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—Lupe, esta
cucharita está sucia, —se queja doña Catalina con ese tono alto y
brusco que utiliza siempre que habla con la servidumbre, y la deja
caer sobre el plato—. Un tintineo en
espiral rompe el silencio de la casa, y muy a lo lejos, se escucha
la voz de Lupe, espetando una excusa. Doña Catalina la imagina con
las manos bajo el chorro del agua y haciendo un mohín, maldiciéndola
en silencio, mientras friega un sartén de teflón. El rencor social
es tan denso a veces, que es difícil entrar a la cocina. Suspira y
toma un cigarro de su pitillera de plata, grabada con un David y una
inscripción del Caesar’s Palace en la parte inferior.
Instintivamente, sin ver, lo enciende con un Zippo pequeño de color
aluminio, y cierra los ojos mientras inhala con cierta desesperación,
aprisionando con fuerza el aire dentro por unos segundos. Se
recuerda a sí misma en ese último viaje a Las Vegas: el Anne Klein
negro, ceñido a su perfecta silueta, los diamantes de Tiffany en sus
delicados lóbulos, el aroma del Obsession sobre su piel, el martini
Absolut en su mano de reciente manicure, las risas fáciles, el aire
confidente de quien se sabe perfecta, las miradas lascivas que la
invitaban…
—Ya te dijo el
cirujano plástico que el tabaco te provoca más arrugas. Por favor no
arruines el último trabajito que te hicieron.
—Ay, cállate,
eres un viejo cascarrabias. Además, ya sabes que me ayuda a bajar de
peso. —Expulsa una nube de humo y tedio, da un sorbo largo a su
café, y arroja a su esposo una de esas miradas doñescas: la ceja
derecha en perfecto arco, el ojo correspondiente más abierto y
altivo que su contraparte, que a su vez se encoge en un curioso
guiño malévolo, arriba de una sonrisa de labios tensos, como si
estuviese constipada. Luego echa la barbilla hacia atrás, sacude el
cabello y lo reta. Don Rodolfo pretende no recapacitar en el
esfuerzo invertido en esa pose.
—Es que se te
hace tan fácil, Catalina, como no sabes lo que cuestan esas
operaciones. Y sí, el cigarro te hace bajar de peso porque te está
matando poco a poco.
Ella aplasta la colilla contra el cenicero de
cristal cortado, que ya rebosa con cenizas y vestigios de otros
momentos como aquél. Lo hace despacio pero con fuerza, como si ella
fuera un dios cruel que se regocija en castigar a un hombrecito
pecador.
—Pues déjame ser.
Si me muero, ya no te va a molestar verme fumar. —Doña Catalina
apura su café y limpia sus labios con un movimiento ágil. Un sabor
extraño rasga su garganta. Qué raro, si es Folgers. Examina la borra
que dibuja un eclipse al fondo de la taza. Debe ser que la bruta de
Lupe no enjuaga bien la vajilla. Deja caer la servilleta con
suavidad, entorna los ojos y frunce un poco la boca. Las líneas de
expresión se extienden en su rostro como las tiras de una medusa. Su
marido se levanta de la mesa, pero ella puede escucharlo murmurar
mientras se aleja:
—Bruja.
* * *
—Yo no vuelvo a
salir de casa hasta que no tenga de nuevo mi antigua silueta. ¡Primero
muerta! Mira nada más qué gorda estoy, no puede ser…
Como al parecer ni las cirugías ni las dietas
le proporcionan resultados convincentes, lo más probable es que, en
efecto, nunca vuelva a salir, medita don Rodolfo. Se sirve otro vaso
de whisky, y mira sin pasión a doña Catalina en cueros, frente al
espejo vertical. Ella toma entre los dedos un diminuto pliegue de su
abdomen y se queja con amargura de parecer una chancha. Él piensa
que aún está bien formada, mejor que muchas mujeres a las que les
dobla la edad. Si bien es cierto que esa piel ya no tiene la tersura
de antes, sigue siendo atractiva. Don Rodolfo considera decirle lo
que piensa, en aras de hacerla sentir mejor, o para hacerla callar
por lo menos, pero sabe que ella no le creerá, así que se abstiene;
con seguridad lo tomaría como un comentario sarcástico. Aun así, se
siente obligado a contestar algo.
—Pero Catalina,
llevas veinte años sin poner pie fuera. Creo que…
—¡Ya lo sé, ya lo
sé, ya lo sé! Yo también llevo la cuenta, Rodolfo.
—Ése es mi punto.
Hoy cumples sesenta años y pienso que deberíamos salir a celebrarlo.
—¿Celebrar qué? ¿Qué
la mujer con el cuerpo más hermoso y la cara más bella de la ciudad
ya no es la que fue? Pues no. Yo no les daré el gusto de verme así.
Él conoce bien la conversación, como si se
tratara de un diálogo teatral ensayado ad infinitum: la ha sostenido
con su mujer en cada onomástico, desde hace veinte años. En esta
parte, le corresponde a él preguntarle que quiénes son “esos” a los
que no les daría el gusto de verla. Ella, por respuesta, dirá que se
trata de la sociedad, de las malas lenguas, de las víboras que
siempre envidiaron su perfecta figura. El siguiente paso será tratar
de argumentar que el-qué-dirán no debería ser un factor importante
para estar enclaustrada, y que, al final de cuentas, sigue siendo
guapa y se conserva bien, considerando la edad y el hecho de haber
dado a luz a cinco hijas. Ella, a su vez, tomará esta última parte
del diálogo de una pésima manera, y se echará a llorar: es él, él y
sólo él quien tiene la culpa de su desgracia; él y su obsesión por
reproducirse hasta encontrar el “varoncito”, que al final nunca
llegó. Entonces será el turno de don Rodolfo de alegar que, de
cualquier modo, ya ha pagado su error peso a peso, financiando esas
cirugías en las que a su esposa le estiran la piel de la cara y le
drenan la grasa del vientre. Esos doctores Frankestein de la belleza
artificial se hinchan con el dinero de los maridos trabajadores que,
como él, están dispuestos a pagar lo que sea con tal de dejar de oír
la necia voz de sus mujeres quejándose de sus arrugas y sobrepeso,
será su argumento final.
Esta vez, don Rodolfo piensa que sesenta es un
número considerable y decide insistir un poco más, haciéndola rabiar,
por pura diversión.
—De todas maneras
creo que deberíamos celebrar tu cumpleaños.
Podemos ir a cenar, a bailar…
Ni te reconocerían, después de tanto tiempo sin
verte.
—Eres un cínico;
gozas haciéndome sufrir.
—No, mi vida, te
digo todo esto porque me preocupas y quisiera animarte. Creo que
salir te ayudaría…
—A ti nunca te
gustó salir a ningún lado; siempre fuiste un antisocial, un retraído.
Pero claro, como estás seguro de que no aceptaré, de que no quiero
que nadie me vea, entonces dices que quieres salir, y así quedas
como el gran señor comprensivo, el bueno de la historia, y yo como
la ogra malvada. ¡Te odio! ¡Te odiooooooo!
Don Rodolfo se tapa los oídos con genuino dolor
auditivo y ella lanza a su cónyuge un jarroncito de porcelana china
que falla su objetivo por casi un metro.
—Pero ya me oíste,
primero muerta que dejarlos verme así.
Él mira por la ventana. Su hacienda se extiende
más allá de los espléndidos sembradíos de sorgo y de maíz, de los
potreros Ryegrass verdes y jugosos, de los cientos de vacas Holstein
y Herford que allí pastan: todo su dinero y años de trabajo
invertidos. Sería capaz de cambiar todo eso por un poco de
tranquilidad. Clava los ojos en el manzano del jardín que rodea la
casa principal. Algunos chanates, lustrosos zapatos de charol y
plumas, han estado picoteando las manzanas fermentadas, bajo la base
del árbol. Eso resulta obvio, reflexiona don Rodolfo, por la manera
en que las aves tropiezan al caminar, o por la forma en que chocan
contra el tronco al querer levantar el vuelo. El hombre sonríe
levemente, después de terminar su whisky de un trago y evocar un
“ah” de satisfacción.
—Tienes toda la
razón, querida. Voy a respetar tus deseos. Que viva la paz conyugal.
No lo volveré a mencionar; discúlpame.
* * *
Guardar silencio es y ha sido siempre, por
supuesto, la mejor forma de evitar conflictos, así como para pasar
por culto lo más apropiado es no hacer preguntas. Pero a veces
iniciar un pleito o responder a una provocativa es una tentación
difícil de rechazar. Y lo peor, piensa don Rodolfo, es que ella a
veces tiene razón en ciertas cosas, en muchas, en realidad, pero
admitirlo en su cara sería tan doloroso como pasar un cálculo renal
del tamaño de un limón. Doña Catalina está en lo correcto cuando
dice que él es un antisocial. En todos los eventos, a los que por
cierto no asiste desde que su mujer decidió recluirse, a él le ha
faltado siempre la energía para lidiar con las masas; desde siempre
se supo desprovisto de ese talento para vomitar palabras inocuas,
impersonales e intrascendentes e intercambiarlas con esos anónimos
conocidos o parientes. En las fiestas permanecía en la periferia,
masticando bocadillos, mientras descuartizaba a todos con la mirada.
Para él eran un tormento los tiempos en que doña Catalina era la
reina, el caviar de todos los canapés (sin duda, “el ajonjolí de
todos los moles” le resultaría a su esposa algo en extremo vulgar).
Era cuando don Rodolfo era obligado a vestir un incómodo traje o
esmoquin (según la ocasión) y a sonreír con un gesto abrupto y falso,
mientras su mujer besaba en el aire a muchas otras señoras que, como
ella, lucían peinados de salón que a él se le figuraban colmenas,
vestidos de alta costura y todas las joyas que sus respectivos
esposos podían pagar. Desde luego, la suscripción al periódico local
era imprescindible —aunque don Rodolfo prefería uno de circulación
nacional y así enterarse de verdaderas noticias— para que su mujer
pudiera evaluar la apariencia de las otras en comparación suya, amén
de examinar con mirada crítica e implacable, cual valuador del Monte
de Piedad, la descripción cronística de sus propios atuendos y joyas.
* * *
—¿Lupe? ¡Luupeee!
—¿Sí, señora?
—¿Qué tiene esto?
—Calabacitas,
elotes, jitomate, cebolla, ajo, epazote y...
—¿Tú lo hiciste?
—Yo corté las
calabazas, desgrané los elotes y molí el jitomate y la cebolla. El
resto lo hizo don Rodolfo. Ya ve cómo le gusta meterse.
—¿Cómo dices,
Lupe?
—A cocinar,
señora, a cocinar. Usted lo conoce retebién, como siempre quiere
preparar cosas, hacerla de cocinero.
—Sí, sí, de un
tiempo para acá. Y mira, si se metiera a la cocina a buscarte las
faldas, no me importaría mucho. Más bien te compadecería.
—Ummmfff. —La
muchacha hace un gesto con la boca que la hace parecer un cerdo
buscando trufas.
—¿Qué?
—Nada, señora.
—¿Dónde compraste
las verduras?
—En el mercado,
señora.
—Te ordené que le
pidieras a Efrén que te llevara a comprar el mandado a Sam’s. Para
eso te saqué tarjeta, Lupe. Allí están mejor las verduras. Son
im-por-ta-das y or-gá-ni-cas. Estas que trajiste deben de estar
llenas de pesticidas.
—Es que se me
hizo más fácil ir al mercado. Está más cerquita.
—Pues aquí tienes,
esto sabe horrible. ¿Preparaste otra cosa?
—No, es que el
señor mandó traer pizza de Domino’s. De pepperoni y carne molida. Me
dijo que ya no cocinara. Pero ya no ha de tardar.
—Ash, claro, pura
grasa. Lo hace a propósito. Ése lo que quiere es verme engordar para
que ya no le guste a nadie más. ¿Qué no sabe que estoy a dieta?
—Sí sabe, pero
dice que no todos tenemos que ponernos a dieta cuando usté quiere
bajar de peso.
—Cállate, Lupe.
Tú no entiendes. Te has vuelto muy contestona. Ándale, tráeme una
copita de Cianti. Y fíjate bien que esté limpia la copa.
La muchacha
desaparece con un giro de talones, que hace que el moño rosado de su
delantal aleteé como una mariposa. Doña Catalina aprieta su nariz y
mete con rapidez cucharadas del guiso a su boca, como en su infancia,
intentando no paladear el sabor de las verduras. Lupe deposita el
vino tinto frente a su patrona, y ésta lo bebe de un trago. La
frescura oscura apacigua las dudas de su paladar.
* * *
El suave
trepidar de los cristales en la ventana hace que don Rodolfo levante
la vista de su libro y medite sobre la última frase que leyó: “Uno
nunca sabe qué tenebrosos pozos de perversidad esconde en el fondo
de su alma”. Cuando ya sus ojos están cerrados con un cierto dejo de
dulzura, el resplandor de un rayo y su respectivo estruendo lo
alejan de sus cavilaciones de anciano, en las que aparenta dormir,
pero en realidad, piensa. Y es que ahora hasta conciliar el sueño le
parece una tarea difícil. La hazaña no la logra ni siquiera en su
reposet de cuero claro, avellanada, con una taza de chocolate
caliente y una buena y predecible novela policíaca; tampoco con la
lluvia que susurra afuera, mientras él se cobija bajo una manta
suave de estampado escocés. A pesar de este insomnio que lo agobia
con insistencia, don Rodolfo consigue aparentar una paz interior
total, al cerrar los ojos y subir las comisuras de sus labios, en
una sonrisa falsa, pero francamente genuina. Ese gesto tiene la
particularidad de siempre, sin falla, enervar a su esposa, quien, en
turno, se pasea por la sala, de punta a punta, dando vuelta en las
esquinas, con la cara llena de amargura. Pero esta vez se deja caer
en el sofá junto a él y suspira con algo que a él se le antoja dolor
y fastidio. Intenta ignorarla y toma la parte del periódico que trae
el crucigrama y la sopa de letras. Pero la habitación es demasiado
pequeña para los dos, una garganta que se cierra, doña Catalina la
causante de esa alergia mental: su presencia en el sillón de junto
lo perturba. Entonces decide aguijonearla un poco, para ver si eso
la anima a desaparecer de su vista.
—Mira Catalina,
yo soy feliz sentado aquí, junto a la ventana, viendo llover, con
mis libros y mis crucigramas…
—Con tus cosas
aburridas de viejo, dirás. Mira, otro libro del tipo este Pérez
Reverte. ¿No te aburres de leer lo mismo, lo mismo, lo mismo?, —dice
doña Catalina con el tono de una niña chípil, mientras avienta el
libro sobre la alfombra. El separador de cuero se libera de las
hojas que marcaba. Don Rodolfo suspira hondo.
—Como tú gustes
llamarlas. Y no, no es el mismo libro de la otra vez; es del mismo
autor, eso sí. Pero te estaba diciendo: tú no eres así. Tú
perteneces allá afuera, en las fiestas, en los bailes, en los
conciertos, en las tertulias, en todo lo social. No tienes por qué
apolillarte aquí conmigo.
—¿Qué? ¿Te
molesta que esté aquí? Pues déjame informarte que ésta es también mi
casa, Rodolfo.
—No, no me
molesta, mi calabacita dulce, al contrario, me fascina tu presencia
aquí, sobre todo cuando trato de leer, pero es que andas como alma
en pena por toda la casa, como un león enjaulado, como…
—Por favor, me
mareas con tus lugares comunes. Sé bueno y ahórrame una jaqueca y
déjate de idioteces. Mira que me enfermas…
—Ah, mi vida, tan
dulce como siempre. Ayúdame pues con una palabra. ¿Hogar de las
abejas?
—Panal. Rodolfo,
de verdad me siento mal. Deben ser las estúpidas pláticas que
tenemos, o una gastritis, o algo así, —dice la mujer, apretando su
vientre con las manos, ligeramente encorvada y con un gesto que
resalta todas sus arrugas en un par de minúsculos abanicos
parietales.
—No dudo que te
sientas muy mal, querida. Es una lástima que no te permitas salir;
podrías ir a ver al médico, sabes.
—No, no es nada.
Sólo necesito descansar un poco, dejar de hacer corajes y tomarme
una aspirina.
—También
podríamos llamar al doctor.
—No, ya te dije
que no, Rodolfo. Siempre chismea con sus otras pacientes. Les
contaría que estoy hecha una vieja, les diría hasta cuánto peso…
—Ay mujer,
preferirías morir antes que admitir que ya tienes achaques propios
de tu edad.
—Sabes que
prefiero morir antes que me vean ahora que mi figura no es perfecta…
tú, Rodolfo, tú no puedes entenderme…, —solloza doña Catalina.
—Tienes razón,
musita él y sigue resolviendo el crucigrama.
* * *
De cerca,
los muertos tienen un olor a encerrado, como el de las monjas de
claustro, que huelen a conchas y caracoles húmedos. Doña Catalina,
en cambio, despide un delicado aroma, como de almendras. Pero
ninguna de sus cinco hijas ni don Rodolfo han consentido en una
autopsia. Es algo que no se hace en las buenas familias. Es
imposible obviar, cierto, las últimas horas de la agonizante mujer,
con gritos que rasgaban los oídos como las garras del gato a los
sillones de la sala. Pero nada ameritó el levantamiento de dudas, o
de una ceja siquiera. Ya se veía venir, pobre Catalina, ya estaba
grande. Hay poca gente en el entierro. Los buitres de la familia
han decidido que sólo la muerte de don Rodolfo ameritaría el largo
viaje. Por ahora, sólo los más allegados conocidos y la servidumbre
presentan sus oscuras condolencias.
Lupe (quien
estaba de visita en su pueblo, pero se hizo presente apenas fue
enterada de la noticia) se inclina sobre el féretro de madera
lustrosa y contempla a la que otrora fue su patrona. A doña Catalina
la han maquillado con discreto gusto, su cabello hecho con tal
perfección, y su cuerpo dentro de un Channel rosado de dos piezas,
que parece una Jackie Kennedy-Onassis entrada en exquisitos años.
Irónicamente, en las últimas semanas perdió muchos kilos. Es, con
seguridad, la muerta más guapa que se ha visto en los últimos años.
Las hijas participaron arduamente en todos los preparativos, con el
mismo entusiasmo y diligencia que muestran para cualquier otro
evento, como las bodas o los bautizos.
—Ay, doña Catita
(una lágrima pequeña, algo reseca, comienza a resbalar por el
cachete moreno de la criada) está usté tan flaquita que ya hubiera
podido volver a salir.
—“Primero muerta”,
¿te acuerdas de su cantaleta de siempre? —El aliento de Don Rodolfo
se cuela por el oído de Lupe, como una larva con intenciones de
aposentarse dentro, y hace que ella gire la cabeza con repugnancia.
—Sí, señor.
—Qué cosas, ¿no?
Era tan testaruda que al final hasta tuvo razón en lo que decía, —musita
mientras desliza su mano por la amplia cadera de Lupe. |