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Embaucador,
cínico, mentiroso, un vil liante que enreda y malmete a todos los que
le rodean en su propio beneficio… podría ser el perfil de algún
psicópata –y, en cierto modo, lo es– pero no se trata de un enfermo
sino de los rasgos que definen a uno de los personajes de ficción que
mejor ha representado la esencia de la conducta criminal: la
encarnación del mal. Son los calificativos que descubren toda la
maldad de Yago, el oficial de “Otelo”.
Las malas intenciones de este
personaje quedan patentes en las primeras escenas cuando se muestra
ofendido porque Otelo no le ha ofrecido el puesto de teniente a él,
sino al florentino Casio, y exclama: “(...) Al moro despiértalo,
acósalo, envenena su placer, denúncialo en las calles, ponlo a mal con
los parientes de ella y, si vive en un mundo delicioso, inféstalo de
moscas, si grande es su dicha, inventa ocasiones de amargársela”.
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El resto de
la historia es de sobra conocida:
En
apariencia, Yago es uno de los oficiales más leales del General
Otelo –un moro de noble estirpe que trabaja al servicio del Dux de
Venecia– pero, en realidad, le odia y envidia “como el peor
suplicio del infierno” y sólo persigue vengarse de él logrando su
propio beneficio.
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La boda secreta
entre el moro y Desdémona, hija de un influyente senador veneciano con
quien se ha casado sin el consentimiento de su suegro, es el inicio de
este vertiginoso drama en el que Yago irá envolviendo, en su red de
intencionadas mentiras, a su propia esposa, Emilia; a Roderigo, un
compañero de armas; a Casio, el recién ascendido teniente; a Brabantio,
el padre de Desdémona y a “ese vagabundo moro y la veneciana
astuta; por mil artes y con la ayuda del mismo lucifer”.
Gracias a un
descuido, Yago logrará que un simple pañuelo prenda en el corazón de
Otelo la sinrazón de los celos; ese “monstruo de obscenos ojos”.
El desenlace será imparable y dramático porque “el moro ya acusó el
efecto de mi veneno. No lo hay peor ni más fulminante que las palabras
sutiles, inofensivas en principio al paladar pero mortales cuando
llegan a la sangre”.
En el mundo del
teatro, nadie ha descrito el convulso estado de ánimo de unos
personajes con la maestría de William Shakespeare (1564/1616). A
diferencia de otros autores, sus protagonistas son seres humanos que
sienten y padecen como cualquier espectador; por eso tuvo tanto éxito
entre el público, porque en sus obras, ni los malos están llenos de
defectos ni los buenos son un deshecho de virtudes; son personajes
complejos pero reales y tan creíbles que incluso han perdurado con el
paso de los años como auténticos arquetipos de la duda, en el caso de
Hamlet y su famoso “ser o no ser”, o del amor, con Romeo y
Julieta. En este sentido, Otelo será, para siempre, el paradigma
trágico de los celos; de igual forma que Yago, o Lady MacBeth, se
identificarán con la maldad humana.
La envidia y el
resentimiento de este oficial son capaces de detonar una gran tragedia
apoyándose en la inseguridad de Otelo: un moro que vive en Venecia –es
decir, un extranjero con miedo a sentirse rechazado– y que aun tiene
que justificar sus méritos para demostrar que está a la altura de su
joven esposa.
El alma de
Otelo es noble, violenta, solitaria y apasionada pero caerá
irremediablemente en la telaraña que Yago irá tejiendo a su alrededor
y que culminará con la escena del pañuelo, cuando el malvado oficial
siembre la duda en el corazón del moro y logre convencerlo de que su
mujer lo engaña con Casio. A partir de ese momento, Otelo se hundirá
en una espiral irreflexiva e incontrolable que sólo terminará cuando
estrangule a Desdémona y sea consciente de que ha sido utilizado por
la carroña de Yago.
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Los celos que
sufre Otelo son un sentimiento humano tan natural como pueden serlo la
ira o la alegría; pero esa conducta se enrarece por culpa de las
sospechas y mentiras del infame Yago. Es entonces cuando sus celos se
convierten en un trastorno patológico que distorsiona la realidad,
volviéndole desconfiado y suspicaz; un ser angustiado que espía y
acusa, tratando de demostrar la supuesta infidelidad de su esposa y
malinterpretando cualquier detalle; en este caso, las adulaciones de
Casio o la inconsciente actitud de su mujer defendiendo al teniente,
que sólo sirven para confirmar sus temores y convertir su amor en odio
y el odio en crimen.
Es el llamado
“Síndrome de Otelo”, un buen ejemplo de la paranoia conyugal que, por
desgracia, cuatrocientos años después de que Shakespeare escribiera
este drama todavía se “representa” en demasiados hogares por culpa de
la violencia de género. Un problema que, aunque siempre ha estado
presente en nuestra sociedad, en los últimos años, ha alcanzado una
indudable trascendencia jurídica, social y mediática.
Hasta 1871 no
se dictó la primera sentencia que reconocía a una mujer derechos
civiles y políticos iguales que su cónyuge y sólo en enero de 2006, en
tan sólo un mes, murió una mujer en España cada tres días a manos se
su propio “Otelo”. Con esos datos, resulta más sencillo comprender la
plena vigencia de esta obra cuatro siglos después de su primera
representación.
Lamentablemente, el manuscrito original de esta vertiginosa pieza
teatral no se ha conservado, como es habitual con la producción
literaria de Shakespeare. El texto que ha llegado hasta nosotros es la
edición que se imprimió en 1622 a partir de una copia utilizada en las
representaciones.
Según los
historiadores, el maestro de Stratford-upon-Avon debió escribirla en
los últimos meses de 1604 tomando como base argumental un pequeño
cuento de Giovanni Battista Giraldo publicado a finales del siglo XV
en la colección “Los Hecatómitos”. A partir de aquel
argumento, Shakespeare concibió una de sus mejores tragedias –“Othello.
The Moor of Venis”– para su compañía de teatro, “Los hombres del
Rey”, que fue estrenada el 1 de noviembre de 1604 en la sala de
banquetes de White Hall, en presencia de Jacobo I de Inglaterra. Dos
siglos más tarde, dos músicos italianos volverían a dar vida a
aquellos personajes en sendas óperas del mismo título: “Otello”,
una de Gioacchino Rossini, estrenada en 1816, y otra de Giuseppe
Verdi, de 1889. Con esta última versión, el autor de “La
Traviata” o “Aída” volvió a componer después de 16 años de
silencio musical. El resultado fue tan pobre que Lord Byron, que por
aquel entonces estaba de viaje por Italia, se preguntó: “¿Poner
música al “Othello” de nuestro Shakespeare? ¿Cómo puede haber alguien
capaz de semejante insensatez?”.
El cine, como no podría ser de otro modo,
también ha realizado diversas versiones de este clásico entre las que
destacan las películas de Orson Welles, de 1952, y la del
“shakespiriano” Kenneth Branagh, de 1995.
Aunque ahora ya
conoce el desenlace de esta tragedia, le invito a leerla y dejarse
atrapar por una de las acciones más trepidantes de la literatura
universal, donde el instigador de este drama es, probablemente, uno de
los personajes más perversos de las bellas artes. Como dijo Concepción
Arenal en su obra “Cartas a los
delincuentes” (publicada en 1894): “El
que proyecta un crimen, y busca cómplices, y los halla, y los seduce,
y los adiestra, y los lanza donde él no tiene valor para ir, es débil”.
Si
el tema de los celos ha despertado su curiosidad por el lado oscuro
del amor también puede encontrarlo reflejado en “El príncipe
destronado” de Delibes, “El celoso extremeño” de Cervantes
o “Fortunata y Jacinta” de Pérez Galdós.
Fotografías de Consuelo
Arnal Ansón
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