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Atravesamos el frágil puentecito hecho de tablas. Debajo, el agua,
oscilante, me hace sentir insegura desde antes de penetrar al
Midnight. A mí este tipo de experiencias me aterran, pero ni
siquiera mi comadre Cundita se imagina por qué. Me agarro del brazo
de ella, culpable de que esa mañana de junio me encontrara allí. A
qué voy yo para allá si siempre evité montarme en barcos, le dije
cuando me propuso que la acompañara, pero ella insistió en que un
paseo por el mar me ayudaría a mejorar mi estado de ánimo, y quién
sabe, a lo mejor te encuentras con el hombre de tus sueños, dijo,
riéndose. Hombre de mis sueños. Hablarme a mí a estas alturas del
hombre de mis sueños.
A jugar, a eso viene Cundita a este barco, a la tanda del día o de la
noche, haga buen tiempo o esté nevando. Yo vine no sólo por
complacerla, sino porque estoy consciente de que ya es hora de
superar este hondo temor. Pero la fila tarda en avanzar y comienzo a
sentirme inquieta al contemplar el armazón de hierro pintado de
blanco, donde dentro de poco me voy a montar. Delante de mí, una
anciana vestida con un overol de florcitas se pinta los
labios, temblorosa, mirándose coqueta por el espejito que lleva en
la mano. Verla me pone a pensar si así seré yo dentro de apenas
veinte años cuando me haga completamente vieja, y a lo mejor me
dedique a visitar casinos flotantes en alta mar junto al que será mi
viejísimo esposo, este anciano de breteles y sombrero de pajilla que
la acompaña, y que, como si me leyera el pensamiento, se da la
vuelta a mirarme con cara de enemistad. Dios, la vejez si es una
cosa grande. Al verlos, me siento menos dispuesta al paseo.
—Take it easy, Rosa, que sólo son tres horas de travesía y
montarse en barco no es nada, siempre hay una primera vez—me dice
Cundita para tranquilizarme.
Pero si ella supiera.
Como no pienso introducir un solo dólar en las máquinas, ni pienso
malgastar todas esas horas sentada junto a mi comadre en la mesa de
juego, para entretenerme, traigo conmigo mi cámara filmadora y el
libro que en estos días intento leer por las tardes, y a veces por
las mañanas, y también por las noches, porque estoy soltera y
desempleada: "Simple ways to minimize stress for competitive
world" (for women). No quiero recordar lo de la pérdida de mi
empleo, pero es inútil; desde que sucedió lo que sucedió, todos los
días siento la misma amargura.
Perdí mi empleo en la tienda de animales donde trabajé durante mucho
tiempo, por culpa de una mujer que me acusó ante mi jefe de ser la
amante de su marido. La acusación no era falsa, pues durante
dieciocho años fui la amante del esposo de esa señora, el buzo
irlandés que vendía serpientes marinas a la tienda, pero siempre fui
buena empleada y hacía muy bien mi trabajo. El dueño, que aparte de
mi jefe es el pastor de la iglesia a la que pertenecía junto a la
esposa del buzo y el propio buzo, considerando que lo que yo había
hecho era una vergüenza ante los ojos de los hombres y de Dios, me
condenó echándome de la iglesia y del empleo. A raíz de mi expulsión,
el buzo siguió con su mujer, y me dio la espalda. ¿Quién me manda a
meterme con marido ajeno? Dieciocho años dándole lo mejor de mí y ni
un hijo me regaló. En todo esto, la única castigada, la única
culpable, la única que salió perdiendo, fui yo.
El daño ha sido irreparable. No sólo era buena empleada, sino también muy
colaboradora con los asuntos de la iglesia, en la que hasta cantaba.
Me dolió tanto todo aquello, me dolió mucho y me sigue doliendo.
Veinticinco años fajada trabajando en un país enorme que no es el
mío, que nunca lo será aunque tenga muy bien hechos mis papeles,
pues me hice ciudadana, soy norteamericana, pero en realidad, no lo
soy. Soy y seré siempre, Rosa Campusano, una dominicana residente en
Nueva York.
Al momento de entrar, la empleada que está en la puerta me detiene para
entregarme un par de bolsas de papel y un sobrecito.
—¿Para qué me dan esto, Cundita?— le pregunto a mi comadre.
—Don't
worry— responde ella, con
soltura y naturalidad, mientras mastica un chiclet, como
queriendo demostrarme lo acostumbrada que está a subirse a esta cosa.
Y yo que por todo siento náusea.
—Si nos dan estas bolsas y este sobrecito con estas dos pastillas, es
porque saben que el vómito viene seguro— digo mirando a mi comadre,
con unas ganas terribles de querer devolverme, pero ya es tarde,
porque detrás de mí acaban de cerrar la puerta. Me siento atrapada,
sin salida.
—Take
it easy, Rosa— es lo único que
mi comadre dice.
Resignada, miro el interior del Midnight, mucho más feo por dentro
de lo que me imaginaba. Es la primera planta. Uno siente que se
ahoga. Hace falta ventilación. Y un poco más de luz. La alfombra es
negra y roja, con unos horribles arabescos que han perdido su
lucidez debido, supongo yo, al tiempo. Tres horas encerrada en este
armazón de hierro y pronto sentiré que me muero. Pero dice Cundita
que hay dos plantas más. Subimos hacia la segunda. Mi comadre camina
confiada, y yo cogida de su brazo todavía.
En el salón de juegos, un fuerte olor a humo de cigarrillo nos impide
respirar. Alrededor, una gran excitación. Los jugadores se preparan,
compran sus fichas. Apenas se miran entre sí, pero todo el mundo
parece muy contento. Los empleados arreglan las mesas o se colocan
el uniforme. Gente sube, gente baja. Una alegre melodía llega de
algún lugar. La anciana del overol de florcitas se detiene
frente a una máquina tragamonedas con la mirada perdida. Triple
Diamond. Pure Pleasure. $1,292.38 de un tirón. Las máquinas
están colocadas junto a las claraboyas por donde se ve el mar.
Las encargadas de vender las fichas son latinas. Dominicanas casi todas.
Por una puerta aparece un empleado con un delantal en la cintura, y
tras él, un olor a comida que viene desde la cocina. El empleado y
Cundita se saludan de besos y abrazos. "Este es Juan, el chef, la
persona en este barco a quien todo el mundo llama cuando vomita:
Juaaan… Juaaan", bromea mi comadre, apretándose el vientre, y
haciendo gestos de quien va a vomitar. Hi, digo, saludando al
chef, mientras ellos ríen a carcajadas del chiste, y apenas puedo
corresponderles en la risa porque nadie lo sabe, pero cada minuto
que pasa me siento más atrapada en mi viejo temor.
El casino en la segunda planta está lleno de gente. Nunca había visto
tantos ancianos juntos. ¿Aquí es donde Cundita pretende que yo
encuentre al hombre de mis sueños? Ancianos con tanques de oxígeno,
collares ortopédicos en el cuello, andadores, prótesis, sillas de
rueda, muletas y bastones, hacen un esfuerzo digno de admiración por
mantenerse de pie. Todo por amor al juego.
***
Zarpa el Midnight. Rosa que se ve forzada a zafarse del brazo de
su comadre, quien ha perdido el interés por cualquier otra cosa que
no sean los rituales iniciales del juego, un cigarrillo encendido,
una típica ansiedad ante la ruleta que gira. Y Rosa la nerviosa, la
peligrosa, la más graciosa, la riesgosa le dice que se ven luego, y
se va pisando firme escaleras arriba agarrada de sí misma. El pelo
teñido de rubio amarrado en una simple cola, los tenis Nike,
los jeans apretados, el libro, el desayuno, y la cámara
filmadora metidos en el bolso, rumbo a la cubierta.
Allí, sillas blancas y azules y algunas mesas con restos de desayunos
recién engullidos. Casi nadie se mantiene sentado. La mayoría
permanece de pie mirando al mar. Rosa también de pie mirando el mar,
comiendo una hamburguesa con papas fritas y Coca Cola, en la
cubierta de un barco en un país del norte. Quién lo diría. Rosa
pensativa. Este mar no se parece al mío. Estamos en verano, y aún
así, parece congelado. Él de allá, el de nosotros siempre está tibio.
Y rabioso. El mar de Miches, por ejemplo. Qué distinto. Y el paisaje.
Aquí, ahora, el ancho camino de espuma que el barco traza, despacio,
y encima las gaviotas, muchas, revoloteando encima de los peces. En
la punta del barco, la bandera norteamericana ondea lentamente. Más
allá el club náutico. Las casas de teja y chimenea. Rosa filmando lo
que tiene por delante: un montón de veleros a punto de salir a
navegar. Varios islotes de arena. Una pequeña embarcación donde van
un anciano y una niña que debe ser su nieta. Se ven serios y felices,
como si a partir de la moderna caña de pescar que el anciano tira al
agua bajo la mirada atenta de la niña, les esperara un gran día.
Allá, una casita de madera. Tan distinta a la casita de donde Rosa
salió para no volver.
El Midnight aumenta la velocidad. En poco tiempo, llega al puente
levadizo que se abre para darle paso. De ambos lados, filas de autos
esperan que se produzca la entrada en alta mar del barco casino. Un
movimiento brusco, y los platillos y vasos sobre las mesas comienzan
a tambalear. Rosa deja de filmar. Respira profundo, agarrándose con
fuerza de la baranda. A su lado, un señor septuagenario parado aún
en sus dos piernas sin el auxilio de ningún bastón, presencia, con
pinta de digno almirante, el paisaje marino que se le regala al
frente. Se trata de un señor delgado, en buena forma. Rosa que lo
mira de reojo y vuelve a pensar en la vejez.
Rosa nerviosa: ¿Me tomo las Dramanines que me dieron al entrar? Ya
es tarde. Rosa sintiendo que el estómago se le está por salir del
alma. Rosa doblada, suspirando, dejándose caer en la silla, donde
intenta de nuevo respirar profundo y superar, a puro pulmón, la
náusea. La gente a su alrededor habla, gesticula, ríe. Una vieja
canción de Harry Belafonte se escucha: "Day-O". El
septuagenario con cara de almirante, permanece impertérrito con la
cabeza en alto, recibiendo extasiado el abatimiento de la brisa
sobre su negro rostro. Ay viejo, ayúdeme, Rosa de loca
pensando. Take it easy, Rosa, no problem, le parece escuchar
a Cundita.
El septuagenario decide tomar una silla y sentarse a leer. Para él, no
hay nada de qué preocuparse. El Midnight se encuentra en alta
mar, en el punto exacto donde puede percibirse la sensación de suelo
firme sobre las aguas, la poderosa calma. No hay, por tanto, qué
temer. A ambos lados, tampoco nada que mirar, sólo agua. El viejo
cruza las piernas. Saca del bolsillo de su chaqueta un bestseller
titulado: Don't sweat the small stuff (for men). Rosa, que de
repente, vomita aferrada a la bolsa de papel, artículo
imprescindible, tabla de salvación donde desahogar lo que la mata
por dentro. Ahí va la hamburguesa. Las papas fritas. La Coca Cola.
Ahí van también, ¿por qué no?, las injusticias. El engaño. La
ignorancia. La impotencia. El agua con azúcar que bebía por las
noches recién llegada a ese país cuando aún era una ilegal sin
empleo. El medicare, el green card, y el income tax.
El buzo. Los dieciocho años junto a él cocinándole arroz con
habichuelas, porque le gustaba mucho su sazón criollo, y su mujer,
irlandesa igual que él, jamás en la vida le iba a cocinar un arroz
con habichuelas así. Ahora el pastor. La iglesia. La esposa del buzo.
Un poco más de papas fritas, y Rosa vomita de un solo zarpazo, de
una sola marejada, fuera de la bolsa y en las profundidades del mar,
toda su culpa.
***
—Ah, qué alivio. En realidad, estaba harta de mi jefe, del buzo, de su
mujer, de la iglesia y de ese empleo—le digo al señor que está
sentado a mi lado, pasándome un fino pañuelo.
Él me mira en silencio, pero atento. Porque me dieron tantas ganas que no
me pude contener, quise contarle a aquel señor lo que ni siquiera mi
comadre Cundita sabe, a pesar de lo buena que siempre ha sido
conmigo desde que llegué a este país.
—Yo no debería contarle a usted estas cosas, pero total, usted es un
desconocido, y podría ser mi papá. Ya tengo casi cincuenta años, me
faltan tres para cumplirlos, y llevo la vida entera luchando…
Llega a cubierta un grupo de mujeres, al parecer, con intenciones de
realizar una reunión. Llevan pañoletas negras y blancas cubriéndoles
la cabeza. Hay una que dirige. Las demás hacen lo que ella les
indica. Son muchas. Se desparraman por la cubierta, apuradas en
colocar las sillas en forma circular, muy cerca de nosotros. Hablan
en un idioma árabe, o algo así.
El amable señor, que ha dejado a un lado su libro, sigue siendo todo
oídos para mí. Le cuento, mientras me arreglo el pelo que me
descompone la brisa y dejo de observar a las mujeres para mirar con
ojos entornados hacia el mar:
—Hace veinticinco años Rosa Campusano era una muchacha de campo, que
vivía con su papá, su mamá y sus hermanas. Mi papá era agricultor, y
tenía una tierra no muy grande pero sí muy fértil, de donde comieron
sus padres, sus abuelos y sus bisabuelos, y todo el mundo en mi
familia comió de ahí. Nosotros éramos siete hermanas. Ni un solo
varón, imagínese. Las demás, salvo yo, se casaron temprano con
hombres de otros pueblos, parieron hijos, y se fueron a vivir con
ellos. Pero yo tenía otros planes, y cuando murió mi papá, me fui a
la capital a trabajar y a intentar estudiar. Quería ser una gran
comunicadora social. A mí me gustaba mucho tratar con la gente,
comunicarme, y además, tenía presencia, era graciosa. Un día, recién
llegada a la capital, esperaba una guagua en cualquier calle, y me
encontré con un tal Chamán, un hombre que andaba en un carro de
buena marca ofreciéndoles bolas a las muchachas como yo, que en ese
entonces era tan tonta…
Se inicia la reunión de las mujeres. Una charlista empieza a hablar en
voz alta en otro idioma, sabrá Dios sobre qué. Sólo sé que a cada
rato menciona a Bush. Las otras mujeres la escuchan con cara de
aburrimiento. Pero la que dirige la charla insiste, alza aún más la
voz, se nota que quiere conmoverlas, motivarlas, convencerlas de
algo que para ella, para su organización, para su cultura, debe ser
muy importante.
El viejo me pide que continúe.
Continúo:
—Pues nada, el tal Chamán me ofreció llevarme a donde yo iba, y en el
camino me ofreció también una cerveza, y yo, que era una pobre
muchacha campesina que no conocía mucho de la vida, le dije que sí.
La verdad es que me dejé impresionar. Tenía sueños, grandes sueños
de superación. Quería ir más allá. Por nada del mundo deseaba volver
a mi pueblo. Demasiada precariedad. Allí no hay vida. Así que me
hice novia de aquel Chamán que me lo ofrecía todo. Él manejaba mucho
dinero, me llenó los ojos, y me hizo suya. Luego, visitó mi casa
paterna, mi mamá lo trató como a un príncipe, le hicimos muchos
sancochos, y él, en uno de esos viajes para mi campo, me propuso un
viaje. En mi país se hacen viajes por el mar, en unas embarcaciones
llamadas yolas. Esos viajes son muy peligrosos y no son legales,
para nada, pero igual la gente, con tal de irse del país, los
realiza. En esas yolas se cruza hasta la isla de al lado, Puerto
Rico, y de ahí uno sigue para Nueva York.
Y eso pasó, que el Chamán nos convenció a mi madre y a mí de que
vendiéramos la casa y la tierra y le diéramos el dinero de la venta
para él arreglarme uno de esos viajes. He vivido todos estos años
con la culpa de saber que fui la que acabó de convencer a mi mamá y
a mis hermanas de la venta de la tierra, diciéndole que si me iba
era para progresar y que si progresaba yo, progresaría toda la
familia. Al final, mis hermanas estuvieron de acuerdo. Pero usted no
se imagina lo que sucedió…
—¡Sssshhh!—
hace rato que escucho decir a las mujeres de la reunión—. ¡Ssssshhh!—cada
vez más, y sé bien que ese insistente ssshhhh está dirigido a
mí, pero no me doy por aludida y sigo contándole al señor la
tristeza que durante todos estos años he sentido al pensar que mi
familia perdió lo poco que teníamos por mí.
—¡Sssshhh!
—¡Pero es que ese hombre nos engañó de una manera! Me llevó hasta Miches,
después de haberle pagado una gran cantidad de dinero. Miches es un
pueblo al este de la isla, de donde salen muchos viajes ilegales
hacia Puerto Rico.
—¡Sssshhh!
—Si usted me hubiese visto, jovencita yo, muerta de miedo. Salimos a
medianoche, un grupo de hombres y mujeres, en una yola. Le dije
adiós al Chamán llorando, y él me prometió que dentro de pocos meses
nos reuniríamos y entonces nos íbamos a casar; y luego hasta podría
mandar a buscar a mi mamá y a mis hermanas, sus hijos y sus maridos
para vivir todos juntos en Nueva York. Yo le creí, y me fui en esa
embarcación dando gritos, pero esperanzada.
—¡Sssshhh!
Las mujeres continúan llevando sus dedos índices hasta la boca, como si
se tratara de un coro, queriendo aparentar, con su persistente
sssshhhh dirigido a mí, que soy menos educada que ellas.
Las ignoro. No me importa para nada su ssshhhh.
Sigo contándole a mi nuevo amigo de aquel viaje en yola.
—Los que manejaban la embarcación nos dieron la vuelta desde Miches hasta
un monte solitario cerca de la costa, y ahí nos dijeron: «ya,
váyanse corriendo por ahí, que ustedes llegaron a Puerto Rico», y se
fueron de prisa. Era de noche y estábamos demasiados mareados y
asustados como para darnos cuenta de que nos encontrábamos en Santo
Domingo, muy cerca de Boca Chica. Aunque vomité varias veces, y en
algún momento llegué a pensar que la yola se iría a pique, y hasta
me encomendé a Dios segura de que por andar buscando un futuro mejor
iba a morir, de todos modos, el viaje me pareció mucho más corto y
agradable de lo que me habían dicho, porque no es lo mismo cruzar el
Canal de la Mona, que separa las dos islas, que bordear a cierta
distancia la costa de mi país.
—¡Ssssshhh!
—Aquel viaje fue un fraude. Mi peor náusea, mi mayor deseo de vomitar
llegó al darme cuenta de cómo el Chamán, a quien no he vuelto a ver
jamás, me había engañado a mí y a toda mi familia ¡Sentí una rabia!
Aquello fue un desafío tan fuerte, que me dije: «A ese país voy yo,
Rosa Campusano, aunque sea cruzando el Niágara en bicicleta». Y Dios
es tan grande, que míreme aquí donde estoy.
¡Sssshh, ssshhh! —vuelve el coro de cabezas envueltas en pañoletas
a querer que me calle, hasta que ¡Shut up!, grita la
charlista, y me mira. En vez de mandar a callar el ssshhh de
su grupo de mujeres, me manda a callar a mí. Yo sé que sufro de
hablar demasiado alto, y más ahora que tengo que competir con la
brisa, pero ningún ssshhh ni shut up del mundo me va a
callar en este momento en que he decidido desahogarme, vaciarme. Así
que la mando a callar a todas ellas yo también.
—¿Shut
up?, ¡Yes!, ¡Shut up, shut up, shut up!— les grito.
Las
mujeres me observan de arriba abajo sin poderlo creer. La charlista,
furiosa, cruza la cubierta en busca de una empleada. El viejo se
queda tranquilo. Yo le explico, un poco agitada, pero ya sin gritar,
que estoy cansada de tantos shut up. Él es negro, y tiene
que saber que a los hispanos muchas veces nos tratan así, a puro
shut up. Siempre shut up. Así que, para mí, de ahora en
adelante, nada de shut up.
La charlista vuelve, seguida de una empleada latina, encargada del
alquiler de la cubierta. Ambas dialogan en un inglés con diferentes
acentos cada una, mucho peor que el mío. Yo sólo les digo que ningún
shut up, y en esas me mantengo. Nadie me calla. Mi nuevo
amigo asiente, me da la razón. Nada de shut up. Y a las
mujeres de los pañuelos en la cabeza no les queda más remedio que
irse con su reunión a otra parte, disgustadas.
***
Una hora después, nuevamente el ancho camino de espumas que el
Midnight iba dejando a su paso, esta vez sin gaviotas. La
bandera norteamericana ondeaba, victoriosa. Los empleados, en este
punto, comenzaron a recoger la basura y los numerosos pozos de
vómito que la gente había dejado sobre la cubierta. Dentro del barco,
la excitación inicial se convirtió poco a poco en un mar de
malestares. Algunas personas dormían con la boca abierta y el
estómago anestesiado, tiradas en el piso, doblados en incómodas
posiciones. Gente desmayada, tumbada, o simplemente mareada en los
pasillos, las escaleras, los baños, las mesas, las máquinas y
mostradores. Parecía un suicidio colectivo. Los ancianos
parapléjicos, los que iban tiesos con sus collares ortopédicos en el
cuello, los que se movían en sillas de rueda o andadores, los que no
eran ancianos ni estaban lisiados, lucían borrachos, dando tumbos de
un lado a otro, tropezándose entre sí, excuse me, excuse me,
pretendiendo pisar firme, sin lograrlo.
A la una en punto regresó el Midnight al embarcadero.
Rosa, feliz, atravesó el puente de tablas tomada del brazo del
septuagenario. Life,
Rosa, is a game about walking with a firm step and your head up
high, asking for forgiveness and forgiving after every fall; that's
the only way to win the big match,
comentó él, con la misma elegante solemnidad con que horas antes
contemplaba el mar. Rosa
estuvo de acuerdo. A la salida, se encontraron con Cundita, de muy
malhumor. Había perdido todo su dinero.
—Take it easy, comadre—le dijo Rosa.
Y para animarla, le presentó a su nuevo amigo, el señor que había
escuchado con paciencia su historia, y la apoyó cuando ella se
defendió, con tanto ahínco, del silencio.
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Aurora Arias
Nació en
Santo Domingo, República Dominicana
(1962). Poeta y narradora. Estudió arte y psicología. Ejerce también el
periodismo, siendo co-editora de Quehaceres, órgano del Centro
de Investigación para la Acción Femenina (CIPAF). Ha publicado los poemarios:
Vivienda de Pájaros (1986) y Piano Lila (1994). En 1994 obtuvo el
premio en el concurso de Cuentos de Casa de Teatro en Santo Domingo con su
libro de relatos Invi’s Paradise. La Editorial de la Universidad de
Puerto Rico publicó su colección de relatos Fin del mundo (2000). Su
poesía ha sido incluida en la antología de reciente poesía dominicana
Juego de Imágenes, compilada por Frank
Martínez y publicada por la Editorial Isla Negra en
2001.

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