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No se debe leer la correspondencia ajena. Es una de las tantas cosas
que alguien me enseñó y yo acepté sin cuestionar, algo que
simplemente no se hace. Si nunca intenté desafiar tal mandato por
respeto al prójimo o por temor a no saber qué hacer con la
información contenida en la misiva, nunca me lo pregunté. Así
entonces, cada vez que encontraba en mi casilla de correo un sobre
que tenía un nombre diferente al mío, buscaba la del destinatario y
lo colocaba sin titubear, deshaciéndome de lo que no me pertenecía
de inmediato.
No fue así sin
embargo el día en el que inadvertidamente abrí un sobre dirigido a
Clara D. y no a mí, Lucinda P. Tal día salí de mi apartamento en
busca del correo a las diez de la mañana, como era mi costumbre, y
caminé a lo largo del corredor oscuro hacia los doce casilleros que
ocupan la pared izquierda del hall de entrada. Inserté la llave que
sospecho puede abrir cualquiera de ellos en el que estaba marcado 2D
en tinta borroneada sobre un papel que se estaba despegando del
metal verde oscuro, y saqué el fajo de sobres. Los miré
distraídamente, cuentas que no podría pagar dado que no tenía
trabajo hacía varios meses, ofrecimientos de tarjetas de crédito que
no necesitaba, propaganda para viajes que no podría hacer, y un
sobre blanco que parecía no anunciar ni exigir nada. Lo abrí
mientras subía tres escalones y abría la puerta de vidrio que
separaba el hall de entrada del corredor angosto en el que
desembocaban los cuatro apartamentos de la planta baja. No miré a
quién estaba dirigido, asumí que era para mí. Por qué asumí tal cosa
cuando sabía que en muchas ocasiones el cartero había depositado en
mi casillero correspondencia dirigida a Clara o qué me llevó a creer
que alguien me escribía una carta, no sé. Sé sin embargo que mis
acciones precedieron a mi capacidad de discernir.
Saqué la hoja
cuidadosamente doblada del sobre y comencé a leer mientras caminaba
por el pasillo en el que sólo se oía el murmullo ininteligible de un
televisor prendido y el abrir y cerrar de una canilla. Con el papel
apretado entre mis manos leí:
Querida Clara,
Quizás esta
carta te sorprenda, no soy muy dado a la escritura, pero como lo
habrás notado, tampoco muy hábil en el arte de la conversación. A
pesar de eso y dado que nuestro último encuentro terminó en un
malentendido que lamento, quería ofrecerte y ofrecerme (soy algo
egoísta después de todo), la posibilidad de aclarar lo que temo de
no hacerlo nos perjudicará a ambos. Intentemos retomar la
conversación muy pronto. Espero ansiosamente tu respuesta.
A. J.
Releí la carta
mientras metía la llave en la cerradura y empujaba la puerta de
madera oscura y pesada cuyo crujir me erizaba. Me dije que debería
pedirle al encargado que le aceitara las bisagras, a lo que él me
respondería que tal no era su trabajo y me ignoraría como tantas
otras veces. Entré y apoyé mi espalda sobre la superficie fría,
avergonzada por haber leído una carta que no había sido dirigida a
mí, pero intrigada por saber más acerca de la vida de Clara. Nunca
había intercambiado más que unas pocas palabras con Clara, quien,
había decidido desde la primera vez que la vi al cruzarnos en la
escalera, no me gustaba. Clara era demasiado linda, demasiado segura
de sí misma, demasiado perfecta, y estaba convencida, me miraba con
desprecio. Clara seguramente despreciaba mi aspecto pueril, mi cara
de patito triste, despeinado, con ojos redondos que bailoteaban en
una expresión de constante incertidumbre. Podía imaginar a Clara
caminando por la avenida atiborrada de peatones que le abrían el
paso cuando ella se aproximaba y se daban vuelta para admirar su
melena oscura y espesa, sus curvas de dimensiones perfectas. No,
decididamente Clara no me gustaba. Pero, ¿por qué entonces cuando
ella me saludaba durante uno de esos encuentros casuales en la
penumbra del edificio que compartíamos mi corazón daba un sobresalto
y yo sonreía, orgullosa de que ella me había notado? Durante ese
breve instante mi insignificancia se evaporaba y una luminosidad que
sólo yo percibía irradiaba de mí. Durante ese infinitésimo momento
en el tiempo yo existía.
Dentro de mi
apartamento, a salvo del mundo en el que no podía encontrar mi
lugar, víctima de la curiosidad, el aburrimiento y la soledad,
comencé a imaginar diferentes situaciones y circunstancias que
pudieran explicar tal carta, quién la podía haber escrito y por qué.
Sentada sobre el sillón de segunda mano que decoraba el ambiente de
una pieza y mientras miraba a través de la ventana sucia las paredes
de los edificios vecinos, decidí que Clara tenía un amante. Ese
hombre la había ofendido, había confiado demasiado en su poder sobre
ella y ahora temía perderla, ¿y cómo podría él vivir sin ella? Ella
volvería a él, pero no antes de que él implorara por su perdón. Me
sentí orgullosa por Clara. Pero, me pregunté mientras caminaba en
círculos sobre la madera gastada y polvorienta, ¿y si ese hombre
fuera el padre que la había abandonado en su niñez, vuelto a ella, y
ahora que ella finalmente lo había perdonado, él había cometido un
error que amenazaba el futuro de un delicado amor filial? Pero tal
teoría, aunque plausible, no me atraía tanto como la del amante, un
hombre que estaba locamente enamorado de ella. Convencida de que
había resuelto el misterio del origen y la razón de tal carta debía
decidir qué hacer con ella. Se la podía entregar a Clara al
atardecer, cuando ella, cansada luego de un día de trabajo se
cambiaría de ropa y me abriría la puerta vestida en un robe de seda
blanca como los que usaban las femmes fatales de las películas de
los 1940s que yo miraba de madrugada, y el humo de su cigarrillo
cubriría mi rostro que contorsionado en una mueca apologética le
tendría que explicar que leí la carta que le escribió su amante,
aunque no lo hice a propósito porque yo nunca leía correspondencia
ajena, y que me olvidaría de todo lo que leí enseguida y que ella
debería pretender que la carta nunca fue abierta. Clara me miraría
con furia y desprecio, arrancaría la carta de mis manos, cerraría la
puerta con fuerza, y yo, sola en el pasillo, inhalando su perfume
dulce enhebrado con tabaco, me sentiría encoger hasta desaparecer.
Clara no me saludaría más y yo sería para siempre un ser opaco.
Pero, si a mí ella no me gustaba de todas maneras, pensé mientras
una cucaracha se escurría bajo la heladera. ¿Qué diferencia hacía?
Pero debía hacer algo con la carta que yacía inerte sobre la
mesa-escritorio junto a mi computadora. La podía meter de nuevo en
el sobre, cerrarlo con cinta adhesiva y ponerlo en su casillero.
Clara jamás se enteraría quién abrió el sobre y menos aún si fue
leído o no. Pero Clara nunca sabría que gracias a mí la carta volvió
a ella, y ella debía reconocer mi buena voluntad, agradecerme tal
favor. O podía meterla en una de esas bolsas grandes de plástico
negro que llenaban los tachos de basura alrededor de los edificios y
de los que salía un aroma pútrido que me daba náuseas. Pero, ¿y si
alguien decidía abrir esa bolsa, algún homeless buscando comida? El
homeless encontraría el sobre, lo tiraría sobre la vereda, el viento
lo llevaría en dirección a alguien que lo levantaría, leería a quién
estaba dirigido y se lo entregaría a Clara. De ser así yo nunca
entraría en su vida. Existía otra posibilidad sin embargo. Sentí que
mi boca se torcía en una sonrisa de satisfacción. ¿Por qué no
contestar la carta? Escribir una carta al amante de Clara
pretendiendo ser ella iba a exigir más de mi creatividad que
redactar otra vez mi resumé para enviar a empleos que de todas
maneras me iban a rechazar con la excusa de siempre: demasiada
experiencia, sin experiencia suficiente. De contestar la carta le
haría un favor a ambos. Al leer la carta recostado sobre el sofá de
cuero marrón, sorbiendo whisky y esperando la llamada de Clara, él
correría hacia ella, o mejor aún, tomaría un taxi que el portero de
su edificio de lujo llamaría y aparecería de inmediato en su puerta,
atravesaría las calles en instantes a pesar del tráfico espeso y
ella recibiría al amor de su vida sin enterarse jamás de que él
volvió a ella gracias a mí. Clara me debería un favor, ella sería
feliz gracias a mí. Yo nunca se lo recordaría, pero yo lo sabría y
eso sería suficiente. Hasta la podría invitar a tomar un café sin
sentirme inferior a ella. Me senté frente al ordenador y escribí:
A. J., mi amor,
Recibí tu
carta, la que leí y releí y no me canso de poner contra mi piel para
sentirte cerca de mí. Cada palabra me hizo comprender cuánto
significas en mi vida y cuánto yo en la tuya. No sólo te perdono
sino que añoro tu presencia y sueño con verte otra vez. Tuya para
siempre.
Satisfecha por
haber escrito varias de las mejores frases que había escrito jamás y
orgullosa por mi habilidad de expresar amor y pasión, sobre todo
hacia alguien que no conocía, imprimí la carta en el mejor papel que
tenía, uno rosa claro que nunca había usado y que había comprado en
liquidación después de la Navidad en la droguería de la otra cuadra,
y lo metí en el sobre del mismo color. Le coloqué un sello con la
imagen de un corazón, corrí a lo largo del corredor, bajé de dos en
dos los escalones y casi sin aire llegué hasta el buzón ubicado en
la esquina. Sonriendo, introduje levemente mi mano y dejé deslizar
el sobre que en un instante desapareció. Había hecho algo que nunca
olvidaría, un suceso nacido de un error. Caminé lentamente hasta la
puerta, gozando de la brisa. Abrí la puerta de entrada al edificio y
al ver la hilera de casilleros, cada uno con el número de
apartamento correspondiente, mi corazón dio un sobresalto. En ese
preciso instante me invadió una duda. ¿Cómo firmé la carta? ¿Firmé
Clara o Lucinda? No me acordaba, no podía recordar qué nombre usé.
¿Y qué dirección puse en el remitente? ¿Escribí 2D o 2A? Tenía que
recuperar la carta, no tenía otra opción. Corrí hasta el buzón y me
paré frente a esa masa de metal azul con una enorme boca que parecía
reírse de mí. Traté de introducir la mano en la hendidura pero no
podía llegar más allá de mi muñeca. Mi mano estaba por quedar
trancada y corría el riesgo de ser arrestada por violar propiedad
del gobierno. Pero nada importaba, necesitaba recuperar la carta.
Mientras luchaba para encoger mi brazo escuché una voz, una voz
cálida, melodiosa.
-Lucinda, ¿estás
bien? ¿qué pasó? ¿Tiraste algo en el buzón por equivocación?
Clara, la
mujer que yo acababa de pretender ser estaba a mi lado, observándome
con lástima, porque era lástima lo que yo pude leer en su rostro. Mi
mano ahora estaba trancada en la boca del buzón. La miré fingiendo
una sonrisa que era en realidad una mueca de dolor y desconcierto.
Ella movió su cabeza hacia un lado, la melena la siguió, y miró a su
acompañante. En ese momento me di cuenta de que no estaba sola.
-A .J., esta es
Lucinda, la vecina de la que te hablé que está buscando trabajo.
Lucinda, este es A J., mi jefe.
El hombre, un
cincuentón con aspecto afable, extendió la mano que yo no pude
estrechar y la volvió discretamente a su lado.
-Encantado, Lucinda.
Clara me había hablado de usted. ¿Por qué no me manda una carta
junto con su resumé y me dice en qué áreas tiene más experiencia, en
qué está interesada y cuáles son sus planes para el futuro?
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Patricia Blumenreich
nació en Montevideo, Uruguay (1954). Se graduó de
la Facultad de Medicina de la República Oriental del Uruguay en 1980
y emigró a los Estados Unidos en 1981. Se especializó en Psiquiatría
en la Universidad de Louisville, Kentucky.
Integró la cátedra de dicha universidad por varios años y recibió el
Golden Apple Award (premio al mejor profesor del año) en 1992.
Publicó artículos relacionados con su especialidad médica en
Postgraduate Medicine, Journal of the Kentucky
Medical Association, Clinical Advances in the Treatment of
Psychiatric Disorders. Es el principal editor del libro
“Clinical management of the violent patient. A clinician’s guide”
(Brunner Mazel, 1993) y autor de cuatro de los capítulos de tal
libro. Es principal autor de un capítulo sobre alucinaciones en el
libro “Difficult Diagnosis II” (WB Saunders, 1992). Reside en
Minnesota desde 1995. Ha publicado un
libro de cuentos en español, Vidas,
y divide su tiempo entre la práctica a tiempo parcial
de la psiquiatría y a escribir ficción.

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