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(Relato)
Así lo
eternamente pútrido. Escribo y esto no quiere ser una suerte de
regodeo literario, simplemente es una expresión absurda para decir
lo que nunca se quiere nombrar y en esta escena entonces elijo a
Mora apoyada en el dintel de una puerta, escuchando las palabras de
Ojeda, que va y viene de un lado hacia otro. Escribo de Mora con los
ojos abiertos, asombrados, vueltos hacia el hombre que sin rozarla,
la enfrenta y le expele el olor sucio que le sale por la boca y
silabea palabras que Mora no entiende.
Ojeda
retrocede hasta tocar la pared (empiezan a suceder acontecimientos
que no estaban previstos). La sombra se alarga en el suelo. Una
mancha oscura avanza sobre los objetos. La luz es escasa, Mora se
adelanta un paso exagerando los movimientos. Ve la sombra
hundiéndose en la oscuridad, repitiéndole incesante esas palabras
que no quiere oír y que ahora esgrime una sonrisa untuosa adherida a
la penumbra de su cara (esta frase abarca casi toda la superficie
del papel). Ella sabe que es su forma de hacerla sentir poca cosa y
entonces esos años pasados la cachetean con furia y también la
indiferencia con que siempre la han tratado mientras ella se
entregaba con amargura, en cada madrugada por las calles de
Constitución (Mora ahora es un personaje exaltado). Un mina de oro
le había dicho Ojeda con un tono convincente y altanero como si
fuera de él el mérito de él aquel cuerpo usado por locos y
arrogantes o sádicos (su imaginación plantea la posibilidad de que
la historia sea un espejo donde las palabras se reflejen). Años
oscuros y flotantes en la casa de pensión que él pagaba y los dedos
salvajes, vientres hinchados y bocas hediondas desfilando sin parar
en una cama que nunca fue la suya y la sonrisa de ellos engrosada
por el placer morboso de saber que habían pagado y podían exigir por
eso Mora ahora alude al recuerdo de este momento que está siendo
escrito.
La sombra se
detiene de golpe, alza la mano hacia la boca de Mora, se detiene,
con los ojos hundidos se entretiene en horadar el cuerpo de ella que
ahora está llorando y otra vez esa tristeza tan antigua y el obsceno
gesto de Ojeda ofreciéndola a los amigos que jugaban al póquer,
ella, la niña rescatada de flemas y piojos, débil, desnutrida,
después alimentada y tratada con la indispensable dedicación o manía
necesaria para hacer relucir ese cuerpo de mujer que iba creciendo
bellamente para el convite y usufructo(y entonces, ahora, en el
interior de la trama hay un proceso de recuperación de algo que
parecía perdido en las palabras antes escritas).
Ahora la
sombra cierra el puño y de ella, de la sombra, salen insultos como
un punto flojo que marca una costura, la voz aguda y obscena que le
dice que está vieja, que treinta y pico es demasiado, que las cosas
han cambiado.
La sombra respira con la boca abierta,
se agita, teatraliza una vez más, como lo ha hecho durante todos
estos años; mueve una mano para quebrar el aire que lo rodea, para
castigar con sus dientes desparejos de tiburón a punto de morder a
su víctima (este es el tiempo de un vocablo absoluto).
Mora está ahí
y llora, inclinada por las palabras que Ojeda le ha proferido y de
pronto ella pronuncia otras palabras que estallan contra esa sombra
aún más envejecida, con su corbata chillona de tipo mediocre y uñas
esmaltadas, con un brillo que no existe porque siempre ha vivido de
apariencias (ahora es necesario manejar el destino de los
personajes).
Mora no
siente odio sino algo parecido a la pena; deja caer los brazos,
sonríe a medias, respira lentamente; la sombra se le acerca, hace
sonar unos billetes entre los dedos y se los entrega a ella que los
acepta, para cualquier contingencia, se dice, ahora me voy para
siempre, se dice; la sombra sonríe socarrona, vas a volver, dice,
ahora puedo regir las palabras que escribo y hago que Mora salga a
la calle; el viento le manosea la cara y el cuerpo, pero no le
molesta: respira lentamente y empieza a caminar hacia ningún lado:
descubre que la vida no se detiene (una expresión absurda para decir
lo que nunca se quiere nombrar). Ahora Mora, (aludiendo a las
primeras frases del cuento como una naturaleza lúdica del momento
literario), está apoyada en el dintel de la puerta de una ciudad
cualquiera, sin escuchar ninguna palabra, en un mundo lleno de
curiosidades metafísicas, de paradojas, de aporías, de personajes
fugaces donde Mora sea el símbolo de una escritura infinita que
nunca más se prostituya.
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Graciela Licciardi
nació en
Argentina. Es poeta y escritora. Actualmente pertenece a la Comisión
de Asociación de Poetas Argentinos de gran acción cultural (APOA).
Ha sido distinguida con la carta de felicitación de la Secretaria de
Cultura de La Nación, por el Libro Las Palabras de la noche. Mención
Especial Carpa del libro Miramar, Buenos Aires. En 1990 colaboró en
el Suplemento Cultural Municipalidad de Buenos Aires. En 1993
obtuvo una Mención Especial en el Concurso Nacional AIRBA. Ha
recibido los siguientes premios: Mención de Honor en la XVI Fiesta
Provincial del Inmigrante, Berisso, Buenos Aires, 2do. Premio en el
Concurso de Poesía Martín Fierro, Radio UPB FM 93.7, Mención de
Honor en el Concurso de Cuentos breves Eduardo Bocco, en el Centro
Cultural Yukio Mishima. el 1er. Premio de Poesía Ilustrada, Consejo
Deliberante, General Sarmiento, Buenos Aires, el 3er. Premio del
Concurso Nacional de Narrativa General Cabrera, Córdoba, Mención
Especial en el Concurso de Narrativa del Centro Médico Mar del Plata
(1994), Mención Especial en Concurso de Narrativa del Centro Médico
Mar del Plata (1995), 2do. Premio Concurso Nacional de Poesía,
Ediciones Dunken, 2do. Premio Concurso Nacional de Poesía del Grupo
Asir (1995) y en el año 2000 ganó el 1er. Premio
en el Concurso Internacional de Poesía del Centro Cultural Discépolo.
Participó en la Exposición de Poesía Gráfica en la Fundación
Museos del Banco Central en Costa Rica (1996). Ha publicado los
libros: Las Palabras de la Noche (Cuentos),
acreedor de la Distinción de la Municipalidad y Secretaría de
Cultura de General Alvarado (1996) y Nada es para Siempre (Poemas)
con nota del Prestigioso Profesor de Filosofía y Letras Roberto
Ferro (1996). Participó en la antología de narrativa del
grupo Zahir, Ediciones del Dock. Ha publicado Poemas y Cuentos en el
diario La Prensa de Buenos Aires. Ha
participado en la Feria Internacional de Autores Noveles, realizada
por La Secretaría de Cultura de la Nación, la OEA, El CADDAN y
Metrovías. También ha realizado Talleres de
poesía y narrativa en la Asociación Argentina para La Infancia. Ha
participado en la Ronda de poetas en la SADE, en diversos cafés
Literarios, y en lanzamientos de Promoción Cultural del Gobierno de
la Ciudad de Buenos Aires en el Palais de Glace.
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