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El mismo día de 1958 en que el cantante italiano Doménico Modugno
recibía los mejores honores en la primera entrega de los Premios
Grammy por su canción “Volare”, yo me fui de vuelo con el infinito
placer de poseer a una mujer por primera vez en mi vida.
El afamado cantante y actor norteamericano Frank Sinatra caía
ampliamente derrotado en ese certamen, pues de veinte nominaciones
sólo obtuvo una y no precisamente el máximo galardón, obtenido por
el itálico que había puesto al mundo entero a volar con su pegajoza
canción. Yo también me sentí como un Frank Sinatra ese día, me vi
derrotado y cada vez que cuento esto, la gente se desternilla de la
risa. En verdad que es como para reírse.
Ya Hollywood tenía desde hacía tres décadas los premios Oscar, el
mundo teatral estadounidense era reconocido anualmente con los
trofeos Tony y la televisión galardonaba a sus más relevantes
programas y artistas de Estados Unidos con los Emy. Sólo faltaba la
industria discográfica, que ese año debutó con los Grammy, aunque
por entonces ni yo ni ninguno de mis amigos de nuestro barrio en
Bauta sabíamos nada de eso. Si acaso habíamos oído hablar alguna que
otra vez de los Oscar. Por ejemplo aquel que había ganado Marlon
Brando por “Nido de ratas” unos años atrás.
Tampoco sabíamos que ese mismo año el cineasta polaco Andrzej Wadja
daba los toques finales a lo que sería su obra maestra “Cenizas y
diamantes”, la cual tuvo una amplia difusión en la isla durante la
década siguiente, por venir de Polonia, un país que pronto se
convertiría en amigo de Cuba. Pero para eso faltaba mucho aún. Tenía
que pasar todo lo que ocurrió en 1958 en el plano nacional, toda
aquella revuelta que llevó a la dictadura batistiana a rendir su rey
el último día de aquel año en que yo sentí la gloria de la cintura
hacia abajo por vez primera; el día en que me acosté con una mujer
por vez primera, aunque en realidad, no fue exactamente así.
Y, por eso mismo la gente se ríe.
Yo tenía sólo14 años de edad, pero ya trabajaba. Sólo éramos dos
empleados que nos turnábamos desde las siete de la mañana hasta la
una de la madrugada del día siguiente por un salario de 25 pesos
mensuales, en una vidriera de apuntaciones y ventas de cigarros.
Al otro empleado le decían El Abogado. Y no sé por qué, pero nunca
supe su nombre de pila.Yo también le decía El Abogado. Y fue El
Abogado quien escribió la primera línea de este capítulo tan
importante para mi existencia. Sería el primer tanto de mi vida
sexual, me anotaría mi primera “víctima”.
Porque de eso se trataba, de buscar una “víctima”, olvidando aquella
famosa escena de la película “El pistolero invencible”, en la que un
ciego le dice al personaje interpretado por Broderick Crawford: “No
te creas que eres el mejor pistolero porque acabas de matar en duelo
a ese pobre hombre. Siempre hay alguien mejor que uno”. Es decir que
las víctimas pueden intercambiar sus roles, y que un victimario
puede convertirse en víctima y viceversa.
Eso mismo me pasó a mí, el día en que fui a buscar a mi primera
víctima sexual.
—¿Estás listo, Edgardo? —me preguntó El Abogado, mientras salíamos
del teatro de desnudos más famoso de La Habana, el Teatro Shangai,
ubicado en pleno corazón del barrio chino de la capital cubana, en
la calle Zanja.
Me habían dejado entrar al show pornográfico porque, a pesar de
mis 14 años, era tan alto y flaco como una vara de pinchar gatos y
aparentaba ser mayor
de edad.
Naturalmente la calentura que yo había agarrado mirando aquel
desfile de mujeres en trajes de Eva, era incontrolable. Además
habían exhibido tres películas pornográficas que me tenían pidiendo
el agua por señas. Apenas podía tragar saliva.
—Estoy listo, Abogado, siempre dispuesto —le contesté con bastante
dificultad y me metí en el primer bar que encontré para tomar un
vaso de cerveza.
—¿Y
qué piensas hacer? ¿Dónde vas a ir?
—No
se, tú eres el que conoces esto por aquí. —Bueno, tomemos algo y
vamos a dar una vuelta, pero sin mucho aspaviento porque esto está
repleto de policías y gente del SIM, que se llevan preso a
cualquiera pensando que son revolucionarios. Pórtate bien, camina
con naturalidad, que se vea bien que estás buscando mujeres, sin
meter mucho las manos en los bolsillos, porque si te agarra la gente
de Masferrer o del coronel Ventura, no haces el cuento, ¿sabes?,
aunque no hayas hecho nada. Todo está en que la cojan contigo. Eso
basta. Así que tranquilito, como todo un experto.
—¡Ah, no jodas! No nos va a pasar nada —le dije desesperado por
salir a la cacería—. Dale, vamos. Estábamos en la esquina del teatro
Shangai y nos metimos por la primera calle que encontramos a la
salida del bar. No había caminado veinte metros cuando mis ojos se
centraron en la figura de una diminuta mulata jovencita, de piel muy
clara. Era la primera puta que veía aquella noche y ya quería salir
corriendo hacia ella.
—¡Aguanta,
aguanta, Edgardo! ¿Dónde vas, hombre? —Me atajó El Abogado, mientras
me agarraba por un brazo—. Esto es con calma, chico. Hay muchas
otras mejores que esa. No hemos ni empezado y ya...
—Pero
está linda cantidad, compadre, mira eso.
—Hazme
caso. Sigue buscando. De todos modos ella no se va a ir de ahí en
toda la noche. Le dimos la vuelta completa a cinco manzanas y
retornamos al punto de partida. Pero no se me había quitado de la
mente la jovencita de al lado del bar.
—Bueno,
si tanto te gusta, métele mano —me dijo El Abogado, mientras pedía
una cerveza en dos vasos y se dirigía a la vitrola. Seleccionó dos
boleros muy populares de Orlando Vallejo y Benny Moré y aquel
chachachá de la orquesta Aragón que le dio la vuelta al mundo: “El
bodeguero”.
Vale aclarar este detalle y tenerlo bien presente: antes las
canciones no duraban tanto como ahora. A lo sumo tres minutos cada
una. En el preciso instante en que el ambiente comenzó a llenarse de
la voz del Benny en “¿Cómo fue?”, salí disparado en busca de mi
víctima. Iba con la mano en el bolsillo apretando fuerte el paquete
de tres preservativos que había tomado de la vidriera, para evitar
una enfermedad venérea. Llegué al pasillo donde había visto a la
sonriente muchacha. ¡Y allí estaba! Por supuesto, más sonriente y
solícita aún al ver que yo me dirigía hacia ella.
—¿Qué
quiere mi papito? —me dijo con toda la satería del mundo, como toda
una buena puta conquistadora—. ¿Quieres mi bomboncito?
—Lo
quiero todo —fue lo único que atiné a decir y me vi arrastrado por
ella hasta el fondo del pasillo, donde había una habitación pequeña,
con una luz mortecina, sin puertas ni nada. Me pidió el dinero por
adelantado y le di los dos pesos que costaba conocer el cielo. Yo no
me separaba de ella y la iba toqueteando por todo el camino: el
cuello, la cintura, las nalgas, los senos. Y ella se dejaba, y se
reía. Cuando llegamos al borde de la cama, se quitó de un tirón todo
lo que tenía encima y me dijo, aún de pie: —Soy toda tuya.
Cuando vi un Monte de Venus para mí solito, totalmente para mí, me
le tiré encima, sin quitarme la ropa y comencé a besarle los labios,
los senos, la apretaba contra mi cuerpo por la cintura y mis manos
se perdieron en su entrepierna. De pronto mi virilidad juvenil salió
a la intemperie ayudada por la mano experta de la rica mulatica que
se movía gozadora y excitante y sin que yo me diera cuenta la
penetré y eyaculé casi al mismo tiempo. La cama ni se enteró. Todo
ocurrió de pie, en fracciones de segundo. Por eso no puedo decir que
aquella fue la primera mujer con la cual me acosté.
—O.
K. —dijo ella, con la mayor naturalidad del mundo—, ya terminaste.
Ha sido un poco rápido todo, pero no te preocupes que eso siempre
pasa. ¿Es tu primera vez? —Un “sí” desesperado salió de mis labios
mientras yo seguía toqueteándola por todos lados y ella se colocaba
encima de nuevo aquel camisón.
—Está
bueno ya. Si quieres de nuevo, tienes que pagar doble. Entonces caí
en la cuenta de que aquéllo había sido todo. Yo no tenía más dinero
y me había quedado como si no hubiera empezado. Todo lo que había
imaginado en mis largas noches de insomnio, planeando mi primera vez,
se había desvanecido. Ni siquiera había atinado a ponerme el
preservativo.
Y me fui sin siquiera darme cuenta de que había entrado.
Fue un rafagazo, como un sueño.
Cuando llegué al bar, el El Abogado quedó mudo,
sorprendido y miró el reloj: no habían pasado siete minutos desde
que yo lo había dejado tomando su vaso de cerveza. Y en la vitrola
todavía se escuchaba uno de los tres temas seleccionados por él.
Orlando Vallejo entonaba “Hoy comienza en mí una nueva vida...”
—¿Cómo
fue? —me preguntó completamente asustado—. ¿Pasó algo? ¿Por qué
volviste tan pronto? Seguro que no quiso acostarse contigo, la muy
puta, al ver que eres casi un niño.
Y me entraron deseos de contestarle con la misma
canción del Benny que precedió a mi primera aventura sexual: “¿Cómo
fue? No sé decirte cómo fue... no sé explicarte qué pasó...”
Sencillamente, de victimario pasé a ser víctima. Eso sí,
una feliz víctima, porque aquella llamita encendió en mí el deseo de
volver a tener mujeres debajo, encima, o al lado mío, lo cual
convertí después en una dulce costumbre.
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Ezequiel Pérez Martín
nació en La Habana, Cuba (1944). Periodista, profesor y crítico
teatral, cinematográfico y literario. Licenciado en Periodismo por
la Universidad de La Habana (1978). Ha trabajado por más de 30 años
para diversos órganos de prensa escrita, radial y televisiva en
Cuba, Alemania, Angola, Chile, China, Ecuador, la ex Unión Soviética,
Nicaragua, Panamá, Venezuela y Estados Unidos. Ha sido docente en
cursos regulares y de postgrado en entidades nacionales y
extranjeras. Impartió diez cursos de Redacción en la Sociedad
Argentina de Escritores (SADE). Entre sus publicaciones se
encuentran: prólogos de libros, narrativa, trabajos de investigación
literaria y de política exterior en periódicos de Cuba y América
Latina. Ha recibido diversos premios y menciones en concursos
periodísticos y literarios. En Cuba trabajó como escritor, productor
y director para Radio Internacional, Radio Liberación, Radio Reloj,
Radio Habana Cuba y para la agencia de noticias Prensa Latina.
Residió en Argentina desde febrero de 1995 hasta fines de 2001,
donde trabajó como comentarista del programa cultural “Encuentros”,
de Radio Nacional (Mendoza, 1995), columnista de temas extranjeros
en el programa “De 7 a 9”, de Radio Red 101 FM (Mendoza, 1995),
conductor del programa cultural “La Puerta Abierta”, de Radio FM 2
(Mendoza, 1996), columnista de política internacional para el Diario
UNO (Mendoza, 1997-1999) y como corrector en la agencia de
publicidad EME-EFE (Mendoza, 1995-2001). Desde diciembre de 2001
vive en Estados Unidos, donde trabajó como escritor de noticias para
la cadena Telemundo y traductor del inglés al español para la
Universidad de Miami. En la actualidad realiza trabajos
periodísticos para el sitio web de la Unión Liberal Cubana; las
revistas literarias electrónicas Baquiana y El Ateje; la revista
Ideal, que se edita en Miami; y como escritor de noticias para la
cadena Univisión.

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