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HERIBERTO HERNÁNDEZ
MEDINA
Nació en Matanzas, Cuba, (1964). Poeta y
Crítico de arte. Graduado en Arquitectura en la Universidad
Central de Santa Clara en 1987 , ciudad en la cual, en los
inicios de esta década forma, junto a otros autores, uno de los
grupos literarios más importantes e influyentes en la cultura
cubana de estos años. Ha publicado cuatro libros de poesía:
POEMAS. Ediciones Matanzas, (1991), DISCURSO EN LA
MONTAÑA DE LOS MUERTOS. Ediciones Unión, (1994), LA
PATRIA DEL ESPEJO. Ediciones Unión, (1994) y LOS FRUTOS
DEL VACÍO. Ediciones Matanzas, (1997). Ha recibido numerosos
premios y menciones en los más importantes eventos del género:
Mención 13 DE MARZO de la Universidad de La Habana,
(1986), Menciones DAVID de la UNEAC, (1986), (1987) Y
(1988), Premio DAVID de la UNEAC, (1989), Primera
Mención JULIÁN DEL CASAL de la UNEAC, (1988), Mención
EL OLIVO DE ORO de la Municipalidad de San Isidro, Lima,
(1998), Mención EUGENIO FLORIT de la Asociación “ALAS” de
la Pequeña Habana. Miami, 2002 y Premio Internacional de
Poesía Nicolás Guillén (2006), convocado por la Fundación
Oasis, la editorial Nave de papel, la revista Tropo a la uña,
la Fundación “Nicolás Guillén” y la Unión de Escritores y
Artistas de Cuba. Su obra ha sido considerada por
la crítica entre las más representativas de la Generación de los
Ochenta en Cuba.
Actualmente tiene dos libros de poesía
inéditos: Las sucesivas puertas, el frágil aire eterno
y Verdades como templos.
ARBOL, SUEÑO, ETERNIDAD.
I
Sombra si la memoria niega, nombra o protege
y su temblor se torna temblor de
húmedo insecto.
Luz que la mano niega sin nombrar el perfecto
mar de aguas y de dudas que en su
silencio teje.
Haz que sin ocultarlo, mi sombra se asemeje
a la verdad que traza la mano. Su
trayecto
del vacío, surcando la sombra, hacia
el proyecto
de espacio en que la luz nuestro
temor refleje.
Si la memoria asalta del recuerdo la duda,
ennoblece el designio que agua y aire
sustenta,
y el tiempo que elogiara, y el miedo
que lamenta.
Del elogio al lamento, no haz de nombrar la aguda
palabra que el espacio innombrable
negara,
ni el mar, ni el viento breve que mi
silencio ampara.
II
Bajo que humilde tierra parecida al vacío
sueñas la sombra humilde de un sueño
que no cesa.
Bajo que sombra etérea o en que amable corteza
grabas el gesto noble que lento
inicia el río.
Un temblor insondable de árbol, de baldío
espacio junto al pecho, a su temblor
regresa.
Rememora la savia que de su sombra presa
inicia su aventura de sangre y aire
frío.
Dialogo, si en las frondas de su mutismo estuve,
en su dialogo eterno, el temblor de
la savia
asciende hacia la nube que su
silencio agravia.
No inicia el gesto unánime que violenta la nube,
árbol que aguarda insomne su lenta
eternidad
de imaginado bosque que sueña la
verdad.
NUNCA MI SOMBRA.
Estoy trazando un circulo, un circulo de agua;
florecerá en la estrella, en el
ilustre tiempo
florecerá y su sombra
tendrá el amargo aliento de la bestia
que gime.
Estoy trazando un circulo, una flor en el túmulo
que el tiempo alaba y teme.
Borra el perfecto margen que sus armas elude,
borra sus armas, borra
el filo que en la nieve ampara y
reconforta.
Ah, si aun oculto siento vibrar los hilos leves
en que el agua rugiese su tierna
intolerancia,
escribiré en el blanco rostro que no
te nombra
mi temor, nieve ultima, sobre la
cierta nieve.
Escucharas el canto, canto si canto fuere
agredir el silencio
con la palabra blanca que sostiene el
vacío;
escucharas y el polvo
será una puerta frágil.
Estoy trazando un circulo,
si cantas para mí será más breve
la línea otrora azul que cruza el
agua;
será más breve el agua y podrás verla
como se mira el agua cantando en el
silencio.
Sentada al borde mismo, la línea te recorre
equidistante, turbia
como el agua que funda la mas
profunda ausencia.
Interroga la oscura noche de los equívocos,
nunca mi sombra, nunca
mi voz de cielo y páramo.
A QUIEN CULPAR.
Hay un sitio en las aguas en que el hombre
pone a pruebas sus fuerzas,
un sitio oscuro y húmedo en que la
soledad nombra la duda.
Hay un sitio, un oscuro y húmedo sitio,
en que se superponen los arcos de la
muerte;
el agua traza, alejada de todo
esfuerzo humano,
líneas que han de cruzarse en un
espacio incierto.
Hay un sitio, un tiempo real e inabarcable
en que comienza a olvidarse todo
tiempo pasado,
toda verdad lamiendo los muros del
recuerdo.
Palabras para una historia enferma y eternamente
dividida,
sin árboles, sin espejos, sin brumas
insondables.
A quien culpar cuando la noche canta.
CABE EL IMPULSO.
Cabe el impulso, mirar pudiera el ojo simple,
bastaría
si no fuera tan amargo ser ojo opaco,
turbio,
encerrado en su profundidad de cálido
retiro.
Y no fuese por asco, no ansiedad,
cable el impulso, siempre cabe
aunque no siempre
tiene el impulso el filo de un dardo
en la penumbra.
Mirar pudiera,
con una no tan amarga pose de
observador ecuánime
y tener la justa respuesta
que como un grueso cristal, antecede
sólido
un frágil cristal de inusitada
transparencia.
Y no fuese por asco, no ansiedad,
simple no decir o no a quien decir
que de igual modo entendiera y
bastaría.
Puede que de algún modo no fuese el impulso una
lección de dignidad,
cargo de conciencia o falsa
estrategia o equivocada estrategia
o simplemente no es político ahora.
HACER TIEMPO.
Es la calle, donde, cansado lector de libros
grises,
buscaba la acera de la sombra,
la ansiada acera en que la sombra
calma la sed y observa
en cierto modo distante
los soleados portones de la duda.
Buscaba la sombra calma
sin nombrar nada cierto, sin nombrar
nada
y el nombre es hoy la calle
empujándonos hacia la puerta
heráldica,
lamento, arco perdido en los inicios
o el fin,
en la tonsura o el sueño de un Don
desconocido,
hacia la plaza donde la Libertad
recuerda,
los pies en la tierra, los pechos
desnudos,
el naufragio olvidado a tiempo
de ciertos y eternos símbolos.
No era esta o aquella la acera de la sombra ayer
ni la sombra
una u otra puerta que de abrirse
mostrara
desconocidos monstruos, pálidas
beldades del diecinueve.
Era, puedo decirlo, voz limpia en el
silencio
de oscuro salón,
de oscura ciudad que aun sueña su
pasado,
puedo decírtelo en voz baja,
saludable,
mejor vista,
una simple acera de una calle
oscura como un país donde ya nadie
escucha.
Nunca mas corto el paseo
agotado en los ávidos álamos
que de cubrirlo todo
no han sido aun descubiertos,
fundados por bondad alguna.
Aquí terminara,
paseo, especulativo discurso,
y ya no seria una puerta la razón,
una muchacha puede
o una mentira de mármol
como duele a veces escuchar.
O abrirse pudiera la ventana, o caer
y el espejo
o el lienzo mejor, que de soñarlo
fue un sueño, estuvo horas enteras
posando para él.
En el espejo todo fue distinto,
cómplice de un instante,
y yo no he de entrar para hacer juego
que hacer tiempo no es hacer
historia.
PRAEMEDITATIO MALORUM.
Solo, como un monstruo que siente que ha
destruido el cielo
ha puesto en orden todas las
palabras,
ordenado tanto objeto que apenas
reconoce,
ha descubierto un sitio
para escribir sin dudas la palabra
silencio.
Tardes soleadas, paseo entre los árboles
para sentir que solo se ha olvidado
lo que un día fue cierto.
Ordena objetos grises,
mira al cielo y blasfema
sintiendo que ha olvidado las
palabras más áridas.
Bebo en el aire
esta humedad probable del agua que no
he visto,
siento que voy pisando
las pisadas distantes con que borra
mis pasos,
con que pisa insegura.
ese seguro paso que sostiene mis
dudas.
Fuera el uno del otro
me he escondido en su sombra,
en mi voz he abrigado su odio, su
desprecio.
Me juzga, me destruye cada palabra suya
y en cada gesto siento que niego que
la juzgo.
Callo su nombre, callo
el nombre que me niego solo por no
nombrarle,
callo toda palabra que en algo me
recuerde
y construyo un olvido que algún día
nos borre.
Vivo una muerte otra que dibujo en su pecho
con la daga punzante que aun en sus
manos tiembla.
Siento, mas el que yo
porque aun puede olvidarlo,
que amo el pan noble, el barro
primario al que volvemos
y en el que el fuego nada
puede ya alimentar.
Piedra que calla, escribe
o simplemente existe,
somos el fuego, el agua,
no uno u otra,
es cierto que en uno u otra hablamos,
que no existimos solo porque hagamos
silencio.
Le concebí tan solo para poder negarle
esas palabras turbias
a las que amo temiendo que un día he
de borrar;
o he sido concebido
sin dolor, como un árbol,
para que haya una sombra noble como
el olvido.
Piedra que calla, escribe
y a su vez es escrita,
existe como un templo, como un
lamento antiguo.
Piedra de sacrificio, somos dos condenados
piedra y hombre sin serlo,
sin matar,
sin ser muertos, fuera uno del otro
y al otro destinados.
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