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Antes de zarpar, la lancha dejó escapar tres largos pitazos de aviso,
tan fuertes, que todas las ventanas de la antigua capitanía se
estremecieron de repente. Unos pelícanos que descansaban sobre los
pilones del embarcadero levantaron espantados el vuelo y se
perdieron entre los mangles que serpenteaban a la entrada de los
canalizos. De pronto, las aguas turbias que chapoteaban tranquilas
entre el espigón y los arrecifes se removieron por el estruendo del
eco repetido de los pitazos y comenzaron a balancear el casco de la
embarcación.
—Tómate las
dramaminas para que no te marees como la vez anterior—dijo la abuela—.
Será peor cuando estemos en mar abierto.
La nieta obedeció.
De un bolso de mezclilla azul sacó un sobre pequeño, extrajo dos
pastillas de color amarillo y se las tragó en seco. Estaban sentadas
en la primera hilera de bancos, justo delante de la escalera que
conducía a la cubierta superior. “Ahora trata de dormir para que tu
padre no te vea ojerosa”, dijo la abuela. “Todavía falta mucho para
llegar al presidio”.
El Pinero volvió a
pitar y comenzó a alejarse lentamente del atracadero. Amanecía, y
las últimas luces de Surgidero de Batabanó se fueron apagando en la
distancia junto al seco fragor de los motores de popa.
Desde la
ventanilla, la anciana contempló el inalcanzable horizonte que la
separaba de su hijo encarcelado en el Presidio Modelo de Isla de
Pinos. El cielo parecía recién nacido y las aguas, por su serenidad,
navegables hasta el infinito. El Pinero fue desplazándose en
silencio sobre las aguas poco profundas de la orilla y para cuando
alcanzó el veril, el día era ya tan radiante, que la anciana pensó
que estaba en un yate de placer y no en una vieja embarcación que la
llevaba a visitar a su hijo preso. Avergonzada por el repentino
estallido de euforia, corrió la cortina y se volvió hacia la nieta:
“Haz lo que te dije. Aprovecha y duerme ahora. Yo te despierto para
que comas algo”.
La niña había
cumplido nueve años el día anterior y era la tercera vez que
visitaba a su padre. Era alta para su edad y vestía una bata azul de
vuelos blancos que le quedaba pequeña y destacaba la delgadez de sus
extremidades. Tenía unos ojos grandes y almendrados que acentuaban
su languidez infantil. Hablaba poco. Pero cuando lo hacía, su
lenguaje era articulado y contundente. La abuela tenía sesenta y
siete años pero parecía más vieja porque tenía la piel envenenada
por el sol. Sobre todo la del rostro, que era un intrincado
laberinto de surcos. No era gorda, pero sus antebrazos eran anchos y
firmes. Usaba un amplio batilongo de flores verdes que le permitía
moverse con facilidad. Los dobladillos de las mangas estaban
descosidos, pero la dignidad de sus gestos la amparaba en su
aparente pobreza. Era una mujer humilde, pero de comportamiento
altivo.
La niña acomodó
debajo del banco la jaba de alimentos que le llevaba al padre,
recostó la cabeza en el brazo de la abuela y se durmió. Muchos de
los pasajeros que iban sentados hicieron lo mismo. Los que no
dormitaban, permanecían en silencio. Aquellos que no habían
alcanzado asiento se recostaban como podían en los soportes de la
cabina o se acomodaban debajo de las escaleras. Casi todos eran
familiares de presos políticos que viajaban para la visita mensual.
Algunos hombres subieron a la cubierta a fumar. Otros aprovecharon
para ir a los servicios sanitarios antes de que se formaran las
colas para usarlos. Conocían la rutina de la travesía y se
comportaban con la confianza que otorga la veteranía. Recostados a
las barandas miraban hacia el sur porque sabían que, antes del
mediodía, podrían ver el resplandor del mármol en las montañas que
rodeaban el reclusorio. Era una vista impresionante y dolorosa.
Entre el fulgor marmóreo de las laderas ya explotadas y el arbóreo
verdor de las que todavía permanecían vírgenes, se distinguían las
torres de vigilancia que rodeaban ominosas los edificios circulares
donde albergaban a los reclusos.
La abuela miró el
reloj y despertó a la nieta: “Son casi las doce”, dijo. “Vamos a
subir para que veas las montañas”. La niña abrió los ojos, pero dejó
la cabeza recostada en el brazo de la abuela. “Tengo hambre”, dijo.
La abuela apartó entonces a la niña y se agachó. Abrió el bolso de
mezclilla azul y sacó dos plátanos manzanos y cuatro galletas de sal.
Mientras comían, el Pinero dio un pitazo breve para que los
pasajeros fueran preparándose para desembarcar. La abuela guardó las
cáscaras de los plátanos en un cartucho y dijo: “Apúrate que ya no
tenemos tiempo de subir”.
El muelle de Nueva
Gerona era más grande que el de Surgidero y estaba preparado para
recibir varias embarcaciones a la vez. Había un atracadero para los
barcos pesqueros y otro para los de transporte. A un costado de la
aduana, justo en la desembocadura del río Las Casas, estaba el
frigorífero donde almacenaban los mariscos de exportación. Un poco
más atrás, entre el dique seco y el borde de la carretera, se
alineaban las pequeñas casas de mampostería de los obreros del
puerto que se extendían en línea recta hasta las estribaciones de la
sierra de Caballos. Por su uniformidad, parecían inhabitadas casitas
de juguetes. El único indicio de vida eran las tendederas de ropa al
sol y las gallinas escarbando al unísono en la tierra de los patios.
Cuando el barco
quedó asegurado al espigón, los pasajeros comenzaron a desembarcar.
Lo hicieron en calma pero con rapidez. Era evidente que todos tenían
apuro, pero se comportaban con cortesía. A pesar de que viajaban con
paquetes no hubo atropellos. Muchas familias se conocían porque
habían hecho el viaje juntas en otras ocasiones. Pero aun en los que
lo hacían por primera vez, se percibía una callada solidaridad. La
abuela y la nieta fueron de las primeras en bajar. La anciana
cargaba la jaba de alimentos para el hijo con una mano y con la otra
sujetaba a la niña, que llevaba el bolso de mezclilla azul y un
paraguas. Atravesaron con premura el puente que unía el embarcadero
con el salón de la terminal, pero tuvieron cuidado de no pisar los
tablones rajados que desnivelaban los costados y aflojaban las
barandas. “No me sueltes la mano” dijo la abuela. “Aquí se han caído
al agua varias gentes”.
A esa hora el sol
se desprendía de golpe y hasta los pescadores, acostumbrados a las
inclemencias del verano, se habían cobijado del calor en los
almacenes de la cooperativa. Sólo los chóferes de alquiler que
hacían el viaje al presidido permanecían a la intemperie esperando a
los familiares. La anciana y la niña alcanzaron a entrar en el
tercer automóvil de los que estaban en fila. Cuando estuvo lleno, el
conductor puso el auto en marcha y dio la vuelta por detrás de los
almacenes de la antigua zona franca para adelantarse a los otros
carros. No hizo preguntas porque sabía que todos los pasajeros
tenían el mismo destino. La carretera que conducía al presidio era
estrecha y polvorienta y bajaba hacia el sureste de la isla entre
los antiguos bungaloes de madera de la época de las plantaciones
americanas y las primeras edificaciones prefabricadas construidas
por la revolución. La niña se había sentado junto a una de las
ventanillas. “Sube el cristal”, dijo la abuela. “Vas a llegar sucia
y con los pelos parados”. A lo lejos podían verse las dos torretas
de la entrada principal del Presidio Modelo.
El auto se detuvo
frente a la garita central con un frenazo que levantó una nube de
polvo rojo. Los soldados que estaban en la puerta sujetaron sus
rifles con las piernas y se cubrieron las caras con las gorras para
protegerse de la polvareda que se les vino encima. La anciana y la
niña fueron las últimas en bajar porque, antes de que pudieran sacar
la jaba de los alimentos y la bolsa de mezclilla azul, se les trabó
el paraguas entre la puerta y el asiento. La niña trató de
destrabarlo halándolo hacia fuera, pero no pudo porque las varillas
cedieron hacia arriba y rasgaron la tela. Cuando al fin logró
desengancharlo, el paraguas parecía una retorcida tarántula metálica.
“Tíralo a la cuneta”, ordenó la anciana. “Coge la bolsa que yo cojo
la jaba”.
Justo cuando se
pararon frente al Oficial de Guardia, el cielo se encapotó de
repente. La anciana miró hacia los nubarrones que avanzaban desde la
sierra, pero no les prestó atención y siguió con lo suyo: “Vengo a
ver a mi hijo”, dijo. El oficial abrió una caja de madera que
contenía las tarjetas de control penal y preguntó: “¿Nombre del
recluso?”. La anciana no titubeó al contestar: “Paulino Ruiz Pérez”.
Al oír el nombre, el oficial cerró de golpe la caja de madera,
levantó la vista y dijo: “Ese tiene la visita suspendida”. Entonces
cayeron las primeras gotas de lluvia. El oficial miró el cielo, y
como hablando consigo mismo, dijo: “Por ahí viene un mundo de agua”.
La anciana y la niña permanecieron paradas frente a la mesa.
“Apártense para que pasen los demás”, les ordenó el oficial.
Entonces se volvió hacia los otros visitantes que hacían fila y
gritó: “Apúrense o se jode la visita”.
Después de la
requisa, para cuando todos los familiares hubieron entrado al
edificio del comedor, que era el que se usaba para las visitas,
estaba cayendo un aguacero amazónico. Ya los presos esperaban en un
terreno cercado que parecía un corral de cerdos. Habían salido bajo
el agua, chapoteando en el lodo, desde sus respectivas circulares.
Daba lástima verlos allí, empapados, tratando de protegerse de la
lluvia mientras esperaban que los fueran llamando para la visita. La
anciana trató de ver si su hijo se encontraba entre ellos, pero no
logró distinguirlo en aquella multitud uniformada de amarillo. Todos
se parecían. La niña se encaramó en uno de los bancos y a través de
la ventana buscó a su padre: “Abuela, yo creo que es aquel recostado
a la cerca”. El Oficial de Guardia se aproximó a ellas. “Ya les dije
que está castigado”, gritó. La anciana no se amedrentó. Lo que hizo
fue volverse y preguntar: “¿Y se puede saber por qué lo castigaron?”.
“Porque intentó fugarse”, contestó el oficial. La anciana sabía que
no le darían explicaciones. Supo que la conversación estaba llegando
al final y quiso concluirla en sus términos. “Al menos podían
habernos avisado que no tenía visita”, dijo. “Esto no es una beca”,
replicó el oficial. La niña lloraba abiertamente. “Abuela, dile que
nos lo dejen ver aunque sea un ratico”, dijo entre sollozos. La
anciana miró con firmeza a la niña y dijo: “Con esta gente no hay
súplicas que valgan”. Entonces la tomó de la mano y para que todos
la oyeran gritó: “Vámonos”.
El Oficial de
Guardia enrojeció de ira pero no dijo nada. Se limitó a recoger la
caja de madera con las tarjetas de control penal y entró al comedor
para dejar pasar a los reclusos. En ese momento un rayo cayó en uno
de los transformadores eléctricos que estaban detrás de los talleres
de mecánica. La garita y el comedor quedaron a oscuras un instante,
pero enseguida la planta auxiliar comenzó a funcionar. La anciana y
la niña aprovecharon la confusión para salir de la garita. Uno de
los soldados de la posta que las vio enfrentar la lluvia les gritó:
“Por lo menos esperen a que se acabe la visita para que se vayan en
un taxi”. Ninguna de las dos miró hacia atrás. Al contrario,
continuaron imperturbables la marcha bajo el aguacero. A lo lejos,
una oscuridad apocalíptica parecía descender desde la sierra. La
niña temblaba con cada relámpago que se desprendía iluminador sobre
las cimas de las montañas. La abuela le apretó la mano. “No tengas
miedo”, le dijo. Y por primera vez la miró con cariño. Pero fue sólo
un momento. Enseguida retomó sus habituales gestos de matrona
ejemplar. Levantó la vista, apresuró el paso y dijo: “Ahora apúrate
que tenemos que alcanzar la primera lancha que sale a las seis.
Mañana tu mamá tiene visita en la cárcel de Guanajay”.
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Manuel C. Díaz
nació en La Habana (1942). Narrador y crítico literario. Ha
publicado los libros: El año del ras de mar
(Novela corta, 1993), Un paraíso bajo las estrellas (Libro de cuentos
cortos, 1996) y Subasta de sueños (Novela, 2001). Sus trabajos han
aparecido en diferentes revistas literarias. Es miembro fundador del PEN
CLUB de Miami. Reside en el sur de la Florida desde 1979, donde actualmente
escribe reseñas literarias y crónicas de viaje para El Nuevo Herald.

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