Miami
Estados Unidos
Año VII

 Nº 41/42

Escríbanos    

 

Publicada por Ediciones Baquiana

Director Ejecutivo

Patricio E. Palacios

Directora de Redacción

Maricel Mayor Marsán

Consejo de Redacción

Dr. Humberto López Cruz

Universidad Central de la Florida en Orlando

 

Dr. René C. Izquierdo

Miami Dade College Recinto de Kendall

 

Profesora Myra Medina

Miami Dade College

Recinto Norte

 

Dr. Gerardo Piña Rosales

Universidad de la Ciudad  de Nueva York (CUNY)

Universidad de Columbia

Nueva York

 

Dra. Alicia E. Vadillo

Universidad Estatal de Nueva York en Oswego

 

Dra. Lidia Versón

Universidad del Turabo

Puerto Rico

 

Asesor Técnico

Luis H. Beltrán

 

Asesor de Arte

Carlos Quevedo


 

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Boletín Informativo

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VOY POR LA VEREDA TROPICAL

por

Alberto Lauro

 

(Relato)    

 

     Antes de Salir se paró en su puerta. Unos hombres pasaban hablando del otro lado. ¿Vas a salir? —te pregunté. Tienes miedo. Aunque es de día, todo allá afuera es como si permaneciera en las tinieblas. Saliste. Hizo girar el picaporte. Un viento frío le golpeó la cara. Oficios. Qué nombre tan curioso para una calle de una ciudad como La Habana donde nadie trabaja, o donde se trabaja lo menos que se pueda o donde se aparenta trabajar, —dobló por Muralla. Unos perros mordían la carne putrefacta de un perro muerto. El más grande del grupo gruñó a uno de los pequeños que, furtivamente, le arrancó una pata al cadáver y salió corriendo Mercaderes abajo, como si fuera a la Plaza de la Catedral. Casilda apretó el paso camino de la panadería. La noche anterior había llovido y el agua se había colado por todas las tejas del techo de su casa. Primero escampaba en el parque que dentro de su casa. El agua estancada la salpicaba cuando algún viejo coche pasaba a su lado. Tosió. Escupió una sustancia compacta y verde. ¿Quién es el último? —Le respondió un viejo negro con un gato en brazos. Llegó después una anciana con restos de una mascarilla de pepinos en la cara. ¿Usted es la última? —Sí, eso parece, dijo Casilda. Voy detrás de usted, —dijo. La cola fue creciendo y de pronto había una multitud protestando porque no se abría la panadería a su hora. En medio de aquella algarabía arribó una mujer con dos niños. Y sin preguntar por un turno en la fila se puso de primera. La anciana de la mascarilla de pepino comenzó a protestar mientras los demás murmuraban en voz baja. ¿Te has creído que porque eres la presidenta del Comité de los comunistas tienes derecho a colarte cada vez que te dé la gana? Tengo dos niños y para la Revolución la infancia tiene prioridad ¿Infancia? Tus hijos son pichones de delincuentes, si salen a su padre. La opinión de una desafecta de toda la vida no la tengo en cuenta. Mira Fela (era Fela la quemá) —esta vez era Casilda— todos los días haces lo mismo. Yo tengo dos viejos en la casa a quienes tengo que atender y no me cuelo. Eso es cosa suya, —dijo Fela, que trataba de mover el cuello con desesperación pero un tejido de piel rugosa que le salía de la barbilla y se insertaba en el hombro se lo impedía. Cuando era muy joven por amor se echó encima una botella de alcohol y se prendió fuego. Nadie supo cómo pero fue un milagro que sobreviviera estando varios meses entre la vida y la muerte. —Pueden irse marchando a sus casas que no hay pan hasta la una de la tarde.  —Eran las siete de la mañana. La gente comenzó a gritar y a protestar pero era por gusto. Mejor, pensó Casilda, me doy un paseo. No quiero volver a la casa a encerrarme de nuevo a oír todo el día Radio Martí. Se encaminó a la calle San Ignacio. Atravesó Muralla. Se cruzó con Poncito, el hijo del pintor Fidelio Ponce de León que nunca había sido miembro del Comité de Defensa de la Revolución y era el enemigo número uno de Fela la quemá desde que ella intentó sacarlo del estudio que le dejó en la calle Empedrado la pintora Loló Soldevilla, que se había casado con él por amistad con su padre y él porque ella llevaba siempre un colgante de diamante en el cuello. Vengo de la cola del pan, —le dijo Casilda. Y yo de alquilarle un jovencito a un viejo degenerado a cambio de dólares, —le contestó él. A esa hora de la mañana la Plaza Vieja estaba en Paz. La estatua de Carlos Manuel de Céspedes, el Padre de la Patria, parecía conversar con la de Fernando VII a la puerta del Museo de la Ciudad. Sólo un grupo de perros seguía ladrando y ahora habían arrastrado los restos del otro perro muerto hasta O’Reilly. —Carajo, La Habana Vieja está llena de perros y viejos mugrientos. A ella nunca le habían gustado ni los perros. No sabía por qué. Los gatos eran otra cosa. Tenía cuarenta y cinco, con cuarenta y cinco envases de compotas y cuarenta y cinco platos donde les ponía la comida que le traía cada tres o cuatro días una amiga suya que trabajaba en un comedor obrero a cambio de tabacos. Otro animal que le había gustado era el pez, con su forma tan suave y esas escamas que parecen lentejuelas de artistas de cabaret al mediodía.

    

     Había tenido peceras, pero poco a poco los peces se fueron muriendo. Un día Pancho, que aún no estaba esclerótico pero que siempre había sido un chulo y un cabrón, le echó, a los últimos que quedaban, cinco pomos de violetas genciana, dos de mercurio y tres de yodo. Otra cosa eran las palomas. A su hijo si le habían gustado pero a ella no. Ese currucucú currucucú mañana, tarde y noche la volvía loca. Y después ese olor a palomar y a mierda que inunda la casa y se mete hasta en la ropa. Que va, primero muerta, —le dijo a Pancho cuando quiso hacer negocios con las palomas para venderlas a los santeros. Ya verás que nos hacemos ricos, —decía él. —Prefiero criar conejos, que paren en un dos por tres todo el año. Pero palomas, palomas no. Eso sí que no. Con el asco que le tengo yo a las plumas. Ya olvidaste que yo no puedo ni verlas.

 

     Se miró las manos. Dios mío. Las uñas se le habían vuelto como uñas de oso. Y se escondió las manos en los bolsillos del viejo vestido raído. Llegó a Obispo. En la esquina había un borracho dormido y sin zapatos. Se los habrán llevado, pensó. Desde cuando estará ahí. ¿Y si está muerto? Caminó hasta el hombre, a quien le habían dejado una cartera vacía a pocos metros. Es que a éste le han robado, sí señor. ¡Ay, madre mía, lo que es la bebida! Zarandeó al hombre que seguía durmiendo. Este abrió los ojos y le dijo como mascando las palabras con los ojos entreabiertos: no jodas tanto, vieja de mierda. Y se volteó, volviéndose a quedar dormido. Casilda siguió andando. Lo que hay que ver en esta vida. Lo que iba a hacerle es un favor y mira cómo me trata. Que acaben con él. Que le roben. Que lo maten. Que se muera. Mejor que cada uno se las arregle como pueda. Me lo decía mi padre, pero nunca le escuché. Como cuando me dijo que no me casara con Pancho que me iba a arruinar mi vida. No le escuché. Así me va. Cuando veas que alguien se hunde no le tiendas la mano que te arrastra con él. Ponle un pié en la cabeza para que acabe pronto de hundirse. Murmurando una canción: voy por la vereda tropical, la noche llena de quietud, con su perfume de humedad... Era así. Qué más da. Mejor me voy a la Farmacia “Taquechel”. Sabía que no había medicinas pero no quería irse aún a la casa. Y hasta allí se fue.

 

Alberto Lauro nació en Holguín, Cuba (1959). Poeta, escritor y periodista. Licenciado en Letras por la Universidad de La Habana y la Autónoma de Madrid. Dirigió el Taller Literario “Pablo de la Torriente” en Holguín desde 1981 a 1986. Trabajó como guionista de radio y televisión, en el Archivo Nacional de Cuba y en el Museo de La Ciudad. Ha obtenido numerosos premios y menciones en concursos literarios de Cuba, entre ellos el David, el Caimán Barbudo, el Mirta Aguirre, Literatura 86, La Edad de Oro y el Premio de la Ciudad de Holguín. Autor del poemario Con la misma furia de la primavera (1987) y de los libros para niños Los tesoros del duende (1987) y Acuarelas (1990), todos premiados en Cuba. Además del poemario Cuaderno de Antinoo (1994) y de varias plaquettes y libros de arte. Aparece en numerosas antologías en Cuba: Como jamás tan vivo (1987), Andará Nicaragua (1987), Mi madre teje el humo de los días (1990). Y fuera de Cuba en: Un grupo avanza silencioso (UNAM, México, 1990), Poesía cubana: la isla entera (Betania, Madrid, 1995) y Poemas cubanos del siglo XX (Hiperión, Madrid, 2002). En el año 2005 fue galardonado en España con el IV Premio Odisea de Literatura por su novela En brazos de Caín. Colabora con crítica literaria, ensayos de arte, reseñas y notas en distintas revistas literarias de España, país donde reside desde 1993.