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JOAQUÍN
BADAJOZ
Nació
en Pinar del Río, Cuba (1972). Graduado de Ciencias Económicas. Ha sido comisario – curador de una
treintena de exposiciones de Artes plásticas en Cuba y Panamá. Textos suyos
pueden encontrarse en Encuentro de la Cultura Cubana (España); El
Panamá América y La Prensa (Panamá); Arcoiris (Bilingüe,
Francia); y en las publicaciones cubanas: Vitral, Deliras, Cause, Arte
Cubano y La Gaveta (Cuadernos de Arte y Teoría de la Cultura). Fue miembro
hasta 1999 del consejo de redacción de la revista VITRAl y miembro fundador de
la Unión Católica de Prensa en Cuba UCLAP-Cuba y de la Unión Católica
Internacional de la Prensa; así como miembro- consultante de la revista
independiente de literatura Deliras y miembro del Consejo Editorial de
Ediciones Loynaz. Es miembro correspondiente de la Academia Norteamericana de
la Lengua Española y de la Asociación de Licenciados y Doctores
Españoles en EE.UU. (ALDEEU). Reside en la ciudad de Miami
(EE.UU.) desde 1999. En la actualidad es editor ejecutivo de la
revista Cosmopolitan en español.
ARNOLDO MATANDO AL
MINOTAURO
Estas sumido
en el espanto, en la barriga de un caballo
espeluznantemente rígido que galopa, se encabrita
y tiene la
dentadura fría como el mármol.
Hay un hotel
en frente, una ilusión que existió
de aquí a
veinte años.
Las ventanas
son ojos inquietos que te miran.
Si entras por
esa boca abierta que parece una puerta,
ve hasta la
cocina y prepara una copa.
En la
estancia del fondo vive un enano mustio
que en la
barba ha criado un ejército de pulgas.
Estoy
hambriento, sabes, de comerme palabras.
Te tiraré a
matar, te partiré las piernas;
tengo un
coagulo de violencia
que va
rompiendo arterias.
No sé cómo
atrapar las frases que no he escrito.
Tanta
ausencia me aturde.
Con tu cabeza
de buey sublime has corneado mi vientre;
y ahora,
sosteniendo las entrañas con una mano,
estoy
clavándote la viga de mi ojo
en ese
triangulo reverberante donde el torero
inserta la
banderilla.
El que mata
conquista y al conquistar pierde
terreno,
resbala con un pie dentro de un tobogán
que se
desliza; un ojo negro, una puerta-boca,
una garganta
se lo traga.
No puedo, sin
embargo, evitar que la humedad
de la espuma
y la sangre me recuerde la consistencia
de una jarra
de cerveza con jugo de tomate.
Lo abominable
tiene ese gusto agridulce
de limones
podridos que te quema los labios.
Arnoldo, no
se porque he pensado
que podías
haber matado al minotauro;
pero la noche
estaba bella,
y un
crepúsculo así sólo debe teñirse
de la sangre
más noble.
OCTAVIO PAZ ES CONVIDADO A CENAR
EN LOS ALTOS DE LA
CALLE ALMIRANTE
Ah, que a tu
manera me quede pides;
la nieve en
el ala sempiterna,
sobre la
novia o sobre mí o sobre nada.
El aguamiel
ordeñado a los magueyes,
en disparos
fugaces, en vitolas,
el humo es el
ave que pernocta
por sobre las
pupilas y los cielos.
Un hombre, el
otro, o lo que queda,
se precipita
al centro de su sombra;
descubre los
mundos paseantes
donde los
vientos estacionan sus moliendas enormes.
Y repasa en
la memoria las caídas y el tiempo
que falta,
para que el tiempo y su caída no agoten.
Ah, esto, lo
que quedó del viaje al que llamamos vida.
Lo tocado, lo
bautizado, cuando el lenguaje
y la gracia
una mezcla deslumbrante eran.
Lo que
nombraron otros y la voz
va dejando
sembrado o subvierte.
Así ha sido;
asomarse a la
vida por el ojo
del primer
hombre.
Y que me
quede pides.
A mí que al
habitar las ciudades tardo;
y al fundar
siempre temo que el acto me consuma;
que la mano
me diga sólo piedra.
Mi verso es
una pose,
porque no he
sido ungido
ni ustedes
tampoco.
Así que a
bajar las ínfulas
y a transitar
humildes los mundos sutiles,
donde la mano
grave pronuncie ese gesto
al tocar con
cuidado.
Que la pupila
beba y que deje.
SUFICIENTE POR HOY
Suficiente
por hoy; voy a dormirme
sobre un
pedazo de estopa encendida,
sobre el aspa
de un molino,
mañana es
otro día.
Yo he cantado
y aún soy pobre;
tengo una luz
que encandila, un reptil,
un paquete de
habas, una piedra y un hilo;
recuerdo que
tenía un par de cosas más,
pero ni modo.
Ahora poseo
un hueco también hacia la nada.
He perdido,
pero tener un hueco,
un lugar que
conduce, un perfecto orificio,
es algo que
compensa lo perdido.
Yo sostengo
la nada como una esfera fría,
hundido en su
espesor tirito.
Rufo de mí
mismo, soy mi padre y mi madre;
antes de mí
no hay nada.
Cuando
escribo con esas líneas rectas
en renglones
torcidos, en aljibes pulimentados por el moho,
los
graffities monumentales de mi angustia,
tengo la
soberbia de convocar un aguacero.
Que entréis
vientos de la desolación en la casa mayor,
granizos,
raíles de punta, gatos y perros renqueantes;
este hombre
que aquí veis tiene la nada,
por eso tiene
que ser más fuerte que el vacío.
La nafta,
líquido volátil, laguna de peces deformes,
unas flores
arden y otras flotan sobre la alberca.
Los ojos de
la res decapitada en la tarima,
de la cabeza
del pez, del manifiesto marino,
del dictador
momificado faraón fálico,
cazador
algonquino que se come la nieve,
mientras
carga la luna en sus espaldas:
un morral, un
ensarte de mujeres soles
y un trillo
entre los giralunas.
No-me-olvides,
florecita recatada,
madrecita que
en la trastienda restriega los calderos;
una flor que
se ruboriza en un agujero negro,
entre las
pálidas tetillas de un muerto.
Flor de
Muerto, echa raíces en la carne putrefacta;
vuélvete un
árbol ralo, un surtidor de fuego,
una
bougambilia, una sombra de rojos resplandores.
Ayer escuché
una corneta china,
como un
maricón especialmente flamboyante,
y ruidos de
sartenes y cucharas;
pero en
Vueltabajo sólo existe el silencio.
La planicie
entre mogotes, la llanura marina;
si te apunto
con este dedo enorme te mato.
Si me disparo
un tiro de humo a quemarropa
no hay
palabra mas elocuente que el silencio.
Sin
ambigüedades.
Por eso cargo
mi silencio y entro despacio
en los
corredores de la nada.
Aquí no pasa
nada y el que nada no se ahoga.
No sé cómo me
escamotearon un país que era mío,
como un trozo
de vidrio, una culebra, un tacón de mujer,
un arpón
rústico, la punta envenenada del venablo:
una isla de
jonases náufragos.
Todos me
interrumpen, quiero escribir en paz.
Escribir
nunca ha sido una tarea fácil.
Soy el loco
que habla consigo,
el que
escribe consigo
largas
letanías a la nada.
Mi locura es
mortal tengan cuidado
puedo
escribir a veces con un arma en la nuca,
con cientos
de ojos vigilantes
que
revolotean sobre la noche;
y sentir el
aleteo frío y la saliva,
y escribir en
la palma de mi mano
un conjuro
que lo desaparezca todo.
Fantasmas
míos, verdugos míos,
habiéndomelo
quitado todo me enseñaron
que un hombre de verdad vive sin prisa.
LAS MANOS DE UN
LETRADO DE TONKÍN
(Autócromo de la Colección
Albert Kahn, por Léon Busy.)
Las manos de un letrado de Tonkín
recuerdan las manos delicadas
de una hilandera real.
Teje, hilvana, zurce, el hilo
mágico
de los imperios.
Reconstruye el oficio mártir
de las arañas, esta tarde
hará caer en la tela de arroz
una víctima, un victimario,
que no podrá deslumbrado separar
los ojos de la urdimbre.
Entre los rasgos del hilo,
la tinta martillea,
crea espejismos, alucinaciones.
Las manos de un letrado,
las afiladas uñas
de la fiera afeminada,
firmarán una muerte,
subvertirán la historia,
el tiempo detendrán
con el raspado del metal
sobre los pliegos.
Habrá que temerle
a los ojillos enterrados
en las bolsas de bilis,
las manos que son lengua y oído,
las tintas mercenarias.
Las manos de un letrado de Tonkín
son puñales, alcurnias de una
clase
que vende y compra su corazón.
Habrá que temerle.
Las manos de un letrado de Tonkín
no son solo las manos.
ESTE HA SIDO UN
AGITADO VERANO
Este ha sido
un agitado verano en la cueva del humo.
Los hombres
de esmoquin y las empleadas,
en sus
tugurios gubernamentales,
palidecen
ante el vapor que se filtra
por las
bocacalles.
Ya nadie
carga con sus abanicos
como cuando
en 1872 nací por primera vez
a un siglo de
calles empedradas. Ya nadie
entrena en
los salones una estocada magnifica
apoyando el
estilete doble sobre la hoja toledana.
El mundo ha
cambiado. Por eso nadie entiende
que me
recluya en la cueva del humo
a recordar
las jornadas ecuestres
galopando
sobre el viento artificial
de un
centauro. Entonces los exteriores
eran húmedos
y a ambos lados del camino
las poncianas
y los flamboyanes
extendían una
alfombra púrpura de sombra.
En la casa de
campo las paredes de más de tres pulgadas
mantenían un
ambiente de fresco baptisterio.
Me gustaba el
cuarto que daba a los abrevaderos,
desde allí
escuchaba el ruido de los caballos
golpeando con
los cascos las piedras del patio,
y el sonido
del agua llegaba como un surtidor
hasta los
huesos. Entonces ser románticos,
tener cierto
aire trágico para defender con
pasión los
nobles ideales valía más que el oro
y los empleos.
Los hombres de aquel sombrío
y misterioso
1872 sabían que el único bien
que no podía
heredarse era el decoro. Eran tiempos
de espíritus
libres, donde el refinamiento superaba
a la plata; y
las joyas eran pequeños talismanes
llenos de
historia y nostalgia. Había que tener clase,
algo que no
daba ninguna aristocracia
para
destellar bajo las lámparas de vidrio
de los
salones. Desde aquí trato de
recordar los
más mínimos detalles, porque
sé que
después de esta miseria
volverán los
días dorados en los que
iba del campo
de equitación a la playa,
del salón de
la esgrima a una biblioteca poderosa
con más de
cien mil volúmenes,
y escribía
poemas que no iba a leer nadie
más que tú mi
amor y perfumaba las epístolas
con la suave
esencia de un clavel.
Siento que
sólo el regreso de aquel tiempo
va a poder
salvarnos del hastío.
SILENCIO. MI
HIJA Y MI MUJER,
MIS NIÑAS, DUERMEN.
Hubo
tormentas esta temporada.
Yo las vi
venir pero miré a otro lado.
Era un
glorioso remolino que lo ponía todo
en su lugar.
Tormentas así
pensé deberían de suceder
más a menudo.
Pero apenas
recogemos; es decir, ella recoge,
una canasta
de flores y castra una colmena.
Y la escucho
decir, «con esto basta».
Ella tan
blanca que se le ven las venas bajo el pecho
como si su
piel fuese el ala de un libélula.
Ella tan
blanca que se le van las corneas bajo el párpado
cuando avanza
en el sueño.
Ellas que
flotan por los laberintos,
sobre las
ciudades alucinadas
de Remedio
Varo y Eleonora Carrington.
Yo me he
casado con dos mujeres transparentes.
Una se
acuesta sobre mi hombro
la otra tiene
aún el duende de la jiribilla
y del regazo
vuela como una mariposa
dejando un
rastro de añil y de risa.
«Pobre de mí»,
pienso.
Ellas tan
frágiles son mi única fuerza.
Con estas
pocas pertenencias
Voy a capear
los adustos temporales.
UN FOGONAZO
Si se
contiene la lluvia toda en un aljibe,
una tripa de
cabra, y al tirar del mimbre
queda el
justo orificio para el tapón de cebo,
la nube
prisionera ordeñada por su nodriza
será potable
esencia del opio celebérrimo
que se escapa
por la costura.
Camino de la
seda, ruta de mercadería,
hay caballos
salvajes corriendo a contrapelo.
El viento que
se tragan en la pechera
sonará como
el gong de lo mogoles.
Panderetas,
castañas, en la estampida
asciende como
un aguacero la polvareda
hacia arriba
lloviendo.
Sajadura en
el saco de trigo,
despanzurrado
por la hoz se queda
pendiendo un
tiempo sobre las tarimas.
Recoges tu
puñado de sal de tierra,
tu
escapulario, y te tientas abejorro a tientas,
al último
vuelo nupcial, la última herida,
enterrado con
honores militares.
Matria,
matrona, meretriz, patria enclenque,
ubres
chorreantes de su leche y su almíbar,
estéril como
el mulo su cencerro toca
precipitándose por los desfiladeros.
En el
horóscopo chino una rata,
las bodegas
quedaron extenuadas;
qué hay de
malo un barco haciendo agua
no necesita
ratas.
Un peso que
se desprende por el desagüe
no es más que
lastre que el vuelo nos quemaba.
La tormenta
no existe, el pájaro la inventa
para romperse
contra los torbellinos.
La nave
calafateada con coágulos y tierra,
desde la
niebla volverá buscando atracadero;
una barcaza
sin dios, barcaza sin vigía
recortada en
el azul como un acantilado.
En el abismo
de la marea el mascarón enorme,
grotesco
semidiós de barbas descuidadas,
donde anidan
crustáceos, vegetales parásitos,
desde el
profundo belveder nos mira.
Muerto de
ojos enormes
puedo ver tu
miedo, tu hambre contenida;
ningún hombre
es más grande que su soberbia.
Yo escribí
sobre el tabaco, las ensartadoras,
y sobre el
sur de violines y guitarras.
La armónica,
el moscardón que sobrevuela
con
insistencia eléctrica entre los algarrobos.
Mujeres que
escanciando el sumo de la lima,
los perfumes
decantan con una simple alquimia.
La leche
espumosa, las costillas asadas,
los negros
que regresan del bajo Mississippi.
El fuego y la
crecida, la bandera cruzada.
El sur de
azadones y sembrados
con su pecado
y su violencia bruta.
Aquí entre
los hombres simples
del campo he
estado siempre,
tierra húmeda
y quemados pastizales;
una espiga
que revienta su ruta encendida
sobre la
noche.
En la
herrería de Weland dejé mi monta
y una moneda;
y seguí el
camino errado sobre el agua.
PARA MANTENER
BRUÑIDO
EL ESPEJO DEL CORAZÓN
Si los
centauros no están quietos piafan,
y el segador
de trigo tiene maduros
los ojos,
vientos que la luz apaga,
cuando
entorchado revela de alquitrán y estopa.
Es fácil
preparar las raciones y el vino.
En este canto
los metales se desbordan;
y orar dos
veces es llorar hacia adentro.
¿Quién
destrenza las alas de las aves que duermen
los sueños
amargos y los dulces augurios?
Un puñado de
perdices en el ojo es la muerte,
en su estado
natural; los cielos convocados
pueden
abrirse si la mano conmina su ejército celeste.
Una muerte y
otra son una muerte única.
ENA COLUMBIÉ
Nació en
Guantánamo, Cuba (1957). Poeta, crítica literaria, investigadora y
narradora. Es Licenciada en Filología por la Universidad de
Oriente en Santiago de Cuba. Ha obtenido numerosos
premios en crítica literaria y artística, cuento y poesía. Ha
publicado los libros: Dos cuentos (Narrativa, 1987), El Exégeta (Crítica
literaria, 1995), Ripios y Epigramas (Poesía, 2001), Ripios (Poesía,
2006). Su obra también aparece en las antologías poéticas:
Lenguas recurrentes (1982),
Lauros (1989) y Epigramas (1994). La mayoría de su producción
literaria está dispersa en revistas y periódicos de Cuba,
Estados Unidos, México, Francia, España, y en Internet. Tiene
inéditos dos poemarios, un libro de relatos, un libro de ensayos
en torno a la literatura cubana y dos novelas:
Confesiones de un idiota y Altagracia Granda. Es editora de la
revista electrónica La Peregrina Magazine. Reside en
California.
EURÍNOME ERECTUS
Eurínome
separó el mar del firmamento
y danzó sobre sus olas contra el
viento norte,
danzó frotando sus manos y su sexo
con calor y lujuria.
El viento Ophión la velaba
esperando el momento para el salto,
la penetró serpenteante, lascivo,
haciendo
que estallaran planetas, pelasgos,
estrellas.
Eurínome tomó forma de paloma y
aleteó en el clímax histórico del
primer orgasmo.
ULISES
Se sienta en
el andén
y fuma un
tabaco interminable
masticando su
soledad, su abulia
quemando sus
años y sus dedos,
y día a día
espera la llegada del tren
que se lo
lleve.
CUENTO DE CUARESMA
En tiempos de Prudencio
ya era costumbre la costumbre
el ayuno de miércoles y viernes
y las vigilias de cuaresma.
Una apología al ayuno
acelera la fe de los cristianos
hacia la santificación.
Pero el ayuno no reprime los
sentidos,
no limpia ni perdona los pecados.
Es un cuento inventado en la
cuaresma
para hacer de la prudencia una
costumbre.
POESÍA
Siempre fuiste tú
desde que nuestros ojos chocaron
por descuido.
Desde antes fuiste,
con tu medieval sonrisa
en mi boca turbada.
Siempre tú, desde siempre
a través de las cinco edades del
hombre.
Tú y tus versos, posándose en mi
pecho.
Beatrice Portinari nunca estuvo en
el purgatorio
todo lo creyó un italiano errante
que inventó un nuevo y dulce
estilo
dantesco e infernal para escribir.
HOY CONOCÍ A UN
HOMBRE
QUE SABE DEL
HAMBRE
Dice que cambió su color y
corpulencia por un sueño.
Deambuló como monje mendicante,
pirata
encantador de mujeres y serpientes
y se volvió cazador.
Un día el hombre apuntó a los ojos
de un venado
y el círculo del lente marcó el lugar intermedio,
apretó el gatillo y un golpe seco —dice— estalló en la tierra.
Llegó junto a la presa
justo para ver que los ojos acuosos se apagaban,
el cazador también lloró
su pañuelo secó todas las lágrimas vertidas
y su tiempo pasó.
Hoy el hombre junco canta
entreteje palabras sin sentido en una misma historia
canta sobre un venado que voló hacia el infinito
llevándose consigo a un cazador agonizante.
SE ROMPE EL
CORAZÓN
Mi huída hacia el mar fue dolorosa
surco y mancha, resonante lumbre
renuncia azul y transparente,
dolorosa renuncia.
A trasluz me siento en la ventana,
regresan los latidos, la huída
y la sorpresa del Sol retándome a
seguir
dueña de todos tus desnudos.
Dios sabe que no miento
morí en cada lágrima y quejido
fue doloroso el dolor de no
quedarme.
Es cierto que el corazón se rompe,
parte.
Luego llegó el vacío de tus manos
y todo fue silencio después de la
distancia.
Se pierde la luz de la ventana
las sombras me vuelven a la noche,
aquella noche de promesas fatuas
dolorosa mar de mis silencios.
Créeme
Dios sabe que no miento,
el corazón se rompe
se parte.
LOS RECUERDOS SON
bosques en la piel
estío y primavera en la memoria
viento que arranca el sudario.
Los recuerdos son
trastadas de la ausencia
desprendimiento y pesadumbre
hiedra que abraza la carne.
Latido voraz, irresoluto.
ENTRE TÚ Y YO
existen cosas claras
sabemos de gaviotas, de olas y de peces
del tamaño anormal de las carencias
del latir aferrándose a la nada
de la complicidad en lo imposible
del incontrolable deseo
desdoblado
del caminar erguidos pese a todo
y la paciencia de la espera
del simpático reír de buena
gana
de la única forma de amarnos
totalmente
de la incesante vigilia que nos pesa
de la fácil apariencia de las
cosas
de robarnos los besos a escondidas
del gris de la luna en las mañanas
de confiar en el hombre desconfiando
de necesidades calladas controladas
de verdades y mentiras pequeñitas
de iras, rabias y oquedades
y de silencios también
muchos silencios.
LEÓN DE LA HOZ
Nació en Santiago de Cuba
(1957).
Ha publicado los poemarios: Coordenadas (La Habana, 1982);
La cara en la moneda (La Habana, 1987); Los pies del
invisible (La Habana, 1988); Preguntas a Dios
(Madrid, 1994); Cuerpo divinamente humano (Madrid, 1999)
y la antología La poesía de las dos orillas. Cuba (1959-1993)
(Madrid, 1994). En
Cuba, entre otros, obtuvo los premios de poesía “David” (1984) y
“Julián del Casal” (1987), ambos de la Unión de Escritores y
Artistas de Cuba (UNEAC), y dirigió la revista cultural La
Gaceta de Cuba. Ha sido
antologado en numerosas antologías, entre otras, Poesía
cubana: La isla entera, de Felipe Lázaro y Bladimir Zamora
(Madrid, 1995); Las palabras son islas. Panorama de la poesía
cubana del siglo XX (La Habana, 1999), de Jorge Luis Arcos,
Poemas cubanos del siglo XX (Madrid, 2002), de Manuel
Díaz Martínez; y Antología de la Poesía Cubana. Tomo IV.
Siglo XX (Madrid, 2002), de Ángel Esteban y Álvaro Salvador.
Actualmente preside la Asociación Cultural
Gastón Baquero y es Director Editorial de Otro lunes.
ANOCHECE
Una vez más, anochece.
Como un ave agonizante
el día navega en el viento
que lo incita a amortajarse
lejos de mí en otro cielo.
Igual que sucede siempre,
me consuela cerrar los ojos
y admirar las últimas luces
que se adentran en el ocaso
con su marcha de duelo.
Cada vez que anochece
creo oír esa música oscura
que corteja el ir del tiempo,
allá arriba, entre mareas
que conducen lo irreparable
hacia esas orillas prohibidas
que son el reino del eterno.
Siempre hay un ave faltando
encima de mi cabeza vacía
para ser soñada un día más,
como parte de la costumbre
del que no espera a nadie,
ni tiene nada que despedir.
BREVE HISTORIA DE MI
VIDA
Me levanto como un día cualquiera
de mi vida,
abro la ventana para ver las
palomas tan libres
y cierro porque llenan el aire de
excrementos.
Pienso que podría dejarme caer
desde el cielo
y escenificar una bella muerte
sobre el asfalto.
Mas apenas puedo subir mis
branquias al techo
y coger el aire limpio para
respirar este día gris.
Bajo la Castellana e intento
llegar al Malecón
en el coche abierto y con la
música gloriosa
donde se ahoga Rinaldo de
nostalgia y belleza.
Muy pronto me quedo solo y sordo
sin la música
como si atravesara una
constelación muerta.
Me detengo frente a dos jóvenes
que se besan,
me infiltro entre sus bocas
húmedas y dulces
y secuestro un poco de ese beso
lleno de azul.
Sigo rápidamente, acortando las
horas de mi vida
paso junto a falsos amigos que se
llenan de aire.
Me ahogo, me pongo al viento y me
asfixio.
Veo el aire pesado que cae sobre
las casas,
las hojas, las alas y los
excrementos que caen.
Sin embargo m |