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TIERRA DE NADIE, TIERRA DE TODOS
Alexander Street Press, 2005. (Novela)
Publicación digital
Alexandria, Virginia, EE.UU.

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La literatura es posiblemente el único Juicio Final al
que tenemos acceso. Más que por un futuro se escribe
por lo irremediable del mundo y de las cosas que sólo
en la obra literaria pueden encontrar la compasión y
el humor del que los hechos en sí carecen. Es lo que,
en dos palabras, nos muestra Tierra de nadie,
un libro al cual resulta imposible imponerle un género
porque su apuesta también tiene que ver con la
anulación de las filiaciones literarias. En este
nivel, la escritura de Isaac Goldemberg evidencia de
inmediato la falsedad o al menos, lo antojadizo de
encasillarlo en categorías. Reconocido como uno de los
narradores y poetas importantes de la literatura
peruana y latinoamericana, en Tierra de nadie,
Goldemberg alcanza una dimensión nueva, un tono (es
decir; un despojamiento, una distancia, una ironía)
que hacen que este libro represente uno de los logros
más cuestionadores y brillantes de la escritura de
hoy.
A partir de la
nostalgia por lo imposible; la de un lugar que no ha
sido, Tierra de nadie despliega una suerte de
ruta de la pérdida dentro de este reino de la
necesidad, como el nuestro, donde los acontecimientos,
uno tras otro, hacen que el mundo sea sobre todo el
intento de recuperar aquello de lo cual no se tiene
otro antecedente que el de la constatación de su
ausencia. Sin embargo, con un lenguaje que cumple con
la exigencia de ser directo y al mismo tiempo de
significaciones múltiples, estos textos no
traen consigo únicamente una atmósfera de añoranza,
sino que también y es lo que fascina, plantean una
crítica extrema a ese aparato metafísico premoderno al
que se le ha puesto curiosamente el título de
postmodernidad y en el cual el ser humano es fiel
reflejo de la confusión y el caos, como en este
maravilloso retrato:
Lo vimos incoordenado
y difuso. Lo vimos intentando hacer desaparecer ese
rostro humano que lo perseguía, a ese modesto ser que
acabaría asesinando. Vimos al humano esperando un
acontecimiento vinculado con una historia real o
imaginaria. Y es que en él todo era confusión,
desgarro, imposibilidad de ser. Lo vimos pretendiendo
encontrar el centro absoluto, sin poder llegar a ser
otra cosa que una nada rodeada de todo. Lo vimos
pretendiendo arrancarse los párpados. Abriéndolos y
cerrándolos en el drama de la desaparición.
Estos textos de Isaac Goldemberg nos entregan una
versión tan brillante como desolada de ese derrumbe
generalizado que ha venido a ser el presente,
asumiendo el riesgo de que ese reconocimiento pueda no
ser otra cosa que el reconocimiento de la nada,
título, precisamente de uno de los textos de este
libro:
Entonces, aquí uno‚
allá otro‚ el humano eligió lo que carecía de sentido,
prefirió el instinto y la nada en la propia persona:
ser pensante constituyó un enigma. Todo el universo le
fue problemático‚ pero también aprendió el modo de dar
respuesta al enigma y colocó firmemente su pie sobre
el abismo.
De ese modo la sucesión de las 50 unidades que
conforman Tierra de nadie van construyendo una
cosmogonía; un tratado general y descripción del
estado del mundo, que en su propia puesta en escena
despliega, por así decirlo, una doble alma: por una
parte está la diafanidad de los textos, su desatado y
a menudo desollante humor, su arrasadora agudeza que,
como ya lo ha expresado la crítica, nos reconfirma que
se está frente a uno de los más brillantes y
originales escritores hispanoamericanos de hoy y, por
otra parte, la sensación opuesta de que esa claridad
no es sino la máscara de un hecho conmocionante que
los grandes poetas de hoy no pueden sino trasmitir;
esto es que a lo humano o a lo que todavía podamos
entender bajo esa acepción, se le ha despojado del
poder sobre la escritura. Es aquí donde la imagen que
levanta Isaac Goldemberg se sitúa dentro de lo más
acuciante y develador de la literatura de nuestro
tiempo: lo que su autor nos dice es que, tomemos los
puntos de vista que tomemos, no será el juicio de la
escritura sobre las cosas sino que serán las cosas
mismas las que conquistarán por asalto el protagonismo
que el yo, ese yo que con el capitalismo se define
ontológicamente como dueño, como acumulador, como
propietario, le había quitado.
Con el tiempo la escritura descubrió en el camino que
no estaba hecha para escribir, aun cuando escribía
bien. Tal vez no era su vocación o no era el medio en
el que quería expresarse.
Tierra de nadie
es efectivamente un lugar de nadie porque se ha
provocado el efecto óptico de invertir el mundo. Son
las construcciones humanas y no los hombres quienes
dan cuenta de ese descalabro monstruoso, cómico,
irreparable, que pareciera señalarnos que,
paradójicamente, la principal víctima del lenguaje es
precisamente quien se creyó con el poder de ejercerlo
y de ejercerlo además, a este que es “el más peligroso
de los bienes” (Hölderlin), sin costos. En una lectura
que no me cabe duda es reductora y parcial, me ha
parecido que la propiedad del lenguaje es el tema
principal que recorre estos textos.
Entonces la escritura se preguntó cómo reconstruir el
relato. Se matriculó en un taller de narración. Las
tareas debían ser preparadas consistentemente y leídas
en la clase. El resumen debía ser esquemático,
enfocado en la idea principal y tenía que venir
preparada para hacer un resumen oral del capítulo
asignado. La escritura comentó: —Escribo porque me
gusta elaborar mis pensamientos.
Lo asombroso es que al desplazar el hablante y asumir
que es la lengua la que se habla a sí misma
efectivamente se da cuenta del mundo. La inversión de
Isaac Goldemberg desplaza al yo al mimo tiempo que lo
parodia. El efecto de extrañeza que estos relatos van
provocando (más cercana a la patafísica de Jean
Tardieu o Raymond Queneau que a la solemnidad del
ensayismo) interroga al habla, sus convencionalismos y
acuerdos, sus estructuras, para mostrarnos sobretodo
esa “Ley del retorno” en la cual “fue propuesta la
creación de una ruta de la lengua para recuperar el
camino que recorrieron los expulsados”. La obra de
Isaac Goldemberg nos muestra y de una manera crucial,
es que esos expulsados somos nosotros. Tierra de
nadie nos narra esa expulsión, para lo cual a
menudo se sitúa en un futuro representado bajo las
formas de los hisperespacios, y donde palabras como
“red”, “galaxia” o “blog”, cumplen con el papel de
recordarnos que el porvenir es siempre una deformación
barroca del presente. La gran lección de estas
minificciones como las llama su autor es haber sido
capaz de construir la más seria de las obras, una de
las más agudas y abarcadoras que nos pueda mostrar hoy
la literatura latinoamericana, pero haberlo hecho bajo
la premisa desencantada y exaltante de la autoironía,
de la autoparodia, del autoenmascaramiento. Se trata
de una fábula. Pero el lector de hoy eso puede
entenderlo; obras devastadoras y enjuiciantes como los
cuentos de los hermanos Grimm, el Apocalipsis
de Juan, la Tierra desolada de Elliot, también
lo son.
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Raúl Zurita
nació en Santiago
de Chile (1950). Poeta. Estudió Ingeniería Civil en
la Universidad Santa María de Valparaíso. Se desempeñó como agregado
cultural de la Embajada Chilena en Roma. Ha publicado los libros: Purgatorio
(1979), Anteparaíso
(1982), El paraíso está vacío (1984), Canto a su amor
desaparecido
(1985), El Amor de Chile (1987), Canto de los ríos
que aman (1993), La Vida Nueva (1994), El día más
blanco (1999), Sobre el amor y el sufrimiento (2000),
Mi mejilla es el cielo estrellado (2003), INRI (2003) y
Los países muertos (2006), entre otros.
Ha obtenido las becas Guggenheim en
Nueva York y DAAD en Alemania. Su obra ha sido traducida al inglés,
alemán, italiano, sueco, francés, ruso, chino, bengalí, turco y
otras lenguas. Ha recibido numerosos premios destacándose el premio
Pablo Neruda (Chile), Pericle de Oro (Italia), Premio Nacional de
Literatura de Chile (2000), el más importante reconocimiento
literario que otorga Chile, y el premio José Lezama Lima (Cuba). Fue ganador del Premio Municipal de
Santiago en 1989 y representó a Chile en la Expo-Sevilla 1992. En
1982 trazó con aviones el poema La Vida Nueva sobre el cielo
de Nueva York y en 1993 grabó en forma permanente el poema Ni
pena ni miedo sobre el desierto de Atacama, Chile, que sólo
puede ser observado desde las alturas.
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