Miami
Estados Unidos
Año VIII

 Nº 47/48

Escríbanos    

 

Publicada por Ediciones Baquiana

Director Ejecutivo

Patricio E. Palacios

Directora de Redacción

Maricel Mayor Marsán

Consejo de Redacción

Dr. Humberto López Cruz

Universidad Central de la Florida en Orlando

 

Dr. René C. Izquierdo

Miami Dade College Recinto de Kendall

 

Profesora Myra Medina

Miami Dade College

Recinto Norte

 

Dr. Gerardo Piña Rosales

Universidad de la Ciudad de Nueva York (CUNY)

Universidad de Columbia

Nueva York

 

Dra. Alicia E. Vadillo

Universidad Estatal de Nueva York en Oswego

 

Dra. Lidia Versón

Universidad de

Puerto Rico

 Recinto de Río Piedras

 

Asesor Técnico

Luis H. Beltrán

Asesor de Arte

Carlos Quevedo

 

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Boletín Informativo

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DESDE ESTA CÁMARA OSCURA,

 DE GERARDO PIÑA ROSALES:

Breve visita a la madriguera

 por

Daniel R. Fernández

 GERARDO PIÑA ROSALES

 

 DESDE ESTA CÁMARA OSCURA

 VIII Premio Internacional de Novela Corta

 Casino Ayuntamiento de Lorca

   

Editorial Nostrum, 2006

Madrid, España

ISBN 84-96405-44-3 (140 pp.)

 

    People robbed of their past seem to make the most fervent

picture takers, at home and abroad

Susan Sontag 

 

     Susan Sontag, en uno de sus tantos lúcidos textos, ha dicho que la fotografía le permite al ser humano posesionarse imaginariamente de un espacio en el que se siente inseguro. De ahí que la cámara fotográfica sea compañera fiel del viajero. Aparte del viajero, que a fin de cuentas, está de paso y lleva el billete de regreso en la cartera, habría que mencionar aquí también a todos aquellos cuya inseguridad en espacios ajenos es más compleja y problemática: al inmigrante, al exiliado y a todos aquellos que, ya sea por motivos políticos o económicos, se ven obligados a hacer del desarraigo su única patria.

     Esta íntima y sorprendente conexión entre fotografía y exilio es la que Gerardo Piña-Rosales explora en  su novela Desde esta cámara oscura (VIII Premio Internacional de Novela Corta Ayuntamiento de Lorca). Aparte de la original temática y del hábil tratamiento que de ésta se hace, queda claro desde el principio que estamos ante una obra que sólo puede ser fruto de un dilatado y profundo proceso meditativo. Y es que Piña-Rosales no es ni ajeno ni mucho menos neófito a los asuntos que trata como lo atestiguan los numerosos artículos y monografías que ha publicado a lo largo de una vida dedicada al estudio del exilio español republicano.

     Y es difícil no pensar que esta novela, en cierto modo, es también un estudio del exilio y de sus estragos, aunque claro está, más subjetivo y lírico; esta vez, soltando las amarras de las notas a pie de página y desembarazándose de escollos bibliográficos, Piña Rosales logra sondear con plena libertad oscuras y recónditas zonas del sujeto exiliado. El centro de este “estudio” es el narrador, Rafael Bejarano, quien en nueve breves viñetas narra algunos de los momentos claves en esa sucesión de vaivenes y peripecias que configuran una vida de trastornos y exilios, no solo geográficos sino también emotivos y psicológicos.

     Esta azarosa existencia comienza cuando, debido al trance político que atravesaba  España al concluirse la guerra civil, el narrador se ve obligado a salir de su país para radicarse primero en México y luego en Estados Unidos. Lo acompaña al partir la dolorosa sombra de la derrota de la causa republicana y de los ideales que ésta propugnaba, sombra que lo persigue y contra la cual lucha con ahínco en América con una misteriosa arma: una cámara fotográfica que, en México, le regala su tío Salvador, quien influye en el joven Bejarano y despierta en él la vocación fotográfica. Con esta arma se dispone a conquistar, a encontrar el éxito en tierras americanas.

     Hablar aquí de arma para referirse a una cámara fotográfica pudiera parecer excesivo; sin embargo, no podemos pasar por alto la violencia metafórica que ésta encarna.  Pues, recordemos que con la cámara, cual si fuera fusil, se apunta, incluso, se “dispara”. El fotógrafo es cazador de imágenes que, abriendo y cerrando el obturador, atrapa las imágenes al vuelo como si fueran luciérnagas, y las fija, las asfixia en celuloide.

     Ávido voyeurista, mirón empedernido, el fotógrafo disfruta con sus asaltos, se recrea en sus agresiones. Estamos hablando aquí más que nada de una violencia erótica, ritualista, pues está claro que con el disparador no se puede disparar proyectil alguno; lo que se dispara realmente es el deseo del fotógrafo. Y si bien el fotógrafo es agresor, lo es también amante, y, para ser más precisos, podríamos decir que, de cierto modo, es amante del tipo petrarquista, que desde lejos busca comunicarse con el inaccesible objeto de su deseo por medio de su arte. Vista así, la cámara viene a ser más que nada un instrumento de relación.

     Pero claro, esta relación del exiliado con el extraño y a veces exótico mundo que lo rodea es problemática: aquél sabe que no pertenece a ningún lugar, pero sin embargo quiere que todos los lugares le pertenezcan. Es como si su sed de pertenencia se viera desviada, sublimada, por medio de la fotografía, y se convirtiera en apetencia posesiva.  Rafael Bejarano, como buen fotógrafo exiliado, no puede dejar de ser amante posesivo. “De eso se trata”, se nos dice en un momento de la narración, “de aprehender, de acotar una parcela de la realidad” (62). Aquí el verbo “aprehender” no podría ser menos certero pues “de eso se trata” precisamente, que, al fin y al cabo, una foto no se pide, sino que se “toma”, es decir, se arrebata, idea que también se ve reflejada en la expresión en inglés, “to take a picture”.

     “Coleccionar fotografías”, nos dice Sontag,  “es coleccionar el mundo”. Sin menoscabo a lo dicho por la preclara pensadora estadounidense, sería más atinado, para nuestros propósitos decir aquí que el coleccionar fotos nos da la “ilusión”, o bien nos ofrece el espejismo, de que coleccionamos el mundo.  En este sentido, por más que Bejarano encuentre el éxito por medio de su cámara, por más que sus fotos se exhiban y aparezcan en galerías, libros y revistas, la suya es empresa fallida.  Todas las horas transcurridas agazapado tras los árboles, o persiguiendo reflejos de luz y de sombras por las calles de todas las ciudades, todas esas horas respirando hidroquinona, quemándose los ojos en la cámara oscura de su nigromántico laboratorio, resultan en vano: por más que se esfuerce, el fotógrafo no puede poseer el mundo que lo circunda; no le queda otro camino que conformarse con acotaciones, jirones, tajadas de la realidad hechas al filo del obturador. Es decir, no le queda otro remedio que ser fetichista.

     Al leer el primer capítulo, que el autor dedica a la descripción de la casa del protagonista, el lector se adentra, no sin cierta zozobra y un toque de irreprimible morbo, en el escabroso mundo de Bejarano, nuestro consumado fetichista. La madriguera de Bejarano está atiborrada de objetos de toda laya, procedentes de todos los rincones del mundo, de los cuales Piña-Rosales, haciendo alarde de sus dotes narrativas y descriptivas, nos hace un minucioso inventario: hay “platos de cerámica talaverana, peroles de cobre granadinos, vasijas de Chiapas, jícaras de Santa Fe”, “una mesa octagonal de Tailandia” (21). Pero más que nada, nos dice el narrador, hay “fotos y más fotos, momentos embalsamados, fragmentos de mi vida, fósiles de luz y de tiempo” (23-24).

     Si bien a primera vista pareciera que estamos ante una acumulación que celebra una vida de éxitos y conquistas, en realidad estamos más bien ante un rimero de escombros, vestigios de una vida marcada por las pérdidas, las ausencias. Una fotografía, como nos dice Barthes, es precisamente eso, una “ausencia”. El que contempla una fotografía, en rigor, no mira lo que es, sino lo que fue. Cada foto es así una herida que señala una pérdida, una ruptura, un exilio. La madriguera de Rafael Bejarano es el mausoleo que conmemora las pérdidas y quebrantos de nuestro coleccionista de exilios.

     En la narración misma hay vacíos, huecos, piezas claves ausentes de este rompecabezas que es Bejarano. Pero estos vacíos elípticos no hacen más que enriquecer nuestra lectura de la obra, la cual se comunica con nosotros tanto por medio de lo que dice, como por medio de lo que no dice, de lo que calla. Es evidente  aquí que el autor sabe que el buen libro es aquél que deja margen para el diálogo, para esa alquimia única que se da entre un texto y cada uno de sus lectores. Este libro --puñado de páginas encuadernadas-- viene siendo tan sólo el negativo; le toca a cada lector hacer su propio revelado, y así descubrir por su propia cuenta matices, colores, sombras, detalles inesperados. En suma, esta novela es un gesto, es la generosa invitación que Gerardo Piña-Rosales nos hace para que participemos en el revelado, para que junto a él trabajemos dentro y desde la cámara oscura.

 

BIBLIOGRAFÍA:

 

Barthes, Roland. Camera Lucida: Reflections on Photography. Trans. Richard

Howard. Hill & Wang: New York, 1982.

Piña-Rosales, Gerardo. Desde esta cámara oscura. Nostrum: Madrid, 2006.

Sontag, Susan. “In Plato’s Cave.” On Photography. Picador: New York, 1973.

 

Daniel R. Fernández nació en Los Ángeles, California (1973). Profesor, investigador y crítico literario. Se doctoró en la Universidad de Columbia, Nueva York.  Es profesor de Literatura Latinoamericana y Mexicana en la Universidad de la Ciudad de Nueva York (CUNY), recinto Lehman College. Es miembro correspondiente de la Academia Norteamericana de la Lengua Española (ANLE), en la cual desempeña labores dentro de la Comisión de Educación y la Comisión de Traducciones. Su libro Deseo y engaño en la narrativa de la frontera mexicana saldrá a la luz próximamente.