Miami
Estados Unidos
Año VII

 Nº 41/42

Escríbanos   

 

 

Publicada por Ediciones Baquiana

Director Ejecutivo

Patricio E. Palacios

Directora de Redacción

Maricel Mayor Marsán

Consejo de Redacción

Dr. Humberto López Cruz

Universidad Central de la Florida en Orlando

 

Dr. René C. Izquierdo

Miami Dade College Recinto de Kendall

 

Profesora Myra Medina

Miami Dade College

Recinto Norte

 

Dr. Gerardo Piña Rosales

Universidad de la Ciudad  de Nueva York (CUNY)

Universidad de Columbia

Nueva York

 

Dra. Alicia E. Vadillo

Universidad Estatal de Nueva York en Oswego

 

Dra. Lidia Versón

Universidad del Turabo

Puerto Rico

 

Asesor Técnico

Luis H. Beltrán

 

Asesor de Arte

Carlos Quevedo


 

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Boletín Informativo

Reciba por correo electrónico una síntesis de las principales noticias literarias

 


POETAS MEXICANOS

 

MARCO FONZ DE TANYA


Nació en la Ciudad de México, D.F. (1965). Cursó estudios en la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM y en la Escuela de Escritores de la SOGEM. Ha impartido talleres de creación literaria en diversas ciudades de México y ha desempeñado labores editoriales y de promoción cultural en medios impresos y radiofónicos. Fue becario del Centro Chiapaneco de Escritores en 1994 y 1995. Residió en Barcelona, España, durante 1998, donde emprendió tareas de difusión y docencia en torno de la poesía. Su obra publicada comprende los volúmenes: Los animales mal llamados hombres (1992), Intermedio absurdo en una función de medianoche (1994), Del hominem amorfo (1994), Cantos siniestros a Chiapas (1994), El ojo lleno de dientes (1994) y Los buscadores de Shavana-Lamar (Premio Estatal de Poesía Rodulfo Figueroa/Biblioteca Popular de Chiapas, 2002).


 

 

PRODIGIOS Y MISTERIOS

 

LA GARGANTA se atora por el universo

no pueden hablar los abuelos llaga

hay un remolino en las manos doncellas

ríen los dientes del cinabrio

la grulla escupe un espejo

y el universo habla.

 

 

LOS CONSTRUCTORES

 

EL SUDOR es la madera, es el clavo,

la pintura y el cimiento.

El sudor es artificio, magia,

espina del soñador, corona y guijarro

en el que finca la mar sus castillos de escamas.

El sudor es la ciudad y las calles cuesta abajo

el sudor es la cal seduciendo a Las Casas.

 

Aprende el niño a beber su propio cielo

a ver lo lejos de la pestaña del sudor,

que es lanza, bandera, vela en los barcos.

El sudor abre en los puertos el paisaje

y funciona la alegría como anzuelo.

 

 

LOS DESESPERADOS

 

EL TRUENO baja por los brazos del hombre

la tierra sale, respira por la bota y la montaña.

La ciega rota guadaña se sorprende con la vida

que el metal venturoso guarda cabezas y espinas.

 

El relámpago escampa por el pecho del hombre

va, vuela, levita sobre el viento dios de otros.

El vidente lejos sueña: ¡Miran como las orquídeas!

¡y su boca mastica pensamientos como viejas bendiciones!

 

La tierra se echa a sus pies, manso animal cautivo.

¡De Campana su risa, de rayo su saliva!

El polvo ignorado por su paso llega a la desesperación

guarda en pequeño cofre blanco pañuelo de encaje.

 

La niebla viste con dolor al hombre

El olvido se cuelga niño a su cuello.

Como palomilla nocturna se envuelve, se entrega,

tiembla y llora como bestia, como abierto sauce.

 

La sangre calla en los dedos del hombre

El temor se acomoda en un rincón bajo el brazo.

El grito es la boca del cañón

y los dientes empuñadura de la espada.

 

 

LOS TIERNOS

 

SU OÍDO se despierta con la gota que se escapa

del sonido magistral de Caña Hueca

cuenta historias de la noche en que los hombres

se perdieron en la boca de las fieras y sacaron

de sus tripas las lagunas y la lumbre huyó como una bestia.

 

Su risa entonces aparece como barca que se suelta

y atrapa con la mano una mosca que es pequeña calavera

sudoroso abre las cortinillas de creencias.

A lo lejos Caña Hueca señala tierra y un Pájaro Lobo

cae para carne de la historia.

 

 

LOS ESCRIBAS

 

MI ASOMBRO da motivo para la intemperie.

Toda la noche escuchar cómo los monstruos marinos

toda la noche escuchar cómo la luna es verde

toda la noche escuchar cómo los fieles difuntos raspan las paredes.

 

Las ánimas no andan pero éstas han dicho suficiente:

luminosos, ricos olores a estrellas

en un cuerpo de amazonas que cuando se toca

floreado alimento le nace a las manos.

 

La pluma tiembla más que la zarza que se incendia

la pluma es brújula y proa de los sueños

la pluma inunda la hoja de arena

la pluma y sus palacios de tinta

la pluma con sus ciudades de aletas.

 

 

LOS NAÚFRAGOS

 

EL AGUA, la sed hasta su forma de hueso

la soledad en duración de grito,

uno, la mar, el sol, dios no está.

La mirada se empluma como un pájaro

las manos son peces voladores

las piernas de un Tritón arrepentido,

otro, la mar, el sol, salobre es dios.

La visión de la bruma forma ciudades

sobre la niebla matinal de la marea

la voz susurro hasta el misterio

la muerte es áspera como la arena,

otro, la mar, el sol, la sombra es dios.

 

 

 

DANA GELINAS


Nació en Monclova, Coahuila, (1962). Realizó sus estudios de maestría en Filosofía en la UNAM. Es poeta, traductora y narradora. Realizó la antología La aguja del corazón/ Heart´s Needle, del premio Pulitzer W.D. Snodgrass (Aldus/ Cabos-Sueltos, 1999). Obtuvo la beca Salvador Novo, del Centro Mexicano de Escritores, del Instituto Nacional de Bellas Artes y del Fonca (beca para Jóvenes Creadores). Entre otras labores, fue jefa de redacción de la revista cultural Sacbé en su versión en inglés y coordinó talleres literarios para niños. Ha publicado los siguientes libros de poesía: Bajo un cielo de cal (Fondo Editorial Tierra Adentro, 1991), Poliéster (VIII Premio Nacional de Poesía Tijuana 2004), Altos Hornos, Editorial Praxis (2006), y Boxers (Premio Nacional de Poesía Aguascalientes, Joaquín Mortiz, 2006). Asimismo, Dana Gelinas es narradora de cuento y novela infantil y juvenil. 


 

 

LA POZA DE LA BECERRA

 

1

 

En medio del desierto salobre

bajo el peso del sol,

hace millones de años

fue atrapado un fragmento de mar,

y formas de vida que no existen en Groenlandia

ni en el Tíbet.

La taxonomía tradicional se resquebrajó

como los maderos de las arcas antiquísimas

al ser libradas del musgo lodoso del lecho de los ríos.

Nuestros cíclidos sobreviven a las eras.

 

2

 

En el centro del universo

el agua es cristalina,

como una alberca tratada a base de cloro;

su frescor es el de un vaso de hielos.

Allí, a uno o dos metros de la superficie,

buzos con el equipo más reciente

fueron arrastrados

por corrientes subterráneas.

 

3

 

Si escalas un cerro

entre las espinas de los cactus

y la mínima arborescencia,

si abres tu oído al rumor

de los protozoos de la prehistoria,

o si tapas tus oídos como sólo un humano sabe

y dices algo con la garganta solamente,

la palabra desvinculada del génesis,

la frase como salmo adulante de su dueño,

el poema no será sino profilaxis de todo lo que existe,

y percibirás sólo un eco

                                               eco

                                     eco

 

4

 

Desde esa zona límite del silencio

--la Poza de la Becerra,

azul oscuro,--

sólo eres un vestigio

de la deriva continental.

Te propones que el carbón y la madera de tu lápiz

escriban sobre una hoja de papel resinoso

acerca de esa forma de vida,

esa hambrienta criatura

de cuarenta y seis cromosomas,

no épica ni lírica,

sino erguida para procurarse algunas calorías,

que vende alimentos y agua de los Alpes

a los turistas

enloquecidos por el eco imbécilmente emotivo

producido por gargantas

que devoran con un gesto de orgullo.  

 

           

AGUA

 

Mi planeta es un rectángulo de agua.

Un espejo al ras,

un corredor transparente.

Desde el pedestal, desde tu maillot negro,

desde el aire tibio,

recorres tu camino arañando la piel del agua

y dejas a los delfines azules y blancos

rozar tu hombro y costado.

 

La realidad es de agua.

 

Escucho agua: un aroma de agua limpia y delgadísima

me circunda en cada brazada.

Los segundos son de agua,

la eternidad es equilibrio en el agua,

entre el delgado cordón a la izquierda

y el denso muro del fin del agua.

 

Emerjo.

 

Me envuelve un mundo blanco de toallas,

Pavarotti y Bono

surgen de la lluvia constante

de las regaderas,

junto a las miles de gavetas del baño de mujeres.

 

 

Desde el área de mantenimiento

clama la voz de La Dolorosa:

–Odio estar aquí;

no dejo a mis hijos por gusto,

necesito el Seguro Social para el mayor, por las terapias–,

 

Un ejército de empleadas seca cada mosaico que piso.

                                              

 

ARTÍCULOS DE PIEL

 

Dicen que Ellos y Ellas venimos de Siberia,

ocultos en gruesas pieles almizcladas.

Yo creo que sí, porque temblamos de emoción

con el aire acondicionado de los centros comerciales.

 

Lo prueban los zapatos de piel y los cinturones,

las chaquetas de cabra,

los portafolios que nos seducen con el olfato

antes de arrebatarlos de la tienda.

Olor a piel para atreverse...

 

Las tiendas para caballeros me erizan la piel,

alimentan mi gusto y mi Monte de Venus;

mi tacto se tranquiliza con las mangas de las cazadoras

y con los cintos míticos de ciertos semidioses

que escriben las leyes

que nos organizan a todos en dos mitades.

 

¡Qué bueno!,

me encanta aquello de tener una mitad

en otra parte,

me fascina que seamos dos tribus

que aún viajan en filas diferentes,

en baños separados,

en oficinas de gobierno,

en consultorios clínicos,

y claro, en las grandes tiendas.

 

Sin embargo, soy una feminista convencida.

Levantaría una gran protesta

con diez mil de mis mejores amigas

si me prohibieran juzgar al tacto

el arsenal típicamente masculino.

 

 

 

LETICIA HERRERA ÁLVAREZ          


Nació en Coalcomán, Michoacán, México (1954). Poeta y narradora. Radica en la Ciudad de México, D.F. desde niña. Ha publicado en el género de poesía: Ver al volar (1988); Atajo hacia el origen, finalista en el Premio Casa de las Américas, (1990); Lo cotidiano, plaquette, (1994); Como Chagall, primer lugar, en el “III Concurso de Poesía da SCL-MA”, de Brasil, (2004); Sinfonía Natural, poesía para niños, mención honorífica al Mejor Libro Infantil Ilustrado, FILIJ, (2000). Ha publicado en el género de cuento: Un globo en busca de libertad, Premio Nacional de Cuento para Niños Juan de la Cabada, INBA, (1989); No voltees,  Premio de Cuento Brevísimo, Minificciones, revista El cuento, (1999); y Zaima, cuento para adolescentes, (2005), entre otros. Su relato Cuando las luces se enciendan, fue escrito originalmente como guión cinematográfico y, en 1995, fue publicado como libro en una colección de guiones clásicos para conmemorar el centenario de la cinematografía. Ha publicado en el género de novela: Rielar, crónica de un relato de novela escrita en forma poética a manera de pinturas literarias muy cercanas al abstracto, novela onírica, (2003); y Chiribitas. 2ª edición, género limítrofe, (2003). Ha sido becaria del Instituto Goethe en México y Alemania. Su obra ha sido traducida parcialmente al inglés, francés, alemán, rumano e italiano.


 

 

SEUDÓNIMO

 

La discreción de

quien sólo admite ser

 

retratado de perfil para

ocultar su fealdad.

El pudor de un zapato cerrado que

oculta un pie con seis dedos.

 

 

REYES

 

Nadie vio jamás

resucitar una momia,

mas su fama los preserva

como hijos de los dioses.

 

 

TESTIMONIO

 

Tengo fe

mas las montañas

me gustaron siempre

 

donde están

 

 

BOGO EN AZUL

 

                             Para Ángel y Clío

 

Uno tras otro, los trabajadores

enfilan en el muelle.

Bajan de los camiones, se organizan.

Puestos ante mis ojos, anteceden al mar

como un regalo perfumado,

mientras el barco, poco a poco,

va apagando las luces de sus mástiles,

porque al fin amanece.

 

Los niños se han vestido con corbata

para jugar en la base del monumento

antes de ir a la escuela,

y el héroe del muelle los deja hacer,

mientras contempla, arrobado,

el horizonte.

 

Todas las naves miran hacia el oriente

capitaneadas por el remolcador.

Es cielo está brumoso.

De entre tantos,

un pájaro descuidado podría chocar contra mí.

 

Los hombres, los robustos hombres

se uniformaron con camisa a cuadros,

gorra con visera y piel quemada.

Los hombres, los robustos hombres,

lucen bien al emplear su vigor

en adornar el muelle con macetas.

 

Con plantas mágicas,

el capitán se ha mojado la frente,

el pecho, la raíz de las orejas, las palmas

de las manos, la nuca, el vientre.

Algo se aquieta en él con la ablución ritual.

Está listo para ir hasta la playa y animar

la tarea de los hombres que,

vocingleros, deslizarán

sobre un dique natural,

costillaje, casco y vela.

 

Con agua y fuego,

alabearon las maderas.

Con estopa y brea,

el calafate ha unido las junturas,

mientras los niños del pueblo

observaban, con el aliento detenido,

y disipaban distraídos las viandas

preparadas por la segunda esposa.

Con la pleamar, ahora,

el pueblo entero intentará

la botadura de una goleta.

 

Hacia el horizonte se fuga

el profundo color ultramar.

Ya más cerca, se sostiene el cobalto,

y en la ola que rompe, translúcido y

secreto, se desliza,

sobre la blanca espuma,

el verde menta.

 

Los vidrios biselados,

sosegados, sin brío, entreverados

en las nobles criaturas marinas,

viran con los guijarros,

vencidos por las olas.

 

De tiempo atrás, el turbulento beso

los despoja de aristas, de asperezas,

y hoy, dulcemente sosegados,

centellean la dorada humedad

del sol atardeciendo.

 

Tendida entre ellos, contemplo

la vida ya  con desapego y,

somnolienta,

dejo que el rubio sol

bese mi desfallecido cuerpo.

 

Sobre todos los arrebatos humanos,

digo a mi hijo, quien espera

el nacimiento de su hija,

si sobrevive,

el poeta hace valer su amor.

 

El poeta sobrevive tan sólo

si por encima de todos

los arrebatos humanos

hace valer su amor.

 

Los pescadores se oponen a la marea

afianzando sus cuerpos en poderosas cuerdas.

Fibrosos torzales relamidos por las olas,

se tensan, como ellos, echados hacia atrás,

y el jalón de la avisada goleta

hace hundir sus talones en la arena.

 

De tiempo inmemorial, se reconocen,

unidos por el dulce forcejeo,

y mientras luchan, pescador y mar

se miran largamente, sin parpadear apenas.

Así evocan el tiempo en que tan sólo

podían contemplarse desde lejos.

 

El mar, animal pesado,

se mueve lentamente.

Cuando inhala, la goleta se levanta

y vuelve a hundirse con la exhalación.

A fuerza de observarlo,

los pescadores lo conocen de sobra.

Con el mar tan sólo vale una lucha pacífica.

 

Se han vestido con redes ceremoniales

para acercarse a él.

Se han ungido con sal.

Se han peinado con viento.

Delicados boleros rodean la cintura

con sus rombos de hilo

y el acunado hombro se resiste al adiós,

cuando un brazo desnudo

timonea las olas desde lejos.

 

De sus vientres, las torcidas redes

han formado un delicado cordón

que une sus cuerpos a la cuerda madre,

aquella que se aventura mar adentro y,

con paciencia, vence a la marea.

 

Los pescadores se han vestido

de colores lejanos para oponerse a

la partida de la anhelante barca,

cuyo inocente impulso era bogar

en pos del sol, que oteaba el horizonte.

 

El sexo de las goletas se descubre

durante la tormenta.

Esa, que, vieja ya,

muestra aún impecable,

la dulce curvatura de su vela azul

suavemente inflamada por el viento,

es una barca hembra de corazón bondadoso.

 

Desde el malecón, debía verla bogar,

antes de ver, nuevamente, al amor.

Siempre que llega, sabe que tiene

en mi corazón un santuario.

Mi nieta,  nacerá pronto.

 

Esta tarde, de nuevo,

los pescadores,

los diminutos hombres,

enamoraron al mar.

Su jadeo de alivio ha dejado

la barca sobre la playa.

 

Me he vestido de blanco,

azul y dorado,

para conocer a mi nieta.

Le llevo una sonaja:

de mi vestido penden caracoles.

Que el murmullo del mar

la reciba dulcemente en la vida.

 

Bandar Busaca,

nombre de navío;

Clío,

han llamado a mi nieta.