Miami
Estados Unidos
Año IV

 Nº 23/24

Escríbanos    

 

Publicada por Ediciones Baquiana

Director Ejecutivo

Patricio E. Palacios

Directora de Redacción

Maricel Mayor Marsán

Asesores Técnicos

Daniel Berdeguer

Luis H. Beltran

Asesor de Arte

Carlos Quevedo

 


 

EL SEXO DE LOS ÁNGELES

por

Pascual García

 

     Tenía la piel de cera y sus manos eran largas y sin vida como los objetos que llenaban la casa y recogían el polvo de las horas. Eran manos detenidas en una edad en la que aún les cabía el consuelo  y la esperanza. Alfredo miraba aquellas manos y sentía frío. El invierno azotaba la ventana con macetas y el fragor de la tarde disolvía el silencio de la casa. Ni siquiera sabe cocinar, ni cuenta historias divertidas ni toca el piano.” 

     Esperanza sintió una punzada en el pecho e hizo un gesto de dolor que el hombre, sentado frente a ella, no supo descifrar. Las mujeres sufrían desmayos y vagidos sin causa, experimentaban mareos y desvanecimientos en los que él nunca había reparado, porque no los tenía en cuenta, como si no fuesen reales o perteneciesen al repertorio de una farsa femenina. En las mujeres la enfermedad era siempre secreta, pero no poseía razones de peso, o al menos el anciano médico de la familia no había sabido encontrarlas.

     D. Lucas le auscultó el pecho y observó el color de sus ojos, y luego le recetó un reconstituyente y paseos por el campo.

     Le recomiendo paciencia, amigo Alfredo. Le había dicho mientras se dejaba acompañar hasta la puerta de la casa. La extrema delicadeza de su esposa se curará con el tiempo y con el hábito del matrimonio. Tengan ustedes hijos, háganme caso, y disfrutarán de la vida. A ella va a sentarle bien y a usted lo hará feliz.

     En aquella ocasión Alfredo no había encontrado las palabras y se había limitado a asentir mientras despedía a D. Lucas y le agradecía, una vez más, su visita. En realidad no le extrañaba el diagnóstico del médico. Las mujeres enfermaban sin previo aviso, y eran siempre pequeñeces, cosa de los nervios o trastornos del espíritu, que no obedecían a razones de peso.

     Esperanza y Alfredo llevaban cinco años de casados, y nadie habría dicho que el paso del tiempo y la rutina hubiesen modificado en algo su convivencia. Habían sido hechos el uno para el otro, y ambos poseían esa cualidad angélica de los que no conocen el mal ni obran jamás por su interés. Es verdad que en muy contadas ocasiones manifestaban públicamente su cariño y que apenas nadie los había visto besarse o tocarse delante de los otros, como hubiese parecido corriente a cualquiera en una pareja de enamorados. Esperanza y Alfredo consumían sus horas el uno al lado del otro, cada cual enfrascado en una tarea diferente, pero unidos los dos en la voluntad de formar una pareja sólida, bendecida por la gracia del amor y agradable a la vista de todos. Alfredo leía el periódico y Esperanza tejía interminables prendas de abrigo para las amigas o para los hijos de las amigas. El la veía hacer en el sosiego de las tardes de octubre y se imaginaba que así tenía que ser el mundo: el barrunto de la lluvia en el cielo y una mujer tejiendo prendas de niño, y el tiempo detenido al otro lado de la ventana.

     No llegó nada ni nadie que tuviese el poder de modificar la costumbre de la monotonía compartida, el tránsito apacible de los días y la desazón nocturna, el bullicio de la sangre y la sorpresa desasosegante del deseo. Esperanza tejía y cuidaba de Alfredo con mimo, esperaba la vuelta de su esposo cada tarde sentada junto a la ventana con flores, y en su rostro la tersura de la piel adolescente era todavía nácar y cristal, inmutable el ademán y suspendido el rictus de la boca en un amago de sonrisa permanente.

     Pero Alfredo y Esperanza se amaban con la torpeza primeriza de los recién llegados, y era todo ternura e inocencia, incluso en la noche, cuando el hombre la aguardaba desnudo en el lecho, envuelto en las sábanas de raso que ella misma había bordado en una juventud distante de la que apenas recordaba el aroma de unas flores mustias y el color del cielo en el otoño con el presagio permanente de la lluvia. Esperanza vestía su camisón de encaje cada noche mientras se acicalaba frente al espejo del cuarto de baño y daba un repaso minucioso a la firmeza de su piel bajo los ojos y en el cuello.

     El tiempo no la tocaba, y ella podía olvidarse de los años como si nada en ellos le concerniese. Ese desprecio la mantenía erguida y joven, ajena a la erosión común y al hastío de los otros. Tampoco Alfredo envejecía. Excepto el pelo que iba raleando en su frente como un signo fugaz de mudanza, nada evidenciaba el peso de la edad. Hechos al bien y a la dulzura, los esposos afrontaban el porvenir con optimismo y una notable disposición de ánimo. Seguramente habían decidido que ya poseían todo cuanto una persona puede aspirar en la vida. Vivían con desahogo y tenían el respeto de sus vecinos y la comodidad de una casa amplia y luminosa. El futuro no podía inquietarlos y el presente parecía un regalo del cielo.

    Pero los años fueron sucediéndose con obstinación, y Alfredo y Esperanza ni siquiera atendían al paso de las estaciones, como si el frío, la lluvia y el calor de agosto no fuesen con ellos, protegidos de la intemperie y de todo mal que pudiese venirles de fuera. Eran ambos un ejemplo inalterable del amor y estaban poseídos de la serenidad y de la sabiduría que otorga la certidumbre de la gracia, aunque ni Alfredo ni Esperanza creyeran en las palabras que daban nombre a aquello, porque para el misterio no había una palabra segura y, sobre todo, ninguno de ellos la hubiese necesitado.                  

     Entonces, una noche de abril, Esperanza le dijo a Alfredo:

     Sé que murmuran a nuestras espaldas, porque pasan los años y no vienen los hijos, como todos desearían.

     El hombre levantó la vista del libro y encendió un cigarrillo. Contempló a su esposa como si estuviera viendo a una mujer diferente, una mujer de otra época.

     ¿Quiénes? Preguntó con cautela. ¿Quiénes desean que tengamos hijos?

     Era la última hora de la tarde y hasta la sala donde se hallaba el matrimonio entraba la luz cenicienta de un atardecer desganado. Alfredo pensó que la noche los cogería de improviso en cualquier momento. “Podemos prescindir de todos y, sin embargo, tendremos que aceptar la noche y la incertidumbre como se acepta un castigo”.

     Esperanza se deslizó entre las sábanas heladas y tocó el cuerpo de Alfredo con sus manos de mármol. Con dulzura y eficacia se abrazó a la espalda del hombre y notó la calma que vaticina el sueño en sus músculos. “Quieren que tengamos hijos, y están preocupados. Eso es todo lo que pasa realmente”. Rezó sus oraciones con parsimonia mientras oía la voz de Alfredo en la memoria reciente de la noche, y sentía que alguien estaba decidiendo a sus espaldas su propio futuro, que alguien elegía la tristeza o la decepción para ella, e incluía al hombre. “Pasan los años y no vienen los hijos”, se dijo en el último minuto de la vigilia.

     Durante meses se olvidaron de los hijos que los otros deseaban para ellos. Esperanza recordaba a veces las palabras que había pronunciado delante de Alfredo y le costaba trabajo comprender su sentido, porque no eran palabras habituales en el espacio donde se movía y le eran extrañas. Alfredo reparaba en la mujer y presentía el enigma disuelto en su rostro recién inaugurado. “Es ella, se decía, pero está en algún lugar del mundo y no lo sabe”.

     En ocasiones hacían el amor. El hombre notaba el cuerpo frío de ella, y después un estremecimiento de complicidad, y, al final, un espasmo ahogado, como un suspiro, pero ni siquiera la miraba a la cara, y todo sucedía en lo oscuro, cuerpos anónimos en un mar sin tiempo, cuerpos obligados al amor, las manos cruzadas y tendidos en un lecho húmedo. Esperanza y Alfredo se dormían, cada cual en su espacio de la cama, en silencio, doblegados por la fatiga del día.    

     A la mañana siguiente ambos recuperaban aquel estado de placidez inamovible, la sonrisa constante y la inocencia sagrada de los que ignoran los secretos del mundo, y eran de nuevo Alfredo y Esperanza, sentados el uno junto al otro, mientras bebían su zumo de todas las mañanas y preparaban el café y las tostadas y la fruta con la entrega con que lo preparaban todo, sumidos en la fe inquebrantable de los objetos, y dispuestos a afrontar los afanes del nuevo día.

     Cuando el hombre se marchaba al trabajo, Esperanza recorría la casa a la búsqueda de un error escondido en algún lugar remoto. Las faenas domésticas apenas le ocupaban un par de horas, y después se sentaba junto a la ventana o en el porche y observaba los árboles creciendo y mudos. La luz del día entraba en la casa y caldeaba las habitaciones. “Una casa como ésta debe ser un nido perfecto. En una casa así podemos tener hijos y podemos ser felices, pese a todo.” Bostezaba en el porche y hojeaba las revistas de moda, desocupada y, sin embargo, triste.

     Comían junto a la ventana en un silencio cómplice, aunque ninguno de los dos recelaba lo más mínimo del otro, convencidos de que el amor los había unido para siempre y de que nada en el mundo podría destruirles su fortuna. No había, entonces, ni un pequeño margen para la suspicacia o el resentimiento. Los sucesos infaustos sucedían en otra parte y no les concernían a ellos. Esperanza suspiraba, pero Alfredo suponía que no había razón para alarmarse y que las mujeres sufrían en silencio por cualquier nimiedad. “Llevan el mundo sobre los hombros y entre las piernas, como si el mundo fuera únicamente de ellas”. Esperanza cortaba la carne con delicada cautela femenina, y Alfredo la veía comer y le embargaba la incómoda sensación de que en cualquier momento le pediría cuentas acerca del embarazo con la seguridad de que sólo al hombre le correspondía la decisión última. “Quién sabe. Hasta puede ser divertido. Esta casa empieza a no oler bien, y Esperanza está sola todo el día”.

     Si tenemos un varón, le pondremos el nombre de mi padre decía de pronto–.

     Esperanza sonreía embobada y asentía sin ganas, consciente de que las palabras de su esposo no contenían en realidad una proposición firme. Acaso porque en los últimos días las había oído demasiadas veces, y ya no le producían efecto alguno. Había descubierto que el hombre hablaba, en ocasiones, para esconder lo que en el fondo quería decir y que en esos momentos sólo él creía en sus palabras. Le daba pena, entonces, contemplar el gesto de desasimiento con el que Alfredo daba a entender que la culpa no siempre era suya, desvalido como un niño. “Verdaderamente es un ángel”, se decía Esperanza.

     Se repetían las noches y los ademanes vacíos, y Alfredo y Esperanza ignoraban el mal, ensimismados y vueltos sobre su certidumbre, lleno cada uno de ellos del otro y de su propia imagen en el otro. Eran dos pero se imaginaban una multitud en mitad del desierto bajo un cielo de escándalo. Alfredo consideraba que una idea así sólo podía concebirse en el paraíso, y Esperanza necesitaba una fe cualquiera, aunque no estuviese llena de razones o de caricias. “Creo en el hombre que me quiere todos los días del año, pensaba, creo en sus palabras y en sus besos como si fuesen los primeros besos de mi vida”.

     Luego, cuando se marchaban al trabajo, había un espacio muerto que nadie les tenía en cuenta, aunque los viesen paseando por la calle cogidos de la mano y provistos de la gracia que los demás envidiaban en secreto. Eran jóvenes y gozaban del tiempo sin prisas, detenidos en el amor de los gestos y en las palabras ardientes. El mundo les pertenecía, en parte, y, en cambio, no necesitaban de nadie para saberse juntos y distintos, demorados en el prodigio de su propio fervor.

     Estuvieron por un tiempo de viaje y, cuando regresaron, tenían la piel bronceada y contaban historias de lugares remotos, sorprendidos y voraces. Nadie halló un motivo suficiente para temer por ellos, porque no ofrecían la impresión de haber perdido nada, antes bien, cualquiera hubiese vislumbrado la nueva luz que emanaba de sus ojos recientes sin sospechar que el viaje les había otorgado la dolorosa certidumbre de que estaban solos en el mundo.

     Alguna noche, tumbados en la cama, Esperanza había tenido la sospecha de que ni siquiera el hombre la comprendía del todo. En su condición de recién casada sólo se podía permitir el pensamiento de su propia fertilidad, no porque su vida necesitase de una excusa sino porque todos, incluido su esposo, estarían pensando cada día en ese mismo argumento. Entonces se levantaba y abría el balcón de su dormitorio y veía las luces de la noche como una advertencia y sentía frío. Alguna vez Alfredo la había sorprendido sentada en el balcón y con las piernas al aire. “Es ella la que tiene el secreto, y ni siquiera yo puedo hacer nada”.

     No cura el tiempo todas las heridas. Alfredo y Esperanza postergan el dilema de la maternidad, se entretienen con los viajes y la lectura, acuden al cine y a los museos y se reúnen con amigos. A pesar de los años, ninguno de ellos ha modificado su obsesión original, tal vez porque ni en su vida ni en su matrimonio ha habido cambio alguno. Ignoran el mundo de los otros, de los que tienen hijos con frecuencia y cambian de coche y alquilan cada vez un apartamento más grande junto al mar. En su vida sólo están ellos, porque sus padres envejecieron forzosamente y han muerto todos, pero aun así, se sienten como una familia al completo, reunida en torno a la mesa y dispuesta a sobrevivir por encima de cualquier contratiempo.

     Ahora Esperanza plancha por la noche y se acuesta más tarde que Alfredo. Rara vez coinciden en la cama desde el primer minuto. Alfredo abre un libro y lee hasta que se duerme como rendido a la evidencia de su soledad. De madrugada Esperanza sube de puntillas hasta el dormitorio, abre con sigilo la puerta y se desnuda en la oscuridad antes de meterse en la cama. Junto al hombre se está bien. El calor de su cuerpo la conforta, aunque se encuentra cansada y no siente otra cosa más que sueño.

     Los viernes por la noche hacen el amor. No han previsto ellos la rutina. Llenan el vacío del fin de semana con el placer del reencuentro, aunque ya nada es novedoso, porque saben qué van a encontrar al otro lado de la noche, qué mano se aferrará a su talle y qué boca les besará el vientre sorprendido. No siempre es igual la noche, en ocasiones el hombre juega con las manos de Esperanza y le besa el cabello perfumado. Son el uno encima del otro como dos ángeles inventando un amor imposible, pero no encuentran el camino y la tristeza culmina la noche.

      Alfredo prepara el desayuno de su esposa y se lo sube hasta la alcoba. En la bandeja ha puesto el zumo, tostadas con aceite de oliva y el café con leche. Luego ha cortado una rosa, y mientras deposita la bandeja en la cama, se la ha entregado con un beso. Alfredo experimenta la sensación de que todo está bien de ese modo, de que todo es tal y como él lo había imaginado. La mujer, en cambio, advierte la malicia de una costumbre que la molesta, no porque le perturbe la monotonía, sino porque le defrauda la mediocridad en la que está viviendo con Alfredo, mientras cada noche sueña con países exóticos y personajes de novela, con salones y música y paisajes distintos. Si el hombre lo supiera, diría que su esposa tiene pájaros en la cabeza, que no aprecia lo que posee y que cuando lo pierda se arrepentirá. “Las mujeres codician lo que no está al alcance de su mano y desprecian las comodidades y el privilegio que se les concede”.

     Esperanza está, nadie lo duda, enferma. Tiene el color pálido y sus manos languidecen en los brazos del sofá. Ni siquiera le es agradable sujetar un libro de versos, como venía siendo su costumbre cada noche hasta el día de hoy. Come sin apetito y no ha parado de suspirar en toda la tarde. Alfredo vigila sus síntomas con interés, como si de repente la mujer hubiese entrado en el ámbito personal del dolor. “Amamos cuando nos duele lo que podríamos perder”, se dice. En realidad ha descubierto que el terror de la ausencia es mayor que las caricias de que disfruta ahora, y que la nostalgia es un sentimiento agrio y despreciable. Por lo demás, su único cometido es acompañar a Esperanza en el tránsito cotidiano, en la complicidad de los días y en el respeto de las noches, y creer con ella en el futuro, que ha de ser, sin duda alguna, venturoso.

     Mientras el hombre se lava los dientes en el aseo, Esperanza se observa en el espejo del dormitorio, semidesnuda, atenta a los signos de la edad, envuelta en la penumbra y sorprendida de verse en el espejo de su cuarto en una imagen inédita. Por un minuto supone que no está sola, que la mujer del espejo la acompaña esta noche y que ambas se meterán en la cama con Alfredo. Escruta sus pechos y el vientre, la piel de sus piernas y el cabello como un torrente sobre sus hombros. Nota una punzada de extravío en algún lugar inconcreto de su cuerpo y, de improviso, experimenta la sensación de estar dentro de otra persona, de habitar la piel de una mujer que no es ella. “Quiero tener un hijo y no acabo de encontrarme en ningún lado”.

     Desde el cuarto de baño el hombre percibe el desasosiego de Esperanza, la oye desnudarse y la ve reflejada en la distancia del espejo con la actitud de una actriz entregada al fingimiento. Está sola, pero hay una multitud entre la mujer y el deseo de Alfredo, no es la sombra de un fantasma, es el miedo, la pureza y el temor a manchar la noche, que está hecha de luz y de concordia, aunque ninguno de los dos sepa el modo exacto de llegar al otro, el camino que los conducirá al otro lado de su propia vida.

     Cuando el hombre toca el talle de Esperanza se produce el milagro del tiempo suspendido en algún lugar de la noche, y su boca no besa el cuello de la mujer a la búsqueda de un alivio remoto, sino que es la boca de Alfredo la que ha tomado la decisión de besar el cuello de Esperanza, mientras las manos del hombre la despojan del vestido y le sueltan el pelo que cae en la espalda como un signo de abundancia. Están solos y están desnudos, y no piensan en el futuro ni reparan en los recelos ni desconfían el uno del otro. Un cuerpo echado junto a otro cuerpo es una aventura de la oscuridad. Conducidos por el instinto y, sobre todo, por el deseo, las manos, los labios y los muslos se unen en la excelencia del amor. Alfredo besa los pechos de Esperanza y abre su sexo y entra en ella como en la turbulencia del invierno, y todo es fuego y agua y hecatombe.

     Al otro día Esperanza se despierta con un malestar agudo y con fiebre alta. El hombre avisa al médico, y D. Lucas llega a media mañana, portando su maletín de piel negro. Ausculta a la enferma y extiende unas recetas mientras conversa con Alfredo.

     Alfredo piensa que las palabras del médico no pueden enseñarle nada porque son palabras de un hombre acostumbrado al sufrimiento y a la maldad. Alfredo cree en la inocencia de su esposa, convencido de que todos los padecimientos que tiene no son nada contra la virtud de Esperanza. “Mañana estará mejor, y todo esto será una pesadilla”.

     Por la noche el hombre abraza a su esposa en la cama y escucha el pálpito de su pecho con la esperanza de que será capaz de adivinar el mal que la aqueja y de curarla al fin. “Sea lo que fuere, no tendrá poder contra nosotros y no la dañará a ella que es inocente de toda culpa y no conoce otra verdad que la nuestra”.  El sueño eclipsa el rostro de la mujer y Alfredo considera que en el sueño Esperanza está a salvo de la vida, lejos del mundo e inmersa en la ternura del olvido.

     Alguna vez el hombre recuerda que en una edad no muy lejana deseó que la mujer se quedara embarazada. Entonces, acaso, había soñado con tener un hijo, no como una posesión del espíritu, sino como una victoria sobre la mediocridad y sobre el paso del tiempo. Hoy nada de eso tiene ya importancia, porque ni siquiera el tiempo posee el poder de malograr la pequeña porción de vida que aún ostenta sin soberbia, con la satisfacción de quien ha visto cumplido su destino.

     A Esperanza el paso de los años la ha llenado de una luz insólita, y sus ojos han ganado en viveza y en profundidad. Cualquiera que la viera ahora, diría que es una mujer con una existencia óptima, llena de experiencia y satisfecha de sí misma. Ella guarda, sin embargo, en algún recodo de su memoria sentimental un pequeño espacio lóbrego de donde surgen con frecuencia las sombras de un dilema que todavía no ha resuelto del todo.

     Los esposos han acudido en los últimos cinco años a especialistas de renombre, a curanderos y a echadoras de cartas; han atendido todos los consejos de las viejas matronas y han seguido sus instrucciones al pie de la letra, pero Esperanza no ha logrado quedarse embarazada, y Alfredo ha ido perdiendo la fe paulatinamente en el camino, con la actitud resignada de quien admite una derrota irremediable.

     Ahora, por las noches, los esposos atienden a los programas de la televisión mientras cenan y en la madrugada Alfredo destapa una botella de vino tinto y llena dos copas. Sentados en el sofá el hombre y la mujer se miran a los ojos mientras apuran el vino. No tienen nada que celebrar, pero están juntos y la ocasión les parece perfecta para regocijarse por esta buena nueva que viene siendo una costumbre, cogidos de la mano y llenos el uno del otro, ajenos a la malicia de la calle y al frío de febrero que azota sin piedad la casa que los acoge y los protege. Están solos en el mundo, dichosos de sentirse unidos para siempre, aunque ignoren qué va a depararles el día de mañana, qué les tiene reservado el futuro. 

     Esperanza se desnuda en el dormitorio y el hombre la aguarda tumbado en el lecho. Oye el ruido de la fiesta en la calle, los gorjeos lejanos de un grupo de jóvenes, la intemperie del invierno que no termina. Entonces repara en su esposa y experimenta la extraña sensación de un descubrimiento repentino. Otra mujer se observa en el espejo de la coqueta, el rostro pálido y las manos sin vida. Lleva los ojos enrojecidos y el cabello rubio y lacio descansa en sus hombros como un cendal de oro.

     Está llorando.

 

Pascual García Nació en Moratalla, España (1962). Es profesor de Lengua y Literatura Española. Ha participado en las siguientes antologías: Cuentos de verano (Murcia, 1997), De literatura murciana actual (Murcia, 1998) y 20 voces nuestras (Murcia, 1998). Ha obtenido premios en diversos certámenes literarios. Ha publicado: El intruso, libro de cuentos que escribió con una Beca del Ministerio de Cultura (1995), Fábula del tiempo, su primer libro de poemas (1999),  y su libro de cuentos Todos los días amor, que mereció una Mención Honorífica en el certamen “Libro murciano del año 1999”. En la actualidad ejerce funciones de crítico literario en el diario La Verdad de Murcia.