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GERARDO
PIÑA ROSALES
DESDE
ESTA CÁMARA OSCURA
VIII
Premio Internacional de Novela Corta
Casino
Ayuntamiento de Lorca
Editorial Nostrum, 2006
Madrid, España
ISBN 84-96405-44-3 (140 pp.)

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People
robbed of their past seem to make the most fervent
picture takers, at home and abroad
Susan Sontag
Susan Sontag, en uno de sus tantos
lúcidos textos, ha dicho que la fotografía le permite
al ser humano posesionarse imaginariamente de un
espacio en el que se siente inseguro. De ahí que la
cámara fotográfica sea compañera fiel del viajero.
Aparte del viajero, que a fin de cuentas, está de paso
y lleva el billete de regreso en la cartera, habría
que mencionar aquí también a todos aquellos cuya
inseguridad en espacios ajenos es más compleja y
problemática: al inmigrante, al exiliado y a todos
aquellos que, ya sea por motivos políticos o
económicos, se ven obligados a hacer del desarraigo su
única patria.
Esta íntima y sorprendente conexión
entre fotografía y exilio es la que Gerardo
Piña-Rosales explora en su novela Desde esta cámara
oscura (VIII Premio Internacional de Novela Corta
Ayuntamiento de Lorca). Aparte de la original temática
y del hábil tratamiento que de ésta se hace, queda
claro desde el principio que estamos ante una obra que
sólo puede ser fruto de un dilatado y profundo proceso
meditativo. Y es que Piña-Rosales no es ni ajeno ni
mucho menos neófito a los asuntos que trata como lo
atestiguan los numerosos artículos y monografías que
ha publicado a lo largo de una vida dedicada al
estudio del exilio español republicano.
Y es difícil no pensar que esta
novela, en cierto modo, es también un estudio del
exilio y de sus estragos, aunque claro está, más
subjetivo y lírico; esta vez, soltando las amarras de
las notas a pie de página y desembarazándose de
escollos bibliográficos, Piña Rosales logra sondear
con plena libertad oscuras y recónditas zonas del
sujeto exiliado. El centro de este “estudio” es el
narrador, Rafael Bejarano, quien en nueve breves
viñetas narra algunos de los momentos claves en esa
sucesión de vaivenes y peripecias que configuran una
vida de trastornos y exilios, no solo geográficos sino
también emotivos y psicológicos.
Esta azarosa existencia comienza
cuando, debido al trance político que atravesaba
España al concluirse la guerra civil, el narrador se
ve obligado a salir de su país para radicarse primero
en México y luego en Estados Unidos. Lo acompaña al
partir la dolorosa sombra de la derrota de la causa
republicana y de los ideales que ésta propugnaba,
sombra que lo persigue y contra la cual lucha con
ahínco en América con una misteriosa arma: una cámara
fotográfica que, en México, le regala su tío Salvador,
quien influye en el joven Bejarano y despierta en él
la vocación fotográfica. Con esta arma se dispone a
conquistar, a encontrar el éxito en tierras
americanas.
Hablar aquí de arma para referirse
a una cámara fotográfica pudiera parecer excesivo; sin
embargo, no podemos pasar por alto la violencia
metafórica que ésta encarna. Pues, recordemos que con
la cámara, cual si fuera fusil, se apunta, incluso, se
“dispara”. El fotógrafo es cazador de imágenes que,
abriendo y cerrando el obturador, atrapa las imágenes
al vuelo como si fueran luciérnagas, y las fija, las
asfixia en celuloide.
Ávido voyeurista, mirón
empedernido, el fotógrafo disfruta con sus asaltos, se
recrea en sus agresiones. Estamos hablando aquí más
que nada de una violencia erótica, ritualista, pues
está claro que con el disparador no se puede disparar
proyectil alguno; lo que se dispara realmente es el
deseo del fotógrafo. Y si bien el fotógrafo es
agresor, lo es también amante, y, para ser más
precisos, podríamos decir que, de cierto modo, es
amante del tipo petrarquista, que desde lejos busca
comunicarse con el inaccesible objeto de su deseo por
medio de su arte. Vista así, la cámara viene a ser más
que nada un instrumento de relación.
Pero claro, esta relación del
exiliado con el extraño y a veces exótico mundo que lo
rodea es problemática: aquél sabe que no pertenece a
ningún lugar, pero sin embargo quiere que todos los
lugares le pertenezcan. Es como si su sed de
pertenencia se viera desviada, sublimada, por medio de
la fotografía, y se convirtiera en apetencia
posesiva. Rafael Bejarano, como buen fotógrafo
exiliado, no puede dejar de ser amante posesivo. “De
eso se trata”, se nos dice en un momento de la
narración, “de aprehender, de acotar una parcela de la
realidad” (62). Aquí el verbo “aprehender” no podría
ser menos certero pues “de eso se trata” precisamente,
que, al fin y al cabo, una foto no se pide, sino que
se “toma”, es decir, se arrebata, idea que también se
ve reflejada en la expresión en inglés, “to take a
picture”.
“Coleccionar fotografías”, nos dice
Sontag, “es coleccionar el mundo”. Sin menoscabo a lo
dicho por la preclara pensadora estadounidense, sería
más atinado, para nuestros propósitos decir aquí que
el coleccionar fotos nos da la “ilusión”, o bien nos
ofrece el espejismo, de que coleccionamos el mundo.
En este sentido, por más que Bejarano encuentre el
éxito por medio de su cámara, por más que sus fotos se
exhiban y aparezcan en galerías, libros y revistas, la
suya es empresa fallida. Todas las horas
transcurridas agazapado tras los árboles, o
persiguiendo reflejos de luz y de sombras por las
calles de todas las ciudades, todas esas horas
respirando hidroquinona, quemándose los ojos en la
cámara oscura de su nigromántico laboratorio, resultan
en vano: por más que se esfuerce, el fotógrafo no
puede poseer el mundo que lo circunda; no le queda
otro camino que conformarse con acotaciones, jirones,
tajadas de la realidad hechas al filo del obturador.
Es decir, no le queda otro remedio que ser fetichista.
Al leer el primer capítulo, que el
autor dedica a la descripción de la casa del
protagonista, el lector se adentra, no sin cierta
zozobra y un toque de irreprimible morbo, en el
escabroso mundo de Bejarano, nuestro consumado
fetichista. La madriguera de Bejarano está atiborrada
de objetos de toda laya, procedentes de todos los
rincones del mundo, de los cuales Piña-Rosales,
haciendo alarde de sus dotes narrativas y
descriptivas, nos hace un minucioso inventario: hay
“platos de cerámica talaverana, peroles de cobre
granadinos, vasijas de Chiapas, jícaras de Santa Fe”,
“una mesa octagonal de Tailandia” (21). Pero más que
nada, nos dice el narrador, hay “fotos y más fotos,
momentos embalsamados, fragmentos de mi vida, fósiles
de luz y de tiempo” (23-24).
Si bien a primera vista pareciera
que estamos ante una acumulación que celebra una vida
de éxitos y conquistas, en realidad estamos más bien
ante un rimero de escombros, vestigios de una vida
marcada por las pérdidas, las ausencias. Una
fotografía, como nos dice Barthes, es precisamente
eso, una “ausencia”. El que contempla una fotografía,
en rigor, no mira lo que es, sino lo que fue. Cada
foto es así una herida que señala una pérdida, una
ruptura, un exilio. La madriguera de Rafael Bejarano
es el mausoleo que conmemora las pérdidas y quebrantos
de nuestro coleccionista de exilios.
En la narración misma hay vacíos,
huecos, piezas claves ausentes de este rompecabezas
que es Bejarano. Pero estos vacíos elípticos no hacen
más que enriquecer nuestra lectura de la obra, la cual
se comunica con nosotros tanto por medio de lo que
dice, como por medio de lo que no dice, de lo que
calla. Es evidente aquí que el autor sabe que el buen
libro es aquél que deja margen para el diálogo, para
esa alquimia única que se da entre un texto y cada uno
de sus lectores. Este libro --puñado de páginas
encuadernadas-- viene siendo tan sólo el negativo; le
toca a cada lector hacer su propio revelado, y así
descubrir por su propia cuenta matices, colores,
sombras, detalles inesperados. En suma, esta novela es
un gesto, es la generosa invitación que Gerardo
Piña-Rosales nos hace para que participemos en el
revelado, para que junto a él trabajemos dentro y
desde la cámara oscura.
Barthes, Roland. Camera Lucida:
Reflections on Photography.
Trans. Richard
Howard. Hill & Wang: New York,
1982.
Piña-Rosales, Gerardo. Desde esta
cámara oscura. Nostrum: Madrid, 2006.
Sontag, Susan. “In Plato’s Cave.”
On Photography. Picador: New
York, 1973.
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Daniel R. Fernández
nació en Los Ángeles, California (1973). Profesor, investigador y
crítico literario. Se doctoró en la Universidad de Columbia, Nueva
York. Es profesor de Literatura Latinoamericana y Mexicana en la
Universidad de la Ciudad de Nueva York (CUNY), recinto Lehman
College. Es miembro correspondiente de la Academia Norteamericana de
la Lengua Española (ANLE), en la cual desempeña labores dentro de la
Comisión de Educación y la Comisión de Traducciones. Su libro
Deseo y engaño en la narrativa de la frontera mexicana saldrá a
la luz próximamente. |
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