Miami
Estados Unidos
Año VIII

 Nº 45/46

Escríbanos    

 

Publicada por Ediciones Baquiana

Director Ejecutivo

Patricio E. Palacios

Directora de Redacción

Maricel Mayor Marsán

Consejo de Redacción

Dr. Humberto López Cruz

Universidad Central de la Florida en Orlando

 

Dr. René C. Izquierdo

Miami Dade College Recinto de Kendall

 

Profesora Myra Medina

Miami Dade College

Recinto Norte

 

Dr. Gerardo Piña Rosales

Universidad de la Ciudad  de Nueva York (CUNY)

Universidad de Columbia

Nueva York

 

Dra. Alicia E. Vadillo

Universidad Estatal de Nueva York en Oswego

 

Dra. Lidia Versón

Universidad de

Puerto Rico

 Recinto de Río Piedras

 

Asesor Técnico

Luis H. Beltrán

 

Asesor de Arte

Carlos Quevedo

 

 

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Boletín Informativo

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LA SEÑORA TENÍA RAZÓN

por

Liliana Valderrama Blum

 


—Lupe, esta cucharita está sucia, —se queja doña Catalina con ese tono alto y brusco que utiliza siempre que habla con la servidumbre, y la deja caer sobre el plato—.  Un tintineo en espiral rompe el silencio de la casa, y muy a lo lejos, se escucha la voz de Lupe, espetando una excusa. Doña Catalina la imagina con las manos bajo el chorro del agua y haciendo un mohín, maldiciéndola en silencio, mientras friega un sartén de teflón. El rencor social es tan denso a veces, que es difícil entrar a la cocina. Suspira y toma un cigarro de su pitillera de plata, grabada con un David y una inscripción del Caesar’s Palace en la parte inferior. Instintivamente, sin ver, lo enciende con un Zippo pequeño de color aluminio, y cierra los ojos mientras inhala con cierta desesperación, aprisionando con  fuerza el aire dentro por unos segundos.  Se recuerda a sí misma en ese último viaje a Las Vegas: el Anne Klein negro, ceñido a su perfecta silueta, los diamantes de Tiffany en sus delicados lóbulos, el aroma del Obsession sobre su piel, el martini Absolut en su mano de reciente manicure, las risas fáciles, el aire confidente de quien se sabe perfecta, las miradas lascivas que la invitaban…

 

—Ya te dijo el cirujano plástico que el tabaco te provoca más arrugas. Por favor no arruines el último trabajito que te hicieron.

 

—Ay, cállate, eres un viejo cascarrabias. Además, ya sabes que me ayuda a bajar de peso.  —Expulsa una nube de humo y tedio, da un sorbo largo a su café, y arroja a su esposo una de esas miradas doñescas: la ceja derecha en perfecto arco, el ojo correspondiente más abierto y altivo que su contraparte, que a su vez se encoge en un curioso guiño malévolo, arriba de una sonrisa de labios tensos, como si estuviese constipada. Luego echa la barbilla hacia atrás, sacude el cabello y lo reta. Don Rodolfo pretende no recapacitar en el esfuerzo invertido en esa pose.

 

—Es que se te hace tan fácil, Catalina, como no sabes lo que cuestan esas operaciones. Y sí, el cigarro te hace bajar de peso porque te está matando poco a poco.

 

     Ella aplasta la colilla contra el cenicero de cristal cortado, que ya rebosa con cenizas y vestigios de otros momentos como aquél. Lo hace despacio pero con fuerza, como si ella fuera un dios cruel que se regocija en castigar a un hombrecito pecador.

 

—Pues déjame ser. Si me muero, ya no te va a molestar verme fumar. —Doña Catalina apura su café y limpia  sus labios con un movimiento ágil. Un sabor extraño rasga su garganta. Qué raro, si es Folgers. Examina la borra que dibuja un eclipse al fondo de la taza. Debe ser que la bruta de Lupe no enjuaga bien la vajilla. Deja caer la servilleta con suavidad, entorna los ojos y frunce un poco la boca.  Las líneas de expresión se extienden en su rostro como las tiras de una medusa. Su marido se levanta de la mesa, pero ella puede escucharlo murmurar mientras se aleja:

 

—Bruja.

 

* * *

 

—Yo no vuelvo a salir de casa hasta que no tenga de nuevo mi antigua silueta. ¡Primero muerta! Mira nada más qué gorda estoy, no puede ser…

 

     Como al parecer ni las cirugías ni las dietas le proporcionan resultados convincentes, lo más probable es que, en efecto, nunca vuelva a salir, medita don Rodolfo. Se sirve otro vaso de whisky, y mira sin pasión a doña Catalina en cueros, frente al espejo vertical. Ella toma entre los dedos un diminuto pliegue de su abdomen y se queja con amargura de parecer una chancha. Él piensa que aún está bien formada, mejor que muchas mujeres a las que les dobla la edad. Si bien es cierto que esa piel ya no tiene la tersura de antes, sigue siendo atractiva. Don Rodolfo considera decirle lo que piensa, en aras de hacerla sentir mejor, o para hacerla callar por lo menos, pero sabe que ella no le creerá, así que se abstiene; con seguridad lo tomaría como un comentario sarcástico. Aun así, se siente obligado a contestar algo.

 

—Pero Catalina, llevas veinte años sin poner pie fuera. Creo que…

 

—¡Ya lo sé, ya lo sé, ya lo sé! Yo también llevo la cuenta, Rodolfo.

 

—Ése es mi punto. Hoy cumples sesenta años y pienso que deberíamos salir a celebrarlo.

 

—¿Celebrar qué? ¿Qué la mujer con el cuerpo más hermoso y la cara más bella de la ciudad ya no es la que fue? Pues no. Yo no les daré el gusto de verme así.

 

     Él conoce bien la conversación, como si se tratara de un diálogo teatral ensayado ad infinitum: la ha sostenido con su mujer en cada onomástico, desde hace veinte años. En esta parte, le corresponde a él preguntarle que quiénes son “esos” a los que no les daría el gusto de verla. Ella, por respuesta, dirá que se trata de la sociedad, de las malas lenguas, de las víboras que siempre envidiaron su perfecta figura. El siguiente paso será tratar de argumentar que el-qué-dirán no debería ser un factor importante para estar enclaustrada, y que, al final de cuentas, sigue siendo guapa y se conserva bien, considerando la edad y el hecho de haber dado a luz a cinco hijas. Ella, a su vez, tomará esta última parte del diálogo de una pésima manera, y se echará a llorar: es él, él y sólo él quien tiene la culpa de su desgracia; él y su obsesión por reproducirse hasta encontrar el “varoncito”, que al final nunca llegó.  Entonces será el turno de don Rodolfo de alegar que, de cualquier modo, ya ha pagado su error peso a peso, financiando esas cirugías en las que a su esposa le estiran la piel de la cara y le drenan la grasa del vientre. Esos doctores Frankestein de la belleza artificial se hinchan con el dinero de los maridos trabajadores que, como él, están dispuestos a pagar lo que sea con tal de dejar de oír la necia voz de sus mujeres quejándose de sus arrugas y sobrepeso, será su argumento final.

     Esta vez, don Rodolfo piensa que sesenta es un número considerable y decide insistir un poco más, haciéndola rabiar,  por pura diversión.

 

—De todas maneras creo que deberíamos celebrar tu cumpleaños. Podemos ir a cenar, a bailar… Ni te reconocerían, después de tanto tiempo sin verte.

 

—Eres un cínico; gozas haciéndome sufrir.

 

—No, mi vida, te digo todo esto porque me preocupas y quisiera animarte. Creo que salir te ayudaría…

 

—A ti nunca te gustó salir a ningún lado; siempre fuiste un antisocial, un retraído. Pero claro, como estás seguro de que no aceptaré, de que no quiero que nadie me vea, entonces dices que quieres salir, y así quedas como el gran señor comprensivo, el bueno de la historia, y yo como la ogra malvada. ¡Te odio! ¡Te odiooooooo!

 

     Don Rodolfo se tapa los oídos con genuino dolor auditivo y ella lanza a su cónyuge un jarroncito de porcelana china que falla su objetivo por casi un metro.

 

—Pero ya me oíste, primero muerta que dejarlos verme así.

 

     Él mira por la ventana. Su hacienda se extiende más allá de los espléndidos sembradíos de sorgo y de maíz, de los potreros Ryegrass verdes y jugosos, de los cientos de vacas Holstein y Herford que allí pastan: todo su dinero y años de trabajo invertidos. Sería capaz de cambiar todo eso por un poco de tranquilidad.  Clava los ojos en el manzano del jardín que rodea la casa principal. Algunos chanates, lustrosos zapatos de charol y plumas, han estado picoteando las manzanas fermentadas, bajo la base del árbol. Eso resulta obvio, reflexiona don Rodolfo, por la manera en que las aves tropiezan al caminar, o por la forma en que chocan contra el tronco al querer levantar el vuelo. El hombre sonríe levemente, después de terminar su whisky de un trago y evocar un “ah” de satisfacción.

 

—Tienes toda la razón, querida. Voy a respetar tus deseos. Que viva la paz conyugal. No lo volveré a mencionar; discúlpame.

 

* * *

      Guardar silencio es y ha sido siempre, por supuesto, la mejor forma de evitar conflictos, así como para pasar por culto lo más apropiado es no hacer preguntas. Pero a veces iniciar un pleito o responder a una provocativa es una tentación difícil de rechazar. Y lo peor, piensa don Rodolfo, es que ella a veces tiene razón en ciertas cosas, en muchas, en realidad, pero admitirlo en su cara sería tan doloroso como pasar un cálculo renal del tamaño de un limón. Doña Catalina está en lo correcto cuando dice que él es un antisocial. En todos los eventos, a los que por cierto no asiste desde que su mujer decidió recluirse, a él le ha faltado siempre la energía para lidiar con las masas; desde siempre se supo desprovisto de ese talento para vomitar palabras inocuas, impersonales e intrascendentes e intercambiarlas con esos anónimos conocidos o parientes. En las fiestas permanecía en la periferia, masticando bocadillos, mientras descuartizaba a todos con la mirada. Para él eran un tormento los tiempos en que doña Catalina era la reina, el caviar de todos los canapés (sin duda, “el ajonjolí de todos los moles” le resultaría a su esposa algo en extremo vulgar). Era cuando don Rodolfo era obligado a vestir un incómodo traje o esmoquin (según la ocasión) y a sonreír con un gesto abrupto y falso, mientras su mujer besaba en el aire a muchas otras señoras que, como ella, lucían peinados de salón que a él se le figuraban colmenas, vestidos de alta costura y todas las joyas que sus respectivos esposos podían pagar. Desde luego, la suscripción al periódico local era imprescindible —aunque don Rodolfo prefería uno de circulación nacional y así enterarse de verdaderas noticias— para que su mujer pudiera evaluar la apariencia de las otras en comparación suya, amén de examinar con mirada crítica e implacable, cual valuador del Monte de Piedad, la descripción cronística de sus propios atuendos y joyas.

 

* * *

—¿Lupe? ¡Luupeee!

 

—¿Sí, señora?

 

—¿Qué tiene esto?

 

—Calabacitas, elotes, jitomate, cebolla, ajo, epazote y...

 

—¿Tú lo hiciste?

 

—Yo corté las calabazas, desgrané los elotes y molí el jitomate y la cebolla. El resto lo hizo don Rodolfo. Ya ve cómo le gusta meterse.

 

—¿Cómo dices, Lupe?

 

—A cocinar, señora, a cocinar. Usted lo conoce retebién, como siempre quiere preparar cosas, hacerla de cocinero.

 

—Sí, sí, de un tiempo para acá. Y mira, si se metiera a la cocina a buscarte las faldas, no me importaría mucho. Más bien te compadecería.

 

—Ummmfff. —La muchacha hace un gesto con la boca que la hace parecer un cerdo buscando trufas.

 

—¿Qué?

 

—Nada, señora.

 

—¿Dónde compraste las verduras?

 

—En el mercado, señora.

 

—Te ordené que le pidieras a Efrén que te llevara a comprar el mandado a Sam’s. Para eso te saqué tarjeta, Lupe. Allí están mejor las verduras. Son im-por-ta-das y or-gá-ni-cas. Estas que trajiste deben de estar llenas de pesticidas.

 

—Es que se me hizo más fácil ir al mercado. Está más cerquita.

 

—Pues aquí tienes, esto sabe horrible. ¿Preparaste otra cosa?

 

—No, es que el señor mandó traer pizza de Domino’s. De pepperoni y carne molida. Me dijo que ya no cocinara. Pero ya no ha de tardar.

 

—Ash, claro, pura grasa. Lo hace a propósito. Ése lo que quiere es verme engordar para que ya no le guste a nadie más. ¿Qué no sabe que estoy a dieta?

 

—Sí sabe, pero dice que no todos tenemos que ponernos a dieta cuando usté quiere bajar de peso.

 

—Cállate, Lupe. Tú no entiendes. Te has vuelto muy contestona. Ándale, tráeme una copita de Cianti. Y fíjate bien que esté limpia la copa.

La muchacha desaparece con un giro de talones, que hace que el moño rosado de su delantal aleteé como una mariposa. Doña Catalina aprieta su nariz y mete con rapidez cucharadas del guiso a su boca, como en su infancia, intentando no paladear el sabor de las verduras.  Lupe deposita el vino tinto frente a su patrona, y ésta lo bebe de un trago.  La frescura oscura apacigua las dudas de su paladar.

 

* * *

 

     El suave trepidar de los cristales en la ventana hace que don Rodolfo levante la vista de su libro y medite sobre la última frase que leyó: “Uno nunca sabe qué tenebrosos pozos de perversidad esconde en el fondo de su alma”. Cuando ya sus ojos están cerrados con un cierto dejo de dulzura, el resplandor de un rayo y su respectivo estruendo lo alejan  de sus cavilaciones de anciano, en las que aparenta dormir, pero en realidad, piensa. Y es que ahora hasta conciliar el sueño le parece una tarea difícil. La hazaña no la logra ni siquiera en su reposet de cuero claro, avellanada, con una taza de chocolate caliente y una buena y predecible novela policíaca; tampoco con la lluvia que susurra afuera, mientras él se cobija bajo una manta suave de estampado escocés. A pesar de este insomnio que lo agobia con insistencia, don Rodolfo consigue aparentar una paz interior total, al cerrar los ojos y subir las comisuras de sus labios, en una sonrisa falsa, pero francamente genuina. Ese gesto tiene la particularidad de siempre, sin falla, enervar a su esposa, quien, en turno, se pasea por la sala, de punta a punta, dando vuelta en las esquinas, con la cara llena de amargura. Pero esta vez  se deja caer en el sofá junto a él y suspira con algo que a él se le antoja dolor y fastidio. Intenta ignorarla y toma la parte del periódico que trae el crucigrama y la sopa de letras. Pero la habitación es demasiado pequeña para los dos, una garganta que se cierra, doña Catalina la causante de esa alergia mental: su presencia en el sillón de junto lo perturba. Entonces decide aguijonearla un poco, para ver si eso la anima a desaparecer de su vista.

 

—Mira Catalina, yo soy feliz sentado aquí, junto a la ventana, viendo llover, con mis libros y mis crucigramas…

 

—Con tus cosas aburridas de viejo, dirás. Mira, otro libro del tipo este Pérez Reverte. ¿No te aburres de leer lo mismo, lo mismo, lo mismo?, —dice doña Catalina con el tono de una niña chípil, mientras avienta el libro sobre la alfombra. El separador de cuero se libera de las hojas que marcaba. Don Rodolfo suspira hondo.

 

—Como tú gustes llamarlas. Y no, no es el mismo libro de la otra vez; es del mismo autor, eso sí. Pero te estaba diciendo: tú no eres así. Tú perteneces allá afuera, en las fiestas, en los bailes, en los conciertos, en las tertulias, en todo lo social.  No tienes por qué apolillarte aquí conmigo.

 

—¿Qué? ¿Te molesta que esté aquí? Pues déjame informarte que ésta es también mi casa, Rodolfo.

 

—No, no me molesta, mi calabacita dulce, al contrario, me fascina tu presencia aquí, sobre todo cuando trato de leer, pero es que andas como alma en pena por toda la casa, como un león enjaulado, como…

 

—Por favor, me mareas con tus lugares comunes. Sé bueno y ahórrame una jaqueca y déjate de idioteces. Mira que me enfermas…

 

—Ah, mi vida, tan dulce como siempre. Ayúdame pues con una palabra. ¿Hogar de las abejas?

 

—Panal. Rodolfo, de verdad me siento mal. Deben ser las estúpidas pláticas que tenemos, o una gastritis, o algo así,  —dice la mujer, apretando su vientre con las manos, ligeramente encorvada y con un gesto que resalta todas sus arrugas en un par de minúsculos abanicos parietales.

 

—No dudo que te sientas muy mal, querida. Es una lástima que no te permitas salir; podrías ir a ver al médico, sabes.

 

—No, no es nada. Sólo necesito descansar un poco, dejar de hacer corajes y tomarme una aspirina.

 

—También podríamos llamar al doctor.

 

—No, ya te dije que no, Rodolfo. Siempre chismea con sus otras pacientes. Les contaría que estoy hecha una vieja, les diría hasta cuánto peso…

 

—Ay mujer, preferirías morir antes que admitir que ya tienes achaques propios de tu edad.

 

—Sabes que prefiero morir antes que me vean ahora que mi figura no es perfecta… tú, Rodolfo, tú no puedes entenderme…, —solloza doña Catalina.

 

—Tienes razón, musita él y sigue resolviendo el crucigrama.

 

* * *

 

     De cerca, los muertos tienen un olor a encerrado, como el de las monjas de claustro, que huelen a conchas y caracoles húmedos. Doña Catalina, en cambio, despide un delicado aroma, como de almendras. Pero ninguna de sus cinco hijas ni don Rodolfo han consentido en una autopsia. Es algo que no se hace en las buenas familias. Es imposible obviar, cierto, las últimas horas de la agonizante mujer, con gritos que rasgaban los oídos como las garras del gato a los sillones de la sala. Pero nada ameritó el levantamiento de dudas, o de una ceja siquiera. Ya se veía venir, pobre Catalina, ya estaba grande.  Hay poca gente en el entierro. Los buitres de la familia han decidido que sólo la muerte de don Rodolfo ameritaría el largo viaje. Por ahora, sólo los más allegados conocidos y la servidumbre presentan sus oscuras condolencias.

     Lupe (quien estaba de visita en su pueblo, pero se hizo presente apenas fue enterada de la noticia) se inclina sobre el féretro de madera lustrosa y contempla a la que otrora fue su patrona. A doña Catalina la han maquillado con discreto gusto, su cabello hecho con tal perfección, y su cuerpo dentro de un Channel rosado de dos piezas, que parece una Jackie Kennedy-Onassis entrada en exquisitos años. Irónicamente, en las últimas semanas perdió muchos kilos. Es, con seguridad, la muerta más guapa que se ha visto en los últimos años. Las hijas participaron arduamente en todos los preparativos, con el mismo entusiasmo y diligencia que muestran para cualquier otro evento, como las bodas o los bautizos.

 

—Ay, doña Catita (una lágrima pequeña, algo reseca, comienza a resbalar por el cachete moreno de la criada) está usté tan flaquita que ya hubiera podido volver a salir.

 

—“Primero muerta”, ¿te acuerdas de su cantaleta de siempre? —El aliento de Don Rodolfo se cuela por el oído de Lupe, como una larva con intenciones de aposentarse dentro, y hace que ella gire la cabeza con repugnancia.

 

—Sí, señor.

 

—Qué cosas, ¿no? Era tan testaruda que al final hasta tuvo razón en lo que decía, —musita mientras desliza su mano por la amplia cadera de Lupe.


Liliana Balderrama Blum nació en Durango, México (1974). Narradora, ensayista y profesora. Graduada con una Maestría en Educación en ITESM, Universidad Virtual (2002), una Licenciatura en Literatura Comparada en la Universidad de Kansas (1996), Diplomada en Filosofía de la Literatura del Instituto de Estudios Superiores de Tamaulipas (2003), en Ensayo en el Instituto de Estudios Superiores de Tamaulipas (2001), de Crítica de Literatura Mexicana en el Instituto de Estudios Superiores de Tamaulipas (2000) y en Creación Literaria de la Universidad del Noreste de México (1998). Ha trabajado como asistente de conducción y lectora de cuentos en “El viaje del unicornio”, programa infantil de Radio Querétaro. Ha publicado sus cuentos en diferentes revistas como: Revista Síntoma (Tamaulipas, México), Reflexiones, revista virtual del Sistema ITESM: Monterrey, en Ficticia: ciudad de cuentos (www.ficticia.com)  y en Letralia, tierra de letras (www.letralia.com), entre otras. Ha publicado: La maldición de Eva, cuentos, Editorial Voces de Barlovento: Tampico (2002), “Unos huevos con tocino”, cuento, en la Antología del XV Concurso de Creación Literaria del Sistema ITESM: Recinto Hidalgo (2001), “Dos cuentos del otro lado de la línea”, cuento, en la Antología del XIV Concurso de Creación Literaria del Sistema ITESM: Recinto Sonora Norte (1999) y “Sobre plenitud” y “Sobre los inquilinos de su ‘yo’ “, ensayos, en Oleajes: antología de ensayos. Blum, Liliana V. [et al.] Universidad del Noreste-Consejo Estatal para la Cultura y las Artes de Tamaulipas: Tampico, México (1998).