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Desde la poesía con
aspiraciones universales, sus experimentos lingüísticos, hasta la voz
crítica y auto crítica, hasta la plural esencialidad de lo cotidiano
con definido perfil heterogéneo, la poesía venezolana de los últimos
treinta años viene definida por la indefinición.
Para la
década en la cual yo nazco los grupos literarios –como Sardio o Tabla
Redonda– se enfrentaban a una nación bajo el espejismo de las
utopías, las crisis sociales y una incipiente guerrilla, y desplegaban su
proyecto cultural universalista en diversas publicaciones culturales.
Una visión que viene signada por la intromisión de una nueva temática,
un nuevo espacio o tan siquiera un nuevo escenario: la ciudad. Y donde
la naturaleza, parece ser únicamente aquella que es posible en los
parques o plazas. Pero con el sentido de lenta observación de épocas
anteriores:
Yo que no he tenido nunca un oficio
que ante todo competidor me he
sentido débil
que perdí los mejores títulos para la
vida
que apenas llego a un sitio ya quiero
irme (creyendo que mudarme es una solución)
que he sido negado anticipadamente y
escarnecido por los más aptos
que me arrimo a las paredes para no
caer del todo
que soy objeto de risa para mí mismo
que creí que mi padre era eterno
que he sido humillado por profesores
de literatura
que un día pregunté en qué podía
ayudar y la respuesta fue una risotada
que no podré nunca formar un hogar,
ni ser brillante, ni triunfar en la vida
que he sido abandonado por muchas
personas porque casi no hablo
que tengo vergüenza por actos que no
he cometido
que poco me ha faltado para echar a
correr por la calle
que he perdido un centro que nunca
tuve
que me he vuelto el hazmerreír de
mucha gente por vivir en el limbo
que no encontraré nunca quién me
soporte
que fui preterido en aras de personas
más miserables que yo
que seguiré toda la vida así y que el
año entrante seré muchas veces más
burlado en mi ridícula ambición
que estoy cansado de recibir consejos
de otros más aletargados que yo
("Ud. es muy quedado, avíspese, despierte")
que nunca podré viajar a la India
que he recibido favores sin dar nada
a cambio
que ando por la ciudad de un lado a
otro como una pluma
que me dejo llevar por los otros
que no tengo personalidad ni quiero
tenerla
que todo el día tapo mi rebelión
que no me he ido a las guerrillas
que no he hecho nada por mi pueblo
que no soy de las FALN y me desespero
por todas esas cosas y por otras
cuya enumeración sería interminable;
que no puedo salir de mi prisión
que he sido dado de baja en todas
partes por inútil
que en realidad no he podido casarme
ni ir a París ni tener un día sereno
que me niego a reconocer los hechos
que siempre babeo sobre mi historia
que soy imbécil y más que imbécil de
nacimiento
que perdí el hilo del discurso que se
ejecutaba en mí y no he podido encontrarlo
que no lloro cuando siento deseos de
hacerlo
que llego tarde a todo
que he sido arruinado por tantas
marchas y contramarchas
que ansío la inmovilidad perfecta y
la prisa impecable
que no soy lo que soy ni lo que no
soy
que a pesar de todo tengo un orgullo
satánico
aunque a ciertas horas haya sido
humilde hasta igualarme a las piedras
que he vivido quince años en el mismo
círculo
que me creí predestinado para algo
fuera de lo común y nada he logrado
que nunca usaré corbata
que no encuentro mi cuerpo
que he percibido por relámpagos mi
falsedad y no he podido derribarme, barrer
todo y crear de mi indolencia, mi flotación, mi extravío una frescura
nueva,
y obstinadamente me suicido al alcance de la mano
me levantaré del suelo más ridículo
todavía para seguir burlándome de los otros
y de mí hasta el día del juicio final.
(Derrota,
Rafael Cadenas)
Y es
que la ciudad es desde hace más de tres décadas el eje central de toda
revolución o tradición venezolana. Lo que comenzó la década anterior
como un proceso migratorio del campo a las ciudades, se vió reflejado
en la creación literaria de la nación.
Padres o
dinosaurios
Alfredo Silva Estrada, Rafael Cadenas, Ramón Palomares, Francisco
Pérez Perdomo, Juan Calzadilla, Guillermo Sucre, Ludovico Silva o
Gustavo Pereira, y más adelante Eugenio Montejo, Luis Alberto Crespo,
José Berroeta, William Osuna, entre otros, son las grandes voces que
tendrán como destino erigirse como emblemas de lo mejor, lo
poéticamente correcto y lo más substancial de nuestra lírica.
Hablan
poco los árboles, se sabe.
Pasan la vida entera meditando
y moviendo sus ramas.
Basta mirarlos en otoño
cuando se juntan en los parques:
sólo conversan los más viejos,
los que reparten las nubes y los pájaros,
pero su voz se pierde entre las hojas
y muy poco nos llega, casi nada.
Es difícil llenar un breve libro
con pensamientos de árboles.
Todo en ellos es vago, fragmentario.
Hoy, por ejemplo, al escuchar el grito
de un tordo negro, ya en camino a casa,
grito final de quien no aguarda otro verano,
comprendí que en un su voz hablaba un árbol,
uno de tantos,
pero no sé qué hacer con ese grito,
no sé cómo anotarlo.
(Los
árboles, Eugenio Montejo)
El
ritmo y el mundo particular, el tema político y social, la
irreverencia y la polémica, el tono conversacional y cierto
coloquialismo en el lenguaje, son las características esenciales de
esta primera poesía “moderna”, con esto intento diferenciar “moderno”
de “vanguardista”, poesía que había tenido sus mejores exponentes en
la década del cuarenta.
Este grupo de poetas que han sido llamados por la historia para
erigirse como “Padres”, o inevitables referentes de los grupos
posteriores, bajo el signo de la democracia alcanzada, donde becas,
bolsas de trabajo y grandes editoriales –como es el caso de las
todavía existentes MonteAvila y Fundarte– vienen a reforzar el empuje
que publicaciones periódicas, premios y talleres literarios ofrecen.
Padres de la brevedad, estos poetas revindican o casi vindican el
valor comunicativo de la poesía –comunicativo que no expresivo– para
afectar el trabajo de los grupos posteriores como Tráfico y Guaire,
donde la presencia de la ciudad será aún mayor.
Los talleres
literarios
A finales de los setenta y a lo largo de los años
ochenta el poeta buscará más en su interior, lo cual impulsará una
posterior heterogeneidad, algo que las experiencias en los talleres
literarios como Calicanto o el de instituciones como el Celarg
o la Ucab, entre otras universidades, impulsó, reflejándose en el
surgimiento de grupos como Tráfico, Guaire y con
posterioridad Eclepsidra.
Como en el foro
romano en estas reuniones
hay bostezos y
diálogos con el vecino,
largas
intervenciones sobre nudos domésticos.
Como en
cualquier ejercicio de la democracia
en estas
reuniones se requiere de paciencia:
pormenorizadas
historias
sobre la
conducta impropia del conserje,
alegatos a favor
de un techo para los automóviles,
imposición de
horarios al pianista del 4-A,
urgencias de
rejas y alarmas en la planta baja,
indicaciones
sobre la colocación de la basura
y otras razones
de estado que llevan
varias horas de
voces y votos para sancionarse.
Como en
cualquier congreso, en estas reuniones
las señoras
cuidan de sus uñas y buscan
junto a sus
maridos al culpable:
es sabido que
las comunidades
viven de sus
víctimas.
(Junta de
Condominio, Rafael Árraiz Lucca)
Como ya dijimos, y como parte de la herencia de
los grupos anteriores, estos años serán los de la conversacionalidad,
la economía del lenguaje y cierta “claridad” expresiva. Bajo la guía
de los talleres, donde la voz y la estética particular se vería
impulsada con la seguridad que da la distancia de las peñas y la vida
bohemía, que pueden desequilibrar el necesario contrapeso entre
conceptos y emociones, y donde la necesaria indagación interior obliga
a la necesaria auto-revisión.
Pero a lo largo de su desarrollo y del justo
proceso de independencia de la limitaciones de la creación en grupo,
veremos la dilatada transición entre el verso corto y el largo, entre
el poema breve casi aforístico y el poema de mayor extensión.
Intertextualidad, interculturalidad, precisión, equilibrio,
cotidianidad y emoción, son parte de una visión del mundo actual,
fragmentario y acelerado.
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