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Tenía la piel de
cera y sus manos eran largas y sin vida como los objetos que
llenaban la casa y recogían el polvo de las horas. Eran manos
detenidas en una edad en la que aún les cabía el consuelo y la
esperanza. Alfredo miraba aquellas manos y sentía frío. El invierno
azotaba la ventana con macetas y el fragor de la tarde disolvía el
silencio de la casa.
“Ni
siquiera sabe cocinar, ni cuenta historias divertidas ni toca el
piano.”
Esperanza
sintió una punzada en el pecho e hizo un gesto de dolor que el
hombre, sentado frente a ella, no supo descifrar. Las mujeres
sufrían desmayos y vagidos sin causa, experimentaban mareos y
desvanecimientos en los que él nunca había reparado, porque no los
tenía en cuenta, como si no fuesen reales o perteneciesen al
repertorio de una farsa femenina. En las mujeres la enfermedad era
siempre secreta, pero no poseía razones de peso, o al menos el
anciano médico de la familia no había sabido encontrarlas.
D. Lucas le
auscultó el pecho y observó el color de sus ojos, y luego le recetó
un reconstituyente y paseos por el campo.
–
Le recomiendo paciencia, amigo Alfredo.
–Le
había dicho mientras se dejaba acompañar hasta la puerta de la casa–.
La extrema delicadeza de su esposa se curará con el tiempo y con el
hábito del matrimonio. Tengan ustedes hijos, háganme caso, y
disfrutarán de la vida. A ella va a sentarle bien y a usted lo hará
feliz.
En aquella
ocasión Alfredo no había encontrado las palabras y se había limitado
a asentir mientras despedía a D. Lucas y le agradecía, una vez más,
su visita. En realidad no le extrañaba el diagnóstico del médico.
Las mujeres enfermaban sin previo aviso, y eran siempre pequeñeces,
cosa de los nervios o trastornos del espíritu, que no obedecían a
razones de peso.
Esperanza y
Alfredo llevaban cinco años de casados, y nadie habría dicho que el
paso del tiempo y la rutina hubiesen modificado en algo su
convivencia. Habían sido hechos el uno para el otro, y ambos poseían
esa cualidad angélica de los que no conocen el mal ni obran jamás
por su interés. Es verdad que en muy contadas ocasiones manifestaban
públicamente su cariño y que apenas nadie los había visto besarse o
tocarse delante de los otros, como hubiese parecido corriente a
cualquiera en una pareja de enamorados. Esperanza y Alfredo
consumían sus horas el uno al lado del otro, cada cual enfrascado en
una tarea diferente, pero unidos los dos en la voluntad de formar
una pareja sólida, bendecida por la gracia del amor y agradable a la
vista de todos. Alfredo leía el periódico y Esperanza tejía
interminables prendas de abrigo para las amigas o para los hijos de
las amigas. El la veía hacer en el sosiego de las tardes de octubre
y se imaginaba que así tenía que ser el mundo: el barrunto de la
lluvia en el cielo y una mujer tejiendo prendas de niño, y el tiempo
detenido al otro lado de la ventana.
No llegó nada
ni nadie que tuviese el poder de modificar la costumbre de la
monotonía compartida, el tránsito apacible de los días y la desazón
nocturna, el bullicio de la sangre y la sorpresa desasosegante del
deseo. Esperanza tejía y cuidaba de Alfredo con mimo, esperaba la
vuelta de su esposo cada tarde sentada junto a la ventana con
flores, y en su rostro la tersura de la piel adolescente era todavía
nácar y cristal, inmutable el ademán y suspendido el rictus de la
boca en un amago de sonrisa permanente.
Pero Alfredo y
Esperanza se amaban con la torpeza primeriza de los recién llegados,
y era todo ternura e inocencia, incluso en la noche, cuando el
hombre la aguardaba desnudo en el lecho, envuelto en las sábanas de
raso que ella misma había bordado en una juventud distante de la que
apenas recordaba el aroma de unas flores mustias y el color del
cielo en el otoño con el presagio permanente de la lluvia. Esperanza
vestía su camisón de encaje cada noche mientras se acicalaba frente
al espejo del cuarto de baño y daba un repaso minucioso a la firmeza
de su piel bajo los ojos y en el cuello.
El tiempo no
la tocaba, y ella podía olvidarse de los años como si nada en ellos
le concerniese. Ese desprecio la mantenía erguida y joven, ajena a
la erosión común y al hastío de los otros. Tampoco Alfredo
envejecía. Excepto el pelo que iba raleando en su frente como un
signo fugaz de mudanza, nada evidenciaba el peso de la edad. Hechos
al bien y a la dulzura, los esposos afrontaban el porvenir con
optimismo y una notable disposición de ánimo. Seguramente habían
decidido que ya poseían todo cuanto una persona puede aspirar en la
vida. Vivían con desahogo y tenían el respeto de sus vecinos y la
comodidad de una casa amplia y luminosa. El futuro no podía
inquietarlos y el presente parecía un regalo del cielo.
Pero los años
fueron sucediéndose con obstinación, y Alfredo y Esperanza ni
siquiera atendían al paso de las estaciones, como si el frío, la
lluvia y el calor de agosto no fuesen con ellos, protegidos de la
intemperie y de todo mal que pudiese venirles de fuera. Eran ambos
un ejemplo inalterable del amor y estaban poseídos de la serenidad y
de la sabiduría que otorga la certidumbre de la gracia, aunque ni
Alfredo ni Esperanza creyeran en las palabras que daban nombre a
aquello, porque para el misterio no había una palabra segura y,
sobre todo, ninguno de ellos la hubiese necesitado.
Entonces, una
noche de abril, Esperanza le dijo a Alfredo:
–
Sé que murmuran a nuestras espaldas, porque pasan los años y no
vienen los hijos, como todos desearían.
El hombre
levantó la vista del libro y encendió un cigarrillo. Contempló a su
esposa como si estuviera viendo a una mujer diferente, una mujer de
otra época.
–
¿Quiénes? –
Preguntó con cautela–.
¿Quiénes desean que tengamos hijos?
Era la última
hora de la tarde y hasta la sala donde se hallaba el matrimonio
entraba la luz cenicienta de un atardecer desganado. Alfredo pensó
que la noche los cogería de improviso en cualquier momento. “Podemos
prescindir de todos y, sin embargo, tendremos que aceptar la noche y
la incertidumbre como se acepta un castigo”.
Esperanza se
deslizó entre las sábanas heladas y tocó el cuerpo de Alfredo con
sus manos de mármol. Con dulzura y eficacia se abrazó a la espalda
del hombre y notó la calma que vaticina el sueño en sus músculos.
“Quieren que tengamos hijos, y están preocupados. Eso es todo lo que
pasa realmente”. Rezó sus oraciones con parsimonia mientras oía la
voz de Alfredo en la memoria reciente de la noche, y sentía que
alguien estaba decidiendo a sus espaldas su propio futuro, que
alguien elegía la tristeza o la decepción para ella, e incluía al
hombre. “Pasan los años y no vienen los hijos”, se dijo en el último
minuto de la vigilia.
Durante meses
se olvidaron de los hijos que los otros deseaban para ellos.
Esperanza recordaba a veces las palabras que había pronunciado
delante de Alfredo y le costaba trabajo comprender su sentido,
porque no eran palabras habituales en el espacio donde se movía y le
eran extrañas. Alfredo reparaba en la mujer y presentía el enigma
disuelto en su rostro recién inaugurado. “Es ella, se decía, pero
está en algún lugar del mundo y no lo sabe”.
En ocasiones
hacían el amor. El hombre notaba el cuerpo frío de ella, y después
un estremecimiento de complicidad, y, al final, un espasmo ahogado,
como un suspiro, pero ni siquiera la miraba a la cara, y todo
sucedía en lo oscuro, cuerpos anónimos en un mar sin tiempo, cuerpos
obligados al amor, las manos cruzadas y tendidos en un lecho húmedo.
Esperanza y Alfredo se dormían, cada cual en su espacio de la cama,
en silencio, doblegados por la fatiga del día.
A la mañana
siguiente ambos recuperaban aquel estado de placidez inamovible, la
sonrisa constante y la inocencia sagrada de los que ignoran los
secretos del mundo, y eran de nuevo Alfredo y Esperanza, sentados el
uno junto al otro, mientras bebían su zumo de todas las mañanas y
preparaban el café y las tostadas y la fruta con la entrega con que
lo preparaban todo, sumidos en la fe inquebrantable de los objetos,
y dispuestos a afrontar los afanes del nuevo día.
Cuando el
hombre se marchaba al trabajo, Esperanza recorría la casa a la
búsqueda de un error escondido en algún lugar remoto. Las faenas
domésticas apenas le ocupaban un par de horas, y después se sentaba
junto a la ventana o en el porche y observaba los árboles creciendo
y mudos. La luz del día entraba en la casa y caldeaba las
habitaciones. “Una casa como ésta debe ser un nido perfecto. En una
casa así podemos tener hijos y podemos ser felices, pese a todo.”
Bostezaba en el porche y hojeaba las revistas de moda, desocupada y,
sin embargo, triste.
Comían junto a
la ventana en un silencio cómplice, aunque ninguno de los dos
recelaba lo más mínimo del otro, convencidos de que el amor los
había unido para siempre y de que nada en el mundo podría
destruirles su fortuna. No había, entonces, ni un pequeño margen
para la suspicacia o el resentimiento. Los sucesos infaustos
sucedían en otra parte y no les concernían a ellos. Esperanza
suspiraba, pero Alfredo suponía que no había razón para alarmarse y
que las mujeres sufrían en silencio por cualquier nimiedad. “Llevan
el mundo sobre los hombros y entre las piernas, como si el mundo
fuera únicamente de ellas”. Esperanza cortaba la carne con delicada
cautela femenina, y Alfredo la veía comer y le embargaba la incómoda
sensación de que en cualquier momento le pediría cuentas acerca del
embarazo con la seguridad de que sólo al hombre le correspondía la
decisión última. “Quién sabe. Hasta puede ser divertido. Esta casa
empieza a no oler bien, y Esperanza está sola todo el día”.
–
Si tenemos un varón, le pondremos
el nombre de mi padre
–decía
de pronto–.
Esperanza
sonreía embobada y asentía sin ganas, consciente de que las palabras
de su esposo no contenían en realidad una proposición firme. Acaso
porque en los últimos días las había oído demasiadas veces, y ya no
le producían efecto alguno. Había descubierto que el hombre hablaba,
en ocasiones, para esconder lo que en el fondo quería decir y que en
esos momentos sólo él creía en sus palabras. Le daba pena, entonces,
contemplar el gesto de desasimiento con el que Alfredo daba a
entender que la culpa no siempre era suya, desvalido como un niño.
“Verdaderamente es un ángel”, se decía Esperanza.
Se repetían
las noches y los ademanes vacíos, y Alfredo y Esperanza ignoraban el
mal, ensimismados y vueltos sobre su certidumbre, lleno cada uno de
ellos del otro y de su propia imagen en el otro. Eran dos pero se
imaginaban una multitud en mitad del desierto bajo un cielo de
escándalo. Alfredo consideraba que una idea así sólo podía
concebirse en el paraíso, y Esperanza necesitaba una fe cualquiera,
aunque no estuviese llena de razones o de caricias. “Creo en el
hombre que me quiere todos los días del año, pensaba, creo en sus
palabras y en sus besos como si fuesen los primeros besos de mi
vida”.
Luego, cuando
se marchaban al trabajo, había un espacio muerto que nadie les tenía
en cuenta, aunque los viesen paseando por la calle cogidos de la
mano y provistos de la gracia que los demás envidiaban en secreto.
Eran jóvenes y gozaban del tiempo sin prisas, detenidos en el amor
de los gestos y en las palabras ardientes. El mundo les pertenecía,
en parte, y, en cambio, no necesitaban de nadie para saberse juntos
y distintos, demorados en el prodigio de su propio fervor.
Estuvieron por
un tiempo de viaje y, cuando regresaron, tenían la piel bronceada y
contaban historias de lugares remotos, sorprendidos y voraces. Nadie
halló un motivo suficiente para temer por ellos, porque no ofrecían
la impresión de haber perdido nada, antes bien, cualquiera hubiese
vislumbrado la nueva luz que emanaba de sus ojos recientes sin
sospechar que el viaje les había otorgado la dolorosa certidumbre de
que estaban solos en el mundo.
Alguna noche,
tumbados en la cama, Esperanza había tenido la sospecha de que ni
siquiera el hombre la comprendía del todo. En su condición de recién
casada sólo se podía permitir el pensamiento de su propia
fertilidad, no porque su vida necesitase de una excusa sino porque
todos, incluido su esposo, estarían pensando cada día en ese mismo
argumento. Entonces se levantaba y abría el balcón de su dormitorio
y veía las luces de la noche como una advertencia y sentía frío.
Alguna vez Alfredo la había sorprendido sentada en el balcón y con
las piernas al aire. “Es ella la que tiene el secreto, y ni siquiera
yo puedo hacer nada”.
No cura el
tiempo todas las heridas. Alfredo y Esperanza postergan el dilema de
la maternidad, se entretienen con los viajes y la lectura, acuden al
cine y a los museos y se reúnen con amigos. A pesar de los años,
ninguno de ellos ha modificado su obsesión original, tal vez porque
ni en su vida ni en su matrimonio ha habido cambio alguno. Ignoran
el mundo de los otros, de los que tienen hijos con frecuencia y
cambian de coche y alquilan cada vez un apartamento más grande junto
al mar. En su vida sólo están ellos, porque sus padres envejecieron
forzosamente y han muerto todos, pero aun así, se sienten como una
familia al completo, reunida en torno a la mesa y dispuesta a
sobrevivir por encima de cualquier contratiempo.
Ahora
Esperanza plancha por la noche y se acuesta más tarde que Alfredo.
Rara vez coinciden en la cama desde el primer minuto. Alfredo abre
un libro y lee hasta que se duerme como rendido a la evidencia de su
soledad. De madrugada Esperanza sube de puntillas hasta el
dormitorio, abre con sigilo la puerta y se desnuda en la oscuridad
antes de meterse en la cama. Junto al hombre se está bien. El calor
de su cuerpo la conforta, aunque se encuentra cansada y no siente
otra cosa más que sueño.
Los viernes
por la noche hacen el amor. No han previsto ellos la rutina. Llenan
el vacío del fin de semana con el placer del reencuentro, aunque ya
nada es novedoso, porque saben qué van a encontrar al otro lado de
la noche, qué mano se aferrará a su talle y qué boca les besará el
vientre sorprendido. No siempre es igual la noche, en ocasiones el
hombre juega con las manos de Esperanza y le besa el cabello
perfumado. Son el uno encima del otro como dos ángeles inventando un
amor imposible, pero no encuentran el camino y la tristeza culmina
la noche.
Alfredo
prepara el desayuno de su esposa y se lo sube hasta la alcoba. En la
bandeja ha puesto el zumo, tostadas con aceite de oliva y el café
con leche. Luego ha cortado una rosa, y mientras deposita la bandeja
en la cama, se la ha entregado con un beso. Alfredo experimenta la
sensación de que todo está bien de ese modo, de que todo es tal y
como él lo había imaginado. La mujer, en cambio, advierte la malicia
de una costumbre que la molesta, no porque le perturbe la monotonía,
sino porque le defrauda la mediocridad en la que está viviendo con
Alfredo, mientras cada noche sueña con países exóticos y personajes
de novela, con salones y música y paisajes distintos. Si el hombre
lo supiera, diría que su esposa tiene pájaros en la cabeza, que no
aprecia lo que posee y que cuando lo pierda se arrepentirá. “Las
mujeres codician lo que no está al alcance de su mano y desprecian
las comodidades y el privilegio que se les concede”.
Esperanza
está, nadie lo duda, enferma. Tiene el color pálido y sus manos
languidecen en los brazos del sofá. Ni siquiera le es agradable
sujetar un libro de versos, como venía siendo su costumbre cada
noche hasta el día de hoy. Come sin apetito y no ha parado de
suspirar en toda la tarde. Alfredo vigila sus síntomas con interés,
como si de repente la mujer hubiese entrado en el ámbito personal
del dolor. “Amamos cuando nos duele lo que podríamos perder”, se
dice. En realidad ha descubierto que el terror de la ausencia es
mayor que las caricias de que disfruta ahora, y que la nostalgia es
un sentimiento agrio y despreciable. Por lo demás, su único cometido
es acompañar a Esperanza en el tránsito cotidiano, en la complicidad
de los días y en el respeto de las noches, y creer con ella en el
futuro, que ha de ser, sin duda alguna, venturoso.
Mientras el
hombre se lava los dientes en el aseo, Esperanza se observa en el
espejo del dormitorio, semidesnuda, atenta a los signos de la edad,
envuelta en la penumbra y sorprendida de verse en el espejo de su
cuarto en una imagen inédita. Por un minuto supone que no está sola,
que la mujer del espejo la acompaña esta noche y que ambas se
meterán en la cama con Alfredo. Escruta sus pechos y el vientre, la
piel de sus piernas y el cabello como un torrente sobre sus hombros.
Nota una punzada de extravío en algún lugar inconcreto de su cuerpo
y, de improviso, experimenta la sensación de estar dentro de otra
persona, de habitar la piel de una mujer que no es ella. “Quiero
tener un hijo y no acabo de encontrarme en ningún lado”.
Desde el
cuarto de baño el hombre percibe el desasosiego de Esperanza, la oye
desnudarse y la ve reflejada en la distancia del espejo con la
actitud de una actriz entregada al fingimiento. Está sola, pero hay
una multitud entre la mujer y el deseo de Alfredo, no es la sombra
de un fantasma, es el miedo, la pureza y el temor a manchar la
noche, que está hecha de luz y de concordia, aunque ninguno de los
dos sepa el modo exacto de llegar al otro, el camino que los
conducirá al otro lado de su propia vida.
Cuando el
hombre toca el talle de Esperanza se produce el milagro del tiempo
suspendido en algún lugar de la noche, y su boca no besa el cuello
de la mujer a la búsqueda de un alivio remoto, sino que es la boca
de Alfredo la que ha tomado la decisión de besar el cuello de
Esperanza, mientras las manos del hombre la despojan del vestido y
le sueltan el pelo que cae en la espalda como un signo de
abundancia. Están solos y están desnudos, y no piensan en el futuro
ni reparan en los recelos ni desconfían el uno del otro. Un cuerpo
echado junto a otro cuerpo es una aventura de la oscuridad.
Conducidos por el instinto y, sobre todo, por el deseo, las manos,
los labios y los muslos se unen en la excelencia del amor. Alfredo
besa los pechos de Esperanza y abre su sexo y entra en ella como en
la turbulencia del invierno, y todo es fuego y agua y hecatombe.
Al otro día
Esperanza se despierta con un malestar agudo y con fiebre alta. El
hombre avisa al médico, y D. Lucas llega a media mañana, portando su
maletín de piel negro. Ausculta a la enferma y extiende unas recetas
mientras conversa con Alfredo.
Alfredo piensa
que las palabras del médico no pueden enseñarle nada porque son
palabras de un hombre acostumbrado al sufrimiento y a la maldad.
Alfredo cree en la inocencia de su esposa, convencido de que todos
los padecimientos que tiene no son nada contra la virtud de
Esperanza. “Mañana estará mejor, y todo esto será una pesadilla”.
Por la noche
el hombre abraza a su esposa en la cama y escucha el pálpito de su
pecho con la esperanza de que será capaz de adivinar el mal que la
aqueja y de curarla al fin. “Sea lo que fuere, no tendrá poder
contra nosotros y no la dañará a ella que es inocente de toda culpa
y no conoce otra verdad que la nuestra”. El sueño eclipsa el rostro
de la mujer y Alfredo considera que en el sueño Esperanza está a
salvo de la vida, lejos del mundo e inmersa en la ternura del
olvido.
Alguna vez el
hombre recuerda que en una edad no muy lejana deseó que la mujer se
quedara embarazada. Entonces, acaso, había soñado con tener un hijo,
no como una posesión del espíritu, sino como una victoria sobre la
mediocridad y sobre el paso del tiempo. Hoy nada de eso tiene ya
importancia, porque ni siquiera el tiempo posee el poder de malograr
la pequeña porción de vida que aún ostenta sin soberbia, con la
satisfacción de quien ha visto cumplido su destino.
A Esperanza el
paso de los años la ha llenado de una luz insólita, y sus ojos han
ganado en viveza y en profundidad. Cualquiera que la viera ahora,
diría que es una mujer con una existencia óptima, llena de
experiencia y satisfecha de sí misma. Ella guarda, sin embargo, en
algún recodo de su memoria sentimental un pequeño espacio lóbrego de
donde surgen con frecuencia las sombras de un dilema que todavía no
ha resuelto del todo.
Los esposos
han acudido en los últimos cinco años a especialistas de renombre, a
curanderos y a echadoras de cartas; han atendido todos los consejos
de las viejas matronas y han seguido sus instrucciones al pie de la
letra, pero Esperanza no ha logrado quedarse embarazada, y Alfredo
ha ido perdiendo la fe paulatinamente en el camino, con la actitud
resignada de quien admite una derrota irremediable.
Ahora, por las
noches, los esposos atienden a los programas de la televisión
mientras cenan y en la madrugada Alfredo destapa una botella de vino
tinto y llena dos copas. Sentados en el sofá el hombre y la mujer se
miran a los ojos mientras apuran el vino. No tienen nada que
celebrar, pero están juntos y la ocasión les parece perfecta para
regocijarse por esta buena nueva que viene siendo una costumbre,
cogidos de la mano y llenos el uno del otro, ajenos a la malicia de
la calle y al frío de febrero que azota sin piedad la casa que los
acoge y los protege. Están solos en el mundo, dichosos de sentirse
unidos para siempre, aunque ignoren qué va a depararles el día de
mañana, qué les tiene reservado el futuro.
Esperanza se
desnuda en el dormitorio y el hombre la aguarda tumbado en el lecho.
Oye el ruido de la fiesta en la calle, los gorjeos lejanos de un
grupo de jóvenes, la intemperie del invierno que no termina.
Entonces repara en su esposa y experimenta la extraña sensación de
un descubrimiento repentino. Otra mujer se observa en el espejo de
la coqueta, el rostro pálido y las manos sin vida. Lleva los ojos
enrojecidos y el cabello rubio y lacio descansa en sus hombros como
un cendal de oro.
Está llorando.
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