Miami
Estados Unidos
Año VIII

 Nº 47/48

Escríbanos   

 

 

Publicada por Ediciones Baquiana

Director Ejecutivo

Patricio E. Palacios

Directora de Redacción

Maricel Mayor Marsán

Consejo de Redacción

Dr. Humberto López Cruz

Universidad Central de la Florida en Orlando

 

Dr. René C. Izquierdo

Miami Dade College Recinto de Kendall

 

Profesora Myra Medina

Miami Dade College

Recinto Norte

 

Dr. Gerardo Piña Rosales

Universidad de la Ciudad de Nueva York (CUNY)

Universidad de Columbia

Nueva York

 

Dra. Alicia E. Vadillo

Universidad Estatal de Nueva York en Oswego

 

Dra. Lidia Versón

Universidad de

Puerto Rico

 Recinto de Río Piedras

 

Asesor Técnico

Luis H. Beltrán

 

   Asesor de Arte

Carlos Quevedo

 

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Boletín Informativo

Reciba por correo electrónico una síntesis de las principales noticias literarias

 


CUBA

 

JOAQUÍN BADAJOZ


Nació en Pinar del Río, Cuba (1972). Graduado de Ciencias Económicas. Ha sido comisario – curador de una treintena de exposiciones de Artes plásticas en Cuba y Panamá. Textos suyos pueden encontrarse en Encuentro de la Cultura Cubana (España); El Panamá América y La Prensa (Panamá); Arcoiris (Bilingüe, Francia); y en las publicaciones cubanas: Vitral, Deliras, Cause, Arte Cubano y La Gaveta (Cuadernos de Arte y Teoría de la Cultura). Fue miembro hasta 1999 del consejo de redacción de la revista VITRAl y miembro fundador de la Unión Católica de Prensa en Cuba UCLAP-Cuba y de la Unión Católica Internacional de la Prensa; así como miembro- consultante de la revista independiente de literatura Deliras y miembro del Consejo Editorial de Ediciones Loynaz. Es miembro correspondiente de la Academia Norteamericana de la Lengua Española y de la Asociación de Licenciados y Doctores Españoles en EE.UU. (ALDEEU).  Reside en la ciudad de Miami (EE.UU.) desde 1999. En la actualidad es editor ejecutivo de la revista Cosmopolitan en español.


 

 

ARNOLDO MATANDO AL MINOTAURO

 

Estas sumido en el espanto, en la barriga de un caballo

espeluznantemente rígido que galopa, se encabrita

y tiene la dentadura fría como el mármol.

 

Hay un hotel en frente, una ilusión que existió

de aquí a veinte años.

Las ventanas son ojos inquietos que te miran.

Si entras por esa boca abierta que parece una puerta,

ve hasta la cocina y prepara una copa.

En la estancia del fondo vive un enano mustio

que en la barba ha criado un ejército de pulgas.

Estoy hambriento, sabes, de comerme palabras.

Te tiraré a matar, te partiré las piernas;

tengo un coagulo de violencia

que va rompiendo arterias.

No sé cómo atrapar las frases que no he escrito.

Tanta ausencia me aturde.

 

Con tu cabeza de buey sublime has corneado mi vientre;

y ahora, sosteniendo las entrañas con una mano,

estoy clavándote la viga de mi ojo

en ese triangulo reverberante donde el torero

inserta la banderilla.

El que mata conquista y al conquistar pierde

terreno, resbala con un pie dentro de un tobogán

que se desliza; un ojo negro, una puerta-boca,

una garganta se lo traga.

No puedo, sin embargo, evitar que la humedad

de la espuma y la sangre me recuerde la consistencia

de una jarra de cerveza con jugo de tomate.

Lo abominable tiene ese gusto agridulce

de limones podridos que te quema los labios.

 

Arnoldo, no se porque he pensado

que podías haber matado al minotauro;

pero la noche estaba bella,

y un crepúsculo así sólo debe teñirse

de la sangre más noble.

 

 

OCTAVIO PAZ ES CONVIDADO A CENAR

EN LOS ALTOS DE LA CALLE ALMIRANTE

 

Ah, que a tu manera me quede pides;

la nieve en el ala sempiterna,

sobre la novia o sobre mí o sobre nada.

El aguamiel ordeñado a los magueyes,

en disparos fugaces, en vitolas,

el humo es el ave que pernocta

por sobre las pupilas y los cielos.

 

Un hombre, el otro, o lo que queda,

se precipita al centro de su sombra;

descubre los mundos paseantes

donde los vientos estacionan sus moliendas enormes.

Y repasa en la memoria las caídas y el tiempo

que falta, para que el tiempo y su caída no agoten.

 

Ah, esto, lo que quedó del viaje al que llamamos vida.

Lo tocado, lo bautizado, cuando el lenguaje

y la gracia una mezcla deslumbrante eran.

Lo que nombraron otros y la voz

va dejando sembrado o subvierte.

Así ha sido;

asomarse a la vida por el ojo

del primer hombre.

 

Y que me quede pides.

A mí que al habitar las ciudades tardo;

y al fundar siempre temo que el acto me consuma;

que la mano me diga sólo piedra.

Mi verso es una pose,

porque no he sido ungido

ni ustedes tampoco.

Así que a bajar las ínfulas

y a transitar humildes los mundos sutiles,

donde la mano grave pronuncie ese gesto

al tocar con cuidado.

Que la pupila beba y que deje.

 

 

SUFICIENTE POR HOY

 

Suficiente por hoy; voy a dormirme

sobre un pedazo de estopa encendida,

sobre el aspa de un molino,

mañana es otro día.

Yo he cantado y aún soy pobre;

tengo una luz que encandila, un reptil,

un paquete de habas, una piedra y un hilo;

recuerdo que tenía un par de cosas más,

pero ni modo.

Ahora poseo un hueco también hacia la nada.

 

He perdido, pero tener un hueco,

un lugar que conduce, un perfecto orificio,

es algo que compensa lo perdido.

 

Yo sostengo la nada como una esfera fría,

hundido en su espesor tirito.

Rufo de mí mismo, soy mi padre y mi madre;

antes de mí no hay nada.

 

Cuando escribo con esas líneas rectas

en renglones torcidos, en aljibes pulimentados por el moho,

los graffities monumentales de mi angustia,

tengo la soberbia de convocar un aguacero.

Que entréis vientos de la desolación en la casa mayor,

granizos, raíles de punta, gatos y perros renqueantes;

este hombre que aquí veis tiene la nada,

por eso tiene que ser más fuerte que el vacío.

 

La nafta, líquido volátil, laguna de peces deformes,

unas flores arden y otras flotan sobre la alberca.

Los ojos de la res decapitada en la tarima,

de la cabeza del pez, del manifiesto marino,

del dictador momificado faraón fálico,

cazador algonquino que se come la nieve,

mientras carga la luna en sus espaldas:

un morral, un ensarte de mujeres soles

y un trillo entre los giralunas.

No-me-olvides, florecita recatada,

madrecita que en la trastienda restriega los calderos;

una flor que se ruboriza en un agujero negro,

entre las pálidas tetillas de un muerto.

Flor de Muerto, echa raíces en la carne putrefacta;

vuélvete un árbol ralo, un surtidor de fuego,

una bougambilia, una sombra de rojos resplandores.

 

Ayer escuché una corneta china,

como un maricón especialmente flamboyante,

y ruidos de sartenes y cucharas;

pero en Vueltabajo sólo existe el silencio.

La planicie entre mogotes, la llanura marina;

si te apunto con este dedo enorme te mato.

Si me disparo un tiro de humo a quemarropa

no hay palabra mas elocuente que el silencio.

Sin ambigüedades.

Por eso cargo mi silencio y entro despacio

en los corredores de la nada.

 

Aquí no pasa nada y el que nada no se ahoga.

No sé cómo me escamotearon un país que era mío,

como un trozo de vidrio, una culebra, un tacón de mujer,

un arpón rústico, la punta envenenada del venablo:

una isla de jonases náufragos.

Todos me interrumpen, quiero escribir en paz.

Escribir nunca ha sido una tarea fácil.

Soy el loco que habla consigo,

el que escribe consigo

largas letanías a la nada.

Mi locura es mortal tengan cuidado

puedo escribir a veces con un arma en la nuca,

con cientos de ojos vigilantes

que revolotean sobre la noche;

y sentir el aleteo frío y la saliva,

y escribir en la palma de mi mano

un conjuro que lo desaparezca todo.

Fantasmas míos, verdugos míos,

habiéndomelo quitado todo me enseñaron 
que un hombre de verdad vive sin prisa.

 

 

LAS MANOS DE UN LETRADO DE TONKÍN

 

(Autócromo de la Colección

Albert Kahn, por Léon Busy.)

 

Las manos de un letrado de Tonkín

recuerdan las manos delicadas

de una hilandera real.

Teje, hilvana, zurce, el hilo mágico

de los imperios.

Reconstruye el oficio mártir

de las arañas, esta tarde

hará caer en la tela de arroz

una víctima, un victimario,

que no podrá deslumbrado separar

los ojos de la urdimbre.

Entre los rasgos del hilo,

la tinta martillea,

crea espejismos, alucinaciones.

 

Las manos de un letrado,

las afiladas uñas

de la fiera afeminada,

firmarán una muerte,

subvertirán la historia,

el tiempo detendrán 

con el raspado del metal

sobre los pliegos.

 

Habrá que temerle

a los ojillos enterrados

en las bolsas de bilis,

las manos que son lengua y oído,

las tintas mercenarias.

Las manos de un letrado de Tonkín

son puñales, alcurnias de una clase

que vende y compra su corazón.

Habrá que temerle.

Las manos de un letrado de Tonkín

no son solo las manos. 

 

 

ESTE HA SIDO UN AGITADO VERANO

 

Este ha sido un agitado verano en la cueva del humo.

Los hombres de esmoquin y las empleadas,

en sus tugurios gubernamentales,

palidecen ante el vapor que se filtra

por las bocacalles.

Ya nadie carga con sus abanicos

como cuando en 1872 nací por primera vez

a un siglo de calles empedradas. Ya nadie

entrena en los salones una estocada magnifica

apoyando el estilete doble sobre la hoja toledana.

El mundo ha cambiado. Por eso nadie entiende

que me recluya en la cueva del humo

a recordar las jornadas ecuestres

galopando sobre el viento artificial

de un centauro. Entonces los exteriores

eran húmedos y a ambos lados del camino

las poncianas y los flamboyanes

extendían una alfombra púrpura de sombra.

En la casa de campo las paredes de más de tres pulgadas

mantenían un ambiente de fresco baptisterio.

Me gustaba el cuarto que daba a los abrevaderos,

desde allí escuchaba el ruido de los caballos

golpeando con los cascos las piedras del patio,

y el sonido del agua llegaba como un surtidor

hasta los huesos. Entonces ser románticos,

tener cierto aire trágico para defender con

pasión los nobles ideales valía más que el oro

y los empleos. Los hombres de aquel sombrío

y misterioso 1872 sabían que el único bien

que no podía heredarse era el decoro. Eran tiempos

de espíritus libres, donde el refinamiento superaba

a la plata; y las joyas eran pequeños talismanes

llenos de historia y nostalgia. Había que tener clase,

algo que no daba ninguna aristocracia

para destellar bajo las lámparas de vidrio

de los salones. Desde aquí trato de

recordar los más mínimos detalles, porque

sé que después de esta miseria

volverán los días dorados en los que

iba del campo de equitación a la playa,

del salón de la esgrima a una biblioteca poderosa

con más de cien mil volúmenes,

y escribía poemas que no iba a leer nadie

más que tú mi amor y perfumaba las epístolas

con la suave esencia de un clavel.

Siento que sólo el regreso de aquel tiempo

va a poder salvarnos del hastío.

 

 

SILENCIO. MI HIJA Y MI MUJER,

MIS NIÑAS, DUERMEN.

 

Hubo tormentas esta temporada.

Yo las vi venir pero miré a otro lado.

Era un glorioso remolino que lo ponía todo

en su lugar.

Tormentas así pensé deberían de suceder

más a menudo.

Pero apenas recogemos; es decir, ella recoge,

una canasta de flores y castra una colmena.

Y la escucho decir, «con esto basta».

Ella tan blanca que se le ven las venas bajo el pecho

como si su piel fuese el ala de un libélula.

Ella tan blanca que se le van las corneas bajo el párpado

cuando avanza en el sueño.

Ellas que flotan por los laberintos,

sobre las ciudades alucinadas

de Remedio Varo y Eleonora Carrington.

Yo me he casado con dos mujeres transparentes.

Una se acuesta sobre mi hombro

la otra tiene aún el duende de la jiribilla

y del regazo vuela como una mariposa

dejando un rastro de añil y de risa.

«Pobre de mí», pienso.

Ellas tan frágiles son mi única fuerza.

Con estas pocas pertenencias

Voy a capear los adustos temporales.

 

 

UN FOGONAZO

 

Si se contiene la lluvia toda en un aljibe,

una tripa de cabra, y al tirar del mimbre

queda el justo orificio para el tapón de cebo,

la nube prisionera ordeñada por su nodriza

será potable esencia del opio celebérrimo

que se escapa por la costura.

 

Camino de la seda, ruta de mercadería,

hay caballos salvajes corriendo a contrapelo.

El viento que se tragan en la pechera

sonará como el gong de lo mogoles.

Panderetas, castañas, en la estampida

asciende como un aguacero la polvareda

hacia arriba lloviendo.

Sajadura en el saco de trigo,

despanzurrado por la hoz se queda

pendiendo un tiempo sobre las tarimas.

 

Recoges tu puñado de sal de tierra,

tu escapulario, y te tientas abejorro a tientas,

al último vuelo nupcial, la última herida,

enterrado con honores militares.

Matria, matrona, meretriz, patria enclenque,

ubres chorreantes de su leche y su almíbar,

estéril como el mulo su cencerro toca

precipitándose por los desfiladeros.

 

En el horóscopo chino una rata,

las bodegas quedaron extenuadas;

qué hay de malo un barco haciendo agua

no necesita ratas.

Un peso que se desprende por el desagüe

no es más que lastre que el vuelo nos quemaba.

La tormenta no existe, el pájaro la inventa

para romperse contra los torbellinos.

La nave calafateada con coágulos y tierra,

desde la niebla volverá buscando atracadero;

una barcaza sin dios, barcaza sin vigía

recortada en el azul como un acantilado.

En el abismo de la marea el mascarón enorme,

grotesco semidiós de barbas descuidadas,

donde anidan crustáceos, vegetales parásitos,

desde el profundo belveder nos mira.

Muerto de ojos enormes

puedo ver tu miedo, tu hambre contenida;

ningún hombre es más grande que su soberbia.

 

Yo escribí sobre el tabaco, las ensartadoras,

y sobre el sur de violines y guitarras.

La armónica, el moscardón que sobrevuela

con insistencia eléctrica entre los algarrobos.

Mujeres que escanciando el sumo de la lima,

los perfumes decantan con una simple alquimia.

La leche espumosa, las costillas asadas,

los negros que regresan del bajo Mississippi.

El fuego y la crecida, la bandera cruzada.

El sur de azadones y sembrados

con su pecado y su violencia bruta.

 

Aquí entre los hombres simples

del campo he estado siempre,

tierra húmeda y quemados pastizales;

una espiga que revienta su ruta encendida

sobre la noche.

En la herrería de Weland dejé mi monta

y una moneda;

y seguí el camino errado sobre el agua.

 

 

PARA MANTENER BRUÑIDO

EL ESPEJO DEL CORAZÓN

  

Si los centauros no están quietos piafan,

y el segador de trigo tiene maduros

los ojos, vientos que la luz apaga,

cuando entorchado revela de alquitrán y estopa.

 

Es fácil preparar las raciones y el vino.

En este canto los metales se desbordan;

y orar dos veces es llorar hacia adentro.

¿Quién destrenza las alas de las aves que duermen

 

los sueños amargos y los dulces augurios?

Un puñado de perdices en el ojo es la muerte,

en su estado natural; los cielos convocados

 

pueden abrirse si la mano conmina su ejército celeste.

Una muerte y otra son una muerte única.

 

 

 

ENA COLUMBIÉ


Nació en Guantánamo, Cuba (1957). Poeta, crítica literaria, investigadora y narradora. Es Licenciada en Filología por la Universidad de Oriente en Santiago de Cuba. Ha obtenido numerosos premios en crítica literaria y artística, cuento y poesía. Ha publicado los libros: Dos cuentos (Narrativa, 1987), El Exégeta (Crítica literaria, 1995), Ripios y Epigramas (Poesía, 2001), Ripios (Poesía, 2006). Su obra también aparece en las antologías poéticas: Lenguas recurrentes (1982), Lauros (1989) y Epigramas (1994). La mayoría de su producción literaria está dispersa en revistas y periódicos de Cuba, Estados Unidos, México, Francia, España, y en Internet. Tiene inéditos dos poemarios, un libro de relatos, un libro de ensayos en torno a la literatura cubana y dos novelas: Confesiones de un idiota y Altagracia Granda. Es editora de la revista electrónica La Peregrina Magazine. Reside en California.


 

  

EURÍNOME ERECTUS

 

Eurínome

separó el mar del firmamento

y danzó sobre sus olas contra el viento norte,

danzó frotando sus manos y su sexo con calor y lujuria.

El viento Ophión la velaba esperando el momento para el salto,

la penetró serpenteante, lascivo, haciendo

que estallaran planetas, pelasgos, estrellas.

Eurínome tomó forma de paloma y

aleteó en el clímax histórico del primer orgasmo.

 

 

ULISES

 

Se sienta en el andén

y fuma un tabaco interminable

masticando su soledad, su abulia

quemando sus años y sus dedos,

y día a día espera la llegada del tren

que se lo lleve.

 

 

CUENTO DE CUARESMA

  

En tiempos de Prudencio

ya era costumbre la costumbre

el ayuno de miércoles y viernes

y las vigilias de cuaresma.

 

Una apología al ayuno

acelera la fe de los cristianos

hacia la santificación.

 

Pero el ayuno no reprime los sentidos,

no limpia ni perdona los pecados.

Es un cuento inventado en la cuaresma

para hacer de la prudencia una costumbre.

 

 

POESÍA

 

Siempre fuiste tú

desde que nuestros ojos chocaron

por descuido.

Desde antes fuiste,

con tu medieval sonrisa

en mi boca turbada.

Siempre tú, desde siempre

a través de las cinco edades del hombre.

Tú y tus versos, posándose en mi pecho.

 

Beatrice Portinari nunca estuvo en el purgatorio

todo lo creyó un italiano errante

que inventó un nuevo y dulce estilo

dantesco e infernal para escribir.

 

 

HOY CONOCÍ A UN HOMBRE

QUE SABE DEL HAMBRE

 

Dice que cambió su color y corpulencia por un sueño.

Deambuló como monje mendicante, pirata

encantador de mujeres y serpientes

y se volvió cazador.

Un día el hombre apuntó a los ojos de un venado
y el círculo del lente marcó el lugar intermedio,
apretó el gatillo y un golpe seco —dice— estalló en la tierra.
Llegó junto a la presa
justo para ver que los ojos acuosos se apagaban,
el cazador también lloró
su pañuelo secó todas las lágrimas vertidas
y su tiempo pasó.
Hoy el hombre junco canta
entreteje palabras sin sentido en una misma historia
canta sobre un venado que voló hacia el infinito
llevándose consigo a un cazador agonizante.

 

 

SE ROMPE EL CORAZÓN

 

Mi huída hacia el mar fue dolorosa

surco y mancha, resonante lumbre

renuncia azul y transparente,

dolorosa renuncia.

 

A trasluz me siento en la ventana,

regresan los latidos, la huída

y la sorpresa del Sol retándome a seguir

dueña de todos tus desnudos.

 

Dios sabe que no miento

morí en cada lágrima y quejido

fue doloroso el dolor de no quedarme.

 

Es cierto que el corazón se rompe, parte.

Luego llegó el vacío de tus manos

y todo fue silencio después de la distancia.

 

Se pierde la luz de la ventana

las sombras me vuelven a la noche,

aquella noche de promesas fatuas

dolorosa mar de mis silencios.

 

Créeme

Dios sabe que no miento,

el corazón se rompe

se parte.

 

 

LOS RECUERDOS SON

bosques en la piel

estío y primavera en la memoria

viento que arranca el sudario.

 

Los recuerdos son

trastadas de la ausencia

desprendimiento y pesadumbre

hiedra que abraza la carne.

 

Latido voraz, irresoluto.

 

 

ENTRE TÚ Y YO existen cosas claras
sabemos de gaviotas, de olas y de peces
del tamaño anormal de las carencias
del latir aferrándose a la nada
de la complicidad en lo imposible

del incontrolable deseo desdoblado
del caminar erguidos pese a todo
y la paciencia de la espera

del simpático reír de buena gana

de la única forma de amarnos totalmente
de la incesante vigilia que nos pesa

de la fácil apariencia de las cosas
de robarnos los besos a escondidas
del gris de la luna en las mañanas
de confiar en el hombre desconfiando
de necesidades calladas controladas
de verdades y mentiras pequeñitas
de iras, rabias y oquedades
y de silencios también

 

muchos silencios.

 


 

LEÓN DE LA HOZ


Nació en Santiago de Cuba (1957). Ha publicado los poemarios: Coordenadas (La Habana, 1982); La cara en la moneda (La Habana, 1987); Los pies del invisible (La Habana, 1988); Preguntas a Dios (Madrid, 1994); Cuerpo divinamente humano (Madrid, 1999) y la antología La poesía de las dos orillas. Cuba (1959-1993) (Madrid, 1994). En Cuba, entre otros, obtuvo los premios de poesía “David” (1984) y “Julián del Casal” (1987), ambos de la Unión de Escritores y Artistas de Cuba (UNEAC), y dirigió la revista cultural La Gaceta de Cuba. Ha sido antologado en numerosas antologías, entre otras, Poesía cubana: La isla entera, de Felipe Lázaro y Bladimir Zamora (Madrid, 1995); Las palabras son islas. Panorama de la poesía cubana del siglo XX (La Habana, 1999), de Jorge Luis Arcos, Poemas cubanos del siglo XX (Madrid, 2002), de Manuel Díaz Martínez; y Antología de la Poesía Cubana. Tomo IV. Siglo XX (Madrid, 2002), de Ángel Esteban y Álvaro Salvador. Actualmente preside la Asociación Cultural Gastón Baquero y es Director Editorial de Otro lunes.


 

 

ANOCHECE

 

Una vez más, anochece.

Como un ave agonizante

el día navega en el viento

que lo incita a amortajarse

lejos de mí en otro cielo.

Igual que sucede siempre,

me consuela cerrar los ojos

y admirar las últimas luces

que se adentran en el ocaso

con su marcha de duelo.

Cada vez que anochece

creo oír esa música oscura

que corteja el ir del tiempo,

allá arriba, entre mareas

que conducen lo irreparable

hacia esas orillas prohibidas

que son el reino del eterno.

Siempre hay un ave faltando

encima de mi cabeza vacía

para ser soñada un día más,

como parte de la costumbre

del que no espera a nadie,

ni tiene nada que despedir.

 

 

BREVE HISTORIA DE MI VIDA

 

Me levanto como un día cualquiera de mi vida,

abro la ventana para ver las palomas tan libres

y cierro porque llenan el aire de excrementos.

Pienso que podría dejarme caer desde el cielo

y escenificar una bella muerte sobre el asfalto.

Mas apenas puedo subir mis branquias al techo

y coger el aire limpio para respirar este día gris.

Bajo la Castellana e intento llegar al Malecón

en el coche abierto y con la música gloriosa

donde se ahoga Rinaldo de nostalgia y belleza.

Muy pronto me quedo solo y sordo sin la música

como si atravesara una constelación muerta.

Me detengo frente a dos jóvenes que se besan,

me infiltro entre sus bocas húmedas y dulces

y secuestro un poco de ese beso lleno de azul.

Sigo rápidamente, acortando las horas de mi vida

paso junto a falsos amigos que se llenan de aire.

Me ahogo, me pongo al viento y me asfixio.

Veo el aire pesado que cae sobre las casas,

las hojas, las alas y los excrementos que caen.

Sin embargo m