente, degradada, que se afincó en el arrabal y merodeó los quilombos” (58). El nuevo espacio físico –sucedáneo de la pampa– será el arrabal o la orilla (una mezcla ambigua entre campo y ciudad), que con el tiempo habrá de convertirse en el escenario para el desfile de una serie de personajes-arquetipos: “el compadre, el compadrito, el compadrón y el malevo” [énfasis en el original] (59). En ese nuevo espacio se habrán de confundir los sucesores de los gauchos y la masa de inmigrantes pobres: “El inmigrante desarraigado y el descendiente del gaucho muerto no sabían cómo descubrir que los unía el dolor,” declara Aguinis (54).

     Consecuente con su argumento de focalizar la historia argentina en personajes marginales, convirtiéndolos en íconos de toda la Nación, y de abrevar en la idea de que en los orígenes se hallan inscriptos las características identitarias futuras, Aguinis se inclina por producir un relato, subrayando una entelequia prototípica que, más que a la historia, pertenece al género literario. El imaginario nacional, de acuerdo a las posturas del ensayista, se reducirían a íconos-fetiches siempre inalterables. Por ejemplo, el compadre “[d]esprecia el trabajo como sus antecesores míticos (el hidalgo y el conquistador) y como su padre aborrecido (el gaucho)” (60); el compadrito es “un gaucho desmontado que no soporta la baja estatura y se desvive por hacerse notar (60-61).

     También advierte Aguinis la teatralidad y el enmascaramiento de estos personajes-tipos que parecieran aludir a una suerte de happening al aire libre en ese marco coreográfico que le ofrece el arrabal. Por ejemplo, el compadre “[s]e contonea al caminar” (60), el compadrito “llena sus carencias con un lenguaje vil y fanfarrón” (60), el compadrón “simula lo que jamás fue ni será” (61) y el malevo “[d]eja encarcelar a un inocente poniendo cara de ángel o de idiota, huye ante la amenaza de pelea, se burla de los asustados en un conventillo y se esconde cuando llega la requisa policial” (62). La perspectiva historiográfica de Aguinis de encontrar sus modelos en arquetipos que, cíclicamente, apunta a una idea del devenir histórico como proceso de eterno retorno a las fuentes originales. La objeción que le hace Graciela Scheines a Martínez Estrada podría suministrar los elementos para una crítica de Aguinis. Observa Scheines:

Dentro de este planteo la historia argentina no existe como tal. En vez de una sucesión de acontecimientos inéditos, de hechos importantes e irrepetibles, la ‘historia’ nacional es una pantomima siempre por los mismos protagonistas luciendo disfraces diferentes, disimulando sus instintos elementales bajo la apariencia del cálculo y la previsión. No hay historia. Cuanto más un proceso circular que desemboca invariablemente en el punto de partida. (58)

     El simulacro y el engaño, evaluara considerar el autor, se convertirían en una suerte de paradigma de la argentinidad. Aguinis recurre a una galería de celebridades, tales como Carlos Gardel, Juan Domingo Perón, Evita o Carlos Menem, a fin desmontar la espesa neblina mitificadora a la que las ha envuelto el pueblo argentino. De Gardel, por ejemplo, el ensayista asevera que “se convirtió en un santo laico” (72) y que brilla en “el firmamento de los ídolos” (73), pero que, a la vez, “comparte el estigma de gauchos, mestizos y casi toda la gente del arrabal” (71). Evita “se convirtió”, según Aguinis, “en un mito hermoso, universal, que se presta al melodrama y pos eso fue exitosamente aprovechado por el teatro y el cine” (123). Al igual que el mito gardeliano, Evita “[e]ra bastarda, como bastardos fueron millones de mestizos, el gaucho y Carlos Gardel y, a medias, el mismo Perón” (121-22). En los gobiernos de Perón y Menem “hubo fiesta, culto de la personalidad, abusos, ineficacia, impunidad y doble discurso” (132).

     En el panteón nacional no se hallan los restos de “la responsabilidad creativa, la consolidación de las fuerzas morales, la racionalidad y el corazón puesto en lo bueno que –pese a todo– seguimos entendiendo” (228), sino las reliquias insepultas de “un argentino oportunista, falso, sobrador, holgazán, coimero y listo para hacerse de cualquier ventaja” (85).[ix] Es dable señalar que el subtexto de Aguinis indicaría una continuidad sin fisuras en la historia nacional que, desde el hidalgo español del siglo XVI hasta el chanta actual,[x] de figurantes edificados por un dispositivo instituido en rituales de repetición e imitación, lo cual propende a la articulación de  un imaginario nacional como secuela de prácticas mediadas por ilación del discurso, y cuyas acciones son representaciones o simulacros que no remiten a un sujeto ontológicamente estable e invariable; el yo –argentino–, estimara afirmar el autor, es una construcción errática que se despliega en el decurso temporal atravesado por infinitas máscaras. Las conclusiones de Blas Matamoro sobre el género ensayo y sobre Montaigne podrían ser sustentadas con respecto al texto de Aguinis. Verifica Matamoro:

El discurso del ensayo es como un decir flotante, partitura y coreografía de un pensamiento saltarín sobre el radical vacío de la condición humana y el mundo enigmático de las cosas. Ni el padre ni la madre le aseguran caer sobre el sólido suelo de eso que se llama patria, lugar paterno y familiar. Su condición de escritor es la orfandad y se la ofrece a la humanidad que va a leerlo. (64) 

     Así, la relación entre la pampa y sus epígonos no sería, como pretende Aguinis, un efecto del fatalismo telúrico, sino una secuela de su insistencia por encontrar en el medio físico un primum movens que le dictara las respuestas al “misterio” y a la “maldición” del descalabro argentino.

     Otro tanto ocurre con la particular visión historiográfica de Aguinis. El factor histórico tiene una incidencia decisiva, adoptando el planteamiento del ensayista, en la configuración del presente. El autor prefiere enunciar el proceso histórico argentino de forma oposicional. Existen dos corrientes definidas cuando se piensa en el pasado: una “línea liberal” y una “línea nacional” [énfasis en el original] (29). Sin embargo, para el ensayista, “[s]e decía nacional y a menudo actuaba como liberal. O se consideraba liberal y de liberal sólo tenía el nombre” (30). Es decir, el autor se identifica con el trayecto propuesto por el liberalismo, aunque él mismo consiente que, precariamente, el liberalismo auténtico se halla aplicado por los gobernantes. Al menos en la propuesta del autor, ambas corrientes históricas contribuyen al imaginario nacional:

Por una parte latía la tradición ibérica y por la otra la no ibérica (representada por el resto de Europa y los Estados Unidos). La primera bebía en la fuente colonial y rural; la segunda, en la Ilustración y el ámbito urbano. La tradición ibérica contenía elementos autoritarios, jerárquicos y conservadores. La no ibérica apostaba a la democracia, el progreso y los derechos individuales. La ibérica era fatalista, desdeñaba el trabajo físico y consideraba a la Corona (el gobierno o el caudillo) fuente de todos los bienes. La no ibérica promovía la iniciativa personal y las instituciones republicanas. (28)

     Para el ensayista, la herencia hispánica encarnada en los hidalgos ha sido la fuente del individualismo irresponsable, el machismo, las estructuras verticales, el desprecio al trabajo y la cultura de la renta. Este individualismo anárquico, insolidario y antisocial “de tradición ibérica tiende a desestabilizar, desintegrar […]” (43).

     La consecuencia de estos orígenes es el permanente caos e inestabilidad de la Argentina, y la necesidad del llamado al orden, a la disciplina. Así como la pampa era cercada por los alambrados de la expansión del capitalismo y los gauchos eran forzados a integrar las filas del embrionario Ejército Argentino, la Argentina contemporánea acotada por su proximidad al precipicio y la desintegración social reclamó los golpes militares. A pesar de enrolarse en las ideas democráticas, republicanas y progresistas amparadas por la Revolución Francesa y la Independencia de los Estados Unidos, Aguinis, al respecto, confiesa: “Contra ese temido caos, durante demasiado tiempo aparecieron las Fuerzas Armadas como la única institución capaz de unir los pedazos en que estaba dividido el país” (45). El autor rescinde de sus principios ante la amenaza del “temido caos” y le adjudica a las FF.AA. el derecho de interrumpir los procesos constitucionales.

     En oposición a paradigma hispánico, Aguinis encuentra el espejo donde cada uno de los argentinos debe buscar su propia imagen: el modelo anglosajón. Estados Unidos y los países europeos de tradición liberal promueven –en contraste a la cultura de la renta heredada de los españoles– una cultura al servicio del trabajo y del esfuerzo, lo cual significa “innovar, arriesgar, trabajar, disciplinarse” (34); en cambio, las clases dirigentes y sus dirigidos en Argentina prefirieron la “[…] modorra y comodidad...Se agotaban con sólo pensar en ello [el trabajo]. No hicieron nada. Se ataron a un conservadurismo suicida. Tenían odio al esfuerzo y amor a la especulación. Esto último –recordemos– había sido consolidado por las antiguas aficiones al contrabando y a los juegos de azar” (34). La propuesta de Aguinis haría una inversión del paradigma Ariel–Calibán desarrollado por el modernismo rubeniano y rodoniano a principios del siglo XX por el de Calibán-Ariel, pero, a la vez, alterando las calificaciones positivas.

     La imagen admirada por Aguinis es el colono norteamericano, ávido por esparcir en el Nuevo Mundo y, en su posterior Conquista al Oeste, la moral puritana fundada en el trabajo, la austeridad, la entereza, la vida frugal y espartana. A propósito de dicho ideal, Aguinis constata: “En este sentido nuestras experiencias son antagónicas de las que se vivieron en las colonias de Norteamérica: allí el sudor dignificaba y la holgazanería era objeto de unánime repudio; sólo merecían respeto quienes trabajaban duro y honestamente. Los colonos no esperaban nada gratis” (208) y, el ensayista, agrega: “Pero si esas experiencias no alimentan los valores de la creatividad, la responsabilidad y la legitimidad, entonces, el pueblo [argentino] seguirá atrasado y sometido” (206).

     La historia propiciada por Aguinis se expresa a través de un evento primordial –la conquista española– que desembarca con una serie de valores que se reiterarían a través del desarrollo histórico. Por ejemplo, en Argentina “ha perdurado la feudal institución de la encomienda. El encomendero, que era dueño de vidas y de hacienda, fue continuado por el caudillo y el patrón. Luego, por el Estado” (206). La expansión estatal durante el peronismo, por ejemplo, patrocinó un “mecanismo perverso de ser ‘mantenidos’, de vivir a costa del erario público”; mientras que, al mismo tiempo, “El dañino modelo de la oligarquía rentista, que disfrutaba sin esfuerzo ni riesgo de la riqueza de la tierra, era ahora aplicado [por Perón] a los trabajadores, que empezaron a disfrutar de lo que regalaba el Estado […]” (124). El gobierno de Menem en los 90 es otra muestra de la enconada obstinación de los “medulares vicios” (232) atesorados “desde nuestros orígenes” (220). Durante el denominado menemato (1989-1999), las denuncias sobre funcionarios corruptos alcanzaron proporciones escandalosas. Refiriéndose a Menem y su farandulesco séquito, Aguinis destaca: “Para éstos vale la picardía, la trampa, la especulación y hasta la violación de la ley. No ponen la imaginación al servicio de la producción de riquezas, sino de su simple y llana apropiación. Recordemos que así lo hicieron lo conquistadores y luego los encomenderos, caudillos, patrones, dirigentes sindicales y muchos políticos” [énfasis en el original] (210).

     La idealización de los primeros colonos norteamericanos del autor parecería patrocinar la regresión a un período específico en el desarrollo del capitalismo, –la marcha triunfal del capitalismo agrario–, donde la racionalidad económica y los valores morales encontraban su manifestación en la cultura y religiosidad protestante. Esta devoción por la eficiencia y el pragmatismo conducía más que a una sociedad libre, a la vida de un cuartel. En su clásico trabajo sobre la influencia de la religiosidad puritana en los orígenes del capitalismo temprano, Max Weber apunta:

The Puritan wanted to work in a calling; we are forced to do so. For when asceticism was carried out of monastic cells into everyday life, and began to dominate worldly morality […] Since asceticism undertook to remodel the world to work out its ideals in the world, material goods have gained an increasing and finally an inexorable power over the lives of men as at no previous period in history. (181)

     Esta añoranza por una suerte de self made man argentino, sin que lo considere Aguinis, es socavada por el propio capitalismo contemporáneo al auspiciar el hedonismo, la gratificación instantánea, y la búsqueda de una intensa experiencia narcisista y exhibicionista a través de la fiebre consumista. Además, la idea que el sistema de libre mercado que garantiza la creatividad y la oportunidad personal podría ser entendidas como otras de los tantos mitos contemporáneos; en cambio, como sostiene Ellen Meiksins Wood, “the distinctive and dominant characteristic of capitalist market is not opportunity or choice but, on the contrary, compulsion. Material life and social reproduction in capitalism are mediated by the market […]” (7). A la proposición de Wood puede agregarse la perspectiva de Fredric Jameson, quien afirma, “market as a concept rarely has anything to do with choice or freedom, since those are all determined for us in advance”  (66).

     La reivindicación de formas tempranas del desarrollo económico identifica al autor con el liberalismo decimonónico. En las actuales condiciones del llamado capitalismo tardío o, como lo denomina David Harvey capitalismo de “flexible accumulation” (173), resultan una utopía regresiva. Aunque el ensayista resalte como laudable el respeto de los derechos individuales y el acatamiento a las leyes, la unipolaridad internacional tardocapitalista ha recodificado todos los aspectos de la sociedad, incluso la colonización de la propia subjetividad bajo el omnipresente tinglado de la lógica de los medios masivos de comunicación. El pensamiento civilizado al que se adscribe Aguinis ha mostrado, como asegura Nicolás Casullo, “las consecuencias de la impotencia del proyecto ilustrado y de justicia humana, a causa del propio mundo que racionalizó y organizó, donde reina la iniquidad y criminalidad social moderna” (16).

     La operación Aguinis de estructurar un dispositivo ensayístico sobre los fundamentos geográficos e históricos como potenciadores medulares suspende el análisis crítico por la búsqueda de una ontología ahistórica o, por lo menos, una fijación esquemática y abstracta sobre ciertas peculiaridades de la “caracterología nacional” que se reiteran ad infinitum. El subterfugio del autor para escapar del cinismo y el pesimismo que su propia narración despliega es apelar al obsoleto paradigma de las supuestas “reservas morales” (45), las cuales se arraigarían en “la franja más sana de nuestro país” (197). El determinismo trágico como itinerario para comprender la decadencia argentina impide, de acuerdo a los presupuestos elaborados por el autor, recorrer caminos alternativos.

 


 

OBRAS CITADAS:

 

Abraham, Tomás. Pensamiento rápido. Buenos Aires: Sudamericana, 2002.

Aguinis, Marcos. El atroz encanto de ser argentinos. 2001. 5ª ed. Buenos Aires: Booklet, 2005.

Casullo, Nicolás. “Relampagueos”. Pensamiento de los confines 11 (2002): 9-30.

Harvey, David. The Condition of Postmodernity: An Enquiry into the Origins of Cultural Change. 1990. Malden, MA: Blackwell, 1997.

Jameson, Fredric. Postmodernism or, the Cultural Logic of Late Capitalism. 1991. 6ª ed. Durham, NC: Duke UP, 1995.

Martínez Estrada, Ezequiel. Radiografía de la pampa. 1933. Edición y coordinador Leo Pollman. Madrid: Archivos, 1991.

Matamoro, Blas. Lógica de la dispersión o de un saber melancólico. Madrid: Mirada Malva, 2006.

Sarmiento, Domingo Faustino. Facundo. Civilización y barbarie. Vida de Juan Facundo Quiroga. 1845. 9ª ed. Ensayo preliminar e índice cronológico Raimundo Lazo. México: Porrúa, 1996.

Scheines, Graciela. Las metáforas del fracaso. Sudamérica: ¿geografía o desencuentro? La Habana: Casa de las Américas, 1991.

Sebreli, Juan José. Crítica de las ideas políticas argentinas. Los orígenes de la crisis. Buenos Aires: Sudamericana, 2002.

Weber, Max. The Protestant Ethic and the Spirit of Capitalism. 1930. Trad. Talcott Parsons. Introd. Anthony Giddens. London: Routledge, 1996.

Wood, Ellen Meiksins. The Origin of Capitalism: A longer View. London: Verso, 2002.

 


 

NOTAS:

 

 

[1] Los días 19 y 20 de diciembre de 2001 se desató en Argentina una crisis de amplias consecuencias. Las medidas económicas impulsadas por el ministro de Economía Domingo Felipe Cavallo –feriado cambiario, congelamiento de los depósitos bancarios– desataron una ola de protestas, saqueos y enfrentamientos con las fuerzas de seguridad. El presidente Fernando de la Rúa decretó en la noche del 19 de diciembre el Estado de Sitio, lo cual provocó un efecto contrario al esperado: masivas movilizaciones de sectores medios contra el presidente y la política económica de su ministro. Los hechos luctuosos de diciembre dejaron en los alrededores de la histórica Plaza de Mayo en el centro de Buenos Aires a treinta muertos, asesinados por miembros de la Policía Federal Argentina. La sangrienta represión policial y la falta de apoyo por parte de los partidos políticos opositores aceleraron la renuncia de De la Rúa a la más alta magistratura de la Nación. Para un desarrollo pormenorizado de los eventos previos y posteriores a las fechas señaladas más arriba, véanse las crónicas periodísticas de los principales matutinos de Buenos Aires, tales como Clarín, La Nación, Página /12, Diario Popular y La Prensa.

 

[2] De acuerdo a Juan José Sebreli, “entre 1880 y 1930 la Argentina ostentaba las cifras más altas de crecimiento económico y un producto bruto por encima del promedio mundial” (13).

 

[3] El Centenario de 1910 fue la conmemoración del 25 de mayo de 1810, cuando por primera vez los ciudadanos de Buenos Aires tomaron en sus propias manos el gobierno del Virreinato del Río de la Plata, aunque sin declarar la independencia con respecto a España. La oligarquía argentina celebró su propia gloria, mostrando al mundo en fastuosas ceremonias, exposiciones y fiestas las riquezas acumuladas. Llegaron especialmente para los festejos  el presidente de Chile, el vicepresidente de Perú, la Infanta Isabel de Borbón, en representación del Rey de España Alfonso XIII, Ramón del Valle Inclán, Vicente Blasco Ibáñez, representantes de Alemania, España, Paraguay, Japón, Estados Unidos. Dice Sebreli: “La oligarquía la había erigido [a la ciudad de Buenos Aires] como una escenografía fastuosa acorde con su protagonismo y, a la vez, como un monumento destinado a celebrar su triunfo” (14).

 

[4] Marcos Aguinis (1935) nació en la ciudad de Córdoba en la provincia del mismo nombre. A los veintitrés años se graduó de médico, especializándose en neurocirugía. Ganó varias becas que le trajeron a Europa, donde completó su formación científica y humanística. En 1963 apareció su biografía Maimónides, un sabio de avanzada y en 1969 la novela Refugiados, que esclarece con valentía y objetividad la tragedia de los desplazados políticos. Obtuvo el Premio Planeta 1970 con La cruz invertida, y en 1972 añadió a su producción Cantata de los diablos. Cuando se restableció la democracia en la Argentina, en diciembre de 1983, fue designado subsecretario y luego secretario de Cultura de la Nación. Creó el PRONDEC (Programa Nacional de Democratización de la Cultura), que obtuvo el apoyo de la UNESCO y de las Naciones Unidas, y puso en marcha intensas acciones para el mejoramiento de los mecanismos participativos de la sociedad. Por su obra fue nominado al Premio Educación para la Paz de la UNESCO. Ha recibido, entre otros, el Premio Planeta y fue designado Caballero de las Letras y las Artes Francesas. En 1995 la Sociedad Argentina de Escritores le confirió el Gran Premio de Honor por la totalidad de su obra. Además de su extensa obra de ficción, Aguinis ha escrito numerosos ensayos. Las últimas obras ensayísticas revelan su preocupación por la situación argentina. Aparte de El atroz encanto de los argentinos, Aguinis publicó Un país de novela: viaje a la mentalidad de los argentinos (1988), ¿Qué hacer? Bases para el renacimiento argentino (2005) y El atroz encanto de ser argentinos II (2007). Para mayor información sobre su vida y obra, véase el sitio oficial del autor: www.aguinis.net.

 

[5] Algunos ejemplos de los “vicios pertinaces” que ofrece el autor son: el desprecio por el trabajo (60); el individualismo verticalista y antisocial (43-44); el masoquismo atormentado (8); el egoísmo, la soberbia y la arrogancia (35-36); la inmadurez (228); la viveza criolla (81); la ineficiencia, corrupción y despilfarro (128); el facilismo y la desidia (171); el clientelismo y el asistencialismo promovido por el Estado  peronista (207); y la exaltación del Estado paternalista (123).

 

[6] Es necesario distinguir las posturas de Sarmiento y Aguinis con respecto a las de Martínez Estrada. Tanto Sarmiento como Aguinis se alejan del pesimismo del medio ambiente que se encuentra en la obra de Martínez Estrada. Sarmiento y Aguinis consideran que el fervor, la voluntad y el coraje del ser humano pueden cambiar el destino de las leyes físicas. Para estos dos últimos autores, el hombre no es un ser meramente pasivo, sino que, a través del trabajo, puede crear sus propias condiciones culturales de vida. Mientras que “Sarmiento concibe la historia como una épica: sucesión de hechos importantes e irrepetibles […] Martínez Estrada en cambio no tiene cabida la utopía […] En su interpretación de la realidad nacional desde sus orígenes sólo cabe la reiteración del fracaso […]” (Scheines 59). Aguinis también participa de la utopía sarmientina al destacar: “Pero estoy convencido de que es objetivamente posible estar mucho mejor que ahora. Y esto puede lograrse en un tiempo breve” (225).

 

[7] El 3 de febrero de 1852 las tropas federales del general Juan Manuel de Rosas (1793-1877) son vencidas por el denominado Ejercito Grande al mando del general Justo José de Urquiza (1801-1870) en la batalla del Palomar de Caseros. El triunfo de Urquiza puso fin a décadas de gobierno rosista y el inicio de la denominada Organización Nacional mediante el dictado de la Constitución de la Nación Argentina en 1853. A partir de entonces, comenzará un decidió impulso a la modernización que tendrá su apogeo con el deliberado respaldo de la Generación del 80. El modelo agroexportador, base de la notable expansión económica argentina desde 1880 a 1930, sucumbirá a la crisis mundial de 1929. El 6 de septiembre de 1930 el general José Félix Uriburu (1868-1932) marca un hito en la historia de los golpes militares al ser éste el primer derrocamiento de un presidente constitucional. Para una exhaustiva historia de la Argentina, véase el trabajo de María Sáenz Quesada, La Argentina: historia del país y su gente, (Buenos Aires: Sudamericana, 2001).

 

[8] El propio autor define la etimología del vocablo gaucho como voz derivada de guacho que, en lengua quechua, significa “bastardo” o “hijo de puta” (57).

 

[9] En la jerga del lunfardo porteño (Buenos Aires) “sobrador” nomencla a aquel individuo presuntuoso o petulante que advierte los propósitos de otro; mientras que, “coimero”, alude a la persona que comete el acto de sobornar, otorgar una dadiva o efectuar un cohecho.

 

[10] El término “chanta” denota en la jerga lunfarda desvergonzado, descarado, incumplidor, insolvente o persona inmoral que contrae deudas con las que no cumple.

 


Miguel Ángel De Feo nació en Buenos Aires, Argentina (1956). Se doctoró en Literatura Hispanoamericana en La Universidad de Florida (Gainesville). En la actualidad cumple tareas como catedrático en Grambling State University (Grambling, Louisiana). Ha publicado artículos y reseñas en prestigiosas revistas colegiadas como, Horizontes (Puerto Rico) y SELA (South Eastern Latin Americanist) en Orlando, Florida, entre otras. Sus textos forman parte de los libros: Encuentro con la literatura panameña (Panamá: Círculo de Lectores de la USMA, 2003) y Dulce María Loynaz: cien años después (Madrid: Editorial Hispano Cubana, 2004). Próximamente, saldrá su libro Rebelión y nostalgia: la odisea de la conciencia moderna en ‘La carreta’ de René Marqués.