Miami
Estados Unidos
Año VIII

 Nº 45/46

Escríbanos    

 

Publicada por Ediciones Baquiana

Director Ejecutivo

Patricio E. Palacios

Directora de Redacción

Maricel Mayor Marsán

Consejo de Redacción

Dr. Humberto López Cruz

Universidad Central de la Florida en Orlando

 

Dr. René C. Izquierdo

Miami Dade College Recinto de Kendall

 

Profesora Myra Medina

Miami Dade College

Recinto Norte

 

Dr. Gerardo Piña Rosales

Universidad de la Ciudad de Nueva York (CUNY)

Universidad de Columbia

Nueva York

 

Dra. Alicia E. Vadillo

Universidad Estatal de Nueva York en Oswego

 

Dra. Lidia Versón

Universidad de

Puerto Rico

 Recinto de Río Piedras

 

Asesor Técnico

Luis H. Beltrán

 

Asesor de Arte

Carlos Quevedo

 

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Boletín Informativo

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LA PRIMERA VEZ

por

Ezequiel Pérez Martín

 

     El mismo día de 1958 en que el cantante italiano Doménico Modugno recibía los mejores honores en la primera entrega de los Premios Grammy por su canción “Volare”, yo me fui de vuelo con el infinito placer de poseer a una mujer por primera vez en mi vida.

     El afamado cantante y actor norteamericano Frank Sinatra caía ampliamente derrotado en ese certamen, pues de veinte nominaciones sólo obtuvo una y no precisamente el máximo galardón, obtenido por el itálico que había puesto al mundo entero a volar con su pegajoza canción. Yo también me sentí como un Frank Sinatra ese día, me vi derrotado y cada vez que cuento esto, la gente se desternilla de la risa. En verdad que es como para reírse.

     Ya Hollywood tenía desde hacía tres décadas los premios Oscar, el mundo teatral estadounidense era reconocido anualmente con los trofeos Tony y la televisión galardonaba a sus más relevantes programas y artistas de Estados Unidos con los Emy. Sólo faltaba la industria discográfica, que ese año debutó con los Grammy, aunque por entonces ni yo ni ninguno de mis amigos de nuestro barrio en Bauta sabíamos nada de eso. Si acaso habíamos oído hablar alguna que otra vez de los Oscar. Por ejemplo aquel que había ganado Marlon
Brando por “Nido de ratas” unos años atrás.

     Tampoco sabíamos que ese mismo año el cineasta polaco Andrzej Wadja daba los toques finales a lo que sería su obra maestra “Cenizas y diamantes”, la cual tuvo una amplia difusión en la isla durante la década siguiente, por venir de Polonia, un país que pronto se convertiría en amigo de Cuba. Pero para eso faltaba mucho aún. Tenía que pasar todo lo que ocurrió en 1958 en el plano nacional, toda aquella revuelta que llevó a la dictadura batistiana a rendir su rey el último día de aquel año en que yo sentí la gloria de la cintura hacia abajo por vez primera; el día en que me acosté con una mujer por vez primera, aunque en realidad, no fue exactamente así.
     Y, por eso mismo la gente se ríe.

     Yo tenía sólo14 años de edad, pero ya trabajaba. Sólo éramos dos empleados que nos turnábamos desde las siete de la mañana hasta la una de la madrugada del día siguiente por un salario de 25 pesos mensuales, en una vidriera de apuntaciones y ventas de cigarros.

     Al otro empleado le decían El Abogado. Y no sé por qué, pero nunca supe su nombre de pila.Yo también le decía El Abogado. Y fue El Abogado quien escribió la primera línea de este capítulo tan importante para mi existencia. Sería el primer tanto de mi vida sexual, me anotaría mi primera “víctima”.

     Porque de eso se trataba, de buscar una “víctima”, olvidando aquella famosa escena de la película “El pistolero invencible”, en la que un ciego le dice al personaje interpretado por Broderick Crawford: “No te creas que eres el mejor pistolero porque acabas de matar en duelo a ese pobre hombre. Siempre hay alguien mejor que uno”. Es decir que las víctimas pueden intercambiar sus roles, y que un victimario puede convertirse en víctima y viceversa.
Eso mismo me pasó a mí, el día en que fui a buscar a mi primera víctima sexual.


—¿Estás listo, Edgardo? —me preguntó El Abogado, mientras salíamos del teatro de desnudos más famoso de La Habana, el Teatro Shangai, ubicado en pleno corazón del barrio chino de la capital cubana, en la calle Zanja.


     Me habían dejado entrar al show pornográfico porque, a pesar de mis 14 años, era tan alto y flaco como una vara de pinchar gatos y aparentaba ser mayor
de edad.

     Naturalmente la calentura que yo había agarrado mirando aquel desfile de mujeres en trajes de Eva, era incontrolable. Además habían exhibido tres películas pornográficas que me tenían pidiendo el agua por señas. Apenas podía tragar saliva.


—Estoy listo, Abogado, siempre dispuesto —le contesté con bastante dificultad y me metí en el primer bar que encontré para tomar un vaso de cerveza. 

 

—¿Y qué piensas hacer? ¿Dónde vas a ir?

 

—No se, tú eres el que conoces esto por aquí. —Bueno, tomemos algo y vamos a dar una vuelta, pero sin mucho aspaviento porque esto está repleto de policías y gente del SIM, que se llevan preso a cualquiera pensando que son revolucionarios. Pórtate bien, camina con naturalidad, que se vea bien que estás buscando mujeres, sin meter mucho las manos en los bolsillos, porque si te agarra la gente de Masferrer o del coronel Ventura, no haces el cuento, ¿sabes?, aunque no hayas hecho nada. Todo está en que la cojan contigo. Eso basta. Así que tranquilito, como todo un experto.

 

—¡Ah, no jodas! No nos va a pasar nada —le dije desesperado por salir a la cacería—. Dale, vamos. Estábamos en la esquina del teatro Shangai y nos metimos por la primera calle que encontramos a la salida del bar. No había caminado veinte metros cuando mis ojos se centraron en la figura de una diminuta mulata jovencita, de piel muy clara. Era la primera puta que veía aquella noche y ya quería salir corriendo hacia ella.

 

—¡Aguanta, aguanta, Edgardo! ¿Dónde vas, hombre? —Me atajó El Abogado, mientras me agarraba por un brazo—. Esto es con calma, chico. Hay muchas otras mejores que esa. No hemos ni empezado y ya...

 

—Pero está linda cantidad, compadre, mira eso.

  

—Hazme caso. Sigue buscando. De todos modos ella no se va a ir de ahí en toda la noche. Le dimos la vuelta completa a cinco manzanas y retornamos al punto de partida. Pero no se me había quitado de la mente la jovencita de al lado del bar.

 

—Bueno, si tanto te gusta, métele mano —me dijo El Abogado, mientras pedía una cerveza en dos vasos y se dirigía a la vitrola. Seleccionó dos boleros muy populares de Orlando Vallejo y Benny Moré y aquel chachachá de la orquesta Aragón que le dio la vuelta al mundo: “El bodeguero”.

 
     Vale aclarar este detalle y tenerlo bien presente: antes las canciones no duraban tanto como ahora. A lo sumo tres minutos cada una. En el preciso instante en que el ambiente comenzó a llenarse de la voz del Benny en “¿Cómo fue?”, salí disparado en busca de mi víctima. Iba con la mano en el bolsillo apretando fuerte el paquete de tres preservativos que había tomado de la vidriera, para evitar una enfermedad venérea. Llegué al pasillo donde había visto a la sonriente muchacha. ¡Y allí estaba! Por supuesto, más sonriente y solícita aún al ver que yo me dirigía hacia ella.

 

—¿Qué quiere mi papito? —me dijo con toda la satería del mundo, como toda una buena puta conquistadora—. ¿Quieres mi bomboncito?

 

—Lo quiero todo —fue lo único que atiné a decir y me vi arrastrado por ella hasta el fondo del pasillo, donde había una habitación pequeña, con una luz mortecina, sin puertas ni nada. Me pidió el dinero por adelantado y le di los dos pesos que costaba conocer el cielo. Yo no me separaba de ella y la iba toqueteando por todo el camino: el cuello, la cintura, las nalgas, los senos. Y ella se dejaba, y se reía. Cuando llegamos al borde de la cama, se quitó de un tirón todo lo que tenía encima y me dijo, aún de pie: —Soy toda tuya.

 

     Cuando vi un Monte de Venus para mí solito, totalmente para mí, me le tiré encima, sin quitarme la ropa y comencé a besarle los labios, los senos, la apretaba contra mi cuerpo por la cintura y mis manos se perdieron en su entrepierna. De pronto mi virilidad juvenil salió a la intemperie ayudada por la mano experta de la rica mulatica que se movía gozadora y excitante y sin que yo me diera cuenta la penetré y eyaculé casi al mismo tiempo. La cama ni se enteró. Todo ocurrió de pie, en fracciones de segundo. Por eso no puedo decir que aquella fue la primera mujer con la cual me acosté.

 

—O. K. —dijo ella, con la mayor naturalidad del mundo—, ya terminaste. Ha sido un poco rápido todo, pero no te preocupes que eso siempre pasa. ¿Es tu primera vez? —Un “sí” desesperado salió de mis labios mientras yo seguía toqueteándola por todos lados y ella se colocaba encima de nuevo aquel camisón.

 

—Está bueno ya. Si quieres de nuevo, tienes que pagar doble. Entonces caí en la cuenta de que aquéllo había sido todo. Yo no tenía más dinero y me había quedado como si no hubiera empezado. Todo lo que había imaginado en mis largas noches de insomnio, planeando mi primera vez, se había desvanecido. Ni siquiera había atinado a ponerme el preservativo.

 
     Y me fui sin siquiera darme cuenta de que había entrado. Fue un rafagazo, como un sueño.
     Cuando llegué al bar, el El Abogado quedó mudo, sorprendido y miró el reloj: no habían pasado siete minutos desde que yo lo había dejado tomando su vaso de cerveza. Y en la vitrola todavía se escuchaba uno de los tres temas seleccionados por él. Orlando Vallejo entonaba “Hoy comienza en mí una nueva vida...”

 

—¿Cómo fue? —me preguntó completamente asustado—. ¿Pasó algo? ¿Por qué volviste tan pronto? Seguro que no quiso acostarse contigo, la muy puta, al ver que eres casi un niño.

 
     Y me entraron deseos de contestarle con la misma canción del Benny que precedió a mi primera aventura sexual: “¿Cómo fue? No sé decirte cómo fue... no sé explicarte qué pasó...”
     Sencillamente, de victimario pasé a ser víctima. Eso sí, una feliz víctima, porque aquella llamita encendió en mí el deseo de volver a tener mujeres debajo, encima, o al lado mío, lo cual convertí después en una dulce costumbre.

    

Ezequiel Pérez Martín nació en La Habana, Cuba (1944). Periodista, profesor y crítico teatral, cinematográfico y literario. Licenciado en Periodismo por la Universidad de La Habana (1978). Ha trabajado por más de 30 años para diversos órganos de prensa escrita, radial y televisiva en Cuba, Alemania, Angola, Chile, China, Ecuador, la ex Unión Soviética, Nicaragua, Panamá, Venezuela y Estados Unidos. Ha sido docente en cursos regulares y de postgrado en entidades nacionales y extranjeras. Impartió diez cursos de Redacción en la Sociedad Argentina de Escritores (SADE). Entre sus publicaciones se encuentran: prólogos de libros, narrativa, trabajos de investigación literaria y de política exterior en periódicos de Cuba y América Latina. Ha recibido diversos premios y menciones en concursos periodísticos y literarios. En Cuba trabajó como escritor, productor y director para Radio Internacional, Radio Liberación, Radio Reloj, Radio Habana Cuba y para la agencia de noticias Prensa Latina. Residió en Argentina desde febrero de 1995 hasta fines de 2001, donde trabajó como comentarista del programa cultural “Encuentros”, de Radio Nacional (Mendoza, 1995), columnista de temas extranjeros en el programa “De 7 a 9”, de Radio Red 101 FM (Mendoza, 1995), conductor del programa cultural “La Puerta Abierta”, de Radio FM 2 (Mendoza, 1996), columnista de política internacional para el Diario UNO (Mendoza, 1997-1999) y como corrector en la agencia de publicidad EME-EFE (Mendoza, 1995-2001). Desde diciembre de 2001 vive en Estados Unidos, donde trabajó como escritor de noticias para la cadena Telemundo y traductor del inglés al español para la Universidad de Miami. En la actualidad realiza trabajos periodísticos para el sitio web de la Unión Liberal Cubana; las revistas literarias electrónicas Baquiana y El Ateje; la revista Ideal, que se edita en Miami; y como escritor de noticias para la cadena Univisión.