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Introducción
En 2001 publiqué en
la revista Aérea un trabajo bastante detallado sobre la adopción y
feliz adecuación que hace Jorge Luis Borges del soneto inglés de corte
shakesperiano para la poesía hispánica.[1]
Típico de dicho soneto shakesperiano, convertido en “sinónimo de
isabelino” (Pérez Romero 26),
[2]
es el esquema de rimas ABABCDCDEFEFGG, es decir, siete rimas
diferentes repartidas en tres secciones iniciales
−identificables por
sus respectivas rima cruzada y unidad lógica y sintáctica− y un
pareado o dístico final, el cual en algunas ediciones de la poesía de
William Shakespeare aparece marcado externamente con un margen a la
izquierda.
Aunque predomine la rima cruzada, los sonetos de Shakespeare incluyen
también, siguiendo a Petrarca, la rima abrazada (ABBA). Sea cruzada o
abrazada la rima, su peculiaridad consistió en utilizarla de forma
consistente, no únicamente en los primeros seis versos, sino en los
primeros doce versos, añadir nuevas rimas y configurar así tres claras
subestrofas iniciales de cuatro versos cada una (serventesios o
cuartetos en términos hispánicos), las cuales dejaban el campo libre
para el pareado final. Con rima diferente a las anteriores y portador
de un sentido completo (una idea conclusiva, una máxima, etc.), dicho
pareado aparecía, pues, como una virtual subestrofa, en ocasiones
hasta marcada externamente con el mencionado margen. La preferencia
del soneto inglés por cerrar con un pareado final de rima diferente a
las demás del poema no se halla, aseguran los tratados de métrica, ni
en los sonetos de Petrarca ni en el soneto hispánico desde el
Renacimiento hasta Borges en los años 60.
Según Fernando Lázaro Carreter, un pareado es la “estrofa
formada por dos versos que riman entre sí” (313); mientras que el
término dístico contiene dos sentidos: “Estrofa de dos versos”
y “conjunto de dos versos que expresan un sentido completo” (149). A
los efectos de este trabajo sobre el soneto shakesperiano en la poesía
de José Lezama Lima (1910-1976), usaré intencionalmente el término
pareado, para, sin olvidar el aspecto semántico, dar mayor énfasis
al aspecto de la rima y a la necesidad de ajustar la división externa
del soneto hispánico al esquema shakesperiano cuando este sea el
utilizado por el poeta. En las variantes hispánicas del soneto
shakesperiano, quizá por la costumbre indiscutida de la división
externa del soneto clásico hispánico (dos cuartetos y dos tercetos:
4-4-3-3) y la escasa atención a este asunto aun entre los poetas, los
dos últimos versos, aunque tengan un sentido completo y una rima
similar entre sí pero diferente a las demás del soneto, prácticamente
nunca aparecen marcados externamente en forma de estrofa independiente
o mediante el margen izquierdo. Las curiosas revisiones que Borges
hace de sus sonetos shakesperianos revelan ya en él esta necesidad y
una posible solución (véase Barquet 264).
En mi mencionado trabajo sobre Borges apuntaba, además, la escasa
atención que tanto los tratadistas de métrica hispánica como los
críticos de Borges le habían dado a este destacable interés suyo por
insertarse, con su regreso a la poesía en 1960 con El hacedor −cuando, alejado ya de las iconoclastas vanguardias históricas,[3]
comparte Borges el verso y la estrofa libres con formas
tradicionales como el verso blanco, el verso endecasílabo, el
serventesio, el cuarteto y el soneto-, en el gran movimiento de
continuación, renovación y enriquecimiento de la métrica hispánica que
significó el movimiento modernista, fundamentalmente en su vertiente
hispanoamericana desde 1880. Su genio poético descubre en la adopción
del esquema shakesperiano para la poesía hispánica una labor de
enriquecimiento formal que, inusitadamente, no había sido explorada ni
realizada de forma suficiente antes, ni siquiera por el ingente
espíritu innovador de Darío. Siguiendo los hallazgos ocasionales
presentes en el Rosario de sonetos espirituales, de Miguel de
Unamuno (1864-1936),[4]
Borges logra finalmente darle ciudadanía hispánica al soneto
shakesperiano, aunque, como señalé en el citado trabajo, al combinar
libremente diferentes esquemas de rima, el poeta argentino prefiere
utilizar la rima abrazada típica de la tradición hispánica pero
presente también en Shakespeare. A continuación veremos cómo el soneto
shakespeariano es en Lezama, al igual que en Borges, una práctica
mantenida y tal vez hasta intencional durante las mismas décadas.
Tras señalar no sólo los peculiaridades formales del soneto
shakesperiano ─ganado ya, gracias a Borges y a Lezama, para la poesía
hispánica─, sino también las vacilaciones que su presencia ha causado
entre poetas y críticos, quisiera también contribuir a que todos ellos
se liberen de la rígida división clásica en dos cuartetos y dos
tercetos, tanto al escribir dichos sonetos como al referirse
críticamente a él.
José Lezama Lima
En su poema ”El
retrato ovalado” (1949), José Lezama Lima comenta poéticamente dos
cuestiones de forma en poesía. Una es que “los atrevimientos formales”
(también llamados de “atrévetes formales” o “desgañites palpebrales”),
por sí mismos ─añado yo aquí─, “no sacan cristal de la tierra” ni
logran ser encerrados por la ritual “agua lustral”; la otra es que
existe para la poesía un “testarudo” “principio formal” que se halla
“más allá del bien y el mal” (Poesía 112). Al revisar, pues, su
obra, se ve claramente que Lezama no limitó su práctica del verso a
los atrevimientos versolibristas y prosaístas propios de su época y
retórica, sino que la enriqueció al atender a ciertos
principios formales infalibles que venían testarudamente
realizándose a través del tiempo en composiciones poéticas tales como
el soneto y la décima. Con esto, Lezama retoma, como Borges, la
intención modernista de continuar, renovar y enriquecer la métrica
hispánica, pero ahora, en su caso, con un espíritu mucho más
libertario o atrevido producto de la previa existencia de las
iconoclastas vanguardias históricas. Susana Cella parece confirmar lo
anterior cuando afirma que dos constituyentes de la teoría del poema
en Lezama son el “metro elegido” y el “ordenamiento sintáctico del
poema” (176), es decir, el testarudo principio formal anunciado ya en
los metapoemas de “El retrato ovalado”.[5]
Este regreso a la métrica caracteriza, además, a cierta actitud
posvanguardista que, reaccionando ante las excesivas iconoclasias
formales de las mencionadas vanguardias, aparece en la poesía
hispánica a partir de los años cuarenta. Generacionalmente, Lezama
pertenece a dicho momento histórico. De una generación poética
anterior, Borges, como ultraísta, participó activamente en las
vanguardias históricas, pero años después reniega de dicha práctica y
reconoce sus deudas con el modernismo (Lugones, Darío, Unamuno)
presentándose como un exvanguardista.
A diferencia de los ampliamente conocidos y compilados sonetos
shakesperianos de Borges, los de Lezama que a continuación incluiré no
se cuentan entre sus poemas más citados o conocidos. Por esta razón, y
por haber logrado Borges mayor calidad artística y autoconciencia de
sus propósitos métricos al respecto, prefiero continuar proponiendo al
poeta argentino ─no obstante mi confeso lezamismo─ como el gran
legitimador del soneto shakesperiano dentro de la poesía hispánica.[6]
Además, a diferencia de lo ocurrido con Lezama ─de estilo, además,
inimitable, a menos que el aspirante a poeta esté fuera de sus
cabales─, la límpida retórica poética del Borges posterior a 1960
─retórica que para algunos poetas autodenominados experimentales
resulta ser demasiado académica─ ha sido una óptima escuela para
muchos autores contemporáneos. Para unos y otros, Borges aparece más
asociado que Lezama a la resurrección de la métrica tradicional, y del
soneto en particular, en los años 60.
Veamos ahora “los atrévetes formales” de Lezama, quien, desde los
“Sonetos infieles” de su segundo poemario Enemigo rumor (1941)
hasta “Enemigos”, “El suplente” y “Je dit: une fleur” de su último
poemario Fragmentos a su imán (1977), practicó el soneto
siguiendo las amplias libertades de metro y rima propias del siglo XX.
Aquí me limitaré a comentar sus propuestas métricas en los sonetos que
parecen seguir el esquema shakesperiano. Algunos de ellos son
posteriores a la publicación de los primeros sonetos shakesperianos de
Borges, pero otros ─a saber, el soneto I de “A la frialdad” en La
fijeza (1949) y catorce sonetos de Dador (1960)─ fueron
escritos en la misma época en que Borges ensayaba dicha composición
poética y apenas la divulgaba, por lo que no hay al respecto una
influencia borgesiana en Lezama, cuya retórica poética es, además de
muy peculiar, altamente diferente de la del poeta argentino. Incluso
los sonetos shakesperianos de Lezama escritos después de la amplia
difusión y fama de los de Borges responden única e intrínsecamente a
la propia práctica libertaria del soneto que realiza Lezama desde los
citados “Sonetos infieles” de 1941, práctica que logra elevados frutos
en los religiosos “Sonetos a la virgen” de 1941, en los homoeróticos
de “Ronda sin fanal” de 1949 y en las deleitosas “Venturas criollas”
de 1960.
El tono, la sintaxis, el léxico, el ritmo interno y, particularmente,
los caprichosos metros y rimas que Lezama combina de forma tan
deliberadamente asimétrica en sus sonetos, no se corresponden en nada
con la modélica simetría métrica que exhibe la mayor parte de los
sonetos shakesperianos de Borges. No exclusiva de su práctica del
soneto, la caprichosa asimetría lezamiana responde a su propia
retórica poética, más identificada con un versolibrismo, un
neobarroquismo y un prosaísmo radicales. Por tanto, sus procedimientos
técnicos, así como los efectos conseguidos mediante estos, no serán
tampoco los mismos del clásico Borges cuando, utilizando abruptos
encabalgamientos, obligadas pausas internas de verso, sonoras rimas
internas y un pretenso y leve prosaísmo, se atreve a cierta asimetría
o “contraste entre la forma externa y el ritmo interno del poema” en
algunos sonetos (Barquet 262).
Común a todos los sonetos shakesperianos de Lezama es el respeto a la
división externa del soneto hispánico clásico (4-4-3-3) ─algo que
Borges conscientemente modificó en sus sonetos shakesperianos─, si
bien gracias a la renovación modernista ahora las dos primeras
estrofas pueden ser cuartetos o serventesios, y el soneto todo puede
tener hasta siete rimas diferentes, como ocurre en el soneto
shakesperiano.[7]
Veamos ahora los aspectos métricos más curiosos de algunos sonetos
shakesperianos de Lezama,[8]
comenzando con el poema I de “A la frialdad”, en La fijeza
(1949):
El sueño que se
apresura
no es el mismo que
revierte.
La muerte cuando es
la muerte,
pierde la boca
madura.
La esencia que no se
advierte
suele ser la más
impura.
El amarillo en la
muerte,
seda es contra
natura.
Ser en el ser desafía
a la unidad mensajera
que de sí mismo se
fía
y sólo un rumor
desaltera.
Cuando el fruto está
vecino
la mano yerra sin
tino.
(Poesía 136)
Observaciones:
Rima:
consonante: abba baba [cdc D]ee. Aunque con similar rima A y B en las
dos primeras estrofas y un total de cinco rimas diferentes en todo el
soneto, Lezama mezcla cuarteto y serventesio al inicio, y permite que
sus dos tercetos, por la sintaxis y rimas, puedan ser perfectamente
reformulados como serventesio y pareado, de ahí la convención que aquí
propongo de utilizar corchetes en [cdc D]ee, para que, sin desatender
la división externa del poema, podamos dar cuenta de esa contradicción
entre un esquema superficial y otro profundo en el poema.
Metro:
octosílabo, que se viola en el eneasilábico verso 12. La leve ruptura
del patrón silábico que provoca la presencia de este eneasílabo es un
rasgo común a cierta práctica poética de la segunda promoción
modernista.[9]
Teniendo en cuenta que el soneto tradicional es una composición culta,
de arte mayor, resulta curioso que este primer registro del soneto
shakesperiano en Lezama se haga, fundamentalmente, en un metro popular
de arte menor, por lo que estamos ante un sonetillo.[10]
Como en la poesía de Borges a partir de 1960, es en Dador donde
Lezama concentra la inmensa mayoría de sus sonetos shakesperianos: de
los dieciocho encontrados en toda su poesía, aparecen allí catorce
sonetos shakesperianos, los cuales son mayormente de arte menor
porque, de manera casual o caprichosa -como vimos en el soneto
anterior-, aceptan versos de arte mayor. Dichos sonetos son los
siguientes: como parte de “Las horas regaladas”, los que comienzan con
los versos “A fin de sumar alfileres”, “Espuma de jabalí a su
cuchillo”, “Tuerce el agudo hierro aconsejado”, “Cúbrenos diligente,
oh irreprimible”, “Ya las interrupciones suscitando”, “Por donde se
apoya la simpleza”, “Sin sarcófagos ni fuentes”, “Oh granada el
acierto”, “Sumerge la onda el rescate”, “El deseo, no en la fruta” y
“Cigarro a su desusado”; como parte de “Ahora penetra”, los que
empiezan con los versos “Ahora, se esconde en el río” y “El alzapaños
testigo, escoria”; y en “Primera glorieta de la amistad” el soneto
dedicado a Fina García Marruz: “Señora piel… oleaje”. Es en Dador,
además, donde Lezama realiza los más osados experimentos expresivos y
formales con dichos sonetos. Anoto a continuación algunos ejemplos.
“Tuerce el agudo hierro aconsejado” combina, particularmente en los
tercetos, diferentes versos de arte mayor y rimas consonante y
asonante:
Aún más la combatida
sangre penetra
por la rosa grabada
en la altura
de la garganta
etrusca, diserta
fuga en compases sin
apoyatura.
La sangre lamida por
un perro mudo
sigue su historia
como el humo.
(Poesía 250)
Observaciones:
Rima:
siete rimas diferentes: ABAB CDCD [EFE F]GG. Tras la rima consonante
de los dos serventesios iniciales, aparece la mezcla caprichosa de
rima consonante (F: ura, en “altura” / “apoyatura”) y asonante (E:
e-a, en “penetra” / “diserta”) en el tercer serventesio y la propuesta
de un pareado final asonante (G: u-o, en “mudo” / “humo”). Esta mezcla
caprichosa de rimas consonante y asonante en un mismo poema fue otra
transgresión o desliz métrico de la segunda promoción modernista.
Metro:
versos entre 9 y 12 sílabas: “sigue su historia…” (eneasílabo), “de la
garganta…” (decasílabo), “fuga en compases…” (endecasílabo) y “Aún
más…” (dodecasílabo).
“Por donde se apoya la simpleza” combina versos entre 10 y 12 sílabas
y presenta siete rimas diferentes (ABAB CDCD [EFE F]GG), todas
consonantes excepto la del pareado final, que es asonante (e-o): “Mece
la corza a vuelo en el trapecio, / farol su lengua hinchada en el
silencio” (Poesía 254).
“Oh granada el acierto” combina versos entre 6 y 11 sílabas y presenta
cinco rimas diferentes pero sin seguir en nada el esquema hispánico
clásico: abab acca [xda d] EE. Además de continuar la caprichosa
mezcla de rimas consonantes y asonantes,[11]
las tres primeras estrofas arrastran una misma rima asonante (a: e-o)
desde el verso 1 hasta el verso 11 (-erto / -esto / -ejo), la cual
forma parte del cuarteto (acca) y los serventesios (abab y [xda d]) y
permite la entrada de un verso suelto (verso 9: x) pero con fuerte
armonización fonética con el verso 3 (-resto/ -resta). Además, el
esquema de los doce primeros versos presenta rimas llanas con vocales
fuertes (a, e, o) y versos de arte menor. Todo lo anterior (mantenida
asonancia, rimas llanas de vocales fuertes, arte menor) contrasta
abrupta y convenientemente con la propuesta fónica y métrica del
pareado final: “Inútil hilado del tapiz, / escocesa mañana la perdiz”
(Poesía 257). A saber, rima consonante aguda de vocal débil (i)
y versos de arte mayor: decasílabo y endecasílabo, respectivamente.
Dicho contraste formal ayuda a la conformación virtual y mayor
percepción de dicho pareado dentro de la forzada estrofa de tres
versos.
Crea también Lezama una falsa expectativa con relación a la consabida
propuesta de los versos 9-14 ([EFEF]GG) del soneto shakesperiano. Como
ejemplo, su “Poema II”, de “Poemas no publicados en libros” (1970):
Ahora no pasa, el
aire niega,
es un polvillo lo que
nos deja,
y aquel polvillo
suave reniega
de su sombra con una
queja.
Pregunta al
deshacerse, al sonreír,
responden los elfos
con su rocío.
Se doblega en la
glorieta del vacío,
la incauta, la que se
niega a venir.
Dice menos que la
brisa y pesa
sobre los hombros
como una campana.
No pasa el humo, el
humillo espesa
la cabra que soporta
la mañana,
debajo de los huesos
su mirada
pone cuernos al hilo
de la nada.
(Poesía 410)
Observaciones:
Rima:
consonante, siete rimas diferentes: ABAB CDDC EFE FGG, presencia de
transgresoras asonancias entre las diferentes rimas consonantes,
incluso dentro de una estrofa, y contrastes fónicos entre los
cuartetos y los tercetos. Veamos esto: el primer serventesio de rimas
consonantes A (-ega) y B (-eja) exhibe una fuerte asonancia (e-a)
entre ambas rimas; de igual forma, las siguientes rimas consonantes C
(-ir) y D (-ío) del cuarteto, y en contraste con las vocales fuertes
e-a anteriores, exhiben entre sí una asonancia en la tónica vocal
débil i. El resto del poema, contrastando con la vocalización aguda de
CDDC vuelve a las vocales fuertes e / a de la primera estrofa. El
primer terceto realiza un doble enlace: se enlaza con el serventesio
inicial a través del eco asonántico que establece la rima consonante E
(-esa); y se enlaza con (o preanuncia) los posteriores versos 13 y 14
a través del eco asonántico de la rima consonante F (-ana) con la
también rima consonante G (-ada). Fonéticamente, estas fuertes
asonancias en sólo cuatro estrofas crean una rara desarmonía en el
poema y entran en conflicto, como hacía Borges pero utilizando otros
recursos, con el pretenso esquema de rima consonante del poema. Más
desarmonía crea aún Lezama, ahora con el propio esquema shakesperiano:
aunque presente siete rimas y los versos 9-14 presenten el esquema
shakesperiano, en vez de la consabida división ([EFEF]GG) de dichos
versos, este poema propone sintáctica y fonéticamente una diferente
división interna (EF[EFGG]), donde los versos 9 y 10 realizan el doble
enlace mencionado. Pero ahí no termina su desarmonía y transgresión:
el énfasis asonántico que el poema muestra desde el inicio llega hasta
el final y contrasta con la sintaxis y rima consonante que supone la
división EF[EFGG] al permitirnos leer ahora los tres últimos versos
como un virtual terceto monorrimo asonante, aunque sólo sea un efecto
fonético producido por la asonancia (a-a) entre las rimas F y G,
respaldada por la armonía nasal (m / ñ / n) entre las palabras finales
de sus versos: “mañana”, “mirada” y “nada”.
Metro:
versos entre 9 y 12 sílabas, con énfasis en el endecasílabo (versos 5,
6, 8, 10, 12, 13 y 14).
También de “Poemas no
publicados en libros”, veamos el “Poema V”:
Con la inopinada
mariposa, oscuros trazos,
un rápido norte le
acomete las pestañas,
una corriente de aire
le aclara los brazos.
No dejes la araña en
el vitral, la dañas.
La sombrosa, la que
se doblega, la de estambre
aventado por la
enigmática mano abierta.
La escapada al
cerrarse la puerta,
la sentada en las
lentas emigraciones del hambre.
Llega rodando, son
corpulentas las piezas de marfil,
de un murmullo sale
la serpiente, enrosca
y palmotea la levedad
sinuosa del alfil
que tras la bañera
del ánade trisca.
No ves la corteza del
bulto, acompañas.
No dejes la araña en
el vitral, la dañas.
(Poesía 412)
Observaciones:
Rima:
consonante, con cinco rimas diferentes y dos versos sueltos (10 y 12):
ABAB CDDC [EXE X]BB. Una rareza fónica se instala en las últimas
palabras de los versos sueltos (“enrosca” / “trisca”): dentro de esta
composición de rima consonante, estos versos sueltos apuntan
irónicamente a una consonancia otra, basada en la violenta
armonía de los sonidos consonánticos y la vocal átona final: -sca. El
estribillo “No dejes la araña…” de los versos 4 y 14 exige la
repetición de la rima B en el pareado final.
Metro:
polimetría de arte mayor, mucho más violenta (entre 10 y 17 sílabas)
que en los sonetos anteriores, pues incluye desde un sonoro decasílabo
dactílico (“la escapada al cerrarse…”) hasta un verso trimembre de 17
sílabas, con énfasis en el dodecasílabo (versos 4, 10, 12, 13 y 14) y
el tetradecasílabo (versos 1, 2, 5 y 6). Todo ello da lugar a una
asimétrica y difícil combinación de versos simples, como el mencionado
decasílabo, y versos compuestos, como los versos 8 y 9, de 15 (7 + 8)
y 17 (5 + 5 + 7) sílabas, respectivamente.
Para
concluir estos comentarios métricos, veamos uno de sus últimos
sonetos: “Je dit: une fleur”, de Fragmentos a su imán:
Un diamante se
advierte
tocado por un
junquillo;
la destreza la
divierte,
un alfil de
compasillo.
El enigma de su piel
es gravedad en la
brisa;
lejos, cerca se
divisa
el clásico hidromiel.
Definición la ventana
donde brinca
decidida,
sorprendiendo a la
mañana
la pregunta sonreída.
Pañuelo en punta de
pies,
digo Chantalit
precieuse.
(Fragmentos 53-54)
Observaciones:
Rima:
consonante, siete rimas diferentes, mezcla serventesios con cuarteto:
abab cddc [efe f]gg. Retoma el gusto modernista por hacer rimar
palabras españolas con palabras de otros idiomas: “precieuse”, leída
hispanizadamente como [presiés], tendría rima aguda consonante con
“pies”.
Metro:
sonetillo octosílabo (hiato en el primer verso: “un – dia – man – te -
se -(hiato)- ad – vier – te”. Resulta curioso que el primero y el
último sonetos shakesperianos de Lezama sean de arte menor.
Comparando estos sonetos shakesperianos de Lezama con las otras
modalidades de soneto que practicó, vemos que prefirió utilizar metros
de arte menor en los shakesperianos y que, a pesar de manejar
hábilmente los efectos formales y semánticos del pareado final y de
conocer el mayor número de rimas diferentes que dicho soneto le
permitía utilizar, nunca cuestionó, como Borges, la inapropiada
división estrófica del soneto clásico hispánico ni empleó, en varios
casos, más de las cinco rimas diferentes que este permitía hasta la
renovación modernista.
Conclusión
Después de esta breve
revisión de las diferentes modalidades métricas con que Lezama
practicó el soneto shakesperiano, resalta la complementariedad que su
labor renovadora altamente experimental guarda con la labor
legitimadora y modélica de Borges, especialmente en la década del 60,
cuando Dador, de Lezama, y El hacedor, de Borges,
aparecen. Obviando ahora sus esporádicas transgresiones a la división
externa del soneto, por lo general Borges hispaniza el soneto
shakesperiano dentro de un modelo clásico, isométrico[12],
armónico y de rima consonante, en lo que se refiere a la métrica. Con
esto, Borges culmina hacia los años 60 una tarea que dejaron pendiente
no sólo los poetas del Siglo de Oro,[13]
sino también los modernistas de fines del siglo XIX y principios del
XX.[14]
De ahí que la simultánea práctica lezamiana del soneto shakesperiano
sirva, entonces, para que este se ponga al día en cuanto a las más
atrevidas novedades métricas practicadas por la poesía hispánica a
fines del esplendor modernista y durante las vanguardias y
posvanguardias del siglo XX; a saber, en el caso de Lezama, una amorfa
y violenta polimetría, irregulares o asimétricos esquemas de rima, una
herética combinación de rimas consonantes y asonantes, versos sueltos
proponiendo raros ecos o asociaciones fonéticas, etc. Gracias a Borges
y a Lezama, para los años 60, aquel soneto shakesperiano prácticamente
desatendido por la poesía hispánica desde el Renacimiento, excepto por
los esporádicos casos hallados (el puertorriqueño Manuel A. Alonso
[1822-1889] y Unamuno), logra crear, simultáneamente, en cuestión de
dos o tres décadas del siglo XX, su legitimadora fijación modélica con
Borges, así como su renovación y actualización libérrimas con Lezama,
es decir, toda una tradición dentro de la poesía hispánica.
Obras citadas
|
Barquet, Jesús J.
“Jorge Luis Borges y su renovación del soneto hispánico en
El
hacedor y
El otro, el
mismo.” Aérea [Santiago de Chile-Buenos Aires] 4 (2000):
251-268.
Borges, Jorge Luis.
Obra poética, 1923-1976. Madrid: Emecé / Alianza, 1979.
Cella, Susana. El
saber poético. La poesía de José Lezama Lima. Buenos Aires: Nueva
Generación / UBA,
2003.
Lázaro Carreter,
Fernando. Diccionario de términos filológicos. 1953. 3ra. ed.
Madrid:Gredos, 1981.
Lezama Lima, José.
Poesía completa. La Habana: Instituto del Libro, 1970.
---------- Fragmentos a
su imán. La Habana: Arte y Literatura, 1977.
Moraes, Rubens de.
“Aos homens de experiência.” Klaxon [São Paulo] 5 (1922):
9-10.
Pérez Romero, Carmen
y Montserrat Martínez Vázquez, eds. e intro. Antología del soneto
renacentista inglés: Sydney, Spenser y Shakespeare.
Cáceres: U de Extremadura,
1990.
|
Notas
Como resumen,
recordemos la limitada definición del término soneto hecha
por Lázaro Carreter en 1953 y sin aparente revisión ni
actualización en las posteriores ediciones de su Diccionario:
“Estrofa formada por catorce endecasílabos. Los ocho primeros se
ordenan en dos cuartetos, con las mismas rimas (ABBA ABBA). Los
seis restantes se combinan al arbritrio del poeta, con dos o tres
rimas. Las posibilidades combinatorias, pues, son grandes. He aquí
algunas: CDC DCD, CDE CED, CDE CDE, etc. La rima de los cuartetos,
fijada en el soneto clásico, como hemos dicho, se modifica a
veces, dando lugar a otros esquemas menos frecuentes: ABAB ABAB,
ABBA ACCA, ABBA CDDC, ABAB CDCD, -AAB –CCB, etc. Cuando los versos
de un soneto son de arte menor, la estrofa recibe el nombre de
sonetillo. Rubén Darío introdujo en nuestra literatura el
soneto compuesto con alejandrinos” (379).
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