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No nos une el amor, sino el espanto
(J.
L. Borges)
Lo contó en el bingo de los miércoles del inútil club de la comunidad:
las casas del ensanche en ruinas, y usted, doña Clarita, parada en
medio de la calle, con las manos en la cabeza, estupefacta ante
tanta destrucción. ¿Será que se avecina un maremoto, un terremoto,
un ciclón?, especuló junto a sus amistades, y sin embargo, que
pronto comenzó su sueño a convertirse en realidad.
El día menos pensado, a casa de La Cafetera llegaron unos
ingenieros, hicieron unos cálculos, y dejaron plantado un enorme
letrero anunciando: Aquí se construye el Residencial Ana
Kathiuska I. Pero una vivienda más, una vivienda menos, qué
importa. Sobre todo si se trata de la casa de La Cafetera, un
hogar al que su dueña nunca puso atención, antes de que decidiera
rociarse gasolina y pegarse fuego en su desvencijado jardín. Luego,
las hijas abandonaron el nido, se largaron a Europa a trabajar, y no
se supo más de ellas; quedaron solos el viudo y el hijo menor, un
muchacho esquelético que se pasaba el día sentado frente a un
televisor, única cosa realmente viva dentro de aquella residencia
mordida de ratas en las sucias cortinas y el viejo sofá, adornada
con lomas de periódicos en cada rincón, plantas muertas imposibles
de resucitar, y electrodomésticos dañados a los que nunca se reparó.
Un desastre doméstico que el marido, después de la muerte de la
esposa, conservó tal cual. Todas las tardes se le veía salir, flaco
como nadie, el paso taciturno, camino al Mirador, a sentarse en un
banco a fumar. Por las mañanas vendía seguros automovilísticos,
aunque sin mucho afán. Más bien, él y su hijo vivían de la caridad
de los vecinos, de un plato de comida y unos cuantos pesos para
jugar quinielas, no más.
Que la casa de La Cafetera desapareciera, que ya no se le viera a
ella caminar frenética, flaquísima también, de una esquina a otra
del barrio, una mano en la cintura a modo de asa, y otra hacia
delante en actitud enhiesta, con un cigarrillo encendido entre los
dedos, no podía calificarse de catástrofe. Mejor que su viudo
pudiera vender la casa para irse a vivir a otro lugar, porque ya
daba pena esa enflaquecida familia, y además, todo el mundo en el
barrio mantenía su propiedad bien arreglada menos ellos. Usted doña
Clarita lo sabe muy bien. Usted que fue una de las fundadoras de
este ensanche, de las que treinta años atrás presenció el primer
picazo del terreno donde se construyó el salón parroquial en época
de Balaguer. Gobierno que trabaja, país que progresa, ¿recuerda?
Cómo no lo va a recordar, si fue de las que ayudó a fundar el club,
organizando veladas para recaudar fondos, participando en los
aguinaldos, luego de la misa del gallo en Navidad. ¿Buenos tiempos
aquellos, dice usted? Sí, sí, buenos tiempos. Pasaban esas cosas que
en todas partes pasa, a gente revolucionaria que quiere tumbar
gobiernos, romper con lo establecido y alzarse en contra de la
autoridad, pero no existía tanta delincuencia. ¿Está segura? Claro
que sí. Muchos obreros haitianos, eso sí, pero sólo al principio
cuando se levantaban las casas, porque luego, quedó plenamente
establecido el mundo del ensanche, y ya no quedaba nada más que
construir que no fueran los jardines, el buen nombre del barrio, y
la tranquilidad.
Ahora que derrumban la casa de al lado, y el ruido insistente de los
compresores le taladra hasta el alma, se le hace difícil de creer.
Tan estupefacta está como en su sueño. Ya casi se han mudado todos
sus vecinos. Han vendido sus casas, han tumbado todo para volverlo a
hacer, pero hacia arriba, y su vivienda se ha quedado enana,
atrapada entre edificios construidos o a medio construir. Otra vez
los haitianos invadiéndonos, piensa usted. Comienzan a salir
temprano en la mañana, desayunan en cualquier colmado, un pan de
agua con algo de salsa de tomate y un refresco rojo que se tragan
con cara de hambre y de fortuna, y terminan al caer el día, andando
por el ensanche a todas horas, a pie o en bicicleta, no importa que
el otro día llegara una guagua del ejército nacional llena de
militares, que parqueados frente a una construcción a medio hacer,
se los llevaron a todos de vuelta a su país de desgobiernos.
No importa, porque como quiera son muchos, llegan continuamente, y
siempre andan por ahí, trabajando en las obras o vendiendo dulce de
maní. Sus mujeres se encuentran aquí también. Los fines de semana,
detenidas en puntos estratégicos, usted ha visto a las haitianas con
sus hijos colgando de las tetas, regenteadas por un manager de
pordioseros que se encarga de repartirlas por toda Ciudad. ¡Eso da
miedo y pena! Da miedo, por que cuando cruza por alguna calle y se
encuentra con el reguero de haitianos, usted aprieta su cartera y se
echa a un lado, temerosa de ser atracada; y sin embargo, al que
atracaron un sábado de estos fue a un obrero haitiano cuando
temprano en la mañana salía de cobrar su sueldo semanal en una
construcción. Vinieron dos tipos montados en un motor y le dieron un
golpe en la cabeza con una manopla. Le quitaron el dinero que
llevaba encima y escaparon. Usted misma vio al obrero recién
atracado dando tumbos por la esquina de su casa con el rostro lleno
de sangre pidiendo auxilio. Y no eran haitianos los atracadores,
sino dominicanos, eso es lo que más duele.
A la que asaltaron ayer fue a su vecina, la que vive frente al
supermercado. Sucedió también a pleno día. Se encontraba parada en
la acera acechando al viejo que vende tierra negra y usa celular
montado en una carreta tirada por un caballo sarnoso, cuando
vinieron otros dos hombres en una motocicleta y casi le arrancan el
pescuezo para robarle una cadena que ni de oro era, "pero qué susto".
Aunque eso no es nada comparado con lo que presenció usted el
viernes en la tarde cuando una desconocida entró al baño de damas
del club, arrancó de cuajo el lavamanos, salió con él debajo del
brazo, y se montó en un motoconcho que la esperaba afuera, sin que
nadie pudiese detenerla.
Por aquí nunca se vieron ese tipo de sucesos, doña Clarita, ¿verdad que
no? Y ya seguro se enteró de que el asunto de las pandillas
juveniles dejó de ser algo que ocurre únicamente en Gualey,
Capotillo o Guachupita, y de lo cual sólo se habla en los noticieros.
Ah, pues increíble pero cierto, el fin de semana pasado, en una
fiesta familiar a dos esquinas de su casa, llegaron Los Morphis,
muchachos nacidos y criados en este prestigioso ensanche, y
navajearon a un jovencito que vive en su misma cuadra, sin que se
sepa por qué. ¿Aquí en mi ensanche?, ha dicho usted. Sí, doña
Clarita, aquí. Aquí donde hasta hace poco tiempo se podía dejar la
puerta abierta, y quedarse uno viendo la noche sin ningún pánico.
Eso es para que se convenza de que ya no puede, a sus ochenta años,
andar caminando a solas, yendo al club a charlar y a jugar bingo con
sus amigas, que están más viejas que usted, y cada vez más le falla
la memoria y se le pasan las bolas en los cartones. Así que quédese
tranquila en su casa, aunque le tema a los obreros haitianos
sentados alrededor de un fogón y un locrio de pica-pica en la
construcción de al lado, cada noche, al terminar la jornada. La
suerte es que ellos ni se sienten, se hacen los invisibles, como si
fuera posible, con ese brillo negro en los ojos que a usted tanto le
asusta, porque desde niña le dijeron que los haitianos comen gente.
¿Y supo? Hay una casa de citas en la calle de atrás, al lado de su
mejor vecina. Vino uno de esos dominicanos que han hecho fortuna
rápida en los países, un jodedor, y compró y remodeló esa
casa, y hasta le hizo una piscina, para montar su negocio de
prostitución. Ay, pero son unas muchachas muy finas que se codean
con hombres muy influyentes. Así anda la cosa. Igual que el tiroteo
del domingo en la noche… ¿usted no se acuerda de los cinco disparos
que la hicieron despertar sobresaltada? Eso fue allí, al doblar, sin
que se sepa por qué. Unos desconocidos pasaron en un carro y le
cayeron a tiros a una casa. ¡Sí, doña Clarita, en su maravilloso
ensanche, aquí!
No quiero mortificarla con tantas malas noticias, que a su edad, podría
hacerle daño, y más ahora que esas máquinas taladrando la tierra y
levantando polvo durante todo el día están a punto de lograr que en
su cerebro algo se desmorone, pero como quiera, seguro que ya se
enteró: acaban de cometer un robo en el colmado de enfrente, qué
hombre tan descuidado el propietario, que por ganarse unos cheles no
cierra ese negocio temprano, dirá usted. Porque eso de esperar que
den las dos de la madrugada con un colmado abierto y un grupo de
bebedores de romo haciendo bulla y armando chercha, es una gran
imprudencia en estos tiempos, pero no, doña Clarita, lamento decirle
que no fue a las dos de la madrugada, sino a las dos de la tarde que
aconteció. Y acuérdese bien que no es la primera vez que ocurre un
asalto a mano armada en sus propias narices. La vez anterior, hace
sólo un mes, sucedió a las doce del día, en el mismo momento en que
sintió un olor extraño y se paró de su mecedora a atender el arroz
puesto en la estufa porque se le estaba quemando. Y ocurrió así,
igual que hoy, sin mayor escándalo. Simplemente, los ladrones, bien
educados, montados en una yipeta y hablando como la gente (un par
de hombres bien vestidos que no parecían ni haitianos ni
delincuentes ni pandilleros ni deportados ni jodedores ni motoristas),
llegaron al colmado pidiendo varios litros de whisky, y de repente,
sacaron sus armas, dispuestos a pedir a la brava mucho más.
No se sienta mal, doña Clarita, que usted ya ha vivido bastante y sabe
que en todos los tiempos han sucedido cosas muy feas. Hasta peores
de ahí. No, pero nunca como ahora, nunca en un ensanche distinguido
como éste, Santísimo, y qué es lo que está pasando, ¿es que el
diablo anda suelto?, que Dios nos proteja, dice usted. ¿No como
ahora?, pero, ¿y en la época de Trujillo? ¿No dicen que se vivía
entonces en un ambiente de terror? ¿No recuerda usted la represión,
los asesinatos, la masacre? Ah, pero al menos, en esos tiempos,
quien no se metía en contra del gobierno ni era haitiano, lograba
sobrevivir.
Lo que pasa es que la memoria es así de selectiva, doña Clarita, usted
prefiere no acordarse de nada, y para colmo, este ruido cada vez más
fuerte demoliéndolo todo a su alrededor no la ayuda. ¿La época de
Trujillo? Oh, si, esas grandes fiestas que daba Doña Isabel Mayer en
el Club Social de Montecristi, allá en la frontera. No quiere
recordar nada más, no puede. Lo único que permanece claro en su
memoria es que este no es el ensanche que con tanta ilusión ayudó a
fundar. Sólo eso. No recuerda el presente como era hace un instante,
como es ahora, como será dentro de poco, pues cualquier referencia
se ha ido.
Del futuro no queda todavía nada en pie. Sólo en sueños. Y ni así. Que ya
ni mente tiene para pensar. Mucho menos para soñar. De manera que no
sabe cuál es la razón de tanta descompostura, dónde fue que comenzó
a desmoronarse el mundo a su alrededor ni podrá imaginarse, si esto
sigue como va, qué pasará mañana cuando se levante cansada, con
dolor de cabeza, y esa máquina perforadora, ese compresor incesante
continúe levantando polvo y callando viejos, reprimidos y olvidados
silencios, y las rosas de su jardín luzcan vencidas y polvorientas,
y su cerebro lleno de ruidos por doquier, y ese joven obrero
haitiano de la construcción estará ahí empañetando con cemento
fresco el hueco de lo que alguna vez será una ventana, cuando le
distraerá el deseo de un mango reluciente que cuelga de la mata del
patio de su casa, y usted lo estará viendo, un tanto ida, mientras
engancha un refajo en el tendedero, en el mismo instante en que
pasará un avión, y entre todos los ruidos circundantes usted lo
distinguirá y pensará qué es ese otro ruido sobrevolando el cielo.
Un
avión, doña Clarita. ¿Una invasión? No, un avión, un moderno
artefacto de hierro en el que vuela la gente. ¡¿Un avión?! ¿No serán
las cotorras que pasan volando por aquí todos los días a la misma
hora, o el escándalo que hace la motocicleta sin muffler del
delivery del colmado, o algo malo, muy malo que va a pasar?
No, un avión. ¡Un avión! Le dará vueltas en la cabeza ese ruido, ese
artefacto, esa palabra, buscando su significado dentro de sí. Y
entonces escuchará otro ruido, esta vez un golpe seco, cuando se
desplome, fulminado por un cable de alto voltaje, el joven haitiano
obrero de la construcción, que por apetecer un mango habrá tomado
una varilla en forma de bastón para tendérsela a una rama echada
sobre un alambre eléctrico, haciendo un mal contacto. Carbonizado,
su cuerpo, muy negro, caerá en su patio, casi a sus pies. ¡Sigan
trabajando, sigan trabajando!, gritará el encargado de la
construcción, cuando los demás obreros corran consternados a ver lo
sucedido. ¡Sigan trabajando, sigan trabajando!, escuchará usted casi
a lo lejos, produciéndose en su cerebro un total derrumbe.
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Aurora Arias
Nació en
Santo Domingo, República Dominicana
(1962). Poeta y narradora. Estudió arte y psicología. Ejerce también el
periodismo, siendo co-editora de Quehaceres, órgano del Centro
de Investigación para la Acción Femenina (CIPAF). Ha publicado los poemarios:
Vivienda de Pájaros (1986) y Piano Lila (1994). En 1994 obtuvo el
premio en el concurso de Cuentos de Casa de Teatro en Santo Domingo con su
libro de relatos Invi’s Paradise. La Editorial de la Universidad de
Puerto Rico publicó su colección de relatos Fin del mundo (2000). Su
poesía ha sido incluida en la antología de reciente poesía dominicana
Juego de Imágenes, compilada por Frank
Martínez y publicada por la Editorial Isla Negra en
2001.

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