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Como nunca vino gente a la cancha. No es una exageración asegurar
que el barrio entero se encontraba presente. Había un par de
enfermos, grupos de evangélicos, los maestros del garaje, los
funcionarios del Cine San Miguel
¾que
ese día cerró sus puertas de manera especial¾
, y muchas chicas de los burdeles clandestinos. Algunos llegaron con
bancas. Otros trajeron viejos sofás y sillas de paja. Se ubicaban
detrás de la línea de cal, a lo largo y ancho del estadio "Dagoberto
Espínola", nombre de un difunto ex ídolo local, a quien los
fanáticos llamaban "La Llorona", y que había muerto de un ataque al
corazón cuando disputaban un partido con treinta cinco grados de
calor.
Esa tarde se enfrentaban dos enconados rivales: la gloriosa Unión
Milán y Deportivo El Llano. Era un clásico no sólo de fútbol, sino
también social y político. En efecto, los del Deportivo El Llano
defendían los colores e intereses del aristocrático sector pudiente
ubicado en la lujosa zona de San Miguel. En cambio, Unión Milán se
caracterizaba por tener en sus filas a figuras populares, muchos de
los cuales trabajaban en las empresas de los millonarios del
Deportivo El Llano.
Este partido era el sueño que todos los patipelados querían jugar
alguna vez en su vida. Cada año, en la sede del club, se solía
escuchar un deseo: "Ojalá lleguen a la final los gallinas del
Deportivo...". Se hablaba de llenarles la canasta con goles. De
agredir, con pelota, a esos delanteros rubios, delicados, bonitos,
que olían bien y pertenecían a otra estirpe. En otras palabras,
muchos querían vengarse de los atropellos laborales que venían
soportando hace años; ridiculizarlos por medio del deporte de manera
legal y pública.
La estadística señalaba doce encuentros de liga entre ambos clubes.
Con igual número de victorias para Unión Milán, jugando de local y
visita. El Deportivo había marcado apenas tres goles
¾que
celebraron como hazaña¾
, contra los treinta y siete de su clásico rival.
Hubo una fiesta cuando un dirigente llegó con la noticia que el
Deportivo El Llano pasó a la final luego de ganar en un discutido
cotejo al Zanjón de la Aguada. Muchos dijeron que el partido lo
arreglaron con unos cuantos pesos, pues, en un ambiente normal, el
Zanjón de la Aguada debía ganar por goleada. Pero les anularon tres
dianas, les expulsaron al arquero
¾por
quejarse de un cobro injusto¾
y a dos atacantes. Al final del encuentro, nadie dijo nada. Los
perdedores agacharon la cabeza y se metieron al camarín. Los dueños
del Deportivo a viva voz se comprometieron a mejorar el salario de
los derrotados, "por su ejemplar comportamiento después del mach".
Lo único que no pudieron conseguir los del Deportivo, fue que la
gran final se disputara en una cancha neutral
¾no
les gustaba jugar en el reducto del Unión Milán porque tenía pulgas
y demasiadas moscas, decían¾
. Aunque estuvieron a punto de conseguirlo, la Asociación de Fútbol
impuso el criterio de la diferencia de goles
¾Unión
Milán tenía veinte dianas de diferencia¾
y el derecho natural de ser locales en la última fecha, por
estatutos. También, se consideró desmedida la presión, y de haber
procedido con la solicitud se habría tratado de una medida
prepotente, impresentable y fuera de los reglamentos. La resolución
no fue pan comido: hubo amenazas veladas, intentos de pugilatos y
agresión verbal.
El pleito se calentó apenas se conocieron los nombres de los
finalistas.
En el barrio se habló toda la semana del partido. Los jugadores, que
trabajaban en las empresas de los dueños del Deportivo El Llano, se
quejaron de maltrato indebido, intentos de despido y ofrecimientos
de estímulos económicos: dos astros sucumbieron ante las promesas,
aceptaron dinero y se declararon lesionados. Incluso uno de ellos,
Juan Zenteno, goleador del campeonato, se puso una falsa bota de
yeso en el pie izquierdo. Ambos jugadores fueron expulsados del
club, acusados de traidores y borrados para siempre de los registros.
No fue todo: curiosamente se les aumentó el horario de trabajo de
ocho a doce horas, y la jornada diaria se extendió de lunes a sábado.
El que no cumplía, quedaba cesante. De modo que el director técnico
del Unión Milán no pudo contar con sus figuras para entrenar y
preparar el cotejo del domingo. Esto generó rabia, malestar, y
aumentó la adrenalina. Los jugadores prometían una goleada de
proporciones a los insistentes hinchas que llegaban a alentarlos.
Más que impotencia, la gente se reía de estas medidas. Estaban
acostumbrados a esos tormentos de los patrones. Tenían certeza que
ganarían a medio tranco. Nunca en la historia el Deportivo sacó un
punto en ese reducto de tierra, pedruscos y crecidas champas. Sabían
que le darían un baile, como tantas veces. Si la cosa se complicaba,
bastaba un empate para consagrarse campeones por enésima vez. Una
proeza. Sin embargo, la preocupación cundió entre el viernes y el
sábado: de madrugada se apersonaron agentes de investigaciones en
las moradas de varios cracks y fueron violentamente amenazados con
penas del infierno si no se dejaban ganar... No sería todo: el
domingo por la mañana, se recibió una nota en el club señalando la
inscripción de cinco nuevos jugadores por parte del Deportivo El
Llano... ¿Cómo lo hicieron? Nadie lo supo. El libro de inscripción
estaba cerrado. No había tiempo para reclamar. Tampoco nadie tuvo
ganas de hacerlo. Aunque, cuando se enteraron que se trataba de
cinco jugadores reconocidos nacionalmente, profesionales, que
formaban parte del plantel de Áudax Italiano y Universidad de Chile,
el semblante de los dirigentes empalideció, y por primera vez
sintieron el halo de una derrota indigna.
Sólo un detalle dejaron pasar los del Deportivo: el nombre del
árbitro ingenuamente designado para conducir la bullada contienda...
El árbitro, José María Godoy, no era muy querido en el barrio. Tenía
una personalidad dura, huraña, antisocial. Se destacó de niño por
ser malo para la pelota. Por lo mismo no lo ponían en ningún equipo,
tenía pocos amigos y hasta se quedó sin sobrenombre, asunto raro y
poco viril en un arrabal. Pocos sabían que su único sueño de infante
era jugar por la Unión Milán, ante toda esa gente que repletaba la
cancha. Alguna vez contó que se vio defendiendo los colores de esa
camiseta en el mismo Estadio Nacional, igual como acostumbraban
hacerlo los chicos de la Primera y Segunda de la serie menores.
Imaginaba, ¡vaya que lo hacía seguido!, que lo tomaban en andas, que
lo paseaban por el barrio, y que lo halagaban con bellas palabras.
Curiosamente sólo aprendió a realizar dos maniobras con los pies: la
chilenita y el taco. Ambas jugadas las podía hacer en el aire y con
gran destreza, eso era indiscutible. Nunca supo por qué no fue capaz
de parar un balón, de dar un pase decente y de ubicarse en la cancha.
Años tuvo en mente la idea fija de que un día le salía una chilenita
o un sutil taco para dedicarlos a sus viejos: lo intentó en los
pocos partidos que le tocó entrar. Jamás le llegó un balón preciso
en el momento exacto. Daba pena verlo volar por el aire tratando de
golpear un esférico que no existía, o haciendo taquitos estériles de
frente a la popular. Así que lo sacaron del equipo para siempre. No
reunía condiciones. La naturaleza no le prestó esa viveza mental y
agilidad en las piernas, que tenían sus compañeros. Le costó
reconocer que era aturdido, que no servía. Cuando se dio cuenta que
lo suyo no sería este oficio, continuó ligado al fútbol como árbitro.
¡Y vaya que era estricto! No tenía conmiseración con ningún club.
Incluso a la Unión Milán, en su propia cancha, con sus familiares
presenciando el partido, le cobró en contra un par de penales
dudosos y varias otras sanciones a favor de los cuadros visitantes.
¾¡Debo
ser imparcial en mis pagos!
¾se
defendía cuando le reprochaban por las faltas exageradas que pitaba.
Hasta que llegó el esperado día domingo.
Un silencio fúnebre quedó flotando en el aire cuando el gentío vio
descender de los lujosos automóviles a un grupo de atletas de
desarrollados músculos, crecidas melenas y buen porte. Junto a ellos
venían los dirigentes, masticando habanos encendidos, y una barra de
cien personas, más o menos. Detrás de los arcos, se ubicaron dos
carros policiales. Los del Deportivo no usaron el camarín. Les daba
asco. Venían con buzo. Preparados. Una vez que reconocieron el
campo, se quitaron el buzo y aparecieron sus poderosas piernas, bien
trabajadas y alimentadas. Mientras peloteaban, los muchachos del
Unión Milán recibían las últimas instrucciones.
¾Quiero
que la toquen, que inventen, que se diviertan y que no se dejen
provocar por estos hijos de putas...
¾fueron
las sabias recomendaciones del entrenador.
La cosa no sería fácil. Así lo entendieron, de entrada, los
dirigentes del Unión Milán. Aunque tenían fe en los chicos
¾ninguno
tenía más de veinte años¾
, sabían que jugarían en desventaja, por todo lo que pasó en la
semana, por esos cinco profesionales, por la presión laboral que,
seguro, tenían metida en la cabeza. Más encima el árbitro sería José
María Godoy... Un tipo raro, incierto, de pocas palabras. ¡Y esa
bronca que le tenía al club por no haber triunfado en las series
infantiles...! En fin, los dados estaban echados. Había que confiar
en las oraciones que durante la semana se mandaron los hermanos
evangélicos.
Resonó el pito del árbitro en el centro de la cancha, llamando a los
protagonistas. Los muchachos de Unión Milán salieron tranquilamente
del camarín, en fila india, tocándose la cintura, y la multitud los
recibió con gritos, aplausos, silbidos, cánticos. ¡Parecía un equipo
juvenil frente a uno adulto! Pero estos chicos sabían de triunfos,
de conquistas, de gloria. Eran unos ganadores innatos. Muchos de
ellos eran y fueron pretendidos por clubes grandes, pero no se
marchaban por amor al barrio, por el encanto que produce la pobreza
cuando se tiene como amiga, cuando se creció junto a ella, porque
eran felices jugando para regalar alegrías a personas que no tenían
otra diversión que esos partidos los domingos, donde podían ver en
acción a talentos que llevaban su sangre.
Cuando José María Godoy llamó a los capitanes, recién pudo darse
cuenta que el Deportivo El Llano alteró las reglas. Miró a los
jugadores y, por cierto, no estaban aquellos que semanalmente
jugaban. Reconoció, sin que nadie le dijera, a los astros
profesionales. Como era acucioso, pidió el libro de inscripción y
constató que todo se hallaba en regla. El abuelo de él aprovechó de
pedirle que fuera imparcial en sus cobros. Se lo pidió con manos en
cruz. José María Godoy, al escuchar esas palabras, por primera vez
le daría un fugaz vistazo a sus parientes: estaban todos juntos,
padres, hermanos, tíos, vecinos... Le desearon suerte. En ese minuto
no sabe
¾ni
tampoco ahora¾
, por qué evocó con tanta fuerza aquel pasado tiempo cuando quería
gritarles un gol de chilenita o de taco, y después, si quería, podía
abandonar la pasión del fútbol. Obsesivo, todavía no entendía por
qué no fue capaz de realizar algo tan simple, que sabía hacer mejor
que nadie.
A las cuatro de la tarde, hizo sonar el pito y el partido arrancó.
Desde ese instante, José María Godoy supo que no podría dirigir
tranquilo. Concentrado. Oía los gritos. Las órdenes de los
entrenadores. Garabatos. Reclamos. El sonido ambiente. El tránsito
de los buses por la Gran Avenida. ¡La voz de su madre pidiéndole
entrega a los jóvenes de Unión Milán! A ratos, cobraba bien las
faltas, mas no se daba cuenta. Se iba del partido. En dos
oportunidades aprovechó de mojar la cabeza para espabilarse. No fue
posible. Seguía como atontado. Algo fuera de sí. Un inusual
conflicto de intereses bullía en su mente. De pronto se acordaba de
las deudas. Del pago de los consumos, de los líos con su señora, de
la reunión de apoderados, de muchas cosas que no venían al caso.
Incluso, cuando pasó hacía el poniente el cansino ferrocarril de la
maestranza San Eugenio, se quedó absorto observando sus vagones. Por
suerte no ocurrió alguna jugada peligrosa.
El partido avanzó disputado a un ritmo infernal. Se metía fuerte la
pierna. Se defendían todas las pelotas. Hubo manotazos. Golpes por
la espalda. Agresiones encubiertas. No se daban tregua. Pocas veces
se vio una final tan reñida. Impredecible. Donde el jugador siente
esas palpitaciones a mil, desbordantes, que le tapan los pulmones y
empalidecen el rostro. Es la ansiedad. El temor a perder un balón en
una trágica porción de segundo. Está también la ocasión soñada de
hacer una hazaña para transportar fuera de las latitudes la fama, la
magia, el nacimiento de una epopeya. Como sucede en situaciones
límites, la tensión se apodera del cuerpo y sólo saldrá de aquel
laberinto aquel que logre dominar la angustia. El miedo a lo
desconocido. ¡El que tenga una seguridad natural de sus condiciones!
Hasta que terminó el primer tiempo, empatado a cero. Si bien el
trámite era parejo, las llegadas de gol estaban a favor del
Deportivo El Llano. Se notaba que estaban con confianza. Que
manejaban con más pulcritud el balón y tenían una experiencia
superior. Los chicos ponían garra, talento, pero de tanto en tanto
hacían un caño de más, un sombrero de más, un driblen de más, y no
finiquitaron dos o tres situaciones propicias. Lo único positivo era
que José María Godoy les cobraba casi todo a su favor... Incluso, en
qué estuvo que no sancionó un penal inexistente, "era muy pronto y
desvergonzado", pensó el juez. Después diría, en lo poco que pudo
hablar, que el Presidente del Deportivo El Llano le gritó: "¡Me
cobras ese penal, Godoy, y mañana no existes!". Pero él lo ignoró.
Ni siquiera lo miró de reojo. No lo tomó en cuenta ni sintió pavor.
Algo le pasaba. Se sentía mentalmente fuerte. "El hambre de gloria
renació en mí de forma inconsciente", confesaría más tarde.
En el segundo tiempo el trámite del partido continuó parejo. Los
hinchas del Unión Milán ya destapaban botellas de vino y cervezas.
Ya celebraban. No tenían por dónde encajarles una diana. Más encima
el árbitro estaba de su parte, por primera vez. El "¡ole...,
ole...!", se empezó a escuchar de manera humillante. A ratos, los
chicos brillaban. Sólo faltaba el gol para manejar con calma el
partido. Se habían perdidos tres o cuatro claras nuevas
oportunidades, además
¾por
supuesto¾
del penal injusto que pitó a su favor el juez de la contienda, y que
Juan Valenzuela "el Níspero", capitán del equipo, malogró mandando
la de cuero a las nubes.
Cerca de los treinta minutos, sucedió el fatal imprevisto: gol del
Deportivo El Llano. Uno de los profesionales sacó un remate de otro
planeta. Imparable. El arquerito nada pudo hacer, salvo, claro,
mirar con impotencia cómo se metía el balón en el "rincón de las
arañas". Con esta diana eran campeones. Silencio sepulcral. Faltan
pocos minutos. Celebran los visitantes. Los ánimos se calientan. Más
encima, el gol afectó sicológicamente a los muchachos, y perdieron
el control del juego, se recriminaron unos a otros, cayeron en una
letal somnolencia. Confusión. ¡Tres pelotas golpean en el travesaño!
Los jóvenes no despiertan. No reaccionan. Y el tiempo avanza con una
rapidez exasperante. Muchas mujeres echaron a llorar. El grupo de
evangélicos no perdió la fe, la esperanza, y oraban, pero se notaba
que con las imprecaciones no bastaba.
Hasta ahí José María Godoy rememora con lucidez. Lo que viene a
continuación es una bola gris. Una nube. Mejor, un torbellino de
polvo. Le cuento que el balón viajó por el espacio de área a área.
Quizás demoró un par de segundos en desplazarse. Por un impulso
que desconoce, él siguió la pelota dando
veloces trancos, su corazón jadeaba, claro, era comprensible, un
árbitro debe seguir la jugada, pero nunca con ese énfasis: aquello
no le importaba. No estaba en sus planes inmediatos hacer "nada
inusual". En el trayecto pasó a llevar a dos jugadores, "¡a un lado,
gallinas, que el pase viene para mí!", gritó, sin que nadie
entendiera, sin poder calmarse, hasta que de pronto se detiene,
suelta el pito de la mano, esperó el descenso del balón y da un
brinco espectacular, magistral, acrobático, de cara y panza al cielo,
solo, sin que nadie lo marcara, bueno, ¡es utópico marcar a un juez!,
y en esa milésima de segundos quiso darle a la pelota moviendo
armoniosamente ambas piernas, como tijera, en pleno aire:
desgraciadamente calculó mal... La pelota bajó y luego él cayó
pesadamente al piso. ¿Qué pasó? ¿Qué hizo? ¿Se volvió loco por un
momento? Se pensó en un resbalón. En una caída imprevista. Nadie
entendió nada. Lo fueron auxiliar. Alguien habló de un ataque
epiléptico, que sería, en buenas cuentas, la explicación médica más
convincente que pululó.
Tardaron cinco minutos en volverlo en sí, en curarlo, en quitarle el
polvo de la cara, de las orejas y del traje negro. Un popular
personaje del barrio, se acercó hasta su oído y le susurró:
¾Estuvo
buena la idea, Godoy, pero que la "otra" sea menos evidente...
Los del Deportivo El Llano pedían el término del partido. Con reloj
en la mano, mostraban que el tiempo había concluido. Pero el árbitro
decidió jugar siete minutos adicionales. Hubo quejas. Discusiones.
Amenazas. Finalmente, se acordó disputar los tres minutos que
originalmente le faltaban al partido. Los fanáticos de Unión Milán
parecían estar participando en un velorio. Había un silencio
fantasmal. La derrota rondaba las narices de los hinchas.
Pero
todo no estaba dicho...
Demostrando una parcialidad increíble, José María Godoy reanudó la
brega cobrando tiro de esquina a favor de Unión Milán, asegurando
que la pelota rebotó en la espalda de un defensa. No hubo manera de
convencerlo que aquello era irreal, que nunca existió el córner.
Calmó a los del Deportivo señalando que sería la última jugada del
lance. Mientras acomodaban la pelota, todo el gentío corrió hasta
aquel arco, y gritaban, intimidaban al golero, azuzaban a su equipo,
se pelearon a trompadas con algunos visitantes, hasta que vino el
pelotazo. Era lo que se llama un buen centro. Perfectamente lanzado,
que, de acuerdo a los cálculos de José María Godoy, caería en el
punto penal, donde había un hueco, un espacio suficiente para hacer
algo imprevisto, rápido, una cabriola, meter un puntete, golpear la
pelota con el empeine, incluso hacer una palomita, pero veía que los
chicos no advertían ninguna de esas posibilidades: se estaban
codeando, arañando, sujetando, con los demás, y el balón caería ahí,
a medio metro de donde él estaba, en el lugar exacto y en el momento
preciso, como lo soñó cuando pibe, con la camiseta de Unión Milán en
el pecho, el estadio "Dagoberto Espínola" colmado de asistentes, con
sus viejos y los vecinos del barrio haciendo barra, entonces ojeó al
portero, se hallaba escondido entre tanto jugador, ¡no tapaba un
sector del palo izquierdo!, él también estaba metido en aquel bosque
humano, donde el polvo que se levantaba hacía más difícil las cosas,
permitía ocultar la evidencia de lo que pretendía hacer, si Dios y
la suerte lo acompañaban, y el balón seguía viajando, lento, seco,
suave, perfecto, diciéndole, apuntándole sólo a él dónde descendería,
en qué instante, y no lo piensa más, da un pasito, hace un giro y
toma con el taco, en al aire, la pelota, y le cambia el sentido: gol...
Estalla la gente. Celebran. Entran a la cancha. ¡Nadie sabe quién
hizo la diana! Los de la Unión Milán se abrazan, se preguntan quién
metió ese taco fantástico, quién rasguñó el balón con esa clase: ¡qué
importa! Muchos goles en la historia del fútbol mundial no tienen
dueños. El árbitro validó de inmediato el gol y corrió al centro de
la cancha. Anotó como autor de la conquista al nueve, Miguelito
Pacheco, "El Correcaminos", a quien le pareció ver próximo a la
jugada. Pero aquí sucedió lo inevitable: un grupo de hinchas del
Deportivo El Llano invadieron el reducto y vino el caos, la trifulca,
las peleas, los heridos, los balazos de la policía, y "las múltiples
contusiones internas y externas" de José María Godoy, el más
perjudicado de todos, que perdió el trabajo, que fue expulsado de
por vida del gremio referil, pero que logró la gloria que soñó en la
infancia: hacer un gol maravilloso en la cancha "Dagoberto Espínola",
ante toda la gente del barrio, para quitarse de encima esa mala fama
de aturdido que cargó durante años y, de algún modo, para doblarle
la mano al propio Destino y convertir en Campeón al club de sus
amores, aunque nadie nunca, jamás, lo reconoció como autor
intelectual y material de la histórica conquista...
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Reinaldo Edmundo Marchant
nació en
Santiago de Chile, (1958).
Escritor, Profesor de literatura y
Director de Talleres Artísticos. Actualmente es Profesor de
Literatura de la Universidad Diego Portales, Consejero Nacional del
libro y la Lectura y Presidente de la Sociedad de Escritores de
Chile. Fue Agregado de Cultura y Prensa en la Embajada de Chile en
Uruguay (1994–1997) y en la Embajada de Chile en Colombia
(1998-1999). Articulista y Cronista de los diarios: La Época, La
Nación, Revista Análisis, Pluma y Pincel, Cauce, Semanario Chileno
Alemán "Cóndor", Revista Todo Música. Es editor de los medios de
comunicaciones para el poder local: Semanario Municipal Pedro
Aguirre Cerda y Semanario Municipal El Bosque. Sus novelas y cuentos
han recibido más de una docena de premios literarios y
reconocimientos, entre los que destacan: el Concurso Universidad
Católica (1983); Concurso Nacional “Cuentos de mi País”, Bata
(1984); Premio Nacional de Cuentos “Antonio Pigafetta” (1985);
Premio Internacional “Nuevo Cuento Latino”, EE.UU. (1985); Premio
CMI de Novela, Suiza (1986); Premio de Novela Breve “Rotary Club de
Santiago” (1986); Premio de Novela Inédita, Ministerio de Educación
de Chile (1987); Premio Nacional de Novela “Andrés Bello” (1988);
Premio Nacional de Literatura Sociedad de Escritores de Talca y
Universidad de Maule (1989); Premio Municipal de Literatura “Eusebio
Lillo”, El Bosque (1993); Premio Asociación Uruguaya de Escritores
(1995); Premio Literario Asociación de Mujeres Escritoras y
Periodistas de Uruguay (1996); XV Concurso Anual de Novela Ciudad de
Pereira, Colombia (1999); y Premio al Mejor Libro Publicado, Edición
de Lujo, Cartagena de Indias, Galería Franco del Arte y el Libro,
Colombia (1999). Entre sus libros figuran: En el bosque, un ángel
y demonio, novela (1986); El Abuelo, novela, (1988);
Priapina, cuentos (1990); Alquitrán y los gorriones,
novela (1992); Varona en el jardín, novela (1993; Un ave
de prodigiosos colores, novela (1993); El hombre de la mano
seca, novela (1994); Narraciones maravillosas, cuentos
(1995); Imaginaciones, cuentos (1996);
Santiago/Montevideo, antología binacional de cuentos, Editorial
Medina Ltda., Montevideo, Uruguay (1995) y Santiago de Chile,
(1996); Santiago/Montevideo, antología binacional de poesía,
en coautoría con Mario Benedetti, Editorial Medina Ltda.,
Montevideo, Uruguay, (1996) y Santiago de Chile, (1997); Lautaro/Montevideo,
antología binacional de narradores, Editorial Medina Ltda.,
Montevideo, Uruguay (1997), y Santiago de Chile,(1997); Los
mundos del abuelo, novela (1999); La patria golondrina,
novela (2002) y La alegría del pueblo, cuentos de fútbol
(2004).

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